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Waifu yandere(Collection) - Capítulo 113

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  4. Capítulo 113 - 113 Jeanne d arc ruler part 3 Fgo
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113: Jeanne d arc ruler part 3 (Fgo) 113: Jeanne d arc ruler part 3 (Fgo) Advertencia ⚠️ ⚠️ Futuro contenido para mayores 18 leer bajo su propio criterio Advertencia contenido grafico de violencia y Advertencia ⚠️ temas cuestionables y sensibles se sugiere que si no es de su agrado salga de aquí y de paso aclaro que personajes o imágenes no me pertenecen crédito a sus autores.

Agrego personajes no me pertenecen.

Imágenes y personajes no me pertenece crédito a sus autores.

Advertencia este capítulo contiene escenas para mayores y lenguaje bulgar están advertidos.

Perdón por la tardanza…..tuve ciertos problemas……..espero y les guste ……apenas empezará lo yandere.

Y por cierto……nadie aprecia los poemas eso eh notado …..y como cierto pvssy me sigue fastidiando con cierto shipp de porqueria……rezó para siquiera seguir escribiendo.

________________________________________________________________________________ El sol comenzaba a declinar cuando, finalmente, el sonido de los cascos retumbó en la tierra mojada del sendero real.

Una fina nube de polvo se alzó por el horizonte mientras las almenas se agitaban con estandartes franceses.

La guarnición volvía, y con ella, el Santo de Orleans.

Jeanne y el Delfín —ahora ya coronado Rey Carlos VII, aunque aún no en ceremonia— esperaban en el jardín, en el punto donde la luz del día comenzaba a teñirse de dorado.

El aire era dulce, cargado con el aroma de flores abiertas para honrar al héroe.

El murmullo de las fuentes apenas tapaba los rumores de la corte reunida en el umbral, expectante como una multitud frente a un altar.

Carlos, vestido con sobria elegancia, miraba de reojo a la joven sentada a su lado.

Jeanne.

La belleza de su rostro, aún velado, era innegable.

Y, sin embargo, era más que eso.

Era la serenidad con la que se sentaba.

El modo en que sostenía el rosario.

La fe que irradiaba incluso en silencio.

Carlos se obligó a recordar lo que ella representaba.

Una hija de Dios.

Una hermana de iglesia.

No una mujer para codiciar….

Suspiró.

Enderezó la postura.

Justo a tiempo.

Los soldados cruzaron las puertas del castillo.

Formaban una procesión solemne.

Sus cuerpos estaban cubiertos por el barro del viaje y el humo del campo de batalla.

Portaban heridas, algunas vendadas, otras invisibles.

Algunos llevaban a los muertos en carretas con tela blanca cubriendolos.

Pero al frente de todos, sobre un caballo oscuro y cansado, estaba él.

Tn.

Vestía la armadura completa, la capa azul ondeando a su espalda, los ojos escondidos bajo sombras más profundas que el cansancio.

Su espada descansaba a su costado.

Y en el mango, el rosario.

Aquel que Jeanne le había dado.

Ya no era blanco.

La cruz de madera estaba manchada de rojo seco, pegada a los nudos.

Las cuentas que antes relucían bajo el sol, ahora tenían tonalidades negruzcas, salpicadas por la guerra.

Era como si cada oración dicha hubiese sido pagada con sangre.

Jeanne se levantó de inmediato.

La emoción la hizo dar un paso… pero ahí se detuvo.

Sus labios entreabiertos.

Su voz ahogada.

Porque el hombre que bajó del caballo no era el Tn que ella recordaba.

Sí, tenía su rostro, su andar, su presencia.

Pero su alma parecía… gastada.

Vacía.

Sus ojos no buscaban los suyos.

Su cuerpo se movía con la rigidez de quien no confía ya en su propio equilibrio.

Y el rosario.

Ese rosario que Jeanne recordaba haber colgado con dulzura.

Ahora era una reliquia trágica, casi una cadena.

Carlos avanzó con dignidad, levantó las manos y abrazó a Tn con solemnidad.

—¡Bienvenido, Santo de Orleans!

Francia entera alaba tu nombre.

Esta victoria… es el alba de nuestra redención.

Tn se inclinó levemente.

Respondió con respeto, pero no alegría.No habia emocion…….no mas.

—Majestad… yo sólo caminé el sendero que el cielo marcó.

Mentira.

Carlos asintió, satisfecho, y se giró hacia Jeanne con una sonrisa diplomática.

—Y aquí está tu compañera de fe.

Aquella que rezó por ti mientras tú cargabas la espada por Dios.

Jeanne no dijo nada.

Tn alzó la mirada, al fin, hacia ella.

Y sus ojos se encontraron.

Fue un instante.

Un segundo.

Pero fue como si el mundo se suspendiera.Jeanne quiso correr hacia él, abrazarlo, decirle que lo extrañó, que rezó, que lloró.

Pero no lo hizo.

Porque en esos ojos, vio un abismo.

Uno que no sabía si podía salvar.

Y Tn, al verla, también tembló.

No por la guerra.

No por el rey.

Sino porque no sabía si aún era digno de su mirada.

Se saludaron con un leve gesto.

Silencioso.

Doloroso.

Y el recibimiento continuó.

.

Los soldados fueron guiados por sus capitanes hacia su merecido descanso.

Algunos cojeaban, otros reían con la energía desesperada de quienes han sobrevivido a la muerte.

Los cuerpos de los caídos fueron recogidos con respeto, preparados para ser enterrados, y sus nombres anotados con solemnidad.

El eco de los gritos, el estruendo de los cuernos y el fragor de las espadas se desvanecía con lentitud, como si el aire mismo aún se negara a aceptar la paz.

Las familia serian notificadas,pero no abria consuelo.

Tn fue llevado de vuelta al castillo, no como héroe, sino como hombre.

Uno marcado, sucio, aún manchado de sangre seca, hollín y sudor.

Las sirvientas lo esperaban junto al umbral de los baños termales, pero él apenas reaccionó.

Jeanne no se separó de su lado.

Caminaba a su ritmo, en silencio, su vestido blanco arrastrando polvo, sus dedos entrelazados sobre su regazo como si estuviera rezando sin cesar.

Ya en una habitación privada, con una bañera humeante y jabones perfumados listos para purificar la carne, Tn se detuvo.

Miró el vapor elevarse y sintió cómo sus rodillas cedían.

—No puedo…

—susurró con voz ronca—.

No puedo lavarme esto.

No con agua.

Jeanne cerró la puerta tras de sí sin decir palabra.

Lo vio desplomarse lentamente, como un castillo derruido.

Cayó de rodillas frente a ella, su respiración irregular, las manos colgando a los lados como si pesaran toneladas.

—He pecado, Jeanne…

—dijo, casi como un rezo oscuro—.

He matado.

He aplastado gargantas con mis propias manos.

He enterrado mi hoja en corazones.

No lo hice por justicia.

No lo hice por fe…

Lo hice por rabia.

Por miedo.

Temblar.

Temblar.

Temblar.

Ella lo miró con los ojos muy abiertos, y en su interior sintió algo romperse.

Se arrodilló frente a él, acunó su rostro con ambas manos, y lo obligó a mirarla.

—Tn…

mírame —dijo con voz suave, temblorosa, pero firme.

Sus ojos grises se encontraron, como tormentas colisionando.

—No eres una bestia.

No eres un monstruo.

Sufres…

porque aún tienes alma.

Porque sientes cada vida arrebatada como si fuera tuya.

Eso…

no te hace pecador.

Te hace humano.

Aun hbaia redencion.Toda alma pecadora podria recibir el perdon.

Tn negó con la cabeza, lágrimas invisibles humedeciendo sus pestañas.

—¿Y si mañana soy peor?

¿Si no me detengo?

¿Si aprendo a disfrutarlo…?

Ya no distingo entre el deber y el instinto.

Jeanne…

siento que estoy desapareciendo.

Jeanne acercó su frente a la de él, susurrando casi en oración.

—Entonces te recordaré quién eres.

Cada día, cada noche.

Aunque olvides tu nombre, aunque el mundo se queme a tu alrededor…

yo estaré aquí.

Aferrada a ti.

No por lo que haces, sino por lo que eres.

El silencio cayó de nuevo, espeso y cálido como la niebla.

-T-tu…..eres especial para mi, aun eres el sacerdote amable que siempre nos ayudaba.

Tn deslizó sus brazos lentamente por la cintura de Jeanne, hasta aferrarse al dobladillo de su vestido, enterrando el rostro en su regazo.

No lloraba, pero cada respiración era un sollozo contenido, una confesión muda.

Jeanne acarició su cabeza con ternura, sin apuro.

Sus dedos recorrían los mechones sucios con la delicadeza con la que se trata a un niño herido, a un alma rota.

—Descansa ahora —murmuró—.

Mañana…

mañana podrás decidir qué clase de hombre quieres ser.

Pero esta noche…

sólo duerme.

Lo ayudó a levantarse, guiándolo con paciencia hasta el lecho.

Tn se dejó hacer, agotado, rendido ante la única persona que no le pedía fuerza ni victoria, sólo honestidad.

Jeanne se sentó a su lado, y mientras él cerraba los ojos con dificultad, ella recitó una pequeña plegaria.

—Dominus illuminatio mea…

Que la luz no te abandone, incluso si no puedes verla.

Cuando Tn cayó al fin en un sueño intranquilo, Jeanne se quedó a su lado.

Descalza, en silencio.

No durmió esa noche.

Rezó.

Por él.

Por los muertos.

Por ella misma.

Porque sabía…

que el infierno más cruel no era el de las espadas o las llamas.

Era el que uno llevaba dentro.

Toc.

Toc.

Toc.

La puerta fue tocada varias veces, un golpeteo seco pero contenido, respetuoso.

Jeanne, que se hallaba sentada junto a la cama donde Tn dormía, se sobresaltó ligeramente.

Su respiración se contuvo unos segundos, como si temiera que aquello perturbara el sueño del muchacho.

Se levantó con cuidado, alisando su vestido blanco y azul con las manos, y caminó hasta la puerta.

Con un gesto prudente, apenas la entreabrió.

—¿S-sí…?

—preguntó en voz baja.

Al otro lado estaba una joven sirvienta, nerviosa y apurada.

—Disculpe, señora santa.

Vengo de parte del rey.

Se requiere la presencia del Santo de Orleans en el comedor real.

El banquete ha comenzado y su sitio ha sido reservado junto a Su Majestad.

Jeanne se tensó.

Miró sobre su hombro hacia Tn, que aún dormía profundamente en la cama, sus rasgos suaves, casi infantiles, contrastando con las cicatrices de la batalla aún frescas en su cuerpo.

—El Santo…

debe orar —dijo con firmeza, bajando un poco la mirada como si formulara una verdad incuestionable—.

Hoy ofreció ayuno por las almas de los caídos.

No puede asistir a un banquete.

Su alma necesita orar y penitencia.

La sirvienta, desconcertada por un momento, asintió con respeto.

—Oh…

lo comprendo.

Qué admirable devoción…

Lo transmitiré al rey.

Buenas noches, dama santa.

Jeanne asintió con una pequeña sonrisa y cerró suavemente la puerta.

Suspiró apenas esta estuvo bien cerrada, apoyando la frente contra la madera.

Un instante de alivio, otro de duda.

Se giró, contemplando nuevamente a Tn.

Su cabello revuelto, el torso vendado por las heridas, una pequeña línea de sangre seca aún bajo una costilla.

Dormía como un niño, y ella sintió una ternura que no sabía si era apropiada para una enviada de Dios.

Se acercó, despacio.

Se sentó al borde del lecho y, finalmente, se recostó a su lado.

No encima de él, ni en contacto cercano, pero lo bastante cerca para oír su respiración, sincronizarse con ella.

Cerró los ojos.

El mundo podía esperar.

Mientras tanto, en el gran comedor del castillo de Chinon, el murmullo de los nobles llenaba el aire.

Platos de faisán dorado y panes recién horneados eran servidos por manos diestras, y copas de vino se alzaban en brindis tras brindis por la reciente victoria sobre los ingleses.

El rey Carlos, coronado recientemente con ayuda divina, ocupaba el asiento de honor.

A su derecha, el lugar reservado para Tn permanecía vacío.

—¿Dónde está nuestro joven cruzado?

—preguntó Carlos con tono ligero, aunque con una ceja alzada.

La sirvienta, ya de regreso, se adelantó, hizo una reverencia y habló con cuidado:—Su Majestad, la dama Jeanne nos ha dicho que el Santo de Orleans ofreció ayuno y oración esta noche.

No podrá asistir al banquete.

Pide disculpas y bendice la mesa desde su habitacion.

Carlos asintió, sin mostrar mayor emoción.

—Un muchacho piadoso —comentó en voz baja, aunque con un deje pensativo—.

O tal vez demasiado humano aún para soportar la sangre derramada.

—¿O demasiado mojigato para alzar una copa como hombre?

—bufó un noble gordo y de mejillas rosadas más por el vino que por la vergüenza.

-Yo estaria fornicando con las criadas aprobechando el extasis de la guerra.

WAHAHAHAHAHAH~.

Algunos rieron con sorna, pero otros en la mesa bajaron la vista con respeto.

—Calla, Duque de Alençon —replicó con tono ácido una dama anciana con vestiduras oscuras—.

Fue su brazo el que ganó la batalla que tu ejército no pudo librar.

Si ora, es por todos los muertos que tú no lograste salvar.

El silencio cayó un instante en la mesa.

El rey bebió lentamente de su copa y miró la silla vacía.

No sonrió ni se molestó.

Solo pensó.

Que importancia tenia tal peso, si fueras el elegido de Dios.

No deberias temer a nada del reino mortal.

En la habitación, Jeanne ya dormía.

Su respiración acompasada junto a la de Tn.

Una vela parpadeaba aún en el candelabro, proyectando sombras largas sobre la piedra.

El rosario de Jeanne seguía colgando del mango de la espada de Tn, ahora limpio, pero aún marcado por el color oscuro de la sangre seca.

Y en sueños, tal vez sin saberlo, sus manos se rozaron.

—Tn…

—susurró ella, dormida—.

No estás solo…

.

.

La mañana llegó.

Los rayos de sol apenas se colaban por los vitrales del castillo, iluminando los restos de una noche marcada por el exceso.

Gemidos,gritos,blasfeias,infidelidades.

El banquete había concluido con risas ahogadas en vino, música profana y susurros entrecortados en pasillos oscuros.

Nobles tambaleantes y cortesanas embriagadas se retiraron cuando el primer canto del gallo atravesó los muros de piedra, ahogando lentamente el murmullo pecaminoso de la madrugada.

Pero en aquella habitación apartada del bullicio, reinaba el silencio.

Tn apenas comenzaba a despertar.

Sus párpados pesados se alzaron poco a poco, y lo primero que vio fue a Jeanne.

Dormida frente a él.

La escena parecía un cuadro sagrado.

Jeanne, recostada de lado, con su cabello dorado cayendo como un velo sobre sus hombros.

Sus labios entreabiertos soltando apenas un suspiro.

La tela de su vestido se aferraba con suavidad a su cuerpo, y la luz matinal le otorgaba un aire de pureza divina.

Para Tn, no había belleza en el mundo que pudiera igualar esa imagen.

Se quedó inmóvil, contemplándola con una mezcla de asombro y melancolía.

¿Cómo alguien tan sagrado podía acercarse a él con tanta ternura?

Con cuidado, como si temiera que el más leve ruido la despertara, se incorporó.

Sus pies tocaron el suelo frío, y caminó hacia la pequeña vasija de agua clara dispuesta en la habitación.

Se inclinó y miró su reflejo.

Ojeras profundas.

Ojos cansados.

Las cicatrices en su rostro seguían ahí, como recordatorios silenciosos de todo lo que había hecho… y de lo que aún debía hacer.

Frente a él, su armadura ya limpia reposaba sobre un maniquí.

Cada pieza relucía.

El escudo de su fe brillaba en el pecho, y la espada, pulida y afilada, lo esperaba al costado.

Junto a la empuñadura, colgaba aún el rosario que Jeanne había bendecido por él, con cuentas desgastadas por las oraciones y la batalla.

Comenzó a vestirse en silencio, encajando cada parte con lentitud.

El metal era pesado, pero no tanto como la culpa en su pecho.

Ya completamente armado, cerró los ojos y colocó su mano sobre el rosario.

—Padre Todopoderoso —murmuró—, dame fuerza para seguir.

No permitas que mi espada se manche por ira… ni que mi alma se quiebre por compasión.

Guíame.

No por gloria.

No por venganza.

Sino por el bien que prometí proteger.

La voz le fue negada………la falsedad y la usurpacion no tiene redencion.

Entonces, una voz suave y adormecida se alzó desde la cama.

—¿Te vas tan temprano… sin despedirte?

Tn giró con sobresalto.

Jeanne lo miraba desde las sábanas, su expresión entre sueño y tristeza.

—No quise despertarte —respondió él con tono bajo—.

Dormías tan serena… Parecías un ángel.

Ella se incorporó lentamente, cubriéndose con la manta.

—No soy un ángel, eso blasfemo Tn.

Solo soy una mujer que cree en ti… y en que aún puedes salvarte, aunque tú no lo veas.

Tn apretó el puño con fuerza, su armadura crujiendo apenas.

—No sé si merezco la redención.

Jeanne se puso de pie y se acercó, descalza, hasta él.

Colocó una mano sobre su pecho, justo donde el escudo brillaba.

—Entonces déjame cargar con ese juicio.

Tú solo… sigue caminando.

Por mí.

Por los que creen en ti.

Tn bajó la mirada.

Sus ojos ardían.

Pero no podía llorar.

No frente a ella.

—Gracias, Jeanne.

—Ve.

El mundo te espera, Santo de Orleans.

Él asintió con solemnidad.

Abrió la puerta de la habitación y cruzó el umbral.

El peso de la luz, del deber, y de su espada lo aguardaban.

Mientras tanto, Jeanne se quedó en la puerta, mirándolo marchar… y rezando en silencio, no por la victoria, sino por el alma de aquel al que había decidido amar en secreto.

Sin mas ella coloco el velo sobre su frente y comenzo a vagar por el castillo.

Sanos,Virgenes,Angeles,Inlcuso Reyes.

Todos en fila marcados en cristales de colores,pinturas.Jeanne aprecio asombrada de tal bellesa.

Siendo una campesina pobre jamas tendria la oportunidad de ver algo asi.Pero ahora podia ahora podia apreciarlo.

Pero.

Blasfemia.

Aremar.

Asoritnem.

Blasfema.

Ramera.

Mentirosa.Las palabras retumbaban en su mente como ecos de un juicio divino que no dejaba de repetirse.

Jeanne se reprendía en silencio mientras el sol apenas acariciaba las piedras frías del castillo.

Estaba sentada sobre un banco de madera, su cuerpo envuelto en una manta ligera que poco hacía contra el aire helado de la mañana.

El aroma del incienso aún flotaba débil en la habitación, recordándole que la noche anterior había sido consumida por placeres que antes hubiera llamado impuros.

Ella bajó la mirada, contemplando sus manos entrelazadas sobre su regazo.

Habían acariciado a un hombre.

Habían desobedecido al cielo.

—¿Y si no hubiera aceptado su idea…?

—murmuró en voz baja, temblorosa—.

¿Y si yo hubiera tomado la lanza?

¿Si hubiera cargado al frente?

Cerró los ojos con fuerza.

La respuesta no importaba ya.

Sus pensamientos fueron interrumpidos por un repentino calor en su rostro.

Se tocó la nariz con una mano temblorosa y vio la sangre fresca teñir sus dedos.

No era la primera vez que sucedía.

Ya antes, tras esas noches de pecado disfrazado de amor, su cuerpo comenzaba a quebrarse.

—No…

no ahora… —jadeó, tambaleándose mientras se sostenía de la pared.

Casi cayó al suelo, de no ser por un arcón que evitó su desplome.

Su visión se nubló por un momento, y en medio de aquella confusión sangrienta, lo vio.

Un retrato de la cruz colgado en la pared.

Rota, oxidada, pero firme.

Como si aún ahí, en medio de su culpa, el símbolo de su fe se negara a abandonarla.

—Perdóname… —susurró mientras se arrodillaba con dificultad—.

Perdóname, Señor…

Por no ser fuerte.

Por no resistirme.

Por amar como una mujer, no como tu sierva.

Sus labios se movieron en una plegaria rota, inconexa, mientras la sangre finalmente se detenía.

Un calor repentino la envolvió, como si una mano invisible calmara su agonía por un instante.

Con lentitud, se limpió la sangre del rostro.

Se miró en el reflejo de un cáliz caído y vio una sombra de lo que fue.

No era la doncella de Orleans… no como antes.

Su rostro estaba más pálido, sus ojos más cansados.

La luz que la guiaba se había debilitado, pero no extinguido.

—Quizá… desobedecer al cielo fue una idea terrible —murmuró, con voz apagada—.

Pero no hay marcha atrás.

Se levantó con el poco equilibrio que le quedaba, enderezando sus hombros.

La culpa no desaparecería.

El juicio divino quizá ya había sido dictado, pero Francia… Francia aún necesitaba a su santo.

Y ella no sería más que la dama que lo acompaña, que le consuela, que carga con sus pecados mientras él carga con los del mundo.

—Te protegeré, Tn… incluso si eso significa caer —dijo, casi como una promesa.

.

El cielo lloraria por tal emntira.

.

Jeanne suspiró profundamente, el aire aún frío de la mañana acariciando su rostro mientras se dirigía hacia el exterior del castillo.

Los ecos de los cánticos y risas libertinas de la noche anterior ya eran solo sombras lejanas.

El deber, como un yugo divino, la llamaba de nuevo.

Al cruzar los pasillos de piedra, sus pasos resonaban firmes, aunque su alma aún cargaba el peso de sus recientes pensamientos y culpas.

En el gran salón, Tn se encontraba frente al Rey Carlos VII, quien desplegaba un extenso mapa sobre una mesa tallada en roble.

Las marcas rojas sobre el pergamino indicaban las zonas aún bajo control inglés.

El ambiente era tenso, solemne.

Tn mantenía la mirada fija en las regiones enemigas, sus ojos vacíos de sueño, pero llenos de resolución.

Su mente apenas enfocada, aún sentía el calor del cuerpo de Jeanne en la cama que acababa de abandonar, como una carga dulce pero peligrosa.

Carlos habló con gravedad, señalando el norte—Estas ciudades aún se resisten.

Sus murallas están custodiadas por traidores y por ingleses que se burlan de nuestra fe y corona.

Es hora de reconquistar lo que nos fue arrebatado.

Tn asintió en silencio.

No había duda en su alma: la espada debía hablar nuevamente.—Haré lo necesario, Majestad —dijo con voz grave—.

Pero tengo una petición: Jeanne debe permanecer en el castillo.

Carlos frunció el ceño.

Jeanne, que había llegado tras Tn, se adelantó.—¡No!

Yo debo luchar con él.

No quiero esconderme mientras…

Tn la interrumpió con una mirada que no era de mando, sino de ternura dolorosa.—Jeanne… no es por cobardía.

Es porque tú… tú vales más que una lanza o una espada.

Eres la fe que nos sostiene.

Si algo te sucediera, no solo mi alma… Francia misma perdería su espíritu.

Jeanne abrió la boca para protestar, pero sus labios temblaron.

Sus ojos se encontraron con los de él y vio algo más que órdenes.

Vio miedo.

Miedo real de perderla.

Y en su pecho, algo similar se agitó.

—Volveré luego de cada campaña —continuó Tn—.

Me quedaré tres días contigo.

Es mi juramento ante Dios y ante el trono.

Carlos, que observaba en silencio la escena, entrelazó las manos y asintió con lentitud.—Acepto tu trato.

Jeanne D’arc será bien cuidada.

No será tratada como una dama débil, sino como la santa que inspiró estas tierras.

—Gracias… —murmuró Jeanne, bajando la cabeza.

Pero en su interior, no sabía si agradecer o lamentar.

Tn tomó su espada, el rosario aún colgando de su empuñadura, y se inclinó ante el Rey.

Cuando se irguió, sus ojos pasaron brevemente por Jeanne, y aunque no hubo palabras, el mensaje era claro.

Sobrevive.

No te pierdas en la oscuridad.

Jeanne se quedó en silencio, su mano temblando ligeramente al ver cómo Tn salía por la puerta principal del castillo.

Un viento fuerte agitó sus ropajes y, por un momento, sintió que el mundo se partía en dos: la guerra allá afuera, y su soledad aquí dentro.

No como soldado, no como santa.

Solo como mujer.

Una que, por primera vez, no marchaba a la guerra… pero libraría otra distinta, más silenciosa y cruel.

La de la espera.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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