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Vornex: Temporada 1 - Capítulo 62

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  4. Capítulo 62 - 62 Capítulo 62 Huellas en el valle
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62: Capítulo 62: Huellas en el valle 62: Capítulo 62: Huellas en el valle “Las habilidades no siempre nacen en los campos de batalla, a veces despiertan en el silencio de cada paso.” …

— El aire fresco del campo los recibió apenas dejaron atrás las murallas de Eldrys.

Los caminos de tierra se extendían como venas que serpenteaban hacia el horizonte, donde colinas suaves dibujaban un paisaje abierto y amplio, casi infinito.

El sonido de las ruedas de un carro lejano se mezclaba con el murmullo del viento entre los árboles.

Era un contraste absoluto con la agitación del pueblo: aquí todo parecía vasto, libre, dispuesto para ellos.

Liam fue el primero en romper el silencio: —Es extraño… salir del pueblo me da una sensación rara.

Como si dejáramos atrás algo seguro.

Eiden, con las manos detrás de la cabeza, caminaba con calma.

—Seguro, sí… pero no eterno.

Si queremos crecer, no podíamos quedarnos en Eldrys para siempre.

Karl lo miró de reojo.

Había algo en las palabras de Eiden que le resultaba desafiante, aunque no lo dijo.

Se limitó a ajustar el paso y añadir: —Elden es fuerte, pero no es el centro del mundo.

Si de verdad queremos marcar la diferencia, necesitamos conocer lo que hay más allá.

El sendero se alargaba frente a ellos, y mientras hablaban, de manera casi instintiva, cada uno iba conectando con su propia energía.

Eiden llevaba las manos abiertas, como si tanteara el aire, repitiendo los movimientos de la técnica que ya había aprendido.

Cada paso lo ayudaba a sentir el flujo más nítido: la energía se acomodaba en sus brazos, más ligera, más obediente.

Lo que antes había sido torpeza ahora se moldeaba como un lenguaje secreto que él estaba aprendiendo a descifrar.

Karl, en cambio, apretaba los puños, sintiendo una presión extraña recorrer sus venas.

A ratos lograba estabilizarla, y una chispa de poder se formaba alrededor de sus nudillos.

No era constante: aparecía, vibraba y se deshacía como humo.

Aun así, cada intento era mejor que el anterior, y aunque fruncía el ceño, dentro de sí sabía que avanzaba.

Liam observaba en silencio, más analítico que sus compañeros.

Él no tenía aún un control claro, pero sí un instinto muy fuerte.

Movía la palma frente a sí, y aunque no había destellos visibles, podía sentir corrientes internas respondiendo.

Era como una brújula, un inicio que todavía necesitaba dirección, pero que ya estaba presente.

—No sé ustedes —dijo al fin, mirando el camino que se perdía en las colinas—, pero siento que estamos… afinando.

Como si algo en nosotros se ajustara poco a poco, casi sin querer.

—Es porque no estamos quietos —respondió Eiden, sonriendo de lado—.

El movimiento también enseña.

Karl añadió con voz firme: —Sí.

Aunque no sea perfecto, cada paso cuenta.

Y cuando llegue el momento, lo que hoy parece un fallo se convertirá en nuestra ventaja.

Siguieron caminando.

El sol descendía lentamente, bañando los campos en tonos dorados.

No se detenían, pero en cada respiración, en cada gesto, sus habilidades crecían, invisibles para cualquiera que los viera desde fuera.

Era un progreso silencioso, íntimo, que solo ellos podían sentir.

Y en la lejanía, entre la hierba alta, un par de siluetas permanecían agazapadas, observando.

Los ojos atentos seguían cada paso de los tres jóvenes, midiendo su avance, su coordinación y su energía que poco a poco se despertaba.

No hicieron ruido ni movimiento alguno: simplemente los vigilaron mientras se alejaban más y más del pueblo.

— Karl, Eiden y Liam caminaban sin prisa, pero con pasos que poco a poco se sentían más seguros y fluidos.

No había prisa, ni un lugar al que debieran llegar de inmediato; el camino mismo se convertía en su escuela silenciosa.

Sus movimientos se ajustaban sin esfuerzo, reaccionaban a pequeños cambios en la tierra, a la posición de una rama caída, al sonido distante de animales.

Cada gesto era un reflejo de lo que estaban descubriendo de sí mismos y de sus habilidades: pequeñas chispas de energía que ahora parecían formar parte de ellos, como si el terreno y el aire los ayudaran a despertar su potencial.

Mientras avanzaban, el paisaje ofrecía sorpresas que no podían ignorar: casas abandonadas, techos desplomados, muros astillados.

Algunas parecían resistirse al paso del tiempo, mientras otras ya se habían rendido ante él.

Karl se acercó a una de las ruinas, pasando la mano sobre la madera carcomida, y comentó: —Vaya… parece que alguien vivió aquí, y de repente todo se detuvo.

Eiden, con una sonrisa ladeada, respondió: —Yo diría que hasta los fantasmas se mudaron.

Aunque si estuvieran, seguro nos asustarían solo para reírse.

Liam suspiró y miró hacia los restos de una valla derrumbada, donde hierba y maleza habían tomado el control.

—A veces me pregunto qué habrá pasado.

No solo con estas casas… sino con todo esto.

El mundo guarda historias que ni siquiera imaginamos.

El grupo continuó, y las pequeñas bromas no cesaban, aunque siempre con respeto por lo que parecía una memoria silenciosa de conflictos pasados.

Entre los escombros, ciervos, conejos y aves surgían como recordatorio de que la vida persistía, independiente de la historia que la rodeaba.

Eiden lanzó un comentario: —Estos animales son más valientes que nosotros.

Al menos no tienen que cargar con mis errores… Karl rodó los ojos, pero no pudo evitar una pequeña sonrisa.

Liam, por su parte, seguía observando los alrededores, atento a cualquier detalle que pudiera ser relevante.

Cada tanto, un leve cambio en el aire o un crujido los hacía más conscientes de cómo sus cuerpos respondían de manera más rápida y precisa.

Sin darse cuenta, estaban mejorando continuamente, como si el mismo camino fuera su entrenamiento.

A medida que avanzaban, la tierra comenzó a abrirse hacia un claro, y pronto divisaron una casa con rancho, rodeada de cercas en buen estado y animales que pastaban tranquilamente.

La vida allí parecía contrastar con las ruinas cercanas: un lugar que se sostenía por sí mismo, lleno de movimiento y pequeños sonidos de la naturaleza mezclados con el murmullo de los animales.

—Ahí hay gente… —dijo Liam, señalando con cautela—.

Parece que este lugar todavía late.

—Sí —dijo Karl, ajustándose la mochila y evaluando la distancia—.

Un respiro en medio de todo lo que hemos visto.

No sabemos cómo reaccionarán, pero vale la pena acercarse.

Mientras caminaban por el sendero que llevaba al rancho, los sonidos de la vida cotidiana se mezclaban con los suyos: el rascar de los animales, el graznido de algún ave cercana, el relincho suave de un caballo.

Cada paso era un recordatorio de que la aventura no solo era peligro; también estaba llena de detalles vivos, de pequeñas historias que se desplegaban alrededor de ellos.

Cuando finalmente estuvieron cerca, Karl bajó la mirada hacia el terreno, notando que algunas cercas tenían señales de daño reciente, y un ligero aire de misterio flotaba en el ambiente, como si no todo estuviera tan tranquilo como parecía.

La casa no era solo un refugio: era un lugar de encuentros, de decisiones, y posiblemente, de desafíos.

— El sendero serpenteante empezaba a descender suavemente entre colinas cubiertas de hierba alta y flores silvestres que se mecían con el viento.

A medida que avanzaban, Eiden, Karl y Liam notaban cómo sus cuerpos se sentían más ligeros, como si la constante práctica y los desafíos recientes hubieran dejado una marca invisible en ellos: cada movimiento era más seguro, cada respiración más controlada, y aunque no se detenían a entrenar, su coordinación y agilidad crecían con cada paso.

Liam, normalmente un poco más torpe en los saltos y esquivas, ya podía mantener el equilibrio sobre rocas húmedas sin esfuerzo, mientras Karl sentía que su energía podía fluir con mayor libertad, aunque aún no la dominaba completamente.

—Siento… como si pudiera percibir la energía de todo alrededor —dijo Liam, mirándose las manos mientras un leve resplandor de su aura se notaba, apenas un parpadeo de luz que mostraba su progreso.

—No solo tú —respondió Eiden, caminando con calma pero atento—.

Cada vez que avanzo, puedo sentir que mi cuerpo reacciona antes de pensar, como si… anticipara los movimientos.

Karl sonrió de medio lado, sin decir nada al principio, y luego murmuró: —Yo también… pero todavía siento que me falta algo.

No puedo controlarlo del todo.

Mientras seguían, el paisaje comenzó a cambiar: los árboles se hacían más escasos, dejando ver colinas bajas y un valle en la distancia.

A lo lejos se percibían casas abandonadas, algunas derrumbadas por completo, otras cubiertas de hiedra y polvo del tiempo, como si una guerra antigua hubiera marcado la zona y los habitantes hubieran desaparecido hace años.

Entre ruinas, algunos animales salvajes se movían con cautela: un zorro curioso se asomaba entre los escombros, y bandadas de aves alzaban el vuelo al sentirlos pasar.

El ambiente no era amenazante, pero sí extraño.

Eiden se detuvo un momento para observar el horizonte: —¿Se dan cuenta?

Parece que alguien vivió aquí hace mucho tiempo… y no queda nadie.

Liam lanzó una pequeña piedra a un arbusto cercano, y un conejo saltó asustado.

—Miren, hasta los animales parecen sorprendidos —comentó con una sonrisa, disfrutando el momento a pesar de la tensión que siempre flotaba sobre ellos.

Poco a poco, comenzaron a distinguir un rancho en el valle, con su cercado de madera y un par de animales pastando.

Algunos gallos cantaban, y un perro ladró a lo lejos, como avisando de la presencia de visitantes.

La casa no era grande, pero se veía sólida, con humo saliendo de la chimenea y un aire acogedor en medio de la soledad del lugar.

Cuando se acercaron, un hombre robusto con ropa sencilla de granjero salió a recibirlos.

Su rostro estaba curtido por el sol y la experiencia, y sus ojos mostraban una mezcla de cansancio y curiosidad.

—Buen día —dijo con voz firme—.

No muchos pasan por aquí sin motivo.

¿Vienen de paso?

Karl dio un paso al frente: —Hola, señor.

Nos llamamos Karl, Eiden y Liam.

Estábamos de camino y… vimos su rancho.

¿Todo bien por aquí?

El granjero suspiró y señaló su terreno.

La tierra mostraba huellas de que había sido removida con fuerza, pasto aplastado y marcas de zarpas grandes.

—No, no todo bien —dijo—.

Algo anda rondando por aquí.

Creo que son ogros de las cuevas.

Siempre veo uno distinto cada día, y parece que cada vez se lleva un animal del rancho.

No son solo uno, son varios.

Eiden frunció el ceño, mientras Liam miraba las huellas en el suelo.

Karl dio un paso adelante, decidido: —Podemos ayudarlo.

Hemos pasado por muchas cosas y eso no nos detendrá.

¿Nos puede decir dónde viven esos ogros?

Raiden lo miró con desconfianza, cruzando los brazos: —Sin ofender, muchacho, no se ven capaces de enfrentarlos.

Si deciden hacerlo, adelante… pero no me haré responsable de los que salgan heridos.

Karl lo sostuvo con la mirada, seguro: —No pasará nada.

No subestimen lo que podemos hacer.

Un brillo de respeto apareció en los ojos del granjero.

—Me gustan ustedes.

No solo se necesita valentía para enfrentarlos, sino también cabeza y estrategia.

Y eso… parece que lo tienen.

Cada día un animal desaparece, así que si logran encontrar alguno vivo, tráiganlo de vuelta.

No están muy lejos de sus cuevas, pero tengan cuidado.

—Lo haremos —dijo Karl con firmeza.

Raiden asintió, y su semblante se suavizó un poco: —Entonces les deseo suerte.

Que sus pasos sean firmes y sus decisiones inteligentes.

Mientras se alejaban del rancho, el paisaje continuaba mostrando un mundo vivo: árboles que se movían con la brisa, animales observándolos desde lejos, casas derruidas que contaban historias silenciosas y el sonido de un arroyo cercano.

Cada paso les enseñaba algo sobre ellos mismos, sobre cómo reaccionaban ante el entorno, y cómo sus habilidades, aunque aún imperfectas, comenzaban a mezclarse con la vida que los rodeaba, haciéndolos sentir parte de algo más grande que su propio viaje.

—

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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