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Waifu yandere(Collection) - Capítulo 121

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Capítulo 121: Tsukishiro yanagi zzz

Advertencia ⚠️ ⚠️ Futuro contenido para mayores 18 leer bajo su propio criterio Advertencia contenido grafico de violencia y Advertencia ⚠️ temas cuestionables y sensibles se sugiere que si no es de su agrado salga de aquí y de paso aclaro que personajes o imágenes no me pertenecen crédito a sus autores.

Agrego personajes no me pertenecen.

Imágenes y personajes no me pertenece crédito a sus autores. Advertencia este capítulo contiene escenas para mayores y lenguaje bulgar están advertidos.

Espada…dame tu fuerza una vez más.La debilidad me encadena,y la muerte espera paciente,observando mi titubeo.

Pero por fin respondes al festín:no de dulces ni pasteles,sino de gargantas abiertas,de silencio roto por el filo.

La postura es perfecta,el momento exacto.No hay dudas, no hay regreso.

Mi cuerpo…mi cuerpo nació solo para esto:para danzar contigo,para liberar en un tajotodo lo que el mundo me negó.

Hoy no temo,porque sé quién soy:la mano que sostiene la espada,o el monstruo que no sabe caer.

_______________________________________________________________________________-

La revuelta contra los Onis rebeldes se intensificaba con cada ciclo solar. Las calles periféricas de Nueva Eridu ardían bajo el fuego cruzado de los insurgentes y las Fuerzas de Defensa, mientras los informes hablaban de aldeas arrasadas, familias humanas masacradas, y niños Oni ejecutados como represalia. La guerra no tenía héroes, solo supervivientes.

Ante tal caos, los altos mandos crearon un proyecto desesperado: el Cuerpo de Cazadores de Onis, una unidad clandestina compuesta por soldados sin nombre ni rostro, entrenados solo con un propósito: aniquilar.

Aniquilar de cualquier forma a los onis, ya fuera cortarles, dispararles, ahogarles, arrojarles una piedra a la cabeza, lo que fuera necesario.

Fueron instruidos fuera de los protocolos oficiales, con métodos extraoficiales. Les enseñaron a leer la postura de un Oni como un médico lee un corazón; a atacar sus puntos débiles; a hacer preguntas solo después de que el blanco estuviera en el suelo, sangrando.

Tn era uno de ellos. Rápido, eficaz, letal. Su apodo era Filo Silente. Y como muchos de su escuadrón, creía firmemente que lo que hacía era justo. O al menos, necesario.

El gobierno les pagaba y entrenaba.

Pero la guerra dio un giro inesperado.

Una joven oficial de la División Obsidiana llamada Tsukishiro Yanagi encabezó una misión diplomática que terminó con una tregua: el asesinato ritual del último líder Oni rebelde a manos de ella misma, con el consentimiento del clan. Su sangre se mezcló con la de ellos, y la paz se firmó con muerte honorable.

La guerra se detuvo.

Los cazadores… ya no eran necesarios.

Pero eso no significaba que serían recordados con gratitud.

No.

Eran un símbolo incómodo. Un recordatorio de la brutalidad que Eridu quería enterrar.

.

.

Un día, sin previo aviso, el escuadrón de Tn recibió una orden directa: “Regreso inmediato a la base de tránsito Sierra-4. Ceremonia de disolución y condecoración por servicios distinguidos.”.

Nadie sospechó nada. ¿Por qué lo harían? Después de todo, Eridu había ganado.

—¿Crees que nos darán una medalla? —bromeó uno de los soldados mientras ajustaba su abrigo.

—Nos darán una botella y un retiro —respondió Tn, sin mucho entusiasmo. La guerra le había robado el brillo a todo. Eso y el labado de cerebro que el gobierno les metio.

El grupo llegó a la base entre vítores grabados y funcionarios con sonrisas vacías. Un oficial les indicó que se dirigieran al hangar 7.

—Nos van a tomar una foto oficial, quizás. —murmuró otro.

Y entonces, la puerta del hangar se cerró detrás de ellos.

Luces apagadas.Silencio total.Un sonido sutil de mecanismos activándose.Y luego…la emboscada.

(Nt:minuto 0:22).

Una unidad encubierta, soldados de élite, armados hasta los dientes, ya estaba ahí. No hubo advertencias. Solo disparos.

Los primeros en caer fueron los más jóvenes. Ni siquiera tuvieron tiempo de gritar.

-!Pe-Ackckck!

*Disparos*.

-!CUBRANSE!.

*Disparos*.

Tn rodó hacia un costado, desenfundó su espada y sintió cómo el mundo se teñía de rojo.

No pensó. Solo mató.

Uno, dos, tres.

Un tajo en la garganta.

Un giro, una rodilla rota, un golpe directo al casco enemigo.

Cazadores contra verdugos. Pero los cazadores eran mejores.

En menos de diez minutos, el hangar estaba cubierto de cadáveres.

La sangre formaba charcos bajo los focos rotos.Y solo Tn estaba de pie, bañado en rojo, con los ojos apagados.

—Condecoración, ¿eh…? —escupió con asco.

Caminó por encima de los cuerpos sin mirar atrás.Ya no era un soldado. Tampoco era un ciudadano.Era algo que no debía existir.

.

.

Desde ese día, su nombre fue eliminado de los registros. Los pocos que sabían de él, lo creían muerto o desaparecido.

Pero Tn sobrevivió.

Y con nada más que su espada, se perdió en las zonas marginales de Nueva Eridu, donde los problemas eran menos limpios, las batallas más sucias, y el oro se manchaba con lágrimas de Oni y humanos por igual.

.

.

.

El fiasco de la ejecución del Cuerpo de Cazadores cayó como una bomba de plomo sobre los escritorios de los altos mandos de Nueva Eridu.

Lo que debía haber sido una “disolución silenciosa” terminó como una carnicería militar. No solo los cazadores respondieron al ataque. Respondieron mejor.

Y el resultado fue innegable: cadáveres de soldados regulares, oficiales muertos a manos de aquellos que habían entrenado para cazar monstruos.

El comité de crisis entró en sesión permanente. Las comunicaciones internas se restringieron. Los registros del proyecto Cazador Oni fueron reeditados o directamente eliminados. Lo único que no pudieron borrar… fue la sangre.

Para ocultar el desastre, una nueva mentira fue escrita:.

“Explosión accidental de gas en el Hangar 7. Docenas de muertos. Investigación en curso.”.

En realidad, los altos ejecutivos habían enviado bombarderos furtivos para borrar toda evidencia. Las explosiones hicieron temblar la base Sierra-4. Las columnas de humo se alzaron visibles incluso desde la Zona Central.

Pero el daño ya estaba hecho.

El informe final era un desastre:.

No todos los cuerpos fueron recuperados.

No había forma certera de confirmar la muerte de todos los cazadores.

Las cámaras de seguridad fueron destruidas… o robadas.

“¿Y si alguien escapa y habla?”.

“¿Y si los Onis descubren esto y lo convierte en bandera justa para otra revuelta?”.

“¿Y si los cazadores sobrevivientes deciden tomarse la justicia por su mano?”.

Silencio.

“Entonces ya no estariamos seguros.”.

.

.

.

En las zonas marginales de Nueva Eridu, muy lejos de las avenidas limpias y los domos brillantes, un hombre con cicatrices en el alma y sangre seca aún en su abrigo caminaba en silencio entre la niebla.

Tn.

No tenía hogar. No tenía patria. Pero sí tenía memoria.

Y los Cazadores Oni —aunque disueltos— tenían casas seguras esparcidas por todo el mapa urbano, cimientos de hierro enterrados entre edificios abandonados o zonas comerciales clausuradas. Algunas eran armerías ocultas, otras simples refugios subterráneos con acceso a mapas de evacuación global.

Tn encontró una.

Una que no fue tocada por los bombardeos. Desactivó el viejo sello electrónico con un código que aún recordaba con los dedos.

La puerta chirrió. El polvo aún dormía en el aire.Entró sin palabras. Cerró. Y por primera vez en días… se sentó.

Abrió el viejo panel y proyectó un mapa de Eridu. Puntos verdes parpadeaban: refugios activos. Algunos ya sin señal. Otros con interferencia.

“Vivos… tal vez.”.

Al menos tres de sus antiguos compañeros habían logrado huir, si sus viejas frecuencias no mentían. Pero Tn no los contactó. Aún no.

Encendió una vieja grabadora y dejó un mensaje codificado en bucle:.

“No vuelvan. No es seguro.Los Cazadores están muertos.Sean fantasmas.Sobrevivan.”.

La noche cayó como plomo.

Y mientras los ejecutivos de Eridu sellaban archivos, pagaban silencio con billetes marcados y leían encuestas de opinión con las manos temblorosas, en un rincón olvidado del distrito marginal…un cazador se mantenía en pie.

Ya no tenía órdenes. Ya no tenía enemigo. Pero aún tenía una espada.

Tn se sentó con las piernas cruzadas, la espalda recta, en medio del refugio. La habitación estaba en penumbra, con un único foco parpadeante que zumbaba como si agonizara. Frente a él, descansaba su espada. No tenía nombre. Nunca lo necesitó. Era una extensión de su cuerpo, un reflejo de su voluntad —o lo que quedaba de ella.

Podía tomarla ahora mismo, cargar con ella hasta el corazón de Eridu y arrancar una por una las cabezas que habían firmado la sentencia de muerte de su escuadrón.

Podía abrirse paso por los pasillos blindados de las torres administrativas, dejar tras de sí una estela de cuerpos, gritarle al mundo lo que habían hecho.

Pero no lo hizo.

La idea se desvaneció tan rápido como llegó, como una chispa que muere antes de arder.

—¿Para qué? —murmuró en voz baja, sin rabia, sin emoción.

El eco de su voz se perdió en el concreto. Solo el zumbido del foco respondió. Estaba fuera del radar. Ya no existía. Su muerte había sido registrada, archivada y olvidada.

Y en ese anonimato, en ese abandono, había una cruel libertad.

Podía desaparecer.Podía dejar de ser alguien.Podía no sentir.

Se dejó caer de lado sobre el colchón gastado que había encontrado en el refugio. El muelle chirrió con el peso de su cuerpo, como quejándose. El techo estaba agrietado, cruzado por una línea irregular que le recordaba una vieja herida, una que nunca sanó del todo. Cerró los ojos un instante… y no encontró descanso.

Sabía —en lo profundo de su núcleo— que esto iba a pasar. Desde el primer día, desde la primera sangre Oni derramada, supo que el proyecto Cazadores era temporal. Una herramienta. Un error necesario.Y como toda herramienta afilada, una vez usada… debía ser destruida.

—Nunca fuimos héroes… solo soldados descartables. —susurró con amargura.

Lo que sí no esperaba era la traición tan sucia, tan cobarde, tan brutal. Una emboscada en su propia casa. Fuegos amigos. Bombas para cubrir sus huellas.Todo orquestado por aquellos que les habían dicho que servían al orden. A la humanidad.

Y sin embargo, no lloraba.

No podía.

El adoctrinamiento lo había dejado marcado, no solo en el cuerpo, sino también en la mente.

Lujuria, apenas un impulso primitivo que su cuerpo reconocía, pero su mente ignoraba.Felicidad, eliminada de raíz, como una palabra borrada de un diccionario.Tristeza, desconocida. Ni siquiera en la muerte de sus camaradas había sentido pena.Ira, sí. Ira en cantidades enfermizas. Ira fría, ira constante. Una sombra que respiraba con él.

Pero incluso la ira, sin dirección, terminaba pudriéndose dentro.

Se giró boca arriba, con el antebrazo sobre los ojos.

“¿Vivir así…?””No es vida, pero es lo mejor que tengo.”.

No había más propósito.No había redención.

Solo la rutina de sobrevivir, de moverse como un perro callejero por las zonas donde nadie preguntaba nombres ni historias.

Su respiración se estabilizó. El techo seguía igual. El silencio… intacto.

Pero fuera de esos muros de concreto, el destino ya estaba en movimiento.

Y la espada sin nombre, aunque inmóvil… pronto volvería a probar sangre.

-Vaya diatriba tan…….molesta.

Nunca planeo un plan de jubilacion, el plan era morir en batalla o en el quirofano.

Tn suspiró. Un sonido hueco, casi mecánico.

Luego se puso de pie y decidió que era hora de ver lo que el futuro le tenía preparado.

.

.

.

Pasaron los meses.

Ahora estaba de rodillas, escupiendo sangre sobre el concreto rajado de un ring subterráneo, rodeado por gritos, humo de cigarro y apuestas gritando nombres que no le pertenecían.

Frente a él, su oponente —una masa de músculos con tatuajes de prisión en los brazos— lanzaba golpes como martillos, buscando romperle las costillas o cerrarle un ojo. Tn se cubría, giraba, absorbía el impacto. No con miedo.

Con práctica.

Esperaba. Calculaba. Y cuando vio la abertura…

Contraatacó.

Un golpe certero a la garganta. Un barrido de pierna.Y finalmente, un directo al mentón que sonó como hueso quebrándose.

El tipo cayó como un árbol.

El público se levantó de sus sillas metálicas, aplaudiendo con puños al aire y gritos distorsionados por el alcohol.

La campana sonó. El árbitro, un hombre gordo y sucio con lentes oscuros, levantó su brazo.

—¡Ganador… “Filo Silente”! —anunció entre escupitajos.

Tn no reaccionó.

Solo bajó el rostro y dejó que el sudor y la sangre se mezclaran en su mandíbula.

-¿Cómo terminé aquí…?

No se lo preguntaba con drama. Ya no tenía espacio para eso. Era una observación simple, como anotar el clima.

Después del desastre con el cuerpo de cazadores, había desaparecido de los radares. Se internó en los barrios marginales, donde los gobiernos no mandaban y las reglas se escribían con los mafiosos a cargo.

La supervivencia era cuestión de utilidad.

Y Tn sabía pelear.

El cuadrilátero fue su nuevo campo de batalla. No había estrategia militar ni coordenadas. Solo carne, hueso, reflejo y rabia embotellada.

En unas semanas, ya era conocido por los apostadores.

Un mafioso local de nombre Yuno el Rojo, hombre de trajes brillantes y dientes falsos de oro, lo había tomado como su “perro ganador”. Apostaba por él, lo llamaba mi joya, y no hacía preguntas mientras le pagaba.

—Buen golpe hoy, Filo —le dijo mientras le extendía un fajo de billetes envueltos en cinta.

Tn lo tomó sin mirarlo.

—¿El 10% para ti? —preguntó, por simple protocolo.

—No te preocupes, ya lo saqué antes de dártelo —rió el mafioso.

Tn asintió. No le importaba. No peleaba por el dinero.Peleaba porque era lo único que sabía hacer sin pensar demasiado.

Abandonó el ring, ignorando las felicitaciones sucias y las palmadas sudadas en la espalda. Cruzó el pasillo con tubos de vapor colgando, subió las escaleras hasta la salida trasera del local, y se adentró en las calles húmedas del distrito gris.

A dos calles de allí, estaba su bar de costumbre.Un agujero olvidado llamado.

Entró. El olor a licor barato, sudor y madera vieja era su bienvenida.

No dijo palabra.

El cantinero, un cyborg viejo con un ojo quemado, ya le estaba sirviendo su vaso habitual: hielo, whisky y algun dulce.

Tn se sentó.Tomó el vaso.Y mientras el líquido bajaba por su garganta, pensó.

“Esto es rutina. Golpear. Sangrar. Beber. Olvidar.Y repetir.”.

Giró un poco la cabeza hacia el ventanal sucio que daba a la calle. Un transporte oxidado pasó rugiendo. Unas luces azules cruzaron a lo lejos.

Esa noche aún no lo sabía, pero ya estaba siendo observado.

Y alguien… muy pequeño, muy silencioso, muy diferente…se acercaba lentamente a su mundo sangriento.

Tn bebió el último trago con el rostro aún cubierto por la sombra de su capucha. El hielo chocó contra el fondo del vaso vacío con un clink solitario.Dejó un par de billetes arrugados sobre la barra —suficientes para la cuenta y para que el cantinero no hiciera preguntas— y se puso de pie sin decir palabra.

El aire nocturno lo recibió con ese olor agrio y denso de los barrios marginales: smog, fritura, sudor… y perfume barato.

Los neones iluminaban las calles agrietadas con colores artificiales, y las sombras caminaban rápido, evitando el contacto visual. Tn caminó con calma. Paso firme. Espalda recta.

Era rutina.

En el camino al refugio, se desvió hacia una pequeña tienda 24/7. Los sensores de entrada lo reconocieron como cliente frecuente. Tomó lo de siempre: huevos, leche en polvo, pan duro, algunas latas selladas. Añadió gasas, vendajes, alcohol médico y unos guantes descartables. La vida en los márgenes no perdonaba, y las heridas mal tratadas eran sentencia.

Pagó sin una palabra. Salió. Y entonces lo notó.

Había algo diferente esa noche.

El número de trabajadoras sexuales —o simplemente mujeres en situación de servidumbre disfrazada de consentimiento— había aumentado. Algunas estaban recostadas contra las paredes, con ojos vacíos y sonrisas que no llegaban al alma.Otras, más atrevidas, se acercaban a los transeúntes solitarios.

Demihumanas, en su mayoría: orejas de zorro, colas de gato, dientes afilados y piel moteada.Incluso una que otra Oni, más discreta, más escondida… pero allí, presente.

Tn sintió el tirón familiar en el pecho.El instinto.

Su cuerpo respondió solo. Los dedos se tensaron, el pulso se aceleró, los ojos buscaron puntos débiles.Por un instante, la programación volvió.

Cazador.Depredador.Objetivo.

Matar,matar,matar,matar,matar,matar,matar,matar, matar,matar,matar,matar,matar, matar,matar,matar,matar,matar,matar,matar,matar,.

Pero respiró profundo.Reprimió el impulso.

Ya no era eso. Ya no era nadie.

La prostitución de Onis y demihumanas no era una rareza. El distrito donde vivía estaba conectado al Barrio Rojo, el más antiguo de Eridu.

Y la guerra —aunque oficialmente “terminada”— había dejado muchas consecuencias no escritas.Entre ellas, esclavitud maquillada, tráfico de cuerpos exóticos, y mujeres vendidas como entretenimiento para hombres con dinero… o con poder.

—La cara sucia de la paz —murmuró para sí.

Una demihumana con orejas de lobo y cola se le acercó. Sus ojos brillaban artificialmente. Tenía detalles oculares, probablemente de visión mejorada.

Vestía poca ropa, casi nada. Todo adornado para parecer “salvaje”. Era joven, o al menos lo fingía bien.

—¿Buscas calor esta noche, guapo? Primera vez, mitad de precio. No muerdo… a menos que te guste —dijo con una sonrisa automática.

Tn no la miró directamente. Solo agitó ligeramente la cabeza.

—No.

Ella bajó un poco la sonrisa. No insistió. Ya se notaba entrenada para reconocer los “no” que no era bueno desafiar.

Tn apretó el paso.

Caminó hasta que las luces de neón se desvanecieron.

Hasta que el bullicio del placer forzado quedó detrás.Hasta que las paredes se tornaron grises y olvidadas, y las puertas sin letreros ocultaban más secretos que productos.

Finalmente, llegó al refugio.

Introdujo el código. La puerta emitió un clic débil y se deslizó hacia un lado. Entró, cerró con cuidado, dejó las bolsas en la mesa metálica y se sentó con un largo, silencioso suspiro.

La calma del refugio era artificial, pero reconfortante.El mundo exterior era un monstruo devorando almas.Aquí dentro, al menos, podía respirar sin pensar en matar.

Y sin saberlo, esa noche de hastío…esa rutina marchita…estaba a punto de romperse.

Porque en algún callejón oscuro no muy lejos de allí,una pequeña figura con cuernos, heridas en los tobillos, y ojos llenos de miedo… estaba escapando.

Y corría justo hacia él.

.

.

.

(Perspectiva cambiada:Punto diferente).

Luego de que fuera oficialmente puesta bajo el cuidado de Tsukishiro Yanagi, Soukaku no se sintió precisamente feliz.

Más que protección, aquello se sentía como una jaula.

Yanagi era estricta. Silenciosa. Correcta. Y sobre todo, estaba siempre ocupada. Pasaba el día entero en la Estación 6 de Operaciones Especiales, sumida entre misiones, informes y entrenamiento. Cuando regresaba a casa, apenas si se tomaba tiempo para dejar el abrigo, preguntarle a Soukaku cómo estaba y sentarse en la mesa unos minutos antes de encerrarse en su habitación con una montaña de documentos.

“¿Podemos salir hoy?”.

“No, aún es peligroso.”.

“Pero quiero ir al parque, aunque sea…”.

“Soukaku, ya te dije que no. Hay amenazas aún activas.”.

“¡Siempre dices lo mismo!”.

La misma conversación. Las mismas respuestas. La misma puerta cerrándose tras ella.

Soukaku inflaba las mejillas cada vez que escuchaba esas negativas. Sus cuernos pequeños se tensaban ligeramente, como si incluso su herencia Oni protestara en silencio.

Yanagi parecía pensar que protegerla significaba encerrarla.

¿Pero qué clase de vida era esa?

Se suponía que vivir en Eridu sería una nueva oportunidad. Un hogar. Una familia. Pero lo único que sentía era… soledad.

Odiar.

Odiar.

Odiar.

Ella no era una niña cualquiera. Había nacido entre fuego y guerra, había visto morir a su gente, había sobrevivido a la rebelión. ¿Y ahora, cuando ya no había armas, le negaban incluso un paseo?

Una noche, mientras Yanagi se quedaba dormida frente a la pantalla de su tableta, aún con el uniforme puesto, Soukaku miró por la ventana del apartamento. Las luces de la ciudad parpadeaban en la distancia.

Calles. Personas. Risas.

Libertad.

Ese brillo la tentó.

Ese mundo desconocido le hablaba más fuerte que cualquier advertencia.

“Solo será un rato. Solo un paseo. Volveré antes de que despierte.”.

Se vistió con lo más sencillo: una sudadera gris con capucha, un par de zapatillas desgastadas y una bufanda para ocultar sus cuernos.Desactivó el seguro de la puerta con el código que había memorizado al espiar a Yanagi una semana atrás.

Y salió.

La noche estaba más viva de lo que imaginaba.Luces, anuncios, hologramas gigantescos proyectando ídolos virtuales y ofertas de comida. Los olores eran fuertes y extraños, pero emocionantes.Caminó por el mercado nocturno, probó un dulce que nunca había visto y le regaló una sonrisa a una anciana que le dijo que tenía “ojos grandes como la luna”.

Fue el mejor día que había tenido en mucho tiempo.

Pero entonces… tomó una calle equivocada.

El mercado terminó. Las luces desaparecieron. Y lo que había comenzado como un paseo lleno de maravillas se tornó en un laberinto de callejones sucios y susurros peligrosos.

Al principio pensó que eran solo borrachos. O gente sin hogar.

Pero pronto lo sintió.

Ojos. Muchos.

Detrás de ella. A su lado. Delante.

Un hombre alto se acercó primero. Sonrisa rota. Piel marcada. Brazos cubiertos de tatuajes.—Hey… ¿Perdida, pequeña? ¿Sabes lo que hacen aquí las chicas como tú?

Soukaku dio un paso atrás.

El hombre chasqueó la lengua y, como si fuese una señal, otras tres figuras emergieron de entre las sombras.

Intentó correr. Gritó.

Pero una mano la atrapó del brazo. Otra le tapó la boca.

Su grito quedó atrapado en su garganta.El paseo había terminado.

Y mientras Eridu dormía y Yanagi despertaba sola en el apartamento, una niña Oni era arrastrada hacia un camión sin matrícula, con destino a un lugar donde ni la ley ni la compasión tenían poder.

*Golpe*.

Soukaku gimió de dolor al recibir un golpe seco en el abdomen antes de ser arrojada dentro de la camioneta. Su cuerpo rebotó sobre los asientos manchados de grasa, y su cabeza golpeó contra el marco metálico. Las risas de sus captores llenaron el interior del vehículo como un humo tóxico.

—¡Jajaja! ¡Una Oni! —se burló uno, con voz rasposa por los cigarrillos.

—No todos los días te cae una joyita como esta —añadió otro, observándola con ojos que la hicieron temblar por dentro.

Eran cuatro hombres. De aspecto callejero, pero con armas y equipo que no venían de cualquier rincón. Sabían lo que hacían. Transportaban carne.Y ella… era el paquete.

Soukaku no gritó. No lloró. Solo forcejeó en silencio. Ya había aprendido, desde que nació, que a veces el miedo solo aceleraba la violencia.

“No quiero saber a dónde me llevan… No quiero saber qué hacen con las que se llevan.”.

La camioneta dio un par de giros bruscos. El interior olía a gasolina, sudor viejo y metal oxidado. Uno de los hombres se distrajo al revisar su teléfono, se volteó un segundo.

Fue el instante que ella necesitaba.

Soukaku metió los dedos en el cojín del asiento, rompió la costura con la uña rota, y usó el pequeño espacio para impulsarse.

Saltó.

La ventana estaba cerrada, pero no blindada.El cristal se quebró con su pequeño cuerpo al pasar a través de él.

—¡¿Qué demonios?! —gritó uno de los secuestradores mientras la sangre de la niña quedaba en los bordes rotos del marco.

Cayó mal. Rodó por el asfalto sucio y húmedo. Un tobillo le dolió al instante, pero no tenía tiempo para llorar.

Solo corrió.

Los hombres salieron tras ella. Dos con linternas. Uno con una cadena. Otro con una pistola en mano.

—¡Detente, maldita perra!

Soukaku corría sin rumbo.

Los callejones se estrechaban, se ensuciaban, se volvían laberintos.

El corazón le golpeaba el pecho como un tambor de guerra.

“Alguien… por favor… alguien… ¡alguien…!”.

Y entonces vio una silueta. Un hombre alto. De espaldas. Estaba entrando a una vieja puerta de acero, casi camuflada en la pared. Tenía una capucha, y cargaba bolsas. Una luz tenue se filtraba desde dentro.

—¡A-ayuda! —gritó Soukaku con la voz rasgada, sabiendo que era peligroso, sabiendo que podía ser peor, pero sin más opción.

El hombre se giró.

Sus ojos eran fríos. Sin sorpresa. Sin piedad. La observó. Luego vio al tipo detrás de ella, con la cadena alzada como un látigo.

Tn había visto muchas cosas.

Pero nunca a una niña Oni de piel azul corriendo por su vida, ensangrentada y pidiendo auxilio.

Sus dedos se apretaron.

Su cuerpo retrocedió un paso… como por reflejo.

“No es mi problema.”“No tengo motivos.”“No debo volver a pelear por otros.”.

Y sin embargo… no cerró la puerta.

Los pasos de los perseguidores se acercaban. Soukaku lo alcanzó, lo miró con ojos grandes y jadeantes.

—¡Por favor… por favor… no quiero volver…!

Y en ese instante, el criminal la alcanzó, tomándola del brazo como si fuera un trozo de carne.

—¡Aquí estás, perra azul!

Tn lo vio.

Vio la fuerza en la mano del hombre. Vio la expresión de desesperación en el rostro de la niña.Vio, por una fracción de segundo, el reflejo de sí mismo… hace años.

El cazador aún vivía dentro.Y esa noche, volvió a salir.

Tn dejó las bolsas sobre la mesa sin mirar su contenido.Sus dedos se cerraron con fuerza alrededor de la empuñadura de su katana, envainada pero latente.Había algo en sus movimientos —precisos, metódicos, silenciosos— que no hacía desde hacía meses incluso.

El cazador se había despertado.

Saltó por la ventana trasera, escaló por la pared del refugio y se deslizó por los tejados oxidados con una gracia casi antinatural. Sus botas no hacían ruido. El viento no lo tocaba. Solo la luna, colgada entre antenas podridas, lo seguía como un testigo pálido.

Desde arriba, divisó la camioneta.

El vehículo avanzaba por los callejones rumbo al Distrito de Lucha, un lugar tan oscuro que ni los drones de la policía volaban por ahí sin pagar protección.

Tn se movía como sombra. Era más rápido que el vehículo. Saltaba de techo en techo con precisión quirúrgica, el cuerpo inclinado, la katana atada a la espalda como si formara parte de su columna vertebral.

Dentro de la camioneta, Soukaku estaba amordazada y atada de pies y manos. La sangre en sus piernas aún chorreaba por los cortes de vidrio.No parpadeaba. No lloraba. Pero se estremecía con cada curva, con cada risa que salía de los hombres a su alrededor.

—El Jefe va a pagarnos una fortuna por esto —decía uno.

—Una Oni joven… ya sabes lo que pagan los clubes de lucha por cosas “exóticas”.

—Y con esa cara de muñeca… los clientes van a hacer fila.

Soukaku forcejeaba. Sus ojos, grandes, brillaban con furia contenida. No entendía bien qué querían hacerle, pero sabía que no era bueno.

La camioneta se detuvo en un hangar oxidado. Dos luchadores, gigantes tatuados hasta los párpados, esperaban en la entrada.

En el interior, bajo luces rotas, el Club de Lucha Nocturno ya estaba funcionando. Sangre en la lona. Apuestas en cada esquina. Algunos peleaban con cuchillos. Otros con las manos desnudas.Y todos con armas poco……comunes.

Yuno el Rojo estaba allí, como cada noche.Con su abrigo carmesí, su sonrisa de dientes dorados, y su puro a medio consumir.Cuando los hombres entraron con el “paquete”, levantó una ceja.

—¿Qué es esto?

—Una Oni. Joven. Tierna. Perfecta para los luchadores… para soltar tensiones, ya sabe.

Yuno la miró. Soukaku lo escupió.

El gargajo le cayó en la bota.

—Tiene fuego. Me gusta. Pero esto es raro… No solemos aceptar mercancía viva. —Miró a su alrededor, incómodo.

Entonces lo sintió.

Un escalofrío recorrió el aire, como si alguien hubiera abierto una ventana en medio de un horno.Los ruidos del público no se detuvieron, pero en su interior, Yuno supo que algo estaba mal.

La puerta del fondo se abrió.

Y Tn entró.

No como cliente. No como luchador.Sino como algo más, más peligroso.

Una katana descansaba en su hombro. Sus ojos no mostraban emoción. Solo una intención.

Yuno tragó saliva. Él conocía esa mirada.La había visto antes, en los días oscuros de Eridu.

Cazador. De los verdaderos.

No era idiota, por algo seguia vivo en el negocio.

Uno de los secuestradores intentó acercarse a Soukaku.

Tn apenas inclinó la cabeza, y su mano se movió.

Fssshk.

El sonido fue casi elegante.

La katana ni siquiera pareció moverse, pero el brazo del hombre cayó al suelo con un chorro de sangre.

Todos se quedaron quietos.

-AGHGHGHHGHHGGHGH!!!!!

*salpicar*.

El silencio fue total.

Yuno levantó ambas manos.

—Tn… amigo… si ella te importa, podemos resolver esto de otra manera.

El cazador no respondió. Pero detuvo la katana justo antes del siguiente paso.

Yuno, sudando, chasqueó los dedos. Un asistente se acercó con una tableta digital.

—Te la vendo. Ahora. Al contado. Lo que valga. No quiero problemas contigo, campeón.

Soukaku miró a Tn. Los ojos llorosos, jadeando detrás del mordaza. Él la miró un segundo.

“Esto no es una misión.No es un trabajo.No es venganza.Es… lo correcto.”.

Maldita conciencia.

—Dámela —fue lo único que dijo.

Yuno presionó el botón. La transacción se realizó.

Soukaku fue entregada.

Tn la levantó sin decir palabra y la sostuvo con una delicadeza que parecía imposible para alguien con su pasado.

Yuno los vio salir del hangar. Una vez que la puerta se cerró, dejó caer el puro.

—Maldita sea… eso fue demasiado cerca.

Se limpio el sudro y ordeno ue atendieran al pobre diablo en el suelo. El negocio no podia permitirse mas revueltas asi.

-Justo ahora tenia que salirle una espina de simpatia.-encendio un cigarro e inhalo-Fue una suerte que nos tocara uno normal.

Hacia meses de la tregua con los Onis rebeldes, pero el fiasco de seguridad publica no fue un misterio para los mafisosos de perfil alto.

________________________________________________________________

(Y asi es como empezare esta cosa…..tn y yanagi deberan compartir tutela de ahora en adelante).

Pondría imágenes suculentas de las waifus pero…..wattpad y los tards no me dejarían en paz 😑 así que ni modo.

(10 estrellas y algunas opiniones sobre que les parece el cap).

Siguiente en llegar (aclaro que esta es la lista en la que llegaran los capitulos les di mas de un dia para que se pusieran de acuerdo >:v).

alexandrina zzz.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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