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Waifu yandere(Collection) - Capítulo 133

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  4. Capítulo 133 - 133 Lapiz lasuli part 4 Steven universe
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133: Lapiz lasuli part 4 (Steven universe) 133: Lapiz lasuli part 4 (Steven universe) Advertencia ⚠️ ⚠️ Futuro contenido para mayores 18 leer bajo su propio criterio Advertencia contenido grafico de violencia y Advertencia ⚠️ temas cuestionables y sensibles se sugiere que si no es de su agrado salga de aquí y de paso aclaro que personajes o imágenes no me pertenecen crédito a sus autores.

Agrego personajes no me pertenecen.

Imágenes y personajes no me pertenece crédito a sus autores.

Advertencia este capítulo contiene escenas para mayores y lenguaje bulgar están advertidos.

______________________________________________________________________ ¿Cuánto llevaba dentro de ese maldito espejo?Dejó de contar los días.

Dejó de alucinar.

La locura había pasado como una tormenta… y el vacío la obligó a recuperar cierta cordura.

Sus ojos ya no tenían pupilas visibles, apenas dos destellos fríos, vacíos de emoción.

La grieta en su gema se había quedado igual, recordándole a cada instante que gran parte de sus poderes habían quedado mermados.

Pero ya no importaba.

Desde el reflejo del espejo, observaba el mundo que le era negado.

Veía a las gemas que la mantenían prisionera: una amatista risueña y descuidada, una Perla rígida y perfeccionista, y una fusión llamada Garnet, imponente y extraña.

Y, finalmente, la que para ella había sido el origen de todo el sufrimiento: Rose Cuarzo.

Lapis apretaba los labios cada vez que la veía.

No gritaba, no golpeaba el vidrio, ya no.

Había aprendido que no servía de nada.

Se resignó a ser prisionera, a esperar.

Lo único que nunca se apagaba era el pensamiento insistente: ¿Dónde estaría Tn?

¿Habría sobrevivido?

¿La extrañaría como ella lo extrañaba?

Preguntas que nunca tenían respuesta, que la consumían en soledad.

Mientras tanto, afuera, la vida seguía como si nada.La Amatista cargaba cajas y preguntaba en voz alta—Eh, ¿y dónde se supone que dejamos todas estas cosas?

Perla, sin siquiera mirarla, murmuró con gesto de fastidio—Simplemente acomódalas en orden, no es tan difícil.

La fusión Garnet entraba en la casa con más materiales, su porte calmado contrastando con el bullicio de las demás.

Estaban remodelando un poco la casa, organizando, limpiando.

Rose lo había pedido porque pronto vendría algo nuevo, algo extraño para todas: el nacimiento de un bebé.

Dentro del espejo, Lapis observaba en silencio.

Veía cada movimiento, cada sonrisa, cada palabra.

No formaba parte de nada de eso, y sin embargo, lo presenciaba todo.

Se abrazó a sí misma, susurrando en lo bajo—“Un bebé… algo que jamás podremos tener… algo que jamás conoceré.”.

Su voz se perdió dentro de la superficie brillante, absorbida por el silencio del cristal.

Y una vez más, volvió a quedar a solas con sus pensamientos.

Lápiz se quedó en la misma posición, inmóvil, atrapada en el reflejo del espejo.

Podía ver pasar los días, pero no podía moverse ni gritar lo suficiente para ser escuchada.

Todo lo que hacía era murmurar en un susurro roto que se perdía contra el vidrio.

De pronto, sintió que alguien lo tomaba con brusquedad.

El espejo fue sacudido y Lápiz pudo ver el rostro de una gema morada que lo inspeccionaba con curiosidad.

—¿Y dónde vamos a poner esta cosa?

—preguntó Amatista, sosteniendo el espejo con una sola mano, como si no pesara nada.

Perla, ocupada organizando unas cajas y artefactos, ni siquiera la miró.

—Ponlo donde quieras, realmente no es importante.

—dijo con frialdad mientras movía una caja más grande.

Garnet, desde atrás, habló con su voz profunda, tranquila pero autoritaria:.

—Bájenlo todo al sótano.

Listo.

Lápiz quiso protestar, mover sus manos, gritar que estaba ahí, que no era solo un objeto.

Pero su reflejo fue ignorado por completo.

El espejo terminó siendo arrojado hacia otro lugar oscuro, donde pronto el polvo lo cubrió.

Pasaron meses… años.

El tiempo dejó de tener sentido.

Nadie lo miraba, nadie lo tocaba.

Solo la nada.

Hasta que….

Una voz.

Lápiz dejó de murmurar en seco, sorprendida.

Alguien necesitaba del espejo.

El cristal volvió a ser sostenido, y esta vez fue Perla quien lo levantó con cuidado.

—Este artefacto nos será útil, Steven —explicó Perla con tono didáctico—.

Con él podrás observar las batallas de las Gemas de Cristal, aprender de ellas y comprender mejor nuestra causa.

El corazón de Lápiz se agitó.

¿Steven?

¿Quién es Steven?

Pero cuando la gema pidió que el espejo mostrara los recuerdos, no ocurrió nada.

La superficie permaneció opaca, vacía.

—¿Eh?

—Perla ladeó la cabeza, frunciendo el ceño—.

Eso no puede ser… debería funcionar.

Amatista soltó una carcajada desde un rincón.

—Jajaja, se ve que está roto.

Ya ves, Perla, guardando basura otra vez.

—¡No es basura!

—replicó Perla, aunque su voz mostraba frustración—.

Solo… quizá el tiempo lo ha dañado.

Garnet, sin emoción en su tono, simplemente sentenció—Es inútil.

Estaban queriendo educar a Steven sobre la cultura de las gema y pensaorn que tal vez el espejo reflector seria util, pero demostro no funcionar.

El espejo bajó de valor en un instante.

Perla suspiró y estuvo a punto de dejarlo a un lado, pero entonces una mano pequeña se adelantó y lo sostuvo con cuidado.

—A mí me gusta —dijo Steven con una sonrisa tranquila, mirándose reflejado en la superficie del espejo—.

No importa si no funciona.

Siento que… no sé, es especial.

Las gemas se miraron entre ellas con un silencio breve.

Amatista rodó los ojos.

—Típico de Steven.

Perla apretó los labios, intentando no discutir, pero no le vio daño en que se quedara con él.

Garnet solo dijo—Si él lo quiere, está bien.

El espejo volvió a ser sostenido, pero esta vez no como una carga, no como un objeto.

Lápiz pudo ver los ojos amables de ese chico humano-gema, y algo en su interior se removió.

¿Podrá… escucharme?

pensó, esperanzada.

Salir.

Salir.

Salir.

Steven camino por el muelle jugando con el espejo.

Absorto en su propio mundo infantil.

Steven comenzó a jugar con el espejo, haciéndole caras y gestos graciosos, y riéndose cada vez que el reflejo lo imitaba con un leve retraso.

—¡Mírame, espejo!

—dijo Steven inflando las mejillas—.

¡Ahora soy un globo!

El espejo lo repitió, y Steven estalló en risas.

Mientras tanto, las Gemas de Cristal se quedaron el a casa de playa a la distancia.

Garnet permanecía de pie, con los brazos cruzados; Amatista estaba tirada en el sofá, bostezando, y Perla se había sentado con postura recta, pensativa.

—Steven necesita aprender la cultura de las gemas —murmuró Perla en voz baja, observándolo con un dejo de preocupación—.

No puede pasar todo el día jugando….

—Déjalo, se ve feliz —respondió Amatista, estirándose—.

Mejor eso que aburrirse con tus lecciones de historia, Perla.

—¡No son aburridas!

Son esenciales —replicó Perla, pero la otra ya había cerrado los ojos con desinterés.

Steven, ajeno a la pequeña discusión, seguia en el puerto con el espejo en brazos.

Caminó por la playa, sosteniéndolo contra la luz del sol, y pasó horas enteras jugando.

A cada paso descubría algo nuevo: que el espejo podía copiar sus movimientos, que parecía reaccionar mejor cuando él lo trataba como un amigo.

Lápiz, desde dentro, observaba con ansiedad.

Éste es mi momento… si logro que confíe en mí… si logro que me libere.

Cuando el cielo se tiñó de naranja, Steven volvió a casa con una sonrisa.

—¡Chicas!

—exclamó entrando—.

¡Reparé el espejo!

Perla lo miró sorprendida, arqueando una ceja.

—¿Cómo dices que…?

—¡Sí!

—Steven alzó el espejo orgulloso—.

Resulta que no estaba roto.

Puede hacer todo lo que hago, es como… ¡como una persona!

El rostro de Perla se tensó de inmediato.

La expresión se le congeló y un murmullo escapó de sus labios.

—…Oh no.

Steven parpadeó confundido.

—¿Eh?

¿Qué pasa?

Perla se levantó de golpe, su voz firme.

—Steven, entrégame el espejo.

Ahora.

Él retrocedió un paso, abrazándolo contra su pecho.

—¿Qué?

¿Por qué?

¡Pero si es mi amigo!

—¡Steven!

—alzó la voz Perla—.

No entiendes… eso no es un juguete.

Es un artefacto antiguo, peligroso.

Yo… yo debo mantenerlo vigilado.

Steven frunció el ceño, inseguro pero decidido.

—¡No!

El espejo me entiende, y yo lo entiendo a él.

¡No es solo un objeto, Perla, es alguien!

Amatista los miraba desde el sofá, entretenida con la discusión.

—Wow… Steven sí que se encariñó con ese cacharro.

Entonces, Garnet entró en la sala, imponente como siempre.

Su mirada se dirigió directo al espejo, y algo en su expresión cambió: sus lentes brillaron con un destello de tensión.

El espejo, como respondiendo a la discusión, comenzó a proyectar un reflejo distinto.

En él, Steven aparecía… hablando sobre salir a la playa.

Era como un eco del recuerdo inmediato.

Steven lo señaló con emoción.

—¡¿Ven?!

¡Él me escucha!

Perla se llevó una mano a la frente, desesperada.

—No… no debió activarse otra vez.

—¡Ya basta!

—dijo Steven con fuerza, corriendo hacia la puerta con el espejo en brazos—.

Si ustedes no entienden, ¡me iré con mi amigo!

—¡Steven, espera!

—gritó Perla, siguiéndolo.

Amatista se levantó con pereza, pero terminó corriendo también.

Garnet fue la última en moverse, con un paso firme y silencioso, mientras su voz grave sentenciaba—Esto no terminará bien.

En la playa, Steven apretó el espejo contra su pecho y lo miró con ojos brillantes.

—No te preocupes.

No voy a dejar que nadie te separe de mí.

Y desde dentro, Lápiz sentía cómo su reflejo temblaba… un impulso, una chispa de esperanza.

Él podría ser mi salida.

Steven comenzó a preguntar en voz baja, mirando fijamente su reflejo en el espejo.

—¿Cómo puedo ayudarte?

—decía con la frente pegada al vidrio—.

Dime qué hacer… yo quiero ayudarte, amigo.

El reflejo tembló, y poco a poco, las palabras se formaron, entrecortadas y repetidas.

—Ge… ma… qui… tar… es… pejo….

Steven abrió mucho los ojos.

—¿Q-quieres que… quite la gema del espejo?

El reflejo asintió torpemente, repitiendo las palabras como un eco roto.

Sin pensarlo mucho, Steven pasó sus dedos por el marco y tiró con todas sus fuerzas.

El cristal crujió, un sonido que hizo eco por toda la playa.

Con un último tirón, la gema incrustada se desprendió, y el espejo se rompió en mil pedazos contra la arena.

Una luz azul emergió del objeto destruido.

La gema levitó, girando lentamente en el aire, y comenzó a tomar forma.

Las Gemas de Cristal, alarmadas, corrieron de inmediato hacia él.

—¡Steven, aléjate!

—gritó Perla, estirando su brazo.

Pero ya era demasiado tarde.

La figura tomó forma sólida: cabello corto y desordenado, un vestido largo y delgado que flotaba como agua, una silueta frágil, y unos ojos vacíos, sin pupilas.

Una gema en forma de lágrima brillaba en su espalda.

Era una Lápiz Lazuli.

Ella aterrizó suavemente en la arena, y por un instante, solo observó el mar.

El agua se agitaba, respondiendo a su presencia.

El mar……..consuelo,sentencia.

Llorar, reir.

No importa.

No,no,no,no,no,no,no,no,no,no,no,no,no,no,no,no,no,no.

Luego, giró la cabeza y miró a Steven.

—…Gracias.

—susurró con voz temblorosa pero sincera—.

Gracias… por sacarme de ahí.

Steven sonrió, feliz de escucharla hablar.

—¡Lo logré!

¡Sabía que eras alguien real!

Sin embargo, el momento se quebró al instante en que Lápiz notó las figuras detrás de Steven.

Sus ojos vacíos se entrecerraron al reconocerlas.

—…Ustedes.

Perla se adelantó, nerviosa.

—Steven, por favor, ven conmigo… —su voz temblaba—.

No entiendes lo que acabas de liberar.

Pero Lápiz la interrumpió, levantándose con brusquedad.

—¡¿Ustedes tres sabían que estaba ahí?!

—gritó con furia contenida—.

¡¿Sabían que estaba atrapada en ese maldito espejo y nunca se preguntaron quién era?!

Su voz resonaba con un dolor tan fuerte que Steven retrocedió un poco, sorprendido.

Lápiz extendió los brazos, y el mar respondió a su llamado.

Chorros de agua emergieron, formando brazos gigantes que la rodearon como una armadura viva.

Con un gesto de su mano, esos mismos brazos apresaron a las Gemas de Cristal, sujetándolas con fuerza.

—¡Fue culpa de ustedes!

—murmuraba una y otra vez, cada vez más alterada—.

¡Culpa de ustedes!

¡Ustedes ocasionaron todo!

Steven se giró, aterrado.

—¡H-hey, espera!

¡Ellas no…!

Pero la rabia de la gema era incontenible.

Garnet, atrapada por uno de los brazos de agua, cerró los puños con calma.

—…Ya basta.

Con un movimiento brutal, golpeó el brazo líquido que la retenía.

El agua tembló, retrocediendo por la fuerza del impacto.

Otro golpe más, y el agarre se rompió.

Garnet avanzó lentamente en la arena, su fuerza bruta disolviendo los tentáculos acuáticos.

—Steven, aléjate de ella.

—su voz era firme, grave—.

No es tu amiga.

Steven miraba a una y otra, sin saber qué hacer.

Lápiz, jadeante, retrocedió unos pasos en la arena, pero al mismo tiempo levantó más agua, decenas de brazos que se alzaban hacia el cielo.

—¡No me quitarán esto!

¡No otra vez!

¡Yo voy a ser libre!

El suelo tembló bajo los pies de las gemas cuando la gigantesca figura de brazos se alzó, semejante a la estatua budista que Isaac Netero invocaba en las viejas historias de artes marciales(ahuevo que meteria referencia).

Todos los brazos, cientos de ellos, cayeron con una fuerza devastadora contra Garnet, quien fue derribada de inmediato y hundida en la arena con un estruendo seco.

(NT:ufffff necesitaba meter esto).

—¡Garnet!

—gritó Steven, extendiendo la mano en vano.

Amatista, furiosa, agitó sus látigos morados con violencia, intentando enredar a Lápiz para retenerla.

Pero la gema del agua sonrió con un gesto amargo, moviendo sus brazos y liberando torrentes de agua que impactaron contra los látigos, haciéndolos vibrar hasta soltarse.

—¡No me atraparás tan fácil!

—rugió Amatista, retrocediendo por la presión.

Perla, viendo que Steven estaba en peligro, no dudó.

Invocó su lanza con un destello brillante, lo tomó de la cintura y con un giro veloz lo arrojó lejos de la zona de batalla.

—¡Steven, corre kagjkkg!

—ordenó, antes de que varios de los brazos gigantes la sujetaran por completo.

Steven rodó por la arena, aturdido, y al levantar la cabeza vio a Lápiz mirándolo con una mezcla de rencor y gratitud.

—Gracias por liberarme… —murmuró ella, con voz temblorosa pero firme—.

Pero no puedo quedarme… debo irme.

Los colosales brazos desaparecieron como espuma, y la enorme figura se deshizo en gotas que caían al suelo.

Lápiz, sin perder un segundo más, se lanzó hacia el mar.

El agua la envolvió como un manto y, con un último destello azul, desapareció en las profundidades.

Steven quedó de rodillas en la arena húmeda, jadeante, mientras la brisa marina se mezclaba con la sensación amarga de haberla perdido.

—Ella… se fue—susurró, extendiendo una mano hacia el océano que ya la había tragado.

Las tres gemas se levantaron lentamente de la arena, sacudiéndose el polvo y el agua que aún caía en gotas por todas partes.

Amatista escupió un mechón de arena que se le había pegado en la boca y murmuró con fastidio.

—Nos patearon el trasero… pero bien.

Garnet, con su voz grave y seria, se cruzó de brazos aunque aún se notaba la tensión en su postura.

—Esa gema es peligrosa.

Muy peligrosa.

Perla, en lugar de enfocarse en el combate, corrió hacia Steven con el rostro marcado de preocupación.

Lo tomó de los hombros y lo revisó de pies a cabeza.

—¿Estás bien, Steven?

¿No te hizo daño?

Steven, sin levantar la cabeza, mantuvo la mirada fija en la arena.

Su voz fue apenas un murmullo cargado de confusión.

—…¿Por qué estaba tan molesta?

¿Qué le hicimos?

Las gemas intercambiaron miradas incómodas.

Garnet fue la primera en romper el silencio.

—No lo sabemos.

Nunca supimos nada de esa gema hasta ahora.

Pero por lo que vi… es una Lapis Lazuli.

Amatista alzó una ceja y masculló con tono burlón, como si no lo considerara tan grave.

—¿En serio?

Esas solo eran un montón de bobas remodelando guarderías.

Era joven cuando salio de la guarderia pero ella solo sabia que las gemas lazuli remodelaban terreno.

Perla la miró con severidad, su voz aguda y cargada de tensión.

—¡No digas tonterías, Amatista!

Las Lapis Lazuli no son simples obreras.

Son una fuerza de terraformación increíblemente eficaz.

Diseñadas para moldear planetas, para cambiar terrenos completos en cuestión de días.

Y si se encuentran en un mundo lleno de líquidos, como este… —miró hacia el mar que aún brillaba donde Lápiz había desaparecido— …su poder puede ser devastador.

Un silencio pesado cayó sobre el grupo.

Steven levantó apenas la cabeza, con la duda brillando en sus ojos.

—Pero… si era tan importante… ¿por qué estaba en un espejo?

Perla bajó la mirada, incómoda, y murmuró.

—…No lo sé.

Pensamos que era un simple objeto, un artefacto dañado.

Nunca imaginamos que dentro había una gema consciente.

—Bueno —Amatista gruñó, rascándose la nuca—, sea lo que sea, está claro que está enojadísima con nosotras.

Garnet, con firmeza, dio un paso al frente y cerró el asunto.

—No sirve de nada discutirlo aquí.

Lo que importa es que Lapis Lazuli está libre, y ahora mismo es una amenaza.

No podemos dejarla suelta en la Tierra.

Se giró hacia Steven y, con una voz más suave pero firme, decretó.

—Y tú, Steven… estás castigado en casa.

—¿Qué?

—Steven la miró sorprendido, dolido—.

¡Pero yo solo quería ayudarla!

—Lo sé —respondió Garnet, ajustándose sus gafas oscuras—.

Pero lo que hiciste fue peligroso.

No entiendes lo que significa liberar a una gema así.

Perla asintió, aunque con un dejo de tristeza en la voz.

—No es tu culpa, Steven… pero ahora nos toca a nosotras corregir esto.

Steven apretó los puños, mirando al océano una vez más.

Su corazón dolía, dividido entre la compasión que sentía por Lapis y la preocupación de sus compañeras.

Garnet, Amatista y Perla se reunieron en un semicírculo, conversando en voz baja sobre cómo localizarla.

La decisión estaba tomada: tenían que encontrar a Lapis Lazuli antes de que algo peor ocurriera.

Mientras tanto, Steven se quedó en silencio, preguntándose si realmente era correcto tratarla como una amenaza… o si Lapis simplemente necesitaba que alguien la escuchara.

.

.

.

Lejos, a kilómetros mar adentro, Lápiz dejó de nadar.

Estaba jadeando por el esfuerzo, su respiración entrecortada se mezclaba con el rumor constante de las olas.

Permitió que su cuerpo flotara boca arriba, suspendido en la inmensidad del océano.

Miró al cielo estrellado, con esos ojos vacíos que no reflejaban emoción alguna, solo las luces frías y distantes de las estrellas.

El universo se extendía sobre ella, indiferente, y en ese silencio solo quedaba un pensamiento fijo: Tn.

Recordaba vagamente lo que había oído antes de ser encarcelada, susurros de que Tn no había sido destruido, sino confinada en algún satélite, en algún asteroide perdido en el cosmos.

¿Pero dónde?

Después de tantas décadas dentro de ese maldito espejo, ¿seguía allí?

¿O el tiempo, el movimiento de las órbitas y la guerra lo habrían cambiado todo?

Su respiración se volvió más pesada.

Cada recuerdo de Tn era una punzada en su pecho.

Si el universo no se lo había arrebatado, entonces debía buscarlo.

Debía encontrarlo.

Lápiz apretó los puños contra el agua, como si quisiera moldear el mar solo con su furia.

—…Tengo que… volver… —murmuró, su voz ahogada por el oleaje—.

A Planeta Madre… allí está la información.

Ellas… ellas sabrán dónde.

Cerró los ojos con amargura.

Sabía que no podía presentarse como rebelde, sabía que sería aniquilada en el acto.

Su única esperanza era apelar a la compasión de Diamante Azul.

Tal vez, solo tal vez, si explicaba que nunca había estado del lado de las rebeldes, que había sido prisionera, que había sufrido injustamente… tal vez su súplica llegaría a tocar el nucleo de su Diamante.

Pero abrir esa posibilidad solo dejaba más claro el obstáculo: su gema estaba fracturada.

El dolor la debilitaba, su control sobre el agua era irregular, y escapar del planeta en esas condiciones era casi imposible.

Miró al horizonte marino, donde la línea del cielo nocturno parecía fusionarse con el océano.

—Necesito… una nave… aunque sea pequeña, una cápsula… algo que me lleve a la Luna….

El pensamiento fue creciendo en su mente.

El Palacio de Diamante Rosa.

Si aún estaba en pie, podría enviar un pedido de auxilio desde allí, quizás interceptar alguna señal, quizás abrir un canal olvidado hacia el imperio.

Era la única opción lógica.

Pero lo lógico no siempre era posible.

¿Cómo llegaría a la Luna desde este planeta atrasado?

El agua la sostenía, fría y paciente, mientras ella contemplaba un plan que parecía tan inalcanzable como las estrellas que se reflejaban en sus ojos sin pupilas.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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