Leer Novelas
  • Completado
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
Avanzado
Iniciar sesión Registrarse
  • Completado
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
  • Configuración de usuario
Iniciar sesión Registrarse
Anterior
Siguiente

Waifu yandere(Collection) - Capítulo 100

  1. Inicio
  2. Todas las novelas
  3. Waifu yandere(Collection)
  4. Capítulo 100 - 100 Yi Xuan ZZZ
Anterior
Siguiente
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo

100: Yi Xuan ZZZ 100: Yi Xuan ZZZ Advertencia ⚠️ ⚠️ Futuro contenido para mayores 18 leer bajo su propio criterio Advertencia contenido grafico de violencia y Advertencia ⚠️ temas cuestionables y sensibles se sugiere que si no es de su agrado salga de aquí y de paso aclaro que personajes o imágenes no me pertenecen crédito a sus autores.

Agrego personajes no me pertenecen.

Imágenes y personajes no me pertenece crédito a sus autores.

Advertencia este capítulo contiene escenas para mayores y lenguaje bulgar están advertidos.

No es fácil…no cuando el alma se desgasta en silencio,cuando los días se alargan y las miradas exigen más de lo que puedo dar.

Como maestra, sostengo firme la voz,pero dentro…el eco se quiebra,y mis pasos dudan.

El corazón de un ladrón no debería anhelar lo que guardo con recelo,mis enseñanzas,mis emociones,mi afecto.

No quise herir,no era mi intención sembrar dolor en un terreno donde solo debía brotar el saber.Pero incluso yo,en mi manto de nobleza,cometo errores…y este pesa como plomo en mi pecho.

La iluminación…

se ha alejado,como un faro que ya no me reconoce.Las nobles palabras del sabio,aquellas que solía repetir con orgullo,se han tornado vacías,ajenas…sin sentido.

¿Y qué queda entonces de esta mujer que un día enseñó con esperanza?Una maestra rota,que aún ama enseñar…pero que ha olvidado cómo guiarse a sí misma.

__________________________________________________- El hedor de basura fermentada y grasa rancia envolvía el callejón trasero del mercado.

Las bolsas plásticas chasqueaban con cada ráfaga de viento helado, como si quisieran delatar al chico encorvado entre los desechos.

Tn hurgaba.No por curiosidad, ni por costumbre.

Lo hacía por necesidad.

Sus manos sucias, temblorosas por el frío y la fatiga, escarbaban entre restos de col, envases oxidados y huesos roídos.

No esperaba un festín, apenas una sobra menos podrida que las demás.

Su estómago rugió con fuerza, pero Tn apenas parpadeó.

Ya estaba acostumbrado a ignorar los gritos de su cuerpo.

—¡Fuera de ahí, sabandija!

—gritó el dueño del puesto, un hombre ancho de cuello corto y puños gruesos como mazos.

Tn no respondió.

Simplemente desapareció entre la niebla del humo aceitoso, como tantas veces.

Con una facilidad casi sobrenatural, sacó un cuchillo oxidado del cesto de basura y lo intercambió por una piedra húmeda, sin que nadie lo notara.

La herramienta ya no cortaba bien, pero era algo.

Algo útil.

Algo que valía más que hambre.

Corrió con pasos silenciosos, la suela rota de sus zapatos golpeando el suelo de concreto con un ritmo irregular.

Dobló una esquina, luego otra.

Finalmente, se deslizó en un callejón sin salida, donde los edificios viejos se estrechaban tanto que apenas entraba la luz de la luna.

Ahí, al abrigo de nada más que sombras, se dejó caer.

Su ropa estaba desgastada y mojada.

Una camisa que alguna vez fue blanca, ahora gris oscuro y salpicada de barro seco.

El pantalón tenía remiendos mal cosidos, restos de tela de distintos colores.

Una de sus mangas estaba rasgada, dejando a la vista heridas antiguas, cicatrices mal cerradas, y la piel curtida de quien nunca conoció un vendaje limpio.

No recordaba cuándo fue la última vez que durmió bien.

Ni siquiera recordaba bien cómo era dormir sin miedo.

Siempre estuvo solo.

Desde que podía pensar.

Desde que entendía el hambre, el frío, la caza constante por un mendrugo más.

No tenía nombre.

O al menos, no uno que alguien le hubiera dado con cariño.

Tn era una forma de abreviar el apodo que él mismo se había inventado al ver una marca vieja en un contenedor de basura.

Y sin embargo, poseía algo que lo hacía diferente.

Una habilidad rara, peligrosa y útil en partes iguales: podía robar o intercambiar cualquier objeto no vivo por otro de peso similar.

Un botón por una manzana.

Un trozo de vidrio por un cuchillo.

Una piedra por una bolsa de arroz.

Pero no podía robar afecto.

No podía robar abrigo.

Ni compañía.

A veces pensaba que su don estaba maldito.

Tn sacó de su bolsillo una pieza de pan rancio, probablemente robada esa misma mañana.

Tenía moho en los bordes y estaba duro como piedra.

Lo olió con desconfianza, pero aun así, le dio un mordisco lento, cuidadoso, como si la miga fuera de cristal.

No era el sabor lo que importaba.Era tener algo que llevarse a la boca sin que nadie lo pateara por ello.

Masticó en silencio.

Un gato callejero pasó cerca, lo miró y siguió su camino.

Una ráfaga de viento levantó una hoja vieja, y Tn se encogió más entre los muros agrietados, como si quisiera desaparecer con el polvo.

Allí, en ese rincón olvidado de Nueva Eridu,un chico que nadie conocía comía su pan rancio como si fuera lo último que tenía en el mundo.

Y tal vez… lo era.

El último pedazo de pan rancio desapareció entre sus dientes, y Tn lamió sus dedos sin entusiasmo.

No sabía si lo hacía por costumbre o por desesperación.Se levantó con un quejido, frotándose los brazos con las palmas abiertas, como si pudiera deshacerse del frío con pura voluntad.

—Tch…

otra noche más en el paraíso —murmuró con fastidio, sacudiéndose el polvo del pantalón raído.

Salió del callejón con la cabeza baja y los sentidos despiertos.

Nueva Eridu, en sus márgenes, era una bestia distinta.

Allí donde las luces de neón no alcanzaban y el aire sabía a hierro, las reglas eran tan sucias como los callejones.

Las calles se estrechaban, y con ellas, la dignidad humana.Mujeres con maquillaje corrido y mirada vacía esperaban junto a postes oxidados.

Algunas reían forzadamente, otras solo observaban con ojos muertos.Hombres sin camisa, con cuchillos en el cinturón, caminaban como si fueran dueños de la podredumbre.

El humo de cigarrillos y los gritos apagados llenaban el aire.

Los barrios más hundidos de Nueva Eridu eran como un abismo que tragaba almas con una sonrisa torcida.

Pero para Tn, era solo otra calle más.Sabía dónde no mirar.

Sabía cuándo desaparecer.

Y sabía qué callejón tenía menos cadáveres esta semana.

Avanzó entre charcos sucios y muros grafiteados hasta llegar a su refugio: una montaña informe de vigas rotas, láminas de metal torcidas y lonas deshilachadas, al final de una grieta entre dos edificios abandonados.El lugar no era más grande que un guardarropa, y apestaba a óxido y madera húmeda, pero era suyo.

Se agachó, levantó una de las láminas con cuidado, y se deslizó dentro.

La oscuridad lo recibió como una manta familiar.En una esquina, una caja rota contenía una colección absurda de baratijas: tornillos, monedas sueltas, pequeños espejos agrietados, un anillo de juguete, y hasta una pata de maniquí con una calcomanía que decía “descuento del 50%”.

Eran cosas sin valor para el mundo, pero para Tn, eran las pruebas de su existencia o lo mejor que habia.

Las cosas que había ganado con sus propias manos…

y con su don.

Se sentó sobre un montón de cartón aplanado, sacó un botón de su bolsillo y lo puso sobre la palma.

Luego tomó una moneda de cinco centavos del montón y la sostuvo en la otra mano.

Cerró los ojos.Respiró lento.Y se concentró.

Su poder se activaba con intención, con un deseo firme.

No bastaba con querer el objeto.

Tenía que creer que el intercambio era justo.

Que el botón podía convertirse en moneda.

Que el mundo lo permitiría… solo por ese instante.

Un leve destello invisible sacudió el aire.El botón ya no estaba.

En su lugar, brillaba la moneda, suave, tangible.Perfecta.

Tn abrió los ojos.

Y sonrió.

Por primera vez en días, lo hizo sin sarcasmo.

—Estoy mejorando —susurró para sí, girando la moneda entre los dedos.

El viento se coló por las rendijas del refugio, silbando como un animal herido.

Una ráfaga más fuerte levantó polvo y lo obligó a encogerse, envolviéndose con los brazos delgados y temblorosos.

—Tch…

maldito frío.

No tenía abrigo.

Ni mantas.

Solo pedazos de cartón y el calor miserable de su propio cuerpo.

Pero ahora tenía algo más: un truco que perfeccionar.

Una razón para seguir practicando.Y quizás, solo quizás, una forma de cambiar su destino, una moneda a la vez.

La noche pasó con el crujido del viento golpeando las láminas de su refugio.

Tn durmió como pudo, acurrucado bajo una manta de basura prensada, los pies encogidos y los brazos cruzados sobre el pecho.

No soñó.

O quizás no se lo permitió.

Al amanecer, se levantó con una sacudida.

El estómago volvió a rugir, su aliento salía en nubes breves por el frío de la mañana, y su cuerpo crujía como madera vieja.

—Hora de buscar el desayuno —masculló, saliendo entre los tablones.

Recorrió los barrios marginales una vez más, mezclándose con la multitud sin rostro.

Los olores eran una mezcla de aceite usado, hollín, carne quemada y desesperanza.

Pero hoy no quería sólo alimentos podridos.

Hoy tenía algo más.

Tenía una técnica.

Una habilidad.Mientras caminaba, probó su poder, sujetando una pequeña piedra y cambiándola por un viejo clavo que encontró en un marco roto.

—Sí… trick star.

Así te llamaré —sonrió, con una chispa de orgullo infantil que se le escapó entre dientes.

Más adelante, frente a un puesto de frutas, su mano se deslizó como una sombra.Sostuvo un trozo de vidrio entre los dedos, cerró el puño… y cuando lo abrió, el vidrio había sido reemplazado por una jugosa pera manchada de tierra.

Dio un mordisco antes de que alguien gritara:—¡Oye, tú!

¡Quieto ahí!

Un oficial del distrito, con uniforme de protección y porra en mano, lo señaló.

Tn escupió el resto de la fruta y corrió sin mirar atrás, zigzagueando entre la gente, saltando por encima de cubetas y telas colgadas.

Las botas del oficial resonaban tras él, cada vez más cerca.

Tn viró por un callejón angosto, trepó sobre una reja y se deslizó entre dos muros resquebrajados.

El sonido de campanillas lejanas y el aroma a incienso le golpearon de golpe.

Un templo.Sus pasos lo habían llevado, por azar o destino, a través de un umbral de piedra tallada con símbolos antiguos.

Sobre el arco oxidado se leía:.

“Cumbre Yunkui — Senda del Equilibrio.”.

Tn jadeaba, apoyado en una columna.

Miró alrededor.

No había guardias.

No había sirenas.

Solo paz… y silencio.

Se giró para irse.

Regresar a su refugio.

A lo conocido.

Pero entonces, lo olió.

Carne asada.

Pan recién hecho.

Especias que no podía nombrar pero que le quemaban la garganta de deseo.

El hambre le ganó.

Se deslizó por pasillos sin ser visto, hasta que llegó a una pequeña cocina abierta donde platos humeaban sobre una mesa baja.

El lugar parecía preparado para algún tipo de ceremonia o reunión, pero en ese instante, no había nadie vigilando.

Tn se acercó, los ojos vidriosos.

Tomó un bollo tibio, luego otro.

Una cucharada de sopa se volcó en su mano y se la lamió como un animal.

Era salada.

Perfecta.

No escuchó los pasos que se acercaban.

—¡¿LADRÓN?!

—gritó una voz juvenil y furiosa.

Tn giró, con las mejillas infladas de comida.

Un chico de cabello gris plateado, de su misma edad, lo miraba con ojos de indignación pura.

Tn no dudó.Corrió hacia la ventana abierta, saltó por el marco, y cayó sobre la grava mojada.

Se levantó al instante.

Pero algo se elevó sobre él.

Una sombra alada.

Una figura negra como la tinta, con líneas doradas que relucían como fuego líquido, descendió con un chillido grave.

Un ave mística, de proporciones antinaturales.

Tn resbaló hacia atrás, los ojos fijos en la criatura que descendía como si fuera parte del cielo mismo.

—¡¿Qué demonios eres tú ahora?!

—gruñó entre dientes.

Su mano tanteó su bolsillo.

Sacó el cuchillo oxidado.

—¡Qingming!

—murmuró al azar, leyendo lo que parecía estar grabado en una viga cercana, como si el nombre se hubiera deslizado a su lengua desde el mismo aire.

Sin pensarlo, lanzó el cuchillo hacia la criatura.

Era un acto de reflejo, más que de valentía.

Pero antes de que la hoja alcanzara su objetivo, una figura se interpuso con una velocidad imposible.

La cuchilla giró en el aire y fue repelida con un simple movimiento de la mano.

Una mujer de largo cabello blanco, ropa tradicional, la vestimenta taoísta tradicional, con elementos como trigramas, el símbolo del Taijitu y amuletos de monedas.

Su atuendo incluye una chaqueta amarilla dorada, que representa la ropa ritual taoísta.

Además, hace referencia al Feng Shui y Qimen Dunjia, utilizando talismanes taoístas y artes marciales mirada serena y profunda como un lago congelado.

Tn dio un paso atrás, la respiración agitada.

El aura de la mujer era intensa, como si el mismo templo respirara con ella.

‘Ok ahora si estoy en problemas’.Sudor frio le recorrio la frente, ella parecia diferente a los policias que acostumbraban a perseguirlo.

Ella no levantó la voz.

No amenazó.Solo preguntó, con un tono suave… pero firme.

—¿Quién eres?—¿Qué haces aquí?

Tn se quedó quieto, sin saber si correr… o responder.

Tn dio un par de pasos hacia atrás, el cuerpo tensado como un resorte.

La mujer frente a él, de cabello blanco como la nieve y ojos que parecían mirar a través de él, no era una simple guardia ni una cocinera exaltada.Ella tenía presencia, una que aplastaba el aire.

Una que congelaba incluso a los más curtidos en las calles.

Tengo que salir de aquí.

Su mirada se disparó por todo el patio del templo: pilares de piedra tallada, una fuente cubierta de musgo, un jarrón ceremonial, puertas entreabiertas…

y una sirvienta que cruzaba con paso lento, cargando una cesta con hierbas.

El instinto tomó el control.

Extendió la mano.

El mundo pareció tambalearse por un instante.

—Trick Star…

—susurró con voz rasposa, como si nombrar su habilidad le diera forma, le diera fuerza.

Un destello.

Una sacudida interna.

Un intercambio.

En el mismo instante en que Yixuan alzaba la mano para contener al chico —ni un gesto agresivo, solo una intención de apaciguarlo—, él desapareció.En su lugar, con ojos desorbitados, apareció la sirvienta, que soltó un grito de confusión, dejando caer la cesta de hierbas.

Las hojas amargas se dispersaron sobre la piedra mientras la mujer tropezaba hacia atrás, desorientada, mirando a su alrededor como si hubiese sido arrancada de su cuerpo por un segundo.

Yixuan bajó la mano lentamente, sus pupilas fijas en el espacio donde el niño había estado.

—…Fascinante.

—Su voz fue apenas un susurro, un pensamiento verbalizado.

Había sentido algo al principio, una alteración mínima en el flujo espiritual del entorno.

Un destello sutil.¿Había intercambiado su lugar con otra persona?Una técnica sin sello, sin invocación, sin fórmula.

Su mirada se agudizó.

—Wise…

ese chico no es un ladrón cualquiera.

Al principio cuando escucho el grito de su alumno creyo que se trataria de una amenaza, pero ahora habia ganado su curiosidad.

Mientras tanto, Tn corría.

Sus pies golpeaban el suelo empedrado del templo con pasos inestables.

Las paredes se volvían túneles, el aire se sentía espeso, y su pecho ardía con cada respiración.

El cambio había funcionado, sí.

Pero no estaba preparado para el costo.

No había medido bien la energía que requería mover su cuerpo con el de otra persona.

Una persona viva.

Había jugado al azar… y había ganado.

Pero como siempre, las apuestas lo dejaban al borde del colapso.

—Ngh…

—soltó, apretando los dientes mientras el costado de su cabeza latía con un dolor sordo.Era como si su cráneo hubiese sido exprimido y torcido al mismo tiempo.

Sus rodillas casi flaquearon al salir del recinto principal del templo.

Las escaleras hacia la salida parecían infinitas.

Pero no podía parar.

No cuando estaba tan cerca de escapar.

No me atraparán.

Nunca.

Nadie.

Mientras se internaba en los corredores traseros, la visión se le nublaba.

La energía remanente del intercambio chispeaba en su cuerpo como electricidad estática, haciéndole temblar los dedos y la mandíbula.

No entendía qué había hecho exactamente, pero sabía que había empujado su poder más allá de lo conocido.

Y que la mujer de cabello blanco……lo había visto.

Dolor.

Dolor.

Dolor.

El mundo giraba.

Tn jadeaba con la garganta seca, cada paso una tortura.

Su cuerpo, impulsado por pura inercia y miedo, logró cruzar el último corredor del templo.

A unos metros de distancia, entre las estructuras traseras, había un pequeño estanque ceremonial, bordeado por piedras antiguas y plantas descuidadas.

Las estatuas agrietadas de místicos antiguos lo observaban como jueces mudos.

Tn se arrastró hasta allí, apenas consciente.

La frente perlada de sudor, los dedos rasgando el borde rocoso mientras se dejaba caer junto al agua fría.

La superficie reflejaba su rostro sucio, demacrado, con los ojos desorbitados por el esfuerzo.

El mundo se volvió lejano, turbio, amortiguado.Y luego… negro.

Muy lejos de ahí, en la cámara principal del templo, Yixuan estaba de pie con los ojos cerrados, respirando con calma.

El pequeño gorrión de tinta —Qingming— revoloteaba en círculos sobre su hombro.

Sus plumas eran negras como la noche más profunda, y sus ojos dorados brillaban con una inteligencia silenciosa.

De pronto, soltó un trino corto, urgente.

Yixuan abrió los ojos, y asintió sin necesidad de palabras.

El ave se lanzó al aire, dejando tras de sí un trazo de tinta suspendido que se desvaneció en segundos.

Ella ya había comenzado a intuirlo desde que lo vio huir.

Ese chico no era un simple ladrón.

Y no por su poder, sino por la mirada.

Una mirada que ella conocía muy bien.

‘Hermana…….’.

Cuando llegó al estanque, Qingming ya revoloteaba cerca del cuerpo desmayado.

Tn yacía sobre el suelo de piedra, un brazo colgando en el agua, el otro encogido contra su pecho como un cachorro abandonado.

Su piel estaba pálida por el esfuerzo, y un temblor leve recorría sus extremidades.

Yixuan se acercó lentamente, sus pasos apenas audibles.

Se arrodilló sin dudarlo.

Y al tocarlo….

Su corazón se estremeció.

El cuerpo del chico era ligero, demasiado.Los huesos sobresalían bajo la piel, los músculos eran apenas cuerdas tensas sin fuerza.

Las uñas estaban sucias, los dedos llenos de pequeños cortes.

Este niño…¿Cuánto tiempo lleva viviendo así?

Durante un instante, no vio al ladrón, ni al poseedor de un don extraordinario.

Vio a una versión más joven de ella misma.

A ella y a Yijiang, escondidas entre callejones, comiendo sobras, huyendo de los adultos, del frío, del mundo.

Recordó el día que el venerable maestro las encontró, el momento exacto en que un extraño con sabiduría en los ojos les ofreció algo más que comida: les ofreció propósito.

Su mirada se suavizó.

Sus brazos, sin dudar, envolvieron al muchacho.

Lo levantó con cuidado, sintiendo el leve peso, como si estuviera cargando una pluma vestida de harapos.

La cabeza de Tn cayó contra su pecho, inerte, pero cálida.

—Tan pequeño… —susurró, sin burlas ni lástima.—Tan fuerte.

Una sonrisa leve se dibujó en sus labios.

No una de burla, ni una de suficiencia.

Sino una sonrisa serena, teñida de melancolía… y esperanza.

Tal vez… pensó.Tal vez es mi turno de seguir el camino del maestro.

No era el tipo de discípulo que ella habría elegido…Pero tal vez era el que necesitaba encontrar.

Y, aunque aún no lo sabía, él también la necesitaba a ella.

Camino escaleras arriba,pasos lentos observandolo con cuidado.

El aire era más tibio en los pasillos interiores del templo.

Las linternas de papel colgaban del techo, balanceándose suavemente con el vaivén del incienso que flotaba en el aire como nubes tranquilas.

Yixuan caminaba con paso firme pero silencioso, llevando al joven entre sus brazos.

El cuerpo de Tn seguía inmóvil, como si todo su ser se hubiera rendido al fin, ahora que no había necesidad de luchar.

Atravesó patios cubiertos, pasillos decorados con rollos de caligrafía antigua, y estatuas de piedra de viejos sabios.

Nadie se atrevió a detenerla.

Algunos discípulos apartaban la vista, otros solo bajaban la cabeza con respeto.

Ella, la Gran Preceptora, rara vez llevaba algo con tanto cuidado.

Y lo que llevaba, parecía frágil… pero importante.

Al llegar a una de las habitaciones internas de descanso —una cámara serena con tatamis suaves, mesas bajas y biombos de madera tallada—, hizo una señal a dos de las sacerdotisas que se encontraban cerca.

—Atiéndanlo.

Usen vendajes frescos, y medicina de hierbas si hay cortes recientes.

—Su tono fue suave, pero cada palabra pesaba como una orden absoluta.

Las dos asintieron sin dudar y se acercaron con rapidez.

Justo entonces, se asomó una cabeza pequeña desde la entrada.

Una joven de cabello azul oscuro naranja en la parte inferior, ojos aguamarina oscuros naranja claro en la parte inferior y piel clara.

Lleva su clip de cabello N, aretes naranjas y aguamarina oscuros en diferentes lados de su cabeza, una camiseta negra de manga larga con una textura japonesa blanca y naranja, una chaqueta gris oscura naranja blanca con una insignia blanca con textura verde azulado naranja, un collar vibrador verde azulado, una pulsera de muñeca verde azulado con brazalete gris, un guante naranja, una falda naranja gris con un cinturón naranja gris con una radio púrpura naranja blanca, un calcetín naranja negro está en su pierna derecha, un calcetín largo negro está en su izquierda y una zapatilla deportiva gris con correas traseras.

Traía en sus manos un tazón de arroz, que ahora olvidaba completamente.

—¿Shifu…?

—dijo en voz baja.

Yixuan volteó apenas, reconociendo a la chica al instante.

—Belle —respondió.

La joven dio un par de pasos, sus ojos fijos en el cuerpo del muchacho aún desmayado, y en las sacerdotisas que comenzaban a retirar sus ropas desgarradas con cuidado.

—¿Quién es ese?

—preguntó con genuina curiosidad.

Yixuan observó al muchacho por un instante, como si aún estuviera meditando su respuesta.

Luego, murmuró con una leve sonrisa que apenas tocaba sus labios:—Tu nuevo compañero.

Los ojos de Belle se abrieron como platos.

Por un segundo pareció que iba a hacer más preguntas, pero en lugar de eso dio una pequeña vuelta sobre sus talones y salió corriendo, el tazón de arroz temblando en sus manos.

—¡WISEEEE!

—gritó mientras desaparecía por el pasillo— ¡¡Shifu encontró a otro discípulo!!

¡Y es raro y está todo sucio!

¡Pero se ve interesante!

Yixuan dejó escapar una risa muy breve, casi inaudible, antes de volver a mirar al chico que yacía frente a ella.

Las sacerdotisas ya habían comenzado su labor.

Una sostenía su cabeza con cuidado, mientras otra retiraba los harapos que le cubrían.

Cada pieza desprendida revelaba una historia: moretones ya amarillos por el tiempo, cicatrices cruzadas como mapas viejos, y heridas recientes que aún brillaban rojas.

El cuerpo de Tn no reaccionaba.

Su rostro era una máscara inmutable, apretado, rígido, como si incluso en el sueño no pudiera confiar en la calma.

Los párpados no temblaban.

Sus labios, resecos y partidos, se entreabrían apenas para respirar.

Con trapos calientes, las sacerdotisas limpiaron su piel.

Con vendas suaves, cubrieron las cicatrices.Y con ungüentos de hierbas sagradas, trataron las grietas que la vida le había dejado impresas en carne viva.

Yixuan se quedó de pie, observándolo todo en silencio.

No corrigió nada, no intervino.Pero sus ojos seguían cada movimiento con la atención de quien cuida una antorcha a punto de extinguirse.

Y a pesar del calor, del agua, de las manos bondadosas que ahora lo atendían… el rostro del muchacho seguía inalterable.

Como si el frío del mundo aún lo sujetara desde dentro.

.

.

Los pasillos del templo susurraban con el sonido suave de las sandalias de Yixuan rozando los tablones de madera pulida.

El incienso aún colgaba del aire, pero ahora el aroma competía con el olor a tierra mojada que se filtraba desde el exterior.El cielo, que en la mañana había estado despejado, se cubría de nubes densas y grisáceas.

Las primeras gotas no habían caído aún, pero el aire cargado prometía lluvia.

A lo lejos, algunos discípulos barrían hojas, cargaban baldes, recogían ofrendas.

Conversaciones susurradas llenaban los rincones.

Ninguno de ellos se atrevía a detener a su Shifu mientras pasaba.

Yixuan caminaba con los brazos detrás de la espalda, su rostro tranquilo, pero sus pensamientos, lejos de estarlo.

Su hermana.

Yijiang siempre había estado a su lado.

La voz que la guiaba cuando era niña.

La mano que la levantaba cuando caía.

El alma fuerte que se sacrificó… para protegerla.

Para proteger Eridu.

Su mirada se desvió hacia uno de los salones laterales, donde un retrato antiguo colgaba cubierto parcialmente por una cortina ceremonial.

Era allí donde ella a veces meditaba, donde el silencio de la piedra era menos cruel.

¿Puedo hacerlo otra vez…?

¿Puedo ser para otro lo que el maestro fue para nosotras?

No era solo una cuestión de habilidad.

Yixuan tenía poder, sabiduría y temple.

Pero el chico que ahora yacía en esa habitación no era un aprendiz tradicional.

No vino con reverencias ni con respeto.

Vino roto.

Vino por hambre.

Vino por instinto.

Y eso, quizás, era precisamente lo que más la inquietaba.

Porque ella también había venido así una vez.

Y sabía lo difícil que era guiar a alguien que aún no confía ni en el suelo que pisa.

Se detuvo frente a uno de los patios internos, viendo las nubes agitarse suavemente.

Sus ojos se cerraron.

Sus dedos tensos.

Necesitaba tiempo para pensar.

Para meditar.

Para encontrar la forma de no fallarle.

En otra parte del templo, no tan lejos de la cocina, Belle caminaba a grandes zancadas, agitando los brazos mientras hablaba sin parar.

—¡Yixuan-sama lo trajo en brazos!

¡En serio!

¡Y estaba todo sucio, pero no parecia tan malo!

¡!

¡Y tenía un montón de heridas!

¡Y Yixuan dijo que será nuestro compañero!

¡Nuestro, Wise!

¿No es increíble?

Wise caminaba a su lado con el ceño fruncido, una mano en el bolsillo de su chaqueta, la otra sujetando un pequeño termo de té caliente.

Su cabello plateado estaba ligeramente desordenado, y una vena comenzaba a marcarse cerca de su sien.

—No sé por qué estás tan emocionada… —murmuró con voz pesada, mirando al suelo.

—¡Porque no tenemos nuevos compañeros desde hace un año!

—insistió Belle, dándole un codazo.—¡Y este parece diferente!

No seria otro monje aburrido.

Wise soltó un suspiro largo y resignado.

—Genial.

Otro chico conflictivo.

Justo lo que necesitábamos.

—¡No seas así!

—rebatió Belle, cruzándose de brazos—.

¡Tú también eras así al principio!

Y mírate ahora, todo estoico y cool y aburrido.

Wise la miró de reojo.

Por un segundo, pareció que iba a responder con sarcasmo, pero solo bebió un sorbo de su té y masculló:—Esto va a ser un cansancio….

Belle sonrió con picardía.

—Pero vas a terminar llevándote bien con él.

Ya verás.

Lapiz lazuli parte 3 siguiente en llegar 7w7 veamos que tal me va jjejejejejeje.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

Anterior
Siguiente
  • Inicio
  • Acerca de
  • Contacto
  • Política de privacidad

© 2025 LeerNovelas. Todos los derechos reservados

Iniciar sesión

¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

Registrarse

Regístrate en este sitio.

Iniciar sesión | ¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

¿Perdiste tu contraseña?

Por favor, introduce tu nombre de usuario o dirección de correo electrónico. Recibirás un enlace para crear una nueva contraseña por correo electrónico.

← Volver aLeer Novelas

Reportar capítulo