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Vornex: Temporada 1 - Capítulo 68

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  4. Capítulo 68 - 68 Capítulo 68 Una vida tranquila en el rancho - Parte 1
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68: Capítulo 68: Una vida tranquila en el rancho – Parte 1 68: Capítulo 68: Una vida tranquila en el rancho – Parte 1 La mañana en la granja de Raiden comenzó tranquila.

El sol iluminaba los campos y una brisa suave agitaba las hojas de los árboles cercanos.

Raiden, con su guitarra apoyada contra la pared, sonrió al ver a los chicos todavía medio adormilados.

-Antes de que se vayan, tienen que darme una mano -dijo con calma-.

Aquí no es gratis quedarse a dormir, ¿eh?

Los muchachos se miraron entre sí, algo confundidos.

Lurea fue la primera en asentir con una leve sonrisa, mientras Eiden murmuraba por lo bajo que él no había venido de otro universo para ordeñar vacas.

La primera tarea fue recoger huevos de las gallinas.

Karl parecía manejarlo bien, pero Liam…

no tanto.

Apenas metió la mano en el nido, una gallina soltó un cacareo furioso y salió disparada tras él.

El chico comenzó a correr por todo el corral, levantando polvo, mientras la gallina lo seguía con las alas abiertas como si fuera un monstruo empeñado en defender su territorio.

-¡Quita, bestia emplumada!

-gritaba Liam, esquivando como podía.

Eiden y Karl no pudieron aguantar la risa, y hasta Lurea se llevó la mano a la boca intentando disimular.

La segunda prueba llegó con el ordeño.

Raiden les explicó cómo hacerlo, aunque dejó que ellos mismos se las arreglaran.

Eiden, con demasiada confianza, logró sacar un chorro de leche directo a la cara de Karl.

-¡¿Pero qué haces, idiota?!

-saltó Karl, limpiándose.

-Ups…

fue sin querer -respondió Eiden con una sonrisa traviesa.

Karl, furioso, llenó sus manos y le devolvió el chorro con precisión.

Lo que empezó como una lección de granja terminó en una batalla campal de leche, con ambos empapados, resbalando y riéndose entre insultos improvisados.

Mientras tanto, Liam aún tenía la gallina vigilándolo desde lejos, como si planeara otro ataque sorpresa.

Más tarde, Raiden los llevó al río cercano para pescar algo de comida.

Allí, Karl esperó el momento justo para empujar a Eiden de espaldas al agua.

El chapuzón fue tremendo, y cuando salió, empapado y con el cabello chorreando, tenía un pez colgando de la boca como si hubiera ido a cazarlo él mismo.

-¡Nueva técnica!

¡Pesca directa al estilo Eiden!

-exclamó con orgullo, aunque el resto no paraba de reírse.

Las horas pasaron rápido entre torpezas, risas y pequeñas discusiones tontas.

Lurea, aunque no se salvó de mojarse un poco en la pesca, disfrutaba verlos actuar como simples chicos, lejos de luchas y responsabilidades.

Por un momento, todo se sintió normal…

casi como si no existiera ningún peligro acechándolos más allá de los campos de Raiden.

— El trabajo continuó bajo el sol suave de la mañana.

Tras las risas con las gallinas y el desastre con la leche, Lurea intentaba mantener cierto orden, aunque era evidente que también disfrutaba viéndolos actuar como niños.

-No puedo creer que tanto guerrero entrenado esté perdiendo contra un par de vacas y gallinas -dijo divertida, cruzándose de brazos.

-¡Eh, esto es más difícil que un duelo!

-se defendió Karl, que aún olía a leche fresca.

-Lo tuyo es pura torpeza -lo pinchó Eiden con una sonrisa, aunque todavía escurría agua por la ropa.

Raiden, en silencio, se levantó, entró en la casa y al rato salió con una botella helada en la mano.

Se volvió a su silla de amacar, dio un trago largo y, apoyando el vaso en su rodilla, soltó una carcajada contenida.

-Hace tiempo que no veía a muchachos divertirse así -comentó, mirando cómo Liam seguía revisando con sospecha el corral, temiendo un nuevo ataque de la gallina vengativa.

La siguiente tarea fue reparar una cerca de madera que rodeaba parte de la granja.

A Karl le costaba encajar las tablas derechas, Eiden se clavó una astilla en el dedo y soltó un grito exagerado, y Liam casi se tropieza cargando una caja de clavos.

-Increíble…

pueden enfrentarse a criaturas mágicas, pero no saben clavar un simple clavo -bromeó Lurea, moviendo la cabeza con fingida decepción.

-¡Nadie nos entrenó para esto!

-respondió Liam, mientras intentaba mantener en equilibrio la caja que parecía a punto de caer.

La última actividad fue recoger agua del pozo.

Eiden, ya con ánimos de vengarse por la broma del río, intentó que Karl se inclinara demasiado con la soga…

pero terminó cayendo él mismo de rodillas en el barro.

El resto estalló en carcajadas.

Raiden bebía tranquilo, observando todo aquello como si estuviera viendo una obra de teatro improvisada.

En su rostro había una expresión relajada que pocas veces mostraba.

-Tienen mucho que aprender -dijo con voz firme, pero entre risas-.

Y no hablo solo de pelear.

Aprender estas cosas también es parte de vivir.

Hubo un momento de silencio cómodo.

Los chicos se miraron entre sí, riéndose aún, y Lurea asintió.

-Tiene razón -dijo ella, secándose las manos-.

Si uno no sabe disfrutar de lo simple, nunca sabrá apreciar lo grande.

Eiden bufó divertido, Karl se encogió de hombros y Liam se sentó en la hierba, agotado.

Durante un rato, no fueron guerreros ni viajeros atrapados en un destino complicado; fueron solo jóvenes descubriendo lo difícil y gracioso que podía ser la vida en una granja.

Raiden, bebiendo otro trago de su botella fría, los observó con una sonrisa sincera.

— El sol se elevaba un poco más, bañando la granja en un resplandor cálido.

El aire estaba cargado del olor a pasto húmedo y a tierra recién removida.

Después de ordeñar y recoger huevos, Raiden les pidió que ayudaran con algo aún más tedioso: sacar las malas hierbas del huerto.

Karl y Eiden se miraron entre sí con fastidio.

-¿En serio?

-bufó Karl-.

Venimos de pelear contra bestias que casi nos matan y ahora…

¿deshierbar?

-Esto es peor que cualquier enemigo -dijo Eiden, tirando de una raíz que parecía no querer salir nunca.

Liam, en cambio, lo tomó como un reto.

-Yo ya agarré el ritmo -dijo orgulloso, mostrando un puñado de hierbas en la mano.

-Eso porque eres bajito y puedes quedarte agachado sin que te duela la espalda -lo molestó Karl.

-¡Bajito tú!

-replicó Liam, cruzándose de brazos.

Lurea rió suavemente, sacudiendo la cabeza.

-No pensé que vería el día en que los “valientes viajeros” quedaran derrotados por un par de plantas.

Raiden, sentado en su silla, con la botella aún fría en la mano, soltó una carcajada grave.

-Esto les viene bien.

Si no pueden con la tierra, mucho menos con el mundo.

Después del huerto, probaron suerte con el corral de cabras.

Eiden, aún con la ropa húmeda de antes, intentó guiarlas para que entraran al establo, pero las cabras parecían más interesadas en empujarlo a él.

-¡Oigan!

¡No me embistan!

-gritaba, mientras una cabra lo seguía de cerca como si fuera un toro pequeño.

Liam se doblaba de la risa, y Karl, con su habitual picardía, gritó: -¡Vamos, maestro Eiden, demuestra tu técnica legendaria contra la cabra infernal!

-¡Si no ayudas, serás el siguiente!

-respondió Eiden, esquivando por poco un cabezazo.

Incluso Lurea terminó riendo a carcajadas.

Era la primera vez en mucho tiempo que todos compartían un ambiente ligero, sin amenazas colgando sobre sus cabezas.

Raiden los miraba en silencio mientras se acomodaba de nuevo en la silla.

Dio un trago lento a su botella y dejó escapar un suspiro.

-Así deberían ser los días…

tranquilos, con risas.

No todo puede ser guerra.

Sus palabras quedaron flotando en el aire unos segundos.

Karl, con la camisa llena de polvo, levantó la vista hacia él.

-¿Siempre viviste aquí, solo con tu granja?

-Sí.

Y créanme, no cambiaría esto por nada.

Ustedes todavía tienen un largo camino que recorrer, pero algún día entenderán lo que digo.

Lurea sonrió ante esas palabras, y los chicos guardaron un raro silencio, como si, aunque fuera por un instante, sintieran que aquella calma era un regalo inesperado.

—

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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