Waifu yandere(Collection) - Capítulo 105
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105: Miyabi Part 3 (zzz) 105: Miyabi Part 3 (zzz) Advertencia ⚠️ ⚠️ Futuro contenido para mayores 18 leer bajo su propio criterio Advertencia contenido grafico de violencia y Advertencia ⚠️ temas cuestionables y sensibles se sugiere que si no es de su agrado salga de aquí y de paso aclaro que personajes o imágenes no me pertenecen crédito a sus autores.
Agrego personajes no me pertenecen.
Imágenes y personajes no me pertenece crédito a sus autores.
Advertencia este capítulo contiene escenas para mayores y lenguaje bulgar están advertidos.
___________________________________________________________________________ Miyabi despertó con el cuerpo entumecido y la mente enturbiada.
No recordaba en qué momento se había quedado dormida, pero el silencio en su apartamento se sentía más espeso de lo habitual, su gato no estaba sobre ella y la sabana apenas le cubria una parte del muslo.
Se incorporó lentamente y caminó hasta el baño, arrastrando los pies descalzos por el suelo frío.
Al llegar, encendió la luz y su reflejo la miró desde el espejo como si fuera otra persona.
Sus orejas felinas, erguidas por costumbre, se sacudieron con un leve espasmo.
Un tic nervioso.
Luego, sus ojos bajaron al lavabo.
El grifo seguía abierto.
El agua corría con insistencia, cayendo, desapareciendo sin resistencia por el desagüe.
Y de pronto, esa imagen desencadenó una cadena de pensamientos que no pudo detener.
—Le pegué… —susurró.
tic.
Sus manos temblaron ligeramente.
—Golpeé a Tn… a mi psiquiatra….
tic.
Su voz se rompía con cada palabra.
Se apoyó en el borde del lavabo, pero la presión emocional la superó.
Cerró el puño y golpeó la cerámica con un sonido seco.
El impacto no fue suficiente.
Golpeó de nuevo.
Sabía que Tn era un profesional.
Su parte lógica lo repetía sin cesar: él estaba entrenado para manejar esos episodios, no era la primera vez que un paciente lo atacaba.
No lo tomaría como algo personal.
Pero la otra parte, más callada y doliente, la que palpitaba en el pecho y en las venas, gritaba otra cosa.
Tal vez él la entendía.
Tal vez no era solo trabajo.
Tal vez había algo más.
¿Y si lo arruinó?
¿Y si ahora la odiaba?
¿Y si ya no podía mirarla como antes?
El vapor aún presente del baño anterior hacía que el espejo se empañara parcialmente, distorsionando su reflejo.
Por un instante, creyó ver en el vidrio una versión de sí misma que no reconocía: ojos afilados, colmillos visibles, la energía negra y azul flotando como un humo venenoso a su alrededor.
Su respiración se aceleró.
Las venas marcadas en su cuello empezaron a teñirse de un matiz oscuro.
tic.
—No… basta….
Apretó los dientes con tal fuerza que sintió un chasquido.
La sangre corrió en silencio desde la comisura de su labio inferior, pintando su barbilla con un hilo fino y caliente.
El aura oscura comenzaba a escaparse otra vez.
Temblaba, ondulaba a su alrededor como una tormenta silente.
Pero esta vez, no la dejaría salir.
Sus puños se cerraron con firmeza.
El sabor metálico en la boca era un castigo.
Un recordatorio.
El dolor físico era más fácil de soportar que la culpa.
—No me voy a romper… —dijo con voz baja, casi como un mantra.
Se obligó a mantener la mirada al frente, al reflejo.
A su reflejo.
Aún era ella.
Por ahora.
tic.
tic.
tic.
tic.
Sus ojos temblaban, cristalinos pero sin lágrimas.
El dolor interno se acumuló como una presión insoportable dentro del pecho, y en un instante de impulso ciego, sus manos se aferraron al borde del lavabo.
Un crujido.
Otro más.
El metal cedió con un chirrido violento cuando lo arrancó de cuajo, alzándolo por encima de su cabeza y arrojándolo con furia contra el espejo frente a ella.
El vidrio estalló.
Los fragmentos volaron en todas direcciones, cortando el aire, el silencio… y su piel.
Miyabi no se detuvo.
Sus manos ensangrentadas golpearon las paredes, el mueble del baño, lo que quedaba del marco del espejo.
Cada impacto era como una forma de vaciarse.
Golpeaba como si el mundo pudiera romperse junto con sus pensamientos.
Como si pudiera extraerse el dolor con cada astilla.
El aire estaba lleno de polvo de cerámica, gotas de sangre y rabia contenida.
La sangre corría por sus nudillos, cálida y pegajosa, mezclándose con el agua que ahora brotaba del tubo arrancado.
Y entonces….
Un maullido.
Su cuerpo se congeló.
Las orejas se le crisparon.
El sonido agudo la trajo de vuelta.
Se giró bruscamente.
En la puerta del baño, su gato la observaba.
Pequeño, erguido, confundido… pero presente.
Maulló otra vez, esta vez más suave.
Como si supiera que debía tener cuidado.
Miyabi bajó la mirada.
El caos era evidente: trozos de cerámica en el suelo, charcos de agua acumulándose, cristales rotos como dientes perdidos, su sangre marcando el camino de su descontrol.Un desastre.
Suspiró, largo y profundo.
—Genial… ahora también tendré que pagar esto… —murmuró entre dientes, con una voz que no sabía si reírse o llorar.
Crujir.
Se acercó al interruptor y apagó el agua lo mejor que pudo, torciendo las válvulas principales a la fuerza.
Luego comenzó a quitarse la ropa, con movimientos lentos y pesados.
Las mangas estaban manchadas, sucia de sangre y agua, pero ni siquiera lo pensó.
Miró al gato por encima del hombro, con la expresión neutra de alguien que se acostumbró a esto.
—¿Vas a acompañarme?
—preguntó con cierta ironía, casi divertida.
Pero el felino ya había dado media vuelta y se alejaba del baño con un movimiento elegante, ajeno al drama humano.
Y era un gato, no tocaria el agua por nada en su vida.
—Cobarde….
Con una ligera sonrisa torcida en los labios, Miyabi entró en la ducha.
El agua cayó sobre ella con un sonido constante, casi terapéutico.
Lavó sus nudillos heridos con cuidado, dejando que el agua arrastrara el rojo.
Esta vez no talló con desesperación.
Solo dejó que el calor la envolviera.
Sus músculos se relajaron poco a poco, y la tensión empezó a disiparse de su cuello, de sus hombros.
Se quedó bajo el agua más tiempo del necesario, en silencio, respirando, dejando que el dolor se deslizara con cada gota.
Cuando finalmente salió, se envolvió en una toalla, recogió su teléfono y marcó con voz seca al servicio de reparaciones.
—Sí… el baño.
Se rompió el lavabo y el espejo.…Sí, sé que suena mal.…Lo pagaré, solo vengan lo antes posible.
Colgó sin esperar respuesta.
Luego se dejó caer en su sofá, aún en toalla, mirando el techo mientras su gato la observaba desde la distancia con la cola envuelta en las patas.
—Estoy bien —susurró.
Como si eso bastara para hacer que fuera verdad.
El sonido del reloj colgado en la pared era constante.
Un tic tac seco, predecible, exacto.
En cualquier otro lugar, ese sonido hubiera sido inofensivo.
Pero no en la mente de Miyabi.
Eso era otra historia.
Cada segundo que marcaba no era solo tiempo, sino memoria.
Un pulso que reactivaba imágenes entrecortadas: sangre derramada en tierra corrupta, gritos humanos y etéreos fundiéndose en un solo lamento, las pupilas contraídas de alguien a punto de mutar.
Fragmentos.
Sombras que volvían, que no pedían permiso.Y aún así, su rostro se mantenía inexpresivo.
Sentada en el sofá, con la toalla aún enrollada en su cuerpo y el cabello húmedo cayéndole como un manto oscuro sobre la espalda, Miyabi parecía una estatua.
Demasiado tranquila.
Y eso era lo verdaderamente inquietante.
Un maullido suave quebró el silencio.
Su gato, tras haberla observado con distancia prudente, se acercó con paso lento.
Saltó al sofá con un leve impulso y la tocó con la cabeza.
Otro maullido, más persistente esta vez.
Miyabi reaccionó.
Parpadeó, como si emergiera de una hipnosis profunda.
Sus ojos se enfocaron nuevamente en el presente.
Miró al gato… y luego al reloj.
—…Tengo que vestirme.
Se puso de pie y la toalla cayó sin prisa al suelo.
Caminó sin pudor por el pasillo, abriendo el ropero.Eligió algo cómodo, funcional: ropa interior negra, pantalón de entrenamiento y una blusa holgada con el escudo de la Sección 6 apenas visible en una manga.
Sus dedos aún dolían por los cortes, pero no dijo nada.
Mientras se vestía, su mirada se desvió brevemente hacia la pared donde colgaba una fotografía pequeña: una imagen descolorida de sus padres cuando aún estaban vivos, antes de Hollow Zero, antes del fin.
El corazón dio un vuelco, pero ella lo empujó al fondo como siempre.
No iba a permitir que ese lugar, ese terreno heredado, arruinara su día.
No pensaba instalarse jamás en la antigua residencia Hoshimi.Aún quedaban ruinas.
Aún quedaba ceniza.
Y cadáveres invisibles.
Negó con la cabeza, espantando esos pensamientos como si fueran moscas molestas.
—Tengo una buena casa ahora.
Y eso… importa.
Acomodó su blusa, se amarró el cabello en una coleta baja y dejó escapar un suspiro largo.Su gato la seguía con la mirada, como siempre lo hacía.
—Vamos a fingir que hoy va a ser normal… ¿sí?
Pero hasta ella sabía que esas palabras no eran más que una flor frágil lanzado al viento.
Miyabi se ajustó el cinturón de su uniforme y tomó su katana con manos firmes.
silenciosa y letal como siempre, fue atada a su cintura.
Apenas la tocó, un pulso etéreo oscuro recorrió su brazo, trepando por sus huesos como si quisiera recordarle quién era y qué llevaba atado al alma.
No dijo nada.
No frunció el ceño.
Solo lo ignoró.
Como tantas veces antes.
Salió de su casa cerrando la puerta con doble seguro y alzó la vista al cielo.
El clima estaba templado, una brisa fresca recorría las calles, y el sol, aunque distante, se mostraba sin nubes que lo ocultaran.
En Nueva Eridu, los días tranquilos eran un regalo envenenado: demasiado silencio anunciaba tormentas futuras.
La ciudad respiraba con normalidad.
Gente caminando, vehículos transitando, niños comiendo algo dulce en la esquina de un puesto.
La vida seguía.A pesar de todo.
Miyabi caminó sin apuro, sus botas golpeando el asfalto con regularidad, su figura destacando con la autoridad que su uniforme y postura imponían aunque su estatura dejara mucho que desear.
Al llegar al cuartel de la Sección 6, varios oficiales la saludaron con una mezcla de respeto y leve tensión.
Ella respondió con una leve inclinación de cabeza, sin detenerse.
A esa altura, el saludo era más una formalidad que una conexión humana.
Pasó horas inmersa en rutas de extracción, posibles zonas de incursión, informes incompletos, protocolos de sigilo.
Revisó mapas, discutió estrategias con dos oficiales jóvenes, aprobó tres expediciones y ajustó horarios de vigilancia.
Como siempre, su eficiencia era impecable.
Y como siempre… su soledad también.
Cuando finalmente se permitió suspirar, el sol comenzaba a caer por el horizonte, tiñendo los muros del cuartel de naranja tenue.
Se alejó de la sala de reuniones y caminó hasta un rincón menos transitado, sacando su teléfono del bolsillo.
La pantalla encendida le mostró el mensaje enviado por ella misma esa mañana: “Cancelaré la cita de hoy.
No podré asistir.”.
Tn no había respondido.
Y tampoco debía hacerlo.
No era su rol, no era su forma.
Miyabi bajó lentamente el teléfono, sin guardar el dispositivo aún.Se quedó quieta.Pensando.
Ahora tenía tiempo libre.
Horas… vacías.
Antes, lo llenaría en automático: expediciones, informes, entrenamiento, alguna cacería de Hollow si estaba disponible.
O ir con Tn.
Pero no hoy.
Hoy no tenía absolutamente nada planificado.
Y por primera vez en mucho tiempo, la ausencia de ocupaciones se sentía como un pozo sin fondo.
No tenía amigos cercanos con quien salir.
Su familia… ya no existía.
Más allá de su gato, no había nadie que la esperara, nadie a quien escribir, ni siquiera alguien con quien simplemente compartir una comida o una conversación intrascendente.
Y al pensarlo, al ser consciente de ello con esa claridad repentina, algo dentro de ella vibró de forma extraña.
—¿Qué carajos hago con mi tiempo…?
—susurró.
Sus dedos apretaron el borde del teléfono con más fuerza de la necesaria.
Todo giraba en torno a su trabajo… o a Tn.
Y sin ambos en ese momento, no había nada.
Ese pensamiento no era solo inquietante.
Era profundamente doloroso.
Pero no lo mostró.
Simplemente… se quedó ahí, en medio del pasillo vacío, con el cielo apagándose lentamente por encima y su sombra estirándose a sus pies.
Sin moverse.
Sin saber qué hacer con ella misma.
Miyabi salió del pasillo del cuartel sin rumbo claro, con pasos firmes pero sin dirección real.
No podía quedarse en la oficina, ya había hecho demasiado.
Pensó que encontrar algo que hacer, algo diferente, sería una buena forma de despejarse.
Salir de la rutina, evitar encerrarse en la misma espiral de siempre.
Era una teoría válida.
Pero en la práctica… fue un desastre.
Lo primero que intentó fue entrar a un café pequeño que solía pasar de largo camino al trabajo.
Desde afuera se veía acogedor, con mesas de madera clara, luces cálidas y olor a café tostado flotando en el aire.
Cruzó la puerta, y en cuanto lo hizo, las conversaciones bajaron de volumen.
No fue intencional, pero se sintió.
Se quedó de pie en la entrada, mirando el menú escrito en una pizarra.
“Latte, espresso, capuccino…”No sabía qué pedir.
No le interesaba en realidad.
No tenía hambre.
No tenía idea de por qué había entrado.
La mujer tras el mostrador le sonrió con nerviosismo.
—¿Desea… algo en especial?
Miyabi alzó los ojos.
Su expresión no era agresiva, pero su aura era intensa.
Fría, disciplinada, como si llevara un campo de batalla invisible a cuestas.La chica del mostrador bajó la mirada y retrocedió un paso.
Aura de batalla intensificada.
Eso solo afectaria a personas comunes al sentir una amenaza hacia su persona.
—…no importa —murmuró Miyabi, dando media vuelta y saliendo sin pedir nada.
El silencio detrás de ella la siguió hasta la calle.
Trató de convencerse de que no importaba, que solo fue un mal momento.
Así que fue al parque más cercano, donde la gente paseaba con mascotas o niños.
Se sentó en una banca bajo un árbol alto y miró al frente, sin decir nada, sin moverse.
Varios minutos pasaron.
Y nada cambió.
La vida fluía a su alrededor, pero ella no formaba parte de ese flujo.
Era un satélite frío orbitando un planeta lleno de luz.
Varias personas que caminaban cerca evitaban su mirada, o tomaban un desvío leve al pasar cerca.
No había odio, ni juicio.
Solo… distancia.
Instintiva.
Natural.
Como si todos supieran, sin saberlo, que esa mujer no pertenecía a ese entorno.
Finalmente se levantó y decidió probar con un centro comercial.
Allí, entre luces, ruido y gente, caminó por los pasillos sin rumbo.
Observó tiendas con ropa que nunca usaría, vitrinas con tecnología que no necesitaba, escaparates llenos de color y vida.
Pero era como ver todo desde detrás de un cristal grueso.
No habló con nadie.
No compró nada.
No hizo más que andar.
Y andar.
Hasta que sin notarlo, se perdió en los corredores del centro comercial, repitiendo secciones sin saber cómo llegó ahí.
Fue entonces cuando supo que no podía seguir fingiendo.
Salió por la ventana más cercana, tomó un transporte y volvió a casa.
Cerró la puerta con el mismo doble seguro de siempre y dejó las llaves en su sitio.
Se quitó los zapatos, caminó hasta la sala… y dejó caer su cuerpo en el sofá con un suspiro casi inaudible.
—Fue un día largo… —dijo, como si eso explicara todo.
Ignoró por completo el hecho de que, probablemente, había asustado a más de una persona.
Ignoró que no supo qué hacer con su tiempo.
Ignoró que, en realidad, no se sintió viva en ningún momento de ese paseo.
Solo se quedó allí.
Silenciosa.Y vacía.
Eso era…….triste.
Miyabi se levantó lentamente del sofá, aún con el cuerpo pesado por la caminata vacía del día.
Cruzó el salón hasta la cocina con pasos medidos, abrió un cajón y tomó su teléfono.
Encendió la pantalla, desbloqueó con el rostro cansado reflejado en el cristal, y buscó su lista de reproducción habitual.
Loffy Girl – Ambient Mix.
El sonido suave de melodías sin letra llenó el espacio con una atmósfera tranquila, casi melancólica.
La música flotaba como una niebla ligera entre las paredes frías, y por un momento, hizo que su casa pareciera más habitable, menos como una base de operaciones.
Abrió el refrigerador y sacó algunos vegetales.
Colocó la tabla de picar sobre la encimera, desenfundó el cuchillo, y comenzó a cortar con precisión, hasta que la hoja resbaló demasiado cerca de su dedo anular.
Se detuvo.
Solo un rasguño leve.
Pero fue suficiente para hacerla respirar hondo.
Encendió la estufa.
El fuego brotó de golpe y la flama se alzó demasiado cerca de su rostro.
Miyabi retrocedió apenas unos centímetros, reflejo de combate, pero mantuvo la calma.
Apagó el fuego por un segundo, luego lo ajustó y volvió a empezar.
Colocó una olla y vertió agua.
Con movimientos mecánicos, lanzó los vegetales dentro, y después de buscar entre la alacena, añadió un puñado de pasta seca.
Dejó que la mezcla hirviera lentamente mientras se recostaba contra la encimera, sus ojos fijos en el vaivén de la llama.
No pensaba en nada.
O, mejor dicho, pensaba en todo sin enfocarse en nada.El día.Las miradas esquivas.Las calles.Tn.Su reflejo en el espejo.
Cuando la olla comenzó a hervir, se obligó a volver a la acción.
Mezcló, retiró del fuego, sirvió.
Un estofado con pasta caliente, algo simple pero suficiente.
Se sentó a la mesa en silencio, sin música ya, sin distracciones.
Solo ella, la cuchara, y el sonido casi imperceptible de su gato moviéndose por el salón.
Le arrojó un sobre de sardinas que el felino rompió con sus garras antes de devorarlo con entusiasmo.
Miyabi terminó de comer.
Limpió su plato, lo colocó con cuidado en el fregadero y caminó hasta el sofá.
Se dejó caer con pesadez y encendió la pantalla.
Documentales.
Noticias.
Monólogos que no exigían respuesta.
Ruidos de fondo para simular compañía.Un reportaje sobre migraciones entre sectores de Nueva Eridu, otro sobre las mejoras tecnológicas para las barreras anti-hollow.
Ninguno captaba su atención realmente.
La luz tenue del televisor bañaba su rostro mientras ella permanecía inmóvil, con el cuerpo relajado por inercia, no por paz.
El gato se acurrucó a su lado, enredándose entre su brazo y el abdomen.
Y sin notarlo, sin resistencia ni despedida mental, sus ojos se cerraron lentamente.
El sueño la atrapó en silencio, sin sobresaltos esta vez.Sin gritos.Sin visiones.Solo el peso acumulado de un día que no fue suyo.
.
.
La puerta del consultorio se cerró con un clic suave tras la salida de su último paciente.
Un hombre de unos cuarenta, con el uniforme arrugado y las ojeras pronunciadas de quien no ha dormido bien en semanas.
Tn lo despidió con una sonrisa tranquila, profesional, sin juicio.
—Avanzamos bastante hoy.
Asegúrate de seguir con los ejercicios de respiración —dijo, mientras el paciente asentía agradecido.
Cuando quedó solo, el silencio de la oficina lo envolvió por completo.
Tn soltó un suspiro largo, apoyando la espalda contra el respaldo de su silla.
Su mirada recorrió la estancia: paredes claras, estanterías ordenadas con libros de psicología, neurología y algunos volúmenes de filosofía.
Plantas artificiales mantenían una estética cálida, mientras una lámpara con luz ámbar le daba un aire acogedor al lugar.
Había sido un día largo.
Tres citas.
Tres personas diferentes, tres historias distintas de dolor, miedo, rabia contenida.
Y él, como siempre, escuchando.No juzgando.
Solo guiando.Abrió su libreta de notas y comenzó a repasar lo escrito: evaluaciones de estado emocional, progresos, bloqueos recurrentes.
Con cada página que pasaba, sentía ese nudo familiar en el pecho, el que siempre lo acompañaba después de una jornada intensa.
Su trabajo no era físico, pero el desgaste emocional era profundo.
Y constante.
En Nueva Eridu, el trauma era moneda común.
La gente hablaba de reconstrucción, de nuevas barreras, de orden… Pero nadie quería hablar de lo que había dejado atrás.
De los niños que vieron morir a sus padres.
De los soldados que mataron a sus amigos convertidos en Etéreos.
De los civiles que dormían con cuchillos bajo la almohada “por si acaso”.
Y allí entraba él.
Tn era, por elección propia, uno de los pocos especialistas que aceptaban pacientes con estrés postraumático severo.
Los otros psicólogos evitaban casos así.
Muchos se acobardaban.
Otros simplemente no soportaban escuchar tanta oscuridad sin romperse.
Habia porquerias demasiado perturbadoras.
Pero Tn… no solo los aceptaba.
Los toleraba.
Porque sabía lo que era hundirse.
Organizó sus carpetas con movimientos metódicos, cerró los archivos digitales, y apagó la lámpara de escritorio.
Miró de reojo el expediente que aún no archivaba del todo: Hoshimi Miyabi.El caso más complejo que tenía en la actualidad.
No por falta de avances.Sino por lo que ocultaba.
Se quedó viendo el nombre un momento más antes de finalmente cerrar la carpeta y guardarla en el cajón bajo llave.
Apagó el sistema de luces, revisó que la puerta estuviera bien cerrada, y se encaminó hacia la salida.Su día había terminado.
O al menos… eso quería creer.
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com