Leer Novelas
  • Completado
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
Avanzado
Iniciar sesión Registrarse
  • Completado
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
  • Configuración de usuario
Iniciar sesión Registrarse
Anterior
Siguiente

Waifu yandere(Collection) - Capítulo 141

  1. Inicio
  2. Todas las novelas
  3. Waifu yandere(Collection)
  4. Capítulo 141 - 141 Scathach part 2 fgo
Anterior
Siguiente
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo

141: Scathach part 2 fgo 141: Scathach part 2 fgo Advertencia ⚠️ ⚠️ Futuro contenido para mayores 18 leer bajo su propio criterio Advertencia contenido grafico de violencia y Advertencia ⚠️ temas cuestionables y sensibles se sugiere que si no es de su agrado salga de aquí y de paso aclaro que personajes o imágenes no me pertenecen crédito a sus autores.

Agrego personajes no me pertenecen.

Imágenes y personajes no me pertenece crédito a sus autores.

Advertencia este capítulo contiene escenas para mayores y lenguaje bulgar están advertidos.

_________________________________________________________________ Scáthach miró feliz a su maestro mientras emergía del lago, el agua deslizándose por su piel como espejos rotos de plata, cargando orgullosa sobre su espalda a una bestia marina que había cazado.

Sus ojos brillaban de satisfacción, como si hubiera conquistado un trofeo digno de los héroes que escuchaba en los relatos.

La arrojó a tierra con un golpe seco, plantándose frente a Tn, esperando la aprobación que tanto deseaba.

El druida soltó una breve risa, una de esas que nunca eran demasiado sonoras, pero que bastaban para suavizar sus facciones serias.

—Ve a vestirte y a secarte, muchacha.

Yo me encargaré de cocinarla.

Scáthach infló las mejillas, haciendo un puchero infantil que no concordaba con la fiereza de la presa que acababa de arrastrar.

Sin embargo, acató el pedido, caminando hacia sus ropas y lanzas.

Aunque le costara admitirlo, disfrutaba esos momentos: obedecerlo en lo simple, sabiendo que en el campo de batalla era ella quien buscaba rebelarse contra sus palabras.

Llevaban ya un buen tiempo juntos, vagando por las llanuras vírgenes de la antigua Irlanda, donde los ríos eran aún jóvenes y los bosques respiraban con la voz de los dioses.

Allí no había reyes ni castillos, solo tribus dispersas, druidas errantes y héroes que nacían en las sombras.

Cuando terminó de vestirse, ajustando sus lanzas en la espalda, sus ojos se posaron en Tn.

Él había encendido la fogata y preparado un caldero de metal cubierto con runas talladas que brillaban suavemente.

Con calma, el druida arrojaba trozos de carne de la bestia y hierbas que desprendían un aroma penetrante.

El humo ascendía en espirales, como si también rezara plegarias.

-Tá boladh chomh maith sin air, táim cinnte go mbeannaí na déithe sinn.-.

-Maestro sigo sin entender el lenguaje druida……-.

Tn solo se rio un poco su alumna era una genio en muchas areas, pero era joven y despistada siempre tratando de ir de frente y esperando palabras que llenaran su orgullo.

Scáthach se sentó a su lado, mirando con fascinación.

Sus labios se humedecieron al imaginar el sabor, y no pudo evitar lamerse los labios como un lobo hambriento.

Para ella, en ese momento, no había más necesidad que aquellas dos cosas: su maestro y sus lanzas.

Nada más.

Tn le tendió un cuenco rebosante de sopa, y la joven comenzó a devorarlo sin miramientos, sorbiendo y masticando con una rapidez salvaje.

Un ligero golpe en la cabeza la sacó de su trance.

—Ten respeto durante la comida —le reprochó el druida, sin dureza pero con firmeza.

Scáthach se sobó la frente, frunciendo el ceño.—El respeto se gana… ante el más fuerte —replicó, orgullosa, con una sonrisa traviesa.

Tn la miró fijamente.

—Y aún así, hasta el más fuerte necesita humildad.

Ella bufó, apoyando el cuenco contra sus rodillas.—Humildad… solo es un adorno para quienes no pueden ser fuertes.

—Murmuró apenas, sabiendo que él escucharía.

El druida soltó un suspiro.

Siempre había sido así: una voluntad indómita, que chocaba contra su sabiduría como las olas contra la roca.

Sin embargo, era en ese choque donde se estaba forjando algo nuevo.

—Mañana seguiremos nuestro viaje —dijo al fin, mientras removía la sopa en el caldero—.

Podríamos hacer una parada en el pueblo de Leinster.

El nombre hizo que Scáthach meditara en silencio.

Leinster… apenas sabía de él.

Una tierra donde las tribus habían comenzado a organizarse en algo parecido a un reino, un lugar donde los bardos decían que los dioses aún caminaban en la tierra, confundidos entre los hombres.

Y por primera vez en esa noche, el brillo en los ojos de Scáthach no era de hambre ni de orgullo.

Era de expectación.

Luego del festin de la carne de la bestia.

Durante la noche, acostada junto al calor de la fogata, Scáthach permanecía despierta, con los ojos fijos en el cielo nocturno.

El brillo de las estrellas parecía burlarse de su desvelo, como si cada una fuera testigo de lo que callaba.

Finalmente, sin apartar la vista, preguntó con voz apenas audible:.

—¿Cuándo… perderé mi pureza?.Sus ojos crmesi miraron a su mentor expetante.Tenia un deseo una suplica que desde que la salvo a querido cumplir.

Pero era inexperta en cualquier habilidad de la complaciencia.Una virgen en toda regla sin conocimiento.

Tn, que descansaba recargado contra un tronco, entreabrió los ojos.

No era una pregunta que no esperara algún día, pero aún así, dolía escucharla de labios tan jóvenes y cargados de deseo.

Su respuesta llegó serena, como todo lo que salía de su boca.

—Soy un druida, Scáthach.

Y los druidas estamos atados a votos.

Mi vida entera se rige por un geas.

Hace muchos años prometí no formar ese tipo de lazos, salvo con una persona que cumpliera ciertas condiciones.

Condiciones que no puedo revelar… ni siquiera a ti.

Una forma sutil de ganar poder.

Puede tratarse de un deber que se debe cumplir o de una acción que está prohibida.

La observancia de un geas puede traer consigo poder, bendiciones o la realización de un deseo.

En algunos casos, se puede comparar a una maldición, donde el incumplimiento lleva a resultados fatales.

Ais que no se iba a arriesgar a una maldicion solo por tener sexo con su alumna.

Scáthach giró el rostro para mirarlo, esperando aunque fuera una grieta en esa máscara de calma, un indicio de que sus sentimientos no eran inútiles.

Pero no encontró más que la sombra firme de un hombre que parecía cargar siglos sobre sus hombros.

—No es que no te aprecie —añadió Tn, bajando la mirada hacia el fuego—.

Pero hay un camino que aún no estoy dispuesto a recorrer.

Ella se quedó en silencio.

Sus labios temblaron, mas no respondió.

Volvió a mirar el cielo, buscando refugio en el mismo lugar que le había dado la pregunta.

Por dentro, sentía un nudo apretándole el pecho.

Se esforzaba tanto… cada entrenamiento, cada herida, cada hora de estudio.

Todo para volverse digna de estar a su lado, de compartirlo todo.

Y aun así, las palabras de su maestro habían sonado como un muro imposible de escalar.

Era un amor que se volvía doloroso, un filo invisible que se hundía en su orgullo.

Con el corazón oprimido, simplemente se dio la vuelta, acomodándose de espaldas a él.

No derramó lágrimas, aunque la tristeza amenazaba con salir.

Cerró los ojos y buscó el sueño, sabiendo que al amanecer tendrían que marchar pronto.

El pueblo de Leinster los esperaba, y su objetivo allí sería simple: conseguir provisiones, intercambiando pieles, colmillos y minerales de las bestias cazadas.

En el silencio que quedó, solo el crujir del fuego acompañaba a los dos.

Tn, aún despierto, miró a la espalda de su alumna, y en lo profundo de sí, sintió el peso de la contradicción.

Sabía que con cada día que pasaba, el vínculo entre ambos crecía… y que las condiciones de su geas algún día serían puestas a prueba.

.

.

.

Amanecer.

Al amanecer partieron, y en su camino pronto encontraron más bestias que emergían de los bosques y colinas.

-Tsk yo me encargare maestro-.Su postura se cambio por una curbada mientras tomaba sus lanzas.

-Recuerda prudencia,no subestimes al enemigo-.El druida cerro un ojo mirando a las bestias, media que tan peligrosas serian, sus dedos apenas trazaron runas en caso de que tuviera que liberar su fuerza.

Scáthach, con la misma furia que ardía en su pecho, aplacaba sus emociones con la violencia del combate.

Cada salto, cada giro, era una danza feroz; esquivaba garras y colmillos con la ligereza de una sombra, mientras sus lanzas gemelas de mineral verde cortaban el aire y derribaban a sus enemigos.

Su corazón palpitaba con fuerza, la pupila de sus ojos brillaba con un fulgor extraño, y su aliento se escapaba en jadeos que eran mezcla de esfuerzo y éxtasis.

La batalla le daba algo que nada más parecía otorgarle: una vía para liberar la intensidad que la devoraba por dentro.

La lujuria negada era…delirante.

Desahogaria sus emociones con lo que tubiera de frente.

Entonces, una de las criaturas, enorme y torva, cargó contra ella con violencia.

Scáthach no retrocedió; en cambio, aprovechó la embestida para impulsarse, lanzándose al cielo en un salto imposible.

El viento agitó su cabello, y por un instante contempló el cielo azul, inmenso, como si en él pudiera grabar su destino.

“Tan hermoso”.Murmuro apenas entre cerrando sus ojos, sus manos aflojaron el agarre en sus lanzas,el viento martillaba sus oidos.

Fue allí, en ese momento suspendido en el aire, donde tomó su decisión.

Si su maestro tenía un geas que le impedía corresponderla, entonces ella tendría el suyo propio.

Con la voz de su corazón, dictó un juramento que los dioses escucharían.

“Perderé mi pureza con mi maestro antes de que cumpla veinte inviernos.

Si no lo hago, mi corazón se detendrá y moriré.”.

Un vínculo sagrado, una condena voluntaria.

Una geasa tejida no por los druidas, sino por el deseo y la obstinación de una joven que había conocido demasiado pronto el filo del amor.

Un amor tan delirante que nublaba toda emocion.

Scáthach descendió como un rayo, clavando sus lanzas en la bestia con tal fuerza que el suelo tembló.

El monstruo lanzó un bramido agónico antes de desplomarse bajo ella.

La joven exhaló un suspiro entrecortado, mezcla de alivio y furia, y levantó la vista.

Sus ojos se encontraron con los de Tn, que había observado la batalla desde unos pasos atrás.

El druida no entendía del todo lo que había visto.

No era el triunfo lo que marcaba el rostro de su alumna, sino una tristeza profunda, un velo que ensombrecía su victoria.

Por un instante, Tn pensó que había algo en esa mirada que le recordaba a los demonios peligrosos en el mar, a esos mosntruos que los hombres y mujeres pronunciaban sin saber el precio que exigían.

Scáthach, jadeante, apartó la vista, temiendo que en sus ojos se reflejara la verdad de su decisión.

Pero en su pecho ya estaba escrito: había sellado su destino con palabras que ni los dioses olvidarían.

El cabello cubrió parte del rostro de Scáthach, ocultando la sombra de tristeza en su mirada.

Se limitó a decir con voz firme.

—Podemos seguir nuestro camino.

Tn suspiró al ver el desorden dejado por las bestias, aunque no insistió en lo que había notado en ella.—De acuerdo… sigamos —murmuró, y emprendieron la marcha hasta que, horas después, alcanzaron el pueblo.

Al entrar, Scáthach se tensó.

Sentía un cosquilleo incómodo en la nuca.

Después de meses de soledad con su maestro, ver tantas personas reunidas, reír, discutir y comerciar en el mercado, le resultaba extraño… casi ajeno.

Y, peor aún, le recordaba demasiado a su antigua aldea.

Su pecho se oprimió un instante.

Caminaron entre los puestos, mientras Tn intercambiaba las partes de bestias cazadas por sal, harina y telas.

Scáthach, un poco apartada, detuvo su andar cuando una luz roja llamó su atención.

Una joya colgaba de un puesto de mercader: un colgante con una piedra pulida, de la cual se dibujaba lo que parecía ser una runa sellada en su interior.

La tomó entre sus dedos.

—Maestro… —dijo en un murmullo casi inaudible, como si no quisiera confesarlo del todo—.

Es… bonita.

Tn giró y la miró, arqueando una ceja al verla sonrojarse apenas.

Luego, sonrió de lado.—Así que todavía puedes comportarte como una muchacha normal.

Pensé que solo pensabas con la cabeza caliente.

—¡N-no es eso!

—replicó ella, apretando la piedra contra su pecho.

El druida rió suavemente, sacando algunas pieles más de su bolsa y entregándolas al mercader.

—Está bien.

La llevaremos.

Cuando se la colocó en el cuello, Scáthach bajó la cabeza para ocultar su sonrisa, pero sus ojos brillaban como cuando derribaba a una bestia.—Gracias, maestro… —susurró, acariciando el colgante—.

Lo guardaré siempre.

—Ten cuidado con esa piedra —advirtió él con tono más serio—.

Está grabada con un vestigio de magia rúnica.

No es peligrosa, pero tampoco es un simple adorno.

Ella asintió sin dejar de sonreír, disfrutando como una niña de un pequeño capricho cumplido.

Con los intercambios terminados, Tn se giró hacia ella.

—Bien.

Tenemos lo que necesitamos.

¿Quieres dar un paseo?

El pueblo es grande, quizá encuentres algo más que te guste.

Scáthach, aún acariciando su joya, apartó la mirada con un leve rubor.

—No me importa… mientras tengamos entrenamiento.

El druida soltó un bufido divertido.

—Siempre tan obstinada.

Ella bajó la voz, como hablando para sí misma, aunque sus labios dibujaron una sonrisa triste.

—Obstinada… y decidida.

Porque en su interior, lo único que deseaba era avanzar en su entrenamiento, en su cercanía con él… y acercarse cada vez más a la meta impuesta por su propio geas.

Caminaron por el lugar con Scáthach recibiendo miradas de hombres y jóvenes.

Su porte, sus ojos intensos y aquella belleza exótica que irradiaba la hacían destacar demasiado entre las demás.

Muchos quedaban prendados, aunque no fuese solo por su apariencia: las lanzas verdes que llevaba consigo gritaban que no era una doncella común, sino una guerrera.

Sin embargo, Scáthach sintió un temblor en su ojo cuando notó algo más: mujeres y doncellas que miraban a su maestro con sonrisas insinuantes, algunas incluso fingiendo dejar caer cántaros de agua solo para cruzar su camino.

Aquello le revolvió el pecho.

Apretó las manos contra los astiles de sus lanzas.

La única razón por la que no hundió las armas en el suelo, a modo de advertencia, fue porque se repitió una y otra vez la idea que la mantenía firme: “Él tiene un geas… un voto que lo ata, un sello que no le permitirá estar con otras mujeres.

Solo yo… solo yo podré romper ese destino.”.

—Podríamos quedarnos un tiempo en este pueblo —mencionó Tn con naturalidad, observando a su alrededor—.

Aquí los druidas son respetados.

Podría impartir consejo o sabiduría, ayudar a quienes lo necesiten.

Scáthach ladeó la cabeza, murmurando con un deje de burla en su tono—Nadie aquí es digno de tu sabiduría, maestro.

Todos me parecen… demasiado comunes.

El druida lanzó un suspiro paciente, el mismo que ya se había vuelto costumbre con las impertinencias de su alumna.

—Eso no lo decides tú, niña.

Incluso la persona más humilde puede necesitar guía.

Ella bufó y clavó la mirada en las baldosas de piedra, como si quisiera perforarlas.

No soportaba la idea de compartir a su maestro con desconocidos.

—Buscaré un lugar donde alojarnos —continuó Tn, evitando alargar la discusión.

Scáthach lo miró de reojo, con un leve sonrojo pintando sus mejillas.

Una oportunidad, pensó, mordiendo suavemente su labio.

Quería aprovechar cualquier instante para estar a solas con él… para recordarle que, más allá de ser su alumna, su destino estaba entrelazado con el suyo.

Pero entonces, como una cruel traición de su cuerpo, un gruñido profundo escapó de su estómago.

Scáthach se quedó inmóvil, con las mejillas ardiendo, y su maestro la miró con una sonrisa contenida.

—Veo que antes de buscar cama, lo mejor será buscar comida —comentó con calma.

—N-no es necesario… yo puedo resistir… —masculló ella, girando el rostro.

—No seas testaruda —respondió él, sin darle opción—.

Una guerrera también debe aprender a cuidar de su cuerpo.

Scáthach infló las mejillas, pero terminó asintiendo con un leve puchero, siguiendo a su maestro entre la multitud, mientras sus pensamientos oscuros seguían dando vueltas alrededor de las miradas de aquellas doncellas y el brillo rojo de la joya que descansaba en su cuello.

Se dirigieron a comer a una posada, pidiendo comida.

La cantinera les sirvió estofado de jabalí, y Scáthach tenía sus ojos brillando.

Un pequeño defecto que había adquirido era el de disfrutar demasiado de la comida; no importaba qué platillo fuera, ella lo saborearía con auténtico deleite… pero solo si lo compartía con su maestro.

Había algo casi infantil en la forma en que sostenía la cuchara, esperando que él probara antes de llevarse un bocado a la boca, como si necesitara de esa aprobación silenciosa para que el sabor fuese completo.

Las mujeres que se acercaban a Tn, sin embargo, arruinaban aquel momento íntimo.

Una tras otra, jóvenes curiosas y sirvientas de la posada pasaban junto a su mesa con sonrisas demasiado cordiales.

Scáthach, con la paciencia de una cazadora, disimulaba su irritación, aunque la marca en su ceño y la rigidez en sus labios eran visibles.

La joven aprendiz, con instinto asesino, estuvo a punto de gruñir y sacar sus lanzas, de no ser porque su mentor le pidió con calma que se comportara.

Ella bajó la mirada, obediente en apariencia, pero su mano temblaba ligeramente bajo la mesa.

—Lo intento, maestro… pero ellas… —murmuró con voz apenas audible, como una amenaza disfrazada de súplica.

Para Tn, la escena podía parecer divertida: su estudiante, luchando internamente como una niña caprichosa.

Pero Scáthach no lo veía de esa manera.

Para ella, cada sonrisa de otra mujer dirigida a su maestro era un insulto, un atrevimiento que debía pagarse con sangre.

Solo el respeto hacia él contenía sus impulsos.

Cuando una de las meseras dejó la jarra de vino con una mano que rozó demasiado el brazo de Tn, el corazón de Scáthach se contrajo.

Sus ojos rojos brillaron con intensidad letal, y en un abrir y cerrar de ojos, la punta invisible de sus lanzas ya estaba apuntando al pecho de la pobre muchacha.

Nadie en la posada se percató, excepto Tn, que con un suspiro colocó una mano sobre la suya para obligarla a desvanecer el arma.

—Scáthach —dijo en tono firme, casi como un recordatorio—.

Ya te dije que no es necesario.

Ella lo miró directamente, su expresión entre frustración y devoción absoluta.

—¿Y qué harías si alguien intentara apartarme de tu lado, maestro?

La pregunta quedó en el aire, cargada de una intensidad peligrosa, mientras la posada seguía con la alegre rutina de risas, platos y conversaciones… ajenos al filo invisible de una tragedia que Scáthach apenas contenía bajo la superficie.

____________________________.

siguiente en llegar.

kukulkan parte 2.

blake parte 3.

yanagi parte 2.

renner overlord parte 1.

stelle parte 1.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

Anterior
Siguiente
  • Inicio
  • Acerca de
  • Contacto
  • Política de privacidad

© 2025 LeerNovelas. Todos los derechos reservados

Iniciar sesión

¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

Registrarse

Regístrate en este sitio.

Iniciar sesión | ¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

¿Perdiste tu contraseña?

Por favor, introduce tu nombre de usuario o dirección de correo electrónico. Recibirás un enlace para crear una nueva contraseña por correo electrónico.

← Volver aLeer Novelas

Reportar capítulo