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Vornex: Temporada 1 - Capítulo 64

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  4. Capítulo 64 - 64 Capítulo 64 El guardián de los animales
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64: Capítulo 64: El guardián de los animales 64: Capítulo 64: El guardián de los animales …

“Cuando creyeron haber sobrevivido a la tormenta, descubrieron que apenas estaban frente al ojo del huracán.” — Los tres ya estaban exhaustos, apenas sosteniéndose en pie, cuando el caos se volvió aún más desesperado.

En medio del forcejeo, Karl tropezó con una roca y casi se lo lleva por delante a Eiden; ese instante de descoordinación permitió que un ogro sujetara a Liam de un solo zarpazo, levantándolo del suelo como si no pesara nada.

—¡Eiden, Karl!

¡Ayúdenme!

—gritó Liam con voz quebrada, pataleando inútilmente mientras el ogro lo abrazaba con una fuerza aplastante.

Los dos corrieron de inmediato hacia él, pero antes de alcanzarlo, otros dos ogros surgieron de entre el polvo y los embistieron, lanzándolos de espaldas contra el suelo.

Eiden soltó un gruñido de dolor; Karl se levantó tambaleante, pero ya era tarde.

El ogro apretó más fuerte a Liam, que cerró los ojos con desesperación.

Entonces, sucedió.

Su pecho empezó a brillar, un resplandor que se formaba en una letra clara y definida: V.

Eiden y Karl, al verlo, comprendieron al instante qué significaba.

Con un grito, se tiraron al suelo cubriéndose, mientras los ogros miraban confundidos.

De pronto, Liam liberó un estallido de energía brutal.

El ogro que lo sujetaba salió volando como proyectil, arrasando con varios árboles antes de estamparse contra el suelo con un estruendo.

La onda expansiva sacudió todo alrededor, levantando polvo y hojas como un vendaval.

Los dos ogros que intentaban acercarse a Liam apenas reaccionaron: uno recibió un golpe directo en el estómago que lo dobló por completo antes de caer de rodillas, y al otro, que venía por la espalda, Liam le esquivó con reflejos sobrehumanos y le conectó una patada en la cara que lo lanzó muy atrás, hasta hacerlo rebotar contra una roca que se resquebrajó al instante.

Ambos cayeron y no se levantaron.

El pecho de Liam dejó de brillar.

La letra V se desvaneció lentamente, y con ella toda su fuerza.

Cayó de rodillas, exhausto, y luego al suelo, inconsciente.

Solo quedaban dos ogros.

Al ver lo ocurrido, retrocedieron, inseguros, y luego dieron media vuelta, huyendo hacia el bosque.

Eiden apretó los puños, jadeando, mientras miraba a Karl.

—Cuídalo.

Yo me encargo —dijo con determinación.

Sin esperar respuesta, salió tras ellos.

Eiden sentía algo extraño en su cuerpo: sus piernas más ligeras, sus saltos más potentes, como si de repente hubiese dado un paso más en su propio poder.

Saltó una vez, y el aire lo sostuvo como nunca antes; corrió, y cada zancada lo impulsaba como si el terreno lo empujara.

En un salto final, interceptó a uno de los ogros, cayendo justo frente a él.

Reunió energía y disparó una ráfaga que lo derribó, dejándolo inconsciente entre polvo y piedras.

Pero el otro… siguió corriendo.

Eiden lo persiguió hasta ver, con sorpresa, que no huía.

El ogro se dirigía hacia otra cueva, más grande, más oscura.

El muchacho se estremeció.

No era un escape… era un aviso.

Sin perder tiempo, regresó con Karl y Liam.

Este último despertaba, confuso.

—¿Qué… pasó?

—murmuró, llevándose una mano al pecho.

Karl lo sostuvo del hombro.

—Liam, lo hiciste tú.

Liberaste un poder increíble, pero no lo recuerdas.

Esa marca… esa fuerza… no está bajo tu control.

Liam frunció el ceño, tratando de recordar, pero solo sintió un vacío extraño dentro de sí.

Antes de que pudiera preguntar más, Eiden llegó corriendo.

—¡Tenemos que irnos ya!

—exclamó, con el corazón acelerado—.

Ese ogro no estaba huyendo, fue a buscar ayuda… y esa cueva es mucho peor.

Los tres se miraron.

Karl ayudó a Liam a ponerse de pie, aún débil.

Avanzaron con intención de escapar, pero la conversación entre ellos se prolongó.

—Si lo que dices es cierto, entonces no podemos simplemente marcharnos —dijo Karl, con el ceño fruncido.

—¡No entiendes!

—replicó Eiden—.

Si nos quedamos, ese lugar podría vomitar algo peor de lo que ya enfrentamos.

—¿Y si ya lo hizo?

—intervino Liam, con la voz débil pero firme—.

No podemos dejar a Raider sin protección.

La discusión fue interrumpida por un rugido que heló la sangre de todos.

Desde los árboles cercanos, un ogro gigantesco emergió, su sombra eclipsando la luz.

Era más grande, más fornido, sus músculos tensos como rocas, y sus ojos mostraban un brillo de inteligencia que los otros no tenían.

En su presencia había algo distinto: autoridad.

A su lado apareció el ogro que había huido, jadeante, señalando con gruñidos a los chicos.

El coloso los miró con desprecio, golpeando el suelo con su garrote de piedra, y la tierra vibró bajo sus pies.

—Este… no es como los demás —susurró Karl, tragando saliva.

El aire se tensó.

La verdadera prueba apenas comenzaba.

— El aire se tensó apenas ese ogro gigante emergió del claro, con una presencia tan pesada que hasta las piedras parecían ceder bajo sus pasos.

Su voz grave retumbó en la cueva abierta como si no hablara, sino que dictara un juicio.

—Así que… ustedes son los que vienen a molestar mi descanso.

—sus ojos brillaban con un resplandor feroz, no necesitaba creerse superior; lo era.

Karl frunció el ceño y se adelantó, sin bajar la mirada.

—No venimos a molestarte.

Solo nos llevamos lo que ya no era tuyo.

El ogro ladeó la cabeza, sus colmillos descubiertos en una sonrisa que más parecía una amenaza.

—¿Qué dices, humano?

Eiden apretó los puños, dispuesto a pelear, pero entonces el coloso giró la vista hacia el claro.

Allí, pastando tranquilas, estaban las tres vacas que habían querido salvar.

Sus ojos se entrecerraron.

—Ah… ahora entiendo.

Protegen mi comida.

Karl dio un paso firme hacia él.

—¡Esas vacas no son tuyas!

¡Las robaste!

Vamos a devolverlas a su dueño.

El ogro soltó una carcajada grave que hizo vibrar el suelo.

—¿Y a mí qué me importa?

Tengo más animales en estas cuevas que en un festín de reyes… Si tanto las quieren, deberán protegerlas con su vida.

Dicho esto, el monstruo levantó su brazo y una luz oscura empezó a arremolinarse en su palma.

Su intención era clara: matar a los animales frente a ellos.

—¡No!

—gritaron los tres al mismo tiempo, corriendo hacia él.

Pero otro de los ogros, el que había traído la noticia, se interpuso con un rugido, bloqueando el paso.

Karl, harto de perder tiempo, se plantó firme, cruzó las manos y lanzó un estallido de energía que lo envolvió en un destello cegador.

El impacto fue tan brutal que el ogro salió despedido contra las rocas, quedando inconsciente.

—¡Sigan!

—gritó Karl, jadeando, mientras Eiden lo sobrepasaba a toda velocidad.

El ogro líder ya estaba a punto de soltar su poder sobre las vacas cuando los dos llegaron como flechas para impedirlo.

Pero Liam, quedándose atrás, se dejó caer contra un árbol, el sudor recorriéndole la frente.

—No… no podré seguirles el ritmo —dijo con voz temblorosa—.

Vayan ustedes… deténganlo.

El símbolo en su pecho se había desvanecido y con él toda la energía que antes lo hacía parecer un guerrero imposible de detener.

Ahora solo quedaba un chico agotado, recostado, confiando en sus compañeros.

Karl lo miró un segundo, asintió sin decir nada y siguió corriendo tras Eiden, directo hacia el ogro que levantaba su poder como si fuera un verdugo levantando la espada.

— El ogro levantó su brazo y un haz oscuro de energía se formó sobre su palma.

Su mirada estaba fija en las vacas, como si fueran simples peones para medir la fuerza de los chicos.

Eiden no dudó un segundo: corrió a toda velocidad, esquivando rocas y ramas caídas, y saltó justo cuando el ataque se disparó.

La ráfaga de energía hizo que el suelo temblara y un árbol cercano se partiera en dos al recibir el rebote del hechizo.

—¡Vamos, Karl!

—gritó, empujando a una de las vacas hacia atrás para protegerla—.

¡Rápido!

Karl asintió, sintiendo cómo la adrenalina recorría sus venas.

Se lanzó hacia el ogro con un ataque concentrado, esquivando un golpe que hubiera aplastado la tierra bajo sus pies.

El contacto fue brutal: Karl lo golpeó en el costado con un impacto tan fuerte que el gigante salió volando, arrollando varios árboles y levantando una nube de polvo y hojas.

El estruendo retumbó en todo el claro, y los troncos crujieron como si fueran fósforos secos.

Pero el ogro no estaba acabado.

Con un gruñido que resonó como un tambor de guerra, comenzó a formar un segundo hechizo, esta vez más rápido y más cargado de energía oscura.

Karl se lanzó para interceptarlo, pero en un instante vio cómo la magia iba directamente hacia una de las vacas que aún no habían logrado alejarse.

Eiden reaccionó casi instintivamente.

Con un salto que parecía desafiar la gravedad, atrapó al animal con fuerza y lo cargó hacia un lugar seguro, sin siquiera creer la fuerza que estaba usando; sus músculos se tensaban, y la sensación de poder lo sorprendía a él mismo, pero algo dentro de él le decía que podía manejarlo.

El ogro rugió, y su voz volvió a retumbar entre los árboles, como un recordatorio de que no era un enemigo común.

Mientras tanto, Liam, apoyado contra el árbol, escuchaba los estruendos y sentía cómo el corazón le latía desbocado.

A lo lejos veía impactos y escuchaba los golpes resonar entre la maleza y los troncos derribados.

Su cuerpo estaba agotado, la energía que había liberado minutos antes lo había drenado por completo.

Se recostó, sudando y respirando con dificultad.

Cerró los ojos, y en vez de concentrarse en los ataques, dejó que sus otros sentidos tomaran el control.

Sintió algo que el ruido no podía ocultar: el sonido suave de agua corriendo, un río cercano.

Con el último resto de fuerzas, se levantó.

Su cuerpo temblaba, pero sus pasos eran decididos.

Corrió a través del bosque, esquivando ramas bajas y piedras, hasta que finalmente llegó a un río que brillaba con luz propia entre las sombras.

Observó cómo algunos peces pasaban nadando, y sin pensar, sumergió ambas manos en el agua y bebió con ansias, lavándose la cara y sintiendo cómo el frío lo revivía un poco.

Se recostó sobre la orilla, murmurando un “suerte…” para sus amigos.

Su cuerpo estaba exhausto y no podía hacer más; por ahora, su única tarea era descansar.

Mientras Liam se recuperaba, la batalla continuaba en el claro.

Eiden y Karl no solo esquivaban cada ataque del ogro, sino que también contraatacaban con todo lo que tenían.

—¿No pensaron que un ogro podía usar hechizos, verdad?

—gruñó el gigante con una carcajada que retumbaba—.

Pensaron que éramos tontos y solo músculos… pues no.

Yo no soy igual.

Jajaja… Cada palabra iba acompañada de un ataque más rápido y preciso.

Karl lanzó un golpe que interceptó un haz de energía, chocando con la fuerza suficiente para derribar al ogro contra varios árboles.

La corteza se astilló y troncos enteros crujieron mientras el coloso rodaba por el suelo, levantando polvo y ramas a su paso.

El ogro, sin perder tiempo, lanzó otra ráfaga hacia una de las vacas restantes.

Eiden reaccionó de inmediato: saltó y la atrapó, corriendo mientras la fuerza de sus brazos mantenía al animal en el aire.

La vaca mugió asustada, pero no estaba sola: Eiden lo sostenía y lo alejaba del peligro, cada paso suyo era más seguro mientras sentía cómo su cuerpo se adaptaba al poder que lo recorría.

Karl se levantó de un salto, jadeando, y con un movimiento rápido fue otra vez al ataque.

No solo esquivaban, sino que también lanzaban proyectiles de energía concentrada hacia el ogro, buscando cansarlo y debilitarlo mientras protegían a los animales.

El bosque alrededor se iba transformando: ramas partidas, árboles derribados, hojas flotando en el aire como si el viento mismo hubiera decidido unirse a la batalla.

Cada movimiento, cada golpe, cada defensa exigía un esfuerzo sobrehumano; ambos sentían la fuerza de sus cuerpos y la energía en sus venas mientras mantenían la presión sobre el gigante, conscientes de que un solo descuido podría arruinarlo todo.

— El bosque retumbaba con cada choque.

Karl y Eiden mantenían el ritmo, pero el ogro no parecía ceder; cada vez que caía, volvía a levantarse con más fuerza, más rabia, más sed de destrozar todo lo que se interpusiera en su camino.

De pronto, el coloso cambió de táctica.

En vez de preparar otro hechizo, cargó directamente contra Karl.

El joven apenas pudo reaccionar cuando un puño del tamaño de una roca impactó de lleno en su estómago.

—¡UGH!

—Karl escupió aire y cayó al suelo, doblándose, con los ojos abiertos de par en par mientras la fuerza del golpe lo dejaba aturdido.

Un hilo de sangre se deslizó por la comisura de sus labios, manchando la tierra bajo él.

El impacto levantó polvo y hojas, y el suelo se agrietó bajo su cuerpo.

El ogro soltó una risa grave y oscura, sin detenerse.

Giró sobre sus talones y fue directo hacia Eiden.

Sus pasos hacían temblar la tierra, y con cada zancada parecía más imposible detenerlo.

Eiden dio un paso atrás, tragó saliva y sintió cómo la presión lo arrinconaba.

En ese instante, sin pensarlo, extendió las manos hacia adelante.

Una sensación recorrió su cuerpo: calor, fuerza, y luego… ¡luz!

Frente a él apareció un muro traslúcido de energía azulada que brillaba como cristal líquido.

El ogro embistió con todo, pero el escudo aguantó, vibrando como un tambor a punto de romperse.

El impacto fue tan brutal que las manos de Eiden se resintieron y sus dedos se agrietaron, soltando pequeñas gotas de sangre que resbalaron por el borde de su palma.

—¡¿Un escudo?!

—murmuró Eiden con los ojos abiertos de sorpresa, sintiendo cómo su energía fluía y lo envolvía—.

¡Yo… yo lo creé!

El ogro gruñó y retrocedió, enfurecido al ver que su ataque había sido detenido por algo que jamás esperaba de un simple “muchacho”.

Karl, jadeando y con dolor en el estómago, escuchó el estruendo del impacto contra el escudo.

Con esfuerzo, apoyó una mano en el suelo y se levantó, tambaleando.

Escupió saliva mezclada con sangre, que le manchó la barbilla, y sus ojos brillaron con determinación.

Recordó la sensación de Eiden, esa barrera que protegía… y la imitó.

Concentró su energía, apretó los dientes, y frente a él apareció también un escudo similar, más tosco, pero lo suficientemente firme.

Justo a tiempo: una ráfaga oscura se dirigía hacia los animales.

Karl saltó, plantó el escudo y lo expandió hacia los costados, cubriendo a varias vacas a la vez.

El hechizo chocó contra la barrera y explotó en un destello de chispas negras que se disiparon en el aire.

—¡No tocarás a ninguno más!

—rugió Karl, con el sudor escurriendo por su frente, la boca manchada de rojo y los músculos tensos.

Eiden y Karl se miraron, ambos sorprendidos.

Habían descubierto algo nuevo, un poder que nacía no de la rabia ni de la desesperación, sino de la voluntad de proteger.

El ogro gruñó con furia, los colmillos al descubierto, y levantó ambas manos cargando un hechizo mucho más grande que los anteriores, uno capaz de arrasar con todo el claro.

El cielo pareció oscurecerse por un instante, y las hojas giraron en el aire como presagiando la catástrofe.

Ahora no había marcha atrás.

Si querían sobrevivir y proteger lo que tenían detrás, tendrían que darlo absolutamente todo.

—

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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