Vornex: Temporada 1 - Capítulo 93
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- Capítulo 93 - 93 Capítulo 93 Reencuentros
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93: Capítulo 93: Reencuentros 93: Capítulo 93: Reencuentros El sol iluminaba las colinas de Velthar, tiñendo de dorado las copas de los árboles mientras el grupo avanzaba entre los matorrales.
El aire olía a tierra húmeda y a ceniza; la prisión derrumbada aún parecía emitir un eco de caos desde lejos.
A lo lejos, se percibían movimientos y gritos.
Varios prisioneros corrían entre los bosques, celebrando su libertad.
Entre ellos, surgieron rostros conocidos: Yon, Marc, Dorian, Ostic y los demás miembros del grupo rebelde.
El reencuentro estuvo cargado de alivio y tensión a partes iguales.
Marc fue el primero en acercarse al grupo.
Su expresión era seria, evaluadora.
-¿Y los demás?
¿Dónde está Liam?
-preguntó, la preocupación surcando su rostro.
Eiden intercambió una mirada con Karl y Marla.
-Lo atraparon -dijo, con un hilo de voz-.
Pero no está solo.
Hay otros prisioneros encerrados con él.
Marc frunció el ceño, procesando la información.
-Entonces tenemos que prepararnos.
No podemos simplemente lanzarnos allí.
Necesitamos ser más fuertes, entrenarnos antes de intentar rescatar a Liam y a los demás.
La mención de Cael hizo que todos se tensaran.
Ravel se cruzó de brazos.
-Escuché historias…
dicen que es el guardia más peligroso de todo el ejército de Senner.
No podemos enfrentarlo sin estar preparados.
-Entonces entrenaremos -dijo Eiden con firmeza-.
Necesitamos ser capaces de volver y sacar a todos de ahí.
Marc asintió y añadió: -Conozco a alguien que puede ayudarnos.
Su nombre es Orión.
Puede entrenarlos y mejorar sus habilidades.
Karl levantó una ceja, sorprendido.
-Orión…
yo lo conocí.
Me entrenó junto a Suli.
Sé cómo trabaja y confía en quienes realmente tienen potencial.
-¿En serio?
-Eiden se acercó, con los ojos brillando de interés-.
Entonces sabrás qué esperar.
-Sí -respondió Karl, serio-.
Pero no será fácil.
Ni para mí, ni para nadie.
El grupo se detuvo un momento, evaluando el camino que tendrían por delante.
La conversación se tornó estratégica: rutas, recursos, quién podía resistir más, quién necesitaría apoyo.
La tensión creció, porque todos sabían que no sería sencillo.
Marla, viendo la tensión entre Eiden y Karl, intervino.
-Solo asegúrense de no matarse antes de empezar el entrenamiento, ¿vale?
-dijo, con un hilo de humor que no logró ocultar su preocupación.
El grupo comenzó la marcha hacia el lugar donde se encontraba Orión, atravesando colinas y valles, cada paso acercándolos a un entrenamiento que prometía transformar su fuerza y prepararlos para la futura confrontación con Senner y Cael.
Ya en camino, los primeros roces surgieron de inmediato: Eiden y Karl discutían sobre métodos de entrenamiento, estrategias de combate y prioridades, a veces alzando la voz, otras limitándose a miradas tensas y gestos de frustración.
— El camino hacia el Reino de Beinever se extendía entre colinas y bosques densos, con los rayos del sol atravesando los árboles y marcando sombras sobre la tierra.
Eiden y Karl caminaban al frente, atentos a cada ruido, cada movimiento extraño entre los arbustos.
-No tenemos idea de dónde se encuentra Orión exactamente -dijo Eiden, con el ceño fruncido-.
Pero si llegamos a Beinever, Suli podrá decirnos dónde encontrarnos con él.
Karl asintió, manteniendo la vista fija en el horizonte.
-Exacto.
El rey Gimson vive allí, y si Orión está por esa zona, Suli lo sabrá.
Será nuestra mejor opción para localizarlo sin arriesgarnos a caminar a ciegas.
Marla caminaba junto a ellos, con los brazos cruzados, observando a sus compañeros.
-Esto no va a ser fácil.
Cada paso nos acerca a Orión, sí, pero también nos expone.
No sabemos quién podría estar vigilándonos.
Ravel y Dorian intercambiaron una mirada.
-Tenemos que mantenernos alerta -dijo Dorian-.
No solo por los guardias de Senner, sino por Cael.
Sabemos que nos estará siguiendo de algún modo.
El grupo avanzó con cautela, trazando rutas que les permitieran cubrirse si fueran vistos.
Cada cruce de senderos y cada pueblo en la distancia era una oportunidad de descanso…
y un posible peligro.
-Cuando lleguemos a Beinever -intervino Karl-, necesitamos una estrategia clara.
Suli nos dará la ubicación de Orión, pero también debemos planear cómo reunirnos sin llamar la atención.
Eiden respiró hondo.
-Entonces vamos.
Cada minuto que perdemos nos acerca más a nuestros enemigos y a Liam.
No podemos fallar.
Los árboles comenzaron a abrirse y el paisaje se volvió más claro, dejando ver colinas suaves y el brillo lejano de un río serpenteando hacia el Reino de Beinever.
A lo lejos, una torre se alzaba como señal, un recordatorio de que estaban cada vez más cerca de su destino.
El grupo continuó su marcha, consciente de que cada decisión contaba, que cada paso podía acercarlos a Orión…
o a un peligro inesperado.
— El grupo caminó durante horas por el sendero cubierto de hierba seca, dejando atrás el caos y el polvo de la prisión.
A lo lejos, las murallas de Beinever se alzaban como un suspiro de esperanza.
El aire olía a humo de forja y pan recién hecho, y por primera vez en mucho tiempo, se sentían casi… libres.
Cuando cruzaron las puertas del reino, fueron recibidos con sorpresa y alivio: Suli los esperaba, acompañada de su inseparable grupo —Varka, Drosk, Teneb y Selanne—, junto a Alis, Paul, Nyrek y el mismísimo rey Gimson, que los observaba con una mezcla de orgullo y preocupación.
El ambiente se volvió más serio cuando el monarca dio un paso al frente.
—¿Y Liam?
—preguntó, con voz grave, mirando a cada uno de los sobrevivientes.
El silencio que siguió fue casi insoportable.
Nadie se animaba a hablar.
Finalmente, Eiden respiró hondo y dijo con pesar: —Lo tienen… Senner lo capturó.
La mirada del rey se endureció.
Suli bajó la cabeza, apretando los puños.
—No podemos dejarlo así —dijo Eiden, con una furia contenida que apenas podía dominar—.
Pero antes… necesitamos fuerza.
Mucha más.
Fue entonces cuando Karl habló de lo que todos venían pensando desde hacía tiempo: Orión.
Suli levantó la vista, sorprendida.
—¿Orión?
Hace días que no lo veo, pero si sigue sus costumbres, debe estar cerca del lago al norte.
Suele aislarse allí cuando entrena.
Marla, aún con la ropa hecha trizas y el rostro cansado, dio un paso adelante.
—Entonces iremos.
No pienso quedarme quieta mientras ese bastardo tiene a Liam.
El grupo intercambió miradas.
La decisión estaba tomada.
Mientras tanto, Ostic, Dorian, Marc, Yon, Warquer y Richeld liberados, decidieron quedarse en el reino para descansar.
Estaban exhaustos, física y mentalmente.
El rey Gimson los escuchó con atención, y con esa calma que imponía respeto, dijo: —Han pasado demasiado.
Este reino es su casa por ahora.
Descansen.
Y… si llega el día en que tengan que volver a luchar, Beinever los recibirá con los brazos abiertos.
El viejo monarca, previendo su regreso, había mandado a preparar nuevas vestimentas para ellos.
Cuando los chicos se vieron frente a las prendas limpias y resistentes, no pudieron evitar sonreír.
Karl, mientras se probaba una chaqueta negra con bordes plateados, murmuró divertido: —Definitivamente, esta parte me encanta.
Las risas se contagiaron, disipando por unos instantes el peso de todo lo vivido.
Alis, antes de que partieran, extendió las manos y una luz suave envolvió a cada uno.
La fatiga desapareció, las heridas se cerraron, y el cansancio se disolvió como si nunca hubiera existido.
Karl giró hacia ella, asombrado.
—No me acostumbro a esto… es como si reviviera.
Alis sonrió, con ese tono sereno que solo ella tenía.
—No te reviví, Karl… solo recordé a tu cuerpo lo que era sentirse vivo.
El rey Gimson los acompañó hasta el portón principal, donde el viento movía las banderas del reino.
Antes de dejarlos partir, quiso saber la razón de su captura.
—¿Cómo terminaron en esa prisión mágica?
—preguntó, cruzando los brazos.
Ravel fue quien respondió, con el ceño fruncido.
—Por alguien llamada Selindra.
Nos engañó… nos llevó directo a su trampa.
El rostro del rey se ensombreció.
—Selindra… sí, la conozco.
Esa mujer ha intentado comerciar con prisioneros más de una vez.
Casi logra llevarse a gente de mi propio reino.
Es astuta, y peligrosa.
Karl apretó los dientes.
—Pues ya no tanto.
La próxima vez que la veamos, no volverá a tener la oportunidad.
Gimson asintió, aunque en su mirada se notaba que el asunto le preocupaba más de lo que dejaba ver.
—Entonces no hay tiempo que perder.
Si Liam sigue allí, debemos traerlo de vuelta.
Eiden, Karl, Ravel y Marla se prepararon, ajustando sus nuevas ropas.
El resto se quedó, observándolos partir con una mezcla de orgullo y miedo.
Suli se adelantó, girando hacia ellos con su sonrisa confiada.
—Vamos, el lago no está lejos.
Si tenemos suerte, Orión estará esperándonos.
Y si no… lo encontraremos.
Siempre lo hacemos.
El grupo emprendió la marcha, dejando atrás las murallas de Beinever, con el sol brillando sobre sus espaldas.
La guerra, la pérdida y la esperanza se mezclaban en el aire.
El viento soplaba fuerte, como si el mundo entero los empujara hacia su próximo destino.
— El viaje de regreso a Eldrys se extendía bajo un sol pálido.
Las hojas se mecían lentamente con el viento, y el calor del mediodía hacía vibrar el aire sobre los caminos de piedra.
Selindra cabalgaba en silencio, el ceño fruncido, con la mirada perdida en el horizonte.
A su lado, su hermano Roger avanzaba imperturbable, sin decir una sola palabra desde que salieron del valle.
Finalmente, fue ella quien rompió el silencio.
—Dime algo, Roger —soltó, con una voz áspera, cansada—.
¿Por qué me pediste que hiciera eso?
¿Por qué liberar a todos los prisioneros?
Roger no respondió al instante.
Solo levantó la vista hacia el cielo, donde unas nubes perezosas cruzaban lentamente.
—Porque era necesario.
Selindra lo miró, incrédula.
—¿“Necesario”?
¿Qué clase de necesidad es liberar asesinos, ladrones y traidores?
—espetó, con el tono cargado de furia contenida—.
¿Sabés el caos que causaron?
Él torció apenas una sonrisa, sin mirarla.
—Sí.
Y me alegra, pero no todos heran así —Puede ser pero.
¿Te alegra?
—repitió ella, atónita—.
Eres peor de lo que pensaba.
—No te hagas la sorprendida, Selindra.
Siempre supiste que el mundo no se mueve con bondad… se mueve con miedo.
—Eso no justifica lo que hiciste.
Roger detuvo el caballo, girando hacia ella con calma.
—Hace unos días, sentí una energía extraña —dijo, con voz baja, casi como un secreto—.
No provenía de este planeta.
Era densa, oscura… viva.
Selindra frunció el ceño.
—¿Qué clase de energía?
—Una que no sentía desde hace siglos, una energía oscura.
Un fragmento de poder se liberó en el universo… un trozo del sello de Dark.
Ella lo observó en silencio.
Roger prosiguió: —Ese fragmento viajó por varios mundos hasta llegar a Velthar.
Cuando tocó la superficie, alteró el equilibrio mágico de medio planeta.
Muchos tuvieron sueños distorsionados… visiones, delirios.
Hasta los más cuerdos sintieron el eco de su presencia.
Selindra apretó las riendas con fuerza.
—Y tú pensaste que liberar a los prisioneros iba a ayudarte a “entender” esa energía, ¿no?
—No.
—Roger la miró, y su tono se volvió más seco—.
Pensé que alguien de entre ellos reaccionaría a esa fuerza.
Si el poder de Dark aún vibra en el aire, tarde o temprano revelará algo… o a alguien.
Selindra bajó la cabeza.
—Siempre fuiste así… jugando con vidas como si fueran fichas.
—Y tú siempre fuiste demasiado blanda para entenderlo —contestó él con una leve sonrisa—.
Ella chasqueó la lengua y desvió la mirada.
—A veces pienso que disfrutás del dolor ajeno.
—A veces sí —admitió sin un ápice de culpa—.
El sufrimiento muestra quiénes somos.
Selindra soltó un suspiro hastiado.
—Yercal tenía razón… dijo que estabas perdiendo el rumbo.
Roger levantó una ceja.
—¿Yercal?
—dijo con ironía—.
Claro que lo dijo.
Porque él fue quien me pagó para hacerlo.
Ella giró hacia él, sorprendida.
—¿Qué?
—Sí —asintió Roger, con esa calma siniestra que lo caracterizaba—.
Me ofreció una suma generosa.
Dijo que esa energía podía traer respuestas sobre algo más grande que Dark… algo que ni siquiera él logra descifrar del todo.
—¿Y tú simplemente aceptaste?
—preguntó ella, casi indignada.
—Acepté porque no creo en sus “advertencias”.
Pero su oro… ese siempre sirve.
Selindra negó lentamente con la cabeza.
—No puedo creer que seas capaz de vender la seguridad del pueblo por unas monedas.
Roger la miró con una mezcla de burla y cansancio.
—No lo hice por el dinero.
Lo hice porque algo se está moviendo, Selindra.
Y si Yercal tiene razón, entonces Dark no es lo peor que existe.
Un silencio denso los envolvió.
Solo se oían los cascos golpeando la tierra.
—Y tú —añadió Roger en un tono más suave, casi sincero—, deberías estar agradecida.
Si ese fragmento de poder hubiese caído sobre Eldrys, hubiésemos estado perdidos.
Selindra lo miró de reojo.
En sus ojos había rabia, pero también un rastro de preocupación.
—A veces… —dijo en voz baja— desearía no ser tu hermana.
Roger sonrió levemente.
—Y sin embargo, eres la única en quien confío lo suficiente para hacer el trabajo sucio.
Ella le lanzó una mirada fría y espoleó su caballo.
—No confundas obediencia con confianza, Roger.
Él la observó alejarse.
Durante un instante, su rostro perdió la dureza habitual.
—Siempre fuiste igual de terca, Selindra… —murmuró con un suspiro—.
Pero algún día vas a entender por qué lo hice.
El viento levantó polvo en el camino, arrastrando las últimas palabras de Roger antes de que continuara su marcha de vuelta a Eldrys.
A lo lejos, el cielo se oscurecía levemente, y una sombra recorrió los montes del norte… como si algo, en efecto, estuviera despertando.
—
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