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Waifu yandere(Collection) - Capítulo 117

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117: Ellen Joe parte 5 (zzz) 117: Ellen Joe parte 5 (zzz) Advertencia ⚠️ ⚠️ Futuro contenido para mayores 18 leer bajo su propio criterio Advertencia contenido grafico de violencia y Advertencia ⚠️ temas cuestionables y sensibles se sugiere que si no es de su agrado salga de aquí y de paso aclaro que personajes o imágenes no me pertenecen crédito a sus autores.

Agrego personajes no me pertenecen.

Imágenes y personajes no me pertenece crédito a sus autores.

Advertencia este capítulo contiene escenas para mayores y lenguaje bulgar están advertidos.

No actualice ayer por una razón simple…….necesitaba al menos otro voto y pues ya esta 😑 además les di otro capitulo de rwby x tn en rwby tales así que cuenta como actualización diaria……..5k en ese capítulo metiendo mitología griega.

…….díganme otro canal yandere donde aprenden historia >:v.

___________________________________________________________________________ La alarma sonó en su teléfono y Ellen despertó bruscamente, soltando un gemido entre dientes mientras se revolvía entre las sábanas.

Su cuerpo todavía se sentía pesado, como si no hubiera descansado en absoluto.

Se frotó los ojos con fuerza y maldijo para sí.

Tenía que ir a clases.

Otra vez.

Se levantó de un salto, con su cabello revuelto y su cola agitándose detrás de ella con inquietud.

Se vistió de forma apresurada: una blusa apenas abotonada correctamente, su falda torcida, y una chaqueta mal puesta que colgaba de uno de sus hombros.

Salió corriendo por las calles, los ojos hacia abajo por la vergüenza de ir tarde, ignorando las miradas curiosas de algunos transeúntes.

Llegó a la academia justo cuando cerraban los portones, jadeando, el pecho subiendo y bajando mientras sujetaba su mochila.

-¡ESPEREN AUN LLEGO, AUN LLEGO!-.

Logro dar un salto de al menos 5 metros del porton de la entrada sorprendiendo al guardia.

*Golpe*.

-Uffff si llego si llego si llego-.Corrio tan rapido como la adrenalina lo permitia buscando su salon.

Las clases pasaron como un suplicio.

Trabajos en grupo, tareas monótonas, miradas de desprecio y, como cada día, comentarios venenosos.

—¿No es ella la que apesta a pescado?

ewwww que asco cierra las piernas.—Mírala…

apenas puede con los libros.—¿Y dicen que es una especie “mejorada”?

Qué estupides.

-Lindas medias, lástima que lo lindo se acabo por esa asquerosa cola.

Ellen se forzaba a no reaccionar.

Mantenía su mirada baja, su cabello cayendo como una cortina para esconder la rabia en sus ojos.

Pero era cada vez más difícil.

Algo dentro de ella…

un calor silente en su estómago, le pedía otra cosa.

Que respondiera.

Que defendiera lo que era.

*Muerde*.

*Destroza*.

Al fin, el timbre anunció el fin del día.

Ellen recogió sus cosas, suspirando con alivio, y salió por la puerta lateral esperando no toparse con nadie.

Pero allí estaban.

Un grupo de estudiantes, esperándola como hienas hambrientas.

Al frente, una chica popular, de cabello perfectamente ondulado y uniforme impecable, le bloqueó el paso y la empujó contra una pared.

—¿Qué clase de broma es esta?

¿Tú, una híbrida, con mejores notas que yo en clases?

—le escupió con sarcasmo, cruzándose de brazos—.

¿Qué pasa?

¿Tu instinto de tiburón también sirve para resolver ecuaciones?

*Bofetada*.

Ellen bajó la cabeza la mejilla ardiendo.

Su cabello le cubría el rostro, y su cola se movía lentamente detrás de ella, como si algo la irritara.

Las risas a su alrededor se clavaban como agujas.

No era la primera vez.

Y si respondía con violencia… sabía lo que pasaría.

Lo que le harían.

Pero algo cambió.

De pronto, sus pupilas se contrajeron.

El aire le pareció más denso, sus músculos se tensaron y un escalofrío le recorrió la columna.

Como los tiburones que había visto en el documental, aquellos que detectaban una vibración en el agua… así se sentía ahora.

Oía su corazón, sentía el sudor de la chica frente a ella, y el calor en su vientre volvió.

¿Ira?

¿Deseo de sangre?

¿O algo más… profundo?

Recordó el episodio que había visto la noche anterior.

Tiburones tigre devorando a sus hermanos antes de nacer.

Supervivencia.

Fuerza.

Dominio.

Ellen tragó saliva con lentitud.

—¿Vas a quedarte callada, monstruo?

—repitió la otra.

Los dedos de Ellen se cerraron lentamente en un puño.

Podía derribar a todos.

Sí.

Lo sabía.

Un solo movimiento, un zarpazo, un mordisco accidental.

¿Accidental?

Sus dientes apretaron y sintió el filo de sus propios colmillos.

¿Mordería a alguien por accidente?

Tal vez…

si se acercaba demasiado, si se dejaba llevar por el calor, por el pulso, por esa chispa rara que le encendía cuando lo veía.

Si algo dentro de ella cruzaba esa delgada línea…

Pero no ahora.

—…No vales la pena —murmuró Ellen.

Y girando lentamente, los empujó con su cola suavemente para hacerse paso.

Su cuerpo temblaba.

No de miedo, sino de contención.

La bestia dentro de ella había abierto un ojo.

Y ahora sabía que estaba viva.

.

*Temblar*.

.

El grupo de estudiantes se quedó atónito al escuchar las palabras de Ellen.

Había algo en su voz—firme, seca, sin emoción—que heló el aire por un instante.

La chica popular frunció el ceño, su orgullo herido por semejante desafío.

Dio un paso al frente y alzó la mano con la intención de abofetearla de nuevo, sus amigas contenían el aliento, esperando ver al “animal” recibir su castigo.

Pero antes de que su palma alcanzara el rostro de Ellen, su muñeca fue atrapada en el aire.

Con una fuerza brutal, invisible para ojos ajenos, Ellen apretó.

La sonrisa arrogante de la chica se deshizo al instante.

—¿Q-qué… haces?

¡Suéltame!

—gritó con voz temblorosa.

Los ojos carmesí de Ellen brillaban con un fulgor peligroso, medio cubiertos por su flequillo.

Nadie se movía.

El instinto les gritaba que no lo hicieran.

Por un instante, los colmillos ocultos de Ellen parecieron asomar, como una sombra que cruzaba por su rostro.

Una chispa salvaje, primitiva.

Ellen soltó la muñeca de la agresora, quien retrocedió rápidamente, sujetándose el brazo con lágrimas en los ojos.

El grupo entero comenzó a insultarla en cuanto ella se dio la vuelta, gritándole “bicho raro”, “perra salvaje”, “puta sin control”, pero Ellen no les prestó atención.

Sus pasos fueron rápidos, decididos, aunque en su mente solo había silencio.

No podía permitir que la vieran temblar.

No otra vez.

Al llegar a casa, cerró la puerta y dejó escapar un suspiro largo, como si expulsara toda la tensión acumulada.

Se quitó los zapatos con movimientos lentos y rutinarios, luego caminó hacia la pequeña mesa donde guardaba su ropa de maid improvisada.

Buscó también el poco dinero que había guardado en una caja metálica oxidada: apenas lo justo para pagar el alquiler esta semana.

Se sentó un momento, dejando que su cabeza cayera sobre sus rodillas.

El día había sido un infierno.

De nuevo.

—Vaya día… —murmuró, sin energía, mientras se ponía el uniforme.

Antes de salir, agarró una barrita de proteína más por costumbre que por hambre.

Mientras caminaba hacia su destino nocturno, la luz de los postes le dibujaba sombras alargadas y solitarias.

Por alguna razón, esa noche pensó en los documentales de tiburones que solía ver.

Recordaba cómo describían a los tiburones como criaturas perfectas: frías, calculadoras, instintivas, capaces de esperar por horas antes de atacar con precisión letal.

Animales incomprendidos, temidos por su naturaleza.

Como ella.

—Tal vez… no estoy tan lejos de eso —susurró, riendo por lo bajo, aunque no había humor en su voz.

Ya en su ruta hacia la casa de Tn, su mente divagó más de lo normal.

La forma en que él la trataba…

como una persona.

Como alguien válida.

Y por eso precisamente no quería pedirle trabajar cinco días seguidos, aunque lo necesitara.

No quería parecer una carga.

No quería espantarlo.

Pero si alguien más llegaba a levantarle la mano o hablarle mal frente a Tn… ¿qué haría?Una pequeña parte dentro de ella susurró algo espantoso.Y Ellen no lo negó.

Solo lo calló.

Por ahora.

.

Ellen llegó a la casa de Tn justo al atardecer.

El cielo estaba teñido de tonos rojizos y anaranjados, y el aire veraniego comenzaba a refrescar un poco.

Caminó por la acera algo encorvada por el cansancio acumulado del día, sus ojos gachos y la cola apenas moviéndose, pero al ver la casa, parpadeó y se forzó a sonreír.

—¡Moe Moe Servicio de limpieza ha llegado!

—anunció con una voz dulce y algo teatral, levantando una mano en un saludo tímido mientras sostenía con la otra una pequeña bolsa con sus útiles de limpieza.

La puerta se abrió, revelando a Tn con una camiseta suelta y el cabello aún algo húmedo, señal de que probablemente acababa de salir de una ducha.

—Oh….Hola, Ellen.

Adelante, pasa.

Ya sabes dónde está el problema —bromeó con una sonrisa ligera.

Ellen asintió con la cabeza suave, entrando al hogar con pasos cuidadosos.

Su mirada recorrió la sala, una vez más un desastre total.

Restos de envoltorios, cojines fuera de lugar, algo de tierra en la alfombra, y por supuesto…

Benny.

El gato gris, cabron y algo obeso, la miraba desde el respaldo del sofá con una expresión de desdén felino.

Cuando Ellen lo miró, Benny soltó un gruñido largo, como si quisiera advertirle que no se acercara demasiado.

—Tsk…

—Ellen entrecerró los ojos y siseó con suavidad, dejando ver levemente sus colmillos—.

Animal territorial…

(Nt:traduccion, maldita espera a que te muerda y te haga limpiar mi caja de arena).

Benny no se movió, pero sus orejas se aplastaron.

Un empate visual.

—Estaré arriba, acomodando unas cosas.

Grita si necesitas algo.

—Tn rompió la tensión, ya subiendo por las escaleras.

—Entendido, amo.

—Respondió con tono monotono, aunque sus ojos denotaban fatiga.

Así comenzó su labor.

Con movimientos metódicos, Ellen comenzó a recoger, limpiar y ordenar.

Ponía atención al mínimo detalle, como si aquello le diera algo de estabilidad.

Sacudía con energía, barría cada rincón, y de vez en cuando murmuraba entre dientes cuando encontraba manchas difíciles o rastros de Benny en los muebles.

Mientras tanto, en el segundo piso, Tn reorganizaba su habitación con tranquilidad.

Colocaba su ropa en orden, revisaba libros, y se detenía ante una vitrina que tenía figuras delicadas de cristal.

Algunas representaban animales salvajes: un tigre agazapado, una ballena en salto, una serpiente enroscada.

Había también bangboos estilizados y pequeños edificios artísticos.

Cada pieza parecía tener su historia.

Era su pasatiempo secreto, algo que nunca mencionaba a los demás.

Ademas no tenia amigos con los cuales presumir su hobby.

Cuando el reloj marcó las 10:00 p.m., Ellen se detuvo frente al espejo del baño tras dejar todo impecable.

Su reflejo le devolvía una imagen agotada, pero limpia.

Respiró profundo, se acomodó el cabello detrás de las orejas y bajó con su pequeña bolsa.

Tn ya la esperaba en la sala, con un sobre en la mano.

—Buen trabajo.

De verdad, gracias.

Esto es para ti —dijo mientras se lo extendía.

Ellen lo miró sorprendida por un segundo, luego sonrió de lado y lo tomó con cuidado.

—No es nada.

Me gusta sentir que soy útil… y además, así mantengo a raya al monstruo peludo ese —dijo, señalando disimuladamente a Benny, quien aún la miraba desde el sofá.

Ambos rieron brevemente.

Ella dio media vuelta para marcharse, pero antes de salir, se detuvo en el marco de la puerta.

Miró a Tn un segundo más de la cuenta.

—Gracias por dejarme venir aquí.

Se siente… menos vacío que mi casa —murmuró con voz baja, casi avergonzada.

Tn le dedicó una mirada más suave.

—Siempre serás bienvenida, Ellen.

Ella asintió y se marchó en silencio.

Afuera, el aire era más frío, y por primera vez en días, su cola se mecía con algo más que cansancio.

Tal vez… con un leve y peligroso apego.

.

.

Ellen caminó de regreso a su departamento con paso tranquilo, aunque su cuerpo entero le pedía descanso.

El aire nocturno era fresco, los faroles de la calle parpadeaban, y el sonido de los autos lejanos era como una canción rutinaria que envolvía la ciudad.

Su estómago rugió de forma audible cuando una ráfaga de aire le trajo el delicioso aroma de masa caliente, azúcar y fruta.

Se detuvo frente a un pequeño puesto callejero iluminado con luces LED de colores.

Un cartel mal colgado decía en letras torcidas: Crepas Coconut doggy Feliz.

El vendedor, un hombre de mediana edad con un gorro de chef y bigote generoso, la miró con una sonrisa amable.—¿Una crepa, señorita?

Recién hechas, mire que se enfrían si duda~.

Ellen dudó por un instante.

Su mano bajó al sobre de dinero dentro de su chaqueta, lo sacó y lo revisó rápidamente.

El costo de una sola crepa significaría sacrificar la reparación del cajón roto de su cocina… pero después de todo lo que había pasado hoy, ¿no se merecía un mínimo gusto?

Carajo si.

Suspiró.—Una con todo, por favor.—¿Chocolate, plátano, fresa, crema batida y azúcar glas?—Sí, con eso está bien.

El hombre trabajó con rapidez, girando la masa sobre la placa caliente, untando el chocolate y acomodando la fruta con precisión.

Cuando la dobló con una espátula de madera y la colocó en un pequeño cartucho de papel, el aroma ya la tenía salivando.

—Aquí tienes.

Que la disfrutes, jovencita.—Gracias… —dijo Ellen, algo más suave de lo normal.

Con la crepa entre las manos, caminó los últimos metros hasta su edificio viejo.

La luz de la escalera del segundo piso no funcionaba, como siempre, y tuvo que guiarse con la luz de su celular.

Una vez dentro de su diminuto departamento, dejó sus cosas en una silla desvencijada, se quitó los zapatos y se recostó en el futón sin desplegar.

Encendió la televisión, y una voz grave y bien modulada llenó el ambiente.

[Locutor de voz:Leonardo Dicaprio].

“En el caso del tiburón gris, la época de celo se produce entre diciembre y marzo, según el Oceanogràfic de València…”.

Era el típico documental de la noche en un canal cultural, con narración de Leonardo DiCaprio.

La cámara mostraba el fondo del océano, los tiburones nadando con majestuosidad entre burbujas y bancos de peces plateados.

Ellen dio una mordida a la crepa.

El chocolate se mezcló con la fruta en su lengua, y por un momento, el mundo pareció menos duro.

—Ugh…mmm~ por esto valió la pena —murmuró con una sonrisa ligera.

“Durante este período, tanto machos como hembras reducen su ingesta de alimento mientras se concentran en la reproducción…”.

Ellen tragó, aún fascinada.

—¿Quién lo diría?

Hasta los tiburones ponen el amor por encima del hambre —bromeó dando otra mordida.

El documental continuaba, mostrando otras especies.

La voz hablaba ahora de gestaciones largas, de hasta tres años.

“Algunas especies tienen periodos de gestación de 11 a 12 meses, mientras que otras, como el tiburón peregrino, pueden tener gestaciones de hasta 3 años…”.

Ellen dejó escapar un silbido impresionada.—Tres años.

Eso sí que es paciencia…

Ni de chiste pensaria en durar ese tiempo.

Se estiró, terminó de comer la crepa lentamente y dejó el envoltorio en la pequeña bolsa de basura que colgaba junto a su escritorio.

La televisión seguía encendida mientras se acomodaba en el futón, pensando en lo irónico de todo.

Ella, que tenía que aguantar clientes insoportables, gatos gruñones, y un salario apretado… y sin embargo, seguía adelante.

Con el murmullo del océano de fondo, sus párpados comenzaron a cerrarse.—Vaya día… —susurró, repitiendo lo que había dicho antes, pero esta vez, con una sonrisa débil y auténtica.

Y así, con el azul profundo del mar llenando la pantalla y los tiburones nadando en círculos eternos, Ellen se quedó dormida.

Mientras Ellen dormía, con el estómago lleno y la habitación apenas iluminada por el resplandor azuloso del televisor, el documental continuaba reproduciéndose sin interrupción.

La voz del narrador, grave y pausada, se deslizaba por la habitación como un mantra hipnótico.

“La duración del apareamiento en tiburones varía considerablemente según la especie, pero generalmente no es un proceso prolongado…”.

Ellen se removió ligeramente entre las mantas, aún con restos de crema de avellana en la comisura de los labios.

Su rostro, enterrado en una almohada algo vieja pero cómoda, fruncía el ceño y luego lo relajaba, como si intentara comprender algo desde lo más profundo de su inconsciencia.

“En la mayoría de las especies, el apareamiento puede durar solo unos minutos o incluso horas…”.

Un leve gemido escapó de su garganta.

No era de incomodidad, sino más bien de quien está atrapada en un sueño extraño, ajena al mundo real, pero aún atada a sus sonidos.

Ellen murmuró entre dientes, como si respondiera al narrador.

—…depende de la especie… once meses… tres años… tiburón gris…mmm~.

Ronquidos suaves rompían su letanía.

Su cuerpo giró hacia el lado izquierdo, abrazando un cojín como si fuera una boya a la deriva en un océano de sábanas revueltas.

En su mente, nadaban tiburones y fechas, apareamientos y mordeduras.

La televisión siguió.

“El apareamiento puede ser un proceso agresivo.

Las hembras suelen sufrir mordeduras, pero los machos sobreviven…”.

Ellen gimió de nuevo, más bajo, pero audible.

Su ceño se volvió a fruncir.

En su sueño, los tiburones no eran peces sino personas, hombres con trajes grises y dientes afilados.

Una figura con rostro de gato (que curiosamente se parecía a Benny) le leía los datos de apareamiento mientras flotaban en un acuario gigantesco.

—…crepa… no mueren… solo unos minutos…mmmm~ profundo —susurró ella, girando nuevamente y acomodándose en su colchón.

La cámara del documental mostraba una escena submarina, tiburones nadando cerca de la superficie en cámara lenta.

La música de fondo era suave, casi melancólica, y acompañaba a la voz que seguía narrando sin pausa.

Fuera del departamento, la noche de la ciudad continuaba su curso, indiferente.

Faroles parpadeaban, un gato cruzó la calle sigilosamente, y en el interior, Ellen seguía roncando ligeramente, atrapada entre sueños marinos y narraciones, su cuerpo aún cálido tras la comida, y su mente saturada de datos que, irónicamente, recordaría con claridad a la mañana siguiente.

Tal vez incluso soñaría que se apareaba como un tiburón… aunque eso ya era territorio de otra historia.

.

.

.

Mientras en casa de Tn, el celular vibraba con insistencia sobre la mesa.

Al contestar, escuchó la voz amable pero monótona del supervisor de su empresa informándole que, debido al avance excepcional en sus tareas, le otorgarían unos días libres como recompensa.

Había terminado el 97% de su carga laboral antes de la fecha estipulada.

Tn solo murmuró un “gracias” y colgó sin mucho entusiasmo, dejando escapar un suspiro mientras dejaba caer su cuerpo sobre el sillón gastado de su sala.

En cuanto su espalda tocó el respaldo, Benny, su gato gris de pelaje áspero pero cálido, saltó sobre su pecho como si supiera que ese era su momento para dar apoyo.

Maulló con suavidad, mirándolo con esos ojos entre dorado y verde, parpadeando lento como si lo saludara con cariño.

Tn lo acarició con calma, pasando sus dedos entre las orejas del felino, y murmuró:.

—Si no fuera por ti… estaría completamente solo.

Era una afirmación triste, pero sincera.

No porque Tn despreciara la compañía humana, sino porque simplemente nunca supo cómo obtenerla.

Desde pequeño, su vida había transcurrido entre los muros de su hogar: escuela por internet, trabajo remoto, reuniones por videollamada…

y una soledad constante que había aprendido a tolerar como se tolera una vieja herida: no con resignación, sino con una suerte de costumbre.

Sus padres…

sí, estaban vivos.

En teoría.

En la práctica, eran como sombras que solo recordaban su existencia cuando necesitaban algo o cuando se acercaba una fecha protocolaria.

Y amigos… no tenía.

Jamás supo cómo establecer vínculos más allá de lo funcional.

Pero Ellen, con su torpeza encantadora y esa forma extraña de aparecer justo cuando menos lo esperaba, sí…

podía considerarla una amiga.

Una buena amiga.

Una presencia humana que no se sentía invasiva ni ruidosa, solo…

curiosa y sincera.

Al pensarlo, Tn cerró los ojos por un momento, mientras Benny ronroneaba como un pequeño motor sobre su pecho.

Se dejó llevar por el murmullo del gato y el eco lejano de la televisión aún encendida, donde un noticiero nocturno susurraba titulares que no le importaban.

Pero en su mente, una sola imagen aparecía: Ellen.

Con su sonrisa tonta, su manera de quedarse absorta frente a vitrinas, o sus súbitos intereses por cosas.

Sin quererlo, una pequeña sonrisa se dibujó en sus labios.

—Sí…

al menos no estoy del todo solo —murmuró.

Y en ese instante, Benny maulló otra vez.

Como si aprobara sus pensamientos.

Tn se levantó de su sillón con un bostezo contenido.

Benny lo siguió con paso elegante, ronroneando mientras se frotaba contra su pierna.

En la cocina, Tn abrió una lata de atún, el olor llenando el aire.

Sirvió el contenido en el platito del gato, quien de inmediato comenzó a devorarlo con gusto.

—Disfrútalo, Benny… —murmuró con una media sonrisa, mientras le acariciaba la cabeza con suavidad—.

Eres probablemente el único que me esperaría siempre en casa, ¿eh?

Terminó de lavar sus manos, apagó las luces de la cocina y se dirigió hacia su habitación.

Todo estaba como lo había dejado: su cama recién tendida, la cortina corrida dejando entrar la tenue luz de la calle, y su escritorio con papeles del trabajo aún sin guardar.

Se dejó caer sobre el colchón, cubriéndose con la sábana hasta la cintura.

Cerró los ojos por unos segundos, pero su mente no se apagaba.

Pensaba en los días libres que se le venían encima… tiempo que no había tenido en mucho.

El centro comercial, el parque, un café nuevo que había abierto cerca…

Todos lugares que siempre evitaba por costumbre o ansiedad, pero esta vez parecía distinto.

Y entonces, una idea cruzó su mente como una chispa tímida.

—¿Y si la invito?

—murmuró apenas audible, girando su cabeza sobre la almohada.

Su rostro se encendió levemente al imaginarse extendiéndole la mano a Ellen, proponiéndole una salida.

¿Sería demasiado pronto?

¿Ella aceptaría?

Habían pasado por cosas extrañas, sí, pero también momentos de cierta cercanía.

Ella era amable… aunque un poco peculiar.

De todas maneras, le agradaba su compañía.

Sentía algo diferente cuando hablaba con ella.

—Una cita… —susurró, cubriéndose parte del rostro con la sábana, como si ocultarse de sus propios pensamientos pudiera ahuyentar la vergüenza—.

No, no, eso es demasiado apresurado….

Giró sobre su lado, mirando al techo en penumbra.

Ellen ahora trabajaba para él como maid, lo cual complicaba más las cosas.

No quería que se viera como algo inapropiado.

Aunque tampoco quería tratarla solo como una empleada… Era su amiga.

¿Verdad?

Entonces recordó otro detalle importante: tenía que cancelar el contrato con la empresa anterior de limpieza, Victoria Housekeeping.

Tomaría algo de tiempo, pero ya no tenía sentido mantener el servicio si Ellen estaba allí.

—Tendré que hacer esa llamada mañana… —susurró mientras sus ojos comenzaban a cerrarse—.

Solo espero que no se lo tomen a mal….

Fuera del cuarto, Benny ronroneaba desde la sala, recostado sobre el respaldo del sofá.

El apartamento caía en silencio, interrumpido solo por el zumbido suave del refrigerador y el sonido ocasional de autos lejanos.

Mientras tanto, Tn lentamente se hundía en el sueño, su último pensamiento una mezcla entre nerviosismo y una débil esperanza: ¿Y si ella dice que sí…?

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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