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Vornex: Temporada 1 - Capítulo 67

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  4. Capítulo 67 - 67 Capítulo 67 Ecos de otros mundos
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67: Capítulo 67: Ecos de otros mundos 67: Capítulo 67: Ecos de otros mundos El rancho apareció al final del camino: una casa sencilla de madera, cercos de troncos y un par de pilas de heno apiladas con orden.

En la galería, balanceándose en una silla de amacar, Raiden acariciaba las cuerdas de su guitarra.

La melodía que tocaba era lenta, serena, y parecía envolver todo el lugar con un aire de calma.

Los caballos de hierba se detuvieron frente al cercado.

Las tres vacas rescatadas mugieron suavemente al reconocer su hogar.

Raiden levantó la vista, dejando que la música se apagara sola.

Sonrió apenas, ladeando el sombrero.

—Así que volvieron… y no con las manos vacías.

Karl bajó primero, orgulloso.

—Aquí están tus vacas.

Costó, pero lo logramos.

Raiden se acercó, acariciando con afecto a una de ellas.

—Pensé que no las vería otra vez.

Se nota que dieron pelea.

Entonces sus ojos se posaron en Zarquinn.

El ogro, incómodo, bajó la cabeza como un niño pillado.

—Él fue quien las tomó —dijo Liam, directo.

Raiden dejó la guitarra apoyada contra la pared y cruzó los brazos.

Su mirada, dura, no se apartó del ogro.

—¿Y por qué debería confiar en ti?

Zarquinn tragó saliva, respiró profundo y gruñó con voz grave: —Lo que hice estuvo mal.

No tengo excusas.

Vine a devolver lo que no era mío… y a pedir perdón.

Un silencio pesado cayó entre todos.

Lurea lo observó tranquila, mientras los chicos contenían el aire, tensos.

Raiden frunció el ceño, pero al final soltó una risa breve y áspera.

—Un ogro admitiendo sus errores… Eso sí que no lo había visto.

Se acercó despacio, sin rastro de miedo, y le dio un golpe en el hombro, fuerte como un martillazo.

—Está bien.

Te acepto la disculpa.

Pero escucha: si algún día vuelves a tocar lo que es mío… no me temblará la mano.

Zarquinn asintió de inmediato, firme.

—Lo juro.

Raiden regresó a su silla, retomó la guitarra y volvió a tocar, como si nada hubiera pasado.

—Se los agradezco, muchachos.

No solo por traer de vuelta a mis vacas, sino por tener las agallas de cargar con todo eso.

Hoy duermen bajo mi techo, y comen hasta reventar.

Se lo ganaron.

Los chicos intercambiaron una mirada de alivio.

Por primera vez en mucho tiempo, parecía que podían descansar de verdad.

Pero mientras las notas de la guitarra llenaban el aire, lejos, en lo alto de la colina, tres sombras observaban en silencio.

Sus siluetas se mantenían quietas, como si esperaran el momento justo para moverse.

— La mesa del rancho estaba repleta.

Raiden había servido pan casero, carne ahumada y leche fresca.

Todo tenía ese sabor simple y honesto que solo los granjeros saben dar.

Los chicos comían con ganas; después de tanto esfuerzo, la comida les sabía a manjar de reyes.

—No recordaba lo que era estar así de lleno… —murmuró Eiden, con la cara apoyada en la mesa.

Karl soltó una carcajada.

—Ni yo.

Pero valió la pena cada golpe que recibimos.

Raiden, sentado al otro extremo, los miraba con una mezcla de diversión y respeto.

—Tienen agallas.

Pocos se habrían metido con un ogro para recuperar tres vacas.

Zarquinn, que estaba sentado en un rincón, gruñó con incomodidad.

—Ya pedí perdón.

No hace falta recordarlo cada cinco minutos.

—Tranquilo, grandote —dijo Raiden con una sonrisa ladeada—.

No te lo repito para humillarte.

Lo digo porque no cualquiera da la cara después de algo así.

Eso, para mí, vale más que cien peleas.

El ogro lo miró, sorprendido por la sinceridad, y asintió en silencio.

Lurea bebía de un cuenco de leche, tranquila.

—Es extraño… aquí se siente todo más… estable.

Como si este lugar estuviera en equilibrio.

—Eso es porque yo lo mantengo así —respondió Raiden con orgullo—.

Un rancho no se cuida solo.

Cada animal, cada planta, cada gota de agua necesita su atención.

Si fallas un día, todo se descontrola.

Karl lo escuchó con interés.

—Suena parecido a lo que tú haces, Lurea.

Mantener la vida en equilibrio.

Ella asintió con una leve sonrisa.

—Tal vez por eso me siento tan cómoda aquí.

La conversación siguió entre bromas y reflexiones.

Por un instante, todos olvidaron las batallas, las heridas y los peligros del camino.

Pero en el exterior, la calma era solo apariencia.

En lo alto de la colina, las tres sombras seguían allí, inmóviles, como estatuas recortadas contra la oscuridad.

Una de ellas inclinó la cabeza hacia el rancho.

Otra apretó lo que parecía ser un arma envuelta en tela.

Y la tercera… simplemente observaba, con una quietud inquietante.

Nadie en la casa lo notó.

La guitarra de Raiden volvió a sonar, llenando la noche con acordes suaves, como si la música misma quisiera protegerlos de lo que estaba por venir.

— Raiden hizo una pausa mientras seguía balanceándose en la silla de amacar, rascando suavemente las cuerdas de su guitarra como si el sonido lo ayudara a ordenar sus recuerdos.

—Hubo un viajero que me habló de su planeta, “Trinner 33-K” —empezó con calma—.

Me contó que ahí la energía que usaban era algo que llamaban “energética”.

Tenían civilizaciones muy unidas, avanzadas, con tecnología que incluso a mí me costaba imaginar.

Era un lugar donde lo que aquí nos parece imposible, allá era cotidiano.

Karl se inclinó hacia adelante, con la mirada curiosa.

—¿Sabías de más planetas y sus energías?

Raiden asintió.

—Claro, este sitio, Velthar, recibe muchos viajeros.

Algunos me contaron historias de donde venían.

Recuerdo una en especial…

sobre “Caidar 23-A”.

Un planeta fuera de esta galaxia.

No era un lugar común; predominaba la maldad, pero no de la forma en que solemos entenderla.

Había pocas reglas, pero las que existían eran duras.

Se mantenía en pie gracias al miedo y la obediencia.

Su gobierno era…

totalitario, como un imperio rígido donde la gente debía adorar a sus líderes sin cuestionar nada.

Nadie podía entrar ni salir sin permisos estrictos.

Y, aun así, aquel planeta, con todo su control, compartió recursos con civilizaciones cercanas.

Eso permitió que muchos otros mundos crecieran.

Tenía su lado oscuro, sí, pero también dejó huellas de bondad en los alrededores.

Los chicos lo escuchaban en silencio.

El ogro de la mesa de al lado, que hasta ese momento bebía tranquilo, levantó la cabeza intrigado.

Raiden bajó el tono de voz, como si lo que iba a decir tuviera más peso.

—Y hubo otra vez…

hace siete años.

Un viajero llegó desde muy lejos.

No buscaba riquezas ni fama, solo explorar más allá de lo conocido.

Se detuvo aquí para descansar antes de continuar su travesía.

Pero después de ese día…

jamás supe más de él.

Eiden lo interrumpió, intrigado.

—¿Cómo se llamaba?

¿De dónde venía?

Raiden cerró los ojos un segundo, como si buscara el recuerdo exacto.

—Sí…

su nombre era Wiquer.

Bastante curioso para un joven explorador.

Venía de un planeta llamado Aerhos.

El corazón de Lurea dio un salto.

—¿Qué…?

—susurró, sorprendida—.

¡Ese es mi hogar!

La mesa se quedó en silencio.

Raiden arqueó las cejas, sin ocultar el asombro.

—¿Así que vienes de ahí?

Vaya…

nunca me lo habría esperado.

La charla se encendió de inmediato.

Lurea y Raiden intercambiaron algunas palabras sobre Aerhos, aunque pronto quedó claro que aquel viajero, Wiquer, había seguido un camino muy distinto al de ella.

Mientras tanto, Karl, Eiden y Liam aprovecharon la conversación para bromear.

Karl, con aire orgulloso, dijo que él sería el mejor en dominar las energías, mucho mejor que Eiden y Liam juntos.

—Ni en tus sueños, Karl —respondió Eiden entre risas—.

Yo seré el que domine mejor las energías, acuérdate.

Liam, como siempre, solo sonrió viendo la típica discusión entre los dos.

El ogro golpeó la mesa con fuerza para llamar la atención.

—Algo no me cuadra…

¿cómo es que viajan tanto si este universo es tan extenso?

Lurea lo miró con seriedad y decidió aclarar.

—No viajan por azar.

Aquí y en todos los lugares los portales tienen niveles.

Los portales, se clasifican según su poder de teletransportación.

Hizo una pausa y luego explicó con calma: —Están los Super-portals, que permiten viajar de un planeta a otro dentro del mismo universo.

Los Duper-portals, que conectan galaxias distintas.

Y los Mega-portals, los más raros y peligrosos, capaces de llevarte de un universo a otro.

Muy pocos tienen el poder para crear algo así.

Eiden abrió los ojos, comprendiendo de golpe.

—Entonces…

William debió haber hecho eso.

Creó un Mega-portal y por eso llegamos aquí.

Lurea giró hacia él, intrigada.

—¿William?

¿Quién es William?

Karl y Liam se miraron, y Eiden tomó aire antes de contarle sobre aquel hombre en su mundo, el que había abierto el portal que los arrastró hasta allí.

Lurea frunció el ceño, pensativa.

—Crear un Mega-portal es casi imposible.

En este universo la gente domina energías de muchas clases, pero en el de ustedes, por lo que dicen…

no hay tal control.

Que alguien haya conseguido abrir un portal de esa magnitud significa que tenía un poder descomunal, más del que cualquiera imagina.

Raiden asintió mientras acariciaba las cuerdas de su guitarra, dejando que la reflexión quedara flotando en el aire.

— Los tres encapuchados se reunieron a cierta distancia, ocultos entre la penumbra.

Dos de ellos se sentaron en el suelo mientras el tercero permaneció de pie, con el arma extraña colgando a su costado.

Su postura lo dejaba claro: era el líder.

—¿Quieres comer algo?

—preguntó uno mientras sacaba una lata de frijoles.

Abrió la palma de su mano y una chispa de fuego apareció, suficiente para calentar la comida sin necesidad de hacer fogata.

El otro sonrió, sacando un pedazo de pan y una lata de pescado.

—Pues yo sí, me haré un sándwich.

El líder negó con la cabeza, sin sentarse.

—Yo no.

No podemos confiarnos.

El jefe fue claro: debemos averiguar quienes son.

Los otros dos asintieron en silencio, y tras un rato, se acomodaron para descansar.

El líder, sin embargo, siguió de pie, vigilando la taberna como una sombra que no descansaba.

—

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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