Vornex: Temporada 1 - Capítulo 57
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- Capítulo 57 - 57 Capítulo 57 La sabiduría rechazada – Parte 2
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57: Capítulo 57: La sabiduría rechazada – Parte 2 57: Capítulo 57: La sabiduría rechazada – Parte 2 …
La cabaña, rodeada de árboles antiguos y silencio, parecía haberse detenido en el tiempo.
Afuera, el viento se llevaba las hojas caídas del otoño, mientras dentro…
dos personas que alguna vez fueron familia, compartían palabras que durante años estuvieron encerradas en el corazón.
El Rey Gimson II permanecía de pie.
Sus ojos, ya marcados por los años, miraban el fuego de la chimenea como si este pudiera devolverle los momentos perdidos.
—Quizá…
—dijo con voz baja— no fui mejor que mi padre.
Alis, aún en pie, lo observó con cierta sorpresa.
No esperaba que él reconociera eso tan pronto.
—¿Te comparás con el abuelo?
—dijo, suavemente—.
Entiendo por qué lo hacés… pero no deberías.
Gimson la miró, esperando una condena.
En su lugar, recibió palabras sinceras.
—Él fue una gran persona —continuó Alis—.
Selló a un ente que podría haber destruido todo.
Un líder fuerte… pero yo no soy ningún monstruo para que me hayas desterrado como si lo fuera.
Solo quería ayudarte, mejorar el reino…
cuidar a nuestro pueblo.
Gimson bajó la mirada.
Su pecho se comprimía con cada palabra que ella decía.
—Y a cambio de eso —dijo ella—, ¿qué recibí?…
Un destierro…
de mi propio padre.
El silencio fue absoluto.
Como si el mundo mismo se detuviera a escuchar.
—No…
no quería hacerte sentir así —dijo Gimson con voz entrecortada—.
Nunca.
Lo hice para protegerte.
Pero entiendo que no será fácil… ni rápido.
Alis no dijo nada.
Su corazón estaba desbordado.
Pero algo en él le hacía entender que sus palabras eran sinceras.
Gimson, sin esperar más, se acercó lentamente…
y la abrazó.
Fue entonces cuando, sin poder evitarlo, una lágrima se deslizó por su mejilla.
—Estuve perdido… y me olvidé de algo esencial —susurró—.
Vos eras… mi única luz en este mundo.
La única que me quedaba… igual que tu madre.
Alis abrió los ojos.
Su cuerpo se tensó.
Él la abrazaba como cuando era niña… y esas palabras…
“igual que tu madre”.
—Tenés los mismos ojos que ella —dijo él—.
Por eso cuando te miraba… la recordaba.
Y cuando te desterré… esos mismos ojos me miraron… como si también la hubiera desterrado a ella.
Otra lágrima cayó.
El peso del pasado era inmenso.
—Por eso… —dijo con voz quebrada— ahora entiendo que no solo debía pedirte perdón a vos… sino también a ella.
Porque no fui el padre que prometí ser.
Ni el protector que merecías… El corazón de Alis se agitaba.
Su mente se debatía entre el enojo y la ternura, la traición y el perdón.
Pero ese abrazo… ese gesto…
era exactamente igual que cuando, de pequeña, se lastimaba jugando… y él la curaba, luego la abrazaba y le decía: “Ya está, no tenés que tener miedo.
Estoy con vos.” Y en ese instante, una lágrima suya también cayó.
El mar melancólico de sus ojos finalmente cedió… y algo dentro de ella… sanó.
Gimson soltó lentamente el abrazo y caminó hacia la puerta.
—Ya no busco más respuestas —dijo mientras la abría—.
Solo vine… para recordarte que siempre podés volver a casa.
Cuando quieras.
Se detuvo un instante, mirando hacia atrás.
—Sé que llevará tiempo… pero nunca te dejé sola.
Siempre pensé en vos, en cómo protegerte… solo que no supe cómo hacerlo bien.
Pero creí en vos… y lo seguiré haciendo.
Cerró la puerta suavemente.
En ese instante, algo invisible se rompió dentro de Alis… o mejor dicho, se liberó.
Sintió una ola de energía recorrer su cuerpo.
Como si un viejo peso desapareciera.
Un sello… se había deshecho.
El hechizo que alguna vez Gimson había ordenado ponerle… ese que limitaba su magia para “protegerla”… ahora se desvanecía.
Ella lo sintió.
Era libre.
Su magia fluía con más poder que nunca.
—¡Esperá!
—gritó, antes de que él subiera a la carroza.
Gimson detuvo el paso.
Bajó y se acercó con lentitud.
Alis, aún con lágrimas, respiró profundo.
—Ahora entiendo… por qué me desterraste.
Nunca fue con odio… fue con miedo.
Quisiste protegerme… a tu manera.
Y aunque no fue la correcta… no puedo decir que no lo intentaste.
Sus palabras eran sinceras.
Aún con dolor, pero con comprensión.
—Sé que no fuiste el mejor padre… pero tampoco fuiste un monstruo.
Estuviste ahí… y ahora veo que, aunque no lo dijeras… siempre me cuidaste desde lejos.
Gimson cerró los ojos con fuerza.
Apretó los labios.
Su corazón latía con furia contenida.
—Gracias —dijo con voz baja—.
Gracias por ver eso.
Ella lo abrazó… una vez más.
Más fuerte.
Más profundo.
Y en ese abrazo… se reconstruyó algo roto durante años.
—Si querés —dijo Alis—.
Puedo ayudarte.
Con lo que necesites.
Estoy lista.
Gimson sonrió, emocionado.
—Entonces volvamos.
A donde siempre fuiste feliz.
Ambos caminaron juntos hacia la carroza.
No como Rey e hija.
No como sabio y maga.
Sino como lo que siempre fueron… familia.
— El ritmo del caballo marcaba un vaivén suave, casi hipnótico.
Afuera, los árboles se mecían con el viento, y el sol filtraba rayos cálidos entre sus hojas.
Dentro de la carroza, el silencio era espeso, pero no incómodo.
Era el tipo de silencio que permite que el corazón hable primero.
—¿Hace cuánto que no salías del reino, padre?
—preguntó Alis con la mirada perdida en el paisaje que cruzaba por la ventana.
Gimson soltó una leve sonrisa cansada, como si la pregunta despertara un recuerdo lejano.
—Mucho… demasiado, quizás.
Desde que asumí el trono tras la partida de tu abuelo, me volví parte de esas paredes.
Como si mi deber fuera encerrarme para protegerlos a todos… y al final, ni siquiera pude proteger lo que más amaba.
—No te encierres en eso ahora —dijo ella, esta vez mirándolo directamente—.
Lo pasado…
sí, dolió.
Pero prefiero que hablemos del ahora.
Gimson asintió, agradecido.
Luego sacó una pequeña cajita de madera del bolsillo interior de su capa.
—¿Recordás esto?
—le preguntó mientras la abría lentamente.
Dentro, un anillo de plata con una piedra azul brillante.
Alis abrió los ojos, sorprendida.
—¡Ese es…!
Lo perdí cuando tenía siete años.
—Lo encontramos en los jardines, días después de tu destierro… Nunca quise que se perdiera también.
A veces lo miraba y me preguntaba si algún día volverías para recuperarlo.
Ella lo tomó entre sus manos, acariciando la piedra como si el tiempo retrocediera por un instante.
—Gracias por guardarlo —murmuró.
La carroza dio un pequeño salto al cruzar una raíz, y ambos se aferraron por reflejo a los bordes del asiento.
Fue entonces que Alis, rompiendo el momento nostálgico, preguntó con un tono más serio: —¿Qué vas a hacer con respecto al ente del que todos hablan… el que podría superar incluso a Dark?
Gimson se enderezó, su rostro endureciéndose con preocupación.
—Aún no lo sé.
Por eso te necesito.
Tu magia ha crecido más de lo que imaginaba, y si el sello se rompió… quizás sea porque el destino sabe que llegó el momento.
—Lo enfrentaremos —dijo Alis, con decisión—.
Pero no por venganza.
Lo haremos por el pueblo… por los que aún no saben lo que se avecina.
El rey la miró con orgullo.
Por primera vez en años, sintió que no todo estaba perdido.
—Estás lista —dijo, más para sí mismo que para ella.
—Y tú también —le respondió, con una pequeña sonrisa.
La carroza avanzaba, y el horizonte comenzaba a teñirse con tonos dorados.
No era el final de un viaje.
Era el inicio de un nuevo camino… juntos.
— …
“A veces, el perdón no nace de una explicación… sino de un abrazo que recuerda lo que el dolor había hecho olvidar.”
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