Leer Novelas
  • Completadas
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
Avanzado
Iniciar sesión Registrarse
  • Completadas
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
  • Configuración de usuario
Iniciar sesión Registrarse
Anterior
Siguiente

Vornex: Temporada 1 - Capítulo 81

  1. Inicio
  2. Todas las novelas
  3. Vornex: Temporada 1
  4. Capítulo 81 - 81 Capítulo 81 El tablero viviente
Anterior
Siguiente
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo

81: Capítulo 81: El tablero viviente 81: Capítulo 81: El tablero viviente El sol apenas iluminaba los pasillos de piedra cuando los chicos fueron despertados por el sonido metálico de la apertura de su celda.

Los guardias entraron sin decir palabra, y un silencio tenso cayó sobre ellos mientras se ponían en pie, ajustando armas y mochilas.

-¿Qué crees que nos tenga preparado ahora?

-susurró Karl, mientras seguían a los guardias hacia el patio.

-No lo sé -respondió Liam, frunciendo el ceño-.

Después de lo de ayer, cualquier cosa puede ser…

Eiden permanecía callado, observando cada movimiento, cada sombra.

No hablaba, pero sus ojos mostraban que ya estaba analizando todo: los guardias, la posición del sol, posibles rutas de escape.

Al llegar al patio, el silencio de la mañana era distinto al caos de la tarde anterior.

Senner los esperaba de pie, apoyado en un bastón que contrastaba con su imponente presencia.

Sus ojos recorrían a los chicos, evaluando cada reacción.

-Buenos días -dijo con voz firme-.

Hoy no habrá bestias.

Hoy pondremos a prueba algo diferente: su ingenio, su capacidad de estrategia y su capacidad de trabajar juntos bajo presión.

Liam intercambió una mirada con Karl y Eiden: parecía más fácil, pero la tensión no disminuía.

Karl resopló: -¡Genial!

Nada de bestias, solo…

acertijos, trampas, laberintos o lo que sea.

Seguro terminará siendo peor que lo de ayer.

Senner sonrió de lado.

-Lo que hace esto más interesante es que no sabrán qué esperar.

Cada decisión que tomen tendrá consecuencias inmediatas.

Los chicos respiraron hondo, conscientes de que lo que hoy les esperaba sería distinto, pero igual de desafiante que la prueba anterior.

— Esa mañana los sacaron de la celda, pero esta vez no los llevaron al patio de siempre.

Cruzaron pasillos largos y luego un portón de hierro que se abrió con un rechinar pesado.

El aire del otro lado era distinto: húmedo, cargado de polvo, como si hubieran bajado a las entrañas de algún viejo edificio olvidado.

El lugar olía a encierro, a tiempo detenido.

Karl fue el primero en notarlo, frunciendo el ceño mientras observaba las paredes llenas de símbolos desgastados.

—…Un segundo.

Esto me recuerda demasiado a algo.

Liam tragó saliva y asintió, mirando el pasillo que se abría en múltiples direcciones.

—Sí… al maldito bufón Valdir.

Su laberinto de puertas y trampas.

El recuerdo cayó sobre los tres como un peso invisible.

El terror de aquellas trampas, la sensación de ser piezas en un juego cruel, el sonido de la risa del bufón resonando mientras corrían para sobrevivir.

Ese día habían salido con vida, pero apenas.

Eiden no dijo nada, pero la tensión en su mirada confirmaba que pensaba lo mismo.

Se adelantó, serio, palpando con la mano una de las paredes.

—Esto no es un simple calabozo.

Es otra prueba.

Los guardias no respondieron; apenas los empujaron adentro y cerraron el portón tras ellos.

El golpe seco retumbó, recordándoles que ya no había vuelta atrás.

El lugar era un entramado de pasillos estrechos, con suelos que mostraban ranuras y placas disimuladas, muros plagados de inscripciones extrañas y puertas de hierro con cerraduras imposibles.

Otras se intuían más adelante, abiertas solo al resolver enigmas.

Cada esquina parecía diseñada para confundirlos, como si alguien hubiera querido retorcer el espacio para volverlo un rompecabezas viviente.

Karl gruñó, pateando una piedra que rodó hasta perderse en la oscuridad.

—Genial, otra vez lo mismo… ¿es que todos aquí se creen ingenieros de laberintos?

¿Qué sigue?

¿Una voz en mi cabeza diciéndome “elige sabiamente”?

Liam lo empujó suavemente hacia adelante, sin perder la calma.

—No, fíjate bien.

Valdir jugaba con ilusiones y engaños.

Esto… esto parece más mecánico, más calculado.

Más real.

Eiden se inclinó, tocando el suelo.

Había pequeñas ranuras que apenas se notaban.

—Trampas de presión.

Si pisamos mal, alguno de nosotros no sale caminando.

Un silencio tenso los rodeó.

El recuerdo de Valdir seguía fresco, y ahora la idea de volver a caer en otro juego macabro hacía que cada paso pesara más.

Sin embargo, también sabían algo: habían sobrevivido antes.

Eso les daba una mínima chispa de confianza.

—Pues entonces caminemos como si bailáramos —murmuró Karl, intentando sonar ligero, aunque su sonrisa se veía forzada—.

Paso corto, ligero… y que los dioses nos guíen.

Avanzaron.

Cada paso era un desafío.

A veces el suelo crujía bajo sus botas, y se quedaban helados, esperando el chasquido de un mecanismo mortal.

Varias veces Eiden los detuvo en seco, señalando con el dedo las ranuras de flechas ocultas en las paredes o los huecos en el techo que podían soltar aceite hirviendo.

La primera trampa se activó por accidente.

Karl, impaciente, empujó una puerta sin revisar.

Un silbido cortó el aire: cuchillas ocultas giraron desde el marco, rozándole la chaqueta.

Se tiró al suelo de un salto, jadeando.

—¡¿Quieres matarte tú solo?!

—bramó Eiden, furioso.

Karl levantó las manos, todavía tirado en el piso.

—¡Eh, tranquilo!

No me cortó… ¡mira, sigo entero!

Liam lo ayudó a levantarse, aunque lo miró con el ceño fruncido.

—Casi mueres en la primera.

¿Quieres repetir la historia del laberinto de Valdir?

Porque yo no.

Karl cerró la boca.

Por primera vez, no tuvo réplica.

Más adelante, llegaron a un cruce de tres pasillos.

En la pared había símbolos grabados, como números torcidos, acompañados por un enigma escrito en un idioma que apenas reconocían.

Liam se inclinó, repasando las marcas.

—Es un acertijo… —murmuró, más para sí mismo—.

Una elección disfrazada.

Karl se frotó la cabeza.

—¿Y cómo sabes qué camino tomar?

Liam sonrió apenas, con la seguridad que pocas veces mostraba.

—Porque Valdir ya nos enseñó una lección: en los juegos de estos dementes, el camino correcto nunca es el obvio.

Eligieron el pasillo central, el más oscuro.

Karl refunfuñó, pero lo siguió.

A los pocos metros, escucharon un estrépito: una lluvia de lanzas cayó en el pasillo izquierdo, clavándose en la piedra con violencia.

Si hubieran tomado ese camino, ya estarían atravesados.

Karl tragó saliva, pálido.

—…Ok.

Te debo una, Liam.

El recorrido continuó con más trampas: muros que se cerraban como mandíbulas, suelos que cedían hacia fosos llenos de púas, incluso una habitación donde el aire se volvió irrespirable hasta que encontraron un mecanismo oculto en la pared.

Cada obstáculo los obligaba a cooperar.

Eiden cargaba con el peso físico, sujetando puertas antes de que se cerraran sobre ellos.

Liam descifraba símbolos y patrones, evitando que cayeran en errores fatales.

Karl, pese a sus metidas de pata, se convirtió en los ojos rápidos del grupo, notando detalles pequeños que los otros pasaban por alto.

Pero la tensión crecía.

El recuerdo de Valdir estaba ahí, latente, y cada trampa reforzaba la idea de que otra vez eran ratas en un laberinto.

Al fin, llegaron a una sala amplia.

En el centro había una especie de tablero de piedra con casillas marcadas.

Sobre el tablero, tres figuras metálicas con forma de bestias se movían lentamente, como si estuvieran vivas.

Eiden apretó los puños.

—¿Qué demonios es esto ahora?

Liam respiró hondo, observando el tablero.

—Es un juego… un juego que tenemos que ganar.

Karl levantó las cejas, incrédulo.

—¿Me estás diciendo que después de trampas, cuchillas y paredes que aplastan… ahora tenemos que jugar ajedrez con monstruos de piedra?

Liam lo miró serio.

—No.

Peor.

Tenemos que jugar con nosotros mismos como piezas.

El tablero comenzó a brillar.

Los casilleros vibraron, y en un instante, los tres se encontraron dentro del tablero mismo, convertidos en piezas obligadas a moverse según las reglas que no comprendían del todo.

Y así comenzó la parte más peligrosa de la segunda prueba.

— El suelo bajo sus pies vibraba con un pulso extraño, como si estuvieran parados sobre un corazón de piedra que latía lentamente.

El tablero era gigantesco: casillas de piedra negra y gris que se extendían en todas direcciones, delimitadas por líneas brillantes que se movían como si fueran ríos de energía.

Los bordes parecían precipicios infinitos; más allá del tablero, no había nada, solo un vacío oscuro que tragaba toda esperanza de escape.

Karl dio un paso en falso y sintió cómo algo invisible lo obligaba a retroceder.

—¿Qué carajos?

—soltó, mirando el suelo que lo rechazaba.

Liam, con la respiración contenida, observó el patrón de las casillas.

—No podemos movernos libremente… solo como piezas.

Eiden entrecerró los ojos, intentando analizar la situación.

Frente a ellos, las tres figuras metálicas con forma de bestias se agitaron, avanzando lentamente.

No eran estáticas: cada paso que daban hacía crujir el tablero como si sus garras se hundieran en las casillas mismas.

Tenían ojos rojos incandescentes, y su metal parecía respiraba un humo oscuro, como si estuvieran forjadas en un horno demoníaco.

—Bestias de acero… —murmuró Eiden—.

Y no parecen simples guardianes.

Un estruendo retumbó, y de pronto un símbolo apareció grabado en el aire sobre ellos: un círculo con runas que se encendían y se apagaban como un contador.

Liam lo entendió de inmediato.

—¡Es un turno!

Nos están obligando a jugar por rondas.

Karl abrió los brazos, desesperado.

—¿Y cómo diablos sabes qué pieza somos?

¿Qué si me ponen de peón y me mandan directo a la muerte?

Liam apenas torció una sonrisa.

—Entonces muévete como un peón… pero uno que sabe esquivar.

El primer movimiento fue brutal: una de las bestias metálicas saltó varias casillas como un caballo de ajedrez, cayendo con un estrépito que hizo vibrar todo el tablero.

Allí donde caía, la piedra se agrietaba, dejando un rastro ardiente.

—Genial —masculló Karl—.

¡Son monstruos-jugadores!

El turno de los chicos llegó.

Una fuerza invisible los jaló, cada uno hacia una casilla distinta.

Eiden fue arrastrado hacia adelante como una torre, recto y firme; Karl hacia un costado, como si lo movieran en diagonal; Liam, en cambio, se desplazó solo una casilla, pero con libertad de dirección.

Liam, asimilando la lógica en segundos, levantó la voz: —¡No estamos al azar!

Nos dieron roles distintos.

Eiden es torre, Karl es alfil… y yo soy rey.

Karl se quedó helado.

—¿Rey?

O sea que si te tumban a ti, perdemos todos.

—Exacto.

—La voz de Liam era tensa, pero no vacilaba—.

Así que no podemos fallar.

Las bestias avanzaron otra vez.

Una de ellas lanzó un zarpazo hacia Karl, que apenas logró agacharse dentro de su casilla.

El aire se cortó con un silbido, y chispas saltaron cuando las garras rasparon la piedra.

Eiden rugió con furia y, limitado a su movimiento de torre, embistió en línea recta.

La fuerza invisible le permitió golpear como si su cuerpo pesara toneladas, estrellándose contra una de las bestias.

El impacto hizo que la criatura retrocediera varios cuadros, aunque no cayó: su metal crujió, y de la grieta escapó un humo oscuro.

Liam analizaba todo con rapidez, sus ojos bailando de casilla en casilla.

—El tablero no es solo un campo… ¡es un mecanismo!

Si logramos forzar a las bestias hacia ciertos lugares, se activan trampas.

Como si confirmara sus palabras, la bestia empujada por Eiden pisó una casilla marcada con símbolos apenas visibles.

De repente, cadenas de energía brotaron del suelo y atraparon sus patas, inmovilizándola durante unos segundos.

Karl chasqueó los dedos, sonriendo con un brillo nervioso.

—¡Perfecto!

Entonces juguemos sucio, como Valdir.

Liam lo miró serio.

—Esto no es un juego de risas como el del bufón.

Aquí, si erramos un paso, nos quiebran de verdad.

La segunda ronda comenzó.

Las dos bestias libres se movieron en coordinación, rodeando a Liam.

Era evidente: el rey era su objetivo.

Karl gritó, lanzándose diagonalmente para interceptar.

Su cuerpo chocó contra una de las bestias y ambos cayeron rodando sobre las casillas, con el metal rechinando y Karl gruñendo de dolor.

—¡Vayan por la otra!

¡Yo me encargo de este maldito chatarra!

Eiden obedeció sin dudar.

Avanzó recto, con pasos pesados, y golpeó con la fuerza de una muralla en movimiento.

La segunda bestia retrocedió, pero se mantenía firme.

Liam, mientras tanto, se concentraba.

El tablero entero latía con energía, y notó cómo algunas casillas parpadeaban más que otras.

Era un patrón… un patrón que recordaba al laberinto de Valdir, donde las ilusiones escondían el verdadero camino.

—¡Hay un orden en los movimientos!

—exclamó de repente—.

Si lo seguimos, el tablero mismo jugará a nuestro favor.

Karl, forcejeando con la criatura, bufó.

—¡Pues más te vale descifrarlo rápido, rey, porque esta cosa quiere convertirme en sushi humano!

El turno seguía en curso.

La criatura que Karl enfrentaba levantó una de sus garras, y la energía oscura en su interior comenzó a brillar con intensidad peligrosa, como si estuviera a punto de liberar un ataque devastador.

Liam dio un paso, su voz cortando la tensión.

—¡Eiden, empújala hacia la casilla marcada en cruz!

¡Ya!

Eiden apretó los dientes, obedeciendo con todo el peso de su cuerpo.

La bestia que enfrentaba fue arrastrada justo hacia la casilla que brillaba.

En un instante, el suelo se abrió bajo ella y estacas de piedra emergieron, atravesando su torso metálico.

El monstruo soltó un rugido mecánico antes de desmoronarse en pedazos incandescentes.

Un enemigo menos.

Karl, sudando y jadeando, apenas podía contener a la segunda criatura.

Sus manos sangraban de tanto forcejear con el metal filoso.

—¡No puedo con esto solo!

—gritó.

Liam respiró hondo, los ojos fijos en el tablero, mientras otra runa se encendía en la pared.

—No estás solo, Karl.

Es tu turno… y sé exactamente dónde debes moverte.

La batalla en el tablero apenas comenzaba.

— “El tablero había revelado sus reglas, pero no su precio; y los tres entendieron, demasiado tarde, que cada victoria allí solo los hundía más en el juego de Senner.”

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

Anterior
Siguiente
  • Inicio
  • Acerca de
  • Contacto
  • Política de privacidad

© 2025 LeerNovelas. Todos los derechos reservados

Iniciar sesión

¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

Registrarse

Regístrate en este sitio.

Iniciar sesión | ¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

¿Perdiste tu contraseña?

Por favor, introduce tu nombre de usuario o dirección de correo electrónico. Recibirás un enlace para crear una nueva contraseña por correo electrónico.

← Volver aLeer Novelas

Reportar capítulo