Vornex: Temporada 1 - Capítulo 89
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- Capítulo 89 - 89 Capítulo 89 El gran precio
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89: Capítulo 89: El gran precio 89: Capítulo 89: El gran precio El golpe del guardia contra los barrotes sonó tan fuerte que el aire pareció cortarse.
Eiden se sobresaltó, el eco metálico recorriendo cada rincón de la celda como un latigazo.
Marla se incorporó enseguida, el corazón acelerado.
Ostic soltó un gruñido, todavía medio dormido, pero listo para ponerse de pie.
-Hora de levantarse -gruñó el guardia, golpeando otra vez con el palo.
Dorian seguía sentado, apoyado contra la pared, con una sonrisa cansada que parecía esconder algo de tristeza.
-Hoy es su turno, muchachos.
-Su voz sonó ronca, gastada-.
Suerte…
aunque aquí la suerte es lo único que todavía pertenece a uno mismo.
Nadie respondió.
Solo se escuchó el sonido de los grilletes cerrándose, el metal chocando con metal, las cadenas rozando la piedra fría.
Los sacaron de la celda y los empujaron por un pasillo iluminado por cristales azulados.
El aire olía a polvo y óxido, mezclado con un leve aroma a ozono, como si la magia hubiera pasado por ahí demasiadas veces.
Eiden caminaba en silencio, sintiendo el peso de lo inevitable.
Marla observaba las sombras que se proyectaban en las paredes, mientras Ostic apretaba los puños, mordiéndose el interior de la mejilla para no decir nada.
Sabían que aquel día no sería una simple prueba.
Senner no repetía experimentos sin motivo.
— A medida que avanzaban, el pasillo se ensanchaba, y los cristales de las paredes brillaban más fuerte, pulsando al ritmo de sus pasos.
Marla fue la primera en romper el silencio.
-¿Saben qué clase de prueba será esta vez?
Un guardia, alto y con una cicatriz que le cruzaba el cuello, soltó una risa áspera.
-Depende de cuánto les guste mentirse a sí mismos.
Ostic torció el gesto.
-Eso no suena nada bien…
Eiden siguió mirando al frente, serio.
A cada puerta que pasaban, veía rastros de algo anterior: quemaduras negras, grietas, símbolos tallados en la piedra que parecían vibrar cuando los miraba demasiado tiempo.
Aquello no era un lugar de entrenamiento.
Era una cámara de tortura disfrazada de experimento.
El pasillo desembocó en una puerta inmensa, de acero oscuro, cubierta de inscripciones que brillaban con un tenue resplandor púrpura.
Dos guardias la abrieron con un esfuerzo evidente, y un viento helado los recibió desde el otro lado.
— La sala era inmensa y circular.
Doce pilares de piedra se alzaban alrededor, y en cada uno estaba tallado un ojo -perfectamente detallado- que los observaba desde las alturas.
Incluso cerrados, se sentía su presencia.
En el centro, Senner los esperaba.
Su bata gris estaba impecable, y la sonrisa en su rostro era delgada, contenida.
-Bienvenidos -dijo, con voz suave, casi amable-.
A la Cámara de la Verdad.
Marla frunció el ceño.
-¿La verdad?
¿Qué clase de prueba es esta?
Senner caminó lentamente hacia ellos, con las manos a la espalda.
-Una muy sencilla.
Cada uno de ustedes será sometido a una serie de preguntas.
Si responden con la verdad, nada ocurrirá.
-Y si no…
-interrumpió Ostic.
-Entonces, el ojo correspondiente se activará.
-¿Y qué hace?
-preguntó Eiden, aunque ya intuía la respuesta.
Senner sonrió con serenidad.
-Siente.
Y castiga.
Las luces de los cristales del techo se atenuaron.
Los ojos comenzaron a abrirse, uno a uno, como si despertaran después de siglos.
— Las preguntas empezaron.
-¿Confías en tus compañeros?
Ostic fue el primero en responder.
-Sí.
Un destello azul iluminó la sala.
El ojo sobre él se abrió más, y una corriente eléctrica le recorrió el cuerpo.
Cayó de rodillas, mordiéndose el labio para no gritar.
Senner observó el fenómeno con interés.
-Curioso.
Las palabras dicen una cosa…
el corazón, otra.
Marla avanzó un paso.
-¡Déjalo en paz!
Otro ojo se encendió.
Una descarga azul la sacudió y la obligó a retroceder.
Senner levantó un dedo.
-Interferencia no autorizada.
El silencio volvió a caer sobre la cámara.
Eiden miraba a ambos lados, los músculos tensos, sintiendo cómo las runas del suelo vibraban bajo sus pies.
-¿A quién culpas por estar aquí?
-preguntó Senner.
Ostic respiró hondo, todavía de rodillas.
-A ti.
El ojo sobre él parpadeó, pero no lo castigó.
Senner sonrió apenas.
-Eso sí fue honesto.
Luego se volvió hacia Marla.
-¿Si pudieras salvar solo a uno de los dos, a quién elegirías?
Marla lo miró con odio.
-A ninguno.
Los dos saldremos juntos.
El ojo se abrió, y una descarga la sacudió de nuevo, haciéndola gritar.
Senner anotó algo en una hoja.
-Mentira disfrazada de esperanza.
Interesante patrón emocional.
Eiden cerró los puños, sintiendo cómo la ira lo recorría.
No era solo un experimento: era una disección emocional, un juego cruel de control.
— -Tu turno, Eiden -dijo Senner finalmente.
El ambiente cambió.
Las luces se apagaron casi por completo, y el ojo frente a él comenzó a brillar con una intensidad diferente, como si lo reconociera.
-¿Quién eres, realmente?
-preguntó Senner.
Eiden sintió que el aire se volvía más denso.
La voz de Senner parecía venir desde dentro de su cabeza.
Sabía la respuesta.
Pero algo dentro de él -algo profundo, antiguo, que no comprendía del todo- lo detuvo.
El ojo se abrió por completo.
Una luz blanca lo envolvió, quemando cada nervio, cada pensamiento.
Marla gritó su nombre, intentando correr hacia él, pero las runas la sujetaron en el sitio.
Ostic intentó romper las cadenas con pura fuerza, pero la energía lo devolvió al suelo.
Senner lo observaba en silencio, con esa calma enfermiza que lo hacía parecer más espectro que humano.
-Fascinante…
-susurró.
El brillo se expandió por toda la sala, hasta que los demás tuvieron que cerrar los ojos.
Un sonido profundo resonó, como un corazón latiendo dentro de la piedra misma.
Y luego, silencio.
— …
Eiden cayó de rodillas, jadeando.
El aire olía a polvo y magia quemada.
Los ojos, uno a uno, comenzaron a cerrarse lentamente, apagando su luz.
Senner anotó algo más en su cuaderno y murmuró: -Interesante…
el patrón de reacción no se repite.
Exactamente como el sujeto anterior.
Los guardias entraron y empezaron a encadenarlos de nuevo.
Marla se arrodilló junto a Eiden, todavía temblando por las descargas.
-Tranquilo, ya pasó…
-le dijo, aunque ni ella misma lo creía.
Eiden levantó la vista hacia el techo.
Aún podía sentir los ojos mirándolo, incluso cerrados.
Como si algo de ellos se hubiera quedado dentro de su mente.
La cámara se oscureció del todo.
Senner permaneció solo, observando el registro mágico de energía que flotaba sobre su mesa.
Una figura humana hecha de luz titilaba entre líneas y pulsaciones inestables.
-Así que eso es lo que ocultabas…
-susurró con una sonrisa-.
No eres como los demás.
La luz se extinguió.
Y el silencio volvió a llenar la Cámara de los Ojos.
— Senner chasqueó los dedos y el silencio se rompió.
Las runas del suelo se apagaron lentamente, dejando escapar un vapor tenue que olía a metal caliente.
-Cinco minutos -anunció, sin levantar la voz.
El tono fue tan frío que ni parecía una muestra de compasión; más bien sonaba como una simple fase del procedimiento.
Los guardias aflojaron parcialmente las cadenas.
Marla se dejó caer contra el suelo, respirando agitada.
Ostic se mantuvo sentado, con la cabeza baja, observando sus manos temblar.
Eiden seguía inmóvil, con la mirada perdida en la piedra frente a él.
Todavía sentía esa vibración eléctrica recorriéndole la columna, como si algo se le hubiera incrustado en la piel.
-No fue una descarga normal…
-murmuró Ostic, apenas audible-.
Sentí…
algo más.
Como si te miraran por dentro.
Marla levantó la vista hacia él.
-Te vieron mentir.
-No mentí -respondió de inmediato, casi ofendido-.
Pero ese lugar no necesita que lo hagas para castigarte.
-Entonces es peor -susurró ella.
Senner caminaba lentamente en círculos, con las manos a la espalda, observando el dispositivo de energía flotando sobre una mesa metálica.
Los registros de la prueba seguían ardiendo en un tono anaranjado, mostrando líneas irregulares que se movían como un pulso vivo.
El científico sonrió apenas.
-El ojo responde a emociones reprimidas…
no a mentiras.
Por eso duele más.
-Eso no es una prueba -replicó Marla, con la voz entrecortada-.
Es tortura.
-No lo entiendes -respondió Senner sin siquiera mirarla-.
La verdad no se obtiene con palabras.
Se extrae.
Eiden apenas la escuchaba.
Sentía un eco constante en la cabeza, como si el ojo siguiera hablándole sin sonido.
Cada respiración lo hacía temblar.
Un pensamiento fugaz cruzó su mente: me reconoció.
Senner miró el reloj de arena que tenía sobre la mesa.
El último grano cayó.
-El descanso terminó.
Los guardias dieron un paso al frente.
Marla apretó la mandíbula, Eiden levantó la vista, y Ostic soltó un suspiro resignado.
-Segunda ronda -anunció Senner, volviendo a su tono formal-.
Pero esta vez no habrá mentiras…
porque el ojo ya los conoce.
Los doce pilares se iluminaron al mismo tiempo.
Los ojos se abrieron, todos.
Y la Cámara de la Verdad volvió a despertar.
— Las luces se intensificaron hasta que el suelo parecía latir.
Las runas que antes eran azules se tornaron rojas, y el aire vibró con un zumbido bajo, como si la cámara respirara.
Senner se acomodó frente a los tres, con el registro flotando a su lado.
-No habrá preguntas directas esta vez -dijo, sin emoción-.
El ojo ya conoce sus respuestas…
ahora quiere verlas.
Marla tragó saliva.
Ostic cerró los puños.
Eiden no dijo nada.
Uno de los pilares se iluminó.
El ojo en su superficie giró lentamente, deteniéndose frente a Marla.
Una voz resonó, pero no provenía de ningún lado; estaba dentro de su cabeza.
> “¿A quién perdiste por última vez…
y todavía culpas por ello?” Marla sintió cómo el aire desaparecía.
Un recuerdo invadió su mente: el rostro de su hermano, su mano soltándose entre las llamas.
Las lágrimas le ardieron, pero no cayó.
El ojo parpadeó una vez, como satisfecho, y la dejó en paz.
Senner anotó algo.
-Nivel de represión: elevado.
Capacidad emocional intacta.
Interesante.
Otro ojo giró hacia Ostic.
Su luz era más densa, más pesada.
> “Dijiste que no mentiste.
Pero pensaste en huir solo.
¿Lo harías otra vez?” El hombre apretó los dientes.
Una descarga leve le recorrió el pecho, como una advertencia.
-No lo haría -dijo con esfuerzo.
El ojo no reaccionó.
-No -repitió-, no lo haría.
La descarga cesó.
Pero su respiración quedó quebrada.
Senner ni siquiera pestañeó.
-Instinto de supervivencia dominante -susurró, escribiendo rápido-.
Aún moldeable.
Luego levantó la vista.
Los ojos del resto de los pilares se movieron hacia Eiden, todos a la vez.
El aire se volvió pesado, como si la presión aumentara.
Eiden dio un paso atrás sin darse cuenta.
La luz blanca volvió, la misma de antes.
> “¿Quién eres realmente?” El tono era idéntico al de la primera ronda, pero ahora había algo más: una curiosidad viva, casi humana.
Eiden apretó los puños.
-Ya respondí eso.
> “No dijiste la verdad.” Su respiración se aceleró.
Las runas del suelo temblaron.
> “Tu nombre…
no pertenece a este lugar.” Marla lo miró, confundida.
-¿Qué significa eso?
-preguntó, pero Senner no respondió.
Eiden trató de hablar, pero las palabras no salían.
Sentía como si algo dentro de él se resistiera.
Un peso antiguo.
Las luces parpadearon.
> “No temes morir aquí.
Temes recordar de dónde vienes.” El ojo se abrió de golpe, liberando una ráfaga de energía que empujó a todos hacia atrás.
Marla gritó su nombre, Ostic cayó al suelo, y Senner observó con un brillo de emoción en los ojos.
-Increíble…
-murmuró-.
El vínculo responde incluso sin estímulo externo.
Eiden se sujetó el pecho.
Una imagen fugaz cruzó su mente: un cielo verde, una torre destruida, y un nombre que no era el suyo.
La energía se desvaneció de golpe.
El ojo se cerró, lentamente.
Solo quedó el eco de una respiración pesada y el olor a piedra quemada.
Senner se acercó despacio, con su libreta en mano.
-No lo sabes todavía…
pero tu mente está dividida -dijo con voz baja, casi paternal-.
Eso te hace…
fascinante.
Los guardias permanecieron firmes, sin entender nada.
Marla ayudó a Eiden a levantarse, y Ostic miró al suelo, en silencio.
Senner dio media vuelta.
-Llévenlos de regreso.
El experimento ha terminado.
Los ojos se cerraron uno a uno, como párpados cansados después de observar demasiado.
Y el eco de esa última frase del ojo, “Tu nombre no pertenece a este lugar”, siguió resonando en la mente de Eiden incluso cuando las puertas se cerraron tras él.
— Las gradas rugían.
El polvo todavía flotaba sobre el campo donde Eiden, Marla y Ostic habían sobrevivido al último reto.
Algunos espectadores reían, otros aplaudían, y unos pocos simplemente observaban con esa curiosidad morbosa que se confunde con entusiasmo.
Senner levantó una mano, calmando a la multitud con su sola presencia.
-Cinco minutos de descanso -ordenó-.
Luego…
continuaremos con el segundo reto.
Los guardias se movieron de inmediato, arrastrando cuerpos, limpiando rastros de sangre y preparando el terreno.
Eiden jadeaba, el sudor bajándole por la frente; Marla miraba el suelo, intentando controlar su respiración; y Ostic, apoyado en una rodilla, murmuró algo entre dientes.
Dorian, detrás de las rejas, solo alcanzó a gritarles: -¡No se rindan!
¡Aguanten un poco más!
Las puertas de hierro se cerraron y el sonido resonó como un golpe seco de destino.
Afuera, el público pedía más.
Senner dio media vuelta.
-Prepárenlos a los siguientes -ordenó a un guardia-.
La gente vino a entretenerse, y no pienso decepcionarlos.
Subió los escalones hasta su fortaleza: una mezcla de castillo y base fortificada, con columnas metálicas, braseros encendidos y el olor agrio de la piedra húmeda.
Cerró las puertas tras de sí y respiró hondo.
El ruido del público se desvaneció.
Solo quedó el silencio, y el peso del papel.
Se sentó frente a una enorme mesa de madera cubierta de anotaciones, nombres tachados y cifras.
Monedas, fechas, gastos, ingresos.
Todo apuntaba a una sola cosa: deuda.
-Maldita sea…
-murmuró-.
Si no pago esta semana, él vendrá a cobrarlo a su manera.
El sonido de las puertas abriéndose de golpe lo interrumpió.
Un eco retumbó por todo el salón.
-Ya era hora de que me dejaras pasar, Senner -dijo una voz con burla elegante.
Era Selindra.
Su presencia llenaba el aire de una energía incómoda: una mezcla de belleza peligrosa y desinterés absoluto.
Caminaba con paso firme, las botas resonando contra el suelo de mármol.
-Viniste antes de lo que esperaba -respondió Senner, forzando una sonrisa-.
Pensé que podrías darme unos días más.
-¿Unos días más?
-rió con ironía, cruzándose de brazos-.
Ya me debías desde el mes pasado, y ahora también el de este.
No vine a conversar, vine a cobrar.
Senner apretó los puños.
-Te pagaré el doble…
pero necesito tiempo.
-Tiempo -repitió ella, casi con desprecio-.
Siempre lo mismo.
¿Sabes qué es lo peor?
Que todavía te creo capaz de prometer algo que nunca cumples.
Selindra lo miró fijo, con ese brillo de alguien que disfruta ver al otro al borde.
-Si para la próxima semana no me pagas, se acabó nuestra alianza.
Y te las arreglas solo para conseguir tus preciosos “reclutas”.
Dio media vuelta para marcharse, pero antes de salir, agregó sin mirar atrás: -Tu “show” se está volviendo aburrido.
Si la gente deja de pagar, no solo te quedarás sin monedas…
también sin cuello.
Las puertas se cerraron de golpe, y el silencio volvió, esta vez más pesado.
Senner se quedó quieto, mirando la mesa llena de nombres y números.
Luego susurró, casi para sí: -Tengo que conseguir más…
más sangre, más espectáculo…
o ese bastardo me arrancará la cabeza.
Apretó una hoja donde estaba escrito algo con tinta oscura: “Él y su grupo no perdonan.” Y mientras afuera el público seguía gritando, Senner volvió a mirar el anfiteatro desde su ventana.
Sonrió, pero su mirada no tenía placer, sino miedo disfrazado de control.
-La función debe continuar -dijo en voz baja.
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