Vornex: Temporada 1 - Capítulo 84
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- Capítulo 84 - 84 Capítulo 84 Rumores de rebelión
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84: Capítulo 84: Rumores de rebelión 84: Capítulo 84: Rumores de rebelión El primer día de descanso no fue descanso real.
Karl se tumbó sobre la cama nueva, las cicatrices de los combates anteriores palpables en cada músculo dolorido.
Eiden observaba en silencio la habitación más amplia, ajustando su vendaje y repasando mentalmente cada movimiento que los había salvado…
y cada error que casi les costaba la vida.
Liam, por su parte, se sentó junto a la ventana diminuta, mirando la luz que entraba con ojos atentos, como si intentara leer el tablero invisible que aún gobernaba sus días.
-Dos días -dijo Karl, rompiendo el silencio-.
Dos días para…
¿no morirnos de aburrimiento antes de la próxima locura?
Liam giró la mirada, sin sonreír.
-Dos días para pensar en cómo sobrevivir a lo que viene.
Eso es todo.
Eiden asintió, apenas murmurando: -Y no podemos confiar en nada.
Ni siquiera en que nos den descanso de verdad.
Mientras tanto, fuera de la celda, las sombras del sistema de Senner seguían moviéndose.
Guardias, cámaras mágicas y vigilantes invisibles.
Cada gesto, cada palabra, cada intento de relajación era observado, registrado…
catalogado.
— Durante los días de descanso, los chicos no tuvieron realmente tiempo de relajarse.
Entre las nuevas celdas y camas más cómodas, la sensación de seguridad era solo un velo.
Desde la ventana diminuta de la habitación, Liam empezó a notar movimientos extraños en los pasillos del complejo: grupos de prisioneros siendo escoltados, arrastrados hacia las salidas traseras, sus pasos marcados por cadenas y vigilancia constante.
-Mirá eso -susurró Liam, señalando-.
Dos grupos…
tres personas cada uno.
Karl frunció el ceño.
-¿A dónde los llevan?
Eiden, siempre atento, observó cada detalle: -A la carroza.
Primero los llevan al espectáculo de apertura, luego al de cierre.
Cada día dos funciones para entretener a su gente.
Lo mismo que nos pasará a nosotros, tarde o temprano.
Desde su celda, los chicos vieron cómo los prisioneros eran colocados en la carroza, con uniformes idénticos a los que ellos mismos recibirían algún día.
Algunos intentaban resistirse; otros caminaban en silencio, resignados.
Una esfera mágica flotaba sobre ellos, proyectando cada movimiento a un público invisible, pero presente.
Se escuchaban murmullos apagados de aprobación y emoción, como si todo aquello fuera un espectáculo.
-Nunca terminamos de salir de esto -murmuró Karl, tragando saliva-.
Es como…
como si nos hubieran vendido como entretenimiento.
Liam asintió, concentrado en analizar patrones.
-Dos funciones al día…
eso significa que siempre habrá alguien moviéndose, siempre habrá “turnos” de prisioneros.
Cada escenario, cada prueba, está cronometrado.
Es un sistema…
un maldito reloj de tortura.
Eiden suspiró, mirando cómo los guardias manipulaban las cadenas y la carroza.
-Y nosotros…
estamos a punto de entrar en ese ciclo.
No nos han dado una salida.
Solo…
descanso.
Para prepararnos mejor.
Durante el resto del día, los chicos observaron en silencio, aprendiendo sin hablar.
Cada detalle contaba: la manera en que los prisioneros eran colocados, los gestos de los guardias, la forma en que la esfera proyectaba todo al público.
Era un patrón de control perfecto.
Y mientras tanto, en sus celdas, los tres sentían el peso de la inevitabilidad: cada vez entendían mejor cómo funcionaba aquel mundo…
y cómo, tarde o temprano, ellos también serían parte del espectáculo.
— El sonido metálico del cerrojo rebotó en las paredes de la celda.
La puerta se abrió con un chirrido áspero y dos guardias aparecieron en el umbral, con sus lanzas brillando por la energía que las recorría.
—De pie.
Patio.
Ahora —ordenó uno de ellos, con una voz seca, sin emoción.
Karl apretó los dientes.
Cada vez que escuchaba esa voz, le entraban ganas de responder con un insulto, pero sabía que sería inútil.
Eiden se levantó con calma, acomodándose el vendaje en el brazo.
Liam fue el último en ponerse de pie, con esa mirada fija que parecía medir cada movimiento de los guardias.
Los sacaron en fila, uniéndolos a otros prisioneros de distintas celdas.
Era un grupo de más de veinte, todos marchando bajo la vigilancia de los soldados.
Los pasillos resonaban con pasos uniformes, el eco se multiplicaba como si la prisión misma los devorara.
El recorrido terminó frente a una puerta inmensa, reforzada con capas de metal y runas brillantes.
Cuando se abrió, un aire pesado, casi sofocante, los envolvió.
Era el patio.
— El espacio era amplio, pero la ilusión de libertad se rompía al primer vistazo.
Todo estaba encerrado bajo una cúpula invisible que vibraba en el aire, como una campana gigantesca que cubría la prisión entera.
Se podía sentir esa vibración en la piel, en los huesos, como si la energía misma se metiera en las venas.
Liam fue el primero en notarlo.
—…Ese campo —murmuró—.
Está hecho para controlarnos.
Tenía razón.
En cuanto salieron bajo la cúpula, los trajes que llevaban empezaron a reaccionar.
Las costuras metálicas brillaban débilmente, absorbiendo la energía del campo, drenando cada intento de canalizar fuerza.
Era como si el aire mismo se volviera más denso, cada movimiento requería un esfuerzo extra.
Karl apretó el puño y sintió cómo la tensión de los músculos se debilitaba, como si estuviera peleando contra un peso invisible.
—Nos chupa la energía… nos apaga.
Lo que lo enfureció aún más fue mirar a los guardias.
Ellos también vestían armaduras, pero las suyas brillaban más con cada segundo.
Sus movimientos eran ágiles, como si la cúpula los alimentara en vez de drenarlos.
Un mismo campo de energía, pero diseñado para favorecer a unos y condenar a otros.
—Magia selectiva —susurró Eiden, evaluando la situación—.
Dos caras de la misma moneda.
Para nosotros es una cadena… para ellos, un arma.
— El patio se extendía como un círculo amplio de piedra y tierra endurecida.
Había bancos oxidados, charcos en las esquinas, y en el centro grupos de prisioneros que apenas levantaron la vista cuando entraron los nuevos.
La rutina parecía haberles robado hasta la curiosidad.
Los chicos sintieron una mezcla amarga: por un lado, el aire fresco comparado con la celda cerrada; por el otro, la sensación clara de que ese lugar no era un descanso, sino otro tipo de prisión.
Karl tragó saliva, mirando la cúpula que brillaba sobre sus cabezas.
—No es un patio… es un corral.
Liam frunció el ceño.
—Y nosotros, el ganado.
Eiden no respondió.
Sus ojos estaban fijos en un detalle: en los bordes, cada torre de guardias tenía runas talladas en la piedra.
Eran los nodos que mantenían la cúpula activa, un patrón perfectamente calculado.
Lo memorizó en silencio, sabiendo que quizás algún día ese detalle serviría.
— Los prisioneros se fueron mezclando, algunos en pequeños grupos, otros solitarios.
El ambiente era pesado, cargado de desconfianza.
El trío aún no había dado ni dos pasos cuando un hombre delgado, barba desordenada y ojos nerviosos, se les acercó.
—Soy Silas —se presentó en voz baja, como si temiera que alguien lo escuchara—.
Escuché que andaban preguntando… información.
Tengan cuidado con quién hablan.
Hay un grupo de rebeldes, sí, pero no todos los que se hacen llamar así lo son.
Si quieren un consejo, no confíen en Toren.
Ese ya entregó gente antes.
Karl lo miró de arriba abajo, con desconfianza.
—¿Y por qué deberíamos creerte a ti?
Silas apenas sonrió, como si hubiera esperado esa pregunta.
Pero antes de contestar, una voz grave y áspera interrumpió desde detrás: —No le crean una palabra.
Ese desgraciado vive inventando cosas para salvar su pellejo.
Si hay alguien que juega para los guardias, es él.
El que hablaba era un tipo enorme, lleno de tatuajes y cicatrices, con la mirada dura de quien ya había sobrevivido a más de una pelea en ese patio.
Los demás prisioneros lo reconocieron enseguida: Boros.
Su reputación parecía precederlo.
Los dos hombres se fulminaron con la mirada, como perros a punto de lanzarse uno contra otro.
Eiden dio un paso adelante.
—¿Qué ganan con esto?
Si ambos dicen que el otro es un traidor, ¿a quién vamos a creer?
Silas se encogió de hombros.
—A mí, porque yo tengo la verdad.
Boros sonrió con frialdad.
—Y a mí porque aún sigo vivo, a pesar de todo.
— Silas y Boros permanecieron mirándose como si se odiaran de toda la vida.
Cada palabra entre ellos estaba cargada de veneno, y los chicos apenas se apartaron unos pasos, con la sensación de que acababan de entrar en un juego que no entendían.
—Genial… dos versiones y ninguna sirve de nada —murmuró Karl.
—¿Qué esperabas?
¿Que alguien viniera con un cartel diciendo “confía en mí, soy el rebelde”?
—respondió Eiden con sarcasmo.
Liam guardó silencio.
Sus ojos se movían entre Silas, que se alejaba con movimientos nerviosos, y Boros, que seguía fijo en su lugar, observándolos como un guardián inmóvil.
Era como estar atrapados en medio de un tablero, pero sin conocer las reglas.
El patio, mientras tanto, se sentía asfixiante.
El campo debilitador seguía robándoles energía con cada minuto, y hasta estar de pie resultaba un esfuerzo.
La luz del sol atravesaba la cúpula de energía como si llegara distorsionada, demasiado pálida para parecer natural.
Un movimiento en un rincón llamó su atención.
Una mujer de cabello oscuro estaba improvisando un vendaje a un prisionero caído en el suelo.
Tenía las manos firmes, pero la mirada cansada.
Cuando notó que los chicos la observaban, esbozó una sonrisa débil.
—Soy Marla.
Si necesitan un lugar donde sentarse sin llamar tanto la atención, pueden quedarse aquí.
Karl la miró con desconfianza.
—¿Y por qué deberíamos hacerlo?
Marla se encogió de hombros, tranquila.
—No tienen que hacerlo.
Pero si siguen de pie, ese campo los va a dejar igual que a él —señaló al hombre en el suelo, que apenas respiraba.
Eiden fue el primero en acercarse, agotado.
Se dejó caer con un suspiro inevitable.
Karl dudó, pero al final lo siguió.
Liam resistió unos segundos más, hasta que notó que los guardias no mostraban interés por ese grupo.
Entonces se sentó también, siempre atento.
— Había varios prisioneros reunidos alrededor de Marla: Un joven de mirada dura que jugueteaba con una piedra como si quisiera lanzarla contra la cúpula.
Una mujer mayor que murmuraba oraciones en un idioma extraño, moviendo los labios sin cesar.
Y un anciano delgado, tan frágil que parecía un soplo de viento podría derribarlo, respirando despacio con los ojos cerrados.
Marla rompió el silencio: —A mí me atraparon cuando intentaba curar heridos en una aldea que Selindra arrasó.
No me mató… prefirió traerme aquí.
Dijo que mi “talento” sería más útil en este lugar.
Los chicos intercambiaron miradas.
El anciano abrió los ojos y habló con voz gastada pero clara: —En mi caso, conocía caminos ocultos en las montañas.
Pensé que me usaría como guía… pero nunca salí de esta prisión.
Tal vez solo disfruta atraparnos.
Liam frunció el ceño.
—¿Entonces nos colecciona?
¿Como si fuéramos trofeos?
El anciano sonrió con amargura.
—Exacto.
Trofeos que deben entretenerla.
El joven de la piedra resopló.
—No lo piensen demasiado.
Estamos aquí para lo mismo: para que la gente de afuera se divierta viendo cómo nos rompen.
Karl dejó escapar una risa breve, cargada de ironía.
—Perfecto, entonces somos el espectáculo.
Yo siempre quise ser el payaso.
Eiden lo empujó con el codo.
—No bromees con eso.
—¿Y por qué no?
—replicó Karl, con una sonrisa amarga—.
Si no me río un poco, termino como ese tipo de ahí tirado en el suelo.
Algunos prisioneros sonrieron sin querer.
Incluso el joven con la piedra soltó una risa nerviosa.
Era poco, pero suficiente para romper la tensión por un instante.
— Un guardia pasó cerca y todos guardaron silencio de inmediato.
Sus pasos resonaron en el suelo como recordatorio de que la vigilancia nunca cesaba.
Marla habló en voz baja: —Circulan rumores sobre un grupo que quiere escapar.
Los llaman rebeldes.
Pero nunca se muestran.
Si existen, son ellos quienes deciden acercarse.
Liam la miró con desconfianza.
—¿Y cómo sabemos que son reales?
El anciano respondió con un gesto cansado.
—Porque conocí a uno.
Y un día desapareció sin dejar rastro.
Nunca supimos si logró huir… o si lo eliminaron.
El silencio volvió a dominar el grupo, pesado, lleno de incertidumbre.
— Cuando los devolvieron a las celdas, el agotamiento era evidente.
No habían luchado ni corrido, pero la cúpula y el ambiente los habían drenado por completo.
Karl se dejó caer en la cama con un gemido.
—Si esto era “descansar”, prefiero que me maten en el próximo reto.
—Descansar no existe aquí —murmuró Eiden—.
Solo hay formas distintas de cansarse.
Liam, sentado cerca de la diminuta ventana, observó la cúpula a lo lejos.
—O formas distintas de distraernos… mientras ellos se entretienen mirando desde arriba.
Nadie respondió.
Solo el eco de la prisión llenó la celda, implacable, como un recordatorio de que la libertad seguía siendo un sueño lejano.
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