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Vornex: Temporada 1 - Capítulo 85

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  4. Capítulo 85 - 85 Capítulo 85 Mesa de guerra
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85: Capítulo 85: Mesa de guerra 85: Capítulo 85: Mesa de guerra El tiempo en el patio terminó con un silbido agudo.

Los guardias comenzaron a reagrupar a los prisioneros, ordenándolos en filas de a diez.

La cúpula debilitadora pareció intensificarse un instante, como un recordatorio de quién tenía el control.

Los chicos caminaron en silencio, arrastrando los pies cansados.

Cada paso se sentía más pesado que el anterior, no solo por el desgaste físico, sino por la carga de lo que habían escuchado: rumores de rebeldes, acusaciones cruzadas, historias de cómo cada uno había sido atrapado por Selindra.

Karl mascullaba por lo bajo, maldiciendo el campo mágico y la idea de “descanso” que los estaba consumiendo más que los combates.

Eiden guardaba un silencio tenso, los ojos fijos en los guardias que los escoltaban, como si intentara descubrir una grieta en el sistema.

Liam, en cambio, observaba en todas direcciones, grabando cada detalle del recorrido: las torres de vigilancia, las runas en las paredes, la manera en que el campo se unía a los trajes de los soldados para potenciarlos.

Al llegar a la celda, el ruido metálico de la reja al cerrarse resonó como un trueno.

Era el sonido de la rutina, del ciclo que se repetía una y otra vez.

Karl se dejó caer en la cama con un gruñido.

—Tengo el cuerpo hecho pedazos… esto me está matando más que cualquier reto.

—Eso es justo lo que quieren —replicó Eiden, mientras ajustaba el vendaje de su brazo derecho—.

Que lleguemos al próximo debilitados.

Liam se apoyó en la pared junto a la pequeña ventana.

La luz que entraba era mínima, pero suficiente para distinguir sombras moviéndose en los pasillos exteriores.

—No es solo eso.

Fíjense: nunca dejan de mover gente.

Todo el tiempo sacan grupos, los llevan a algún lado y los regresan… o no los regresan.

Karl levantó la cabeza, cansado.

—Entonces estamos dentro de un ciclo.

Nosotros somos la siguiente “atracción”.

Eiden apretó los puños.

—Sí.

Y si no aprendemos rápido cómo funciona este ciclo, nos van a usar y descartar.

El silencio se adueñó de la celda.

Afuera, un eco metálico recordaba que la prisión nunca dormía.

— La noche La oscuridad se filtró lentamente por la ventanita.

El campo seguía vibrando alrededor de todo el complejo, como un zumbido grave que se colaba hasta en los sueños.

Karl se movía inquieto en la cama, buscando una posición donde el dolor no le punzara tanto los músculos.

Terminó riendo con amargura.

—Genial… estoy en una celda mágica y aún así extraño mi cama vieja, rota y dura.

Liam no respondió.

Seguía pegado a la ventana, observando los puntos de luz que se movían como insectos en la distancia.

Eran las esferas de vigilancia, flotando incansables.

Eiden, tumbado boca arriba, no cerraba los ojos.

La mente le ardía, repasando una y otra vez las palabras del patio.

¿Quién mentía?

¿Quién decía la verdad?

¿Existía en realidad ese grupo rebelde o era un invento para mantenerlos ocupados en rumores?

El cansancio lo golpeaba, pero aun así no pudo dormir.

Se pasó la noche entera despierto, con la mirada fija en el techo.

Las horas avanzaron lentas.

El frío de la piedra se colaba en la celda y el zumbido del campo mágico no dejaba que el silencio fuera completo.

Así terminó el primer día: Con Karl dolorido, intentando dormir entre quejas.

Con Liam atento a cada movimiento en el exterior.

Y con Eiden completamente desvelado, atrapado en pensamientos que lo desgastaban más que cualquier combate.

El descanso no existía.

Solo otra forma de desgaste.

— Los chicos apenas habían terminado de acomodarse en la mesa cuando vieron acercarse a caras conocidas.

Eran los mismos del patio: Marla, la mujer que curaba heridas con calma serena; el anciano de mirada cansada que hablaba como si cada palabra fuera la última; el joven impulsivo que no soltaba la piedra; y la otra mujer mayor que murmuraba plegarias sin cesar.

Marla saludó con un gesto.

—Parece que nos toca compartir mesa.

Mejor juntos que dispersos.

Liam asintió, moviéndose un poco para hacerles espacio.

Karl bufó, apretando los dientes mientras se acomodaba en el banco.

—A ver si no se nos acaba hasta la poca comida que tenemos.

Eiden no dijo nada, demasiado ocupado tratando de mantener los ojos abiertos.

El cansancio de la noche lo hacía sentir como si llevara cadenas — Marla aprovechó el momento para presentarlos como correspondía: —Por cierto, aún no les dije bien quiénes somos.

Él es Osric, —señaló al anciano de barba blanca y voz pausada— y este de aquí es Dorian, —indicó al otro viejo, algo encorvado, pero con unos ojos que no dejaban escapar detalle alguno—.

El jovencito que siempre parece enojado se llama Ravel, y bueno… yo soy Marla.

Karl arqueó una ceja.

—¿Siempre parece enojado?

Más bien parece que mastica clavos cada mañana.

Ravel soltó un resoplido y cruzó los brazos sin responder.

— La charla tomó un rumbo natural.

Fue Osric quien lanzó la primera pregunta, mientras mojaba el pan duro en el líquido espeso de su cuenco.

—¿Y ustedes?

¿Cómo terminaron aquí dentro?

Hubo un silencio breve.

Eiden respiró hondo antes de hablar: —Caímos en una trampa… un juego amañado.

Nos hicieron participar sin saber las reglas reales.

Y ya ven, acabamos encerrados igual que todos.

Karl añadió, con tono amargo: —Básicamente, el premio era un boleto directo a este agujero.

Marla los miró con pesar, como si confirmara algo que ya sospechaba.

Dorian, en cambio, murmuró: —Siempre es la misma historia.

No importa cómo, lo importante es que aquí adentro todos compartimos el mismo destino.

— Liam, que había estado observando en silencio, ladeó la cabeza hacia Ravel.

—Tú no dijiste cómo terminaste aquí.

El joven levantó la mirada, una chispa de desafío en los ojos.

—Digamos que me metí donde no debía, y que algunos no soportan que alguien más joven les pase por encima.

Karl bufó, apoyando los codos en la mesa.

—Mira, niño.

Aunque seas menor que yo, si te crees tan picante, no me tiembla la mano para darte una paliza.

Ravel esbozó una media sonrisa sarcástica.

—¿Ah, sí?

Con ese cuerpo adolorido, seguro me dejas temblando… de risa.

Los demás soltaron una risa breve, incluso Eiden que apenas podía mantener los ojos abiertos.

La tensión inicial se transformó en una chispa distinta, como si esa rivalidad ligera fuera el inicio de una unión extraña pero sana.

— Pero la calma no duró demasiado.

Un ruido de bancas arrastrándose interrumpió el momento.

Un grupo de prisioneros más corpulentos y de aspecto amenazante se plantó frente a ellos.

Uno, con la cabeza rapada y tatuajes que se extendían por el cuello, señaló su mesa con la barbilla.

—Esa es nuestra mesa.

Levántense.

Marla suspiró, como si aquello fuera rutina.

Eiden ni siquiera levantó la vista, demasiado cansado.

Liam observó con atención, evaluando cada posible reacción.

Karl fue el primero en contestar, con una carcajada seca.

—¿Su mesa?

Aquí hay veinte mesas libres, ¿y justo quieren esta?

Pues sobre mi cadáver la van a quitar.

Los corpulentos intercambiaron miradas, sonrientes.

Uno golpeó la mesa con el puño.

—Exacto, sobre tu cadáver.

El ambiente se tensó como una cuerda a punto de romperse.

Nadie en la sala pareció sorprendido.

Los guardias, desde las esquinas, ni se movieron: observaban con indiferencia, como si esperaran entretenerse con lo que iba a ocurrir.

— Los chicos apenas terminaban de reírse del cruce entre Karl y Ravel cuando un sonido incómodo interrumpió la mesa: el arrastre fuerte de unas bancas metálicas.

Un grupo de cinco prisioneros se plantó frente a ellos.

Eran corpulentos, con cicatrices visibles, tatuajes marcando cuello y brazos, y miradas que no ocultaban su intención.

El que parecía el líder, un hombre rapado con una cicatriz que atravesaba la ceja izquierda, apoyó ambas manos sobre la mesa y habló con un tono bajo, cargado de amenaza.

—Bonita mesa la que eligieron.

Lástima que ya tiene dueño.

Karl lo miró sin inmutarse.

—¿Ah, sí?

Pues qué raro, porque no veo tu nombre tallado por ninguna parte.

Los acompañantes del rapado rieron, pero no de buen humor, sino con ese aire burlón que anticipa violencia.

Uno de ellos, con una oreja arrancada, dio un paso más cerca.

—Mira, grandote.

Aquí no es como en el patio.

Aquí las mesas se ganan… o se ceden.

Y ustedes todavía no entienden las reglas.

Eiden, agotado, intentó mediar con voz ronca: —Déjenlo, hay suficientes mesas vacías.

El rapado lo señaló con un dedo sarcástico.

—Mira, el flacucho sí entiende.

Vayan a otra mesa y todos felices.

Karl golpeó la mesa con el puño, haciendo saltar un poco las bandejas.

—No.

Nos sentamos acá primero.

¿Quieres una mesa?

Busca otra, hay veinte libres.

El ambiente se tensó.

Los demás prisioneros dejaron de comer para mirar de reojo, expectantes.

Ravel sonrió de lado, como disfrutando de la confrontación.

—¿Es en serio?

¿Todo este circo por una mesa?

Uno de los corpulentos, más bajo pero fornido, se inclinó sobre él.

—No es la mesa, mocoso.

Es el respeto.

Aquí, si no lo das, te lo quitan.

Liam habló por primera vez, calmado pero firme.

—Suena más a capricho que a respeto.

El rapado golpeó la mesa con fuerza.

—Última oportunidad: se levantan y se largan.

Karl se levantó de golpe, la bandeja aún goteando sopa sobre su ropa.

—Sobre mi cadáver nos van a sacar de aquí.

El silencio se hizo pesado.

Las sonrisas de los corpulentos se torcieron en muecas feroces.

Fue entonces cuando uno de ellos lanzó la primera bandeja contra la mesa, y la pelea comenzó…

—

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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