Waifu yandere(Collection) - Capítulo 146
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146: Stelle honkai star rail 146: Stelle honkai star rail Advertencia ⚠️ ⚠️ Futuro contenido para mayores 18 leer bajo su propio criterio Advertencia contenido grafico de violencia y Advertencia ⚠️ temas cuestionables y sensibles se sugiere que si no es de su agrado salga de aquí y de paso aclaro que personajes o imágenes no me pertenecen crédito a sus autores.
Agrego personajes no me pertenecen.
Imágenes y personajes no me pertenece crédito a sus autores.
Advertencia este capítulo contiene escenas para mayores y lenguaje bulgar están advertidos.
Soledad… completa mierda,veneno lento que cala en los huesos.¿Cuánto tiempo he caminado por este tren interminable?¿Cuántos vagones he visto pasar,cuánto aprendí,cuánto destruí,cuánto hice sin sentido?
El maldito que inventó este tormento es un demonio,un verdugo que sonríe en las sombras,alimentándose de mi delirio.
Y sin embargo…parece que no soy el único.Hay alguien más,no tan igual,pero suficiente.
Si no puedo salir de este viaje,entonces él se quedará conmigo.Tal vez —solo tal vez—esto no sea más que un mal sueño,una pesadilla delirante que aún guarda una chispa de compañía en medio de este infierno sobre rieles.
_________________________________________________________ Stelle estaba disfrutando de su habitación en el Riel del Expreso Astral.
No era un camarote lujoso como los que solían usar los pasajeros más ricos, pero era bastante cómodo: una cama amplia, un pequeño escritorio con lámpara y una ventana que mostraba el espectáculo de las estrellas deslizándose lentamente por el vacío.
Era su primer viaje sola, desde un sistema solar periférico hasta la Bahía Estelar, una ciudad enorme y brillante que servía como punto de encuentro para viajeros y comerciantes.
Pasaron horas en las que no hizo gran cosa más que recostarse y observar las luces en movimiento.
No estaba acostumbrada a viajar y su mente vagaba entre la emoción y la soledad.
Finalmente, su estómago gruñó con fuerza.
—Ugh… creo que ya es hora de comer algo —murmuró, poniéndose de pie y estirando los brazos.
Decidida, salió de su habitación y se dirigió al vagón buffet.
El ambiente cambió apenas cruzó la puerta corrediza: un cálido olor a pan recién hecho, carnes especiadas y frutas exóticas llenaba el aire.
Los pasajeros charlaban animadamente, copas en mano, mientras los chefs del expreso servían platos en largas mesas metálicas cubiertas por manteles color marfil.
Los ojos de Stelle brillaron.
Había toda clase de comidas: desde sopas aromáticas hasta postres relucientes como joyas.
El lugar parecía un banquete interminable.
Con el entusiasmo de una niña, tomó un plato y se apresuró hacia la mesa principal.
Sin embargo, en su prisa, no notó una pequeña mancha de líquido en el suelo.
—¡Ah!
—exclamó al perder el equilibrio.
El plato salió disparado de sus manos y en un segundo todo fue caos: varias bandejas se volcaron, un charco de salsa roja se extendió por el piso, y buena parte del buffet terminó cayendo sobre ella.
—¡Aghh… duele…agghg carajo!
—gimió, con la cara y el cabello cubiertos de comida.
El murmullo de los comensales se volvió un silencio incómodo.
Algunos pasajeros se llevaron la mano a la boca para contener la risa o el disgusto.
Las miradas de incomodidad y reproche la rodeaban.
Stelle, enrojecida de vergüenza, se quedó inmóvil por un instante.
Fue entonces cuando una voz suave la sacó de su trance.
—¿Estás bien?
—preguntó un chico, inclinándose hacia ella.
Llevaba un uniforme sencillo de viajero, con un aire relajado.
En sus manos sostenía un pañuelo limpio, que le tendió con una leve sonrisa.
Stelle lo miró con los ojos ligeramente húmedos, sin saber si de dolor o pura humillación.
Tomó el pañuelo y empezó a limpiarse el rostro con torpeza.—E-estoy bien… solo… esto es tan vergonzoso… —murmuró, bajando la voz.
El chico rió por lo bajo.—No te preocupes.
Fue solo un accidente.
A cualquiera le podría pasar.
Antes de que pudiera responder, un asistente del expreso apareció, observando el desastre con gesto severo.
—Esto es inaceptable.
Todo este cargo deberá cobrarse a la señorita —dijo con tono firme, anotando en una tableta digital.
Stelle agachó la cabeza, sintiendo el calor de la vergüenza subirle por las mejillas.
—L-lo entiendo… —respondió en un hilo de voz, apretando el pañuelo contra su rostro.
El chico miró al asistente y frunció el ceño, luego volvió la vista a ella.
—Oye, no te castigues tanto.
Es solo comida, no el fin del mundo.
Vamos, te ayudo a levantarte.
Tendiéndole la mano, esperó pacientemente a que ella la tomara.
Stelle dudó unos segundos, luego, con un leve temblor en los dedos, aceptó su ayuda.
Stelle se levantó del suelo con la ayuda del chico.
Aún con restos de comida pegados al cabello, lo miró un momento antes de inclinar la cabeza en agradecimiento.
—G-gracias… Soy Stelle —dijo con voz tímida, todavía roja de la vergüenza.
El joven sonrió con amabilidad.—Tn.
Encantado de conocerte, Stelle.
Ella intentó responder con una sonrisa nerviosa, pero lo único que salió fue un gesto extraño mientras se quitaba un trozo de ensalada del hombro.
Lo observó un segundo, y sin pensarlo demasiado, lo llevó directo a la boca.
—Mmm… sabe bien… —murmuró, casi como un reflejo automático.
Tn la observó con los ojos muy abiertos, sorprendido.
Y antes de que pudiera decir nada, Stelle recogió un pequeño pedazo de pan que se le había quedado pegado al cuello y también se lo metió a la boca.
Había algo casi instintivo en ese gesto.
Ella misma lo sabía: tenía la manía de hurgar entre restos o basura, porque en más de una ocasión había encontrado cosas valiosas.
Objetos útiles, consumibles raros, o simplemente piezas curiosas que otros habían tirado.
No era la primera vez que su “hábito” la salvaba en un mal momento.
Incluso había conocido a otra coleccionista excéntrica, la famosa “Reina de la Basura”, con quien había compartido charlas extrañas sobre los tesoros que otros consideraban desperdicios.
Pero esta vez no era un cubo de basura, sino su propio cuerpo cubierto de sobras de buffet.
Y frente a ella estaba un chico mirándola como si no supiera si reír o asustarse.
Tn arqueó una ceja, sin despegar los ojos de ella.—… ¿De verdad acabas de comerte eso?
Stelle tragó con rapidez, sintiendo que las mejillas le ardían más que nunca.
—¡T-tenía hambre!
Eso es todo… Y-ya sabes, la comida no debería desperdiciarse… —balbuceó, buscando excusas torpes.
La incomodidad la golpeó de golpe, como si alguien hubiera abierto todas las ventanas de su vergüenza al mismo tiempo.
Dio un paso atrás, levantando las manos como si lo que acababa de hacer hubiera sido un crimen.
—Sería mejor… que fuera a limpiarme.
¡Sí, eso!
—exclamó atropelladamente, antes de girarse.
Sin esperar respuesta, salió corriendo, esquivando a los pasajeros que aún susurraban sobre el desastre.
Sus botas resonaron en el suelo metálico del vagón hasta que finalmente empujó la puerta de los baños y entró.
El silencio allí la envolvió.
Frente al espejo, vio su reflejo: el cabello gris-plateado estaba apelmazado con salsas, trozos de verduras colgaban de los mechones, y la ropa estaba cubierta de manchas grasientas.
Un gemido escapó de sus labios mientras dejaba caer los brazos.
—¿Por qué siempre termino así…?
—susurró, agotada.
Sabía bien que sus malos hábitos, esa costumbre de no despreciar nada, la ponían en situaciones embarazosas.
Podía lidiar con ello cuando estaba sola, o cuando se trataba de hurgar en cubos de basura donde nadie la veía… pero aquí, en un expreso lleno de pasajeros elegantes y atentos a cada movimiento, era diferente.
—Tengo que comportarme… al menos aquí —murmuró con cansancio, mientras comenzaba a abrir los grifos y dejar que el agua fría corriera sobre sus manos.
Se inclinó sobre el lavabo, mojándose el rostro una y otra vez, tratando de borrar la vergüenza junto con la salsa pegada a su piel.
Pero en el fondo de su mente, no podía dejar de pensar en Tn.
En cómo la había mirado.
En cómo había sido el único que no la señaló ni se rió, sino que le tendió un pañuelo.
Ese pequeño gesto se había quedado grabado, como si fuera un hilo invisible que ahora la unía a él.
Y aunque intentara ignorarlo, sabía que volvería a cruzarse con él en algún punto del viaje.
.
.
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Tn, mientras tanto, la observó marcharse con paso apresurado.
Suspiró un poco, frotándose la nuca.—Una chica rara… pero no parece mala persona —murmuró para sí mismo.
Los pasajeros a su alrededor no fueron tan compasivos: susurros, risitas contenidas y frases ácidas se escapaban entre los comensales.
La escena del buffet aún era el tema del momento.
Tn decidió no prestarle atención y se retiró hacia su camarote, buscando descansar un rato.
Dentro de su habitación, el silencio lo recibió con calma.
Se dejó caer en la cama, encendiendo su comunicador portátil.
Entre las notificaciones había un mensaje que le llamó la atención: provenía de su primo lejano, un médico excéntrico conocido como Mengele, quien le pedía encontrarse con él en la Bahía Estelar.
No tenía razones para negarse; después de todo, el viaje en el Astral Express parecía la forma más sencilla de llegar.
Con un suspiro, cerró el dispositivo y dejó que el cansancio lo arrastrara hacia el sueño.
Mientras tanto, Stelle ya se había limpiado lo mejor que pudo en los baños.
Regresó a su camarote y buscó ropa entre su maleta, aunque no había traído demasiado consigo.
Ser una viajera nómada significaba vivir ligera, sin hogar fijo ni pertenencias importantes.
“Ya conseguiré algo nuevo cuando lleguemos a la Bahía”, pensó con resignación.
O robaria algo e la basura.
Se recostó en la cama, exhausta, y pronto el sueño la envolvió.
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Cuando despertó, no supo cuánto tiempo había pasado.
Abrió los ojos lentamente, se desperezó y se estiró, dejando escapar un bostezo prolongado.
El tren vibraba suavemente bajo ella, y la ventana ofrecía un espectáculo majestuoso: estrellas, astros lejanos y corrientes de luz cósmica que se deslizaban como ríos en la oscuridad.
Una sonrisa pequeña, casi infantil, se dibujó en sus labios.—Hermoso… —susurró, tocando el cristal como si pudiera atrapar la galaxia con sus dedos.
Se vistió con ropa limpia, recogió un poco su cabello aún húmedo por el lavado apresurado, y salió de su camarote para pasear por el expreso.
El ambiente en los pasillos era cálido y bullicioso: pasajeros charlando, risas apagadas, el tintinear de copas en algunos compartimentos.
Stelle caminaba en silencio, observando a las personas como si quisiera memorizar cada rostro.
Echó un vistazo a su reloj.
—Ya casi es hora de almorzar… —dijo en voz baja, decidiendo dirigirse otra vez al buffet.
Lo extraño fue que no notó un detalle peculiar: la fecha en el pequeño calendario de su reloj brillaba igual que el día anterior.
Exactamente la misma.
Al llegar al vagón comedor, la misma atmósfera del día pasado la recibió: mesas repletas, charlas animadas, bandejas relucientes.
Por un instante, un escalofrío recorrió su espalda, como si ya hubiera visto esa escena antes… pero lo ignoró.
En lugar de preocuparse, tomó un plato y comenzó a comer con entusiasmo, esperando que nadie recordara el desastre del día anterior.
—Esta vez… todo irá bien —se dijo a sí misma, llenándose la boca de sopa caliente.
Mientras tanto, en otro extremo del tren, Tn apenas se desperezaba.
Se levantó con calma, se vistió y salió al pasillo, pensando en dar un paseo para estirar las piernas.
Aún tenía en mente la escena de la chica del buffet, aunque no esperaba volver a encontrársela tan pronto.
Y sin saberlo, los dos estaban a punto de coincidir de nuevo… en un tren que parecía negarse a avanzar en el tiempo.
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Stelle pasó el resto de su día con normalidad, paseando por los pasillos, observando a los pasajeros y asomándose a la ventana de tanto en tanto.
Sin embargo, cuando llegó la hora de cenar, la historia pareció repetirse.
Tropezó de nuevo en el buffet, derramando otra sección entera de comida sobre sí misma.
Los murmullos ahogados de los comensales resonaron igual que la vez anterior, las expresiones de disgusto se calcaban casi palabra por palabra.
El mismo asistente del expreso apareció con rapidez, con la misma expresión cansada en el rostro.—El cargo se le reflejará a usted, señorita —dijo en un tono idéntico, como si estuviera leyendo un guion.
Tn, que había llegado poco después, se quedó inmóvil unos segundos.
Miró la escena con incredulidad.
—¿Otra vez…?
—murmuró.
Aun así, se acercó de nuevo para ayudarla a levantarse.
Le tendió un pañuelo, igual que la primera vez.
Stelle, con las mejillas encendidas de vergüenza y trozos de comida colgando de su cabello, lo aceptó.—Voy a… a limpiarme, otra vez.
—Su voz era un susurro casi derrotado.
Ambos no notaron que las personas alrededor se reían y murmuraban exactamente lo mismo que la vez anterior, como si hubieran ensayado las frases.
Nadie parecía darse cuenta de la repetición, excepto quizá Tn, que apretó los labios con incomodidad.
Stelle salió corriendo nuevamente hacia los baños, pero esta vez no quiso volver al comedor.
Con un suspiro, regresó a su camarote y decidió pedir comida por servicio a la habitación.
Cuando la bandeja llegó, observó la factura electrónica en su comunicador, pero apagó la pantalla de inmediato.—No quiero ni saber cuánto me han cobrado ya… —dijo, dejando caer la frente sobre la mesa antes de tomar los cubiertos.
El olor de la cena caliente llenó su cuarto, y pese al mal día, se dejó llevar por el hambre.
“Al menos aquí nadie me ve”, pensó, agradecida por el aislamiento.
Mientras tanto, Tn se dirigió a la biblioteca del tren.
El silencio reinaba en ese vagón, con filas de estantes de metal adornados con tomos antiguos y paneles holográficos.
Eligió un libro ligero, una novela de viajes espaciales con toques humorísticos.—Algo suave para no darle vueltas a lo de hoy —murmuró, acomodándose en un sillón cerca de la ventana estelar.
Pero conforme pasaban las páginas, su mente no dejaba de retroceder al comedor, a la forma en que todo ocurrió igual que la primera vez.
—No puede ser coincidencia… ¿verdad?
—se dijo a sí mismo, aunque no tenía a quién preguntar.
Fuera del vagón, el tren silbó suavemente.
La sensación de que todo estaba repitiéndose como un disco rayado empezó a calar en su pecho, incluso antes de dormir.
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La repetición volvió a ocurrir.
Stelle despertaba, paseaba, comía, volvía a vagar… y, al llegar la hora de cenar, arruinaba otra vez el buffet.
Esta vez, mientras recogía restos de comida de su ropa con lágrimas de frustración en los ojos, empezó a pensar seriamente que tarde o temprano tendría que trabajar en el Expreso para pagar todo lo que había destruido.
Tn, en cambio, no fue al comedor aquella noche.
Se había quedado en una sala de estar amplia, leyendo tranquilamente mientras escuchaba el rumor distante de las conversaciones y el murmullo constante del motor del tren.
Según sus cálculos, deberían faltar uno o dos días para llegar a la Bahía Estelar.
Sin embargo, al mirar por la gran ventana panorámica, el cielo se repetía: las mismas constelaciones, los mismos destellos violetas de una nebulosa lejana, idénticos a los que había visto la noche anterior.
Y así continuó.
Una cuarta vez, una quinta.
En la quinta repetición, Stelle simplemente dejó de ir al buffet por las noches.
El miedo a arruinarlo todo de nuevo y quedarse en bancarrota la paralizaba.
En su mente, ya se imaginaba fregando platos o cargando cajas para pagar la deuda infinita que acumulaba con cada desastre.
Sin embargo, algo la inquietaba aún más: al revisar su cuenta de dinero, descubrió que solamente un buffet había sido registrado en los cobros.
No importaba cuántas veces cayera, la factura no aumentaba.
Ese detalle la dejó helada.
Durante el día, para distraerse, empezó a deambular de camarino en camarino, recorriendo todo el Expreso: probó el spa, jugó un rato en la sala recreativa, incluso se perdió en los pasillos del vagón de entretenimiento.
Intentaba ignorar la extraña sensación de que todo se repetía en un ciclo interminable, obligándose a pensar que quizá era ella la que exageraba.
Tn, por su parte, había hecho de la biblioteca su segundo hogar.
Leía, dormitaba, tomaba notas.
Pero cada vez que levantaba la vista de las páginas, la misma inquietud lo asaltaba: la Bahía nunca aparecía en el horizonte.
Ni una señal, ni un anuncio por megafonía, ni un asistente mencionando la proximidad del destino.
—Ya deberíamos haber llegado… —se dijo una y otra vez, cerrando con fuerza el libro en sus manos.Al principio quiso creer que simplemente habían cambiado la ruta, desviándose hacia un camino más seguro, pero una sombra de duda se le ancló en la mente: ¿y si se perdieron?
No debria ser posible, se supone que habia profesionales trabajndo en esto.
Nadie seria tan idiota como para dejar conducir a un incapacitado laboralmente.
Las paredes del Expreso parecían más largas cada día, los relojes siempre marcaban horas exactas sin que la fecha avanzara, y los pasajeros… los pasajeros sonreían con la misma calma, como si nada fuera extraño.
Como si estuvieran atrapados en un teatro interminable.
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En la sexta repetición, Stelle estaba tirada en su cama.
No tenía fuerzas ni ánimo para salir, así que pidió el desayuno a su cuarto.
Cuando llegó, lo devoró sin importarle los modales: la comida se regó por las sábanas, manchó su ropa y hasta su cabello.
Ignoró por completo la voz en su cabeza que le decía que se estaba comportando como una niña descuidada.
Solo comía, una y otra vez, hasta sentirse pesada y satisfecha.
Con el estómago lleno, decidió meterse a la ducha.
Desde ahí pidió limpieza a la habitación.
A través de la puerta escuchó la voz apagada de la asistente que mascullaba que “era el peor desastre que había visto en un cuarto”.
Stelle solo rodó los ojos, dejando que el agua corriera sobre su piel.
Cuando salió de la ducha, ya vestida, vio a la asistente marcharse con su carrito de utensilios.
El cuarto estaba impecable, como si nada hubiera pasado.
Stelle sonrió levemente.
—Bueno, al menos alguien limpia mis desastres… —murmuró, arrojándose otra vez sobre la cama.
Mientras tanto, Tn había decidido hacer algo distinto: tomó su comunicador y escribió un mensaje a su familiar, disculpándose por la tardanza.
“Lo siento si me estoy retrasando.
Creo que es culpa de la administración del Astral Express.
Aún no hemos llegado.”.
Esperó unos minutos.
Finalmente, la pantalla brilló con la respuesta en vivo.
Era su familiar, que lo miraba con una leve confusión.—¿Retrasarte?
Apenas ha pasado un día, ¿no?
—dijo, inclinando la cabeza.
El mensaje finalizó con un gesto de calma.
—No te preocupes, está bien si tardas un poco.
Tn se quedó paralizado.
Según sus cálculos, ya habían pasado varios días desde que subió al tren, al menos cinco o seis.
Pero para su familiar, allá afuera, el tiempo apenas contaba como uno o dos días.
Guardó silencio, sin atreverse a responder de inmediato.
Cerró el comunicador, su reflejo en la pantalla le devolvió una mirada tensa.
El sonido metálico del tren lo envolvía, constante, eterno.
En su mente, un pensamiento empezó a crecer como una grieta peligrosa:¿Y si el tren no estaba viajando hacia ninguna parte… y todo afuera seguía avanzando como si nada?
__________________________________________ siguiente en llegar.
gilgamesh fem parte 1.
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