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Waifu yandere(Collection) - Capítulo 131

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  4. Capítulo 131 - 131 Caenis part 3 fgo
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131: Caenis part 3 fgo 131: Caenis part 3 fgo La guerra de Troya había comenzado, y los bandos se cruzaban en una matanza como ninguna otra.

Caenis tuvo el privilegio —o la condena— de luchar hombro a hombro con los héroes más célebres de Grecia.

El rugido de los cuernos de guerra aún resonaba en sus oídos cuando las primeras naves tocaron las arenas doradas.

Los primeros en lanzarse al combate fueron Aquiles y sus mirmidones, veloces y letales, exigiendo la conquista inmediata de un templo dedicado a Apolo.

Caenis había llegado poco antes.

Con su lanza, atravesó sin piedad a varios sacerdotes que se interpusieron en la entrada, su mirada encendida no por devoción a Grecia, sino por la furia que llevaba dentro.

Aquiles saqueó los tesoros sagrados, su risa de victoria resonando entre los gritos de los vencidos, mientras los demás contingentes griegos llegaban para reforzar el asedio contra Troya.

La arena pronto se tiñó de sangre, y tras horas de enfrentamiento, las fuerzas troyanas se vieron obligadas a retirarse tras sus murallas.

Agamenón dio la orden de establecer campamentos, y la costa se llenó de tiendas, hogueras y el olor acre del hierro y la carne.

Caenis recibió su propia tienda, un espacio apenas protegido del viento marino, pero suficiente para descansar el cuerpo agotado.

Sentada sola, con la lanza aún apoyada contra su hombro, repasaba mentalmente cada golpe y cada grito que había escuchado.

El sonido de unas pisadas interrumpió sus pensamientos.

Un joven hoplita, sudoroso y cubierto de polvo, asomó la cabeza.

—Capitana, dicen que mañana se reanudará el ataque.

—Su voz temblaba, mezcla de cansancio y admiración.

—Bien… —respondió ella sin apartar la mirada de la punta de su lanza—.

Que se preparen.

Mañana Apolo llorará más sangre.

El dios apoyaba al bando Troyano asi que era un enemigo.

Cuando el soldado se retiró, el silencio volvió.

Entonces, la voz que de verdad pesaba en su mente no era la de ningún general, sino la de TN, la última vez que lo escuchó.

“No te vayas”.Apretó los dientes y habló sola, como si él pudiera oírla desde aquella tienda.

—Te dejé porque eras lo único que valía la pena conservar… maldita sea.

Un dolor seco le oprimía el pecho.

No era por las heridas ni por el combate.

Era por él… por TN.

Lo había dejado atrás en aquella isla, seguro, o al menos eso se repetía para convencerse.

Lo había herido de forma cruel, dislocándole la pierna, forzándolo a quedarse, a no seguirla… a no morir en una guerra que no le pertenecía.

La imagen de su rostro, aún medio dormido aquella última noche, se le aparecía entre las sombras de la tienda.

—Sobrevive… —susurró, como si las olas pudieran llevarle el mensaje—.

O juro por los dioses que los haré sangrar a todos.

Caenis durmió con ese pensamiento, recordando qué dioses protegían a los troyanos: Apolo, Artemisa, Afrodita, Ares y el mismo río Escamandro.

Y cuáles estaban del lado aqueo: Poseidón, Hera, Atenea, Tetis, Hermes… incluso Zeus, aunque su voluntad era caprichosa.

Esa división en los cielos le recordaba que cada golpe en tierra tenía eco en el Olimpo.

Al amanecer, salió de su tienda y notó a los soldados reunidos.

El aire olía a sudor, hierro y sal marina.

Entre el murmullo de hombres y el sonido de armaduras ajustándose, Odiseo ya estaba al frente, trazando líneas en la arena con la punta de su lanza.

Todos los héroes presentes guardaban silencio, atentos.

Incluso los más orgullosos sabían que la astucia de Odiseo podía salvarles la vida.

—Las murallas de Troya no caerán por fuerza bruta —dijo Odiseo, clavando su mirada en los líderes—.

Si seguimos golpeando como hasta ahora, solo lograremos que Héctor nos destroce antes de tocarlas.

El nombre de Héctor cayó como un peso sobre todos.

El príncipe troyano era el escudo de la ciudad, y vencerlo sería como arrancar el corazón de Troya.

Pero el destino pronto les daría otro enemigo igual de temible.

.

.

.

Los días siguientes fueron sangrientos y desordenados.

Los griegos avanzaban y retrocedían, cada metro ganado se pagaba con docenas de vidas.

Y entonces, como una sombra desde el horizonte, llegó la noticia: Memnón, rey de Etiopía, hijo de Titono y Eos, había entrado en la guerra.

Su piel oscura y armadura dorada lo hacían brillar como una figura mitológica, y su lanza, bendecida por los dioses, cortaba filas enteras de soldados como si fueran hierba.

El rumor creció como incendio en un campo seco: inabatable, invencible, hijo de sangre divina.

Memnón no tardó en demostrarlo, arrasando a pelotones enteros sin apenas esfuerzo.

Agamenón, viendo cómo el miedo comenzaba a devorar a sus tropas, mandó llamar a Aquiles.

—Solo tú puedes enfrentarlo —le ordenó, señalando el campo donde Memnón se abría paso como un dios de la guerra.

Caenis no fue llamada a aquel duelo.

En lugar de eso, recibió órdenes directas—Caenis, tú dirigirás pequeños pelotones en las playas.

Mantén las posiciones, impide que los troyanos desembarquen por la retaguardia.

Ella asintió, pero por dentro ardía de rabia.

—Luchar contra un dios disfrazado de rey… y yo aquí, conteniendo las olas menuda mierda—murmuró mientras ajustaba su armadura.

Aun así, cumplió su misión con precisión.

Sus hombres temblaban al verla, no por miedo, sino porque Caenis luchaba como si quisiera arrancarle la garganta al mar mismo.

Entre golpes de lanza y el rugido de las olas, su mente no estaba del todo en Troya.

Cada vez que la sangre manchaba la arena, pensaba en TN, en la isla, y en lo que había dejado atrás.

El duelo entre Aquiles y el rey africano fue tan brutal que el campo de batalla se convirtió en un cementerio improvisado.

Decenas de soldados de ambos bandos fueron masacrados, no por estrategia, sino por el puro poder de dos fuerzas que parecían sobrehumanas.

La lanza de Memnón, guiada por una fuerza divina, logró atravesar la armadura de Aquiles, pero el héroe no mostró dolor alguno; la bendición de Tetis lo mantenía invulnerable.

Aquiles, aprovechando la cercanía, descargó un golpe tan brutal que el rey etíope cayó de rodillas.

Con un giro seco, el aqueo retiró la lanza enemiga y, ante la mirada atónita de todos, su piel no mostraba herida alguna.

Memnón, privado de su fuerza, cayó en la arena, y con su muerte, la luz dorada de su armadura se apagó para siempre.

Sin embargo, la guerra estaba lejos de terminar.

Durante el primer año, las bajas aqueas fueron terribles.

El eco de la muerte de Protesilao, el primer griego en pisar tierra troyana, aún resonaba en los campamentos.

Héctor lo había abatido antes de que pudiera dar un segundo paso, marcando el inicio sangriento del asedio.

La moral de las tropas comenzó a resquebrajarse, y el desaliento creció cuando una plaga invisible se extendió por las tiendas.

El origen del desastre no era un misterio: Apolo había lanzado su ira contra ellos.

El dios, protector de los troyanos, estaba furioso por el ultraje cometido contra Crises, su sacerdote, cuyo ruego de liberar a su hija Criseida había sido despreciado por Agamenón.

La joven, tomada como botín, se convirtió en la chispa que encendió la cólera divina.

Bajo el sol abrasador, hombres caían uno tras otro, sin heridas visibles pero con fiebre ardiente y aliento corto.

Caenis presenció aquello desde la costa, viendo cómo las piras funerarias ardían día y noche.

El hedor de los cuerpos y la pestilencia se mezclaban con el salitre del mar, volviendo el aire irrespirable.

En sus patrullas nocturnas, los gemidos de los enfermos eran tan constantes como el romper de las olas.

—Esto no es guerra… —murmuró a uno de sus hombres mientras recorrían el perímetro—.

Esto es un castigo.

Y los dioses no castigan a quien no les importa.

Para ella todos los dioses podian irse al carajo, nunca le dieron nada bueno mas haya del sufrimiento.

Pese a todo, los griegos resistieron, aferrados a la promesa de gloria y venganza.

Pero Caenis, aun cumpliendo sus órdenes, sentía que cada día en Troya la alejaba más de la única razón por la que había querido vivir: TN.

-Que fastidio.

Caenis logro escuchar, las orejas de cuadrupedo en su cabeza eran demasiado sensibles.

Aquiles volvía al campamento, su lanza aún manchada con la sangre de los enemigos.

Aunque victorioso, su andar era pesado; no por heridas, sino por el desgaste de tantos días de guerra.

Patroclo lo recibió con una sonrisa cansada, intentando levantarle el ánimo.

—Has hecho temblar a los troyanos hoy, primo.

—dijo, ofreciendo un odre de agua—.

Ni Héctor querrá salir a tu encuentro.

—No me interesa lo que quiera Héctor.

—respondió Aquiles con voz grave—.

Hasta los dioses parecen aburrirse de este asedio eterno.

Vino buscando la gloria eterna y solo esta matando sin control.

Mientras tanto, en otra parte del campamento, Odiseo reunía a los oficiales.

Sobre una mesa improvisada con escudos invertidos, movía pequeñas piedras sobre un mapa de arena.—No sobreviviremos con solo gloria y discursos.

—dijo, mirando a todos—.

A partir de ahora, el saqueo de raciones será prioritario.

Sin comida, ni el más valiente puede empuñar un arma.

La comida era escasa, pero la plaga de Apolo fue otro duro golpe, tendrian que recurrir al oro en sus arcas para financiar mas.

Caenis llegó justo cuando el nuevo plan comenzaba a ponerse en marcha.

La zona de provisiones estaba vigilada por dos jóvenes soldados, pero al verla, ninguno se atrevió a detenerla.

Tomó un trozo de cordero asado y un odre de vino; aunque su apetito era escaso, sabía que necesitaba alimentarse para seguir en pie.

La armadura ligera que llevaba dejaba expuesta su piel morena y las líneas carmesí que recorrían sus brazos y hombros, marcas de aquella “bendición” de Poseidón que más parecía una maldición.

Uno de los soldados murmuró al verla alejarse—Dicen que esas marcas aparecieorn luego de su aventura con Lord Poseidon….

-Yo escuche que arden con la divinidad cuando se dejo follar por el Dios.Aunque puede que exageren si el Rey Agamenom la relego a ser solo una vigia de la costa.

Caenis se giró, su mirada helando al muchacho.—Y arderán más si sigues hablando.

—dijo, antes de alejarse con paso firme.

Ser relegada a las costas era un golpe a su orgullo, pero lo soportaba.

Las olas y el olor del mar eran un recordatorio constante de quién la había marcado… y de por qué luchaba con tanta rabia.

Durante el segundo año de la guerra, las tragedias no cesaron.

Protesilao, ya recordado como el primer griego caído en Troya, fue vengado a medias, pero su esposa, Laodamía, no soportó el dolor y murió poco después, según decían, para reunirse con él en el Hades.

La noticia se propagó por el campamento como un susurro fatal, alimentando la sensación de que la guerra estaba maldita desde su inicio.

En ese mismo periodo, un nuevo guerrero llegó a las filas aqueas: Neoptólemo, hijo de Aquiles.

El joven, con la arrogancia de quien carga el nombre de su padre, no tardó en demostrar su valor.

En su primera campaña, abatió a Eurípilo, un aliado de Troya, y trajo su cadáver a las líneas griegas como trofeo.

Caenis lo observó desde lejos, viendo en él un reflejo distorsionado de su propio orgullo juvenil.—Otro cachorro hambriento de gloria… —murmuró, bebiendo un sorbo de vino—.

La guerra se la comerá igual que a todos.Un idiota con un ego tan grande como su libido pruffff idiotas.

Caenis terminó su vino de un solo trago y dejó el odre vacío sobre la mesa improvisada.

Se levantó con paso firme, ignorando las miradas y comentarios de varios soldados que, embriagados por el alcohol y la guerra, lanzaban insinuaciones vulgares.

—Ven a mi tienda esta noche, guerrera, te prometo que olvidarás el mar… —dijo uno con una sonrisa torpe.

-Mira esas caderas firmes aunque el poco pecho le quita lo atractivo.

-Por favor si se acosto por un favor seguro aceptara ser follada por cualquiera JAJAJAJAJA.-Los soldados ebrios reian,solo tenian algunas esclavas capturadas y a las sacerdotizas del templo de Apolo, pero ya se estaban desgastando de lo continuos usos.

La respuesta de Caenis fue un derechazo seco que lo dejó de espaldas en la arena, seguido de una frase mordaz—Un simple animal es más hombre que cualquiera de ustedes.*escupir* y antes me cojeria un simple palo de madera que sus lamentables miembros.

Sin perder el paso, se alejó, dejando atrás risas nerviosas y algún que otro insulto ahogado.

Ella sabía que no valía la pena gastar fuerzas en hombres que buscaban calor para olvidar que podían morir al amanecer.

Mientras tanto, Odiseo estaba apartado del bullicio, sentado cerca de la luz de una fogata, dándole vueltas a un dilema: cómo atravesar las murallas de Troya sin convertir a su ejército en carne de flecha.

La respuesta le llegó de la forma más inesperada: observando a un soldado joven, sentado a pocos metros, tallar con paciencia un pequeño caballo de madera.

—¿Qué haces ahí?

—preguntó Odiseo, acercándose.

—Un regalo para mi hijo, señor.

Cuando regrese, quiero que recuerde que su padre luchó con honor.

Odiseo sostuvo la figura en la mano, examinándola.

El brillo calculador en sus ojos apareció de inmediato.

No dijo nada más; simplemente le devolvió la talla y se marchó a paso rápido, casi corriendo hacia la tienda de Menelao y Agamenón.

—!Ya tengo una idea!

—anunció al irrumpir, sin protocolo.

Los reyes y consejeros lo miraron con expectación.—Necesitaré arquitectos, carpinteros, todo el talento que tengamos para trabajar la madera… y silencio absoluto.

Pidió papel y carbón para dibujar, trazando con mano segura la forma de un gigantesco caballo hueco.

Mientras hablaba, su voz se volvía más intensa—Entraremos en Troya no con espadas, sino como un regalo.

Ellos mismos nos abrirán las puertas.

Agamenón frunció el ceño.

—Eso requerirá tiempo… mucho tiempo.

—Y lo tendremos.

—replicó Odiseo—.

Pero mientras se construye, debemos mantenerlos ocupados lejos detro de sus murallas.

Menelao golpeó la mesa con el puño.—Llevaré a más héroes al frente.

Mantendremos la presión para que no sospechen.

Caenis, que había entrado en ese momento para entregar un mensaje, escuchó las últimas palabras y sonrió para sí misma.

Un asedio prolongado significaba más batallas… y más tiempo para que la guerra terminara antes de que su corazón cediera y quisiera regresar a buscar a Tn.

-Rapido traigan mas papiros, necesito enfocarme en esto, Ser una noche larga-.Se rio el heroe mirando a futuro, su ingenio era exepcional ahora el material podria sacarlo de sus propias naves.

Odiseo comenzó a ordenar los planos con rapidez, intentando que el caos no dispersara la reunión, cuando Caenis entró y entregó el mensaje.

—Del frente norte —dijo con voz firme—.

Hemos perdido más hombres.

Varias posiciones han cedido.

Antes de que las palabras se asentaran, otro mensajero añadió que Aquiles exigía la entrega de la prisionera que Agamenón mantenía cautiva.

El rey micénico se puso de pie de golpe, y con un movimiento violento tiró al suelo las bandejas y los planos que Odiseo había dispuesto.

-……Mis planos.

Murmuro el hombre suspirando ya sabiendo la diatriba.

—¡Aquiles no es nadie para exigirme nada!

—bramó, con el rostro encendido de ira.Era el Rey que encabezaba la conquista griega, como podia un simple heroe exigirle algo.

Un consejero, tembloroso, se inclinó hacia adelante.—Majestad… no sería sabio enemistarse con él.

Lo necesitamos… a él y a sus mirmidones.

Agamenón giró su mirada como un cuchillo hacia el hombre.—¿Necesitarlo?

—escupió la palabra—.

Es solo un soldado con suerte y fuerza bruta.

¡Y todo esto por una simple esclava!

No entiendo por qué me molestan con semejante nimiedad.No se porque los Dioses bendicieron a un bastardo tan insufrible como el.

Menelao, sentado a su lado, se frotó las sienes.—Arregla ese asunto, hermano.

Lo único que me interesa es recuperar a Elena.

Y cuando la recupere… —sus ojos se oscurecieron— …esa ramera infiel pagará.

Caenis, que se había mantenido en silencio, aprovechó para hablar.—Solicito ser enviada al frente.

Pero antes de que Agamenón pudiera responder, un consejero alzó la voz con tono burlón.—¿Y no sería mejor que te arrodillaras y pidieras ayuda a Poseidón?

Tal vez si ofrecieras el servicio de tus labios y garganta el este dispuesto a unirse en esta guerra HAHAHAHA inclusive intentar eso con los otros Dioses.

Hijo de……..

La mandíbula de Caenis se tensó.

Las venas en su cuello palpitaban con furia.

Se dio un paso adelante, sus dedos cerrándose instintivamente sobre la lanza.—¿Cómo te atreves…?

—su voz era grave, peligrosa.

Odiseo, percibiendo que la tensión podía acabar en sangre, levantó las manos.—Basta.

—Su mirada pasó de Caenis al consejero—.

No es momento para disputas internas.

Tenemos suficientes enemigos al otro lado de las murallas.

Ademas invocar el nombre de los Dioses les traeriria problemas, en lo que al respecta.Solo Diomedes seria capaz de ayudarlos si los Dioses intervienen.

Caenis respiró hondo, pero sus ojos seguían fijos en el hombre que la había insultado, como si lo midiera para un duelo.

Agamenón, ignorando el incidente, volvió a sentarse y tomó un trozo de pan con desdén.—Muy bien… que Aquiles venga a hablar conmigo.

Y que alguien saque a esta mujer de mi tienda.

Caenis apretó los dientes, giró sobre sus talones y salió, jurando que algún día no tendría que pedir permiso para pelear en el frente.

Caenis estaba saliendo de la tienda cuando un sirviente, jadeante, pasó corriendo gritando el nombre de Aquiles.

No le prestó atención.

La herida en su orgullo ya estaba hecha.

¿Cómo se atrevían a menospreciarla así, a tratarla como si no fuera digna de estar en el frente?

Desvió la mirada, intentando ignorar la bilis que subía por su garganta, y sus ojos se posaron en otro héroe que se encontraba a poca distancia: Diomedes, rey de Argos.

Un hombre cuya fama de guerrero rivalizaba con la de Aquiles e incluso con la del mismísimo Heracles.

Estaba sentado, con el torso inclinado hacia adelante, sosteniendo su casco sobre las rodillas, mirándolo como si fuera un presagio.

Caenis se acercó.

—¿Qué te aflige, Rey de Argos?

—preguntó con un tono más suave de lo habitual.

Diomedes levantó la vista.

Sus ojos brillaban con algo que no era miedo, pero sí un pesar profundo.

Sonrió, aunque aquella sonrisa estaba teñida de tristeza.—Nada que un guerrero pueda evitar… —murmuró—.

No veo el futuro, Caenis… pero lo intuyo.

Mi suerte… no será buena.

Ella lo observó en silencio, sin saber si esa confesión era una muestra de debilidad o de una lucidez que pocos guerreros se permitían.

Dio media vuelta para retirarse, pero él la detuvo con un gesto.

—Espera —dijo, y levantó su lanza—.

Cambiemos de armas.

Caenis arqueó una ceja, sorprendida.

La hoja de su lanza no se comparaba a la del rey; la de Diomedes era una obra maestra, forjada para un héroe, ligera y perfectamente equilibrada.

—¿Por qué harías eso?

Diomedes acarició la madera pulida de su arma antes de responder.—No necesitaré mi lanza para lo que voy a hacer.

Y… —sus ojos se endurecieron por un instante— prefiero que esta hoja no manche sangre innecesaria.

Caenis frunció el ceño.

¿Era eso un gesto de respeto o un modo de decirle que no tendría oportunidad de usarla en el frente?

La idea le supo amarga, pero tomó la lanza igualmente, notando el peso y la firmeza que superaban con creces a su vieja arma.

—Es una buena pieza… —admitió, sin quitar la mirada de la hoja.

Diomedes, mientras examinaba la lanza que acababa de recibir de Caenis, sonrió con aprobación.—Buen equilibrio.

—Se la apoyó al hombro y se puso de pi—.

Tal vez sobreviva para devolvértela.

Ella no respondió.

Se limitó a asintir, girar sobre sus talones y alejarse, con la sensación de que ese intercambio de armas era algo más que un simple gesto.

.

.

.

Días después, en el fragor de la batalla, los troyanos estaban ganando contra Menelao.

Su asedio retrocedía y el rey espartano era incapaz de resistir.

El causante no era un simple guerrero, sino el propio dios de la guerra: Ares.

El dios, erguido en medio del campo, con su armadura reluciente y la sonrisa de un depredador, observaba el caos que él mismo sembraba.

La carnicería era su único deleite.

Su voz resonaba como un trueno entre los gritos de agonía.

—¡Ningún griego pondrá un pie en Troya mientras yo respire!

Todo aquello era obra de la intriga de Afrodita, que había seducido al dios para que se uniera a su retorcido juego y protegiera a los troyanos.

Menelao, aunque sentía cómo el miedo le oprimía el corazón, alzó su espada y cargó contra la deidad.

Fue en vano.

Ares esquivó su embestida con un giro, sujetó su cabeza como si fuera la de un niño, y la estrelló contra el suelo con tal fuerza que el rey espartano vio estrellas.

Acto seguido, una brutal patada lo envió por los aires, aterrizando con un crujido de armadura y huesos.

Menelao quedó tendido, apenas consciente, su espada lejos de su alcance.

Ares avanzó, pero se detuvo de golpe cuando sintió el roce de metal pasando a centímetros de su cuello.

Giró bruscamente y vio la punta de una lanza aún vibrando en el aire.

Diomedes había llegado.

Con el rostro serio, sin una pizca de miedo, se plantó ante el dios.

En sus manos sostenía la lanza que pertenecía a Caenis, la que había recibido días antes en aquel intercambio silencioso.

—Ares —dijo, su voz grave y firme—.

No me importa si eres un dios o un demonio.

Hoy sangrarás.Luchare por mi patria-sostuvo al alnza girando en su propio eje-Ya sea en lo alto del cielo o en el profundo Hades.Yo un humano hare que retrosedas.

-Tsk bastardo petulante…RRRROOOOOAAAGGHHGGHGHGHGHGHGHGHGHGHGHGHGHGHGHGHGHGHGHGHGHGHGHGHGHGHGHGHGHGHGHGHGHGHGHGHHG-.

El dios no perdió tiempo en responder con palabras.

Un rugido gutural salió de su pecho mientras se arrojaba sobre el rey de Argos.

El choque fue brutal.

Diomedes bloqueaba y desviaba los golpes de la espada divina con su lanza, cada impacto haciendo temblar sus brazos hasta los huesos.

El metal contra el metal resonaba como un trueno, y el polvo del campo de batalla se alzaba a su alrededor.Esquivo la estocada de Ares tratando de darle una patada porpia pero el cuerpo del dios era demasiado rapido.

*Crack*.

El pecho del rey sintio que era casi atravesado por tal golpe.La sangre escapo de su boca mirando al dios.

-Aghgh *escupir* S-segundo respiro.

En un instante, Diomedes giró, esquivando una estocada, y hundió la punta de la lanza en el flanco del dios.

La sangre dorada de Ares brotó y salpicó el aire, manchando la arena con destellos que parecían fuego líquido.

Ares retrocedió un paso, sorprendido y furioso.—¡Insolente mortal!

—bramó, con una mezcla de ira y diversión—.

¡Te arrancaré el alma con mis propias manos!

Pero en ese momento, las huestes griegas, al ver al dios retroceder por primera vez, lanzaron un grito unánime y cargaron de nuevo.

-Oh…..que ocurre Dios de la guerra.

Acaso tuvo suficiente-.Diomedes peino si cabello hacia atras mirando con sus ojos brillantes al Dios.

Los musculos como troncos se abultaron y aunque el dios lo superara en estatura.

El rey giro la lanza mientras se agachaba y miraba al frente.

-Apenas voy por el segundo respiro~.

____________________________________.

(Nt;y diran oye y lo yandere………>:v si hare historia de waifu griega le metere la trama y contexto ademas estan aprendiendo historia.Aunque claro Caenis murio casi al principio de la guerra de troy …detalles en fin ya solo queda una waifu y pondre votaciones).

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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