Leer Novelas
  • Completadas
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
Avanzado
Iniciar sesión Registrarse
  • Completadas
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
  • Configuración de usuario
Iniciar sesión Registrarse
Anterior
Siguiente

Vornex: Temporada 1 - Capítulo 77

  1. Inicio
  2. Todas las novelas
  3. Vornex: Temporada 1
  4. Capítulo 77 - 77 Capítulo 77 Las tres cartas
Anterior
Siguiente
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo

77: Capítulo 77: Las tres cartas 77: Capítulo 77: Las tres cartas El aire olía a polvo y a muerte en Regalion 723.

Los portales se abrían y cerraban sin descanso, vomitando tropas de la Unión de Fuerzas del Oeste que corrían a tomar posiciones.

Desde lo alto de la muralla, el joven guardia apretaba su casco con nerviosismo, el corazón golpeándole en el pecho como si quisiera escapar antes que él.

—¡Tú!

—la voz de mando lo sobresaltó.

Era Gilbert, uno de los tres líderes al mando—.

Deja de temblar y muévete.

Busca a Rick, él te dirá qué hacer.

Y no olvides esto: si no das todo ahora, tu mundo será cenizas.

El novato asintió torpemente y corrió hacia el portal que lo engulló en un segundo.

Al otro lado, la nada: un páramo muerto, sin vida, donde el aire parecía más pesado.

El suelo estaba cuarteado, polvoriento, como si mil guerras hubieran explotado allí.

A su lado, cinco guardias tan novatos como él tragaban saliva.

Los guiaban dos veteranos, curtidos en cicatrices y miradas frías.

—Activen los cascos —ordenó uno de ellos—.

Son resistentes a la distorsión mental, pero no se confíen.

Si sienten una voz en su cabeza… ya es tarde.

Dark puede controlarte a menos de doscientos metros.

Así perdimos a docenas.

La sola mención de ese nombre hizo que un escalofrío le recorriera la espalda.

Dark.

Aún encerrado, ya les arrebataba mentes, fuerzas y esperanza.

Caminaron entre ruinas calcinadas, restos de ciudades arrasadas que parecían gritar historias de gente que ya no existía.

El silencio se rompió con un grito del veterano: —¡Cúbranse!

Todos se tiraron al suelo, temblando, hasta que vieron salir de las sombras a otro grupo de guardianes.

Uno de ellos era alto, de mirada severa y paso seguro.

—Es Rick —susurró uno de los novatos con alivio.

A su lado venía Pertyn, otro experimentado, rostro cansado pero ojos decididos.

Rick los reunió rápido, sin espacio para saludos.

—Nos separamos en dos grupos.

Si caemos todos juntos, no servirá de nada.

Dark está aumentando su presión y tenemos que activar los tres escudos de contención o será nuestro fin.

No hubo tiempo de más.

Una ráfaga oscura atravesó el aire y, de repente, surgieron de entre las ruinas guardianes controlados, ojos vacíos y movimientos ferales.

—¡Atacad!

—rugió Rick.

El principiante apenas levantó su arma, las manos temblando.

Disparó.

Vio a un enemigo caer, otro tambalearse.

Pero la realidad lo golpeó: había matado.

Un guardia como él, ahora convertido en un títere.

El estómago se le revolvió, pero no podía detenerse.

De pronto, uno de los controlados se lanzó sobre un veterano, clavándole las garras en el pecho.

Otro grupo rodeó a los novatos, y la masacre comenzó.

Entre gritos, disparos y desesperación, cayeron uno tras otro, hasta que el principiante quedó jadeando junto a Rick, rodeados de cuerpos.

De la tierra emergió un guardia destrozado, ensangrentado, casi irreconocible.

Tosió con fuerza.

—Tienen… que activar… los tres escudos… antes de que… Se desplomó.

Rick lo miró con rabia contenida y luego se giró hacia el novato: —Lo escuchaste.

Tres escudos.

Corre, aunque tengas miedo, o todo estará perdido.

El novato asintió, el cuerpo entero temblando, y corrió hacia un monolito caído donde yacía el primer escudo.

Lo activó.

La luz azul se alzó, brillando.

Pero entonces una fuerza oscura lo envolvió, como un aura que lo arrojó por los aires.

Cayó rodando, la respiración arrancada de sus pulmones.

—¡Piensan que pueden detenerme con juguetes!

—una voz resonó desde todas partes, profunda y cruel, como si hablara dentro de sus cabezas—.

¡Esto solo alarga su muerte inevitable!

Rick gritó: —¡El último escudo!

¡Ve, ahora!

El novato apenas podía levantarse, las piernas temblorosas.

Pero corrió, jadeando, con lágrimas de puro miedo.

Activó el último escudo justo cuando una mano gigantesca de aura negra emergió y lo aplastó contra el suelo.

Su casco estalló, y su grito quedó ahogado en la nada.

—¡NOOO!

—gritó Rick, corriendo hacia él, pero era tarde.

La tierra se abrió, y de las grietas comenzaron a surgir más guardianes controlados, decenas, cientos, como si hubieran estado enterrados esperando la orden de su amo.

—¡Malditos…!

—Rick sacó una granada de energía y la lanzó, destruyendo a una oleada entera en un estallido cegador.

Pero los demás lo alcanzaron por la espalda.

Un último rugido de dolor y furia, y el experimentado cayó.

El portal de retirada comenzó a cerrarse.

Los pocos supervivientes corrieron, arrastrando a los heridos, mientras la oscuridad rugía tras ellos.

Apenas alcanzaron a cruzar antes de que todo colapsara.

De vuelta en el cuartel, los líderes escucharon el reporte con semblantes graves.

—Rick… y Pertyn… —murmuró Looper, apretando los puños.

Selican bajó la cabeza en silencio, mientras Gilbert golpeaba la mesa.

—Murieron… pero lograron extender un poco más el sello.

Hemos ganado tiempo, nada más.

Pero nos estamos quedando sin hombres, sin fuerzas… Hubo un silencio pesado.

Nadie quería decirlo, pero todos lo pensaban: la unión de los reinos del Sur, Norte, Este y Oeste era la única esperanza de ponerle fin a la amenaza de Dark de una vez por todas.

Hasta entonces, solo podían resistir… y esperar.

— El sol se hundía entre nubes rojizas cuando las trompetas resonaron en el reino del Oeste.

Una larga caravana de carruajes cruzó las puertas principales, arrastrando consigo estandartes desgarrados y hombres exhaustos.

Algunos guardias bajaban del viaje con heridas abiertas, otros apenas respiraban; todos tenían la mirada vacía de quienes habían visto demasiado en Penumbra.

Un sirviente de voz solemne salió a anunciar: —¡Los líderes Gilbert, Looper y Selican regresan de la batalla!

El Rey Willer los esperaba en la escalinata, erguido con su capa ondeando en el viento.

Al ver el estado de las tropas, sus facciones se endurecieron.

—Majestad —dijo Gilbert, inclinándose con la armadura hecha jirones—.

Hemos vuelto.

Willer no respondió enseguida.

Sus ojos se clavaron en los carros donde los heridos gemían y los muertos descansaban envueltos en telas.

—¿Cuántos cayeron esta vez?

—preguntó con voz grave.

Looper apretó los puños.

—Rick y Pertyn están entre ellos.

Resistimos lo suficiente para reforzar el sello, pero apenas unos hombres sobrevivieron.

El rey cerró los ojos un instante, como si las palabras fueran un golpe.

—Entonces Dark está desangrando nuestras fuerzas más rápido de lo esperado.

Selican se cruzó de brazos, con el gesto sombrío.

—Ese planeta… jamás debió ser usado como prisión.

Penumbra era tierra maldita mucho antes de Dark.

Solo silencio, ruinas y cicatrices de viejas guerras.

Allí nada vive… excepto lo que quiere destruirnos.

El rey los condujo dentro del castillo, mientras los soldados eran trasladados a barracones y enfermerías improvisadas cerca de la muralla.

El aire en la sala de guerra era espeso, cargado de derrota y resignación.

—Necesitamos más hombres —dijo Gilbert.

—No quedan —replicó Looper con amargura—.

Ya entrenamos campesinos como guardianes, y aun así caen.

—Entonces… —Willer apoyó las manos en la mesa, con el rostro endurecido— habrá que hacer lo impensado: pedir ayuda.

Horas después, un mensajero irrumpió en los salones privados del rey, con tres sobres idénticos en sus manos.

Los colocó frente a Willer con reverencia.

—Han llegado estas cartas, majestad.

—¿De quién?

—preguntó el rey.

—Del Norte, del Sur y del Este.

Todas coinciden en lo mismo: le piden que viaje al Gran Castillo del Centro para discutir una alianza.

Willer abrió las cartas una por una.

Todas repetían las mismas palabras, escritas como si cada reino suplicara lo mismo.

El rey dejó escapar una risa seca.

—Astutos… Quieren hacernos creer que todos los demás nos necesitan.

Tres cartas para cada reino, para inflar la urgencia.

Gilbert arqueó una ceja.

—¿Cree que son falsas?

Willer negó con la cabeza.

—Falsas o no, no me importa.

No necesito tres cartas para saber la verdad.

Dark está en Penumbra y lo tengo al lado de mi casa.

Si los demás reinos aún no lo sienten, lo sentirán pronto.

Y si hay una reunión, yo estaré allí.

Selican habló con cautela: —¿Y si es una trampa?

El rey miró hacia el horizonte, más allá de las murallas, donde los carruajes de heridos seguían descargando su peso de dolor.

—Prefiero caer en una trampa buscando aliados que quedarme aquí esperando a que Dark devore lo que amo.

Preparad la comitiva.

Partiremos al Gran Castillo del Centro.

Los líderes asintieron.

Afuera, las campanas resonaban como presagio de algo inevitable.

Nadie lo sabía aún, pero esas cartas habían sembrado la semilla de un evento que cambiaría para siempre el rumbo del universo 17-J: la unión de los cuatro reinos frente a la oscuridad.

— “Mientras las campanas del Oeste seguían resonando, los líderes se preparaban para lo que vendría, sin saber cuán complejo sería todo realmente.”

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

Anterior
Siguiente
  • Inicio
  • Acerca de
  • Contacto
  • Política de privacidad

© 2025 LeerNovelas. Todos los derechos reservados

Iniciar sesión

¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

Registrarse

Regístrate en este sitio.

Iniciar sesión | ¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

¿Perdiste tu contraseña?

Por favor, introduce tu nombre de usuario o dirección de correo electrónico. Recibirás un enlace para crear una nueva contraseña por correo electrónico.

← Volver aLeer Novelas

Reportar capítulo