Vornex: Temporada 1 - Capítulo 74
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- Capítulo 74 - 74 Capítulo 74 Entre recuerdos y promesas
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74: Capítulo 74: Entre recuerdos y promesas 74: Capítulo 74: Entre recuerdos y promesas El sol caía suavemente sobre los jardines del castillo de Beinever, iluminando con un tono dorado los senderos perfectamente cuidados y los estanques donde el agua reflejaba el cielo.
Alis caminaba lentamente, observando cada detalle con cierto recelo, mientras su padre, Gimson II, la seguía de cerca, con la mirada firme pero suave, midiendo cada paso y cada palabra.
Finalmente, llegaron a un pequeño pabellón de madera, apartado del bullicio del castillo, donde una mesa estaba preparada con una tetera humeante y dos tazas.
El aroma del té se mezclaba con el de las flores cercanas, creando un ambiente que invitaba a la conversación.
—Parece que todo ha cambiado desde que regresaste —dijo Alis, tomando asiento con cierta rigidez, mientras Gimson II vertía el té en las tazas con movimientos calculados.
—Sí… y también nosotros debemos cambiar —respondió Gimson II, colocando la taza frente a ella—.
He cometido errores, Alis.
Te desterré por tu seguridad, pero sé que eso no hizo fácil nuestra separación.
Alis lo miró, sus ojos reflejando la mezcla de dolor y curiosidad que había sentido todos estos años.
—Lo sé… y me costó entenderlo.
A veces me preguntaba si realmente lo hiciste por mí o si fue simplemente porque no podías manejar la situación —dijo, tomando un sorbo de té, tratando de calmar la emoción que sentía—.
Pero ahora… empiezo a ver otra perspectiva.
Gimson II asintió, dejando escapar un leve suspiro: —Era la única forma de protegerte.
Sabía que el mundo fuera del reino podía ser peligroso y que aún no estabas preparada para enfrentarlo.
No quería que cargaras con responsabilidades que no podrías asumir.
Pero ahora, verte aquí, creciendo, fuerte… me demuestra que quizás subestimé tu capacidad de comprender.
Alis bajó la mirada, tocando suavemente la taza frente a ella, y después levantándola nuevamente: —Yo también subestimé algunas cosas… y no siempre supe lo que sentías ni por qué lo hacías.
Pero quiero entenderlo ahora, padre.
Quiero aprender de ti, no solo como rey, sino como… como la persona que me cuidó desde lejos.
Gimson II sonrió, una expresión cálida que rara vez mostraba en público: —Y yo de ti, Alis.
Tu independencia, tu fuerza… incluso tu obstinación, me han enseñado más de lo que crees.
Me recuerdas que hay formas de ver el mundo que no siempre se alinean con la experiencia de un rey, y que hay momentos donde uno debe ceder, escuchar y aprender de quienes vienen detrás.
Se hizo un silencio cómodo.
El vapor del té se elevaba entre ellos mientras ambos reflexionaban sobre sus palabras.
Por un momento, no había tensión ni reproches, solo dos personas que compartían el mismo espacio, intentando comprenderse después de años de distancia.
—Quizás podríamos hacer esto más seguido —dijo Alis finalmente, con un toque de humor suave que sorprendió a su padre—.
Sentarnos, hablar… tomar té y hablar de todo lo que dejamos pasar.
Gimson II rió con suavidad, dejando que esa pequeña complicidad entre ellos se asentara: —Me parece una excelente idea.
Después de todo, no hay mejor manera de enseñar y aprender que compartiendo momentos así, sin prisas ni conflictos.
Alis sonrió, y por primera vez desde su regreso, sintió que el lazo con su padre podía empezar a repararse.
No todo el dolor desaparecería de inmediato, pero este pequeño gesto, esta conversación tranquila, les daba una base para reconstruir la confianza y la comprensión mutua.
— …
El aroma del té se mezclaba con el viento cálido que recorría el pabellón, y por un momento, padre e hija se permitieron olvidarse de los años de separación y las tensiones del reino.
Gimson II, con la mirada fija en el vapor que se elevaba de su taza, comenzó a hablar con un tono más reflexivo.
—Alis, regresar al reino no es solo un reencuentro familiar —dijo—.
También es un recordatorio de las responsabilidades que ambos tenemos.
No todo es lo que parece, y no todos los desafíos pueden resolverse con fuerza o autoridad.
Alis frunció el ceño, pero asintió, entendiendo a dónde quería llegar su padre.
—Lo sé… —respondió suavemente—.
Pero ahora siento que puedo aportar algo, aunque sea diferente a lo que tú haces.
No quiero solo obedecer; quiero comprender y ayudar.
Gimson II sonrió con orgullo, sintiendo que su hija comenzaba a ver más allá de la obediencia ciega.
—Eso es exactamente lo que esperaba de ti —dijo—.
El reino no necesita un sucesor que solo repita lo que yo hago.
Necesita alguien que vea, aprenda y luego aplique la fuerza de manera justa, con juicio y corazón.
Alis se recostó levemente en su silla, tomando un sorbo de té mientras procesaba las palabras de su padre.
—Y… ¿qué pasa si cometo errores?
—preguntó con sinceridad—.
No quiero decepcionarte.
Gimson II dejó escapar un suspiro, esta vez más humano, más cercano a la persona que era fuera de su corona.
—Hija… cometer errores es inevitable.
Incluso yo he fallado muchas veces.
La diferencia está en aprender de ellos y no permitir que el orgullo o el miedo te detengan.
Eso es lo que separa a un líder de uno que simplemente gobierna.
Y tú ya estás aprendiendo eso por tu cuenta.
Alis bajó la mirada y luego levantó los ojos, con una determinación nueva que brillaba en su rostro.
—Entonces… seguiré aprendiendo.
Pero también quiero proteger este reino, y a las personas que lo habitan.
No solo esperar a las órdenes.
Quiero ser parte de las decisiones.
Gimson II asintió, satisfecho, pero pensativo: —Ese es el espíritu que necesitamos ahora, hija mía.
Porque las amenazas que se acercan no son simples problemas internos… hay fuerzas fuera de nuestras fronteras, que podrían afectar no solo nuestro reino, sino planetas cercanos.
Alis lo miró sorprendida, con un brillo de preocupación en los ojos.
—¿Qué tipo de fuerzas?
—preguntó.
—No podemos subestimar a aquellos que buscan desequilibrar el orden —explicó Gimson II—.
Y aunque nuestro reino es fuerte, necesitamos aliados y estrategias para enfrentar lo que se aproxima.
Es por eso que tu regreso es crucial.
Tu fuerza, tu mente y tu intuición serán necesarias, no solo para Beinever, sino para todo lo que nos rodea.
El silencio se instaló por un instante, pesado y profundo.
Pero esta vez no era tenso; era un momento de comprensión mutua, de preparación silenciosa para lo que vendría.
—Entonces… vamos a hacerlo juntos —dijo Alis finalmente, con una voz firme que dejó claro que había entendido la magnitud de su papel—.
Padre y yo.
Juntos.
Gimson II dejó escapar una sonrisa cálida, y por primera vez en años, sintió que la brecha que había existido entre ellos comenzaba a cerrarse.
—Sí, hija.
Juntos.
Pero recuerda… la fuerza sin juicio es peligrosa, y el juicio sin fuerza es inútil.
Necesitamos equilibrar ambos.
Y tú… tú ya estás en camino de lograrlo.
Alis sonrió con determinación mientras levantaba su taza de té: —Entonces… por nuestro camino juntos, padre.
Y por el futuro de este reino.
—Por el futuro —respondió Gimson II, chocando suavemente su taza contra la de ella.
El vapor del té se elevaba entre ellos, como un símbolo silencioso de reconciliación, aprendizaje y del entendimiento que solo el tiempo, la paciencia y la verdad podían otorgar.
En ese pequeño momento, padre e hija se sentían más conectados que nunca, preparados para enfrentar lo que viniera.
— El té humeaba en la mesa, pero ahora sus palabras no tenían la tensión de la política ni la urgencia de las amenazas.
Gimson II se permitió relajarse un poco, apoyando los codos sobre la mesa y sonriendo al ver a su hija jugar con la cucharilla.
—¿Recuerdas cuando solías esconderte detrás de la cortina para no ir a entrenar con los guardias?
—preguntó con un tono casi divertido, recordando los años pasados.
Alis soltó una pequeña risa, un sonido que hacía tiempo no escuchaba el rey.
—¡Papá!
¡Eso fue hace tanto!
No era que tuviera miedo… solo que prefería leer o… o practicar magia en secreto.
—Ah, sí —dijo Gimson, fingiendo reproche—.
Pero te descubrimos tantas veces que finalmente tuve que insistir.
—Se rió suavemente—.
Y mírate ahora… una verdadera guerrera.
Alis bajó la mirada, pero con una sonrisa tímida.
—Supongo que tus enseñanzas no fueron en vano… aunque todavía me cuesta aceptar que me hayas apartado para protegerme.
—Su voz era seria, pero había cariño en ella.
—Lo sé, hija —dijo Gimson—.
Lo sé.
Pero la próxima vez que tengamos que enfrentarnos a algo… quiero que recuerdes que todo lo que hice fue para que pudieras regresar aquí segura.
No solo para el reino, sino para ti.
Alis asintió, y por un instante el silencio no estaba cargado de tensión, sino de una comprensión mutua.
—Papá, ¿y qué hacías mientras estaba fuera?
—preguntó, cambiando un poco de tema—.
Quiero decir… ¿en qué ocupabas tu tiempo aparte de los asuntos del reino?
Gimson se recostó en la silla, recordando.
—Oh, esas cosas aburridas de rey… reuniones, papeles interminables, entrenamientos con los guardias, a veces meditaba en los jardines.
Pero te confieso algo: me divertía más preparando los jardines y viendo cómo crecían los árboles de temporada.
Siempre pensaba en que algún día te gustaría volver y verlos florecer.
Alis sonrió con nostalgia.
—Siempre he amado los jardines del palacio… y los recordaba incluso estando lejos.
Tal vez por eso me sentí un poco en casa al regresar.
—Me alegra oír eso —respondió Gimson, dejando escapar un suspiro satisfecho—.
Quiero que, aunque ahora tengas más responsabilidades, recuerdes disfrutar de estas cosas simples.
A veces los guerreros se olvidan de ellas entre entrenamiento y batallas.
Alis lo miró fijamente, como si quisiera absorber cada palabra.
—Tienes razón… —dijo finalmente—.
Gracias, papá.
Me hace sentir que aún hay momentos para mí, incluso en medio de todo esto.
Gimson sonrió de nuevo, orgulloso y aliviado.
Por primera vez en años, padre e hija compartían un espacio sin secretos ni tensiones, simplemente disfrutando de una conversación y un té caliente.
La guerra y las amenazas podían esperar unos minutos más; ahora importaba el vínculo que reconstruían.
El sol comenzaba a filtrarse por las ventanas del salón, bañando el lugar con una luz cálida.
Y aunque fuera solo un respiro, ambos lo disfrutaron, conscientes de que cada momento así fortalecía lo que venía después: la unión entre padre e hija frente a los desafíos que aún debían enfrentar.
— Tras terminar el té, Gimson II se levantó y miró a su hija con una sonrisa que poco se veía últimamente.
—Alis… —dijo con un tono ligero—.
¿Qué te parece si dejamos los papeles, las reuniones y los protocolos por un rato?
Hoy no somos rey e hija del reino, solo somos nosotros.
Vamos a salir al pueblo, a caminar y disfrutar un poco.
Alis parpadeó, sorprendida, pero luego una sonrisa se dibujó en su rostro.
—¿De verdad?
Sin guardias, sin nada… solo nosotros?
—Exacto —respondió Gimson—.
Quiero que me conozcas no solo como tu padre, sino como alguien que quiere compartir un momento contigo.
Hoy, el reino puede esperar.
La joven asintió con entusiasmo.
Ambos se pusieron un abrigo ligero y abandonaron el palacio por una de las puertas secundarias, evitando el bullicio de la corte.
El aire fresco del exterior les golpeó suavemente la cara, y por primera vez en años, caminaron juntos sin necesidad de protocolos ni miradas inquisitivas.
El pueblo los recibió con curiosidad y admiración, pero al ver que eran el rey y su hija, los aldeanos respetaron su espacio.
Sin embargo, Gimson II y Alis caminaron entre los puestos de comida, tiendas de artesanías y fuentes, dejando que la rutina de la vida diaria los envolviera.
—¿Recuerdas cuando solíamos venir a este mercado?
—preguntó Gimson, señalando una pequeña panadería—.
Siempre te quedabas mirando los pasteles de manzana y terminabas comiendo más de los que tu madre te permitía.
Alis soltó una carcajada, recordando aquel tiempo.
—¡Sí!
Siempre decías que no podía comer tanto y yo… bueno, no te hacía caso —rió de nuevo, mientras ambos compraban un par de pasteles para compartir.
Se sentaron en un banco junto a la plaza, disfrutando de la comida, sin prisa ni preocupación.
Entre risas y anécdotas, hablaban de cosas simples: sus recuerdos, gustos, incluso pequeñas bromas sobre la rigidez de los guardias del palacio.
—Papá… —dijo Alis, con una sonrisa más seria ahora—.
Gracias por hacer esto.
No solo por traerme de vuelta al reino, sino por darme la oportunidad de empezar de nuevo contigo.
Gimson II la miró con orgullo y ternura.
—Alis… hija mía, siempre quise protegerte.
Pero también quiero conocerte, hablar contigo y compartir momentos como este.
Hoy es un nuevo comienzo para los dos.
Pasaron varias horas caminando por el pueblo, probando dulces, charlando con los comerciantes, e incluso ayudando a un par de niños a recoger sus cometas que se habían enredado en los árboles.
Cada gesto, cada sonrisa, fortalecía poco a poco el lazo que había sido interrumpido por años de separación.
Cuando el sol comenzaba a descender, tiñendo el cielo de tonos naranjas y dorados, Gimson II tomó la mano de su hija mientras caminaban de regreso al palacio.
—Hoy no solo hemos paseado, Alis —dijo suavemente—.
Hemos empezado a reconstruir lo que el tiempo nos quitó.
Y eso, créeme, es más importante que cualquier corona o reino.
Alis apretó su mano con fuerza y asintió.
—Lo sé, papá… y estoy lista para este nuevo comienzo.
El regreso al palacio fue tranquilo, pero ambos sabían que estos momentos eran un recordatorio de que, aunque los desafíos y peligros vinieran, su vínculo ya tenía raíces fuertes y sinceras.
Por primera vez en años, padre e hija sentían que podían enfrentar cualquier cosa juntos.
— Mientras caminaban por las calles del pueblo, disfrutando de la tranquilidad y del sol que comenzaba a bajar, Alis miró a lo lejos y finalmente se animó: —Papá… ¿me puedes contar más de mamá?
Violet… nunca supe realmente qué pensaba.
Gimson II suspiró, con la mirada levemente perdida en el pasado.
—Tu madre… Violet —comenzó con voz suave— era una mujer extraordinaria.
Siempre puso a los demás primero, fuerte, sabia, con un corazón enorme.
Pero… —hizo una pausa— cuando decidí separarte del reino y protegerte llevándote lejos, ella no estuvo de acuerdo.
Sabía que lo hacía por tu seguridad, pero le dolió… y mucho.
Alis bajó la mirada, conteniendo la emoción que se le hacía un nudo en la garganta.
—Entonces… ella sabía que me salvarías, pero no quería que te separaras de mí.
—Su voz se quebró un poco—.
Eso me hace sentir… culpable, por no haberla conocido más.
Gimson II se detuvo y la tomó suavemente de los hombros, mirándola fijamente a los ojos.
—Alis… lo sé.
Nunca fue una decisión fácil.
Violet entendió la necesidad de protegerte, aunque su corazón se rompiera.
Todos la extrañamos, y yo aún siento la ausencia de sus consejos, su risa… su forma de ver la vida.
Pero la decisión que tomamos fue lo correcto para mantenerte a salvo.
Ella quería salvarte más que cualquier otra cosa, incluso si eso significaba dolor para ella.
Alis respiró hondo, sintiendo una mezcla de tristeza y comprensión.
—Lo entiendo un poco mejor ahora… aunque desearía haber podido conocerla más.
Gimson II le dio un abrazo cálido y firme, y su voz tembló apenas: —Yo también, hija mía.
Yo también.
Pero recuerda… todo lo que hicimos fue por tu seguridad.
Nunca dejé de amarte ni de pensar en ti.
Y aunque Violet no esté, su amor y su sacrificio siempre estarán con nosotros, contigo y conmigo.
Alis cerró los ojos por un instante, sintiendo el abrazo como un puente entre el pasado y el presente, entre lo que se perdió y lo que aún podían compartir.
—Gracias, papá… por explicármelo.
Por todo.
—Siempre, hija mía —respondió él, con firmeza y ternura—.
Y recuerda… siempre seremos una familia, pase lo que pase.
—
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