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Vornex: Temporada 1 - Capítulo 66

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  4. Capítulo 66 - 66 Capítulo 66 Raíces de vida
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66: Capítulo 66: Raíces de vida 66: Capítulo 66: Raíces de vida El silencio del lugar solo era interrumpido por la respiración pesada de los chicos.

Sus cuerpos estaban al límite, apenas podían mover los dedos, cuando de pronto… un sonido extraño rompió aquella calma.

—¿Escucharon eso?

—susurró Karl con dificultad.

Eran pisadas.

Claras.

Suaves.

Como alguien caminando sobre hierba fresca.

Pero eso no tenía sentido: todo el terreno alrededor, arrasado por la batalla, era puro suelo árido y agrietado; la hierba más cercana estaba a kilómetros.

De pronto, ante sus ojos incrédulos, el suelo empezó a cubrirse de verde.

Brotes diminutos emergían a gran velocidad, convirtiéndose en hierba.

Flores de colores vibrantes florecían, y los árboles quemados y desgarrados comenzaban a reconstruirse, como si el tiempo retrocediera.

El bosque estaba resucitando.

—Esto… no puede ser… —murmuró Eiden.

Y entonces, entre los nuevos tallos y hojas, resonó una voz femenina, suave y firme a la vez: —Sabía que algo malo ocurría aquí.

La vida me lo dijo.

Los chicos abrieron los ojos con asombro, y una sonrisa se dibujó en sus rostros.

—¡Lurea!

—exclamó Liam, aliviado.

Ella apareció caminando con serenidad, sus cabellos ondeando como si el viento mismo la acompañara.

—¿Qué haces aquí?

—preguntó Karl, intentando incorporarse sin éxito.

—Desde mi bosque puedo sentir cada vida que nace… y cada vida que es destruida —respondió ella—.

Y cuando sentí que una parte entera de este bosque estaba muriendo, vine sin pensarlo.

No podía quedarme de brazos cruzados.

Los chicos bajaron la mirada, avergonzados.

—Lo sentimos —dijo Eiden con sinceridad—.

No queríamos destruir el bosque… fue la única forma de detener a esa bestia.

Karl levantó la voz, con convicción: —Lo hicimos para proteger el resto.

Si no lo hubiéramos hecho, habría arrasado todo.

Lurea los observó un instante en silencio y luego asintió con ternura.

—Lo sé.

Y se los agradezco.

A veces, incluso para defender la vida, hay que herirla.

Pero recuerden… siempre hay más de un camino.

Los chicos sintieron aquel consejo clavarse en su interior.

Pero Eiden, intentando justificarse un poco, agregó: —Salvamos también a varios animales.

Ellos siguen con vida gracias a nosotros.

Entonces Liam, aún con voz cansada, recordó: —Cierto… tenemos que devolverlos a Raiden.

Pero sus cuerpos estaban exhaustos, incapaces de levantarse.

Lurea los miró con compasión y se arrodilló junto a ellos.

—Puedo ayudarlos.

—¿Curarnos?

—preguntó Karl, incrédulo—.

¿También eres médica?

Lurea sonrió suavemente.

—No exactamente.

Pero mis dones están ligados a la vida misma.

Y eso incluye restaurar lo que está dañado.

Las manos de la joven comenzaron a brillar con un resplandor verde y cálido.

Los chicos sintieron cómo sus heridas se cerraban, cómo la fuerza regresaba a sus músculos y sus pulmones se llenaban de energía renovada.

—¡Increíble!

—exclamó Eiden—.

¡No sabíamos que los místics podían hacer esto!

Pero Lurea negó con la cabeza.

—No soy una místic.

Los tres quedaron perplejos.

—¿Entonces… de dónde vienes?

—preguntó Karl.

Ella guardó silencio unos segundos, como si meditara si debía revelar la verdad.

Finalmente, habló con voz firme: —No soy de este planeta.

Provengo de Aerhos, uno de los mundos más importantes de este universo.

—¿Por qué tan importante?

—inquirió Liam.

—Porque en Aerhos nació la primera energía.

La más esencial de todas: la energía natural.

Sus palabras se hundieron en el aire como un eco eterno.

—La energía natural… —repitió Eiden, intrigado.

—Sí.

Sin ella, nada existiría.

Gracias a la energía natural los mundos pueden tener agua, montañas, volcanes, mares, climas y temperaturas adecuadas.

Sin esa base, no hay dónde comenzar.

La energía natural prepara los cimientos: crea el terreno y lo hace habitable.

Karl asintió lentamente, empezando a comprender.

—Entonces… ¿es como el esqueleto del universo?

Lurea sonrió.

—Exacto.

Y cuando un planeta ya está listo, cuando la energía natural ha dado forma al lugar… surge la segunda energía: la vital.

La vital se apoya en la natural para germinar vida.

Es la que hace crecer plantas, bacterias, árboles… de lo simple a lo complejo.

Y a partir de esas primeras chispas, nacen los animales.

Y con ellos, llega la posibilidad de razas, civilizaciones, culturas y mundos enteros.

Los chicos estaban en silencio, asimilando el peso de lo que escuchaban.

—Entonces… —dijo Liam con respeto—.

Todo lo que somos, todo lo que existe, viene de Aerhos… de tu planeta.

Lurea asintió con calma.

—Así es.

Aerhos es la raíz que permitió que existiera el resto.

Y por eso, siempre debemos agradecer, no solo a quienes crearon, sino también a aquello que sostiene la vida en silencio.

Los tres bajaron la mirada, conmovidos.

—Gracias —susurró Karl—.

No solo a ti, sino… a tus ancestros.

Lurea rió suavemente, quitándole solemnidad al momento.

—No tienen nada que agradecer.

Mi deber es proteger la vida.

Fue entonces cuando escucharon un ruido: pasos pesados, arrastrando tierra.

Todos se pusieron en guardia, pensando en el ogro.

Pero al aparecer frente a ellos, la criatura se detuvo.

Estaba destrozada, cubierta de heridas, apenas en pie.

—No quiero pelear más… —gruñó con voz grave—.

Ustedes ganaron.

No haré nada malo otra vez.

Karl dio un paso al frente, desconfiado.

—¿Por qué deberíamos creerte?

El ogro bajó la cabeza.

—Porque lo digo con verdad.

Vayan con sus animales… no me importan ya.

Son más fuertes de lo que imaginé.

El grupo lo observó sin bajar la guardia.

Pero Lurea se adelantó y, con un gesto de su mano, lo curó.

—¡¿Qué haces?!

—exclamó Eiden.

—Lo que siento correcto —respondió ella—.

Y lo que siento… es que dice la verdad.

El ogro, sorprendido, inclinó la cabeza en señal de respeto.

—Mi nombre es Zarquinn… protector de los ogros de mi zona.

Lurea sonrió.

—¿No prefieres acompañarnos?

Él dudó.

—No quiero ser una carga.

Puedo quedarme aquí.

Pero Karl fue tajante: —Vendrás.

Tienes que disculparte con Raiden por robarle sus animales.

Zarquinn se quedó en silencio unos segundos y, con un gruñido avergonzado, aceptó.

Lurea entonces extendió sus manos hacia el horizonte.

De la tierra brotaron enredaderas gigantes que se entrelazaron formando una carroza enorme.

Con un gesto, atrajo a las tres vacas, que subieron suavemente en ella.

Luego, del suelo crecieron caballos hechos de hierba viva, majestuosos y verdes como esmeraldas.

—Ya está.

Suban.

Vamos a devolver lo que pertenece a Raiden —dijo con determinación.

Y así, con un nuevo aliado a su lado, partieron hacia el hogar del anciano, guiados por la guardiana de la vida.

— ¿Quieres que además de corregir estilo te lo deje con un tono más poético/épico (como si fuese un relato legendario), o prefieres que conserve este aire narrativo más directo?

— Los chicos ya habían salido del campo de batalla y, tras un breve descanso, subieron a sus caballos de hierba.

El suave crujir de las fibras verdes que formaban sus patas se mezclaba con el murmullo del viento.

A cada paso, aquellos extraños corceles desprendían un aroma fresco, como si la naturaleza misma los impulsara.

Era una sensación distinta a la de cualquier caballo normal: no relinchaban, sino que emitían un leve silbido, como si respiraran al compás de la tierra.

Lurea, con la mirada fija en el horizonte, fue la primera en romper el silencio.

—¿Dónde queda exactamente ese tal Raiden?

—preguntó con tono curioso.

Eiden, que guiaba al frente con firmeza, giró un poco la cabeza y respondió: —A unos kilómetros de aquí, no muy lejos.

Solo tenemos que seguir este sendero hacia el oeste y llegaremos.

Con eso, todos apretaron las riendas y dejaron que los caballos de hierba aceleraran su paso.

La marcha era tranquila, y el camino, rodeado de colinas verdes y el canto lejano de aves extrañas, invitaba a la conversación.

Fue entonces cuando Liam, con la intriga quemándole la lengua, miró a Lurea.

—Tengo una duda —dijo con su tono sincero—.

En Aerhos… ¿de qué raza eras?

Ella sonrió suavemente antes de contestar: —Mi raza se llama los Sylvarian.

El nombre resonó con una melodía especial, como si llevara consigo un peso antiguo y a la vez elegante.

—Sylvarian… —repitió Zarquinn, asintiendo con respeto—.

Suena hermoso.

—Gracias —respondió ella con calidez.

Eiden, sin querer quedarse atrás, agregó: —Es verdad, tiene un aire noble, como si llevara una historia detrás.

Eso hizo que, de inmediato, a Eiden se le cruzara otra idea en la cabeza.

—Ahora que lo pienso… ¿es cierto eso de que tu mundo fue el primero en crearse gracias a su energía?

Lurea negó con calma.

—No exactamente.

Hubo otros mundos antes que intentaron dar forma a la energía natural, pero no supieron dominarla.

Mi mundo, Aerhos, fue el primero en lograrlo con éxito.

Y gracias a eso pudimos compartir esa energía con otros mundos para que también tuvieran vida.

Los demás escuchaban atentos.

El galope constante de los caballos de hierba parecía marcar un ritmo perfecto a la narración.

—¿Cómo funciona eso de la energía natural?

—preguntó Karl, con la mirada fija en ella.

Lurea tomó aire, como si eligiera bien cada palabra: —La energía natural es la base de todo.

Es la que le da a un mundo la posibilidad de tener montañas, agua, volcanes, temperaturas adecuadas… en resumen, todo lo que hace falta para que un planeta se vuelva habitable.

Sin esa energía, no habría cimientos.

Y gracias a ella, con el tiempo, surge algo aún más esencial: la vitalidad.

Los chicos intercambiaron miradas, intrigados.

—¿Vitalidad?

—repitió Liam.

—Sí —afirmó Lurea con serenidad—.

La vitalidad no es una energía como tal, sino el aliento mismo de la vida.

Es lo que permite que aparezcan bacterias, plantas, animales… y poco a poco, la vida en toda su plenitud.

La energía natural prepara el escenario, pero es la vitalidad la que enciende la chispa.

Liam asintió con asombro.

—Entonces sin la natural, la vitalidad no existiría.

—Exacto —dijo Lurea con convicción—.

Y gracias a esa cadena, un mundo puede transformarse en un hogar para civilizaciones, culturas y costumbres.

Hubo un silencio breve, interrumpido solo por el sonido de los cascos de hierba golpeando la tierra.

Luego Eiden retomó con una duda que lo intrigaba: —Entonces… ¿tu mundo fue el que enseñó a los demás a crear vida?

—Así es —respondió ella—.

Aerhos tenía esa misión, impuesta por el mismo dios de este universo.

Mis antepasados contaban que ese dios no quería crear todo por su propia mano.

Le fascinaba la idea de un universo que se desarrollara a sí mismo.

Por eso creó primero mundos sin vida y, solo en unos pocos, implantó la capacidad de generar energías.

Mi mundo fue uno de esos primeros, con la tarea de expandir la vida hacia otros lugares.

Karl chasqueó la lengua, sorprendido.

—Entonces… ¡tu mundo debe tener más años que nuestro propio universo de origen!

Lurea lo miró y sonrió de manera misteriosa.

—Tal vez.

Aerhos es más antiguo de lo que imaginan, y su legado sigue fluyendo en cada rincón de este universo.

Fue entonces cuando Karl recordó algo más.

—Habías dicho que existían otras energías además de la natural… ¿cómo cuáles?

Lurea asintió, acomodando un mechón de su cabello mientras el viento lo agitaba.

—Sí, hay varias.

La energía de magia, usada por los místics.

La energía de poder, que ustedes mismos manejan y que antes fue la principal de este mundo, Velthar.

También la energía oscura, que aunque puede corromper, en ciertos mundos se adopta como principal, volviéndose un ambiente un tanto deprimente… pero funcional.

Y además están las energías de luz, celestial, hada y la latente.

Esta última es especial: es la reserva que cada ser tiene en su interior, lo que lo mantiene vivo.

Los chicos intercambiaron miradas, procesando la cantidad de información.

—Entonces… ¿hay mundos con más de una energía principal?

—preguntó Liam con interés.

—Es raro, pero posible —contestó ella—.

El problema es que cuando todo un mundo debe vivir y desarrollarse con dos energías principales a la vez, la dificultad aumenta.

Cada raza debe aprender a dominar ambas o moriría.

Aunque sí puede haber mundos con una energía principal y otra secundaria que se use en menor medida.

La explicación hizo reír a todos.

La idea de un planeta entero lidiando con dos fuentes vitales sonaba tan complicada como fascinante.

Eiden aprovechó para comentar con orgullo: —Nosotros, sin quererlo, ya usamos dos: la de poder por nuestros padres… y ahora la de magia, que estamos aprendiendo aquí.

Los ojos de Lurea brillaron con sorpresa.

—Eso es un logro enorme para quienes recién comienzan.

No cualquiera puede cargar con dos energías distintas.

La marcha continuó.

El sol empezaba a bajar en el horizonte, tiñendo de dorado el sendero que seguían.

Los caballos de hierba, incansables, mantenían un ritmo firme.

Entre risas, dudas y respuestas, el grupo avanzaba hacia un destino que prometía nuevas revelaciones: el rancho de Raiden.

—

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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