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Vornex: Temporada 1 - Capítulo 91

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  4. Capítulo 91 - 91 Capítulo 91 Unión en la prisión
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91: Capítulo 91: Unión en la prisión 91: Capítulo 91: Unión en la prisión En el vacío donde nada debería existir, algo se agitó.

La prisión dimensional tembló como si respirara.

Entre las sombras eternas, una voz baja, más vieja que la propia materia, murmuró: “No me olvidaron…

pero sí me subestimaron.” …

Dark levantó la cabeza.

Sus cadenas brillaban con un fuego negro que devoraba la luz que lo contenía.

Desde hacía eones, cada intento de escapar había sido en vano… hasta ahora.

Un destello rojo atravesó la oscuridad.

No era un grito ni una explosión, sino un pulso.

Una fracción ínfima de su energía se filtró a través de las grietas del sello.

Esa pequeña fuga no tenía forma, ni dirección.

Simplemente viajó, como un soplo de humo arrastrado por corrientes invisibles.

Y en su viaje, tocó mundos enteros.

En algunos dejó un eco; en otros, una sombra.

Y cuando cruzó el límite del planeta Velthar, se disipó en la atmósfera como un sueño olvidado…

pero no sin antes dejar una huella.

— Eiden soñó con un campo vacío, cubierto por un cielo gris.

En el horizonte había una figura…

no podía verla del todo, pero sentía que lo observaba desde dentro de su mente.

La figura habló, pero sin mover los labios.

“Ya lo abriste, ¿verdad?” Eiden quiso preguntar qué, pero la voz se deformó y el suelo se abrió bajo sus pies.

Despertó jadeando, empapado en sudor.

Marla se incorporó al mismo tiempo, llevándose una mano al pecho.

Había soñado con lo mismo: un vacío, una presencia.

Ravel, en el bloque gris, abrió los ojos con un grito seco.

Liam también se levantó sobresaltado, con la respiración agitada.

Incluso Karl se quedó un rato sentado, mirando el suelo, con una expresión ausente que no había tenido nunca.

Ninguno dijo nada.

Nadie quería admitir que había sentido… lo mismo.

Y sin embargo, algo en el aire de esa mañana estaba distinto.

— El sonido del hierro abriéndose rompió el silencio como un trueno.

Las celdas se abrieron con un chirrido largo y agudo, distinto al de siempre, más…

tenso.

Eiden levantó la cabeza, todavía medio dormido.

Marla se frotó los ojos, notando el olor metálico en el aire.

Había más guardias de lo habitual patrullando, todos con una seriedad que pesaba en el ambiente.

Nadie hablaba.

Nadie sonreía.

Ostic, sentado en su rincón, lo notó también.

—Esto no es rutina —murmuró, viendo cómo un grupo de guardias revisaba los barrotes como si esperaran que algo estuviera mal.

Eiden asintió.

—Tienen miedo.

—¿De qué?

—preguntó Marla.

Eiden la miró por un momento, serio—.

De nosotros.

A la distancia, Cael caminaba entre los prisioneros con la misma expresión tranquila de siempre, pero sus ojos estaban más atentos que nunca.

Se detenía de vez en cuando a observar, a escuchar conversaciones a medias, como si cazara una palabra específica.

Dorian apareció entre la multitud, y apenas se acercó a Eiden y los demás, susurró: —Hablé con Yon.

Los tres se giraron de inmediato.

—¿Y?

—preguntó Marla, bajando la voz.

—Aceptaron incluirnos en su plan.

Pero quieren ver si pueden confiar en nosotros primero.

No confían en nadie…

y sinceramente, no los culpo.

Marla respiró hondo.

—Entonces, ¿qué sigue?

—Nada, por ahora.

Mantenernos tranquilos.

Yon dijo que pronto dejarán señales, pero que no las toquemos si no estamos seguros.

Están vigilando todo.

Eiden observó alrededor.

Los ojos de Cael se cruzaron con los suyos por una fracción de segundo.

No fue una mirada cualquiera; fue una advertencia silenciosa.

Eiden fingió no notarlo, pero sintió la presión clavarsele en el pecho.

Había algo en ese tipo que lo inquietaba, algo que no encajaba con los demás prisioneros.

—Nos están observando —dijo, apenas audible.

—¿Quiénes?

—preguntó Ostic.

—Todos.

El desayuno llegó más tarde de lo normal.

La fila se movía despacio, mientras los guardias revisaban a cada uno con más detenimiento de lo habitual.

A Eiden le pareció escuchar el sonido de una puerta metálica abrirse en la zona superior, donde se encontraba el puesto de control.

Arriba, Cael observaba desde la baranda, con las manos detrás de la espalda, junto a tres figuras desconocidas.

—El orden trae paz —comentó uno de los guardias, en tono burlón.

—No —respondió Cael, con una media sonrisa—.

El orden…

revela quién intenta romperlo.

— Luego los prisioneros fueron trasladados una última vez al patio de la prisión, antes de ir a dormir.

El aire del patio estaba más denso que nunca, cargado de ese olor a hierro viejo y ceniza que parecía impregnarlo todo.

El sol apenas se filtraba entre las rejas altas, dejando sombras que se movían lentas sobre la tierra compacta.

Eiden estiró los brazos, sintiendo los músculos tensos después de días de encierro.

Marla se sentó en una banca de piedra, girando una ramita entre los dedos como si quisiera distraerse, y Ostic caminaba en círculos, con la mirada perdida pero el oído atento a cualquier palabra suelta.

—Parece que hoy el cielo también está preso —murmuró Marla, observando las nubes grises que se deslizaban lentas.

—O que se está preparando para mirar algo que no quiere perderse —respondió Eiden, medio en broma, medio en serio.

Dorian estaba al otro extremo del patio, hablando con dos guardias.

Su tono era bajo, casi secreto.

Desde que les habló del grupo rebelde que actuaba dentro del sistema de vigilancia, Eiden no había dejado de pensar en eso.

Un grupo dentro del mismo infierno, intentando abrir una grieta desde adentro… eso podía cambiarlo todo.

O al menos, eso querían creer.

—¿Tú le creés?

—preguntó Ostic, sin dejar de moverse.

—No lo sé —dijo Eiden—.

Pero si hay una mínima posibilidad de que sea cierto, tengo que hacerlo.

No pienso quedarme esperando otro turno para morir acá.

Marla suspiró, bajando la vista hacia el polvo entre sus botas.

—Si ese grupo existe, deben estar jugando con fuego.

Y nosotros… ya estamos bastante quemados.

El silencio volvió a apoderarse del lugar.

Los gritos de otros prisioneros se oían a lo lejos, pero en ese rincón, era como si el tiempo se hubiera detenido a propósito.

Una paloma se posó en la baranda del muro y los miró un segundo antes de salir volando.

Fue un gesto mínimo, pero Eiden lo sintió como un recordatorio: incluso las criaturas más pequeñas sabían cuándo escapar.

Dorian regresó con el ceño fruncido.

—Esta noche no habrá guardias en el corredor sur.

—Su voz era casi un susurro, pero se clavó en el aire como una orden.

—¿Y eso cómo lo sabés?

—preguntó Ostic, incrédulo.

—Porque uno de ellos… es parte del grupo.

Y me lo acaba de confirmar.

Eiden se levantó despacio, como si la gravedad de esa frase le hubiera golpeado las piernas.

—Entonces… es hoy.

—Sí —afirmó Dorian, sin pestañear—.

O salimos de aquí s, o dejamos que nos entierren con el resto.

Marla apretó los puños.

No dijo nada, pero sus ojos hablaban por ella.

El miedo estaba ahí, sí, pero debajo de él había algo más antiguo: determinación.

El sol seguía bajando, tiñendo el muro de un color anaranjado casi enfermo.

El día moría lento, como si el mundo supiera que esa sería su última calma antes del ruido.

Eiden respiró profundo.

—Entonces comamos algo.

—Forzó una sonrisa cansada—.

No quiero morirme con el estómago vacío.

Marla soltó una risa breve, seca, y Ostic negó con la cabeza, sonriendo apenas.

Caminaron hacia el comedor, mezclándose con otros reclusos.

Nadie sospechaba nada.

A simple vista, era otro día cualquiera en la prisión.

Pero bajo esa calma… algo ya estaba por estallar.

— El patio estaba más vivo que nunca, aunque nadie se movía con alegría.

La tensión podía cortarse con un cuchillo.

Eiden, Marla, Ostic y Dorian se habían agrupado en un rincón, observando cada movimiento de los guardias.

Los rayos de sol dibujaban líneas irregulares en el suelo polvoriento, haciendo que todo pareciera un tablero de juego gigante.

Cael apareció de repente, caminando con calma entre los presos, pero sin cruzar la línea de los guardias.

Su paso era seguro, casi hipnótico, y su voz bajó lo suficiente como para que solo ellos escucharan: —Parece que hoy todo puede cambiar para ustedes —dijo, con una sonrisa que no llegaba a los ojos.

Eiden lo miró con desconfianza.

—¿Y tú qué quieres?

—Nada más que… ayudarlos —respondió Cael—.

Sé quiénes están en el bloque gris, sé lo que los mantiene ahí.

Y puedo darles la información correcta para liberarlos.

Dorian intercambió una mirada rápida con Eiden y Marla.

—¿Cómo podemos saber que no nos estás manipulando?

Cael se detuvo, poniendo las manos en alto, mostrando que no llevaba armas ni cadenas.

—No me necesitan a mí para creer.

Solo observen esto —dijo, señalando una abertura secreta que pasaba desapercibida a la vista común—.

Puedo guiarlos hasta un punto donde los guardias no miran y desde allí podrían entrar al bloque gris sin ser vistos.

Marla frunció el ceño.

—¿Y qué quieres a cambio?

—Nada que no puedan dar —respondió Cael—.

Solo confíen en que el tiempo juega en su favor si actúan juntos.

Eiden lo estudió.

Cada palabra, cada gesto.

Sabía que no podían confiar completamente, pero tampoco podían ignorar la información que podría salvar a Karl, Liam y Ravel.

—Si esto funciona, tendrás que responder por tus actos —dijo, con firmeza.

—Eso está claro —respondió Cael con una inclinación leve de cabeza.

Dorian finalmente habló: —Si decimos que confiamos… ¿qué pasa después?

—Después —dijo Cael, bajando la voz y acercándose un poco más—, los ayudamos a organizar un plan.

No solo para sacarlos de ahí, sino para que todos los que quieran escapar puedan hacerlo de manera ordenada.

Pero necesito que me crean… aunque sea un poco.

Marla respiró hondo, evaluando la situación.

—Bueno… por ahora, vamos a seguirlo.

Si no hace nada útil, lo sabremos rápido.

Eiden asintió, y Ostic cruzó los brazos, aún dudoso.

—Que esto funcione —dijo—, porque no voy a repetir la oportunidad dos veces.

Cael sonrió, justo lo suficiente como para hacer que los cuatro sintieran que algo estaba cambiando en el aire.

—Entonces, por donde empezamos… Y mientras hablaban, Cael aprovechaba para leer sus gestos, medir sus dudas, registrar sus respuestas.

Cada palabra, cada mirada, alimentaba la información que él necesitaría para adelantarse al plan de escape, sin que ellos lo supieran.

El patio estaba lleno de tensión, pero una chispa de esperanza comenzó a prenderse en los ojos de los prisioneros.

Sabían que este podría ser el último día “normal”, pero también el último en el que aún podían jugar su juego con ventaja.

— Mientras el sol comenzaba a calentar el patio, Dorian se acercó discretamente a Eiden, Marla y Ostic.

—Yon quiere que vayamos con él —susurró—.

Dice que es hora de que conozcamos a su grupo y planifiquemos bien todo.

Eiden frunció el ceño, pero asintió.

—Bien.

Si esto sirve para sacar a nuestros amigos, vamos.

Se dirigieron hacia un rincón apartado del patio donde Yon esperaba con discreción.

Tras unos minutos de caminata, se encontraron con el resto del grupo rebelde: Richeld, Warquer y Marc, el líder.

Cada uno de ellos parecía calculador, alerta, como si la paranoia fuese parte de su naturaleza.

—Estos son los que van a ayudarnos a escapar —dijo Yon—.

Richeld tiene ojos por todos lados, Warquer conoce rutas y escondites, y Marc… Marc nos guía a todos.

Los cuatro del bloque normal se presentaron con cuidado.

Eiden explicó brevemente su situación y mencionó a Karl, Liam y Ravel, quienes aún estaban en el bloque gris.

—Necesitamos sacarlos de ahí —dijo—.

Son nuestros aliados, no podemos dejarlos atrás.

Marc asintió, evaluando cada palabra.

—Está bien.

Todos juntos, un solo plan.

Pero debemos ser precisos.

Cualquier error y… no habrá escapatoria.

Yon dio un paso al frente: —Tenemos rutas, horarios de guardia, puntos ciegos.

Si seguimos mi estrategia, podemos movernos como un solo grupo.

Pero necesitamos aliados dentro… y ahí es donde Cael entra.

Cael se acercó con tranquilidad, como si no tuviera prisa.

—Puedo guiarlos.

Sé cómo sortear las patrullas y los puntos de vigilancia que los guardias piensan que nadie ve.

Pero necesito que me crean lo suficiente como para seguir mis indicaciones.

Eiden cruzó la mirada con Cael.

—No te vamos a creer ciegamente.

Pero si lo que dices funciona, podremos confiar más.

—Eso me basta —replicó Cael con media sonrisa.

Durante la siguiente hora, todos trazaron rutas, analizaron horarios, determinaron puntos de encuentro y posibles rutas de escape.

Cada detalle contaba: el movimiento de los guardias, la ubicación de cámaras y runas de vigilancia, y los accesos a los bloques internos.

Incluso establecieron un plan B por si la primera opción fallaba.

—Si algo sale mal —dijo Marc—, tenemos un lugar seguro donde reagruparnos.

Y cada uno sabe qué hacer.

Eiden asintió, sintiendo que por primera vez tenían una oportunidad real.

Marla y Ostic revisaban mentalmente cada detalle, asegurándose de no olvidar nada.

Dorian escuchaba atentamente a Yon y Cael, tomando nota de cada instrucción.

Mientras hablaban, nadie notó que Cael estaba observando más de lo que aparentaba.

Cada gesto, cada señal, cada reacción era registrada.

Sonriendo para sí mismo, entendió que ya conocía la base del plan… incluso antes de que el primer movimiento comenzara.

Cuando terminaron de trazar los pasos principales, Yon asintió: —Mañana será el gran día.

Nos moveremos todos juntos, y esta vez… nada nos detendrá.

Eiden respiró hondo.

Por primera vez desde que estaban en la prisión, la esperanza tenía forma y nombre: el grupo rebelde, Cael (por ahora aliado) y la certeza de que podían intentar recuperar a sus amigos y salir de allí.

— Mientras el grupo terminaba de repasar cada detalle, Cael se acercó con una actitud relajada, casi casual.

—Bien —dijo, con voz baja para que solo ellos escucharan—, hay un par de cosas que no han notado.

Lugares donde los guardias no miran tanto, rincones donde podrían esconderse si algo sale mal.

Incluso conozco rutas de escape secundarias si los bloques se cierran antes de tiempo.

Eiden lo miró con desconfianza, pero asintió.

—Está bien, enséñanos.

Pero cada movimiento será nuestro.

Cael sonrió ligeramente y empezó a marcar con un dedo los puntos en el suelo imaginario.

—Si seguimos este recorrido, podemos llegar al bloque gris sin levantar sospechas.

Cada guardia tiene un patrón; uno que pasa por aquí, otro que hace la ronda completa cada diez minutos.

Ustedes solo deben moverse cuando los demás no miren.

Ostic frunció el ceño: —¿Y cómo sabemos que no estás jugando para ellos?

—Porque si estuviera con ellos, no estaría compartiendo esto —replicó Cael con calma—.

Por ahora, ustedes deben confiar en la información, y yo confío en que no cometerán errores.

Mientras hablaban, un par de guardias infiltrados de Cael los observaban desde los extremos del patio.

Cada movimiento, cada señal de comunicación, era registrado silenciosamente.

Ninguno de los prisioneros notaba que estaban siendo estudiados.

Dorian, atento a todo, miró a Cael con cierta precaución.

—Parece confiable… pero no bajemos la guardia —susurró a Eiden y Marla.

Cael asintió ligeramente, como si aprobara la desconfianza: —Eso es lo que me gusta.

Mantener la mente alerta es clave si quieren sobrevivir.

Con esto, el grupo cerró el último repaso antes de que el patio se vaciara y todos volvieran a sus celdas para la noche.

La estrategia estaba lista, pero nadie sospechaba que, mientras ellos planeaban su escape, Cael ya conocía cada paso que darían, cada señal que usarían.

La trampa estaba lista, solo faltaba que ellos cayeran en ella.

— El sol se ocultó y los prisioneros regresaron a sus celdas.

Eiden, Marla, Ostic y Dorian repasaron rápidamente las rutas de escape, señalando los puntos vigilados, los huecos ciegos y las posibles rutas de emergencia.

Yon y el grupo rebelde coordinaron la última sincronización del plan; Cael ofreció detalles de guardias y horarios irregulares para ganar confianza.

La cena fue rápida y tensa, y al volver a las celdas todos fingieron tranquilidad, repasando mentalmente sus roles y contingencias.

Esa noche apenas durmieron, conscientes de que al amanecer pondrían en marcha su escape definitivo.

—

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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