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Waifu yandere(Collection) - Capítulo 1

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  4. Capítulo 1 - 1 Jeanne Alter fgo
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1: Jeanne Alter (fgo) 1: Jeanne Alter (fgo) En el devastado territorio de Orleans, bajo cielos oscuros y el calor de las llamas que consumían la tierra, Jeanne d’Arc Alter recorría las ruinas de las aldeas destruidas con una mezcla de desprecio y placer.

Estaba orgullosa de su obra, una obra de venganza contra el mundo que la había traicionado…

y que había traicionado a la “verdadera” Jeanne.

Sin embargo, en uno de sus paseos por el bosque, su atención fue capturada por algo inesperado.

Allí, semioculto entre los árboles quemados, estaba un joven campesino que parecía haber sobrevivido milagrosamente al caos.

Lo miró, sus ojos ámbar se cruzaron con los suyos, llenos de miedo y sorpresa.

—¿Qué haces aquí, campesino?

—preguntó ella, su voz teñida de indiferencia y veneno, aunque en su corazón una chispa de curiosidad empezaba a nacer.

Él tragó saliva y se presentó como Tn, un campesino del pueblo cercano, uno de los pocos supervivientes.

Sin embargo, a pesar de su miedo, había algo en la forma en que él la miraba que desató algo en ella: ¿admiración?

¿Respeto?

¿O simplemente estaba tan aterrado que no podía apartar la vista?

Jeanne (Alter) sonrió.

Al principio, lo tomó como un simple juego la idea de que alguien pudiera mirarla con algo distinto al odio o el miedo más absoluto le parecía divertida.

Así que, con una voz cargada de crueldad, le dijo que si quería vivir debía acompañarla y ser su “sirviente” en su cruzada.

Día tras día, Tn la seguía, aterrorizado, cumpliendo sus órdenes, pero también ayudando en pequeños momentos de necesidad.

Se atrevía a hablarle con una honestidad que jamás había experimentado antes.

Y Jeanne Alter comenzó a observar cada pequeño gesto suyo con más detenimiento, cada sonrisa nerviosa y cada mirada llena de resolución.

Sin darse cuenta, había empezado a buscar su aprobación.

En sus pensamientos oscuros, Tn era su única luz.

Poco a poco, esa curiosidad se transformó en algo más oscuro, más intenso.

Al principio, Jeanne Alter no entendía por qué sentía celos al verlo hablar con otra persona, ni por qué su sangre hervía si Tn intentaba evitarla por alguna razón.

Pero llegó el momento en que, desesperada, decidió que él debía ser solo suyo…

y de nadie más.

Una noche, cuando Tn mencionó su deseo de huir y encontrar a su familia, Jeanne Alter lo interceptó, su mirada ardía con una mezcla de dolor y obsesión.

Su voz temblaba, pero había una amenaza clara en ella.

—No vas a ir a ningún lado, Tn.

Eres mío.

Solo mío.

Nadie te entenderá como yo lo hago…

¿No te das cuenta de que no hay nada allá afuera para ti?

Él trató de replicar, pero Jeanne Alter lo abrazó, un abrazo frío, casi sofocante, con una sonrisa dulce y aterradora.

Le susurró al oído con una ternura peligrosa: —No necesitas a nadie más.

Aquí estás seguro…

conmigo.

Y desde entonces, Tn quedó atrapado en la singularidad, su vida ligada a una Jeanne Alter que, bajo su odio y rencor hacia el mundo, guardaba un amor intenso y retorcido solo para él.

La vida de Tn pronto se convirtió en una especie de prisión disfrazada de compañía.

Jeanne Alter lo mantenía a su lado siempre, sus ojos fijos en él con una intensidad que era tanto apasionada como perturbadora.

No lo dejaba salir de su vista ni por un momento, y cada vez que alguien se atrevía a dirigirle la palabra o incluso mirarlo, Jeanne Alter reaccionaba con un odio silencioso y una sonrisa gélida que solo Tn podía descifrar.

Una noche, mientras descansaban en una iglesia abandonada que habían convertido en su refugio temporal, Jeanne Alter le trajo un tazón de sopa.

Tn, agotado y hambriento, agradeció con un simple asentimiento y comenzó a comer, pero ella lo detuvo suavemente, tomando el tazón de sus manos y acercándolo a sus labios.

—Déjame, Tn.

Déjame ser quien te cuide —murmuró, obligándolo a aceptar cada bocado de sus manos.

Sus ojos brillaban con un amor posesivo, como si cada pequeño gesto la convenciera aún más de que él le pertenecía por completo.

Tn tragó con dificultad, sus pensamientos giraban entre el miedo y una incomprensible fascinación por la figura de Jeanne Alter.

Pero apenas un pensamiento cruzó su mente sobre intentar salir de allí, ella pareció adivinarlo.

Sujetó su rostro con manos heladas y una sonrisa oscura se extendió en sus labios.

—Ni pienses en irte, Tn.

No hay escapatoria para ti.

Todo lo que conocías ha desaparecido, todo lo que te queda soy yo.

Nadie más te entiende, nadie más te protegerá.

¿Lo entiendes?

—Sus ojos, cargados de una mezcla de dulzura y amenaza, buscaban una respuesta.

Tn asintió, tragando el nudo en su garganta.

Pero Jeanne Alter quería algo más que sumisión.

Su necesidad de cercanía aumentaba día a día, y su paciencia se agotaba cada vez que él intentaba mantenerse en silencio o evitarla.

La noche siguiente, ella apareció ante él con una sonrisa más suave, casi dulce, mientras se acercaba, sin darle espacio para retroceder.

—Tn…

prométeme algo.

Prométeme que nunca me dejarás —susurró con la voz de una amante pero el tono de una amenaza mortal—.

Porque si alguna vez intentas escapar, si alguna vez piensas en volver a ese mundo que tanto te odia…

te juro que me aseguraré de que no tengas nada ni nadie a quien volver.

Fuego incandescente salía de su boca con cada palabra.

Sus palabras estaban cargadas de un amor retorcido, una devoción que rayaba en la locura.

Jeanne Alter lo había decidido: Tn era suyo, su luz en medio de su oscuridad, y haría cualquier cosa, sin importar cuán cruel o despiadada, para mantenerlo a su lado.

En sus momentos de lucidez, Tn se dio cuenta de que había sido atrapado en un lazo tan seductor como mortal.

Jeanne Alter no era solo su “salvadora” en esa singularidad; era también su carcelera, y su obsesión era tan fuerte que él sabía que cualquier intento de escape solo traería una furia implacable.

Para Jeanne, él era más que una simple compañía…

Tn era su razón de existir, y en su mente trastornada, él también debía verla a ella como la única razón para quedarse.

Esa misma noche, mientras Tn dormía, Jeanne Alter se quedó a su lado, susurrando en voz baja promesas de amor eterno y de posesión absoluta.

Tocaba su rostro dormido con una ternura casi maternal, murmurando palabras en francés como si fueran hechizos, asegurándose de que en sus sueños, él solo viera a una persona: a ella.

—No necesitas a nadie más, mon amour.

Tú y yo…

solos, para siempre.

Con el tiempo, Jeanne Alter y Tn no estaban realmente solos en las ruinas de la singularidad.

Otros Servants se aparecían ocasionalmente en ese mundo quebrantado, y aunque Jeanne Alter solía espantarlos con una simple mirada, hubo uno que no se dejaba intimidar tan fácilmente: Carmilla, la asesina de clase Assassin, con su elegancia peligrosa y su obsesión por la belleza.

Carmilla se había cruzado en el camino de Jeanne y Tn por casualidad, o eso decía.

Aunque Jeanne Alter estaba molesta desde el primer momento, no podía negar que Carmilla, en su refinada y oscura presencia, era difícil de ignorar.

La asesina observó a Tn con un interés frío y calculador, deslizando una mano por su barbilla mientras lo inspeccionaba con ojos críticos y algo perversos.

(Servant clase asesino Carmilla barthory) —Vaya, qué extraño hallazgo…

—comentó Carmilla, su tono entre curioso y altivo, sin apartar la vista de Tn—.

Un simple campesino con una apariencia…

tan encantadora.

Dime, Jeanne Alter, ¿qué hace alguien así contigo?

¿Un capricho de tu parte?

Jeanne Alter sintió cómo una llama de cólera se encendía en su pecho.

Sin embargo, en lugar de estallar de inmediato, se acercó a Tn, enmarcando su rostro con ambas manos como una advertencia silenciosa a Carmilla.

—Este hombre me pertenece —respondió con voz firme y gélida, sus ojos clavados en los de la asesina—.

No es asunto tuyo lo que él signifique para mí.

Pero Carmilla no retrocedió.

Al contrario, su sonrisa se amplió.

Dio un paso adelante y miró a Tn con renovado interés, como si fuera un trofeo que acababa de descubrir.

Al ver a la asesina más cerca de su Tn, Jeanne Alter sintió una punzada de rabia mezclada con una sensación de amenaza que nunca había experimentado.

—Oh, pero no puedo evitar estar intrigada.

Mira esos ojos…

y esa resistencia.

¿Estás segura de que alguien tan…

fragante debería ser exclusivamente tuyo?

—dijo Carmilla, deslizando sus dedos con ligereza por el hombro de Tn.

Jeanne Alter apenas pudo contenerse, y la sonrisa burlona de Carmilla solo añadía leña a su furia.

La paciencia de Jeanne Alter se rompió.

Interceptó la mano de Carmilla y la apartó de golpe, con una fuerza que le hizo perder el equilibrio un instante.

Con sus ojos ardiendo, Jeanne se colocó entre Carmilla y Tn, como un lobo defendiendo a su cría.

—Tn no es alguien que merezcas admirar, Carmilla —gruñó, sus palabras teñidas de veneno—.

Ni tú ni nadie.

Si vuelvo a verte siquiera mirarlo, no me contendré.

La asesina arqueó una ceja y sonrió, como si el desafío de Jeanne Alter le divirtiera.

Alzó las manos en un falso gesto de paz, pero sus ojos no dejaban de reflejar ese interés perverso.

—Calma, calma, querida.

No tienes por qué ser tan posesiva…

aunque, ahora que lo veo bien, esa devoción es algo hermoso de observar.

Me pregunto…

¿Tn sabe cuán desesperadamente lo necesitas?

Jeanne Alter sintió que cada palabra de Carmilla arañaba algo dentro de ella.

Sin decir una palabra, tomó a Tn del brazo, casi obligándolo a acercarse a ella mientras le lanzaba a Carmilla una mirada que hablaba de muerte.

—No necesita saber nada de ti —murmuró Jeanne Alter, acariciando el rostro de Tn en un gesto posesivo—.

Él está conmigo, y tú…

no eres más que un recuerdo pasajero.

Antes de que Carmilla pudiera responder, Jeanne Alter llevó a Tn fuera de la vista de la asesina, internándose en las sombras del bosque.

Solo cuando estuvieron lejos de la mirada curiosa de Carmilla, Jeanne se detuvo, todavía temblando de rabia.

Sujetó a Tn con fuerza y lo miró a los ojos, su rostro más vulnerable que nunca.

—Prométeme que no dejarás que nadie te aleje de mí —susurró, sus dedos aferrándose con fuerza a su brazo, como si temiera perderlo de alguna manera—.

Prométeme que nunca mirarás a alguien más…

ni a esa mujer, ni a nadie.

Porque yo…

no lo soportaría, ¿entiendes?

Eres mío, Tn, y nadie más tendrá ni un solo segundo de tu atención.

Tn apenas pudo asentir antes de que Jeanne Alter lo envolviera en un abrazo apretado, como si intentara grabarse a sí misma en su piel.

Y, desde las sombras, Carmilla observaba en silencio, una sonrisa maliciosa en sus labios, intrigada y divertida por el espectáculo de una Jeanne Alter consumida por una obsesión que bordeaba la locura.

La asesina se alejó, pero no antes de murmurar para sí misma —Interesante…

tal vez este pequeño campesino tenga más valor de lo que parece.

Al caer la noche, una calma inquietante se cernió sobre el campamento improvisado de Jeanne Alter y Tn en medio de las ruinas de Orleans.

Jeanne había intentado mantener su calma frente a Tn, pero sus pensamientos estaban en constante estado de alerta, como una bestia al acecho.

La visita de Carmilla le había dejado una sensación punzante en el pecho, una mezcla de celos y furia.

Carmilla era impredecible y, más preocupante aún, había dejado claro que tenía un interés malsano en Tn.

Y como si presintiera esa ira latente, Carmilla apareció.

Surgió de entre las sombras, caminando con esa elegancia altiva que la caracterizaba, su vestido negro ondeando con cada paso.

Jeanne la vio acercarse desde el otro lado del campamento, sus ojos rojos brillaban con una amenaza que ya no intentaba ocultar.

—Qué curioso encontrarte por aquí otra vez, Carmilla —gruñó Jeanne Alter, adelantándose y cubriendo a Tn con su cuerpo, como un escudo.

Carmilla sonrió de lado, sin detenerse.

Su mirada se deslizó por el rostro de Tn, quien, a pesar de su miedo, sostenía la mirada de ambas con una mezcla de confusión y sorpresa.

—¿Curioso?

No diría eso.

Digamos que he desarrollado un…

interés por tu pequeña posesión —dijo Carmilla, su voz como un susurro venenoso, mientras su mirada afilada se fijaba en Tn—.

Y él no es alguien que puedas esconder para siempre, Jeanne.

—¡Tn no es una cosa que pueda pertenecer a alguien como tú!

—Jeanne Alter apretó los puños, la furia distorsionando su expresión mientras avanzaba un paso—.

Eres una simple asesina, sin derecho a admirarlo siquiera.

Él es mío y solo mío, ¿entiendes?

Carmilla soltó una risa burlona, y luego miró a Tn con una intensidad que le hizo estremecer.

Se acercó peligrosamente, desafiando a Jeanne Alter con cada paso.

—¿Realmente crees que él desea seguir bajo el yugo de una loca posesiva?

Tal vez debería darle una opción, mostrarle que puede ser más…

libre —Carmilla sonrió, sus ojos brillando con astucia—.

Quizá le guste alguien que valore su belleza y le dé la libertad que tú no le das.

Jeanne Alter sintió que una chispa estallaba dentro de ella.

Con una rapidez y fuerza nacida del puro odio, extendió su brazo, conjurando llamas oscuras que envolvieron su mano.

Su mirada era una mezcla de rabia y algo mucho más oscuro, una desesperación que solo Tn podía provocar.

—Escúchame bien, Carmilla.

No pienso dejarte siquiera mirarlo.

Ni hablar de tocarlo o llevártelo.

Él es mi razón de existir, ¿entiendes?

¡Nadie lo tomará de mi lado!

Carmilla arqueó una ceja, evidentemente entretenida por la intensidad de Jeanne, y con una sonrisa desafiante sacó una daga decorada con rubíes.

No era su arma principal, pero la sostenía como una advertencia, algo que podía arrebatar en cualquier momento.

—Entonces, veamos cuánto amas a este…

—dijo en tono burlón antes de lanzarse hacia Jeanne, las dagas desenvainadas y brillando bajo la luz de la luna.

Jeanne Alter bloqueó el primer ataque, sus llamas crepitando en un estallido oscuro.

El sonido del acero resonó en el aire cuando ambas se enzarzaron en una batalla feroz, llena de odio y una mezcla de sentimientos posesivos.

Carmilla se movía con agilidad y precisión, atacando con una gracia letal, mientras Jeanne Alter respondía con una furia incontrolable, cada golpe lleno de la promesa de destrucción.

Tn retrocedió, sus ojos llenos de terror y confusión.

La escena frente a él era a la vez espeluznante y cautivadora: dos figuras enfrentándose con una fuerza que parecía capaz de destruir el mismo mundo.

Entre golpes y ataques, Jeanne lanzó una mirada desesperada hacia Tn.

Él era su todo, su luz en la oscuridad, y no permitiría que alguien como Carmilla intentara arrebatarlo de su lado.

—¡Tn!

—gritó en medio de la pelea, su voz teñida de súplica y desesperación—.

No permitas que alguien más se acerque a ti.

¡Soy la única que te protegerá…

la única que te ama de verdad!

Carmilla sonrió, burlona y fría, y con un ágil movimiento se giró hacia Tn, aprovechando un segundo de distracción de Jeanne Alter.

—Entonces, ¿qué dices, Tn?

¿No te gustaría ver el mundo de verdad, lejos de una celosa y débil protectora?

—dijo Carmilla con una sonrisa enigmática, extendiendo una mano en su dirección.

Pero antes de que él pudiera siquiera responder, Jeanne Alter soltó un grito de furia y lanzó un estallido de energía oscura hacia Carmilla, obligándola a retroceder.

—¡No le hables!

—bramó Jeanne, sus ojos encendidos con una mezcla de ira y lágrimas contenidas—.

¡Él no irá a ninguna parte sin mí!

No hay nada para él en este mundo, excepto yo.

Con un último y poderoso golpe, Jeanne logró hacer retroceder a Carmilla, quien, al ver que la posesión de Jeanne Alter era mucho más fuerte de lo que había pensado, optó por retirarse con una sonrisa pícara en los labios.

—Esta vez te has salido con la tuya, Jeanne —dijo mientras se desvanecía en la oscuridad—.

Pero no pienses que esto ha terminado.

Tn tendrá su oportunidad de elegir…

tarde o temprano.

Jeanne Alter quedó inmóvil, su pecho agitado por la batalla y la intensidad de sus emociones.

Miró a Tn, sus ojos reflejaban un amor retorcido, una devoción posesiva que la consumía.

Se acercó a él, y sin esperar una respuesta, lo tomó del rostro con una suavidad que contrastaba con la dureza de la batalla.

—Recuerda esto, Tn —murmuró, su voz ronca y temblorosa—.

Eres mío.

Solo mío.

Nadie te amará ni te cuidará como yo.

Así que, por favor…

nunca, nunca vuelvas a mirarla.

Porque si lo haces…

no sé de qué sería capaz.

Tn asintió, atrapado por su mirada.

Sabía que estaba en el centro de una devoción que rozaba la locura, y en el fondo, comprendió que mientras permaneciera con Jeanne, su vida ya no le pertenecía a él…

sino a ella.

El enfrentamiento entre Jeanne Alter y Carmilla había alcanzado su clímax.

La asesina, a pesar de su gracia y habilidad letal, comenzaba a notar el peso de la furia incontrolable de Jeanne Alter.

Cada ataque de la vengativa Avenger era más violento que el anterior, impulsado por una fuerza oscura que desbordaba el límite de la razón.

Carmilla intentaba mantenerse a la ofensiva, pero cada vez que intentaba moverse hacia Tn, Jeanne Alter aparecía entre ellos, interponiéndose como un escudo ardiente.

Finalmente, la asesina, agotada y frustrada, se encontró atrapada.

La energía de Jeanne Alter, oscura y flameante, la envolvió, cortando toda posibilidad de escape.

—No tienes ningún derecho de estar cerca de él, Carmilla —gruñó Jeanne Alter, levantando su estandarte negro, que brillaba con un poder avasallador—.

No eres más que una sombra pasajera.

Yo soy su protectora.

¡Y me aseguraré de que desaparezcas para siempre!

Con un grito cargado de odio, Jeanne Alter liberó una oleada de fuego oscuro que se envolvió en espirales alrededor de Carmilla.

La asesina apenas tuvo tiempo de reaccionar antes de que el poder de Jeanne la consumiera por completo.

Por un instante, los ojos de Carmilla se encontraron con los de Jeanne, y en ellos había una mezcla de sorpresa y un retorcido respeto.

—Supongo que subestimé cuánto darías por él…

—murmuró Carmilla con una última sonrisa antes de desvanecerse en una neblina carmesí, su forma desintegrándose y regresando al Trono de los Héroes.

El aire quedó en silencio.

Jeanne Alter permaneció inmóvil, su respiración agitada mientras observaba el lugar donde Carmilla había desaparecido.

Y cuando finalmente se volvió hacia Tn, su rostro cambió: ya no era la guerrera envuelta en llamas de odio, sino una mujer consumida por un amor intenso y posesivo.

Se acercó a él, con los ojos llenos de algo entre ternura y locura, y le tomó las manos con fuerza, como si temiera que él pudiera desaparecer si soltaba el agarre.

—Tn…

ahora nada ni nadie podrá separarnos —susurró, sus ojos ardiendo de devoción—.

Nadie volverá a interponerse entre nosotros.

Tú eres mío, y lo serás para siempre.

Él la miró, sin palabras, pero en ese momento comprendió que había sido reclamado de una manera definitiva.

Cualquier intento de escapar o de pensar en una vida sin Jeanne Alter sería en vano.

En su abrazo estaba la promesa de una vida en la que él nunca estaría solo, pero siempre sería vigilado, adorado y retenido.

A partir de aquel día, Jeanne Alter y Tn vivieron en las ruinas de Orleans, donde Jeanne construyó para él una especie de hogar en la devastación, un refugio donde nadie podría alcanzarlos.

Cada día lo cuidaba y se aseguraba de que no le faltara nada, velando por él con una devoción tan profunda como aterradora.

Cada palabra de Tn, cada mirada y cada gesto era observado, estudiado y atesorado.

En su mundo, Jeanne era feliz.

Tn era suyo, completamente, sin nadie que la amenazara.

Le susurraba promesas eternas, le recordaba lo mucho que lo amaba y cómo, para ella, él era lo único que le daba sentido a su existencia.

Y aunque el amor de Jeanne Alter era una llama oscura y devoradora, Tn aprendió a vivir en esa prisión de devoción.

Sabía que, mientras ella estuviera a su lado, no tendría otra opción.

Había sido consumido por un amor posesivo, uno que no le permitiría jamás conocer la libertad, pero que lo mantendría seguro en el abrazo de la vengativa Jeanne…

su amante, su guardiana, y su eterna sombra.

Para Jeanne, eso era lo único que importaba: Tn era suyo, y con él, finalmente había encontrado su retorcida versión de la felicidad.

Esa noche, Jeanne Alter decidió llevar su devoción a Tn a otro nivel.

Ahora que nadie podía interponerse entre ellos, ahora que Carmilla había sido desterrada y todo peligro había sido erradicado, Jeanne se sentía libre de expresar ese amor abrumador que sentía por él.

Lo miraba con ojos llenos de adoración y una intensidad que podría asustar a cualquiera…

menos a Tn, quien comenzaba a acostumbrarse a esa mezcla de pasión y posesividad.

Sentados en el improvisado refugio que habían construido, Jeanne lo tomó de las manos, entrelazando sus dedos con una suavidad que contrastaba con su personalidad usualmente feroz.

Ella se inclinó, sus ojos fijos en los de Tn, y lo miró como si fuera la única cosa en el mundo que le importara.

—Tn…

—murmuró, su voz ronca y cargada de emociones—.

Ahora que estamos aquí, sin nadie que pueda separarnos, quiero…

quiero asegurarme de que nunca me olvides.

De que cada segundo, cada instante, lo pases pensando en mí.

¿Lo entiendes?

Sin esperar una respuesta, Jeanne acercó su rostro al de él.

Sus manos subieron hasta sus mejillas, acariciándolo con una dulzura inusitada en ella, mientras su mirada se volvía intensa y más suave a la vez.

Lentamente, sus labios se posaron sobre los de él en un beso profundo y posesivo, uno que parecía querer sellar su conexión y dejar claro que él era completamente suyo.

Fue un beso cargado de deseo y devoción, uno que le hacía saber que ella no permitiría que nada ni nadie lo apartara de su lado.

Cuando se separaron, Jeanne lo miró con una sonrisa satisfecha.

Sus manos descendieron por sus brazos, deteniéndose en sus muñecas, donde entrelazó sus dedos con los de él de manera protectora.

Tn sintió cómo su pulso se aceleraba bajo el control absoluto que ella parecía tener sobre cada gesto, cada caricia.

—Cada toque que sientas de mí —susurró Jeanne, acercándose aún más, su rostro apenas a centímetros del de él—, cada beso, cada mirada…

quiero que te recuerden que solo yo tengo derecho a estar así contigo.

Quiero que sientas que todo tu ser me pertenece.

No habrá nadie más, ni en este mundo ni en ningún otro, que pueda acercarse a ti de esta manera.

¿Lo entiendes, Tn?

Él asintió lentamente, atrapado por su mirada, mientras ella sonreía con una satisfacción oscura.

Se inclinó de nuevo, rozando sus labios, besándolo con un toque más suave pero igualmente posesivo, como si cada gesto quisiera dejar una marca invisible en él.

—Prométeme que nunca pensarás en alguien más, que nadie más entrará en tus pensamientos…

prométemelo, Tn —murmuró contra sus labios, sin dejar de besarlo, sus palabras teñidas de súplica y amenaza a la vez.

Tn, atrapado en ese abrazo y completamente inmerso en su proximidad, asintió nuevamente.

Jeanne sonrió, esta vez con un toque de dulzura oscura, y lo envolvió en sus brazos, sosteniéndolo con una firmeza que demostraba que no planeaba soltarlo nunca.

Y mientras acariciaba su rostro y le besaba con ternura, Jeanne no dejó de susurrarle promesas de amor eterno, recordándole una y otra vez que él era suyo, solo suyo, para siempre.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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