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Waifu yandere(Collection) - Capítulo 137

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  4. Capítulo 137 - 137 Jeanne d arc part 4 fgo
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137: Jeanne d arc part 4 fgo 137: Jeanne d arc part 4 fgo Advertencia ⚠️ ⚠️ Futuro contenido para mayores 18 leer bajo su propio criterio Advertencia contenido grafico de violencia y Advertencia ⚠️ temas cuestionables y sensibles se sugiere que si no es de su agrado salga de aquí y de paso aclaro que personajes o imágenes no me pertenecen crédito a sus autores.

Agrego personajes no me pertenecen.

Imágenes y personajes no me pertenece crédito a sus autores.

Advertencia este capítulo contiene escenas para mayores y lenguaje bulgar están advertidos.

Lo prometido es deuda dos caps de 4k actualizados en un día……….hostias.

________________________________________________________________________________ Y así las batallas fueron y vinieron.

Tn, como había prometido, volvía después de cada campaña y descansaba los días que le había jurado a Jeanne.

Ella, fiel a su palabra, limpiaba sus heridas con manos delicadas y rezaba a su lado, murmurando letanías mientras la sangre y el sudor del campo de batalla se desprendían de su piel.

Una y otra vez Tn pedía clemencia, una y otra vez suplicaba perdón por las vidas que su espada había arrebatado.

Y una y otra vez Jeanne lo vio llorar sobre su regazo, manchando su túnica con lágrimas que parecían no tener fin.

‘aime-le, aime-le, laisse-le être à toi, non, non, non, il faut prendre soin de lui, parce qu’il refuse, mon Dieu, pourquoi’.

En esas noches, Jeanne no se apartaba.

Lo sostenía como una madre sostiene a un niño herido, como una hermana consuela a un hermano quebrado.

En especial, una noche fría de invierno, mientras el viento golpeaba las ventanas de la habitación, Jeanne se encontraba con la cabeza de Tn reposando en sus piernas, acariciando su cabello con suavidad.

Sus labios pronunciaban palabras de consuelo, promesas de que Dios lo escuchaba, de que el perdón no le era negado aunque su alma creyera lo contrario.

El joven ex-sacerdote cerraba los ojos lentamente, dejando que la pena se escurriera de él junto con el cansancio.

El peso de su culpa parecía disiparse en el suave arrullo de la voz de Jeanne, hasta que al fin cayó en un sueño profundo.

Jeanne lo observaba, la serenidad regresando a su rostro tras días de horror.

Ella seguía con el velo cubriéndole el rostro, como siempre.

Sabía que debía mantener aquella distancia sagrada, aquel muro invisible entre ella y el mundo.

Bajo la protección del Rey, tenía un lugar seguro, aunque no por eso estaba libre de miradas.

Jeanne lo había notado: algunos nobles la espiaban, sus ojos cargados de lujuria.

Pero ninguno se atrevía a dar un paso más allá.

Ella era la doncella del Santo, la protegida del propio Rey de Francia.

Ponerle una mano encima sería equivalente a firmar su sentencia de muerte.

Jeanne suspiró profundamente, dejando que su mano se quedara quieta sobre el cabello de Tn.

Observó cómo la expresión de su rostro, endurecido tantas veces por la guerra, se relajaba en la calma del sueño.

Ella misma sintió un alivio extraño, un calor en su pecho que la desconcertó.

¿Era compasión?

¿Era solo ternura?

¿O había en lo profundo algo más que no se atrevía a nombrar?

Se inclinó apenas, y con voz tan baja que solo Dios pudo escucharla, murmuró—Señor… si este hombre ha de cargar el peso de Francia, permite que yo cargue sus lágrimas.

Si él es la espada, hazme yo su escudo.

Y en silencio, con la tenue luz de la vela iluminando el velo que cubría su rostro, Jeanne se quedó velando el sueño del Santo.

Afuera, el mundo se preparaba para más guerras, pero en esa habitación, por unas horas, solo existían el descanso y la misericordia.

*Suspiro*.

-Deberia dejarlo descansar……..*sniff* el al menos merece eso.

Jeanne suspiró y decidió dejar a Tn descansar sobre ella.

Sus dedos seguían enredados en su cabello, pero su mente comenzó a vagar.

Meditó en silencio, su mirada se desvió hacia la espada de Tn, aquella que reposaba contra la pared, con el rosario aún amarrado en el mango.

El brillo en sus ojos se apagó poco a poco: un peso invisible se apoderaba de su pecho, la culpa.

Una culpa que ardía como hierro en su corazón.

Ya no escuchaba las palabras de Dios.

Por más que rezara, su voz parecía perderse en el vacío.

Incluso aquel extraño sangrado que tanto la atormentaba había desaparecido… ¿acaso era señal de abandono?

Jeanne tembló.

¿Había ofendido al cielo con su cobardía?

¿Había sido su negativa a luchar la que hizo que Dios apartara su mano de ella?

El pensamiento la desgarró por dentro.

Pero de pronto, un murmullo se deslizó en su oído.

Una voz que no venía del cielo, sino de algún rincón oscuro, suave y dulce como la miel, envolviéndola en un arrullo venenoso.

“Una vida con él…” decía.

“Un amor verdadero… tus manos en su piel… tus labios en los suyos… ¿no lo deseas?

Obsésion, lujuria, sexo, calor… un hijo, Jeanne.

Ahh~ Mira, Tn es nuestro hijo, tu bendición, tu carne y la suya unida.”.

“Ahh~”.

“T-tn sigue Ah~, que el cielo nos escuche Ah~”.

La boca de Jeanne se entreabrió apenas, como si las palabras la estremecieran desde dentro.

Sus ojos temblaban, incapaces de enfocar, y el sudor descendía por su rostro en finas gotas.

Las manos que acariciaban el cabello de Tn comenzaron a temblar sin control.

Con un impulso torpe, se quitó el velo que cubría su rostro, dejando que el aire frío rozara su piel expuesta.

La voz seguía, insistente, repitiendo gemidos falsos, susurros dulces cargados de pecado.

“Ahh… Tn… míralo, Jeanne, siente cómo te ama… su hijo es tuyo, nuestro regalo.”.

Jeanne apretó con fuerza los dientes, intentando ahogar el temblor que recorría todo su cuerpo.

Sus labios murmuraron, apenas un hilo de voz.

—Es… el Diablo… El Diablo me está tentando….

El ecador origial,la luz maldita del cielo, el angel caido,el blasfemo mas grande.

Serpiente rastrera.

La desesperación se apoderó de ella, y al mismo tiempo una furia ardía en su interior.

No dejaría que ese ser vil la arrinconara.

Con manos temblorosas tomó el rosario de su propio cuello y lo apretó con tanta fuerza que sus nudillos se pusieron blancos.

Su respiración era entrecortada, sus ojos llenos de lágrimas, pero su espíritu todavía resistía.

—No me doblegarás… —susurró con voz rota, mirando al techo, como si esperara que el cielo la escuchara una vez más—.

No me arrebatarás a Dios… ni a mí… ni a él.

El peso de Tn dormido sobre ella era lo único que la mantenía anclada a la realidad.

Jeanne cerró los ojos con fuerza, conteniendo el temblor de su cuerpo, y siguió repitiendo una y otra vez en su mente, como un mantra: “Ave María, llena eres de gracia… líbrame del mal… líbrame del mal…”.

“Non, tu n’échapperas pas, saint blasphémateur, saint ingrat, pécheur, prostituée d’Asmodée”.

(Nt:No,no escaparas,santa blasfema,santa ingrata,pecadora,prostituta de asmodeus).

Jeanne siguió rezando, pero la tentación regresó con más fuerza.

Las pinturas de santos en la habitación comenzaron a llorar sangre por los ojos, gotas rojas que parecían deslizarse hasta el suelo, dejando un eco siniestro.

Los gemidos y blasfemias resonaban en su mente con mayor intensidad, como si cada palabra profanara el aire que respiraba.

Jeanne jadeó, desvió la mirada, pero en un parpadeo todo cambió.

Ahora estaba en otra habitación, oscura, desnuda al igual que Tn.

El calor en su rostro era insoportable, su pecho subía y bajaba con rapidez, pero antes de reaccionar parpadeó de nuevo.

De pronto, su vientre estaba abultado, como si llevara meses de embarazo.

Jeanne retrocedió, aterrada.

—¡No… no es real!

—susurró, con lágrimas en los ojos.

Otro parpadeo, y ahora estaba dando a luz, sintiendo el desgarrador dolor de un parto que no comprendía.

La sangre, los gritos, el eco de voces mezcladas entre placer y sufrimiento.

Parpadeó otra vez y un bebé descansaba en sus brazos: una niña hermosa, con facciones delicadas, tan pura que por un instante Jeanne la contempló como si fuese un ángel.

Un angel hermoso.

Un angel.

Un angel………….

Pero entonces se detuvo.

Su propio pensamiento le heló la sangre.

¿Un ángel?

¿Qué blasfemia acababa de pronunciar en su corazón?

.

Como podia comparar un mero humano a una creacion perfecta de Dios……….delirante.

¿Dónde estaba Tn?

¿Dónde estaba ella?

Parpadeó de nuevo, y ahora se hallaba en un prado verde, los pies descalzos sobre la hierba fresca.

El cielo era de un azul imposible, sereno, y cada brisa parecía un suspiro.

Caminaba, pero no sabía hacia dónde.

Intentó rezar, abrir los labios para clamar a Dios, pero las plegarias no llegaban a su lengua, como si se hubieran borrado de su memoria.

Jeanne se estremeció.

—¿Acaso… el Diablo tiene tal poder?

—murmuró, abrazándose a sí misma.

Otro parpadeo, y de pronto estaba en el cielo… o lo que parecía serlo.

El suelo bajo sus pies era agua, un espejo cristalino que reflejaba las nubes sobre su cabeza, haciendo que cielo y tierra fueran lo mismo, indistinguibles.

Un resplandor divino… o un engaño cruel.

Jeanne dudó: ¿era este su castigo?

¿Era acaso el purgatorio?

Entonces sintió su vientre desgarrarse otra vez, y de él emergió lo que parecía un ángel.

-kyaaaaA AKHKGKGKGKGKGK Akgkgg *Llanto* D-dios Ahhhhjggkggk-.Sus manos trataron de sujetarse el cuerpo, pero el dolor fue fugaz.La aberracion salio con un destello de carmesi desgarrandola.

Pero no era hermoso: sus alas estaban torcidas, su rostro deformado, sus ojos huecos.

El ser lloró, un aullido desgarrador, y en cuestión de segundos se marchitó, consumido en su propia miseria.

El eco de ese llanto fue reemplazado por un ruido sordo, como el golpe de un corazón roto.

Jeanne parpadeó de nuevo… y todo había terminado.

Volvió a estar en la habitación, el mismo silencio.

Tn dormía profundamente a su lado, como si nada hubiera pasado, su respiración tranquila.

Jeanne, en cambio, estaba empapada en sudor, con la cruz fuertemente aferrada en su mano, sus nudillos blancos, sus labios temblando.

El cuarto estaba en calma.

No había sangre en las paredes, ni gritos, ni llantos.

Solo ella, jadeando en la oscuridad, consciente de que había visto… algo.

Algo que no sabía si venía de lo alto o de lo más profundo del infierno.

Con un hilo de voz, susurró—Dios mío… dime… ¿aún estás conmigo?

El silencio fue su única respuesta.

-…Necesito despejar mi mente.

Jeanne dejó a Tn descansar.

Ella salió de la habitación con pasos suaves, temerosa de despertarlo, y recorrió los pasillos del castillo en silencio.

El eco de sus propios pasos le parecía un murmullo extraño, como si las piedras escucharan su tormento.

Al llegar a una terraza, se detuvo y apoyó ambas manos sobre la fría baranda de piedra.

Jadeó, inhalando profundamente el aire de la noche.

La luna estaba alta, brillante como un ojo divino observándola, aunque para ella esa luz ya no traía consuelo.

Su rostro estaba cansado, con sombras bajo sus ojos y un brillo apagado en su mirada.

Alzó la vista hacia el cielo, buscando estrellas que no le respondían, oraciones que no hallaban destino.

Sin que lo supiera, otro caminante había abandonado su cama aquella noche: el Rey Carlos.

El insomnio lo acosaba, la presión de la corona lo mantenía inquieto.

Sus pasos errantes lo llevaron por azar hasta la terraza.

Y allí, de pie bajo la luz plateada, encontró a Jeanne.

El corazón del joven Rey se detuvo un instante.

La vio como si fuera una visión, etérea, bañada por el resplandor lunar.

Su belleza lo cautivó con la intensidad de un flechazo, y aunque era el Delfín coronado, en ese momento no era más que un muchacho preso de la pasión.

Sus mejillas ardieron, y una punzada de deseo se mezcló con vergüenza.

Se obligó a controlarse.

Con un paso firme se acercó y la saludó—Dama Jeanne… qué extraño hallarla despierta a estas horas.

Ella giró el rostro, sorprendida, y por primera vez lo miró sin el velo que siempre la cubría.

El Rey contuvo el aliento.

El contorno de su rostro, tan puro y delicado, lo dejó sin palabras.

Tosió suavemente para ocultar su turbación, mientras sentía su corazón latir con violencia.

—¿Ocurre algo?

—preguntó con voz suave, buscando sonar cortés.

Jeanne negó lentamente con la cabeza.

Su voz fue apenas un murmullo—Solo necesitaba… aire fresco.

El Rey asintió con gesto solemne, aunque en su interior aún ardía la chispa de la tentación.

Dio un paso atrás, controlando el impulso de prolongar la conversación, y dijo—Entonces no os molesto más, Dama Santa.

Descansad.

Francia aún necesita vuestra luz.

Se inclinó apenas en un gesto de respeto y se marchó, con el pulso agitado, sus pensamientos girando en torno a la imagen de ella bajo la luna.

Jeanne lo despidió con cortesía, inclinando la cabeza, y permaneció sola en la terraza.

Cuando los pasos del Rey se desvanecieron en la lejanía, dejó escapar un largo suspiro.

El tormento de las visiones seguía fresco en su mente, como heridas abiertas que no cicatrizaban.

Recordó el prado ilusorio, el parto imposible, los susurros de tentación.

Todo volvía a ella con un solo latido.

Su alma se sentía manchada, su fe tambaleante.

—Debo… debo confesarme… —susurró con los labios secos, apretando con fuerza la cruz que aún colgaba de su cuello.

Un estremecimiento recorrió su cuerpo.

Necesitaba encontrar a un sacerdote, alguien que la escuchara, alguien que la absolviera de aquellos pensamientos impuros que el Diablo había sembrado en su corazón.

Solo así podría librarse del peso que la aplastaba.

Pero en lo más hondo, Jeanne temía que ya fuera demasiado tarde.

Jeanne volvió a la habitación y halló a Tn aún descansando.

Su semblante se suavizó, y por un instante, toda la angustia que la consumía pareció desvanecerse.

Se recostó a su lado y cerró los ojos, entregándose al sueño con una paz que hacía mucho no sentía.

Al despertar, lo primero que vio fue la figura de Tn, ya de pie, ajustándose las piezas de su armadura.

El resplandor metálico se mezclaba con la luz tenue que entraba por la ventana, y por un instante él parecía más un mártir que un guerrero.

Jeanne lo observó en silencio, hasta que escuchó su voz:.

—Debo atender… ciertos asuntos con el Rey y los nobles —dijo, aunque en sus palabras vibraba una mentira ligera, casi inocente, para no preocuparla.

Jeanne sonrió débilmente y murmuró—Está bien… pero cuídate, te lo ruego.

Él le devolvió una sonrisa triste, de esas que hablan más de cansancio que de alegría, y se acercó a ella.

Con una suavidad extraña para un hombre que cargaba con tantas batallas, la rodeó con sus brazos y la abrazó.

Murmuró con ternura—Siempre tendré cuidado.No dejare que nada alfija tu corazon tan bondasoso.Prometo hacer lo mejor siempre.

El corazón de Jeanne dio un vuelco.

Un rubor subió a sus mejillas y, con la voz entrecortada, respondió—Yo… yo lo sé….

Tn bufó suavemente, intentando desviar la intensidad del momento, y añadió con un tono más ligero—Debo irme, si no me esperarán con impaciencia.

Se apartó de ella, abrió la puerta y se marchó.

El eco de sus pasos desapareció en los corredores, y el brillo en los ojos de Jeanne se apagó al instante.

El calor que había sentido en su rostro se desvaneció, dejando solo una frialdad amarga.

Entonces, la voz regresó.

Más fuerte.

Más insistente.

Un murmullo que perforaba sus oídos, como un enjambre venenoso.

“Amar… lujuria… placer… Dios no nos ama… Dios nos abandonó… Tn… toma su luz, tómalo para ti, antes que el mundo te lo arrebate…”.

Jeanne permaneció inmóvil, con la respiración entrecortada.

Sus labios temblaban y, sin darse cuenta, comenzó a repetir las palabras de aquella voz oscura, como si fueran una oración invertida:.

—Amar… lujuria… Dios nos dejó… Tn….

Pero de pronto, un destello la atravesó.

El brillo en sus ojos regresó, como si una chispa de conciencia hubiera apagado de golpe esa influencia.

Sus labios se cerraron con firmeza, y Jeanne parpadeó, atónita de lo que había dicho.

Miró a su alrededor.

La habitación estaba en calma, el lecho aún tibio, la luz de la mañana entrando suavemente.

Todo parecía normal, pero ella sabía que nada lo era.

Suspiró con pesadez y, con manos temblorosas, tomó su velo y lo colocó sobre su rostro, como si esa tela pudiera ocultar sus dudas y pecados.

—Debo… debo cumplir… —murmuró para sí, como si competir contra la voz significara simplemente volver a las costumbres de siempre.

Y así, ajustando el velo con lentitud, Jeanne decidió salir de la habitación para enfrentar el día, aunque en su corazón aún latía la duda de si realmente seguía siendo dueña de sí misma.

.

.

.

Jeanne buscó refugio en la oración, más la voz no cesaba, seguía persiguiéndola como una sombra invisible, incluso entre la multitud del castillo.

Cada paso que daba, cada mirada ajena que sentía sobre sí, parecía un cuchillo en su alma.

El murmullo diabólico se enroscaba en sus pensamientos, aislándola, haciéndole sentir que ni entre cien personas hallaría compañía verdadera.

Mientras tanto, Tn aún discutía con los nobles en la sala del trono.

Llevaban apenas un año y medio de campaña, pero ya las victorias eran notables; fortalezas recuperadas, pueblos liberados, el nombre del Santo propagándose por toda Francia como fuego bendito.

Sin embargo, la gloria no llenaba los vacíos que su corazón cargaba, y esa misma tristeza se filtraba hasta Jeanne.

Ella descendió a la cocina.

Las criadas la saludaron con una cortesía respetuosa, bajando la cabeza con una mezcla de temor y devoción.

Le entregaron un plato con comida simple, como ella siempre pedía: un trozo de carne de cordero, pan moreno y algunos vegetales cocidos.

Jeanne sonrió apenas y agradeció en voz baja, bendiciendo el alimento con un gesto solemne.

Para ella, hija de un pueblo humilde, esa ración ya era más de lo que jamás había soñado comer.

En el castillo, rodeada de banquetes, jarras de vino y manjares que parecían infinitos, había decidido mantenerse firme: nada de gula, nada de excesos, solo lo suficiente para sostener su cuerpo.

Al salir de la cocina con el plato en sus manos, escuchó los susurros que siempre la seguían.

—¿La viste?

Siempre con ese aire de pureza….

—Dicen que no es más que la acompañante del Santo, un juguete vestido de doncella.

—Una campesina afortunada, nada más… Un animal que goza de privilegios por abrirle las piernas al santo de Francia.

Las palabras eran como agujas.

Jeanne apretó la mandíbula, sus pasos se hicieron más firmes, y su corazón ardió de vergüenza e ira.

Pero no respondió.

Ella sabía que responder sería rebajarse, y más aún, darle razón a aquellos que esperaban verla quebrarse.

Aun así, la voz oscura dentro de ella aprovechó esas murmuraciones.

“¿Lo escuchas, Jeanne?

Nunca te verán como santa, solo como ramera.

¿No lo sientes?

No eres más que su sombra, su cuerpo, su pecado disfrazado…dmuestrales que eres una ramera que jamas estara al alcanze de ellos……..una que solo podra consolar al pobre santo”.

Ella tembló, y una lágrima resbaló por su mejilla antes de que pudiera detenerla.

Se llevó la mano al pecho y murmuró una oración, cerrando los ojos en un intento desesperado de callar los susurros.

—Señor… dame fuerzas… líbrame de la tentación….

Pero las risas de la voz respondieron en eco, dulces y crueles a la vez, burlándose de cada palabra que pronunciaba.

La doncella de Orleans siguió caminando por los pasillos, con la bandeja entre sus manos y el peso invisible de esas palabras cargando sobre sus hombros.

El brillo de sus ojos estaba empañado, pero todavía quedaba un fulgor, una chispa que la mantenía en pie: su fe… o lo que aún quedaba de ella.

Era un delirio……..

________________________ Pondría imágenes suculentas de las waifus pero…..wattpad y los tards no me dejarían en paz 😑 así que ni modo.

Y como tengo que aclarar, la siguiente es ellen luego jeanne y asi sucesivamente, la lista es de quines se actualizaran,ya al final con gil fem dejare votaciones y la caja de sugerencias donde podran decir nombre de waifu que no este en la lista ok.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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