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Vornex: Temporada 1 - Capítulo 63

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  4. Capítulo 63 - 63 Capítulo 63 Ecos del rancho
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63: Capítulo 63: Ecos del rancho 63: Capítulo 63: Ecos del rancho …

— El sendero se volvió más estrecho y rocoso conforme avanzaban, y la vegetación se hacía más escasa.

Cada paso crujía bajo sus botas, y pequeñas piedras rodaban cuesta abajo al desplazarse por las pendientes.

Karl lideraba, siempre atento a cualquier movimiento entre los arbustos, aunque la sensación de ser observados era ahora solo un recuerdo distante en la mente de los chicos.

“Parece que cuanto más nos acercamos, más silencioso se vuelve todo,” murmuró Liam, mirando un grupo de cuervos que huían al levantar vuelo.

Eiden suspiró.

“Silencio… y olor a humedad.

Las cuevas deben estar cerca.” Un ligero murmullo de agua llamó su atención.

Un arroyo que serpenteaba entre las rocas se convirtió en una pequeña cascada que caía sobre un charco cristalino.

Karl se agachó, tomando un sorbo.

“No olviden hidratarse.

Cada paso nos exige más, y aún no sabemos qué nos espera adentro.” Mientras avanzaban, una rama crujió detrás de ellos.

No era un enemigo… al principio parecía solo un zorro curioso, que los observó desde la distancia antes de desaparecer entre la maleza.

Liam soltó una risa nerviosa.

“Si cada vez que escuchamos algo vamos a asustarnos, no llegamos ni a la primera cueva.” El paisaje mostraba indicios de antiguos enfrentamientos.

Rocas partidas, arbustos arrancados y huellas de bestias grandes se mezclaban con el terreno natural.

Pequeñas aves revoloteaban, y algún que otro conejo atravesaba el sendero.

Todo parecía un recordatorio de que no estaban solos, aunque aún nadie les atacaba directamente.

Karl levantó la mano, indicando que se detuvieran.

“Miren eso,” dijo, señalando un grupo de rocas que formaban un arco natural.

“Ese debe ser uno de los accesos a la cueva principal.

Prepárense.” Eiden y Liam intercambiaron una mirada.

No era un combate todavía, pero la tensión aumentaba.

Avanzaron con cautela, evitando pisar ramas secas que podrían delatarlos.

“Parece que esto no va a ser tan simple como pensábamos,” comentó Eiden, ajustando su cinturón con herramientas y armas.

“Exacto,” dijo Karl, con una sonrisa que no llegaba a sus ojos.

“Pero no podemos retroceder ahora.

Cada paso nos acerca más a resolver lo del rancho de Raiden… y a probar de qué estamos hechos.” El viento se colaba entre las rocas, llevando consigo un aroma terroso y húmedo.

Entre las sombras, pequeñas criaturas —quizá roedores o insectos gigantes de la zona— se movían, pero ninguno representaba un peligro real.

Sin embargo, la sensación de que algo más grande los esperaba se hacía más fuerte con cada metro recorrido.

Y así, avanzaron, concentrados, atentos a cualquier señal.

La cueva estaba cerca, y con ella, el verdadero desafío: los ogros que habían causado estragos en el rancho de Raiden, listos para enfrentar a quienes se atrevieran a entrar.

— Avanzaron con cuidado, casi arrastrándose sobre la hierba húmeda.

Las cuevas ya estaban cerca, y el bosque se sumía en un silencio pesado.

Cada rama crujía bajo su peso, pero se movían con sigilo, conscientes de que no podían hacer ruido.

A lo lejos, entre sombras y pasto, vieron un grupo de vacas durmiendo: tres en total, los únicos animales vivos que encontraron en la zona.

Liam se acercó con cautela, señalándolas.

“Deberíamos llevárnoslas ahora.

Si intentamos pelear con esas bestias primero, no resistiríamos mucho.” Karl asintió.

“Tiene sentido.

Mejor nos aseguramos de esto antes de meternos en problemas mayores.” Eiden, aunque normalmente buscaba planear estrategias complejas, estuvo de acuerdo.

“Bien, pero tenemos que moverlas rápido y sin alertarlas.

Una vez fuera de peligro, decidimos qué hacer.” Con cuidado, comenzaron a guiar a las vacas hacia un lugar seguro.

Los animales, aunque despiertos por momentos, no parecían alarmados.

La tarea les tomó un tiempo, pero finalmente lograron apartarlas del sendero y las dejaron en un claro protegido, donde podrían pastar tranquilas.

Una vez hecho esto, volvieron a internarse en el bosque.

Ahora, la cueva estaba más cerca, y podían sentir un aire más pesado, mezclado con humedad y un olor extraño, terroso y rancio.

Al adentrarse en la cueva, encontraron a algunos ogros durmiendo tranquilamente.

Eiden se inclinó hacia Karl, susurrando con emoción contenida.

“Podría usar mi ataque Ráfaga de Centella recién creado… los acabaría de una vez.” Karl negó con la cabeza, frunciendo el ceño.

“No, Eiden.

Aún no dominas esa habilidad del todo.

Si la usamos ahora, no solo no acabarán rápido, sino que despertarás a los demás.

Mejor un ataque directo, con todo lo que tenemos, y los controlamos nosotros mismos.” Eiden abrió la boca para replicar, pero ambos comenzaron a elevar un poco la voz mientras discutían sobre cuál sería la mejor estrategia.

En ese momento, un sonido detrás de ellos los hizo girar: un ogro recién llegado se había posicionado sin que lo notaran.

Su voz grave resonó en la cueva: “Vaya, vaya, ¿qué tenemos aquí?

Un par de humanos molestos…” El ogro continuó avanzando lentamente, y la voz despertó a todos los demás que dormían.

Los chicos vieron la escena: todos los ogros se incorporaban, gruñendo y mirando con curiosidad y hambre.

“Parece que hoy tenemos comida para nosotros,” dijo uno, rascándose la cabeza mientras otro se cruzaba de brazos, observando con evidente pereza pero una chispa de picardía en los ojos.

No eran simples bestias salvajes: cada uno tenía su propia manera de moverse, hablar y reaccionar ante la situación.

Karl, Eiden y Liam intercambiaron miradas, comprendiendo que la fuerza bruta por sí sola no sería suficiente.

Ahora, más que nunca, necesitaban coordinación, estrategia… y un poco de suerte.

— El rugido de los ogros resonó en la cueva como un trueno contenido.

La oscuridad apenas era rota por las chispas rojas de la energía de Eiden y los reflejos metálicos del arma de Karl.

El espacio reducido les obligaba a moverse con precisión, pero en vez de complementarse, comenzaron a estorbarse.

Karl cargaba directo, confiando en su fuerza bruta, golpeando con tal ímpetu que hacía vibrar las paredes.

—¡Muévete, Eiden, no te quedes quieto!

—gritó, embistiendo a un ogro que retrocedió con un gruñido.

Eiden giró a su lado, canalizando su energía mágica con calma tensa.

—¡Si me das un segundo puedo lanzar la Llama Ráfaga de Centella y quemar a varios a la vez!

—¡Un segundo aquí es demasiado, idiota!

—replicó Karl, esquivando por poco un mazazo que reventó una roca a centímetros de su cabeza.

La fricción entre ambos se volvió peligrosa: Karl arremetía tan cerca de Eiden que casi lo golpeaba por error, mientras que Eiden, obsesionado con calcular el momento perfecto para su ataque, retrasaba la ofensiva.

Liam intentaba mantener el equilibrio entre ambos, lanzando rápidas estocadas y empujones para contener a los ogros que se escabullían por los flancos.

Uno de los monstruos aprovechó ese instante de caos: alzó su garrote y lo dejó caer en un arco brutal hacia los tres.

Karl reaccionó a tiempo, bloqueándolo con el filo de su arma, pero el impacto los hizo retroceder varios pasos.

El estruendo fue tan fuerte que la cueva entera tembló, y trozos de piedra comenzaron a desprenderse del techo.

Eiden lanzó una mirada fulminante a Karl.

—¡Si no me hubieras interrumpido, ya estarían en el suelo!

—¡Y si tú dejaras de calcular tanto, no nos habrían arrinconado!

—le contestó Karl, empujando de nuevo contra el ogro.

El choque de egos no pasó desapercibido.

Los ogros rieron con voces graves, disfrutando de verlos descoordinados.

Uno incluso comentó con sorna: —Ni siquiera necesitan que peleemos.

Ellos solos se van a matar… Fue ese sarcasmo lo que encendió la chispa: Karl y Eiden, aunque furiosos entre sí, se vieron obligados a unirse para no quedar en ridículo.

Pero el espacio era cada vez más reducido y la presión crecía.

Los golpes hacían temblar las paredes, y pronto comprendieron que seguir peleando allí dentro solo acabaría sepultándolos a todos.

Un último intercambio de ataques forzó la salida: empujados por la violencia de los choques y el derrumbe parcial de la cueva, la lucha se trasladó al exterior, donde finalmente tendrían más espacio para desplegarse… aunque eso significara arrasar con el entorno.

— La salida de la cueva no trajo respiro, sino un escenario aún más feroz.

Afuera, el aire fresco se mezclaba con el polvo y los fragmentos de piedra que caían de la entrada derrumbada.

Los ogros rugieron, saliendo tras ellos con sus garrotes alzados, más furiosos que antes.

Karl sentía la sangre hervirle.

Cada choque contra los ogros lo dejaba más agitado, pero no era cansancio: había una energía extraña latiendo en su interior, como si algo estuviera pidiendo salir.

Eiden se colocó a un costado, con sus manos encendidas, preparando su Llama Ráfaga de Centella, mientras Liam saltaba entre los monstruos con rapidez, hiriéndolos en puntos débiles y distrayéndolos cuando trataban de atacar de lleno.

De pronto, uno de los ogros más grandes levantó una roca gigantesca para lanzarla contra ellos.

Karl, sin pensar, dio un paso al frente.

La adrenalina le nubló todo excepto un impulso: juntó ambas manos hacia adelante y gritó con todas sus fuerzas: —¡¡Impacto Atronador!!

Un resplandor brutal emergió de sus palmas, una onda de energía comprimida que se expandió con un rugido ensordecedor.

La roca fue pulverizada en el aire y el ogro salió disparado varios metros hacia atrás, rodando hasta chocar contra un árbol que crujió y se partió en dos.

Eiden lo miró con asombro, casi olvidando el ataque que estaba preparando.

—¿Desde cuándo puedes hacer eso?

Karl jadeó, aún con las manos temblando.

—Ni yo lo sé… solo lo sentí… y salió.

Los ogros retrocedieron unos pasos, sorprendidos por la fuerza del golpe, pero Liam no perdió el tiempo.

Aprovechó la confusión y se adelantó con agilidad felina, hiriendo en las piernas a otro ogro y forzándolo a caer de rodillas.

—¡Concéntrense!

—gritó, con una dureza que rara vez mostraba—.

¡Si seguimos compitiendo, perderemos!

El eco de sus palabras, sumado al nuevo poder de Karl, sacudió la tensión del grupo.

Eiden apretó los dientes y asintió, preparándose para liberar su hechizo en sincronía con los ataques de Liam y la fuerza recién nacida de Karl.

Los ogros, en cambio, rugieron con más furia, levantando polvo y ramas al avanzar de nuevo.

La batalla aún estaba lejos de terminar, pero ahora había algo distinto en el aire: los tres estaban a punto de luchar como un verdadero equipo… aunque todavía con roces que podían costarles caro.

— La pelea se desbordó hacia la entrada de la cueva.

Cada rugido, cada golpe contra la tierra hacía que el suelo temblara.

Los muchachos apenas lograban mantener el ritmo: los ogros arremetían con furia ciega, y aunque su fuerza bruta era descomunal, también empezaban a mostrar el peso del combate.

Un gigantesco brazo barrió a Karl y lo mandó volando contra un árbol, que se partió con un crujido seco.

Se levantó tambaleante, escupiendo polvo, pero con los ojos brillando de rabia.

Eiden lanzó otra llamarada que impactó en el pecho de uno de los ogros; la criatura retrocedió, gruñendo y golpeándose el torso como si quisiera apagar las brasas que le quemaban la piel.

Con un rugido colérico, embistió, pero Eiden rodó a un lado, provocando que el monstruo se estrellara contra una roca, la cual se resquebrajó en pedazos.

Liam, más ágil, se deslizó bajo las piernas de otro ogro y le cortó el equilibrio con una patada precisa en la rodilla.

El coloso cayó de rodillas, pero al hacerlo levantó una nube de polvo y piedras, como si hubiese caído una avalancha en miniatura.

Los ogros también jadeaban, moviéndose más torpemente con cada intercambio.

Uno se apoyó contra una roca para recuperar aire, mientras otro apenas lograba levantar su garrote, que pesaba más por el cansancio que por el material.

El entorno empezaba a ser irreconocible: árboles desgarrados, rocas astilladas, surcos profundos en la tierra marcaban cada impacto.

El claro donde peleaban ya no era un paisaje sereno, sino un campo arrasado, un recordatorio de la brutalidad del choque.

Aun así, ninguno cedía.

Cada ataque era respondido con otro, cada rugido encontraba eco en el grito de los muchachos.

Era una danza de fuerza y resistencia, en la que todos, tanto humanos como ogros, mostraban que no eran simples adversarios: eran guerreros luchando hasta el límite de su cuerpo.

—

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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