Vornex: Temporada 1 - Capítulo 78
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- Capítulo 78 - 78 Capítulo 78 Reflejos de un poder lejano
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78: Capítulo 78: Reflejos de un poder lejano 78: Capítulo 78: Reflejos de un poder lejano (Unos días antes) El santuario respiraba calma, pero incluso allí la oscuridad de Penumbra se hacía sentir, como un murmullo lejano que recorría los límites del planeta Velthar.
Orión permanecía sentado, con las piernas cruzadas y los ojos cerrados, concentrando su energía y sincronizándola con el flujo natural del lugar.
Cada inhalación parecía más profunda, cada exhalación más lenta, como si pudiera contener el mundo en su interior.
—Orión —la voz de Yendarl rompió la quietud, firme y medida—.
La energía que percibo desde Penumbra no es cualquier indicio.
Es poderosa, destructiva y… inquietante.
Orión abrió los ojos lentamente, con serenidad en su mirada.
—Lo sé, maestro.
Siento su presencia.
No me preocupa, porque cuando esa oscuridad llegue aquí, estaré listo para defender Velthar.
Yendarl avanzó unos pasos, su expresión tensa.
—“Listo” no siempre significa “preparado”.
La juventud trae fuerza, pero también impulsividad.
La experiencia enseña a prever lo que no se ve.
—Entonces déjame aprender a prever, pero actuando —replicó Orión, con un dejo de firmeza—.
La acción también es parte del entrenamiento.
El maestro lo observó, frunciendo ligeramente el ceño, evaluando cada palabra, cada gesto.
—No pongo en duda tu habilidad, Orión.
Lo que cuestiono es tu perspectiva.
Creer que puedes enfrentarte a algo así sin considerar las consecuencias… —Yendarl hizo una pausa, midiendo sus palabras—… puede ser tu caída.
Orión bajó la mirada por un instante, recordando todas las batallas y entrenamientos que había enfrentado hasta ahora.
Luego levantó la cabeza, mirando al maestro a los ojos: —Maestro, entiendo tu preocupación.
Pero si esperamos estar seguros, perfectos y sin riesgos, nunca haremos nada.
La prudencia sin acción también puede ser peligrosa.
Yendarl suspiró, dejando escapar un aire que parecía aligerar la tensión.
—Veo que has aprendido algo, aunque sea a tu manera.
Pero esto no es un juego, Orión.
Lo que sentimos desde Penumbra… es una sombra que devora todo a su paso.
Puede corromper la mente de cualquiera, incluso la tuya, si no estás atento.
—Entonces me aseguraré de mantenerme alerta —dijo Orión, cerrando los ojos de nuevo y respirando hondo—.
Pero también debo confiar en mis decisiones.
Y en ti, maestro.
—Eso es lo que intento enseñarte, aunque me temo que el camino aún será largo —Yendarl se sentó frente a él, cruzando las piernas—.
El equilibrio entre acción y previsión no se aprende de un día para otro.
Y la oscuridad que percibimos no esperará a que lo hagamos.
Ambos permanecieron en silencio un momento, escuchando el viento y sintiendo la presencia lejana de Dark.
Orión podía sentir un hormigueo en la piel, una mezcla de alerta y emoción; sabía que el peligro se acercaba y que su entrenamiento debía intensificarse.
—Hablando de entrenamiento —dijo Orión después de un rato, cambiando ligeramente el tema—.
Maestro, ¿recuerda la primera vez que me hizo concentrarme tanto tiempo en la energía del santuario?
Me parecía imposible sentir algo tan sutil y… al mismo tiempo tan fuerte.
Yendarl esbozó una sonrisa ligera, casi nostálgica.
—Sí, lo recuerdo.
Creíste que todo era simple, y en parte lo era… hasta que comprendiste que la fuerza verdadera reside en los detalles más pequeños.
Orión asintió, relajando un poco la tensión que aún sentía.
—Supongo que eso aplica a todo.
Incluso a esta amenaza que sentimos.
Puede parecer lejana, pero su impacto será devastador si no lo tomamos en serio.
—Exacto —respondió Yendarl—.
Y aunque tus palabras suenan maduras, aún veo en ti impulsividad.
Ese será tu mayor reto.
Aprender cuándo actuar y cuándo esperar, incluso frente a algo que parece inevitable.
—Lo sé, maestro —dijo Orión con voz firme, aunque ahora un poco más reflexiva—.
Pero también sé que quedarme paralizado por miedo o precaución no salvará a nadie.
El maestro asintió lentamente, entendiendo que Orión había aprendido la lección, aunque aún quedaba mucho camino por recorrer.
El viento movió las hojas a su alrededor, como si el santuario contuviera la respiración ante el peligro que se acercaba, y ambos pudieron sentir la presión de la oscuridad más allá de los cielos de Velthar.
—Entonces seguimos observando —dijo finalmente Yendarl—.
Pero recuerda, Orión… la oscuridad no solo amenaza el mundo, sino que también puede tentarte a actuar de manera precipitada.
—Lo recordaré —replicó Orión, cerrando los ojos y volviendo a meditar—.
Y cuando llegue el momento… estaré listo.
Ambos permanecieron en silencio, escuchando el lejano murmullo de Penumbra, sabiendo que lo que se acercaba cambiaría todo, y que todavía tenían mucho que aprender, tanto el maestro como su discípulo.
— El sol bajaba lentamente, tiñendo el santuario de tonos dorados y morados.
Orión y Yendarl habían estado entrenando durante horas, moviendo energías, neutralizando sombras y estudiando las distorsiones que simulaban el eco de Penumbra.
Ambos respiraban con fuerza, conscientes de que la concentración era clave.
De repente, Yendarl hizo un gesto y detuvo la práctica.
—Basta por ahora —dijo con voz firme—.
Necesito hablar contigo, Orión.
Orión lo miró, expectante, pero no dijo nada.
Sabía que cuando su maestro se ponía serio así, el asunto no era menor.
—Has mejorado —continuó Yendarl—, pero noto algo peligroso: te estás apoyando demasiado en tu instinto y no en la estrategia.
Confías en tu fuerza, pero la fuerza por sí sola no basta para enfrentarte a lo que se avecina.
Orión frunció el ceño, sintiendo una mezcla de orgullo y molestia.
—No estoy confiado sin razón, maestro.
Sé lo que puedo hacer.
Yendarl dio un paso hacia él, acercando su bastón.
—¡Y ahí está el problema!
—exclamó, sin gritar pero con intensidad—.
Crees que tu capacidad lo resolverá todo.
Orión, ¿qué pasa si eso no es suficiente?
¿Qué pasa si tu instinto falla y alguien más depende de ti?
Orión sintió cómo su sangre hervía.
—¡No necesito que me digas lo que puedo o no puedo hacer!
—dijo, alzando la voz por primera vez en años—.
He entrenado, he meditado, he estudiado todo lo que me has enseñado.
No necesito más palabras para saber que puedo proteger a Velthar.
Yendarl lo observó en silencio, evaluando cada gesto, cada respiración.
—Eso es exactamente lo que quiero que veas, Orión.
Tu determinación es admirable, pero la determinación sin humildad puede ser tu peor enemiga.
Orión respiró hondo, bajando la cabeza, tratando de calmar la ira y el orgullo que se habían encendido.
—Entiendo… pero no voy a quedarme quieto esperando que algo suceda.
Haré lo que sea necesario.
—Y eso está bien —asintió Yendarl, suavizando su tono—, pero debes aprender a combinar tu fuerza con juicio, estrategia y paciencia.
Si no lo haces, incluso tu poder más grande puede volverse en tu contra.
Se hizo un silencio tenso.
Orión miró a su maestro y, en lugar de responder con palabras, asintió lentamente.
No necesitaban decir más; ambos entendían que este conflicto era parte del crecimiento de Orión.
Yendarl, percibiendo el cambio en él, sonrió con suavidad.
—Bien.
Entonces volvamos a entrenar, pero esta vez quiero que no solo reacciones, sino que pienses cada movimiento.
Cada sombra que neutralices, cada distorsión que sientas, debe ser controlada con mente y cuerpo juntos.
Orión sonrió ligeramente, sintiendo un alivio mezclado con determinación.
—Acepto el reto, maestro.
Mientras retomaban el entrenamiento, Orión comenzó a notar cosas nuevas: la forma en que el viento movía las hojas, cómo la luz afectaba las sombras, e incluso cómo pequeños ecos de Penumbra se filtraban en su percepción.
Cada movimiento de su maestro ahora era un recordatorio de que no bastaba la fuerza bruta; había que anticipar, calcular y adaptarse.
Horas después, agotados pero satisfechos, ambos se sentaron en el claro.
El cielo se había oscurecido, y solo las estrellas iluminaban el santuario.
Yendarl rompió el silencio: —Lo que sentimos desde Penumbra no es algo que puedas derrotar con rapidez.
Es constante, paciente… y cruel.
Pero si sigues así, Orión, aprendiendo, creciendo, podremos enfrentar cualquier amenaza que llegue a Velthar.
Orión asintió, más concentrado que nunca.
—Entonces continuaré… hasta que esté listo para todo.
El maestro sonrió levemente, reconociendo que aquel joven había dado un paso más allá en su entrenamiento.
La sombra de Penumbra podía sentirse a lo lejos, pero Orión ya no era el mismo que la sentía con miedo: ahora había certeza, propósito y una resolución que no se quebraría fácilmente.
— El aire en el santuario parecía vibrar ligeramente, un murmullo apenas perceptible que recorría los árboles y piedras antiguas.
Orión lo notó primero: un frío extraño que no provenía del clima, sino de algo más profundo, más intangible.
—¿Sientes eso?
—preguntó Orión, observando a su maestro.
Yendarl asintió, sin apartar la mirada del horizonte.
—Sí… la presencia se extiende más allá de Penumbra.
Cada vez que su energía se mueve, la sentimos como un pulso que distorsiona incluso la realidad de nuestro mundo.
—Hizo una pausa—.
Esto no es un ataque directo todavía, pero sí un recordatorio de que está allí.
Vigilando, esperando.
Orión cerró los ojos, concentrándose en la vibración de la energía.
La sensación era desagradable, como si un frío penetrante buscara invadir su mente.
—Es… diferente a todo lo que he sentido —murmuró—.
Se siente… como si estuviera vivo, consciente de nosotros.
—Exacto —dijo Yendarl—.
Esa es la naturaleza de Dark.
Incluso encerrado, su influencia alcanza más allá de Penumbra.
Y ahora, tu entrenamiento no solo se trata de fuerza física o magia; se trata de resistencia mental.
Orión frunció el ceño, pero al mismo tiempo una chispa de determinación surgió en él.
—Entonces debo acostumbrarme a sentirlo sin dejar que me afecte… —dijo, con la voz firme.
—Eso es —asintió Yendarl—.
Vamos a hacer un ejercicio.
Quiero que mantengas tu foco mientras proyectas energía a tu alrededor.
No solo bloquearás el aura de Penumbra, sino que también aprenderás a sentirla, a anticipar sus movimientos.
Durante los siguientes minutos, Orión cerró los ojos y respiró profundamente, sintiendo la influencia de Dark filtrarse en el santuario.
Cada vez que intentaba bloquearla, un eco de oscuridad se colaba en su mente, susurrando, retando su concentración.
—No te resistas de golpe —lo instruyó Yendarl—.
Aprende a guiarla, a entender su flujo.
Solo entonces podrás enfrentarte a ella sin que te controle.
Orión abrió los ojos, sus manos brillando con energía concentrada.
Lentamente, extendió su campo de energía, formando un escudo que no solo lo protegía, sino que también desviaba la distorsión que sentía.
El maestro observaba, satisfecho.
—Muy bien —dijo Yendarl—.
Has avanzado más en una hora que muchos en meses.
Pero recuerda: esto es solo el principio.
La oscuridad que sentimos no va a desaparecer.
Solo aprenderás a convivir con ella, a no permitir que controle tu juicio.
Orión respiró hondo, sintiendo el peso de la lección.
—Entonces… ¿cada entrenamiento desde ahora incluirá esto?
—preguntó con cautela.
—Sí —respondió Yendarl—.
Tu mente debe ser tan fuerte como tu cuerpo.
Y debes comprender que aunque la oscuridad de Penumbra se sienta lejana, puede afectar incluso a los mundos que creías seguros.
Este es un recordatorio de que no podemos confiarnos.
Ambos permanecieron en silencio un momento, observando cómo el cielo de Velthar comenzaba a teñirse de tonos más oscuros.
La presencia de Dark no era inmediata, pero su eco les recordaba que la amenaza estaba cerca, y que cada día contaba.
Orión cerró los puños, decidido.
—No permitiré que su influencia destruya lo que quiero proteger —dijo con firmeza.
—Eso espero —replicó Yendarl—.
Porque muy pronto, esa determinación será lo único que te mantenga firme frente a lo que viene.
Mientras el santuario quedaba envuelto en la penumbra del atardecer, Orión comprendió que su entrenamiento ya no era solo por él.
Cada movimiento, cada defensa mental, cada destello de poder se volvía parte de una lucha mucho mayor: la que estaba por llegar, contra una oscuridad que ni siquiera los cuatro reinos podían ignorar.
— “Mientras Orión cerraba los ojos, entendió que la verdadera fuerza no siempre se mide en poder, sino en la claridad con la que uno enfrenta lo que se avecina.”
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