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Vornex: Temporada 1 - Capítulo 86

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  4. Capítulo 86 - 86 Capítulo 86 El aliado que no se llevó la sombra
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86: Capítulo 86: El aliado que no se llevó la sombra 86: Capítulo 86: El aliado que no se llevó la sombra El comedor se convirtió en un hervidero.

El golpe de la bandeja fue la señal, y de pronto todo se desató.

Karl se lanzó primero, con un rugido, directo contra el corpulento más cercano.

No era elegante ni rápido: era pura furia contenida.

Lo embistió con el hombro y lo tumbó contra el suelo, repartiendo puñetazos como si fueran martillazos, aunque más de la mitad caían mal dirigidos.

-¡Así me gusta!

-gritaba entre jadeos, mientras recibía un rodillazo en las costillas que lo hacía escupir saliva.

Ravel, por su parte, se movía con agilidad inesperada.

Esquivaba los puños y devolvía golpes cortos y certeros, con la frialdad de alguien acostumbrado a pelear en callejones.

Su sonrisa socarrona no desaparecía ni cuando uno de los malotes lo alcanzó en la mandíbula.

-Buen intento -escupió sangre al suelo-, pero vas a necesitar más que eso.

Eiden, con el cuerpo cansado y la mente nublada, trataba de mantenerse en pie.

Se defendía como podía: levantando los brazos, esquivando a medias, y lanzando golpes torpes que solo servían para apartar a sus rivales por segundos.

Cada vez que parecía caer, Marla estaba detrás, tirando de él para mantenerlo en pie.

Liam no atacaba de frente.

Observaba, analizaba, y cuando uno de los enemigos se distrajo, lo derribó con una patada a la rodilla que lo hizo crujir y caer de lado.

Se movía con cálculo, no con ímpetu.

— El grupo de corpulentos, sin embargo, era numeroso y no tardó en desequilibrar la balanza.

Karl recibió un golpe en la espalda que lo dobló, Ravel fue sujetado por dos al mismo tiempo, y Eiden ya no podía mantenerse firme.

La mesa había volcado, los cuencos de sopa chorreaban por el suelo, y los gritos de los prisioneros se mezclaban con las carcajadas de los guardias, que seguían observando sin mover un dedo.

Fue entonces cuando una voz nueva atravesó el bullicio: -¿De verdad cinco contra unos críos?

Qué espectáculo más patético.

Un hombre alto, de cabello oscuro atado en una coleta desordenada, apareció entre las filas de mesas.

Llevaba la túnica de prisionero igual que los demás, pero caminaba con una confianza que no encajaba con nadie allí dentro.

Sus ojos brillaban con una calma peligrosa.

Uno de los corpulentos bufó.

-¿Y tú quién demonios eres?

El recién llegado sonrió apenas.

-El que va a hacer que se arrepientan de haber elegido la mesa equivocada.

Sin más aviso, se lanzó sobre ellos.

Su estilo era directo, sin florituras: un rodillazo al estómago de uno, un codazo a la mandíbula de otro.

Cada movimiento era rápido y contundente, como si supiera exactamente dónde golpear para dejar fuera de combate a alguien en segundos.

Karl, sorprendido, alcanzó a levantarse con una sonrisa ensangrentada.

-¡Me cae bien este tipo!

El comedor estalló en vítores y risas nerviosas mientras la pelea cambiaba de rumbo.

Por primera vez, los chicos no estaban solos.

— El comedor temblaba con el estruendo.

Las bandejas seguían rodando por el suelo entre charcos de sopa y sangre.

Karl rugía, repartiendo golpes sin descanso, aunque ya le costaba mantener el equilibrio.

Cada vez que acertaba uno, su respiración se volvía más áspera, más desesperada.

—¡Vamos, grandote, no te me caigas ahora!

—gritó Ravel, esquivando una silla que voló por los aires.

Eiden apenas oía.

Todo le zumbaba.

Veía borroso, pero el cuerpo seguía moviéndose por puro instinto.

Cuando un puño casi le da de lleno, Marla lo empujó a un lado y terminó ella recibiendo el golpe en el hombro.

Cayó, jadeando, pero se levantó enseguida.

Liam seguía observando, sin perder la calma, esperando los huecos.

Cuando los encontraba, golpeaba.

Preciso.

Cruel.

Rápido.

Y entonces, en medio de ese desastre, una voz tranquila atravesó el ruido.

—Se mueven bien… pero desperdician fuerza.

Cael.

Estaba apoyado en una mesa caída, con la túnica arrugada y una sonrisa que no encajaba con el caos a su alrededor.

Parecía analizar la pelea como si fuera un experimento.

Uno de los corpulentos se giró hacia él, molesto por su tono.

—¿Y vos qué mirás?

Cael se movió antes de que terminara la frase.

Le tomó el brazo, giró el cuerpo, y con un solo movimiento lo estrelló contra la mesa.

El golpe sonó seco.

El tipo no se levantó.

Karl soltó una carcajada entre dientes.

—¡Mierda, este sí sabe lo que hace!

Cael lo miró de reojo, apenas respirando más rápido.

—No es tan difícil… solo hay que pensar.

El resto de los corpulentos dudó por primera vez.

Eiden lo sintió.

El aire cambió.

Y con esa mínima duda, Ravel y Liam se movieron al unísono: uno atacó desde abajo, el otro por el costado.

En segundos, el caos empezó a inclinarse a su favor.

Por primera vez en días, ganaban.

Pero los cuerpos dolían, las heridas ardían, y las manos temblaban.

Eiden se apoyó en una mesa para no caer, con la vista fija en el suelo manchado.

Respiraba entrecortado, con el pecho apretado, el sabor a hierro en la boca.

Cael se acercó despacio, con esa misma calma suya, y le tendió una mano.

—Buen reflejo ahí atrás.

—Eiden apenas alcanzó a levantar la vista, confundido.

—Gracias… creo —murmuró, con una voz más cansada que segura.

El silencio que siguió duró poco.

Las puertas del comedor se abrieron de golpe, y los guardias entraron, pesados, con las porras en la mano.

El breve momento de triunfo se quebró como vidrio.

— El comedor aún vibraba con los ecos de los golpes.

Las mesas volcadas, platos rotos y restos de comida formaban un mosaico de caos sobre el suelo húmedo y resbaladizo.

Cada respiración era un esfuerzo; cada músculo dolía.

Eiden apenas podía mantenerse en pie.

Sus párpados pesaban como plomo, la noche anterior lo había dejado sin descanso, y cada golpe recibido en los últimos días aún se hacía sentir, punzando en costillas, hombros y piernas.

Karl jadeaba, apoyado sobre la mesa volcada, respirando entrecortado.

Sus puños estaban magullados y rojos, la sangre mezclada con sudor formaba un hilo que bajaba por su brazo.

Ravel, con la nariz sangrando y una sonrisa torcida, seguía de pie, como si el dolor fuera algo distante.

Liam, más calculador, aún estaba alerta, moviéndose con cuidado para no sobrecargar sus articulaciones adoloridas, mientras evaluaba a los enemigos que aún intentaban recomponerse.

En medio de todo, Cael permanecía firme, inmóvil, observando cada movimiento.

No parecía sentir cansancio ni dolor.

Cada golpe que daba era exacto, medido, y cada movimiento parecía predecir al siguiente enemigo.

Su calma era desconcertante.

Eiden lo miró un instante, un presentimiento incómodo erizándole la piel: había algo extraño en él.

Los guardias irrumpieron en el comedor con pasos firmes, el ruido metálico de sus botas resonando en las paredes.

Empuñaban bastones y armas eléctricas, dispuestos a detener la pelea de inmediato.

—¿Qué ha pasado aquí?

—preguntó el guardia al frente, con voz seca y autoritaria.

Karl, con los dientes apretados y los músculos doloridos, lo miró desafiante.

—Solo defendimos nuestro espacio.

Nada más.

El guardia no se inmutó.

Otros cinco más rodearon a los chicos, agarrando a Karl, Liam y Ravel con fuerza.

Karl trató de resistirse, pero cada músculo dolía demasiado.

Un bastón eléctrico hizo contacto con su espalda, dejándole un ardor que recorrió cada vértebra.

—No tienen derecho —gruñó Liam, mientras los sostenían—.

No hicieron nada realmente malo.

—Decisión del general —replicó el guardia principal, sus ojos ocultos tras el visor, inalterables—.

Los que más problemas causaron irán al bloque gris.

Los demás permanecen aquí.

Eiden frunció el ceño, incrédulo.

—¿Por qué ellos?

Yo también estuve en medio de esto, peleé.

—Eso no importa —dijo otro guardia, empujándolo suavemente hacia atrás—.

Tú y los demás no son la preocupación ahora.

Los chicos fueron arrastrados hacia la salida.

Karl miraba atrás, entre dolor y furia, viendo cómo Cael permanecía inmóvil, fuera de su alcance, observando la escena con calma inquietante.

—Espera… —jadeó Eiden—.

¿Y él?

¿Por qué no lo llevan también?

Cael levantó la mirada y, con un tono sereno, respondió: —Tal vez porque no necesito ir todavía.

Eiden no sabía si eso era una advertencia o una simple observación.

La tensión se apretaba en su pecho.

Algo no cuadraba.

Karl y Liam murmuraban entre jadeos, intercambiando miradas de preocupación mientras las puertas metálicas del comedor se cerraban detrás de ellos con un estruendo.

El camino hacia el bloque gris fue largo y silencioso.

Cada paso golpeaba los músculos doloridos, cada zumbido del campo debilitador hacía que sus cuerpos vibraran con un cansancio profundo.

El aire estaba cargado de tensión.

Karl, apoyado contra la pared del pasillo, murmuró: —Esto… huele mal.

Nada de esto tiene sentido.

Liam asintió, observando a los guardias.

—Exacto.

Si realmente fuera solo castigo, nos habrían llevado juntos.

Y Cael… —Su voz bajó a un susurro— él no está aquí.

Eso no es coincidencia.

Ravel, sangrando y respirando con dificultad, intentó bromear para aliviar la tensión, pero su sonrisa estaba forzada.

—Bienvenidos al bloque gris.

Donde los que se portan mal vienen a sufrir… y a reflexionar, supongo.

Eiden cerró los ojos por un instante, intentando ignorar el dolor que se extendía por todo su cuerpo.

Sin embargo, la sospecha de Cael no lo dejaba tranquilo.

Cada paso que los acercaba al bloque gris era como un martillo golpeando su mente: ¿qué había hecho Cael para que los guardias lo dejaran intacto?

Mientras las puertas se cerraban, dejando atrás el comedor y el eco de los últimos gritos, los chicos sentían que algo más grande estaba en juego.

Karl murmuró entre dientes, con la mandíbula tensa: —Esto no termina aquí… y quiero saber por qué él… —Señaló mentalmente a Cael—… quedó fuera de todo esto.

El bloque gris apareció finalmente ante ellos, un edificio sombrío, con rejas que absorbían cualquier luz cercana y un zumbido constante del campo debilitador.

Los guardias abrieron la puerta y los empujaron hacia dentro.

—Prepárense —dijo uno de ellos—.

Aquí aprenderán lo que significa realmente portarse mal.

Eiden y los demás intercambiaron miradas, doloridos, agotados, pero con un fuego que no se había apagado.

Sabían que este era solo un capítulo más en la prisión, pero también el inicio de algo mucho más complejo.

Cael, mientras tanto, seguía observando desde lejos, y ese misterio no haría más que crecer en sus mentes.

—

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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