Vornex: Temporada 1 - Capítulo 82
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- Capítulo 82 - 82 Capítulo 82 El juego de los defectos
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82: Capítulo 82: El juego de los defectos 82: Capítulo 82: El juego de los defectos El eco del rugido metálico de la primera bestia desmoronándose todavía flotaba en el aire cuando el tablero vibró como si celebrara o se burlara de ellos.
Las casillas cambiaron de color, algunas apagándose, otras brillando con un fulgor más intenso.
Era como si el propio tablero hubiera despertado al ver caer a uno de sus guardianes.
Karl respiraba entrecortado, con las manos ensangrentadas y la ropa hecha jirones.
—Uno menos… dos por patear —dijo, intentando sonar confiado, aunque la tensión en sus ojos lo delataba.
Eiden miró alrededor, en guardia.
—No cantes victoria tan rápido.
Algo cambió.
Liam, con el ceño fruncido, observaba el patrón.
Antes, las casillas brillaban al azar, pero ahora formaban figuras geométricas que se encendían y se apagaban como un código.
—Nos están marcando el camino… o una trampa.
Las dos bestias restantes avanzaron.
Una saltó en diagonal, como imitando a Karl; la otra avanzó recto, igual que Eiden.
La revelación cayó sobre ellos como un balde de agua helada.
—¡Nos están copiando!
—exclamó Karl—.
¡Nos robaron los movimientos!
La idea era tan absurda como aterradora: el tablero estaba aprendiendo de ellos.
De inmediato, la bestia que imitaba a Karl se deslizó en diagonal, esquivando con precisión y lanzándose sobre él con un rugido metálico.
Karl apenas pudo contener el golpe, rodando por la casilla.
—¡¿Ven?!
¡Ahora hasta se creen yo!
Liam no perdió la calma, aunque sus ojos ardían con ansiedad.
—Eso significa que entre más avancemos, más fuerte se volverán.
Están usando nuestros propios roles contra nosotros.
El turno terminó, y las casillas bajo sus pies brillaron.
Una fuerza invisible los arrastró de nuevo a posiciones distintas, reorganizándolos.
Esta vez, Liam fue forzado hacia una esquina del tablero.
El símbolo de un rey ardió bajo sus botas, dejándole en claro lo frágil de su situación: arrinconado, vulnerable.
Eiden apretó los puños.
—¡Nos quieren acorralar!
—Sí… —Liam bajó la voz, con un tono frío—.
Y lo están logrando.
El siguiente turno comenzó de inmediato.
Las bestias metálicas no se movieron solas: ahora las líneas brillantes del tablero se alzaron como muros y corredores, cambiando el terreno.
El tablero ya no era plano.
Se transformaba.
Karl miró boquiabierto cómo la casilla frente a él se levantaba como una torre, aislándolo en un cuadrado elevado.
—¡Oye, no firmé para jugar a las escondidas con un edificio vivo!
La criatura que lo imitaba subió la torre con la misma facilidad, avanzando hacia él.
Karl retrocedió hasta quedar acorralado, y por primera vez su sonrisa se quebró.
—…No tengo a dónde huir.
Eiden intentó avanzar para ayudarlo, pero un muro de energía se alzó, bloqueándole el paso.
La segunda bestia se colocó frente a él, repitiendo su patrón de movimientos, como si lo desafiara a un duelo espejo.
El tablero había dividido a los tres.
Liam, desde su esquina, entendió la gravedad.
Sus amigos no estaban peleando solo contra monstruos de metal, sino contra versiones distorsionadas de sí mismos.
Cada error que cometieran sería devuelto con el doble de fuerza.
Apretó los puños, su voz firme a pesar del terror.
—¡Escúchenme!
El tablero no quiere que ganemos… quiere que nos derrotemos a nosotros mismos.
Karl levantó la vista hacia la bestia que se abalanzaba sobre él, reflejo cruel de sus impulsos y torpeza.
Eiden, frente a un coloso que imitaba su fuerza bruta, sintió que estaba luchando contra un espejo que nunca se cansaba.
Y Liam… Liam sabía que su turno llegaría, y que el rey siempre era el blanco final.
El giro inesperado había comenzado: el tablero no era un simple juego.
Era un espejo mortal que los obligaba a enfrentar lo peor de sí mismos.
— …
El tablero vibró de nuevo, y las casillas se reacomodaron con un rugido profundo que les retumbó en los huesos.
No era un simple juego: era una prisión que mutaba a voluntad, un escenario vivo que los estaba moldeando como piezas en una partida perversa.
Las barreras de energía se elevaron entre ellos, dividiendo el campo en tres secciones.
Karl quedó atrapado en la torre de piedra, Eiden frente a un coloso que imitaba sus movimientos, y Liam, arrinconado, sintiendo la presión invisible de ser el blanco más frágil.
El silencio duró apenas un instante.
Luego, el tablero marcó el nuevo turno con un estallido de luz.
Karl retrocedió hasta el borde de la plataforma donde lo habían empujado.
La bestia que lo imitaba avanzaba con pasos pesados, cada uno acompañado de un chasquido metálico.
Tenía los mismos movimientos en diagonal que él, la misma rapidez instintiva… pero sin miedo ni duda.
—Genial… —murmuró Karl, sudando—.
O sea que ahora peleo contra Karl versión mejorada.
¿Quién demonios diseña estas cosas?
La criatura no respondió: solo se lanzó contra él con un tajo brutal.
Karl rodó por el suelo, apenas esquivando, y jadeó.
—Ok… ¡yo sí sangro, tú no!
Esto es trampa.
Mientras tanto, Eiden se cuadraba frente a su oponente.
El monstruo imitaba cada uno de sus pasos, reflejándolo con precisión militar.
El choque fue devastador: dos torres colisionando en línea recta, golpe tras golpe que hacía crujir el aire.
El eco metálico resonaba como martillazos, y por primera vez, Eiden sintió que su fuerza no era una ventaja, sino un peso.
—Así que esto eres tú… —murmuró, bloqueando un puñetazo que casi le fractura el brazo—.
Mi fuerza vuelta contra mí.
Cada embestida lo obligaba a retroceder.
Cada error en su defensa era devuelto con más potencia.
Y la bestia no parecía cansarse nunca.
Liam, en cambio, no tenía un rival físico aún.
Su esquina del tablero estaba vacía… demasiado vacía.
Cada casilla alrededor suya empezó a iluminarse con símbolos que giraban lentamente, como si un reloj invisible marcara la cuenta atrás.
—Me están esperando… —susurró, con un escalofrío recorriéndole la espalda—.
No es un enemigo de metal lo que me toca.
Es algo peor.
Y lo supo cuando la sombra apareció frente a él.
No era de acero, ni tenía ojos rojos brillantes.
Era una silueta oscura, idéntica a él: mismo rostro, mismo cuerpo, pero con una sonrisa torcida y los ojos vacíos como pozos sin fondo.
—…Tú —dijo Liam en un hilo de voz.
La sombra inclinó la cabeza, burlona.
—Yo.
El tablero había jugado su carta más cruel: obligarlos a enfrentarse no solo a la fuerza, ni a la agilidad, sino a sus propias debilidades personificadas.
— Karl retrocedía a trompicones por la plataforma de piedra, el corazón desbocado.
Su copia metálica avanzaba con calma mecánica, implacable, como si no necesitara apresurarse.
Cada tajo diagonal era un reflejo más limpio, más preciso que el suyo.
—¡Ya entendí el chiste!
—gritó Karl, lanzando un puñetazo desesperado que apenas rozó la coraza enemiga—.
¡No me hace falta verme en espejo todos los días!
La bestia no se inmutó: simplemente devolvió el movimiento, pero con una fuerza tal que Karl salió disparado contra el muro de la torre.
Tosió, sintiendo el aire escapársele de los pulmones.
El eco de Valdir volvió a su mente.
Ese maldito bufón siempre se había reído de él, de sus metidas de pata, de cómo siempre era el primero en caer en las trampas.
Y ahora, en esa torre, con esa versión fría y eficiente de sí mismo, Karl sintió lo mismo: que no importaba cuánto corriera, siempre iba a ser el eslabón débil.
—No… —se levantó tambaleando, limpiándose la sangre del labio—.
No voy a dejar que me gane… ¡ni él, ni mi sombra, ni nadie!
Cargó otra vez, pero la bestia volvió a imitarlo con brutal perfección.
Esta vez Karl intentó algo distinto: amagar un golpe para lanzarse hacia el suelo, rodar por debajo de su enemigo y golpear desde atrás.
Pero incluso ese truco lo replicó la criatura, anticipándolo como si hubiera leído su mente.
Karl jadeó, agotado.
—Perfecto… me estoy peleando contra yo, pero en versión “sin cerebro ni errores”.
Esto va a doler.
— A unos metros, Eiden chocaba contra su propio reflejo de fuerza.
Era como pelear contra un muro con brazos y puños.
Cada vez que golpeaba, el monstruo devolvía el impacto con la misma potencia.
La piedra bajo ellos comenzaba a resquebrajarse con cada colisión.
—¡Aghhh!
—gruñó Eiden, apretando los dientes mientras sus músculos ardían.
La criatura era incansable, implacable.
Sus golpes eran idénticos a los suyos, pero despojados de estrategia: pura fuerza bruta en su estado más salvaje.
Eiden sintió un destello de frustración: él siempre había confiado en su fuerza, era lo único que lo había mantenido firme en las peores batallas.
Pero allí… su fuerza no era un arma.
Era una condena.
El monstruo lo embistió con tal potencia que lo levantó del suelo y lo estrelló contra un muro invisible de energía.
Eiden cayó arrodillado, escupiendo saliva mezclada con sangre.
—Si solo confío en la fuerza… —murmuró, levantándose con lentitud, clavando la mirada en su copia—.
Entonces voy a morir como un idiota.
Sus dedos se cerraron en puños.
Esta vez no atacó de frente: giró sobre su propio eje, desviando el golpe enemigo en lugar de bloquearlo.
La criatura tropezó apenas un paso, pero fue suficiente para que Eiden se diera cuenta: la clave no era superar su fuerza, sino usarla en su contra.
—Bien —susurró con una media sonrisa—.
Vamos a bailar, monstruo.
— Mientras Karl y Eiden luchaban con sus copias físicas, Liam enfrentaba algo completamente distinto.
Su sombra lo observaba con esa sonrisa torcida que le helaba la sangre.
No tenía armas ni armadura: era él, tal cual, pero corrompido.
—¿Por qué estás callado?
—preguntó la sombra con una voz idéntica a la suya, solo que más grave, cargada de burla—.
¿Miedo?
Liam no respondió.
Su respiración era lenta, calculada, como si intentara descifrar el patrón oculto en esa figura.
—No eres más que un impostor —dijo por fin, firme.
La sombra rio.
—Oh, no… yo soy tú.
Pero sin máscaras, sin el papel de líder que tanto finges.
Yo soy la parte de ti que duda, que teme, que no confía en los demás porque sabes que tarde o temprano te fallarán.
Liam apretó los puños.
—Cállate.
—¿Cállate?
—la sombra inclinó la cabeza, acercándose un paso—.
¿O mejor digo “cállame”?
Vamos, demuéstralo.
Porque en el fondo, sabes que yo tengo razón.
¿O no recuerdas aquella vez que casi los dejaste atrás para salvarte?
El corazón de Liam dio un vuelco.
Su sombra sonrió más amplio.
—Exacto.
Eso.
Ese es el verdadero tú.
El tablero parecía gozar con cada palabra, brillando con un pulso oscuro.
No se trataba solo de un combate: era una prueba del alma.
— Y mientras cada uno luchaba en su rincón —Karl contra su torpeza amplificada, Eiden contra su propia brutalidad, y Liam contra su miedo más profundo—, el tablero entero empezó a vibrar, como si la verdadera amenaza aún no hubiera hecho su jugada final.
— Karl permanecía en la torre de piedra como un animal acorralado.
Su copia metálica lo rodeaba con la calma de quien sabe que el rival va a precipitarse; cada movimiento del impostor era una versión pulida y afilada de aquello que Karl siempre hizo a los tropezones.
Al principio intentó lo obvio: velocidad, golpes improvisados, trucos sucios.
Se lanzó en diagonal, clavó la daga, amagó y trató de rodar para coger al metal desprevenido.
La réplica reaccionó exactamente igual, anticipando cada error, devolviendo cada impulso con precisión quirúrgica.
Karl terminó arrojado contra la pared, con la respiración arrancada a tirones.
—No… no puede ser —jadeó—.
¡Siempre me copian todo!
La frustración le subió por la garganta.
Por un segundo vio otra vez la risa de Valdir —esa carcajada que celebraba sus caídas— y algo dentro suyo se crispó.
Avergonzado, recordó todos los momentos en que su prisa lo había condenado: saltos sin medir, manotazos que no ataban nada, confianza en el golpe improvisado.
Y, por eso mismo, encontró la idea: si su fallo era predecible, lo sería también para su copia.
Lo que le faltaba a la réplica era improvisación auténtica, el error intencional.
Respiró hondo.
En vez de intentar vencer con fuerza, fingió su mejor descuido.
Dio tres pasos torpes, tropezó con una piedra fingida y dejó que la copia lo imitara en perfecto reflejo.
La criatura reprodujo el tropiezo, avanzó a la casilla donde Karl quería que fuera… y ahí lo esperaba la trampa: una losa que, bajo ese peso exacto y en esa secuencia de movimientos, se cerró como una jaula y lanzó un arpón que fijó la bestia por la pata.
El metal chirrió, intentó soltarse, pero quedó inmovilizado.
Karl no mintió su cansancio: cayó de rodillas, respirando con violencia, pero con una sonrisa que no era de alivio sino de triunfo malhumorado.
Había usado su “defecto” como arma.
No fue una victoria limpia: su cuerpo estaba magullado, varias costillas dolían.
Pero había vencido a la versión mejorada de su impulsividad.
Había ganado aprendiendo a fingir que perdía.
—Idiota inteligente —murmuró, sacudiéndose el polvo—.
Lo conseguimos.
Entonces ocurrió algo extraño: el cuerpo metálico no quedó allí como chatarra.
Se deshizo en una nube oscura, espesa, que flotó sobre el tablero y viajó hasta donde Liam estaba.
La sombra que lo acechaba inhaló el humo y, de repente, ganó brazos definidos y unos ojos encendidos como carbones.
— Eiden llevaba la pelea dentro del pecho como si fuera una roca.
Cada choque con su copia era un choque con él mismo: misma postura, mismos golpes que él conocía hasta el último esqueleto de movimiento.
Las manos le vibraban, y por un momento pensó que la victoria sería aplastarlo a pura fuerza.
Comenzó así, a embestir en línea recta, a usar todo el peso de su cuerpo como martillo.
El resultado: la réplica devolvía el impacto con la misma furia.
La tierra tembló bajo ellos; la espalda de Eiden ardía; un golpe lo mandó al suelo y por un instante, creyó que no volvería a levantarse.
Se quedó allí, tosiendo barro, y algo cambió en su cabeza: su fuerza misma lo había traicionado.
Había estado batiéndose siempre bajo la premisa de que un choque más fuerte resolvería todo; en ese tablero, la potencia se gastaba y se reciclaba en su contra.
Entonces recordó una lección de Hilson, cuando apenas empezaba a entrenar: el que golpea siempre recibe; el que desvía, sobrevive.
Eiden dejó de empujar.
En vez de embestir, comenzó a moverse como si bailara entre los golpes: pasos cortos, pivotes, ceder ante el empuje y redirigir la fuerza.
Cuando la réplica lanzó un puñetazo que antes lo hubiera derribado, Eiden giró con la cadera, el golpe se fue al aire y la criatura quedó por un instante fuera de equilibrio.
Ese milisegundo bastó: agarró una cadena colgante del techo —un mecanismo antiguo del tablero— y la usó para atraer a la bestia hacia una casilla marcada con runas.
La piedra se abrió y, esta vez, las estacas no solo la atraparon; la ataron, rompiéndole el engranaje que movía sus patas.
Eiden cayó, las rodillas temblándole; la sangre le calentaba la boca.
Había ganado, pero a precio de esfuerzo total: su hombro derecho ardía como si le hubieran roto un trozo por dentro.
Se quedó sentado un rato, la respiración pesada, con esa sensación agridulce de quien sabe que venció porque se volvió más inteligente, no porque fuera más fuerte.
Había dejado de creer que su fuerza era la única salida y la había transformado en herramienta.
—No es solo pegar —murmuró para sí—.
Es pensar dónde pegás.
El cuerpo metálico de su réplica también se deshizo en humo, igual que el de Karl.
El segundo torrente de bruma viajó hasta Liam, y la sombra lo absorbió con un rugido, creciendo más todavía.
Ahora tenía torso y hombros, y su voz sonó más profunda, burlona: —Ahora me ves… y sabes lo que soy.
— Liam quedó solo en su esquina con la sombra frente a él.
No hubo metal ni hueso batiente: la amenaza era la palabra, la memoria, la presión.
La sombra habló primero, recordándole los errores que había tratado de enterrar: la vez que se eligió a sí antes que a otros en un atajo que casi cuesta la vida de alguien; el eco de dudas que dejó cuando prometió certezas que no pudo cumplir.
Cada recuerdo era un golpe invisible.
Liam sintió que la rodilla le aflojaba.
No era rival de acero; era rival de conciencia.
Al principio intentó razonar como siempre: lógica, contraargumentos, un plan ordenado.
Pero la sombra conocía atajos: le devolvía dudas con preguntas donde cada respuesta era una traición a sí mismo.
Por un momento la voz interior se hizo eco y se convirtió en presa.
Liam titubeó.
Sus piernas se negaron a obedecer.
En la niebla, la sombra avanzó, y Liam sintió que caía.
Era tan intenso que, por un segundo, creyó que ceder sería más fácil: que aceptar la versión que la sombra le ofrecía —egoísta, desconfiado— le aliviaría de la culpa.
Ceder fue casi una solución.
Pero de golpe comprendió algo que ya le había dicho alguien, en una sencilla charla alrededor de una hoguera: la valentía verdadera no es la ausencia de miedo, sino elegir a pesar de él.
No se trataba de negar la culpa; se trataba de aceptarla y usarla como brújula.
Dejó de pelear con las palabras y comenzó a hablarlas en voz alta.
—Sí —dijo, con voz que le vibró—.
Me equivoqué.
Sí, pensé en salvarme.
Sí, tuve miedo.
Y sin embargo… vuelvo.
Porque los que me importan importan más que mi miedo.
La sombra se quebró con la admisión porque su fuerza venía de la negación, de la vergüenza convertida en coraza.
Al admitir, Liam cortó los hilos que la alimentaban.
No fue un destello heroico; fue un acto de simple humanidad.
Pero la sombra no desapareció: se retorció, chilló como un animal herido, y en ese grito Liam vio su oportunidad.
Concentró su energía en una pequeña luz interna —una habilidad de control que había practicado en silencio— y la proyectó.
No fue un ataque de fuerza: fue un espejo de sinceridad que debilitó la sombra, y le dio un respiro.
Sin golpes espectaculares, con manos temblorosas y voz rota, Liam avanzó y tocó la frente de su reflejo.
No lo destruyó; lo aceptó.
Y esa aceptación fue el truco: la sombra no pudo sostenerse cuando ya no quedaba nada que exponer con vergüenza.
Se desvaneció en silencio, como humo.
Cuando se cerró la bruma, Liam cayó de rodillas, agotado.
Había ganado lo más difícil: había recuperado su centro sin fingir.
Pero la victoria dejó cicatrices: la sombra no era algo que se mata, sino algo que se integra.
Liam sabía que esa parte volvería a aparecer, y que la batalla aún no estaba del todo ganada.
— El tablero no se rindió.
Al principio trituró movimientos; después intentó responder con cambios de reglas.
Pero la combinación de los tres —el engaño táctico de Karl, la adaptación de Eiden y la confesión transformadora de Liam— lo forzó a recalcular sus patrones.
Las bestias quedaron vencidas; las casillas se apaciguaron y, lentamente, las barreras que los habían separado empezaron a bajar.
Se reunieron en el centro del tablero, cubiertos de sangre, polvo y sudor.
No fue una llegada triunfante de héroes juveniles: fueron tres personas rotas y distintas, con nuevas costuras.
Karl cojeaba; Eiden se apoyaba en su brazo izquierdo; Liam respiraba aún con ese temblor profundo de quien miró dentro y volvió.
Lo que no sabían era que afuera, en las gradas, nadie se había perdido un segundo de lo ocurrido.
Una gran esfera mágica flotaba sobre el escenario, proyectando en tiempo real lo que pasaba adentro del tablero.
Había otra esfera más pequeña en el interior que absorbía cada detalle, y la exterior lo mostraba al público como si fuese un espectáculo.
Los murmullos se mezclaban: algunos sorprendidos de que hubieran resistido tanto, otros incrédulos de que aún siguieran en pie.
Y entonces la voz de Senner descendió desde lo alto, seca y sin emoción: —Interesante.
No esperaba que duraran tanto.
—Sonrió apenas—.
Han pasado una prueba complicada.
No significa que sean libres.
Significa solamente que han aprendido algo… y me han entretenido.
La respuesta fue una mezcla de alivio y furia.
Habían ganado esa batalla del tablero, pero algo en sus estómagos les decía que aquello era solo otra capa.
No sabían si el tablero contaba “victorias” como nosotros las contábamos.
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