Waifu yandere(Collection) - Capítulo 145
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- Capítulo 145 - 145 Renner part 1 Overlord
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145: Renner part 1 Overlord 145: Renner part 1 Overlord Advertencia ⚠️ ⚠️ Futuro contenido para mayores 18 leer bajo su propio criterio Advertencia contenido grafico de violencia y Advertencia ⚠️ temas cuestionables y sensibles se sugiere que si no es de su agrado salga de aquí y de paso aclaro que personajes o imágenes no me pertenecen crédito a sus autores.
Agrego personajes no me pertenecen.
Imágenes y personajes no me pertenece crédito a sus autores.
Advertencia este capítulo contiene escenas para mayores y lenguaje bulgar están advertidos.
_______________________________________ Renner estaba feliz, ¿a quién engañaba?
Su expresión era de júbilo puro.
Ella ya había roto a su juguete Climb.
Había disfrutado cada instante de ello, como una niña que desarma con cuidado una muñeca para ver qué hay dentro, solo que con mucho más deleite en el sufrimiento.
Le divirtió tanto quebrarlo lentamente, alimentar esperanzas, prometer ternura y después arrancársela de golpe.
Sin embargo, ahora solo quedaba un cascarón vacío.
Una lástima que su querido perrito no resistiera más.
Se inclinó hacia el cuerpo frío, abrazándolo con delicadeza, como si aún estuviera vivo.
Sus dedos rozaban con ternura las facciones rígidas, y por un instante sintió esa nostalgia que pocos humanos podrían llamar amor.
Pero no lo era.
Era la añoranza de una dueña por un juguete favorito que terminó rompiéndose.
“Qué desperdicio…” suspiró, dejando un beso suave sobre la frente inerte de Climb antes de apartarse con fastidio.
La princesa se levantó con gracia, caminando por su habitación como si nada hubiera ocurrido.
El té aún humeaba en la mesa, aunque su aroma estaba impregnado de los fuertes analgésicos que ella misma había agregado con mano cuidadosa.
La escena era macabra en su normalidad: una hora del té, manteles limpios, porcelana delicada y el cadáver desplomado sobre la silla.
Todo fue limpiado, lo mejor que se pudo fue delirante.
Invitarlo a tomar el té para luego ultrajarlo.
-Pero el placer fue Ahh~ gratificante~.
El sonrojo y la picazón en su cuerpo delataba lo que de verdad podía hacer.
Lujuria.
Deseo.
Delirio.
¿Qué importaba si había profanado a Climb semiinconsciente, su pureza ya había sido arrebatada por ella misma hace tiempo?
El pequeño accidente al jugar demasiado consigo misma.
Renner miró su reflejo en la ventana.
La sonrisa angelical que mostraba ante todos había desaparecido.
Ahora sus labios se curvaban en una mueca de éxtasis.
Sus ojos azules, tan perfectos, tan “puros”, destellaban un abismo insondable, más cruel que cualquier demonio del infierno.
Allí no había tristeza, ni pérdida, solo la felicidad de quien ha saboreado hasta el último momento de su juego macabro.
Un toque en la puerta interrumpió su momento.
—Adelante —dijo suavemente, como si la estancia no estuviera perfumada por la muerte.
La figura de Demiurge entró con paso seguro.
Ajustó sus gafas con calma, y su mirada se deslizó por el desorden de la habitación.
El cadáver, el té, el rostro iluminado de la princesa.
Suspira con un dejo de ironía.
—Es la hora de lo acordado, princesa —su voz era firme, medida, sin reproche.
Renner sonrió con dulzura.
La máscara volvió a cubrirla, pero sus ojos brillaban con esa locura latente que solo Demiurge parecía encontrar interesante en un humano.
—Ya tengo todo el plan escrito para la señorita Albedo.
Cada movimiento, cada familia, cada noble…
todo caerá en su lugar —dijo, entregándole un documento perfectamente ordenado.
Demiurge hojeó las páginas, la sonrisa depredadora ensanchándose mientras avanzaba por la estrategia.
Con esto, el Reino de Re-Estize se hundiría más rápido de lo que Ainz-sama hubiera deseado aunque claro su amado lord supremo tendria un mejor plan, pero el era tan amable que delego su plan a sus humildes siervos.
—Excelente trabajo.
Es un placer contar con su cooperación —le dijo, inclinando levemente la cabeza.
Renner se arrodilló con un movimiento delicado, las manos entrelazadas sobre su regazo.
—El honor es mío.
Servirles es lo único que da sentido a mi existencia —su voz estaba teñida de fervor, pero sus ojos brillaban con otra clase de deseo—.
Entonces… ¿ya puedo elegir mi premio?
Demiurge ajustó de nuevo sus gafas, y en su sonrisa había algo que revelaba tanto diversión como peligro.
—La cámara de homúnculos está lista.
Tal y como prometimos, puede diseñar a su “juguete” a su entera voluntad.
Un recipiente humanoide, hecho para resistir cualquier cosa que desee imponerle… y, sobre todo, incapaz de romperse tan fácilmente como el anterior.Aunque claro si lo desea, podria romperlo y volver hacerlo.
Renner contuvo un escalofrío de placer.
La idea de moldear un nuevo ser, un “perrito perfecto” que nunca dejaría de obedecerla ni de pertenecerle, se clavó en su mente como un veneno delicioso.
—Entonces… —murmuró, con una sonrisa que mezclaba la inocencia de una doncella y la crueldad de un carnicero—, vamos a crear algo aún más divertido que Climb.
Y sus ojos, dos zafiros brillantes enmarcados en su rostro angelical, se hundieron en la oscuridad del abismo que la esperaba.
Demiurge chasqueó los dedos y, con un movimiento de su cola, llamó a Shalltear.
La vampiresa apareció con la gracia propia de un depredador disfrazado de doncella y, con un gesto elegante, abrió un portal de Gate que reveló los corredores subterráneos de Nazarick.
Renner avanzó con calma, como si fuera una princesa paseando por los jardines de su palacio, aunque en realidad se encontraba en el corazón de una tumba que devoraba toda noción de humanidad.
Los pasillos resplandecían con perfección sobrenatural, la arquitectura de un reino donde no existía error ni decadencia, solo el poder absoluto de Ainz Ooal Gown.
Ella caminaba ligera, sosteniendo con elegancia las faldas de su vestido blanco, su expresión angelical perfectamente colocada en el rostro.
Demiurge, siempre en control, iba delante de ella.
Su paso seguro la guiaba hacia el lugar donde recibiría su premio.
Tras varios corredores, llegaron a una cámara sellada con múltiples runas.
Al abrirse las puertas, un frío denso los envolvió: dentro aguardaba un lich, un no-muerto especializado en artes arcanas de creación y alteración.
—Princesa Renner —habló Demiurge con tono ceremonioso—, este servidor se encargará de asistirla en el diseño de su… juguete.
El lich inclinó la cabeza, sus ojos fosforescentes clavándose en ella con la neutralidad de un artesano.
Renner, radiante y sonriente, se inclinó también.
—Estoy profundamente agradecida por tan inmenso honor —dijo con suavidad, aunque sus ojos brillaban con excitación apenas contenida.
Ante ella, una larga mesa cubierta de encantamientos, instrumentos mágicos y grimorios abiertos esperaba.
El aire estaba impregnado de energía arcana, las runas brillaban como si palpitaran al ritmo de un corazón invisible.
—¿Tiene en mente alguna preferencia, princesa?
—preguntó el lich con voz hueca y serena.
Renner ladeó la cabeza, su sonrisa inocente transformándose poco a poco en algo más íntimo, más retorcido.
Se humedeció los labios con la lengua antes de responder.
—Sí… —dijo con dulzura, como quien recita una plegaria—.
Delgado, pero con músculos definidos… nada excesivo, solo lo justo.
De estatura media… unos centímetros más alto que yo.
Cabello claro, facciones inocentes… como si fuera un niño que necesita protección.
—Sus ojos se entornaron con un brillo febril—.
Y, por supuesto, un miembro grande.
El lich no reaccionó, simplemente tomó nota en una tablilla mágica, mientras Demiurge se limitaba a sonreír con un deleite irónico ante la crudeza con que Renner exponía sus deseos.
—Y lo más importante —continuó ella, su voz bajando a un susurro cargado de ansiedad—, quiero que posea una resistencia inhumana.
Que no se rompa nunca… que siempre se regenere, que aguante todo lo que le dé.
No quiero otro juguete que se quiebre….
El lich asintió y comenzó a preparar la magia.
Los cánticos guturales llenaron la sala, una sinfonía de ecos que parecían vibrar en el suelo mismo.
Runas flotaron en el aire, círculos arcanos se dibujaron en el suelo y la temperatura descendió aún más, como si Nazarick respirara alrededor de ellos.
Renner observaba embelesada, sus manos entrelazadas contra su pecho como una doncella que contempla la creación de un milagro.
Pero no era devoción lo que iluminaba sus ojos, sino deseo puro.
Se inclinó hacia delante, sus labios rojos curvándose en una sonrisa arrebatada.
—Será mío… —murmuró, lamiéndose los labios con un gesto lento y lascivo—.
Un amor incondicional… un afecto eterno… mi verdadera mascota.
Las energías arcanas se concentraban en un cristal que comenzaba a formar una silueta humanoide.
Cada palabra de Renner parecía fundirse con los cánticos, grabándose en el cuerpo que aún estaba por nacer.
El corazón de la princesa latía rápido, y por primera vez en años, se sintió viva.
Poco a poco, los tejidos, huesos y carne comenzaron a formarse.
El aire estaba cargado de magia; cada palabra del lich era un golpe que martillaba la carne en existencia.
Los hechizos eran arrojados uno tras otro, como piezas de un engranaje perfecto ensamblándose.
La masa informe fue tomando proporciones humanas: brazos, piernas, un torso bien definido.
Finalmente, tras lo que parecieron horas eternas, un grito agudo y desgarrador surgió de la garganta recién formada del homúnculo.
Renner aplaudió emocionada, como una niña que recibe el regalo más esperado.
Sus ojos brillaban, rebosantes de felicidad genuina y enfermiza.
Se acercó con pasos suaves, casi flotando, y extendió una manta dispuesta por Demiurge para cubrir el cuerpo desnudo.
—Hermoso… —susurró ella, acariciando el rostro aún húmedo y tembloroso del ser.
—El trato está casi finalizado —dijo Demiurge, su voz profunda resonando en la sala—.
Pronto, princesa, podrá volver al reino y esperar hasta su caída.
Entonces, su mascota será entregada a usted sin restricciones.
Por un instante, la sonrisa de Renner vaciló.
Ella quiso protestar, quedarse en ese instante, abrazar a su nuevo tesoro y nunca más separarse.
Pero sabía que la mirada de Demiurge no admitía discusiones.
Bajó los ojos, fingiendo docilidad, y asintió con dulzura.
Aun así, se inclinó hacia él.
El homúnculo acababa de abrir sus ojos por primera vez: iris claros, vacíos, pero vivos.
Renner sintió que su pecho ardía.
—Te pondré un nombre… —murmuró, inclinándose con ternura.
Sus labios tocaron suavemente los de aquella criatura, un beso casto, casi maternal, pero cargado con un fervor que ningún corazón humano sano podría comprender.
Un gemiod escpao de la princesa cuando se separo del beso su lengua estaba de fuera mientras el vapor parecio escapar de su garganta.
—Tu nombre será Tn.
—susurró, su voz acariciando las paredes de la cámara—.
Serás mío, solo mío….
El cuerpo reaccionó débilmente, un estremecimiento recorriéndolo como si hubiera entendido, aunque todavía no podía articular palabra.
Renner lo miró como si acabara de presenciar un milagro.
Finalmente, se puso de pie.
Su vestido blanco se agitó levemente mientras suspiraba, como si entregar esa promesa la hubiera agotado.
—Pronto estaremos juntos… —dijo en voz baja, como si hablara para sí misma.
Giró sobre sus talones y se alejó con la misma elegancia angelical de siempre.
Demiurge y el lich la observaron marcharse, ambos conscientes de que Nazarick había alimentado a un monstruo aún más curioso.
Hasta que el reino cayera, no podría tener a su Tn.
Pero Renner sonrió al salir por el pasillo.
Podía contar cada día, cada hora, cada instante que faltara.
Y cuando el momento llegara, no habría cadena lo bastante fuerte ni refugio lo bastante lejano que pudiera apartar a Tn de los brazos de su princesa dorada.
.
.
.
Días después, Renner estaba tomando el té en su habitación, moviendo la taza con la misma delicadeza y gracia con la que siempre embaucaba a todos.
Frente a ella, su hermano se deshacía en quejas: hablaba con voz tensa sobre la guerra que había estallado, sobre los nobles exigiendo la movilización de tropas contra el Gran Rey Hechicero.
—Tenemos que preparar todo el ejército disponible, de lo contrario el Reino caerá en cuestión de días… —murmuró él, frotándose las sienes, con un aire derrotado.
Renner lo miraba con sus ojos azules brillando como zafiros, la sonrisa leve en sus labios transmitía ternura, pero en realidad no era más que un velo.
Dio un sorbo lento a su té, inclinó la cabeza y comentó con aparente inocencia.
—Escuché que nuestro hermano mayor marchó hacia el pueblo de Carne… aunque no hemos recibido noticias desde entonces.
El príncipe se tensó, golpeando la mesa con el puño cerrado.
Su rostro mostraba impotencia, desesperación.
—Eso significa que estamos en un aprieto mayor del que pensábamos… —gruñó.
Renner dejó su taza con suavidad en el platillo y, sin perder la compostura, dejó escapar un suspiro casi musical.
—Parece que sí —dijo dulcemente, como si hablara de un problema trivial.
Su hermano la observó de reojo.
Algo en ella siempre lo inquietaba, y en ese instante se atrevió a preguntar.
—¿Y tu guardaespaldas?
¿Dónde está ese perro fiel que siempre te sigue?
¿Qué le pasó a Climb?
La sonrisa de Renner se ensanchó apenas un milímetro, sus ojos parecían iluminarse con una chispa peligrosa.
—Climb… —repitió, como si saboreara el nombre—.
Tiene un trabajo importante que hacer.
El príncipe frunció el ceño.
No le creía.
Nunca le había creído del todo.
Para él, Renner era un monstruo con piel de ángel, y esa respuesta solo confirmaba sus sospechas.
Bajó la mirada y murmuró con resignación.
—Entonces nos queda pelear contra el Imperio Baharuth y el Reino Hechicero… —su voz se quebró en un suspiro cansado.
Mientras él se hundía en la impotencia, Renner bajó discretamente los párpados.
Un sonrojo ligero coloreaba sus mejillas y sus labios se curvaron en una sonrisa oculta tras la taza.
Su mirada, antes pura y cálida, se tornó oscura, como un abismo insondable.
Por dentro, estaba exultante.
Su corazón latía con júbilo, anticipando lo inevitable.Ella ya lo sabía.
Todo.
La caída del Reino no era una tragedia, sino la apertura de la puerta que la llevaría directo a su premio.
Y mientras los hombres se ahogaban en desesperanza, Renner esperaba con impaciencia, contando en silencio los días, las horas, los segundos… hasta que pudiera reencontrarse con Tn.
Luego de horas.
Al terminar, su hermano la miró fijamente, los ojos cansados pero aún con un brillo de determinación.
—Si logro ser coronado Rey… —dijo con voz grave— yo mismo te exiliaré, hermana.
Así podrás estar sola y hacer lo que quieras, lejos de todos nosotros.
Quizá… allí seas feliz.
Renner entrecerró los ojos con dulzura, inclinando apenas la cabeza en señal de gratitud.
Una sonrisa suave se dibujó en sus labios.
—Gracias, hermano.
Eso sería… un gran regalo.
Pero en su interior, Renner reía.
Qué ingenuo era.
No habría coronación, no habría trono para él.
Sus días estaban contados, y su sangre terminaría tiñendo las piedras del palacio.
Ella ya lo sabía.
Y aún así, lo despidió con gentileza, ocultando bajo su máscara angelical la verdad que devoraba su corazón.
Cuando quedó sola, el silencio de su habitación la envolvió.
Renner caminó despacio hacia un mueble de madera antiguo, abrió con delicadeza el compartimento oculto y sacó un libro gastado.
Era un cuento de hadas, uno de esos que había leído desde niña para distraer su mente de la podredumbre de su familia.
Abrió sus páginas con calma, dejando que el olor a papel antiguo se mezclara con el aroma del té aún tibio.
Leyó tranquila, con la mirada absorta en historias de príncipes, bestias y finales felices.
Pero su mente no tardó en regresar a lo verdaderamente importante.
Cerró el libro de golpe, sus dedos acariciando la portada con nostalgia, y suspiró.
—Es hora de preparar el sacrificio… —murmuró para sí misma, como si hablara con un amante invisible.
Formaba parte de su labor: reunir una gran cantidad de almas, incontables vidas humanas, y ofrendarlas al artefacto que Albedo le había entregado.
Con ello, Renner podría abandonar la débil cáscara de su humanidad y renacer en una forma nueva, superior, con longevidad que desafiara el tiempo mismo.
La sola idea la llenaba de una calidez febril.
Qué amable era la señorita Albedo al concederle semejante regalo.
Renner sonrió, sus mejillas sonrojándose mientras se llevaba un dedo a los labios.
—Claro… ella también está enamorada.
—susurró con voz dulce y venenosa—.
Es natural que comprenda el corazón de otra mujer… una mujer que lo daría todo por amor.
Se levantó, su silueta reflejándose en el ventanal de la habitación.
En su rostro ya no había rastro de la princesa dorada; en su lugar, la expresión pura de un demonio disfrazado.
Con un pequeño giro de muñeca, el libro de cuentos cayó sobre la mesa, olvidado.
Lo que comenzaba ahora no era un cuento, sino una obra macabra que ella misma escribiría con sangre.
.
.
.
Renner pasó sus días planificando, calculando cada posibilidad con la precisión de un relojero.
En sus teorías, el Gran Rey Hechicero no tardaría en aniquilar a todo el ejército del reino, y esa masacre dejaría un reguero de huerfanos.
Niños desprotegidos, criaturas frágiles que nadie reclamaría.
Perfecto.
Una chispa de júbilo iluminó sus ojos azules.
Podría aprovechar aquella desgracia, fundar orfanatos con su nombre, erigir un refugio que la opinión pública aplaudiría como obra de la “dulce princesa dorada”.
Nadie sospecharía que, en secreto, aquellas tiernas vidas serían convertidas en sacrificios para el artefacto que Albedo le había confiado.
Era casi poético: el reino caería, el pueblo lloraría… y en el eco de la derrota ella obtendría el mayor de los premios.
Porque un reino en crisis solo podía conocer la conquista, y tras esa conquista vendría su recompensa.
Sus manos temblaron de puro éxtasis, un escalofrío recorrió su espalda.
Por un instante tuvo que sentarse, respirando entrecortada, como si solo la idea de completar el plan fuera demasiado deliciosa para su cuerpo.
—Pronto… pronto… —susurró, acariciándose los labios con la yema de los dedos.
Pero debía esperar.
Ese era el único veneno en su júbilo: la espera.
Una lástima, sí, pero el dulce dolor de la anticipación también era un placer en sí mismo.
Y mientras aguardaba, podía entretener su mente en algo igualmente encantador: Tn.
Se levantó y caminó por su habitación, acariciando con la punta de los dedos las telas colgadas en su armario.
Pensaba en colores, en diseños, en cómo vestiría a su precioso juguete.
El desnudo sonaba candente en su mente, claro, pero ¿acaso una princesa como ella podía permitirse algo tan vulgar de manera permanente?
No.
Tn merecía algo más.
Ropajes elegantes, delicados, que ella misma elegiría con cuidado, que realzaran su obediencia y su belleza artificial.
Se rio bajito, un sonido melodioso pero teñido de locura.
—Oh, pero también habrá momentos para… —murmuró, dejando que su mente divagara.
Sí, momentos para jugar.
Y como Tn sería indestructible, podría permitirse lujos que ningún amante de carne y hueso aguantaría jamás.
Pensó en látigos, cadenas, instrumentos que harían llorar a cualquiera… y en la sonrisa intacta de su juguete, obediente, sumiso, agradecido.
El pensamiento le erizó la piel.
Se abrazó a sí misma, balanceándose suavemente, como si estuviera escuchando una melodía solo audible para ella.
La conquista del reino estaba cerca, y con ella el inicio de un paraíso personal donde ya nada ni nadie podría arrebatarle lo único que siempre había deseado: un amor que no pudiera romperse.
______________________________________________________________________ (lado bueno de trabajar con este personaje, que ya esta desquiciada asi que solo tendre que aplicarle lo de la novela y ya estaba loca, literal se convirtio en demonio sacrificando huerfanos y eso se menciono en la novela).
______________________________________ siguiente en llegar.
stelle parte 1.
gilgamesh fem parte 1.
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com