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Waifu yandere(Collection) - Capítulo 144

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144: tsukishiro yanagi part 2 zzz 144: tsukishiro yanagi part 2 zzz Advertencia ⚠️ ⚠️ Futuro contenido para mayores 18 leer bajo su propio criterio Advertencia contenido grafico de violencia y Advertencia ⚠️ temas cuestionables y sensibles se sugiere que si no es de su agrado salga de aquí y de paso aclaro que personajes o imágenes no me pertenecen crédito a sus autores.

Agrego personajes no me pertenecen.

Imágenes y personajes no me pertenece crédito a sus autores.

Advertencia este capítulo contiene escenas para mayores y lenguaje bulgar están advertidos.

______________________________________________ Tn regresaba con Soukaku en brazos.

La pequeña Oni seguía temblando, con el cuerpo en tensión como un animal acorralado.

Apenas cruzaron el umbral del refugio, él la depositó con cuidado en el viejo sofá, cubierto con mantas gastadas.

La chica lo miraba con desconfianza, sus ojos de un azul tenue fijos en cada movimiento, como si esperara que en cualquier momento se volviera contra ella.

Tn no pronunció palabra.

Caminó directo al mueble donde guardaba un botiquín de primeros auxilios.

El sonido metálico de la bisagra al abrirse llenó el silencio, y al volver junto a Soukaku, abrió una botella de desinfectante.

Empapó un paño y lo apoyó sobre una de las heridas de la Oni.

Ella siseó por el ardor, encogiéndose, pero no apartó la pierna.

—¿Q-Quien eres?

—preguntó en un murmullo, con la voz quebrada.

Tn la ignoró.

Ni siquiera levantó la mirada de la herida.

Sus manos se movían con precisión militar, firmes, acostumbradas a tratar cortes y quemaduras propias.

Él tampoco entendía por qué estaba haciendo esto.

No tenía motivos.

Había tenido cientos de oportunidades de dejarla a su suerte.

Sin embargo, ahora estaba vendado cada uno de sus cortes, como si esa pequeña Oni fuera un soldado bajo su cuidado.

Soukaku observó cada gesto en silencio, hasta que por fin él cerró el botiquín y se levantó.

—G-Gracias… eres muy callado, pero amable —dijo, esbozando una leve sonrisa, tímida pero tenia un toque de sinceridad.

Tn no respondió de inmediato.

Sus ojos la recorrieron en un instante, pero lo que realmente percibía era el olor.

La leve brisa de la sangre Oni.

Ese instinto cazador aún palpitaba en su interior como una bestia enjaulada, recordándole lo que ella era: un objetivo, no una persona.

“Una Oni… Una Oni…” se repetía.

Pero ese rostro, su mirada agradecida pese al miedo, lo hacía dudar.

Se sentó en el borde del sofá, apartando la vista.—Puedes dormir aquí —murmuró, su voz áspera y baja—.

Mañana veremos de dónde vienes.

Soukaku parpadeó y luego bajó la cabeza.—Vivía… con la señorita Yanagi, en el distrito de Nueva Eridu.

Tn ladeó el rostro, sorprendido.—¿Yanagi?

—repitió, como si probara el nombre.

Soukaku jugueteó con los dedos, incómoda.—Sí… pero no… no sabría volver.

Cuando escapé, me perdí.

Nunca podría salir de este barrio sola….

El silencio se hizo pesado.

Tn meditó en voz baja, casi para sí mismo.—Yanagi… la mujer con sangre Oni… la que logró firmar el tratado de paz.

La posibilidad era clara: esa pequeña Oni estaba directamente vinculada a la figura central del pacto.

Si Yanagi realmente la cuidaba, entonces Soukaku era más que una simple niña perdida.

Era un eslabón delicado en una cadena política frágil.

Tn se reclinó en la silla cercana y exhaló un largo suspiro.

Estaba atrapado entre dos caminos: devolver a la chica y exponerse, o quedarse callado, mantenerla a salvo y vivir bajo la amenaza constante de ser descubierto.

Soukaku, ajena a la magnitud del dilema, se abrazó a una manta y lo miró desde el sofá.—Gracias otra vez… señor callado —susurró con ternura, antes de cerrar los ojos, dejándose vencer por el cansancio.

Tn la observó un instante más, en silencio absoluto.

El filo de su katana descansaba apoyado contra la pared, y en ese reflejo metálico vio su propio rostro endurecido.La ironía le arrancó un pensamiento fugaz: “El cazador de Onis… ahora cuidando a una.”.

Pero no lo dijo.

No lo admitiría.Al menos, no todavía.

Soukaku miró a su alrededor con curiosidad y cierta incomodidad.

Aunque estaba acostumbrada al departamento lujoso de Yanagi, lleno de colores claros, aroma a flores y muebles impecables, aquel lugar en el que había terminado ahora tenía un aire distinto.

No estaba sucio ni desordenado, pero cada rincón parecía marcado por un tono gris, frío, casi tétrico.

Las paredes desnudas, el suelo de concreto y las luces opacas transmitían la sensación de una guarida, no de un hogar.

Intentó moverse, pero los cortes en su piel, producto de los vidrios rotos, le hicieron soltar un gemido ahogado.

El ardor punzante le recordó lo cerca que había estado de perderlo todo.

—Descansa —murmuró Tn con voz baja, grave, sin apartar la mirada de la penumbra de la habitación—.

Luego pensaremos qué hacer.

Soukaku lo miró fijamente, con esos grandes ojos azulados que parecían intentar leer más allá de su silencio.

—Señor callado… ¿de verdad estoy a salvo aquí?

Tn ladeó un poco la cabeza, exhalando un suspiro.—No me llamo “señor callado” —respondió seco, pero sin dureza—.

Y sí, puedes descansar tranquila.

Nadie se atreverá a venir por ti.

Eso puedo asegurarlo.

La pequeña Oni volvió la vista hacia la katana apoyada detrás de él, y sus labios dibujaron una tenue sonrisa.

—Tal vez… seas alguien muy fuerte.

Sus palabras eran simples, pero cargadas de una ingenuidad genuina que desarmaba a cualquiera.

Para Soukaku, aquel hombre que apenas hablaba, que la había cargado en brazos y la había salvado de un destino cruel, no parecía un monstruo ni un soldado implacable.

Era alguien extraño, distante, pero había sido amable, y en su mundo eso significaba mucho.

Soukaku nunca había pensado demasiado en la maldad más allá de lo que sabía de la guerra.

Entendía que en los conflictos siempre había horrores: muertes, traiciones, hambre.

Eso era lo normal de una guerra.

Pero ahora, en tiempos donde supuestamente la paz debía predominar, había visto otra cara más oscura.

Ser capturada, vendida, utilizada… la realidad la golpeaba con crudeza.

El mundo podía ser mucho peor de lo que creía.

Se recostó con cuidado en el sofá, dejando que la manta cubriera su cuerpo pequeño.

Al mirar a Tn sentado a su lado, inmóvil como una estatua, sintió un extraño alivio.

—…Oye, señor callado —susurró de nuevo, con un tono más juguetón pese a su cansancio—.

¿Me dirás tu nombre?

Tn giró lentamente la cabeza, sus ojos apagados y serenos se cruzaron con los de ella.

Un breve silencio llenó la sala.

—Dime Tn —respondió al fin, en un murmullo bajo.

Soukaku sonrió, cerrando poco a poco los ojos mientras el sueño comenzaba a vencerla.

—Tn… suena bien… entonces… buenas noches.

El cazador permaneció en silencio, observándola quedarse dormida, envuelta en esa calma tan frágil que parecía imposible en un mundo como el suyo.

Por primera vez en mucho tiempo, Tn no pensó en batallas, ni en sangre, ni en venganza.

Solo en aquella pequeña Oni, que había pronunciado su nombre como si fuera algo importante.

Tn suspiró profundamente, se levantó del suelo y tomó una manta vieja doblada en un rincón.

Con movimientos tranquilos la extendió sobre el cuerpo pequeño de Soukaku, que ya respiraba acompasada en un sueño frágil.

Luego, como un guardián silencioso, se quedó cerca de la entrada, apoyando la espalda contra la puerta, con la katana a un lado.

No cerró los ojos; dormitar era un lujo que hacía tiempo no se permitía.

.

.

.

Mientras tanto, en otro rincón de Nueva Eridu, Yanagi empujaba la puerta de su departamento con evidente cansancio.

Se quitó los tacones con un gemido de alivio, extendiendo los pies adoloridos.

La rutina interminable en la estación 6 la estaba desgastando, pero al menos sabía que Soukaku la esperaba en casa.

—¡Soukaku!

—llamó desde la entrada, sacudiendo una bolsa de comida que había comprado de camino—.

Traje algo para cenar.

Esperó escuchar los pasitos rápidos de la pequeña Oni corriendo hacia ella, o al menos su voz quejumbrosa.

Pero nada.

El silencio fue lo único que le respondió.

Yanagi arqueó una ceja.

“Seguro sigue molesta conmigo…”, pensó.

No era raro; Soukaku llevaba días rogándole que la sacara a pasear, y Yanagi nunca tenía tiempo.

Suspirando, dejó las bolsas sobre la mesa y se dirigió al baño.

Después de una ducha rápida, más relajada, salió con el cabello húmedo y una toalla en el cuello.

Sin embargo, notó que la comida seguía intacta sobre la mesa.

Frunció el ceño.”Qué raro… a esta hora Soukaku ya habría comido aunque estuviera enojada.”.

El aire se sintió más pesado.

Caminó hacia la habitación de la niña y tocó suavemente la puerta.—Soukaku… ¿estás ahí?

El silencio la golpeó otra vez.

—Mira, sé que estás molesta… pero cuando tenga un día libre podríamos salir a pasear.

¿Te gustaría?

—dijo, intentando sonar cálida, conciliadora.

Nada.

Ni un murmullo.

La inquietud se transformó en un nudo en su pecho.

Yanagi giró la perilla y empujó la puerta lentamente.

La habitación estaba vacía.

La cama deshecha, la ventana cerrada, ningún rastro de Soukaku.

El corazón de Yanagi se detuvo un segundo, y sus ojos se abrieron con un brillo de alarma.—…No… no puede ser….

La bolsa de la cena resbaló de su mano y cayó al suelo.

Un escalofrío recorrió su espalda mientras sus pensamientos se agolpaban a toda velocidad.

¿Dónde estaba Soukaku?

¿Cuánto tiempo llevaba desaparecida?

¿Por qué no había notado nada antes?

Se apresuró a recorrer el departamento, revisando cada rincón con la esperanza de encontrarla escondida, jugando, o durmiendo en un sitio extraño como hacía a veces.

Pero no estaba.

Soukaku no estaba.

Yanagi apoyó una mano en la pared, respirando agitadamente, el miedo le comprimía el pecho.—No… ¡no!

—su voz tembló—.

¡Soukaku!

La realidad golpeaba como un martillo: la niña había desaparecido, y ella no sabía desde cuándo.

-!Puta madre!-.

Yanagi entró en pánico.

Apenas comprendió que Soukaku no estaba, corrió de un lado a otro, se vistió apresuradamente y comenzó a preguntar a cada vecino en el edificio si la habían visto.

El corazón le martillaba con tanta fuerza que sentía que se le iba a salir del pecho.

Subió y bajó las escaleras, recorrió los pasillos como una sombra frenética, y en cada esquina gritaba con voz quebrada.

—¡Soukaku!

¡Soukaku!

Las miradas de los residentes eran de desconcierto, algunos molestos por el alboroto, otros curiosos, pero todos respondieron lo mismo: no habían visto a la pequeña Oni en todo el día.

La impotencia se transformó en un peso insoportable.

Fuera del edificio, corrió por las calles cercanas.

Sus botas resonaban en el pavimento húmedo, la garganta le ardía de tanto gritar su nombre.

Pero nada, ni una pista.

La niña parecía haberse desvanecido.

La desesperación la empujó a sacar su comunicador y llamar a la estación de policía de Eridu.

Con voz temblorosa pero firme, emitió una búsqueda de emergencia.

Sin embargo, el operador le explicó que el recién formado Departamento de Seguridad Pública apenas tenía recursos; la infraestructura era débil, pocos agentes, protocolos a medio construir.

La búsqueda sería lenta, demasiado lenta.

Y mas si se trataba de una Oni.

Yanagi apretó los dientes, la rabia mezclada con el miedo le llenaban los ojos de lágrimas que se negaba a dejar caer.

Colgó y llamó a la estación 6.

Allí encontró oídos más atentos, pero también limitaciones.

Sus compañeros, leales y preocupados, prometieron ayudarla, incluso su propia capitana.

Pero cuatro personas no bastaban para una ciudad entera.

Y menos si Soukaku había sido llevada a otro distrito.

La situación era un laberinto imposible: si algo le pasaba a Soukaku, no solo cargaría con la culpa personal… la tregua con los Onis podría derrumbarse.

Soukaku era una figura simbólica, una pieza viva de aquel frágil tratado de paz.

Una desaparición podía interpretarse como negligencia, o peor, como un ataque premeditado contra los Onis.

Yanagi lo sabía demasiado bien: si los altos mandos se enteraban, no tendrían piedad con ella.

La acusarían de incompetente, le quitarían todo lo que había construido y probablemente la convertirían en chivo expiatorio para proteger la imagen del gobierno.

Se detuvo en medio de la calle, respirando agitadamente, sintiendo que el mundo se cerraba sobre ella.

El eco de su propio grito aún vibraba en su garganta:.

—¡Soukaku… ¿dónde estás?!

Las luces de neón de Nueva Eridu titilaban como si se burlaran de su desesperación.

El reloj corría en su contra, y cada minuto que pasaba la distancia entre ella y Soukaku podía volverse irrecuperable.

Algo desesperada, Yanagi comenzó a buscar más por la ciudad.

Subió a su auto, encendió el motor con manos temblorosas y salió disparada a toda velocidad, las luces de los postes y los anuncios de neón se reflejaban en el parabrisas como destellos burlones.

Cada esquina recorrida le pesaba en el corazón, cada calle vacía era un golpe a la esperanza.

Frenaba bruscamente, se bajaba del coche y gritaba con toda la fuerza de sus pulmones el nombre de la pequeña Oni.

—¡Soukaku!

¡Soukaku, respóndeme!

El eco se perdía en la vastedad de Nueva Eridu, rebotando entre los muros y desapareciendo en el aire nocturno.

La ciudad estaba viva, pero indiferente a su sufrimiento.

Ahora, como nunca antes, se arrepentía.

¿Por qué demonios había sido tan obstinada en negarle un teléfono a Soukaku?

“Una niña no debería tener uno”, se había dicho.

“No lo necesita, sería tonto.” Excusas que en ese instante le parecían estúpidas, crueles y no queria lidiar con la oni en caso de que encontrara pornografia n alguna pagina rara.

Si Soukaku tuviera un medio para comunicarse, quizá estaría llamando en ese mismo instante, quizá todo sería distinto.

Yanagi se sujetó el cabello con ambas manos, luchando contra el nudo en su garganta.

Sus ojos se humedecieron, pero no podía darse el lujo de llorar.

No ahora.

Tenía que moverse.

Mientras pensaba, un par de Bangboo patrullaban por la acera cercana, moviéndose con sus pasos cortos.

Corrió hacia ellos casi tropezando y les pidió ayuda, desesperada.

Las pequeñas máquinas voltearon a verla con sus ojos digitales parpadeando, intercambiaron pitidos y murmullos entre sí, hasta que uno contestó con voz metálica.

(Nt: meh me intercambiare en hablar normal y hablar bangboo,Su forma de comunicación más común son gruñidos que se escriben como “Ehn-ne” en el texto del juego.

Para que los personajes humanos entiendan lo que dicen los bangboo, necesitan un dispositivo traductor.

Algunos bangboo tienen la capacidad de hablar otros idiomas, y esta habilidad se puede potenciar a través de mejoras.

).

—No hemos visto a ninguna niña Oni en esta zona.

Yanagi maldijo por lo bajo y se apartó, suspirando con rabia contenida.

Su propia mente le recordó que ella no era una simple civil: era soldado, era miembro de Seguridad Pública.

Tenía que recuperar el control, dejar de perder la calma y pensar como lo que era.

Cerró los ojos por un segundo, apoyándose en el auto mientras respiraba hondo.

Piensa.

¿A dónde iría Soukaku?

¿A dónde irías tú si estuvieras en su lugar?

Soukaku siempre pedía lo mismo: quería pasear por la plaza principal, ver las luces del cine, o pasar un día en el parque de diversiones.

Lugares llenos de vida, ruido, movimiento.

Eso era lo que ella anhelaba.

Yanagi miró el reloj en el tablero del coche: casi la una de la madrugada.

A esa hora, la mayoría de los lugares estarían cerrados… pero quizá la plaza principal todavía guardaba algún rastro, alguien que la hubiese visto, una pista olvidada.

Con un rugido del motor, giró el volante y se lanzó hacia el centro de la ciudad.

Su plan era claro: revisaría la plaza primero, preguntaría a quien estuviera aún despierto, seguiría cualquier rastro, por pequeño que fuese.

No podía dejar que la oscuridad de la ciudad se tragara a Soukaku.

No mientras aún le quedara aliento para buscarla.

.

.

Mientras tanto, en el refugio, Tn seguía en su puesto de guardia.

La katana descansaba apoyada contra la pared, pero su mirada permanecía atenta a la entrada, vigilante.

Suspiró apenas, un sonido bajo, como si no quisiera romper la calma del lugar.

Giró el rostro hacia la pequeña Oni que dormía en el sofá, envuelta en la manta.

Aunque no lo admitiría en voz alta, algo de consuelo le trajo verla descansar en paz.

La ironía era amarga: entrenado para cazar y eliminar Onis durante la guerra, ahora estaba protegiendo a una de ellas.

El contraste lo hacía cerrar los ojos por un instante, como meditando sobre el cruel destino que lo arrastraba de un campo de batalla a otro.

Recordó entonces los rostros de sus camaradas.

¿Qué pensarían ellos si lo vieran ahora?

Tal vez lo maldecirían, tal vez lo acusarían de traición.

Pero ya casi no quedaban quienes pudieran decirlo: apenas siete sobrevivientes de todo un pelotón.

Siete de un ejército que había sido lanzado como carne de cañón contra el fuego infernal de los Onis.

Un trago amargo que aún no desaparecía de su garganta.Lo último que quería era encontrarse con alguno de ellos en estas calles sucias.

No porque tuviera miedo, sino porque temía las palabras que se cruzarían entre ellos.

Mientras tanto, en el club de lucha clandestino, Yuno expulsaba humo de su cigarrillo con tanta fuerza que parecía que quería ahogar su rabia en la ceniza.

Se apoyó contra la barandilla del segundo piso, mirando la arena vacía y a los hombres que lo observaban con la cabeza gacha, como perros regañados.

—Idiotas —escupió con el cigarrillo en la comisura de los labios—.

¿De dónde sacaron a esa maldita Oni?

¿Quién les dijo que trajeran basura que no podían controlar?

Los matones se miraban entre sí, sin saber qué responder.

Yuno gruñó, aplastó el cigarrillo contra la barandilla y arrojó el filtro aún humeante al suelo.

La sola imagen de Tn entrando con la katana en mano todavía lo incomodaba.

Porque una cosa estaba clara: si Tn había hecho el movimiento de irrumpir de esa forma, con la mirada de un depredador, era porque esa chica Oni tenía importancia.

Tal vez no lo admitiera, tal vez ni él mismo lo entendiera, pero algo lo había impulsado.

Y eso volvía la situación peligrosa.

Lo último que necesitaba la mafia era atraer la ira de un ex–cazador de Onis.

La influencia, el dinero, las conexiones… nada de eso servía contra esos hombres.

Todos sabían lo que eran.

Fueron entrenados para un único propósito: matar.

Para exterminar criaturas que podían arrancar edificios de raíz o destrozar pelotones enteros.

Un cazador de Onis no era un simple soldado:un solo individuo podía equivaler a quince agentes del Vacío en combate cerrado.Un solo cazador, bien armado y decidido, podía abatir un Kaiju Hollow si se le daba el terreno correcto.

Yuno lo sabía.

La mafia lo sabía.

Y ese conocimiento le daba un dolor de cabeza insoportable.

—Maldita sea, Tn… —murmuró entre dientes mientras encendía otro cigarrillo—.

Si piensas usar a esa chica para joderme, no tienes idea de lo que estás provocando.

________________________________.

(bien algo de tension antes de agregar lo yandere 7w7 porque bueno…yanagi no estaba loca para empezar pero con esto jejeje).

siguiente en llegar.

renner overlord parte 1.

stelle parte 1.

gilgamesh fem parte 1.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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