Waifu yandere(Collection) - Capítulo 110
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110: Kukulkan (Fgo) 110: Kukulkan (Fgo) Advertencia ⚠️ ⚠️ Futuro contenido para mayores 18 leer bajo su propio criterio Advertencia contenido grafico de violencia y Advertencia ⚠️ temas cuestionables y sensibles se sugiere que si no es de su agrado salga de aquí y de paso aclaro que personajes o imágenes no me pertenecen crédito a sus autores.
Agrego personajes no me pertenecen.
Imágenes y personajes no me pertenece crédito a sus autores.
Advertencia este capítulo contiene escenas para mayores y lenguaje bulgar están advertidos.
Bien aquí estamos otra vez……..yeiiiii.
miren tal vez este capítulo no les importe demasiado, pero esta cosa tendrá mezcla de dies irae (no perderé la costumbre) y ya me imagino que no les agradará demasiado……nunca lo suficiente.
____________________________________________________________________________ La sangre fluía como cometas rotos en el vacío.
Fragmentos de tiempo y espacio se desprendían del cuerpo destrozado de Vash Stampede Heydrich, flotando inerte entre galaxias moribundas.
Sin brazos para sostener su lanza, sin energía en su Ewigkeit, apenas se mantenía consciente, respirando el polvo de las estrellas muertas que lo rodeaban.
Su silueta, aún teñida de rojo y azul, levitaba ante la vasta inmensidad, pero ya no era más que una vela encendida en un mar de tormentas solares.
Frente a él, intacto en su porte imperial, flotaba Mercurius.
_________________________________________________ El Dios de la Eterna Recurrencia, el alquimista absoluto, el amante de la repetición sin sentido.
Su uniforme nazi clásico —manchado de líquido dorado, el mismo que se derramaba de las heridas de Vash— brillaba con perverso esplendor bajo una luna que ya no existía.
Y en su mano….
Una masa tumultuosa de constelaciones vivas, girando y chillando como un ave rapaz atrapada en una jaula de tiempo.
Era la Esencia del Ave de Hermes, el núcleo del alma rebelde que había definido a Vash.
El símbolo de la negación eterna.Su voluntad de romper el ciclo.
Su luz.
Mercurius la sostenía como si fuese un juguete.
—”Otra vez te alzaste contra mí, Vash…” —murmuró el dios con tedio en la voz, su silueta cruzando lentamente la distancia entre ellos, caminando como si el espacio mismo se plegara a su voluntad—.
“¿Cuántas veces es esta ya…?
¿Quinientos?
¿Mil doscientos?
¿Un millón…?”.
Vash no respondió.
Solo escupió sangre estelar y lo miró con sus ojos detras del cristal roto, nublados por el dolor.
Su cuerpo estaba roto, pero su odio aún ardía.
Su alma aún maldecía.
Pero el sueño… el sueño de romper el ciclo… …comenzaba a desvanecerse.
Mercurius inclinó la cabeza, divertido.
La constelación viva se retorcía en su mano, chillando en frecuencias imposibles de traducir.
—”Te admiro, pequeño bastardo,” —confesó con una sonrisa tranquila—.
“Eres la única chispa que puede hacerme sentir algo parecido a…
sorpresa.
Pero no cambias.
Siempre crees que puedes vencerme si solo…
‘te esfuerzas más’.
Qué poético.
Qué humano.
Qué triste.”.
Se detuvo frente a él, y Vash apenas pudo reunir aire para hablar.
—”Tu eternidad… jodete…” —jadeó, escupiendo otro hilo de sangre, mientras su mirada se alzaba hacia las estrellas falsas que Mercurius había diseñado.
—”Lo sé,” —respondió el dios con una carcajada suave, casi maternal—.
“Pero es mi mentira.
Y no dejaré que la rompas.”.
Entonces, sin más ceremonia, Mercurius hundió la mano en su pecho.
El universo tembló.
El tiempo se agitó.Y la esencia del Ave de Hermes fue arrancada de raíz.
Vash gritó.
No de dolor físico, sino existencial.Sus ojos se pusieron en blanco mientras un frío hueco reemplazaba su alma.
Lo que quedaba de su ser fue reducido a un recipiente vacío, colapsando lentamente.
Sin el Ave, ya no era Vash.Solo una sombra.
Mercurius levantó la esfera de luz caótica y observó sus colores: oro, rojo, negro, azul… era un universo en sí misma.
La contempló con desprecio, y luego… con indiferencia.
—”Una chispa molesta.
Pero interesante.” —susurró.Y entonces la arrojó a la Tierra.
Sin un pensamiento más, sin piedad, sin ceremonia.
La chispa cruzó el espacio-tiempo, ardiendo como un cometa, un rayo furioso desgarrando los velos de la realidad.
Y cuando impactó la superficie del planeta, el mundo cambió.
.
.Séptimo lostbelt Mil soles.
El cielo tembló.
Como si los huesos del mundo crujieran al unísono, una explosión de luz desgarró la atmósfera del Lostbelt.
La esencia del Ave de Hermes, arrojada por la mano indiferente de Mercurius, atravesó capas de realidad como una lanza solar.
Su estela brilló con fuego dorado, negro y rojo, iluminando selvas, desiertos y océanos con el rastro ardiente de su caída.
Y cuando por fin tocó la Tierra, el impacto fue bíblico.
Montañas se agrietaron.
El aire vibró con una onda de poder que no pertenecía a ese mundo.Y del cráter ardiente emergió una aurora viviente, una energía rebelde que palpitaba como el corazón de un sol recién nacido.
El lugar nunca volvería a ser el mismo.
Muy lejos del epicentro, en un valle verde bordeado por ruinas de piedra antigua y árboles gigantes, Kukulkan comía sentada sobre una raíz curva.
Aún sin ropa —pues en este mundo, el pudor no era necesario, y la desnudez era tan natural como el viento—, la diosa masticaba con las mejillas infladas de maíz recién robado.
Frente a ella, a una distancia prudente, se encontraba Tepeu, el saurio de escamas esmeralda, ojos llenos de sabiduría, y porte noble.
—“No deberías tomar de mi cosecha sin pedirlo,” —le dijo con voz serena, mientras acomodaba sus patas sobre una piedra y la miraba sin rencor—.
“Pero…
supongo que dejaré pasar esta vez.”.
Kukulkan, con la boca aún llena, lo miró inocentemente y levantó una ceja.—“¿Por qué plantas tanto si no quieres que te lo robe?” —respondió, con la boca aún medio llena, antes de tragar con fuerza.
Tepeu soltó una suave carcajada, grave y profunda.
—“Porque alguien siempre tiene hambre.”.
Kukulkan sonrió, relamiéndose.
Parecía más niña que deidad, y sin embargo, el aura solar que exudaba hacía temblar las hojas.
Su cuerpo emanaba una calma vibrante, como la de un volcán dormido.
Sin preocupaciones, sin deberes.
Solo existencia pura.
Pero entonces…una vibración recorrió la tierra.
Tepeu alzó la cabeza, sus ojos brillando con reflexión inmediata.
En sus pupilas rectangulares danzaban fragmentos del cielo distorsionado.
Kukulkan se detuvo a medio mordisco.
El aire se sentía raro.
El viento dejó de moverse.Incluso los cantos de las criaturas del valle cesaron.
—“¿Lo sentiste?” —preguntó Tepeu, mientras sus pupilas se estrechaban.
—“Sí…” —murmuró Kukulkan, bajando lentamente el maíz—.
“Eso no fue normal.”.
Tepeu giró el cuello hacia el oeste, hacia donde una columna lejana de nubes brillantes y energía oscilante se elevaba como un incendio multicolor.—“Un cometa cayó,” —dijo, con tono más grave—.
“Pero su energía…
no es de este mundo.
Ni siquiera de este ciclo.”.
Kukulkan parpadeó.
El concepto apenas resonaba con ella.
¿Ciclo?
¿Cometa?
¿No era solo una estrella que cayó?
Pero la emoción le picaba por dentro.
Una emoción…
rara.
No era hambre.
No era pereza.
Era algo nuevo.
Algo que no podía nombrar, pero que quería seguir.
Limpiándose la boca con el antebrazo, se puso de pie.
Una brisa cálida le acarició la piel dorada mientras alzaba la vista.
—“Voy a verlo,” —dijo simplemente.
Tepeu no se opuso.
Solo asintió.
—“Ten cuidado.
A veces las estrellas no caen por accidente.”.
Kukulkan extendió los brazos.
No para volar… sino para sentir el sol.
Pero no era su sol lo que brillaba ahora.
Era otro fuego.
Otro núcleo.
¿Un nuevo dios?
¿Un reflejo de ella misma?
La pregunta se alojó en su mente mientras su cuerpo se elevaba suavemente, como si el aire se plegara ante su presencia.
Con la gracia de una pluma y la velocidad de un relámpago, Kukulkan despegó hacia el firmamento, dejando atrás el valle, el maíz, y la última advertencia de Tepeu.
Volaba hacia algo… familiar y desconocido al mismo tiempo.
Y sin saberlo, volaba hacia su destino.
Kukulkan llegó a toda velocidad, su cabello ondeando como una serpiente al viento, una brisa cálida acariciando su piel desnuda.
Aún tenía restos de maíz entre los dientes, pero su atención ya no estaba en la comida.
Algo raro pasaba….
Frente a ella, el cráter humeante parecía sangrar oscuridad.
Un líquido espeso como alquitrán, negro como la noche pero tachonado con diminutos puntos blancos —como si el espacio mismo hubiese sido derramado sobre la tierra— burbujeaba en el centro del impacto.
Kukulkan se detuvo.
Sus pies descalzos se hundieron apenas en la tierra caliente, y un escalofrío serpenteó por su espalda.
—Eso… no es un cometa —susurró Tepeu, que la había seguido con pasos lentos—.
Ese olor… eso no es de este mundo.
Kukulkan no respondió.
Su mirada permanecía fija en el líquido.
Una ondulación.
Otra.
Entonces… algo emergió.
El alquitrán se alzó como una mano, como una ola viva, y de su interior una figura comenzó a arrastrarse fuera.
Kukulkan se sobresaltó, retrocedió unos pasos y se ocultó tras una enorme piedra, asomando apenas su cabeza para espiar.
El ente que surgía del abismo no caminaba aún.
Se deslizaba, se arrastraba, como si el peso de su propia existencia le costara.
Pero lentamente —muy lentamente— empezó a incorporarse.
El líquido negro se resbalaba por su piel y revelaba un cuerpo humano, esculpido como los guerreros de los códices sagrados, joven y fuerte.
Pero no era un dios conocido.
No era un dinosaurio.
Era algo más.
Su piel tenía un brillo pálido, sus músculos eran firmes, sus manos fragiles, y entre sus piernas colgaba sin pudor el miembro masculino, desnudo como Adán en el Edén —aunque Kukulkan, siendo quien era, no conocía la vergüenza ni el concepto de ropa.
Aun así… algo en él le parecía raro.
No por su forma.
Sino por lo que irradiaba.
Un aura… semi divina.
Como si no perteneciera al mundo, pero tampoco estuviera del todo fuera.
Como si lo sagrado y lo prohibido hubieran tenido un hijo.
Kukulkan tragó saliva, inquieta.
Su instinto, puro y antiguo, le decía que debía marcharse.
Pero otra parte… otra parte deseaba acercarse más.
Tepeu ladeó la cabeza y murmuró—Eso no es un dios… pero tampoco es un mortal… ¿Qué clase de estrella ha nacido hoy…?
Y Kukulkan, oculta tras la piedra, no podía apartar la vista de él.
Tepeu observó al joven que parecía apreciar su cuerpo.
El dinosaurio se comunicó en su lengua, una mezcla de ecos telúricos y pulsaciones vivas de la tierra, y el chico pareció reaccionar.
Aun débil y confundido, el muchacho dio sus primeros pasos, casi cayendo.
El dinosaurio, con su gesto tranquilo, ofreció su ayuda para atraparlo si caía.
El chico jadeó, con el pecho subiendo y bajando, mientras su mirada vagaba entre el cielo rojizo y el suelo arcilloso.
Luego miró al reptil, desconcertado.
Había algo raro en todo esto.
Como si hubiese nacido… pero sin pasado.
Kukulkan salió de su escondite, emergiendo entre el follaje de una ceiba sagrada que aún ardía con savia dorada.
Se acercó con calma, casi flotando.
Su expresión era alegre y curiosa, como la de una niña que acababa de encontrar un juguete nuevo.
—¿Qué clase de cosa es esa, Tepeu?
—preguntó, con una mezcla de entusiasmo y misterio.Era raro mirar algo humanoide aparte de ese molesto rey enano.
Tepeu giró su cabeza hacia ella, sus ojos brillando con el fulgor de un sabio.
—Podría ser un dios… uno del espacio, como tú.
Pero es raro… —susurró—.
Se ha formado muy rápido.
Demasiado.
Un cometa no deberia crear vida tan rapido, que clase de vida abra formado tal evento.
Los ojos de Kukulkan brillaron con intensidad, emocionados.
Se acercó aún más al joven, agachándose ligeramente a su altura, examinándolo de cerca con una mirada intensa y casi devota.
—¿Crees que vino de una estrella?
—murmuró, fascinada, como si estuviera ante un milagro.
Tepeu gruñó suavemente.
—Compórtate, Kukulkan.
Aún está débil.
Ella infló las mejillas, molesta, pero retrocedió un paso.
Aunque no quitó la vista del chico.
—Tiene ojos lindos… como los míos.
El joven la miró por un instante, y Kukulkan sintió algo extraño.
Algo vibró en su pecho.
Un eco lejano, como si ese instante hubiese sido compartido en otro tiempo que no recordaba.
Tepeu observó al joven con atención.
No podía dejarlo sin identidad.
Aún era una criatura fragil… pero si querían comprender su existencia, debía tener un nombre.
Una palabra para atarlo al mundo.
—Tn —murmuró Tepeu, como si lo hubiera leído en los susurros del viento.
Kukulkan giró su rostro hacia él.
—¿Tn?
—Sí —asintió Tepeu—.
Ese será su nombre.
Tepeu subió a Tn en su lomo y comenzó a caminar de regreso a su hogar, sus pisadas firmes pero silenciosas entre la maleza húmeda.
Kukulkan lo seguía flotando a su lado, sus ojos esmeralda observando al chico con una mezcla de fascinación y ternura.
Le parecía agradable, una presencia extraña pero familiar en ese mundo caído.
Tn murmuró apenas la palabra “Tn”.
Tenía un nombre.
Un nombre que no sabía qué significaba ni por qué le pertenecía.
Miró sus manos con desconcierto, sintiendo que algo era raro en ellas, en todo su cuerpo, como si aún no estuviera completo, como si estuviera despertando de un sueño muy profundo.
Cuando llegaron al hogar de Tepeu, este cuidadosamente bajó a Tn de su lomo y lo sentó sobre una alfombra tejida con fibras de hojas y flores, colocada frente a la entrada de su cueva.
Kukulkan se acomodó a su lado con una gracia natural y le ofreció un mazorca de maíz.
—Come, es nutritivo —le dijo con voz dulce, sonriendo con esos ojos llenos de luz solar.
Pero antes de que Tn pudiera reaccionar, Tepeu intervino con calma—Quizá algo más suave sería mejor.
Frutas, por ejemplo.
—Su tono era paternal, como si cuidara de un niño pequeño.
Sin embargo, Tn no miró ni el maíz ni la fruta que le ofrecían.
En cambio, su atención se posó en una piedra lisa y oscura que descansaba cerca de la alfombra.
La tomó con curiosidad y se la llevó a la boca.
Nham~.
“!WAAHAHAAHAHHAH!”.
Kukulkan gritó con alarma, levantándose de un salto y lanzándose sobre el para arrebatarle la piedra.
—¡Eso no se come!
—exclamó, sus ojos brillando con preocupación y algo de desesperación.
Tepeu suspiró profundamente, resignado.
—Tener a Kukulkan es como cuidar a un niño —murmuró, más para sí mismo que para los demás—.
Ahora tendremos un recién nacido.
Se levantó con paciencia y se dirigió a buscar algo de fruta fresca para calmar la situación y alimentar a Tn de forma adecuada, mientras Kukulkan no dejaba de mirarlo, inquieta pero emocionada por aquel extraño ser que acababa de entrar en sus vidas.
Tn ahora parecía más tranquilo comiendo fruta, aunque Kukulkan no se cansaba de insistir, su voz llena de convicción y una pizca de orgullo—No sabes lo bueno que es el maíz, Tn.
Te dará fuerzas, te lo prometo.
Además, tiene un sabor que no olvidarás.
El chico la miró con curiosidad, intentando comprender ese gesto tan sencillo pero cargado de intención.
Murmuró en voz baja, apenas audible—Maíz…
bueno…
Tepeu se sentó en un tronco cercano, observando a ambos con atención, pensando para sí mismo—Tiene rasgos parecidos a Kukulkan, joven, fuerte…
pero extraño.
No es un dios cualquiera, ni tampoco un simple mortal.
¿Será una buena influencia para ti, diosa?.
No queria tener otro problema corriendo por todo Mictlan.Tener a una loca ya era suficiente.
Kukulkan terminó de comer y soltó un suspiro de satisfacción, dejando caer suavemente la mazorca y recostándose sobre la alfombra.
Su cabello flotaba alrededor de ella como un halo luminoso.—Estoy cansada…
no puedo pelear con el estómago vacío, ¿sabes?
—dijo con una sonrisa pícara—.
Además, alguien tiene que vigilar a este pequeño extraño.
Tn la miró con atención, aún sin comprender del todo la calidez de esa sonrisa.
Imitó su gesto y se dejó caer a su lado, apoyando la espalda contra la tierra.
Levantó la vista hacia el cielo, donde las primeras estrellas comenzaban a brillar tímidamente.—Las estrellas…
parecen diferentes aquí —murmuró, casi para sí mismo—.
No como las que recuerdo.
Kukulkan lo observó con ternura y respondió con suavidad—Este lugar tiene su propia luz.
Es el hogar que protegemos.
Quizás, con el tiempo, también será tu hogar.
Tn cerró los ojos por un momento, dejando que el sonido lejano de la selva y la brisa acariciaran su piel.
Luego volvió a abrirlos y miró a Kukulkan con una mezcla de curiosidad y vulnerabilidad.
Raro.
Raro.
Raro.
Raro.
C0N$^M!R *&TUucdgvc78t47o832.
No pensar.No pensar.No pensar.No pensar.No pensar.No pensar.
—¿Quién eres tú?
—preguntó—.
¿Por qué me cuidas?
La diosa se sorprendió por la sinceridad de la pregunta, pero respondió con honestidad—Porque en este mundo no estás solo.
Porque aunque no entiendas todavía lo que eres, yo sí creo en ti.
Y porque, quizás…
eres más importante de lo que imaginas.
Tepeu, desde su lugar, sonrió levemente y añadió—Todos necesitamos alguien que crea en nosotros cuando estamos perdidos.
Un silencio cómodo se instaló entre ellos, roto solo por el canto lejano de los animales nocturnos.
Kukulkan suspiró, mirando al cielo estrellado, y dijo con determinación—Tn, te protegeré.
No permitiré que nada ni nadie te haga daño.
Tn, con una pequeña sonrisa, asintió débilmente.
Aunque no entendía del todo su nueva realidad, sentía que, por primera vez, había encontrado un lugar al que podía llamar suyo.
.
.
días pasan y Tepeu le enseña lo básico a Tn, fauna, lugares, locaciones para no perderse y sobre todo, hablar correctamente.
el dinosaurio notaba que el chico absorbía información con una velocidad que casi daba miedo, como si su mente necesitara llenarse desesperadamente de algo nuevo para mantenerse quieta.
—las serpientes coralillo son hermosas, pero si las ves… no intentes tocarlas —dijo Tepeu mientras caminaban por un sendero de tierra húmeda—.
rojo con negro, amigo del bueno.
rojo con amarillo… peligro para el vivo.
Tn asintió, memorizando cada frase, notando la fauna silvestre.
no hablaba mucho, pero cuando lo hacía, su tono ya era más claro, más estable.
—amigo… del bueno… —repitió con voz baja mientras miraba a un ave de colores intensos en una rama.
aunque Tepeu era su guía, kukulkan era otra historia.
ella parecía más interesada en que comiera, en mostrarle colores, olores, frutas, y lugares donde el sol brillaba como oro derretido sobre hojas mojadas.
a veces le hablaba de cosas que no entendía, sólo para reírse cuando Tn torcía la boca confundido.
un día, lo llevó a una cascada en medio de la selva.
el agua caía con fuerza desde una roca alta, formando un charco cristalino debajo.
los rayos de sol atravesaban la bruma, formando destellos dorados.
—¿ves eso?
—kukulkan señaló la cima—.
sería divertido saltar desde allí.
Tn la miró en silencio, luego elevó los ojos al borde de la cascada.
tragó saliva.
—apenas… veo el fondo.
—entonces confía.
—sin advertencia, kukulkan le empujó suavemente por la espalda.
Tn soltó un grito apagado antes de desaparecer entre la espuma, y antes de que la bruma se disipara, ella también se lanzó riendo.
el impacto lo dejó sin aire por un segundo.
cuando emergió, tosiendo y sacudiendo el agua de su cara, nadó hacia la orilla jadeando.
—¡no fue justo…!
—gimió entre toses.
kukulkan salió del agua unos segundos después, sacudiendo su cabello largo y empapado como si fuera una criatura de la lluvia.
su cbello, mojado, se pegaba a su piel.
—¡pero fue divertido!
—rió—.
¿ves?
no todo en la vida tiene que ser predecible.
—eso… que necesidad habia.
—oh, por favor, no seas tan dramático —le sonrió—.
vamos, otra vez.
esta vez lo harás por tu cuenta.
Tn dudó por unos segundos, luego miró su reflejo distorsionado en el agua y asintió.
subieron nuevamente.
esta vez, él se lanzó solo.
chilló brevemente, pero luego salió con una risa entrecortada.
nadaron, pelearon con salpicaduras, se sumergieron hasta que no pudieron más.
eventualmente, se recostaron juntos en la orilla de piedra, con los pies dentro del agua.
el sol bajaba lentamente por encima de los árboles.
—esto es… tranquilo —murmuró Tn con voz baja, casi como si hablara para sí mismo.
—el mundo puede ser así… si dejas de pensar en lo inecesario —respondió kukulkan, su tono más suave, menos juguetón.
él giró el rostro hacia ella.
—¿cómo… sabes tanto?
—porque viví mucho.
y porque escucho.
aunque muchos piensan que los dioses sólo damos problemas… en realidad también solucionas—hizo una pausa, mirándolo de reojo—.
tú… también has vivido cosas, ¿no?
Tn se quedó callado por un rato, luego bajó la mirada.
—hay… partes rotas.
sigo pensando en lo raro que naci.
—eso es… inquietante —dijo ella, no con burla, sino con cierta gravedad.
luego, más bajp—.
pero aquí… no tienes que ser eso.
aquí puedes simplemente ser.
él asintió muy lentamente.
no sabía por qué, pero esas palabras lo aliviaban.
y la risa de ella, como la de un ave quetzal, empezaba a sentirse como algo seguro.
—kukulkan… ¿por qué me cuidas?
ella cerró los ojos por un momento y sonrió.
—porque tienes algo que me recuerda a la lluvia que cae después del fuego.
rara, pero pareciendo mi opuesto.
Levanto su mano notando la energia verde jade rodeandola, una energia toxica como lo nuclear.
el chico no entendió del todo, pero tampoco preguntó más.
solo se quedó ahí, junto a ella, dejando que el viento le secara, el silencio no le pesara.
Luego de horas, ambos regresaron al Refugio de Tepeu.
El gran dinosaurio ya los esperaba en la entrada con los brazos cruzados (o el equivalente) y una expresión que solo podría describirse como un ceño paternal en escamas.
(Nt:ok……describir a un dinosaurio esta cabron XD pero me la jugare y vere que sale).
—¿Sabes cuántas horas pasaron?
—gruñó Tepeu mientras observaba a Kukulkán con severidad—.
Te lo pedí por unas horas, no por una expedición entera a través del cielo.
Kukulkán soltó una risita mientras se despeinaba un poco el cabello con las manos.
Su expresión era descarada y divertida, como si todo le importara poco.Y asi era, volar y vagar de ahi y haya.
—Relájate, viejo.
Lo llevé a ver el borde del Tlalocan, ¿sabías que se emociona con las corrientes de energía?
Es como un niño viendo fuego por primera vez —dijo, guiñándole un ojo a Tn—.
Además, necesitaba salir un poco del nido, ¿no crees?
Tepeu soltó un resoplido bajo.
—Eso no justifica el riesgo.
No sabes lo que se oculta entre los valles de cuchillas.
—¿Y tú sí?
—replicó la diosa, altiva.
—Yo sé suficiente como para no llevar a un muchacho sin alas a donde solo vuelan los muertos —replicó Tepeu, firme como piedra.
Tn, en medio de ambos, se sentó en una roca cercana, aún con algo de polvo solar sobre la ropa y el cabello enmarañado por los vientos sagrados.
Observó el lugar: el Refugio, con sus paredes de piedra viva que respiraban musgo, el fuego que nunca se apagaba en el centro del claro, y la sombra alargada de la Ceiba que parecía crecer mientras el sol caía.
Vivir con una diosa y un dinosaurio no era lo peor del mundo.
Aprendía cada día, comía, entrenaba… y repasaba en silencio la misma pregunta: ¿Quién soy realmente?
Kukulkán se le acercó, con las alas plegadas y el cabello brillando por el reflejo del cenit.
Se agachó a su lado.
—¿Estás cansado?
—Un poco… —respondió Tn—.
Pero me gustó.
Me mostraste muchos lugares.
Ella sonrió.
—¿Y cuál te gustó más?
Tn lo pensó por un momento.
Luego, sus ojos se alzaron al cielo.
—El precipicio que conecta con el cielo.
Dijiste que era el Tlalocan, ¿verdad?
—Exacto.
Es el primer techo, la frontera dorada.
Allá arriba, si subes lo suficiente, puedes escuchar los ecos de los jaguares del sol —explicó Kukulkán, haciendo un gesto con las manos como si acariciara una constelación invisible.
Tepeu se acercó con una rama encendida, encendiendo el fuego ritual en el centro del refugio.
—Pero eso no es todo lo que hay, muchacho.
Este mundo es profundo.
Más de lo que los ojos pueden abarcar.
Kukulkán se apresura demasiado, así que yo te lo contaré con calma.
Tn giró hacia él, curioso.
Tepeu apuntó con su garra hacia el suelo, como si pudiera abrir la tierra con la voz.
—Escucha bien… Bajo nuestros pies hay capas.
Mundos.
Cielos invertidos.
Todos conectados.
—¿Capas?
—preguntó Tn.
Kukulkán asintió, seria ahora.
—Sí.
Escucha:.
Tlalocan: Un precipicio que sirve como techo, donde el cielo toca la superficie.
Ahí nacen los rayos y los vientos solares.
Tlatlauhqui: La frontera roja del inframundo.
Hay un río eterno, donde vive Xochitónal, una iguana gigante que vigila los sueños.
Chichén Itzá: Las fértiles llanuras doradas.
Allí reside el Rey Dinosaurio, bajo mi protección —dijo Kukulkán con orgullo.
Itztépetl: El valle de cuchillas y viento.
Es la frontera blanca.
Los huesos van allí a morir.
Tula: La quinta capa.
Son los vasos sanguíneos de la tierra.
Un lago de sangre se extiende y allí cantan aves que beben recuerdos.
Xoxoauhqui: Las dunas galácticas.
Jardines de silencio donde las estrellas se entierran vivas.
Ilhuicatl: La séptima capa.
Un lugar sin luz, pero lleno de cantos que solo los muertos entienden.
Yayauhqui: La frontera negra.
Montañas subterráneas.
Ahí no llega ni el fuego.
Xibalbá: La tierra del miedo.
La más baja.
El corazón podrido del mundo.
—¿Y todas esas… existen de verdad?
—preguntó Tn, fascinado y algo inquieto.
Tepeu asintió con solemnidad.MIentras sus gafas se ajustaban.
—Más de lo que puedes imaginar.
Algunas se cruzan con esta tierra.
Otras… sólo cuando decides ir directamente a ellas.
—También hay lugares especiales —interrumpió Kukulkán—.
Como la Ciudad de México, que fue levantada sobre ruinas que ni siquiera los antiguos se atrevieron a nombrar.
Allí, Daybit Sem Void y Tezcatlipoca tejieron una ciudad.
—Y Metztitlán, —añadió Tepeu— un observatorio que es bastante especial.
Tn se quedó en silencio, con el fuego danzando en sus ojos.
El mundo era vasto, extraño… y le pertenecía sólo en fragmentos.
No recordaba su origen, pero cada capa que conocía le ofrecía una nueva pieza.
Kukulkán puso una mano sobre su hombro.
—Un día iremos a Chichén Itzá, si lo deseas.
Pero debes estar listo.
No todos los dias veran un humano como nosotros.
Humano.
Humano.
Humano.
Dueledueledueledueledueledueledueledueledueledueledueledueleduled.
………………………………….
—¿Y si quiero ir a Xibalbá?.Dejo que su cabeza se callara prestando atencion.
—Entonces prepárate para no regresar —susurró Tepeu—.
Porque los ecos que ahí se oyen… no son tuyos.Lo que habíta el inframundo no deberia molestarse.
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com