Waifu yandere(Collection) - Capítulo 106
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106: Scathach fgo 106: Scathach fgo Advertencia ⚠️ ⚠️ Futuro contenido para mayores 18 leer bajo su propio criterio Advertencia contenido grafico de violencia y Advertencia ⚠️ temas cuestionables y sensibles se sugiere que si no es de su agrado salga de aquí y de paso aclaro que personajes o imágenes no me pertenecen crédito a sus autores.
Agrego personajes no me pertenecen.
Imágenes y personajes no me pertenece crédito a sus autores.
Advertencia este capítulo contiene escenas para mayores y lenguaje bulgar están advertidos.
_____________________________________________________________________________ Correr.
Correr era lo único que le quedaba.
Los árboles crujían bajo sus pies descalzos y heridos, ramas desgarraban su piel y el vestido que apenas colgaba sobre su figura juvenil.
La sangre ya se había secado en su rostro, pero el hedor del carmesí reciente la seguía como un perfume cruel, recordándole que no quedaba nada.
Su aldea, sus hermanas, los guerreros que alguna vez creyeron en espadas contra el horror, todos fueron devorados.
El rugido que la seguía no era de este mundo.
La criatura, mezcla de hueso, pelaje ceniciento y bocas donde no debían haber, embestía entre los troncos con garras como cuchillas de bronce negro.
Scathach no sabía qué era.
Solo sabía que esa cosa caminaba con los dioses y se alimentaba de sueños rotos.
Las lágrimas no salían.
Ya no.
Solo un temblor involuntario en su mandíbula y la respiración cortada, sofocada por el miedo.
El suelo cedió sin aviso bajo sus pies.
Un grito mudo escapó de su garganta mientras su cuerpo caía, girando entre ramas y polvo.
Rodó por una colina, y el dolor de las piedras contra su espalda le arrancó un gemido ahogado.
Terminó en el fondo, entre barro, hojarasca y sangre ajena.
Sus brazos rasguñados temblaron mientras se arrastraba, tratando de esconderse detrás de una raíz.
Pero el sonido se acercaba.
Pesado.
Inminente.El monstruo estaba allí.
Ella gritó cuando lo vio saltar desde lo alto de la colina, con su forma imposible desgarrando el cielo nocturno.
Iba a morir.
Lo supo en su médula.
La criatura rugió con una cacofonía de voces distorsionadas y extendió sus zarpas….
…y entonces….
Clavado.
Silencio.
Ruptura.
Un brillo esmeralda cruzó el aire como una estrella fugaz, y el cuerpo del monstruo se detuvo en seco a medio salto.
Un rugido ahogado salió de su garganta antes de que la lanza lo atravesara por el pecho, clavándolo a un roble como si fuera una mariposa en un cuaderno de estudio.
“Pierces croí.”(atraviesa su corazon).
Las palabras resonaron no solo en el aire, sino en la tierra misma, como si los árboles se hubieran detenido a escuchar.
Un destello rúnico brilló desde la lanza, y el cuerpo de la bestia se desgarró desde adentro.
El ruido fue seco, brutal, como un tambor de guerra partiéndose por la mitad.
Lo que quedaba del monstruo se quemó lentamente con un fuego blanco.
Y entonces, apareció él.
Bajó desde la colina con pasos silenciosos, su silueta recortada contra la luna pálida.
Era un hombre joven, tal vez en sus veintes, aunque su mirada hablaba de siglos.
Llevaba una armadura ligera de cuero endurecido, pero era el manto blanco el que flotaba con el viento como alas rotas de un dios olvidado.
Su lanza aún humeaba.
El hombre se detuvo frente al cadáver de la criatura.
Lo observó con un suspiro apagado y movió la cabeza con una ligera negación.
Luego, giró.
Sus ojos la encontraron.A ella.
A Scathach.
Estaba acurrucada contra la raíz, el cuerpo tembloroso, cubierta de barro, sangre, miedo y algo más antiguo que eso: la desesperanza.
Él no mostró horror ni compasión.
Solo una calma que casi dolía.
Se inclinó ligeramente, dejando que la luna bañara su rostro con su brillo fantasmal.
Tenía ojos claros, como agua estancada de un lago sagrado, y cicatrices bajo el cuello.
Le sonrió.
No como un héroe.
Sino como un ser humano, como si pudiera entender lo que ella no podía decir.
Y entonces, con la lanza aún tibia en su otra mano, le ofreció la derecha.
Firme.
Abierta.
Limpia.
Scathach lo miró como si no pudiera comprender el gesto.
Tardó unos segundos.
Tal vez siglos.
Y al fin, con el cuerpo temblando y las rodillas cediendo, alzó su brazo… lentamente… hacia la única luz que quedaba en el mundo.
La mano de Scathach temblaba cuando se cerró sobre la de aquel hombre.
No era un gesto de fuerza, ni siquiera de esperanza.
Era más bien la reacción instintiva de una niña que aún no sabía si estaba viva.
Su piel estaba fría, su pulso irregular, y su respiración apenas era más que un susurro.
Cuando él tiró suavemente para levantarla, su cuerpo apenas respondió.
Las piernas flaquearon al instante, cediendo bajo el peso de su propio terror y del agotamiento brutal que arrastraba.
Un quejido ahogado salió de sus labios, pero no tocó el suelo.
Él la sostuvo.
Firme.
Su brazo la rodeó con cuidado, como si temiera romperla.
Con la misma delicadeza con la que se levantaría una copa rota entre ruinas.
“¿Estás bien?” —murmuró.
Su voz era baja, como el murmullo de un río después de la tormenta.
Solo una pregunta que no exigía respuesta.
Scathach no habló.
Sus labios temblaron, y sus ojos se humedecieron con rabia muda, pero se negó a llorar.
Sus dientes se apretaron como si así pudiera retener dentro de sí todo el dolor, todo el miedo, todo el fuego que le quemaba el alma.
Y él lo comprendió.
No dijo nada más.
Solo deslizó un brazo bajo sus rodillas y el otro detrás de su espalda, alzándola en brazos con una facilidad casi irreal.
Ella no protestó.
No se resistió.
Se aferró débilmente a su pecho, como si aferrarse a él significara no ser arrastrada por la oscuridad.
El viento traía olor a humo.
Mientras caminaban por el bosque, envueltos en sombras que danzaban entre las ramas, las hojas crujían bajo sus pasos, y Scathach fue cediendo lentamente al agotamiento.
Sus párpados pesaban como plomo.
Su respiración se hizo más profunda, más regular, mientras su mente, en fragmentos, se deslizaba al sueño.
Por primera vez desde que la bestia llegó, cerró los ojos sin miedo.
El humo no mentía.
Tn salió del bosque con la joven dormida en brazos, y lo que encontró fue un escenario digno de los antiguos cantos de guerra: el fin de un mundo.Las casas de madera estaban reducidas a esqueletos carbonizados, los techos habían cedido como cuerpos vencidos.
Las paredes aún crepitaban, iluminadas por llamas anaranjadas que lamían el cielo nocturno.
Cadáveres por doquier.
Hombres con lanzas rotas, mujeres abrazadas a niños que ya no respiraban.
Sangre negra, sangre roja, y la ceniza como nieve maldita.
Tn se detuvo en silencio.
No apartó la mirada.
No cerró los ojos.
No maldijo a los dioses.
Solo respiró hondo, y siguió caminando.
Buscó lo que quedaba del granero, una estructura medio caída pero aún firme en su base.
Allí, entre paja sucia y madera chamuscada, colocó con cuidado a la joven.
La recostó suavemente sobre un colchón improvisado de heno, evitando que las astillas de la madera la tocaran.
Ella seguía dormida.
Su rostro, manchado de hollín y cortes, tenía una expresión vulnerable que él no había visto en nadie en años.
Tn desató su manto blanco, lo sacudió para quitarle el polvo, y lo cubrió sobre el cuerpo de la niña, como un ala protectora.
Luego se incorporó, y sin decir palabra alguna, dio media vuelta y extendió su mano hacia el fuego.
No gritó.
No rezó.
No imploró.Solo invocó las runas.
Símbolos antiguos, de tiempos donde los hombres hablaban con los árboles y el cielo tenía voz, se encendieron en el aire.
La lengua druídica flotó en su mente como un canto susurrado por la tierra misma.
El fuego tembló.
Las llamas retrocedieron levemente, como si reconocieran al hombre que caminaba entre ellas sin temor.
El aire cambió.
Y Tn, se preparó para enfrentar al incendio…no podria dejar este desastre.
.
.
.
El primer aliento del amanecer llegó tibio, tiñendo el cielo de un rojo apagado que se mezclaba con el humo que aún flotaba como fantasmas sobre los restos de la aldea.
La noche había sido larga, y el silencio, absoluto.
Solo el crepitar de las brasas moribundas se atrevía a romperlo.
Dentro del granero, el cuerpo de Scathach se agitó levemente.
Su respiración se aceleró, y sus párpados pesados parpadearon con dificultad.
Despertar fue un regreso lento y doloroso.
Lo primero que sintió fue el roce suave del manto que la cubría.
Luego, el aroma a paja, humo seco… y sangre.
Se incorporó con esfuerzo, el cuerpo aún adolorido, la piel tirante por las raspaduras y cortes.
Su instinto fue moverse, ponerse de pie, hacer algo… pero al apoyar los pies descalzos en la madera, un dolor agudo le atravesó la planta, y un siseo involuntario escapó de su boca.
Cayó de rodillas.
Pero no se detuvo.
Apoyando una mano en la pared semiquemada del granero, se obligó a caminar.
Cada paso era una punzada, pero no importaba.
Tenía que ver.
Tenía que saber.
No podía quedarse ahí, protegida, mientras lo que amaba yacía en ruinas.
Cuando empujó la puerta del granero, la luz del amanecer la cegó por un momento.
Entrecerró los ojos, y la imagen que vio fue como una cuchilla en su corazón.
Su aldea.
O lo que quedaba de ella.
Una extensión de escombros, humo y tierra revuelta.
Las casas que alguna vez vibraron con voces, risas y canciones, ahora eran solo fragmentos de madera chamuscada y barro seco.
Todo lo que conocía había sido barrido en una noche.
Y sin embargo… hubo algo distinto.
A la distancia, en el campo que antes era una granja, vio montículos de tierra perfectamente alineados, cubiertos por piedras pequeñas o simples ramas.
Cada uno era un tumulo funerario.
Y frente a ellos, solo…él.
Aquel hombre, el mismo que la había salvado, estaba arrodillado con la cabeza inclinada.
Su lanza estaba plantada en el suelo a su lado, como si fuera un tótem.
Las palabras que murmuraba fluían suaves, antiguas, en un idioma que parecía más viejo que la propia tierra.
Oraciones druidas.
Plegarias para los muertos.
Ritos para devolver las almas al ciclo.
Scathach no se detuvo.
El viento jugaba con los jirones de su vestido, y cada paso era como si caminara sobre cuchillas, pero siguió.
Al acercarse, sus ojos ardían, no por el humo, sino por lo que entendía sin necesidad de preguntar.
Él… los había enterrado a todos.
Cada uno.
Con sus propias manos.
Durante la noche.
Sin magia que reemplazara el dolor.
Sin ayuda.
Solo él y los muertos.
El hombre terminó la última frase de su plegaria y levantó la vista, como si hubiera sentido su presencia.
Sus ojos la encontraron con esa misma calma insondable, sin sorpresa, sin lástima.
Scathach no habló al principio.
No supo qué decir.
El mundo giraba y se rompía en su interior: asco, debilidad, rabia, impotencia, tristeza.
Sentía que su cuerpo iba a colapsar bajo el peso de esas emociones que jamás había aprendido a nombrar.
Por fin, rompió el silencio con voz rasposa.
—¿Eres… un guerrero celta?
Él la observó unos segundos.
Luego negó con suavidad.
—No.
Soy un druida.
Uno que aún recuerda el lenguaje del mundo… y el deber de protegerlo.
Un druida era miembro de una clase sacerdotal en las antiguas culturas celtas.
Desempeñaban funciones religiosas, legales, médicas y educativas, y eran considerados guardianes del conocimiento.
También se les asocia con la magia y la naturaleza.
(Nt:jejeje asi es aprendan cultura conmigo que no investigo en wiki y libros en foros por nada).
Scathach sintió algo quebrarse dentro de sí.
Las palabras bastaron.
Un druida… un sabio, un guía.
Un protector.
Y sin pensarlo, sin importar el barro bajo sus rodillas, sin importar el orgullo que jamás había sabido que tenía, se arrodilló frente a él.
No solo arrodillarse.
Se postró.
Su frente tocó la tierra mojada.
Su cuerpo tembló.
Pero no era debilidad.
Era propósito.
—Enséñame.Su voz era baja pero firme.—Si de verdad eres un druida, si de verdad caminas con el mundo… entonces hazme tu discípula.
Enséñame a proteger.
Enséñame a luchar.
Hazme fuerte.
Hubo un silencio largo.
El viento se detuvo.
Los espíritus de los muertos quizá también.
Y ella no se movió.
Porque en ese momento, Scathach no era aún la asesina de dioses, ni la maestra de héroes.
Era solo una niña rota… buscando un camino.
El silencio se estiró como una cuerda tensa mientras Scathach seguía postrada, el corazón latiendo con fuerza, los puños apretados contra la tierra húmeda.
No se atrevía a alzar la vista.
Una parte de ella —la más vieja, la más dañada— temía escuchar los pasos del hombre alejándose, dejándola como el mundo ya lo había hecho.
Pero no fue así.
Sintió el crujido de tierra y ramas al moverse, y luego… una mano callosa, firme y cálida se posó sobre su hombro desnudo.
No fue un gesto frío ni distante.
Fue humano.
Vivo.
Un gesto de tierra y raíz.
Su cuerpo se estremeció.
—Levántate —dijo él, con una voz que no ordenaba, sino que invitaba.
Scathach obedeció.
Con esfuerzo, sus piernas temblorosas se alzaron.
Los mechones oscuros caían sobre su rostro sucio y sucio, y los ojos rojizos por el llanto no derramado se cruzaron con los del hombre.
Y él… le sonrió.
Una sonrisa pequeña, discreta, pero real.
No de burla, no de lástima.
Una sonrisa de aceptación.—Si estás dispuesta a caminar este camino, entonces te tomaré bajo mi cuidado —dijo con solemnidad calmada—.
Te enseñaré el camino de los druidas… el sendero del equilibrio, de la voz de la tierra… y de la compasión cuando el mundo.
Su deber como Mentor Druida era aconsejar y ayudar al necesitado.
Scathach, aún con la garganta apretada, asintió una vez.
No confiaba en su voz.
—¿Tu nombre, niña?
Ella parpadeó.—S… Scathach.
Hija de Árd-Greimne de Lethra.Su voz era un susurro, pero clara.
El hombre asintió con respeto.—Un nombre fuerte.
Uno que crecerá más allá de lo que puedes imaginar.
Y luego él habló:—Yo soy Tn.
Nada más.
Solo un hombre… y trata de enseñar a otros.
Scathach lo repitió en su mente: Tn.Lo grabó como fuego.
Porque por primera vez, ese nombre se unía a una promesa.
Pero sus pensamientos se interrumpieron cuando el hombre frunció ligeramente el ceño.
—Aún estás herida… y descalza —murmuró, como si la hubiera estado observando con atención desde el principio y hasta ahora decidiera actuar.
Antes de que ella pudiera protestar, él levantó una mano con calma.
—Si vas a ser mi discípula, no te dejaré desangrarte mientras hablas de voluntad.
Si quieres fuerza, primero debemos restaurarte.
Le indicó con un gesto que se sentara sobre una roca cubierta de musgo cercana.
Scathach obedeció, sintiendo el ardor de sus pies y los cortes en su espalda protestar con cada paso.
Tn se arrodilló frente a ella, con movimientos precisos, y sacó de su cinturón un cuerno tallado con símbolos antiguos, espirales celtas y nudos sagrados que parecían moverse bajo la luz del sol.
Con cuidado, lo alzó frente a su rostro y comenzó a recitar en voz baja.
Palabras antiguas.
Lengua de raíces, viento y ceniza.
Rúnicas que vibraban en el aire con una cadencia suave, como si la tierra misma escuchara.
El agua dentro del cuerno comenzó a temblar… luego a girar… y por fin, a flotar.
Pequeñas esferas de líquido se elevaron lentamente, luminosas, casi etéreas.
Scathach las observó con una mezcla de asombro y duda.
Pero cuando la primera gota tocó su piel, sintió calor.
No fuego.
Vida.
El agua flotante comenzó a deslizarse por su cuerpo, siguiendo líneas invisibles, tocando sus cortes, sus moretones, las heridas ocultas bajo la piel.El dolor se calmó.Las punzadas se desvanecieron.Y por primera vez desde la masacre… su cuerpo comenzó a sanar.
Tn no dejó de murmurar.
Sus manos trazaban figuras en el aire, sellando el ritual.
No la miraba como a una niña rota, sino como a una semilla.Una semilla que tal vez, algún día… florecería.
.
.
Scathach y Tn emprendieron su camino como maestro y aprendiz a través de las verdes y brumosas tierras de Irlanda, un mundo aún joven en su espíritu, donde los árboles susurraban en lenguas antiguas y los ríos hablaban del pasado a quien supiera escuchar.
Había algo sagrado en cada paso que daban: en el crujido del musgo bajo los pies, en el canto lejano de los cuervos, en la niebla que a veces envolvía los caminos como si el propio mundo quisiera ocultar sus secretos.
El primer destino fue el antiguo hogar de Scathach, una aldea ya en ruinas, donde aún quedaban fragmentos de su pasado.
Entre escombros y recuerdos, encontraron algo de valor: un vestido corto de lana gris, rudimentario pero resistente.
Ella lo sostuvo con manos temblorosas, sintiendo una mezcla de nostalgia y desarraigo.
Tn no dijo nada, pero puso una mano sobre su hombro, dándole el tiempo y el silencio necesarios para despedirse de esa versión rota de sí misma.
Desde entonces, vagaron.
No sin rumbo, sino con propósito.
Tn le enseñó a mirar, no solo a ver.
A sentir el ritmo de la tierra, a interpretar el viento como los antiguos druidas hacían.
Pasaban días enteros en bosques silenciosos, donde él señalaba hongos venenosos y raíces curativas, hablaba del equilibrio de la vida y la muerte, y le mostraba cómo grabar runas en piedra y madera, cómo susurrar sus nombres para que despertaran.
En los claros, entrenaban con lanzas.
Las de ella aún temblaban.
Su agarre era firme, pero sus movimientos reflejaban más rabia que precisión.
Tn lo notaba.
Y cuando fallaba una postura, cuando el impulso nacía de la ira y no de la disciplina, la corrección venía rápida: un leve golpecito con dos dedos en su frente o una palmada seca en la nuca.
—Concéntrate.
—decía él con una calma mientras se reia de ella, sin levantar la voz.
—¡Eso dolió!
—se quejaba ella, frunciendo el ceño mientras se frotaba la cabeza.
—Entonces no falles.
—respondía Tn, girando sobre sus talones y volviendo a su posición de guardia con una sonrisa escondida.
Era una danza que se repetía, una rutina que poco a poco comenzó a sentirse como hogar.
Scathach gruñía por cada corrección, pero algo en su mirada decía otra cosa.
Le gustaba la exigencia, porque también traía consigo atención.
No era severidad cruel; era constancia, una presencia que no se apagaba.
Para alguien que había vivido entre la indiferencia de su tribu, eso era…
nuevo.
En una de esas tardes de descanso, mientras compartían un pequeño fuego y comían pan duro y frutos silvestres, ella habló, sin ser interrogada:.
—Mi hermana…
Aífe.
Está en una tribu vecina.
—dijo, sin levantar la mirada del fuego.
Tn no respondió de inmediato.
Solo asintió una vez.
—¿Te preocupa?
Scathach tardó en responder.
Sus labios se curvaron en una línea tensa.
—No tenemos buena relación.
Nunca la tuvimos.
Pero…
creo que siempre supimos dónde estaba la otra.
Aunque no habláramos.
—El lazo de sangre no siempre es sinónimo de cercanía.
—dijo él—.
Pero es una sombra que te acompaña, aunque no la mires.
Scathach asintió, apretando las manos sobre sus rodillas.
Luego miró a Tn y preguntó con voz más baja—¿Tú tienes hermanos?
Tn permaneció en silencio unos instantes, como si ese eco lo llevara muy, muy lejos.
Finalmente, negó con la cabeza.
—No.
Al menos…
no que recuerde.
Ella no insistió.
Pero algo cambió en su forma de mirarlo.
No como a un sabio o a un guerrero, sino como a alguien…
solo.
Y en esa soledad, encontró un reflejo tenue de la suya.
Desde entonces, sus entrenamientos no solo se trataban de fuerza y sabiduría, sino también de una conexión silenciosa que crecía.
Día a día.
Mirada a mirada.
Runas compartidas.
Y cada pequeño golpe en la cabeza, cada corrección, terminaba con una risa reprimida o una broma seca que los acercaba más.
Y aunque Scathach no lo admitiría, en el fondo…
disfrutaba todo eso.
Mucho más de lo que sus palabras dejarían ver.
La noche caía sobre los bosques de Irlanda como un velo de sombras húmedas y aromas silvestres.
La fogata chisporroteaba, alzando lenguas naranjas y rojas que iluminaban el rostro sudado y satisfecho de Scáthach, mientras la carne del jabalí se asaba lentamente sobre las brasas.
Había sido una buena cacería.
Aunque aún joven, su instinto para la lucha y la sangre era más que natural.
Casi diría que era una segunda piel.
Se sentó junto al fuego, sus dos lanzas de mineral verde descansando contra un tronco.
El brillo peculiar de sus filos reflejaba la luz del fuego como si respiraran.
Le gustaban.
Eran pesadas, rústicas y algo desequilibradas, pero le gustaban.
No era lo mejor, pero eran hechas por su mentor: un alma en el arma.
Le recordaban quién estaba destinada a ser.
—Tn es un aburrido —bufó, arrancando un pedazo de carne del jabalí con una daga de piedra afilada—.
Hongos y raíces.
Puaaj…
Pero aun en su burla, su voz no tenía veneno.
Más bien un dejo de traviesa familiaridad.
Aunque no lo admitiría en voz alta, empezaba a encontrar paz en su rutina con ese extraño hombre.
Él no hablaba mucho, y cuando lo hacía, sus palabras eran medidas, serenas y llenas de un conocimiento tan viejo como los ríos.
Y aunque no lo decía, la forma en que la observaba mientras entrenaban, o cómo le corregía con paciencia cuando se equivocaba, le decía más de lo que cualquier maestro anterior jamás le había enseñado.
Terminó de devorar su porción, limpiándose con el dorso de la mano.
Se recostó contra el tronco donde descansaban las lanzas y, al mirar hacia arriba, el cielo abierto la cubría con su manto estrellado.
—Mi hermana estaría burlándose de mí si me viera así —susurró, en voz apenas audible.
Había mencionado a Aífe solo una vez, al pasar.
Sabía que vivía con otra tribu en el otro extremo del valle, pero no parecía interesada en buscarla.
Algo se había roto entre ellas tiempo atrás, aunque Scáthach no lo admitía.
El orgullo era como la roca: no se doblaba, solo se partía.
Un crujido entre los árboles la alertó.
Se levantó como un resorte, lanzas en mano, pero relajó la postura al ver emerger a Tn con una pequeña cesta de corteza colmada de raíces, hongos y un par de frutas extrañas.
—Podrías haber traído vino —bromeó ella, girando las lanzas entre sus dedos con destreza.
Tn la miró con una ceja arqueada.
—Y tú podrías haber traído más jabalí —respondió tranquilo, sentándose junto a la fogata.
Scáthach le lanzó una pata de carne que él atrapó sin problemas.
La noche prosiguió en silencioso entendimiento.
No necesitaban hablar mucho.
Ya compartían algo más fuerte: respeto.
Cada noche ella lo comprendía mejor, y él veía cómo en esa niña salvaje empezaba a forjarse el acero de una mujer que algún día enseñaría a héroes… o mataría bestias.
Pero aún no.
Por ahora, compartían el fuego, la carne, las lanzas… y una historia que apenas comenzaba a escribirse en la piedra del tiempo celta.
La noche en el bosque era tranquila, envuelta en el murmullo lejano de criaturas nocturnas y el chisporroteo tenue de la fogata que aún resistía el paso del viento.
Tn, con la espalda apoyada contra el árbol, mantenía los ojos semiabiertos.
El cielo, despejado, permitía que las estrellas celtas dibujaran constelaciones conocidas sólo por los sabios: antiguos signos que hablaban de batallas, pactos y héroes olvidados.
Scáthach, dormida con la cabeza sobre sus piernas, parecía pequeña y ajena al mundo feroz que algún día enfrentaría.
Sus quejas murmuradas, entremezcladas con nombres de plantas y gruñidos de hastío, lo hacían soltar una risa baja, apenas audible.
—“No más raíces amargas… Tn, druida testarudo…”, murmuró ella en sueños.
Tn bajó la vista y, por un instante, sus pensamientos divagaron más allá de la noche presente.
Aún recordaba con claridad el momento en que la encontró: su cuerpo magullado, su orgullo intacto, y la chispa feroz en sus ojos que no era común en niñas de su edad.
Había algo en ella… algo antiguo.
Como si el destino mismo la hubiera traído a su encuentro.
El druida suspiró.
Aunque su rostro era joven y firme, cada arruga sutil en su mirada delataba los siglos acumulados en su mente.
No por longevidad física, sino por el conocimiento que los rituales druidas y los pactos con los espíritus de la tierra le habían concedido.
Había vivido historias de imperios que cayeron sin que el mundo las recordara.
Y ahora, allí estaba, enseñando a una niña a usar una lanza y a identificar hongos que podían curar o matar.
Pasó una mano por el cabello de Scáthach, como un gesto protector, aunque ella refunfuñó un poco en sueños, girándose apenas.
El calor de la fogata y la confianza tácita entre ambos mantenía alejadas a las alimañas.
—”Tienes mucho por crecer, guerrera de la sombra”, susurró Tn, como si el bosque mismo necesitara escucharlo.
A lo lejos, un búho cantó, y el viento rozó las copas de los árboles.
La noche continuó, cargada de augurios antiguos y promesas aún por cumplirse.
El maestro y su aprendiz dormían, pero el destino de ambos ya caminaba en dirección a lo legendario.
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