Waifu yandere(Collection) - Capítulo 140
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- Capítulo 140 - 140 Mordred Pendragon part 4
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140: Mordred Pendragon part 4 140: Mordred Pendragon part 4 Advertencia ⚠️ ⚠️ Futuro contenido para mayores 18 leer bajo su propio criterio Advertencia contenido grafico de violencia y Advertencia ⚠️ temas cuestionables y sensibles se sugiere que si no es de su agrado salga de aquí y de paso aclaro que personajes o imágenes no me pertenecen crédito a sus autores.
Agrego personajes no me pertenecen.
Imágenes y personajes no me pertenece crédito a sus autores.
Advertencia este capítulo contiene escenas para mayores y lenguaje bulgar están advertidos.
_________________________________________________________________ Idiota… no sé por qué me interesé en ti.Maldición, ¿por qué este corazónlate demasiado fuerte?¿Por qué habría de fijarme en ti,si solo eres un estorbo en mi caminohacia el trono que me pertenece?
Te quité a tu prometida,deshonré a esa ramera,te arranqué el trono,ataqué a nuestro padre.Y aún así…¿por qué?¿Por qué aún te aprecio?
¿Por qué tus ojos,en lugar de odio,me devuelven perdón?Un abrazo delirante,un veneno suave que rompe mi rabia.
¡Pero no me mires así!No debía ser así…Yo era un barón,un caballero,una espada contra el destino.Y sin embargo,este maldito cuerpo me recuerdaque no soy ni hombre ni mujer,sino un eco retorcidodel deseo de un rey imposible.
Y aún me preguntas por qué…por qué me pierdo entre el odio y el afecto,por qué, si nací para destruirte,aún me duele amarte.
¡Ay!
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–Mordred Pendragon._____________________________.
Durante el camino, Mordred miraba los dibujos del libro robado y recogía cuanto encontraba a su paso: hierbas silvestres, cortezas, raíces que parecían raras.
A veces se agachaba sin decir nada, arrancaba una planta y la guardaba en una bolsa de cuero.
Gawain, que cabalgaba junto a él, preguntaba de vez en cuando con tono desconfiado.
—¿Y eso para qué?
Mordred respondía siempre lo mismo, murmurando como quien no quiere revelar nada—Es para algo importante.
No le diria al idiota galante que su preciado principe agonizaba, era mejor para Mordred.
Gawain, cansado de insistir, terminó convenciéndose de que quizá era encargo de Merlin.
Después de todo, el mago era conocido por usar a cualquiera como su brazo recolector en vez de mover un dedo él mismo.
Así que no volvió a interrogarlo más.
Siguieron cabalgando hasta que, por fin, se alzaron las murallas de una fortaleza noble.
El estandarte ondeaba en lo alto: un blasón de ciervo blanco sobre fondo azul.
El portón se abrió solo lo suficiente para permitir la entrada de dos caballeros, pero no sin antes detenerlos.
Los guardias, hombres recios con lanzas en mano, observaron a ambos.
Uno dio un paso al frente y con voz firme pidió.
—El escudo Pendragon, para confirmar el mensaje.
Gawain descendió de su caballo, desenrolló el pergamino y mostró la insignia real grabada en cera roja: el dragón de Camelot.
Al verla, los hombres se miraron entre sí y, tras un breve silencio, se hicieron a un lado.
—Son bienvenidos.
El portón se abrió del todo y los dejó pasar.
Dentro, las calles de la fortaleza hervían de vida.
Campesinos cargaban sacos de trigo, niños corrían tras un perro flaco, y artesanos golpeaban sus yunques al compás del hierro.
Gawain caminaba con el porte de un caballero en misión, mientras Mordred, bajo el casco, observaba con aburrimiento… aunque sus ojos sí se fijaban en los puestos donde vendían hierbas secas y frascos con líquidos extraños.
El noble que los recibió era un hombre mayor, canoso, de mirada astuta pese a la cordialidad en sus gestos.
Llevaba un manto de terciopelo azul y caminaba con un bastón tallado, aunque su voz aún conservaba fuerza.
—Caballeros de Camelot, un honor tenerlos bajo mi techo.
Pasead, pasad.
Mi fortaleza siempre estará abierta para la sangre de Pendragon.
Gawain miro al noble y hacintio, Mordred solo bufo debajo del casco mientras mobia sus brazos cerca de su espada.
Con hospitalidad ensayada, los guió por las calles interiores hasta el salón de audiencias.
Mientras caminaban, preguntó con tono ligero.
—¿Y cuál es el propósito de vuestra visita, si puedo saberlo?
Gawain se detuvo en medio del pasillo, se aclaro y respondió sin rodeos—Vengo en nombre de nuestro Rey, Arturo Pendragon.
Es deseo de Su Majestad realizar una selección real para el príncipe heredero.
Buscamos candidatas de sangre noble que puedan aspirar a la corte.
El anciano noble abrió los ojos apenas un poco más de lo normal.
Una sorpresa que enseguida escondió tras una sonrisa cortés.
Pero en su mente el cálculo fue inmediato: si su hija llegaba a ser elegida, el prestigio y la influencia de su casa se multiplicarían más allá de cualquier alianza anterior.
Sus dedos apretaron con fuerza el pomo de su bastón, como si ya midiera las posibilidades.
—Vaya, vaya… —murmuró en voz baja, casi para sí mismo—.
El heredero de Camelot….
Giró hacia los caballeros con una reverencia leve.
—Será un honor para mi familia ofrecer todo lo que esté a nuestro alcance.
Mordred solo bufó mientras acomodaba el libro que llevaba en un bolsó de cuero colgado al costado, pasando las páginas con los dedos ásperos como si intentara descifrar un secreto a la fuerza.
Gawain, en cambio, mantenía la compostura y correspondía con cortesía al noble.
Ambos fueron guiados al salón principal, un recinto amplio con tapices descoloridos que narraban antiguas batallas, candelabros de hierro colgado y un largo mantel bordado que apenas disimulaba las manchas de vino de incontables banquetes.
El noble tomó el manuscrito del Rey Arturo con manos temblorosas, y tras leerlo con atención frunció el ceño: efectivamente se trataba de una selección real.
Más aún, el documento confirmaba que otras casas nobles también participarían.
Un pequeño destello de cálculo brilló en sus ojos.
En su interior pensó que un soborno discreto tal vez podría inclinar la balanza, pero al mirar de reojo a Gawain, recordando su reputación de caballero honorable e incorruptible, descartó la idea al instante.
Con una sonrisa forzada, se disculpó.
—Debo hablar con mi esposa e hija antes de darles una respuesta formal.
Este asunto no es poca cosa.
Gawain inclinó la cabeza, aceptando con naturalidad.—Entendemos.
Esperaremos aquí el tiempo que sea necesario.
Mientras tanto, Mordred había dejado caer la cabeza sobre la mesa con un golpe seco, como si le pesara el casco más de lo normal.
Deslizó el bolsón frente a sí y empezó a revolver sus hallazgos: raíces retorcidas, hojas secas, flores marchitas que apenas conservaban su olor.
Murmuraba en voz baja, como si discutiera consigo misma—Alguno de estos malditos hierbajos tiene que servir… aunque no tengo idea de cuál.
Sería mejor preguntarle a un brujo local.
Frunció el ceño y apretó los dientes.
Merlin no era una opción.
Si el idiota hubiera querido, ya habría curado a Tn de su enfermedad.
El hecho de que no lo hiciera solo dejaba dos opciones: o el mago estaba traicionando deliberadamente, o simplemente no le importaba en lo más mínimo.
Y Mordred no sabía cuál de las dos le provocaba más rabia.
Y acudir a la bruja de su Madre tampoco estaba sobre la mesa.
No se arriesgaria que la loca fornique con Tn y nazca otro hengendro.
Se incorporó de golpe, cerrando el bolsó.—Voy a salir a buscar algo.
Gawain la miró con una ceja arqueada, dejando salir un suspiro pesado.
—Recuerda que somos invitados de un noble.
No hagas nada estúpido.
Mordred masculló por lo bajo, con una media sonrisa torcida.—Tranquilo, no pienso fornicar con ninguna sirvienta… así que puedes estar relajado.
El caballero solo cerró los ojos, conteniendo las ganas de replicar.
Conocía demasiado bien el carácter de Mordred y sabía que cuanto más le dijera, más empeño pondría en hacer lo contrario.
Así que, resignado, dejó que se marchara.
Mordred salió del salón, atravesando los pasillos de piedra de la fortaleza, mientras su mente seguía girando en un mismo punto: si conseguía la planta correcta, tal vez podría salvar a Tn… y luego enfrentarlo en combate para probar su verdadero derecho al trono.
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El noble estaba reunido con su esposa y su hija Alice, una joven de belleza frágil, de piel pálida y ojos claros que parecían no resistir mucho la dureza de la vida de palacio.
El hombre relataba con calma la presencia de los invitados en su sala, mientras acariciaba su barba como si aquello fuera una oportunidad que el destino mismo le había tendido.
Su esposa compartía sus pensamientos: tener lazos con la familia de Camelot era una puerta abierta al prestigio y poder.
Como cualquier noble calculador, entendía que esas oportunidades no se desperdiciaban.
Alice, en cambio, permanecía en silencio.
Sus dedos jugaban con el borde de su vestido, incómodos.
No era ingenua: sabía que su futuro nunca le pertenecería, que como hija de noble era poco más que una moneda de cambio en los juegos de poder.
Aunque sus ojos mostraban dudas, su voz fue firme cuando respondió.
—Cumpliré con mi deber, padre.
El noble asintió satisfecho, mientras su esposa, con cierta frialdad, comenzaba a pensar ya en vestidos, discursos y la forma de presentar a Alice como un tesoro digno de un príncipe.
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Mientras tanto, Mordred recorría las calles y los puestos de mercaderes del pequeño mercado cercano a la fortaleza.
El bullicio era constante: gritos de vendedores ofreciendo especias, pescadores limpiando sus redes, y niños corriendo entre los puestos.
Mordred, con su casco y porte de caballero, llamaba la atención con cada pregunta que lanzaba.
—¿Hierbas medicinales?
¿Algún brujo o curandero en la zona?
—repetía, con voz seca y autoritaria.
Las respuestas eran vagas: un campesino mencionó un anciano en las colinas, otro habló de una mujer que preparaba tónicos en secreto, pero nada claro ni confiable.
Finalmente, un mercader de barba grasienta y túnica azul se ofreció a revisar lo que Mordred llevaba en su bolsa.
Sacó con cuidado las hojas secas, los pétalos marchitos y las raíces retorcidas que la caballero había recogido en el viaje.
El hombre soltó una risa contenida.
—Esto no sirve para curar a nadie, joven.
Aquí tiene hierbas para preparar… afrodisiacos.
Un poco de té para “relajar” el cuerpo, aliviar tensiones, calentar las noches frías con compañía.
Nada más.
Mordred se quedó helada por un instante, luego apretó los puños con tanta fuerza que casi destrozó la bolsa.
Una furia ardió en su rostro bajo el casco.
—¡¿Qué clase de basura escribió en ese libro ese maldito Merlin?!
El mercader dio un paso atrás, temiendo que aquella figura armada le atravesara de un tajo.
Mordred bufó, guardando los “ingredientes” con brusquedad.
Y de pronto lo recordó: Merlin no era un simple mago… era mitad íncubo.
—Claro que tendría sentido… —murmuró entre dientes, con una mueca de asco—.
Solo un degenerado escribiría semejantes estupideces.
Resoplando, se alejó del puesto, frustrada y confundida.
Una parte de ella quería seguir buscando algo útil, otra empezaba a pensar que estaba persiguiendo un fantasma… y que salvar a Tn con esos métodos era tan ridículo como confiar en un mentiroso como Merlin.
El mercader se percató del libro que Mordred llevaba bien apretado en su bolsa y, con un brillo curioso en los ojos, pidió verlo.
—Permítame echarle un vistazo, caballero.
Quizá pueda encontrar algo útil —dijo, con una voz grave que parecía deslizarse entre la desconfianza y el interés.
Mordred lo observó con desdén, dudando si valía la pena confiar en un vendedor cualquiera, pero al final gruñó.
—Está bien.
Si puedes leer y encontrar algo que sirva para curar… hazlo.
El hombre tomó el libro con sumo cuidado, como si se tratara de un tesoro prohibido.
Sus ojos recorrieron las páginas lentamente, pasando hojas llenas de símbolos extraños, dibujos de plantas y fórmulas.
Tras unos minutos, exhaló una risa baja.—Este tomo… tiene casi todo sobre afrodisiacos, venenos… y métodos de fertilidad femenina.
Nada que cure enfermedades graves.
Mordred apretó los dientes bajo su casco, jurándose en silencio que tarde o temprano castraría a Merlin por llenar ese maldito libro con obscenidades inútiles.
Pero entonces, el mercader dejó el libro a un lado y rebuscó entre sus pertenencias.
Tras un momento, sacó un pergamino enrollado y lo extendió sobre la mesa.
—Sin embargo… existe algo que podría curar males.
Escuche bien, caballero.
Los dragones no solo eran bestias codiciosas de tesoros.
En sus guaridas a veces guardaban objetos entregados por hadas o antiguos hechiceros.
Uno de esos dragones, según se cuenta, recibió una pócima hecha por un hada blanca… capaz de sanar cualquier enfermedad.
Una sola gota y la vida vuelve al cuerpo.
Mordred se inclinó sobre el pergamino, sus ojos se fijaron en los detalles del mapa rudimentario: montañas, un bosque espeso y marcas antiguas.—¿Y este dragón aún vive?
—preguntó, sin apartar la vista.
—Nadie lo sabe —respondió el mercader—.
Algunos dicen que murió hace décadas, otros aseguran que duerme todavía en las cavernas del norte.
Lo único cierto es que esa pócima existe.
—¿Puedo comprarlo?
—dijo Mordred de inmediato, su tono cargado de urgencia.
El hombre entrecerró los ojos y se acarició la barbilla.—Dos monedas de plata, caballero.
Pero le advierto… este viaje no es para cualquiera.
Lo que busca puede costarle la vida.
Mordred dejó caer dos monedas con fuerza sobre la mesa, el tintineo metálico resonó como una amenaza más que como un pago.
—Más te vale no estar mintiéndome, o juro que regresaré por tu cabeza.
El mercader sonrió, una sonrisa ladeada y tranquila, como si esa clase de amenazas fueran parte del negocio.
Sin decir palabra, colocó sobre la mesa una pequeña caja de madera.
Mordred la abrió y quedó momentáneamente impresionada: en su interior había una garra ennegrecida, curva y afilada, que desprendía un aura extraña, casi mística.
Era auténtica.
La garra de un dragón.
—Esto prueba que mis palabras no son un engaño —dijo el mercader con solemnidad—.
El pergamino siempre estuvo aquí, esperando a alguien con el valor suficiente.
Los nobles lo despreciaban, los aventureros lo temían.
Nadie lo pidió… hasta hoy.
Mordred cerró la caja con brusquedad y guardó el pergamino.
La sola idea de que esa pócima pudiera salvar a Tn le quemaba la cabeza con una mezcla de esperanza y desesperación.
Si era verdad, si realmente existía… entonces aún había un camino que Merlin había callado.
Cuando Mordred llegó de nuevo con Gawain, la joven Alice ya estaba siendo presentada ante el caballero.
El noble, con aire solemne, la ofrecía como candidata.
Gawain, siempre recto y educado, asintió y explicó con voz grave que tendrían que partir a caballo de inmediato.
El camino era traicionero y peligroso, y un carruaje sería un blanco demasiado fácil para bandidos o bestias.
Alice inclinó la cabeza con serenidad, aceptando sin queja.
Mordred la miró de arriba abajo mientras ajustaba las correas de su montura.
No era lo mejor, no tenía las curvas exuberantes que los demás caballeros siempre murmuraban desear, pero la belleza estaba ahí: frágil, delicada, con ese aire de doncella resignada a su destino.
Sus labios se humedecieron solos y los pasó con la lengua, casi por costumbre más que por deseo real.
Bah… bonita, sí.
Pero demasiado noble.
Yo prefiero las simples… je esas si saben divertirse con el sexo, pensó, ladeando la cabeza y sacudiéndose la distracción.
No era momento para fantasear.
Gawain ayudó a Alice a subir a su propio caballo, colocándola con cuidado delante de él en la silla.
Ella, tímida, agradeció con un murmullo casi inaudible.
Mordred observó la escena sin decir nada, solo apretando el libro y el pergamino escondidos en su bolsa.
Los caballos relincharon y emprendieron el camino de regreso a Camelot.
El sol comenzaba a descender y las sombras del bosque se alargaban, cubriendo la ruta con un aire tenso y expectante.
El sonido de los cascos resonaba rítmicamente, marcando el compás del viaje.
Mordred, cabalgando detrás de Gawain, meditaba en silencio.
El pergamino ardía en su mente como una orden no cumplida.
Ahora sabía que la pócima de aquel dragón podía ser la única salvación de Tn.
Pero sola… ni de broma tendría oportunidad.
Podría cortar a un par de bandidos sin problemas, pero un dragón era otro mundo.
Necesitaría al menos dos caballeros que la acompañaran en esa locura, y no cualquiera: dos que no hicieran demasiadas preguntas, dos que se dejaran arrastrar sin exigir explicaciones.
La Mesa Redonda estaba llena de idiotas honorables que cuestionarían cada paso, pero Mordred sabía que entre ellos había quienes podían ser manejados.
Su padre —o su rey— nunca lo aprobaría, y Merlin… ese bastardo seguro se reía desde su torre, sabiendo y callando.
Mientras mascullaba esas ideas, sus ojos se fijaron otra vez en la figura de Alice, balanceándose en el caballo de Gawain.
Mordred torció la boca.
Esa niña… el destino ya la amarró sin saberlo.
Y yo… ¿tendré que salvarlo solo para que se case con otra?
El viento golpeó su casco, y con un bufido dejó escapar el pensamiento.
No importaba.
Antes de que las bodas y las coronas cayeran sobre ellos, tendría que asegurar que Tn siguiera con vida.
(Nt:Mordred está convencida de que sus encuentros íntimos son como los de un hombre porque Morgan la marcó con un hechizo ilusorio.
Ella siente placer limitado, pero las mujeres con las que está ven un hombre —un caballero viril— y no descubren la verdad.
Es un autoengaño reforzado por magia, algo que le da seguridad, aunque en el fondo la frustre porque no es real.
asi que si, Mordred solo frota las tijeras).
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El viaje era agotador.
Gawain, con la frente perlada de sudor, murmuró que descansaran un poco y pidió a Mordred que encendiera una fogata.
Mordred lo miró con fastidio y solo masculló un gruñido, obedeciendo al final.
Sabía bien que, de noche, Gawain perdía gran parte de su fuerza, pero incluso así podía mantenerse firme, como todo caballero de la Mesa Redonda.
Mientras frotaba piedras y encendía las primeras brasas, no pudo evitar soltar una sonrisa torcida.
La noble, Alice, se sentó con cierta timidez sobre la capa que Gawain había extendido para ella.
Se abrazaba a sí misma, como intentando protegerse del frío nocturno, y escuchaba en silencio las palabras del caballero que le hablaba de Camelot, de la majestuosidad del palacio y de cómo las pruebas serían supervisadas personalmente por el rey Artoria.
Mordred, por su parte, abrió el pergamino y lo sostuvo frente al fuego.
Las ilustraciones del dragón parecían moverse bajo las sombras rojizas de las llamas.
El mapa indicaba un camino traicionero, y aunque la idea de enfrentarse a una bestia así era absurda, la posibilidad de la pócima brillaba como un premio imposible.
Ella sabía que no podría hacerlo sola.
Dos idiotas… al menos dos que no hagan preguntas y sepan blandir una espada.
El crepitar de la leña llenaba los silencios entre los tres.
Mordred levantó la mirada y vio a Gawain tranquilizando a la joven noble, hablándole con esa voz suave y recta, casi paternal.
Alice lo miraba con un brillo tímido en los ojos, aferrándose a la seguridad que representaba el caballero.
Mordred apretó los dientes.
Dentro de su casco, sus labios se curvaron en una sonrisa torcida, oscura.
Una idea empezaba a germinar, peligrosa, venenosa: deshonrar a esa noble sería un golpe directo al orgullo de Tn.
Imaginó el rostro del príncipe cuando se enterara de que su prometida ya no era intocable, que alguien más —ella— la había tomado primero.
Y luego la fantasía creció aún más: cuando curara a Tn con la pócima y lo enfrentara en combate, lo derrotaría sin piedad.
En ese momento, reclamaría no solo el trono, sino todo lo que le habían negado.
El príncipe humillado, su prometida arrebatada, Camelot entero doblando la rodilla ante el Pendragon olvidado.
Mordred sonrió en silencio, acariciando el lomo del pergamino como si fuera un juramento.
La magia de Morgan le había enseñado lo que era el deseo, disfrazado de ilusión.
Cada vez que tomaba a una mujer, ellas veían lo que la hechicería quería mostrar: un hombre en toda su gloria, un caballero viril capaz de poseerlas.
Mordred, en cambio, recibía apenas un eco de placer, una confirmación suficiente para engañarse a sí misma de que era “real”.
En su mente inestable el sexo era algo cotidiano para un caballero de su porte, aunque las sirvientas solo hicieran ruidos y se quedaran dormidas luego de unas horas.
Pero ahora, con Alice frente a ella, frágil e ingenua, el plan dejó de ser solo un murmullo.
Mordred se recostó junto a la fogata, observando a la noble sin que nadie lo notara.
La sonrisa no desapareció de su rostro.
Todo será mío.
Ella, él, y la corona.
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(Haber segun una leyenda mordred se quedo con ginebra cuando Arturo se fue del castillo y Mordred deseaba todo,el trono la reina el reino asi que me base en la leyenda un poco mas, y como aclare mordred no tiene pene asi que lo del snu snu es imaginacion de la magia de morgan,y me drian oye porque no tiene rifle como artoria pues facil, Merlin jamas le dijo a Morgan como ponerle rifle a una mujer.).
Pondría imágenes suculentas de las waifus pero…..wattpad y los tards no me dejarían en paz 😑 así que ni modo.
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