Waifu yandere(Collection) - Capítulo 122
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122: alexandrina sebastiane zzz 122: alexandrina sebastiane zzz Advertencia ⚠️ ⚠️ Futuro contenido para mayores 18 leer bajo su propio criterio Advertencia contenido grafico de violencia y Advertencia ⚠️ temas cuestionables y sensibles se sugiere que si no es de su agrado salga de aquí y de paso aclaro que personajes o imágenes no me pertenecen crédito a sus autores.
Agrego personajes no me pertenecen.
Imágenes y personajes no me pertenece crédito a sus autores.
Advertencia este capítulo contiene escenas para mayores y lenguaje bulgar están advertidos.
Haber *se pone serio* quieren YANDERE señores, pues demuestrenlo >:v comenten y den apoyo que, creen que sacarse capitulo tras capitulo es bueno para el autoestima……un poco si 👉🏻👈🏻.
pero el punto…….como diablos se supone que sepa que voy bien si nadie opina.
Y los dos que lo hacen solo spoilea o el otro escribe con una mano :v(XD).
En fin…….al menos está sección tiene audiencia, no puedo decir lo mismo de la sección oc 😑.
___________________________________________________________________- El taxi avanzaba por un camino serpenteante cubierto de neblina tenue, atravesando los límites exteriores de lo que alguna vez fue una zona residencial de prestigio en las afueras de Eridu.
Sentada con la espalda recta, Alexandrina Sebastiane —conocida simplemente como Rina para sus empleadores— observaba el exterior con un rostro sereno, inmutable.
Su cabello impecablemente peinado, sus guantes blancos sin una sola arruga, y su porte digno de una noble la hacían parecer fuera de lugar en el viejo vehículo.
A su lado, en silencio, se encontraban sus dos Bangboo: Drusilla, de cabello rubio recogido con gracia y ojos siempre entrecerrados como si analizara el mundo entero; y Anastella, castaña, nueva, nerviosa, mirando por la ventana como si quisiera recordar el camino de regreso.Ambas eran parte del séquito constante de Rina, y como tal, estaban perfectamente vestidas, sus vestimentas inmaculadas con los colores de Victoria Housekeeping Co.
El conductor, un hombre ya mayor con voz rasposa, rompió el silencio tras varios minutos.—Dicen que esa mansión pertenecía a una familia rica… los Heydrich Stampede.
Pero se marcharon hace décadas.
Se volvió una casa vacia.
—soltó una risita casi supersticiosa—.
Aunque hay quien dice que aún está viva… la casa, digo.
Tiene sus propios caprichos.
Las fiestas que se decían en su época de apogeo eran recordadas muy bien, el anfitrion había sido un hombre amable y único, la dama de la casa fue querida por la comunidad.
Alexandrina giró levemente el rostro hacia él, con una sonrisa amable.
—¿Viva, dice?
Qué concepto más…
romántico.
Su voz era suave, melodiosa, pero con una gravedad velada, como si pesara más de lo que debía.
El conductor, incómodo, carraspeó y guardó silencio.
Los últimos minutos de viaje transcurrieron con un aire espeso, como si la niebla que rodeaba el bosque hubiese penetrado al vehículo.
La mansión apareció de pronto entre los árboles, emergiendo como un espectro olvidado del pasado: alta, de arquitectura neoclásica, cubierta por musgo y sombra, pero de alguna forma aún majestuosa.
Frente a la gran verja de hierro, un joven vestido con extrema pulcritud ya los esperaba.
Traje gris oscuro, corbata delgada, guantes negros.
Su postura era firme, pero no militar; su mirada tranquila, pero con el brillo inquietante de alguien que había aprendido a convivir con el silencio.
El taxi se detuvo.
Alexandrina descendió del vehículo con la misma gracia con la que habría entrado a un salón de gala.
Abrió el maletero, sacó su maleta—negra, dura, pesada como un ataúd cerrado con llave—y la colocó a su lado.
Anastella y Drusilla bajaron detrás de ella, adoptando posición sin necesidad de instrucciones.
El joven se inclinó levemente.
—Bienvenida.
Soy Tn.
Me alegra mucho que haya aceptado el contrato.
La agencia me aseguró que enviaban lo mejor… y lo veo confirmado.
—sonrió con una educación genuina.
Alexandrina respondió con una reverencia pulida.—Un gusto.
Alexandrina Sebastiane, miembro principal de Victoria Housekeeping Co.
Agradezco su bienvenida, señor Tn.
Confío en que la estancia será productiva para ambos.
Drusilla, sin ser llamada, rodó los ojos ligeramente.”Dios mío, ya empezaron con los formalismos de clase alta…”Anastella reprimió una risita, pero no dijo nada.
(Nt: se que esas cosas no hablan como tal pero hare que sus ideas se diga con el “palabra” jejeje les gustaria).
Tn ladeó la cabeza apenas un poco al ver a las Bangboo.
—Son… excepcionales.
No suelo ver modelos con tanta expresión.
¿Son personalizadas?
—Drusilla ha estado conmigo durante muchos años.
Es casi como una extensión de mí.
Anastella es reciente, pero prometedora.
Ambas son… útiles.
—dijo Rina, con un leve matiz en la última palabra, que hizo que Anastella la mirara de reojo.
Tn asintió y los condujo por el sendero de piedra, cubierto por hojas secas, hasta las puertas dobles de madera envejecida.
—Debo advertirle… la casa no ha recibido cuidados en mucho tiempo.
Algunas secciones están selladas.
Otras… son caprichosas.
No se sorprenda si oye ruidos donde no debería haber nadie.
Alexandrina sonrió apenas.
—Las casas viejas tienen ecos… y secretos.
Me aseguraré de pulirlos uno por uno.
Las puertas se abrieron, y con ellas, el susurro del polvo antiguo y de memorias nunca dichas salió a recibirlos.
.
La puerta principal se cerró detrás de ellos con un sonido grave, como si la casa hubiera contenido la respiración todo este tiempo… y ahora por fin la soltara.
El interior estaba envuelto en una mezcla de perfume viejo y humedad contenida; el polvo se posaba como ceniza sobre las molduras, y sin embargo, la grandeza aún latía en las paredes: techos altos, alfombras rojas apagadas por el tiempo, ventanales altos cubiertos con cortinas que alguna vez fueron majestuosas.
Muebles de roble cubiertos por sabanas blancas.
Sorprendentemente aun mantenia todo en su lugar.
Alexandrina caminaba con paso firme, su maleta en una mano enguantada, y la otra descansando en su Bangboo Drusilla, quien caminaba a su lado con su eterna expresión inquisitiva.
Anastella iba detrás, mirando todo con ojos grandes y nerviosos, como si la casa pudiera abrirse y devorarla en cualquier momento.
—La mansión fue mandada a construir por un tal… Sir Reinhard Heydrich, junto a su esposa Rema Saverem —explicaba Tn mientras avanzaban por el amplio pasillo principal—.
Un regalo para uno de sus nietos.
No se sabe con certeza cuál, pero sí que fue habitada por varias generaciones de su descendencia.
Una familia… muy particular.
Rina giró levemente el rostro hacia él, interesada.—¿Y fue abandonada de pronto?
Tn asintió mientras pasaban bajo un arco de mármol.—Así es.
De un día para otro.
Algunas personas dicen que fue por tragedias familiares.
Otros creen que simplemente se dispersaron por el mundo y dejaron esto atrás.
Pero la razón oficial… nunca se ha encontrado.
Un eco sordo resonó desde el fondo del pasillo.
Nadie lo comentó.
Doblaron hacia una galería lateral, donde una hilera de retratos ocupaba un muro entero, cada uno de ellos bañado por la luz grisácea que se colaba por las ventanas altas.
Los cuadros eran de una calidad exquisita, trazos realistas pero intensos, casi demasiado vivos.
Rina se detuvo.
Sus ojos escanearon los nombres escritos en placas doradas bajo cada figura.
Primero, una joven de sonrisa lasciva, de cabellos rubios cortos y grandes pechos destacados incluso bajo su abrigo.
Llevaba gafas redondas de sol, que cubrían parcialmente unos ojos que adivinaba verdes.
“Varsha Saverem Stampede”.
Luego, otra mujer prácticamente idéntica… pero con el cabello largo, blanco como la cal, y una expresión apagada, casi derrotada.
Sus ojos —verdes también— no estaban cubiertos, pero evitaban mirar de frente.
“Savh Heydrich Stampede”.
Más allá, un hombre joven, cabello rubio corto, las mismas gafas que Varsha.
Su postura era casual, confiada, casi fuera de lugar para un retrato de familia.
“Vash Stampede Heydrich”.
Y por último, un retrato que hizo que Rina se detuviera un momento más.
Un hombre alto, con el cabello blanco como la nieve, pero con líneas carmesí recorriéndole el cuerpo como venas ardientes.
Su rostro era bello, majestuoso… pero sus ojos… eran pozos sin fondo.
“Shav Heydrich Saverem” —Una familia peculiar, sin duda —comentó Rina, observando los retratos con atención casi artística—.
El mismo linaje… pero cuánta contradicción.
La tristeza en esa mujer.
El descaro en la otra.
El descaro en el joven.
Y el último….
Se quedó en silencio, mirando fijamente a Shav.
Drusilla ladeó la cabeza.¿Te recuerda a alguien?
—No.
—respondió simplemente Rina— Pero hay algo en esa mirada que me resulta… fascinante.
Tn apenas la miró de reojo.—Los Saverem contrataron a algunos cuidadores en los años posteriores al abandono, pero… —suspiró—.
La mayoría no duraban.
Algunos decían que la casa tenía “caprichos”.
Otros… que escuchaban voces.
Ruidos de pasos.
Objetos moviéndose solos.
Una casa del terror, como sie fuera una leyenda urbana.
—¿Y usted?
¿Ha oído algo?
—preguntó Rina con interés genuino.
—Solo una vez.
Pero supuse que era… el viento.
—respondió él, sin convicción no era un infante para asustarse de una casa vieja.
Anastella apretó un poco la mano de Drusilla, quien no dijo nada.
Solo alzó los ojos al retrato de Shav con una ceja arqueada.
Siguieron avanzando, y la galería se abrió a una gran sala donde un piano cubierto por una sábana descansaba en la esquina.
Las paredes estaban decoradas con tapices antiguos y lámparas de cristal ennegrecido.
—Este será su sector, señorita Sebastiane.
El ala este de la casa.
Está en mejor estado que el resto.
Aún así, no recomiendo adentrarse demasiado en los niveles inferiores… las puertas están cerradas por algo.
No sabemos qué tan estables son.
Rina asintió con un gesto pulcro, sin mostrar incomodidad alguna.
—Entonces tengo trabajo que hacer.
Y lo haré, como siempre, a la perfección.
Mientras hablaba, su mano se apoyó en una baranda de madera… y con un gesto casi mecánico, sacó un pañuelo blanco y limpió la superficie.
El polvo desapareció… pero algo quedó flotando en el aire.
No se notaba a simple vista, pero algo había despertado.
La mansión, que había estado dormida tanto tiempo, parecía atender.
Y Rina, sin saberlo del todo aún, empezaba a despertar con ella.
Cuando Alexandrina extendió la mano para abrir una de las puertas del pasillo, Tn la detuvo con suavidad, tocando apenas su muñeca enguantada.
—Permítame, señorita Sebastiane.
Le mostraré su habitación primero —dijo con su voz serena, manteniendo una distancia educada.
Rina lo miró de reojo, sin retirar la mano de inmediato.
Sus ojos brillaron con una chispa fugaz, como si evaluara algo en su interior.
Finalmente, asintió con una sonrisa amable.
—Por supuesto.
Qué descuidada he sido.
Los Bangboo la siguieron saltando con suaves pasos acolchados.
Pequeños como conejos erguidos, sus orejas ligeramente dobladas se mecían con cada salto, y sus ojillos brillaban como cuentas.
Anastella soltó un pequeño ruido —algo parecido a “arí arí”— y tropezó ligeramente con una alfombra.
Drusilla, sin perder el paso, murmuró algo como “tu-tonta…
s-shue-shuee…”, claramente burlándose, aunque sus palabras nunca terminaban de formar oraciones completas.
Rina apenas alzó una ceja, sin intervenir.
Subieron por una de las grandes escaleras en espiral del ala este.
Los peldaños de madera oscura crujían sutilmente bajo sus pasos, aunque estaban firmes, y una luz tenue se filtraba desde las altas ventanas empolvadas del vestíbulo.
Tn la condujo a una habitación cuya puerta había sido recientemente aceitada.
La abrió con cuidado, dejando ver el interior.
—Aquí se quedará —anunció.
La habitación era amplia, de techos altos y muros cubiertos por papel tapiz floral desteñido.
A un lado había una cama antigua con dosel y cortinas blancas.
El suelo de madera brillaba bajo la escasa luz, y un enorme espejo ovalado decoraba una de las paredes, cubierto por una sábana.
El aire olía a madera vieja y lavanda seca.
Rina entró lentamente, arrastrando su maleta con elegancia medida.
Sus ojos recorrieron la estancia con precisión milimétrica.
Se detuvo frente a la ventana, que daba al lado este del jardín.
—Amplia.
Sólida.
Aislada —dijo finalmente, como si fueran elogios.
—Una de las habitaciones mejor conservadas —explicó Tn desde el umbral—.
La familia solía usar este piso como zona de descanso cuando estaban en la casa.
La mayoría de las habitaciones principales están en este ala.
También hay un despacho grande, que puede usar si desea trabajar o… simplemente leer.
—¿El ala oeste?
—preguntó sin mirarlo, aún contemplando el jardín.
—Mayormente inestable —respondió Tn—.
Muchas zonas están selladas.
El equipo de restauración vendrá eventualmente para evaluar los daños.
Por ahora, el trabajo consiste solo en dar mantenimiento a las zonas transitables.
No es necesario arriesgarse explorando más de la cuenta.
—Entiendo —dijo Rina, girándose con una expresión neutra.
Dejó la maleta a un lado del armario antiguo—.
¿Y usted?
—Mi habitación está justo junto a la suya —respondió él, sin titubeos—.
Por si necesita asistencia o si ocurre cualquier cosa.
Prefiero estar cerca del personal… sobre todo en una casa como esta.
Los Bangboo miraron a Rina, y Drusilla hizo un sonido bajo como un zumbido… algo entre “hnnh… juuntooo, ju-juntooo…” y una carcajada distorsionada.
Anastella repitió “shhhi…cerca” y luego se cayó de espaldas.
Rina no reaccionó.
Su expresión se mantenía serena.
—Agradezco su consideración, señor Tn.
Espero no necesitarlo, pero me complace saber que está… atento.
Tn asintió.
—Además de esta ala, hay varios lugares que quizá quiera conocer.
Un invernadero no muy lejos de aquí, aunque el cristal está deteriorado.
Una piscina antigua en el jardín trasero.
También hay algunas salas con centros de juego o bebida.
La familia Heydrich era conocida por su… excentricidad.
Rina caminó hasta el espejo cubierto y, con un movimiento elegante, retiró la sábana que lo cubría.
El cristal, ligeramente manchado por el tiempo, devolvió su reflejo.
Su rostro —perfecto, simétrico, tranquilo— no mostró sorpresa ni emoción, pero su mirada pareció clavarse más allá del vidrio.
—Curioso que aún conserve su estructura… mientras todo lo demás se desvanece —murmuró, casi para sí.
Tn se retiró un paso.
—Si necesita algo más, estaré en la habitación de al lado.
El equipo de restauración no debería tardar más de unas semanas en llegar.
Hasta entonces, estamos… a cargo de todo esto.
—Sí —respondió Rina, sin girarse—.
Me haré cargo de que cada rincón vuelva a brillar.
Aunque, claro… no todo lo viejo merece ser restaurado.
Por un segundo, su reflejo en el espejo pareció sonreír un poco más de lo que su rostro real mostraba.
Pero cuando parpadeó, ya no estaba.
………………..Atrapar…………………..Atrapar…….
Tn fingió toser suavemente y dio un par de pasos hacia atrás.
—Le dejaré espacio para que pueda desempacar, señorita Sebastiane.
Estoy a su disposición si necesita algo.
Rina giró apenas el rostro, regalándole una sonrisa compuesta, como las que uno encontraría en retratos de damas antiguas.
—Gracias por su cortesía.
Me acomodaré sin problemas.
Tn asintió, y con la misma pulcritud con la que la había recibido, se retiró cerrando la puerta con cuidado.
El click del picaporte al cerrarse fue como una señal.La sonrisa de Rina se deshizo de inmediato.
Se enderezó lentamente y miró alrededor de la habitación como si viera todo por primera vez.
La postura perfecta de sus hombros se relajó apenas, lo suficiente para revelar el leve agotamiento emocional contenido bajo su fachada.
—Hnn… por fin —murmuró, quitándose los guantes con lentitud—.
Sus Bangboo, Drusilla y Anastella, comenzaron a explorar la habitación dando saltitos pequeños y erráticos.
Anastella se trepó al respaldo del sillón polvoriento, mientras Drusilla se acercó al armario, lo golpeó una vez con la cabeza y murmuró “vaciiío…
feoo…” con su voz de conejo de peluche gastado.
Rina no les prestó atención.
Se arrodilló junto a su maleta y comenzó a abrirla, con movimientos precisos, sistemáticos.
De su interior sacó primero sus ropas: perfectamente dobladas, de telas finas, colores sobrios.
Luego, un par de libros con títulos técnicos, algunos frascos pequeños etiquetados con símbolos médicos, y una caja de madera laqueada.
Fue entonces que sus manos se detuvieron.
La caja.
Rina la colocó sobre la cama.
La abrió con cuidado, como si revelara una reliquia.
Dentro, alineados con un orden obsesivo, estaban cuchillos quirúrgicos, instrumentos metálicos de formas curvas y puntiagudas, y una pequeña sierra con mango de ébano.
En un compartimento oculto, una jeringa de cristal.
Su rostro se mantuvo sereno… hasta que un leve tic asomó en su ojo izquierdo.
Una contracción involuntaria.
—No debí traerlos… no debí… —murmuró, aunque no con culpa, sino con una mezcla extraña de inquietud y excitación reprimida.
Los miró por varios segundos más.
Sus dedos se deslizaron por uno de los bisturís, como acariciando un recuerdo.
Finalmente, cerró la caja, con un suspiro más largo del necesario.
—Esto no será como los otros encargos… ¿cierto?
—murmuró, más para sí misma que para sus asistentes—.
De todas las sirvientas… ¿por qué yo?
Bien pudieron enviar a Ellen, a Marianne… o incluso a Vanessa.
Pero me enviaron a mí.
Se levantó, con la caja en manos, y se dirigió al armario antiguo.
Abrió uno de los cajones de abajo, retiró el forro de terciopelo desgastado y escondió la caja allí, cubriéndola con ropa interior doblada.La cerradura hizo un click sordo.
—No me quejo… no —dijo, más despacio ahora, con una nota extraña en la voz—.
Pero este lugar tiene… un olor particular.Un aire… cargado……..
Atrapa……………..Atrapa………a…t…r…a…p…a..
Anastella salió por la puerta trasera de la habitación haciendo ruiditos como “limplim…
limpiee lim”.
Drusilla le siguió, arrastrando una pequeña escoba más grande que ella mientras murmuraba “sangre…
polvo…
sangre polvo…
mmnhehh…”.
Rina se quedó sola en la habitación.
Cerró la maleta vacía.
Se giró hacia el espejo y se observó por largos segundos.
Sus manos enguantadas aún no tocaban su rostro, pero sus ojos sí lo acariciaban.
—Voy a hacer que esta casa recuerde lo que es el orden… —murmuró con voz apenas audible—.
Y lo haré… como nadie más podría.
En algún lugar de la mansión, una tabla de madera crujió.
Como si alguien —o algo— escuchara.
Pero Rina no pareció notarlo.
O peor aún… lo esperaba.
.
.
Los Bangboo, diligentes aunque torpes, comenzaron con su faena.
Anastella barría pasillos con un cepillo que era casi de su tamaño, canturreando entre murmullos algo parecido a “limp-limp…
suuucio…
nooo sucio…” mientras Drusilla, en su típico tono gruñón y perezoso, se trepaba a los muebles arrastrando un trapo empapado en limpiador, murmurando cosas como “bah…
polvo…
muerto…
asco…”.
Mientras tanto, Alexandrina salió de su habitación.
Su paso era lento, controlado.
El brillo en su mirada parecía haber perdido fuerza, como si estuviera sumida en pensamientos profundos.
Sus ojos no brillaban: se apagaron varios tonos mas.
Como los de alguien que aún no ha decidido si despertó o está soñando.
Decidió comenzar por algo básico.
Limpió los vidrios del pasillo principal con precisión meticulosa, haciendo que los rayos del atardecer entraran más claros.
Luego, se ocupó de los muebles del salón lateral: primero quitó el polvo con gestos suaves, luego los perfumó con esencias que sacó de un pequeño frasco en su bolsillo.
El aroma era sutil… jazmín con algo indefinible.Una mezcla de limpieza… y formaldehído.
Las horas pasaron sin notarse.
Solo el tenue crujir de la mansión y los suaves ruidos de los Bangboo señalaban que el tiempo aún se movía.
Hasta que, finalmente, una voz masculina la llamó desde el fondo del pasillo.
—Señorita Sebastiane, la cena está servida —dijo Tn, con tono sereno.
Rina se limpió las manos, dejó un trapo colgado con simetría en una percha, y caminó hacia el ala central, donde estaba ubicada la cocina principal y el antiguo comedor familiar.
El lugar era… exquisito.
Aunque el tiempo había dejado huella en los marcos y las cortinas, la arquitectura seguía intacta, conservando la elegancia de una época ya extinta.
Madera oscura tallada a mano revestía las paredes; los candelabros colgaban como joyas dormidas sobre la larga mesa de caoba, aún pulida.
Tn estaba ya sentado, casi en la cabecera, como si hubiese heredado el lugar sin quererlo.
Rina se acercó para tomar asiento junto a él… pero al tirar de la silla, se detuvo en seco.
Encima del asiento….
había un objeto cilíndrico, hecho de un material brillante y textura evidentemente desagradable.
Un extremo era más ancho que el otro y… su forma era inconfundible.
Un obsceno instrumento de entretenimiento personal, olvidado como si fuera un simple florero.
Rina parpadeó.
Solo una vez.
Luego retrocedió levemente, con un rubor imperceptible pero real en sus mejillas.
Tn carraspeó, visiblemente incómodo.
—Ah… sí.
Eso.
Lo siento muchísimo.
Esa era… la silla de la señorita Varsha.
Nadie en la familia quería meterse con sus… ideas excéntricas, así que muchas de sus cosas fueron dejadas tal cual.
Una especie de… caprichoso.
Como le explicaba el consolador de 23cm implantado en la silla de madera.
La primera vez que vio cosas asi se llevo un tremendo susto.
Rina, aún con la columna erguida, cubrió su boca con la mano, disimulando una risa contenida.
—¿Varsha… Saverem Stampede?
La del retrato con el cabello rubio… que……especial.
—Esa misma —suspiró Tn—.
Varsha era una dama, sin duda… pero una dama bastante libertina.
Lo suficiente como para instalar lo que ella llamaba su “haciento de los placeres mundanos”.En algún punto colocó… grabadoras automáticas en los pasillos.
Si llega a encontrar algún video o instrumento “inusual”, le recomiendo simplemente ignorarlo.
O quemarlo.
A su gusto.
Rina rio entonces, suavemente, con la risa medida de quien quiere parecer escandalizada… pero en el fondo está más divertida que otra cosa.
—Dios mío.
Qué chica tan… traviesa.
Parece que la sangre de esa familia fluía con fuego.
Aunque no precisamente por la intelectualidad.
Tn sonrió con resignación.
—No se equivoca.
Aunque… otros miembros eran más contenidos.
O más… oscuros.
En ese momento, los Bangboo entraron con pequeños empujones, arrastrando una silla más apropiada para su señora, mientras Drusilla gruñía “asqueroso…
asquerosooo…
fueraaa…
fueraaa…” y Anastella intentaba no mirar el objeto cilíndrico, repitiendo “no vi…
no vi…
no-vi-no-vi…”.
La nueva silla fue colocada y Rina tomó asiento con elegancia.
Su postura perfecta, su vestido sin una arruga.
La cena fue sencilla pero cálida: pan tostado, verduras al vapor, carne en salsa ligera, vino viejo pero bien conservado.
Comieron en silencio al principio.
Luego con comentarios sueltos.
Pero por debajo de las palabras… una tensión invisible comenzaba a formarse.
No tensión sexual, ni siquiera emocional.
Era algo más fino.Una conciencia mutua de que estaban solos en una casa gigantesca…y que el otro sería lo único constante durante un largo tiempo.
Rina, con una copa en la mano, miró a Tn desde el borde de su mirada.
—¿Alguna vez pensó en marcharse de aquí?
Tn se detuvo un segundo, luego sonrió.
—Lo pensé.
Pero hay algo en este lugar que no me deja ir.
Tal vez costumbre… tal vez compromiso.
Rina sostuvo su copa por unos segundos más.
—O tal vez… la casa elige a quién retiene.
Un segundo de silencio.Luego bebió con suavidad.
Minutos despues.
Tn terminó de cenar, colocó con cuidado la servilleta al lado de su plato y se levantó de su asiento.—Gracias por compartir la comida, señorita Sebastiane.
Le deseo una buena noche.
Espero que descanse bien.
Rina asintió con gracia, apoyando los dedos sobre su copa vacía.—Gracias, señor Tn.
Igualmente.
Que tenga dulces sueños… si esta casa lo permite.
La sonrisa que intercambiaron fue sutil, formal… pero por debajo de ella, una red invisible comenzaba a tejerse.
Tn se retiró por uno de los corredores laterales.
El eco de sus pasos se fue perdiendo en la madera antigua hasta que solo quedó el tenue crujido de la casa y el murmullo de los Bangboo moviéndose como pequeños espectros blancos entre las sombras.
Rina, al terminar su copa, soltó un ligero bostezo, cubriendo su boca con delicadeza.
Luego se levantó y caminó por el pasillo de regreso a su habitación, aún con una sonrisa curvada en sus labios.
La escena de la cena… y el peculiar artefacto de Varsha… no salía fácilmente de su mente.
Aunque Rina siempre se había considerado una mujer pulcra, refinada, regida por la estética y la moderación, no era ingenua.
Era una mujer.
Y con ello, venía un entendimiento profundo del deseo.Del impulso.De lo oculto.Necesidades.
—Esa chica Varsha… era una descarada —murmuró para sí, casi divertida—.
Pero al menos no fingía ser otra cosa.
Drusilla emitió un ruido confuso desde atrás, algo como “de-seee-o…
des…
quiee-rrrres…”.
Anastella tropezó con su propio pie y rodó un metro sobre la alfombra antes de levantarse con un “blmm… no vi… no escuché…”.
Rina rió suavemente.—Tranquilas, aún no me han escandalizado.
Finalmente, llegó a su habitación.
Abrió la puerta con una llave antigua que colgaba de su cinturón, entró con paso medido y dejó que sus ayudantes cerraran tras ella.
La habitación, ahora tenuemente iluminada por una lámpara de aceite, lucía acogedora, pero extrañamente expectante, como si esperara verla cada noche para existir de nuevo.
Rina comenzó a desvestirse con movimientos fluidos, desprendiéndose del vestido con la misma calma con la que uno se quita una máscara.
Debajo, una fina combinación de seda, y debajo de eso, solo la piel pálida y tersa que rara vez se permitía mostrar.
Drusilla saltó hasta el borde de la cama con un camisón entre sus pequeños brazos.
Anastella ya traía las pantuflas colocadas a los pies del tocador.
—Gracias, mis queridas.
Siempre tan atentas —dijo Rina con voz suave, mientras se dejaba vestir como en un ritual nocturno que tenía años perfeccionando.
Una vez lista, se peinó frente al espejo con un cepillo de marfil, en completo silencio.
Cada trazo era lento, meditativo.
Como si con cada pasada, intentara quitar no el enredo del cabello… sino los residuos del día.
—¿Qué otras excentricidades habrán dejado atrás los Saverem?
—se preguntó en voz baja, más para sí que para sus compañeras—.
Libros prohibidos, objetos de colección… secretos enterrados.
Sus ojos se encontraron con su reflejo.
No estaba segura si se veía como una dama al borde del descanso… o como una intrusa que ya había cruzado el umbral de algo que no entendía del todo.
Se metió entre las sábanas limpias, las cuales los Bangboo habían cambiado diligentemente.
Las cortinas de la habitación se agitaban suavemente con el viento, dejando que la luz de la luna entrara en líneas plateadas sobre el piso.
Drusilla se colocó en su rincón designado, entre almohadas.
Anastella se durmió boca abajo sobre un cojín, murmurando “no mirar espejo…
no mirar espejo…”.
Rina cerró los ojos, dejando escapar un leve suspiro.
Se preguntaba qué encontraría mañana.
Qué cosas el pasado había dejado escondidas… qué parte de ella florecería en este ambiente donde nadie miraba.
Donde no había testigos.
Solo piedra, madera… y memoria.
Y con ese pensamiento, se dejó caer en el sueño.Pero mientras dormía, en la oscuridad de su armario cerrado… una de las cuchillas vibró levemente.
Como si recordara el tacto de su dueña.
Y supiera… que tarde o temprano, volvería a usarse.
_____________________________________________________________________________________ (Nt:ok me atraparon…..me vi la pelicula de The boy y dije hostias esto me gusta, asi que hare algo similar metiendo 7w7 como siempre algo suculento y lore de lovecraft terror…….recuerden que este canal es suculento y esquizofrenico).
Pondría imágenes suculentas de las waifus pero…..wattpad y los tards no me dejarían en paz 😑 así que ni modo.
(10 estrellas y algunas opiniones sobre que les parece el cap).
Siguiente en llegar (aclaro que esta es la lista en la que llegaran los capitulos les di mas de un dia para que se pusieran de acuerdo >:v).
penny 9.
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com