Vornex: Temporada 1 - Capítulo 83
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- Capítulo 83 - 83 Capítulo 83 El engaño de la elección
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83: Capítulo 83: El engaño de la elección 83: Capítulo 83: El engaño de la elección “El amanecer traía luz, pero no libertad; apenas unos rayos que iluminaban más la prisión que cualquier esperanza.” …
Los guardias los llevaron lejos del tablero, por corredores que olían a humo y aceite, hasta un patio donde varios carros esperaban.
El viaje fue breve, sin palabras: las ruedas rechinaban, y el paisaje quedó atrás como si arrancaran un trozo de mundo y lo escondieran.
Cuando la carroza se detuvo, la puerta se abrió y apareció una muralla nueva: rejas altas, torres con centinelas y una hilera de celdas más amplias que las que habían conocido.
Les dijeron, con esa calma profesional propia de quien maquilla la crueldad, que pasarían un día “de descanso” antes de la siguiente prueba.
El eufemismo sonó vacío desde el primer segundo.
Antes de dejarlos en la nueva celda, los llevaron a una sala de limpieza.
Allí, manos neutrales rasparon barro de heridas, enjabonaron con brusquedad la piel cubierta de polvo y vendaron cortes que apenas curaban.
Les entregaron ropa lavada —no bonita; práctica— y les dijeron que la cambiaran.
Karl observó su reflejo en una pieza de metal y cayó en la cuenta de lo ridículo: los arreglos eran correctos, pero el corte era de alguien que se prepara para aparecer en público.
—Nos visten para un show —dijo en voz baja mientras se ataba la bota—.
Y nosotros ni siquiera preguntamos si queremos ser actores.
Eiden no respondió.
Miró la puerta, contando guardias, midiendo distancias.
Liam repasaba la escena anterior en su cabeza, intentando situar piezas: el tablero, la esfera, la risa de Senner.
Todo estaba conectado como engranajes bien aceitados.
Tras el aseo, los llevaron a la “sala común”: un comedor amplio con mesas largas de madera donde cedían los bancos.
El lugar estaba lleno de gente.
Hombres y mujeres con ropas de colores distintos —según su origen— comían y hablaban entre sí; algunos parecían haber perdido el hilo de la cordura, otros mantenían una calma resignada, y un puñado miraba al vacío con ojos que ya no aguardaban nada.
Había grupos, risas forzadas, historias que comenzaban y se cortaban en la mitad.
Era un puerto de almas varadas.
Se sentaron en una mesa casi al final.
En frente de ellos, una figura con la barba cortada y unos ojos cansados se les acercó y dejó caer su plato.
Tenía la cara curtida y las manos como palas.
Cuando Liam lo miró, una pequeña chispa de conocimiento cruzó sus pupilas.
—Soy Degor —dijo, como si el nombre no fuera nada pero a la vez lo dijera todo—.
¿Nuevos, verdad?
Karl asintió, todavía con la mandíbula tensa.
—¿Por qué hay tanta gente?
—preguntó Liam sin rodeos, porque estaba harto de la sensación de que algo se ocultaba detrás de cada gesto amable.
Degor tragó y miró alrededor, como midiendo hasta dónde podía hablar.
—Porque esto fue una fábrica de espectáculos —respondió—.
Y porque hay quien todavía quiere ver.
Antes venían por curiosidad o por las historias de Selindra: una voz, un rumor, un baile.
Ella traía forasteros y rumores; Senner traía jaurías y trampas.
Juntos eran una maquinaria: Selindra atraía… y nosotros terminábamos siendo las piezas.
Eiden frunció el ceño.
—Selindra… ¿la del pueblo?
—La misma —afirmó Degor—.
Al principio la gente creía las historias: “Ella trae objetos perdidos”, “resuelve problemas”, “paga bien”.
La gente confiaba.
Luego alguien empezó a perderse y a no volver.
Un tal Irel intentó seguirla una vez; regresó con la cabeza rota y la voz rota.
Después intentó denunciarla y nadie lo creyó.
Ella iba y venía de pueblo en pueblo.
Hasta que la gente se cansó de creer… hasta que la trampa se volvió más elaborada: Senner la cubría.
Les doy un consejo: cuando alguien te ofrece la llave de la puerta, revisa siempre el cerrojo.
Karl se quedó helado.
Recordó a Selindra en la taberna, su forma fría, el trato que les propuso.
Todo lo cuadraba, pero escucharlo de alguien que había visto el ciclo repetido le dio un sabor metálico en la lengua.
—¿Y por qué no la atraparon?
—preguntó Karl, con esa impaciencia que ya históricamente lo metía en problemas.
Degor soltó una risa reseca.
—Porque ella se movía.
Porque el pueblo la protegía hasta que la gente veía la verdad.
Y porque Senner tenía el dinero y las fuerzas para silenciar a quienes la denunciaban.
Además… había quien prefería mirar.
El público se alimenta del espectáculo, y los espectáculos no se sostienen con moral.
Un silencio pesado los envolvió.
La comida siguió su curso, platos apurados, conversaciones apagadas.
En la mesa contigua, una mujer escupió con desprecio la comida y murmuró algo sobre “esas cartas”.
—¿Cartas?
—preguntó Liam, instintivamente.
Degor no respondió de inmediato.
En sus ojos apareció una sombra.
—Cada día traen a más gente —dijo en voz baja—.
Tres, cuatro o más, depende del tipo de prueba que Senner quiera.
Algunos entran porque buscan; muchos son llevados a la fuerza para salvar a sus familias o por chantajes… y otros terminan aquí porque Selindra les habló en el momento equivocado.
Si sobrevives, te llevan a esta sala.
Si no, no vuelves.
Eso es todo.
Mientras Degor hablaba, por el pasillo alguien gritó.
La mesa entera se quedó fría; todos voltearon.
Algunos, sin sorpresa; otros con la vieja actitud de quien ya había visto demasiadas escenas.
Un hombre apareció corriendo por el pasillo.
Llevaba el mismo traje gris que los prisioneros; estaba sucio y manchado de barro.
Gritaba como si estuviera poseído: “¡Libertad!
¡Por favor, por favor!” Los guardias se movieron como si conocieran ese ritual: sujetaron al hombre, le ajustaron un collar metálico alrededor del cuello y lo arrastraron hacia la salida principal ayudados por una especie de esfera pequeña que zumbaba pegada al collar.
Un centinela acercó su bastón de metal y al tocar la esfera ésta chispeó, descargando una corriente que hizo convulsionar al hombre.
Cayó al suelo, temblando.
La escena dejó a todos en silencio.
Nadie gritó.
Nadie corrió.
Era, otra vez, la coreografía de la violencia.
—Lo intentó —murmuró alguien en la mesa—.
Casi lo logra.
Degor miró al grupo y dijo, con una tristeza que le apretaba la garganta: —A veces alguien se escapa.
Corre hasta que la suerte le deja de sostener.
Si lo atrapan y creen que merece castigo… lo hacen.
Este lugar no perdona.
Y esas esferas… esas son la última palabra de Senner.
Un toque y vuelve a casa… a la jaula.
Karl tragó con violencia.
Eiden apretó la silla hasta que crujió.
Liam clavó las uñas en la palma de la mano, sintiendo que el puño le dolía.
—¿Y qué pasa con los que no vuelven?
—preguntó Liam, porque necesitaba colocar la pregunta en algún lado, aunque el miedo le enmudezca la voz.
Degor bajó la mirada antes de responder.
—Los limpian.
Tienen un lugar —dijo con cuidado—.
Un sitio donde dejan los cuerpos.
No te lo diré todo ahora porque no quiero llevar miedo a tu cabeza de golpe.
Pero si quieres saber, busca por la noche detrás de la muralla del horno.
Allí las piedras están frías y hay marcas.
Un rumor corrió por la mesa, opaco y pesado como humo.
Los tres intercambiaron miradas —esa luz de alarma que ya no se apaga—.
Lo que hasta entonces eran teorías conjeturales ahora tomaba la forma de un nombre: tumbas.
Sepulturas hechas por manos que trabajan para cerrar bocas.
—¿Nunca salimos?
—preguntó Karl, quebrando la postura.
Degor suspiró resignado.
—Algunos creen que saldrán.
Les dicen que “si cumplen” podrán recuperar sus vidas.
Pero las promesas aquí son monedas rotas.
A muchos se les deja al principio una esperanza: días de descanso, cartas, trajes nuevos.
Se les hace creer que hay un camino de regreso.
Y el que se aferra a la esperanza, al final, se queda.
Porque la esperanza enferma y, una vez que te acostumbras a ella, ya no buscas la salida real.
Liam sintió un frío que no venía de la comida.
Cuando escuchó aquello supo que no podían esperar a que la verdad se le ocurriera sola: tendrían que sacarla a golpes.
En ese instante, las puertas se abrieron de golpe.
Un guardia anunció en voz alta: —Todos a las celdas.
Mañana se presentarán en el patio para elegir su próximo escenario.
La mención de “elegir” hizo que los corazones de los recién llegados dieran un brinco seco.
Degor apretó la mandíbula y clavó sus ojos en la espalda de los guardias.
No les dijo más; no lo necesitaba.
La palabra “cartas” resonó como una cadena.
De regreso a la celda —más amplia, con camas alineadas y una pequeña ventana alta— los tres se acostaron en silencio.
Las vendas raspaban; sus cuerpos dolían por golpes y hematomas.
Afuera, por las rejas, podían oír risas lejanas como si alguien celebrara algo que no comprendían.
Era la misma sensación que habían tenido en Eldrys aquella primera vez que llegaron: la risa de los otros, la distancia entre la normalidad y lo que les ocurría.
Por la noche, cuando la mayoría dormía, Karl se levantó en secreto.
Tenía la intención de mirar por la ventana de la muralla, buscar alguna señal, alguna pata de mesa floja por donde se pudiera forzar una escapatoria.
Con la carta de Degor en la cabeza, caminó sigilosamente hacia el horno que Degor había mencionado.
La luna apenas levantaba su manto gris.
Las piedras por el exterior olían a carbón frío.
Se deslizó hacia detrás de la muralla.
La noche estaba quieta.
A lo lejos, detrás de unos matorrales, se adivinaba un campo con marcas nuevas, surcos en la tierra y cubiertas de madera amontonada.
Era un lugar que olía a final.
Karl sintió el estómago hecho un barro.
No se quedó mucho; sólo lo suficiente para confirmar la primera pista de Degor: había marcas, y había demasiadas para ser coincidencia.
Regresó sin hacer ruido.
En la celda, Liam y Eiden seguían despiertos.
—Vi algo —murmuró Karl—.
Detrás del horno.
Hay… hay marcas.
Tumbas, o algo así.
Eiden no lo miró al principio.
Luego, con calma fría, dijo: —Tenemos que prepararnos.
No podemos quedarnos aquí a que las cartas nos ordenen cuál será nuestro modo de morir.
Liam apoyó la cabeza contra la pared y cerró los ojos un segundo, como si necesitara recomponer la respiración.
—Mañana nos obligarán a elegir.
No podemos dejar que nos “elijan” para siempre.
Necesitamos un plan.
Degor, que había permanecido cerca en silencio, los vio con ese brillo de quien ha vivido mucho.
—Pistas hay —susurró—.
Pero no las daré todas.
Si quieren salir, busquen el punto débil en la noche, no en las palabras.
Y recuerden: si alguien les ofrece poder sobre su destino aquí, está usándolos.
Porque la ilusión del control es la manera más efectiva de volverte dócil.
Cuando el silencio volvió a caer, hubo un acuerdo tácito: no esperarían a ser piezas en un truco más grande.
Les dolía todo; estaban cansados y cubiertos de polvo y sangre.
Pero algo más había cambiado: ya no eran los mismos muchachos que habían entrado por un atajo en Eldrys.
Ahora sabían demasiado como para seguir siendo ingenuos.
Y en el rincón donde se arrodillaban para dormir, Liam miró la ventana pequeña, y una idea fue naciendo lentamente en su cabeza: no había que luchar solo contra Senner o Selindra, sino contra el teatro entero que los sostenía.
Y para eso necesitarían más que fuerza: necesitarían aliados, mapas y una verdad que la gente aún no quería ver.
La noche se cerró con un ruido lejano: la esfera mágica sobre el patio zumbó y proyectó, por un instante, imágenes de la noche anterior.
Un puñado de voces en la torre celebraron en silencio y las sombras de la prisión siguieron su rutina.
El tiempo para elegir aún no llegaba.
Pero la elección, ahora, la harían ellos.
— …
“Y mientras las sombras de los nuevos prisioneros se mezclaban con las antiguas, los chicos comprendieron que aquello no era un descanso… sino otra cadena más de la que tendrían que escapar, antes de que fuera demasiado tarde.”
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