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Vornex: Temporada 1 - Capítulo 88

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  4. Capítulo 88 - 88 Capítulo 88 Sombras en el bloque gris - Parte 2
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88: Capítulo 88: Sombras en el bloque gris – Parte 2 88: Capítulo 88: Sombras en el bloque gris – Parte 2 “El eco de las cadenas resonaba en el pasillo como un recordatorio constante: aquí nadie era libre, ni siquiera por un instante.” …

El pasillo olía a humedad y metal oxidado.

A cada paso, las botas de los guardias golpeaban el suelo con ese ritmo seco que anunciaba órdenes que no admitían réplica.

Karl, Liam y Ravel avanzaban esposados, las cadenas tintineando entre los ecos de la piedra.

Los empujaban sin demasiada violencia, pero con la suficiente frialdad como para que entendieran que no eran personas, sino carga.

Las antorchas, incrustadas en la pared, arrojaban una luz amarillenta que parpadeaba con cada corriente de aire.

Bajaron unas escaleras de piedra hasta que el calor del piso superior se perdió por completo.

La sensación era la de entrar en la garganta de un monstruo.

—Bienvenidos al bloque gris —gruñó un guardia mientras abría el portón principal con una palanca—.

No se hagan los valientes.

Aquí nadie dura mucho creyendo que puede desafiar las reglas.

El sonido del cerrojo al cerrarse detrás de ellos fue como una sentencia.

Los tres fueron empujados a una celda de piedra con el piso húmedo y un par de bancos metálicos sujetos a la pared.

En el centro, una argolla de hierro con cuatro cadenas mágicas descansaba esperando.

Cada una tenía una pequeña runa que brillaba de forma tenue, pulsando al compás de la respiración de los recién llegados.

Karl no necesitó preguntar nada; había estado en peores lugares, pero ese lugar tenía algo diferente.

No era una prisión común.

Era una jaula diseñada para quebrar el alma sin usar látigos.

Los guardias los ataron uno a uno.

Primero Karl, luego Liam, y por último Ravel.

Las cadenas se cerraron con un chasquido seco.

Cuando el metal tocó su piel, una corriente mínima le recorrió el brazo a Karl.

Nada grave, pero suficiente para que el músculo se contrajera solo.

—¿Qué demonios fue eso?

—gruñó, apretando la mandíbula.

El guardia sonrió sin mirar atrás.

—Un recordatorio —dijo, alejándose con calma—.

Si intentan forzar las cadenas o hacer algo fuera de lugar, recibirán una descarga.

No mata, pero duele lo suficiente como para que aprendan rápido.

Liam observó la runa de su cadena, la luz azulada que latía suave, casi viva.

—Magia conductora… —murmuró, intrigado—.

Antiguo sistema de contención.

Dicen que con cinco semanas de uso continuo puede dañar el corazón.

Karl lo miró de reojo y soltó una risa cansada.

—¿Podrías no decir cosas así cuando estoy atado a una de esas?

Me gusta mi corazón, gracias.

—Tranquilo, todavía te late —bromeó Liam, con una sonrisa leve—.

Aunque después de hoy no sé por cuánto tiempo.

—Mira quién habla, el tipo que casi se desmaya solo por ver su sangre —le devolvió Karl con una mueca burlona.

Liam rodó los ojos.

—Eso fue una vez.

Y porque tú me empujaste contra una lanza.

—Sí, pero la desvié del pecho —replicó Karl, intentando sonar orgulloso.

Ravel, desde el otro extremo, soltó una risa seca.

—Vaya, se nota que ustedes dos ya tienen historia.

—Bastante —dijo Karl, cruzando los brazos—.

Somos amigos desde hace años.

Pasamos por demasiadas estupideces juntos… y sobrevivimos a casi todas.

—Por suerte —añadió Liam, con media sonrisa—.

No sé cómo lo hace, pero Karl tiene el don de atraer el desastre.

Si hay una explosión, una maldición o una ruina inestable, seguro él la pisa.

Karl sonrió de medio lado.

—Alguien tiene que darle emoción a nuestras vidas.

El ambiente, aunque tenso, se volvió un poco más soportable.

Aquella costumbre de molestarse mutuamente era casi terapéutica.

Los dos sabían cuándo frenar y cuándo reírse, incluso en un lugar donde nadie debería hacerlo.

Ravel los observó con cierta curiosidad.

—Supongo que no soy el único que se mete en líos por instinto.

Liam levantó la mirada hacia él.

—¿Y tú?

¿Qué hacías antes de acabar aquí?

No pareces del tipo que sigue reglas.

Ravel sonrió sin humor.

—No lo era.

Antes trabajaba con un grupo de contrabandistas mágicos.

Vendíamos fragmentos de gemas, armas, cualquier cosa que tuviera valor.

Hasta que uno de los nuestros me vendió por unas monedas.

El resto ya lo puedes imaginar.

Karl lo observó con atención.

—Entonces sabes lo que es sobrevivir a la mala.

—Sí, y también sé que los que mandan aquí disfrutan viéndonos sufrir —dijo Ravel con voz baja, casi en un susurro—.

Este lugar no es una simple prisión.

Es un filtro.

Quieren ver quién se rompe primero.

El comentario cayó como una piedra en el agua.

Los tres guardaron silencio por varios segundos.

Karl cerró los ojos y respiró hondo.

La electricidad latente en las cadenas hacía que el aire oliera a ozono, como antes de una tormenta.

—Entonces no les demos el gusto —dijo al fin, con un tono firme.

Pasaron las horas.

Los guardias solo aparecieron dos veces: una para dejarles un trozo de pan duro y un recipiente con agua turbia, y otra para revisar que las runas siguieran activas.

Nadie habló demasiado después de eso.

Cada quien quedó atrapado en su cabeza, en sus pensamientos.

Liam, en voz baja, comentó: —¿Sabes qué es lo peor de esto?

Que todo parece planeado.

La pelea en el comedor, el castigo, el silencio… como si quisieran dividirnos poco a poco.

Karl abrió un ojo.

—Sí.

Pero lo que más me jode es que Cael no está aquí.

¿Por qué a él no lo trajeron?

—Buena pregunta —murmuró Liam, pensativo.

Ravel apoyó la cabeza contra la pared.

—Tal vez porque no lo necesitan aquí.

Tal vez su papel en todo esto es otro.

El resto del día fue un desfile lento de pensamientos y pequeñas conversaciones interrumpidas por el cansancio.

Cuando las luces mágicas del pasillo comenzaron a atenuarse, los tres apenas podían mantenerse despiertos.

La humedad, el frío y el eco de las descargas que daban las cadenas cuando uno se movía demasiado, hicieron del primer día una tortura silenciosa.

Karl fue el último en hablar antes de dormirse.

—Tres días, dijeron, ¿no?

—susurró, mirando el techo invisible.

Liam respondió, con voz casi apagada: —Sí.

Tres días.

Pero algo me dice que el peor todavía no empezó.

Ravel no respondió.

Ya estaba medio dormido, respirando con dificultad.

A lo lejos, el eco de unos pasos se acercó por el pasillo principal.

Era otro grupo que traían de vuelta a las celdas.

Entre los murmullos, se escuchó el nombre de Eiden.

Aquel mismo momento, en otro sector del edificio, Eiden descansaba en una camilla improvisada, con Marla y Ostic a su lado.

El general los observaba con una expresión fría, pero sin odio.

—Mañana será un nuevo día —dijo él con calma—.

Ustedes tres participarán en la próxima prueba.

Será distinta… más directa.

Prepárense.

Y sin más palabras, se retiró.

Eiden miró el techo, apretando los puños.

El eco de los grilletes en el bloque gris seguía resonando en su mente, como si las paredes del lugar aún le recordaran que el tiempo aquí no pasaba: se acumulaba.

El primer día apenas había comenzado… pero el juego, definitivamente, no había terminado.

— …

“El primer día había terminado, pero en sus mentes el bloque gris ya había dejado cicatrices que nadie vería… y el juego apenas comenzaba.”

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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