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Vornex: Temporada 1 - Capítulo 92

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  4. Capítulo 92 - 92 Capítulo 92 Caos
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92: Capítulo 92: Caos y libertad 92: Capítulo 92: Caos y libertad El pasillo olía a humedad y metal, y cada paso resonaba con un eco que parecía multiplicarse por toda la prisión.

Eiden, Marla, Ostic y Dorian avanzaban con sigilo, llevando consigo a Karl, Liam y Ravel recién liberados.

El corazón les latía con fuerza, conscientes de que cada segundo contaba.

Al doblar la esquina, se toparon con los bravucones del comedor.

Estaban sentados en su celda, cruzados de brazos, con una sonrisa torcida que delataba algo más que simple curiosidad.

Eiden se detuvo y los miró fijamente.

-Si no dicen nada, también los liberaré -advirtió con voz firme y controlada, intentando imponer autoridad sobre quienes antes los habían intimidado.

Por un instante, los bravucones parecieron dudar.

Pero su rencor, acumulado desde aquel enfrentamiento en el comedor, pudo más que cualquier instinto de supervivencia.

Con un grito agudo y lleno de satisfacción, uno de ellos estalló: -¡Guardias!

¡Están escapando!

El sonido resonó por el pasillo, y la reacción fue instantánea.

Los ojos de Cael se abrieron, sorprendido; no esperaba esa traición directa y tan inmediata.

Los bravucones comenzaron a reír, celebrando su venganza mientras los guardias corrían en su dirección.

Uno de ellos incluso aplaudió con satisfacción mientras pasaban por su celda.

La alarma resonó de inmediato, y desde la sala de control, el general ordenó bloquear toda la prisión.

No las puertas físicas, sino un escudo mágico que se desplegó alrededor de los muros exteriores.

La luz azul del escudo crepitaba con energía, señalando que cualquier intento de atravesar la barrera resultaría inútil.

-¡Señor, los guardias están dispersándose!

-informó un subordinado-.

Los atraparán en minutos si no nos movemos rápido.

Cael mantuvo la calma.

Su rostro mostraba serenidad, pero en sus ojos se percibía concentración absoluta.

-Escúchenme bien -dijo a Eiden y los demás-.

Nos dividiremos.

Yo guiaré a un grupo por un atajo lateral; los demás tomen la salida principal.

Así dificultamos que nos rodeen y creamos la mayor ventaja posible.

Eiden asintió, consciente de que no había vuelta atrás.

Marla y Ostic se miraron entre sí, sintiendo el peso de la decisión.

Dorian respiró profundo, repasando mentalmente cada indicio que habían visto la noche anterior: rutas de escape, zonas vigiladas, cámaras mágicas.

Todo contaba ahora.

Los bravucones, aún celebrando, comenzaron a gritar más fuerte, deleitándose en su aparente victoria.

Los guardias que habían sido alertados se movían con rapidez, y algunos se dirigieron directamente hacia el grupo de Cael y los chicos, mientras otros corrían a notificar al general.

-Están viniendo por nosotros -susurró Ostic, tensando los hombros.

-Sí, pero si seguimos el plan, podemos hacerlo -respondió Eiden, ajustando la postura, preparado para lo que viniera.

El grupo se dividió, como Cael había indicado.

Él tomó el atajo con Eiden, Marla y Ostic, moviéndose con cuidado entre las sombras y pasadizos menos vigilados.

Mientras tanto, Dorian y los demás avanzaban hacia la salida principal, generando distracción y caos entre los guardias que intentaban interceptarlos.

Desde su celda, los bravucones continuaban celebrando, sin percatarse de que su traición solo había acelerado la activación del escudo y complicaba aún más su propia situación.

La prisión ahora parecía viva, consciente de cada movimiento, y la carrera por la libertad había comenzado en serio.

Cada segundo era crucial.

Cada esquina podía esconder un guardia, una trampa, o incluso algo peor.

La tensión se palpaba en el aire y, mientras el escudo crepitaba con energía mágica, todos sabían que escapar no sería sencillo…

pero no había otra opción.

— Las luces de emergencia parpadeaban como si la prisión respirara nerviosa.

La alarma seguía sonando, pero ahora se mezclaba con el retumbar de pasos: docenas de guardias corriendo por los pasillos, dando órdenes que se perdían en el eco metálico.

El grupo avanzaba a toda prisa, dividiéndose tal como Cael había sugerido.

Él se movía adelante, con pasos firmes y un extraño control sobre el caos que los rodeaba.

Su voz, serena incluso entre el ruido, parecía ofrecer certeza en medio de la desesperación.

-Escuchen -dijo mientras se detenía junto a una bifurcación-.

Este corredor lleva directo al sistema de drenaje.

Si lo siguen, encontrarán una compuerta al final.

Está oculta, nadie la usa…

o eso creen.

Volteó hacia el grupo rebelde, encabezado por Yon.

-Ustedes vayan por ahí.

Es la mejor ruta si quieren salir sin ser vistos.

Yon asintió, confiado por la seguridad con la que Cael hablaba.

Nadie sospechó nada.

-¿Y tú?

-preguntó Dorian, dudando.

-Yo los llevaré por la salida principal -respondió Cael con naturalidad-.

Los guardias estarán concentrados en sellar el perímetro exterior.

Es más riesgoso, pero más rápido.

Si tenemos suerte, los distraeremos para que ustedes puedan salir.

El plan sonaba lógico.

Eiden lo miró, buscando alguna señal de engaño, pero no encontró nada.

Cael sonreía con ese tipo de calma que solo alguien seguro de sí mismo podía tener.

El grupo se dividió sin saberlo: -Por aquí -ordenó Yon, llevando a su grupo por el pasadizo que Cael había señalado.

El corredor era estrecho, húmedo y estaba cubierto por una tenue bruma.

Lo que no sabían era que ese “atajo” desembocaba directamente en una zona altamente vigilada, donde un escuadrón entero de guardias esperaba con las armas cargadas.

Mientras tanto, Cael avanzaba con Eiden, Marla, Karl, Liam, Ravel y Ostic por el corredor principal.

Su paso era seguro, y cada tanto se detenía para escuchar o mirar hacia los ángulos del techo, donde brillaban las cámaras mágicas.

Las luces azuladas parpadeaban, pero por alguna razón, ninguna alarma se activaba cerca de ellos.

Marla se dio cuenta.

-Las cámaras…

no nos están detectando.

Cael sonrió sin mirarla.

-Digamos que conozco cómo “confundir” sus runas de vigilancia.

Ostic lo observó de reojo.

Había algo en su tono que no sonaba del todo honesto, pero la urgencia lo hizo dejarlo pasar.

Doblaron una esquina, y el aire comenzó a cambiar.

Se escuchaban explosiones lejanas: el grupo de Yon ya había sido interceptado.

Gritos y chispas de energía mágica llenaban los pasillos al otro lado del complejo.

Eiden se detuvo un segundo, alarmado.

-¡Eso viene del drenaje!

¡Los atraparon!

Cael fingió sorpresa con un gesto perfecto.

-¡No!

-exclamó, mirando hacia atrás con una mezcla convincente de frustración y urgencia-.

¡No hay tiempo!

Si volvemos, caeremos todos.

¡Sigamos!

El grupo dudó, pero el ruido de los combates disipó toda alternativa.

Correr era la única opción.

Avanzaron más rápido, esquivando escombros y luces rojas que titilaban desde las paredes.

Las puertas metálicas comenzaban a cerrarse, una por una, impulsadas por la energía del escudo exterior que seguía reforzándose.

Cael se detuvo frente a una compuerta enorme, la salida principal.

-Aquí -dijo-.

Detrás de esta puerta está el túnel que lleva fuera del perímetro.

Mientras hablaba, un zumbido eléctrico resonó detrás de ellos.

La energía acumulada en las runas del piso comenzó a despertar, como si respondiera a una orden remota.

Ravel lo notó primero.

-Esto no es normal…

¿por qué están activando las runas aquí?

Cael bajó la mirada.

Por un instante, la máscara de serenidad se desvaneció.

-Porque alguien tenía que asegurarse de que no llegaran tan lejos.

Y antes de que nadie pudiera reaccionar, levantó el brazo.

En su mano había un arma eléctrica, una de las mismas que usaban los guardias, todavía manchada de aceite y polvo.

La había tenido desde el principio.

Apuntó directamente al pecho de Eiden.

-Lo siento -dijo, sin emoción, sin orgullo, sin remordimiento-.

Pero yo no estoy de su lado.

Un destello azul llenó el pasillo.

— El impacto del rayo hizo que el aire vibrara.

Eiden apenas alcanzó a mover el brazo cuando el proyectil lo golpeó en el hombro, lanzándolo contra la pared con un chasquido eléctrico.

El olor a ozono y piedra quemada llenó el pasillo.

Marla gritó su nombre y corrió hacia él, mientras Karl y Ravel se lanzaban hacia Cael sin pensarlo.

El traidor retrocedió un paso y disparó otra vez, haciendo que una descarga invisible los detuviera de golpe.

El suelo se encendió bajo sus pies: las runas del piso brillaban con una luz carmesí, vibrando al ritmo del hechizo de contención.

-¡No!

-rugió Ravel, intentando romper la energía con pura fuerza física-.

¡Nos vendiste, maldito!

Cael lo miró con esa calma tan suya, esa serenidad que ahora era más cruel que cualquier insulto.

-No los vendí -dijo despacio-.

Solo los usé.

Hay una diferencia.

Los guardias aparecieron al final del pasillo, armados hasta los dientes.

Las luces azules de sus lanzas mágicas se reflejaban en los muros metálicos, creando destellos que parecían cuchillas danzando.

Uno de ellos gritó: -¡Cael, retrocede!

¡Asegura a los prisioneros!

Cael bajó el arma y dio un paso atrás, dejando que los soldados avanzaran.

Eiden intentó incorporarse, el brazo entumecido por la descarga.

-¿Por qué…?

-murmuró con la voz ronca-.

¿Por qué fingir tanto?

Cael inclinó la cabeza apenas, con una mueca que no era sonrisa ni desprecio, sino algo entre ambos.

-Porque la confianza es más poderosa que la fuerza.

Me abriste la puerta tú, no ellos.

Marla lo fulminó con la mirada.

-Te vas a arrepentir.

-Quizás -dijo él con frialdad-.

Pero no hoy.

Los guardias se acercaron y descargaron sobre ellos los grilletes encantados.

Cada cierre emitió un chasquido mágico que apagó cualquier intento de resistencia.

Ravel seguía luchando, hasta que un guardia le estampó el bastón en el estómago y lo dejó sin aire.

El sonido de las compuertas metálicas sellándose resonó por toda la prisión.

Un eco grave, como un rugido de metal devorando el aire.

El escudo de contención se desplegó por completo, un domo transparente que cubría toda la estructura con un brillo azulado.

Estaban otra vez dentro.

Otra vez atrapados.

Cael los observó mientras los arrastraban por el pasillo.

Eiden lo miró una última vez.

No había odio en su mirada, solo una promesa muda, como si dijera te voy a encontrar cuando todo esto acabe.

Cael sostuvo su mirada por un segundo, y luego simplemente se dio media vuelta.

-Llévenlos al bloque gris -ordenó-.

Que el general decida qué hacer con ellos.

Los guardias asintieron, sin cuestionarlo.

Y mientras el grupo era conducido hacia la oscuridad de los corredores inferiores, un sonido nuevo se alzó en el aire…

un trueno.

— Afuera, sobre los muros de la prisión, una figura encapuchada observaba el domo azul resplandecer contra el cielo.

El viento agitaba su capa, y sus ojos, de un violeta intenso, brillaban con una furia contenida.

Selindra.

-Así que al final lo activaron -murmuró con una mezcla de desprecio y alivio-.

Perfecto.

A su lado, tres siluetas esperaban en silencio, ocultas entre las sombras de los riscos.

Uno de ellos, de voz grave y sonrisa helada, habló sin siquiera mirarla: -Haz lo que te pedí.

-No me das otra opción -respondió ella con tono seco-.

Pero cuando esto acabe, no me culpes si el caos te devora también.

El hombre soltó una leve risa.

-El caos siempre paga mejor que el orden, hermana.

Selindra alzó las manos y los símbolos mágicos comenzaron a formarse en el aire.

Círculos de energía negra con trazos dorados giraban a su alrededor, pulsando con ritmo irregular.

El domo que cubría la prisión empezó a vibrar, y el suelo tembló como si el planeta contuviera la respiración.

Dentro, los guardias comenzaron a mirar alrededor, confundidos.

Las luces parpadearon, los sistemas de seguridad fallaron y una voz distorsionada surgió del sistema de control: -Fallo de contención.

Reanálisis dimensional en curso.

Selindra apretó los dientes, canalizando más poder.

-Que se pudra tu orden, Senner…

-susurró-.

Y que todos tus prisioneros sean tu castigo.

El cielo se rajó en una línea luminosa.

El domo se fragmentó como vidrio, lanzando destellos en todas direcciones.

Y la prisión, una vez más, se hundió en el caos…

— El silencio del bloque gris pesaba como plomo.

Las luces parpadeaban, derramando destellos pálidos sobre los muros manchados de óxido.

Eiden abrió los ojos despacio, con la mente aturdida y el cuerpo entumecido.

Las runas de contención chispeaban sobre su piel, descargando una corriente que lo mantenía medio inconsciente.

Giró la cabeza.

Karl, Ravel, Liam y Marla estaban allí también, sujetos a las paredes con esas mismas marcas que les robaban la energía.

-¿Dónde…

estamos?

-murmuró Eiden, la voz rasposa.

-En el mismo infierno de antes -respondió Karl con amargura-.

Pero esta vez, Cael se aseguró de cerrar la puerta por fuera.

El nombre pesó como una piedra.

Cael.

El falso aliado que los había traicionado justo cuando creyeron que todo saldría bien.

Marla respiró hondo, mirando sus muñecas quemadas por las runas.

-No me lo creo todavía -dijo-.

Nos miraba a los ojos cuando prometió ayudarnos.

Ravel desvió la mirada, furioso.

-Era parte del juego.

Solo quería saber cómo salir, no con quién.

Nadie respondió.

Las luces volvieron a parpadear.

Por un momento, el zumbido eléctrico cesó.

Y entonces, algo tembló.

Primero fue un murmullo bajo, un sonido casi imperceptible que venía desde el fondo de los muros.

Luego, un golpe seco.

Y otro.

Hasta que el suelo entero vibró.

Eiden alzó la cabeza.

-¿Escucharon eso?

Las runas comenzaron a apagarse, una a una.

Los destellos eléctricos se disipaban como brasas en el viento.

De repente, las cadenas se soltaron con un chasquido metálico.

El aire cambió.

Se sintió distinto.

Libre.

-¿Qué demonios está pasando?

-dijo Karl, mientras caía de rodillas.

Ravel tocó el muro.

-El sello…

está muerto.

El estruendo se expandió.

Las sirenas no sonaban.

Los mecanismos se apagaban.

Y, afuera, algo estalló.

El escudo mágico que cubría la prisión se fragmentó en el cielo, como una cúpula de cristal que se hacía añicos, dejando que la luz del sol inundara cada rincón de los pasillos.

Senner golpeó los paneles con furia.

-¡No tengo cámaras!

¡No tengo sellos activos!

-bramó-.

¡Esto es imposible!

Los monitores mostraban estática, y la energía que alimentaba el sistema desaparecía como si alguien la hubiera drenado desde dentro.

-¡Cierren las puertas manualmente!

¡Todos los batallones a los corredores principales!

-ordenó.

Pero nada obedecía.

— Eiden y los demás avanzaron al pasillo, donde reinaba un caos absoluto.

Prisioneros corriendo, gritos, luz natural bañando el polvo suspendido en el aire.

El sol iluminaba las paredes rajadas y el humo que subía de los sistemas eléctricos colapsados.

Marla se cubrió el rostro.

-Esto no es casualidad.

Alguien lo está haciendo a propósito.

-Y quien sea…

nos está dando una oportunidad -dijo Eiden, ajustando los puños.

El grupo avanzó entre columnas de humo y chispas.

En cada esquina, guardias desorientados intentaban mantener el control, pero era inútil.

Las puertas de contención se abrían una tras otra, y el rugido del motín crecía.

Al girar un corredor, Senner apareció frente a ellos.

Su presencia detuvo el aire.

Estaba cubierto por un aura violeta que crepitaba como fuego vivo.

-Ustedes -dijo, con voz de trueno-.

Claro que son ustedes.

Eiden dio un paso adelante.

-No tenemos idea de qué pasa, pero no planeamos quedarnos.

Senner levantó el brazo.

-No lo harán.

El suelo se abrió bajo ellos.

Cables, energía, runas.

Todo cobró vida.

La batalla fue corta, brutal, desordenada.

Ravel se lanzó primero, bloqueando una ráfaga.

Karl y Marla lo siguieron, intentando distraerlo.

Eiden contraatacó con energía pura, sin pensar, solo por instinto.

Senner era un monstruo de precisión.

Sus ataques cortaban el aire como cuchillas.

-¡Marla, cúbrete!

-gritó Eiden, derrapando entre chispas.

Liam intentó flanquearlo, pero Senner fue más rápido.

Lo sujetó con una mano, y de las baldosas brotaron runas oscuras que lo inmovilizaron.

-Uno basta para devolver el equilibrio -murmuró el general, mientras lo aprisionaba con energía pura.

-¡Liam!

-gritó Ravel.

Karl lo detuvo a la fuerza.

-No puedes hacer nada, ¡mira cuántos vienen!

Por el pasillo se escuchaban pasos, decenas de ellos.

Los guardias avanzaban con armaduras encendidas.

Eiden apretó los dientes.

Quiso pelear, quiso quedarse, pero no podía.

No ahora.

Liam levantó la vista, sangrando por la comisura del labio, y murmuró apenas: -Váyanse…

Eiden lo entendió.

Asintió una sola vez, con el corazón hecho trizas.

-Te lo juro -susurró-.

Te sacaremos de aquí.

Y corrieron.

Los pasillos ardían.

El aire vibraba con gritos y explosiones.

Detrás, Senner rugía, su poder desbordando la estructura mientras los guardias intentaban contener el caos.

Cuando cruzaron la última puerta, la luz del día los cegó como un milagro.

El aire libre.

El calor suave del sol y el olor a tierra y humo.

La prisión, detrás, ardía con un resplandor anaranjado, iluminando los alrededores y proyectando largas sombras de sus muros destruidos.

Marla cayó de rodillas, respirando con dificultad.

-No puedo creer que lo logramos…

-susurró.

Eiden, mirando hacia el fuego, apretó el puño.

-No lo hicimos todos.

— A lo lejos, en lo alto de una colina iluminada por el sol, cuatro figuras observaban la escena.

Selindra mantenía los ojos fijos en el horizonte, viendo cómo los escudos se desintegraban y la prisión caía sobre sí misma.

A su lado, su hermano y dos aliados más vigilaban con cautela.

La luz del día hacía que sus siluetas parecieran sombras alargadas sobre la tierra seca.

-Funcionó -dijo Selindra, con voz serena, casi aliviada.

Hiban permaneció serio.

-Y nadie sabrá que fuimos nosotros.

Ella sonrió apenas, sin apartar la vista.

-Por ahora.

Abajo, Eiden, Karl, Ravel y Marla se perdían entre los árboles y caminos de tierra.

La luz del día los acompañaba, prometiéndoles libertad…

al menos por un instante.

—

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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