Waifu yandere(Collection) - Capítulo 148
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- Capítulo 148 - 148 Jalter part 7 fgo
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148: Jalter part 7 fgo 148: Jalter part 7 fgo Advertencia ⚠️ ⚠️ Futuro contenido para mayores 18 leer bajo su propio criterio Advertencia contenido grafico de violencia y Advertencia ⚠️ temas cuestionables y sensibles se sugiere que si no es de su agrado salga de aquí y de paso aclaro que personajes o imágenes no me pertenecen crédito a sus autores.
Agrego personajes no me pertenecen.
Imágenes y personajes no me pertenece crédito a sus autores.
Advertencia este capítulo contiene escenas para mayores y lenguaje bulgar están advertidos.
Aver les di casi mas de un dia para las votaciones y ya tengo la lista 7w7.
_____________________________________________________________ Algunas semanas después, Martha había logrado un avance impresionante.
Tn ya era capaz de comer solo, caminar sin tanta torpeza y medio comunicarse con palabras sencillas.
No era perfecto, pero era suficiente para llenar de esperanza a la Santa.
Por órdenes de Romani, nadie debía hablar sobre Jalter ni mencionar nada respecto a Francia; temían que remover esos recuerdos causara un colapso en la mente aún frágil del chico.
En la práctica, Tn tenía poco o nulo recuerdo de su pasado: solo era un simple campesino que había sobrevivido a algo que ni él mismo podía entender.
Martha lo vigilaba constantemente, atenta a cada pequeño progreso.
Lo ayudaba a vestirse, a rezar antes de las comidas, incluso a reír un poco con juegos simples.
El chico la imitaba con torpeza, pero ya no era ese cuerpo inerte que apenas reaccionaba.
—Muy bien, Tn… repite conmigo: “gracias por la comida” —dijo Martha con una sonrisa suave.
—…g… gracias… por… co… co… —el niño tartamudeó, torciendo la lengua.
Martha juntó las manos emocionada—.
¡Eso es!
¡Muy bien, muy bien!
Mientras tanto, Kama había encontrado su propio entretenimiento en otro lado.
La diosa pasaba largas horas fastidiando a Jalter, lanzándole rumores y visiones.
Contaba historias falsas, susurraba sonidos ilusorios que imitaban la voz de Tn, haciéndole creer que lo escuchaba del otro lado del sótano.
Una vez más, Jalter se alzó de golpe, los puños sangrando por golpear la barrera.
—¡Lo escuché!
¡Lo escuché!
¡Es él, maldita zorra!
¡Dime dónde está!
Kama apareció a un lado, riéndose con suavidad, su tono venenoso como seda.—Ara, ara… ¿de verdad crees que lo dejarían tan solo?
El pequeño está rodeado de ojos que lo vigilan, Martha está copulando con él, Jeanne lo sigue cada vez que puede para mostrar sus habilidades orales~… y quién sabe, quizás hasta Ishtar o Quetzalcoatl podrían estar jugando con él ahora mismo.
Los ojos de Jalter se abrieron como brasas encendidas.
—¡No!
¡No se lo van a quedar!
¡Es mío!
¡Lo hice mío!
¡Me costó meses lograr que me mirara de esa forma, no se lo voy a entregar a nadie!
Ninguna zorra de pecho grande me lo quitará.
¡Mi garganta y coño son mucho mejores que esos sucios agujeros de ramera que tienen!.
Kama inclinó la cabeza, disfrutando de cada palabra de rabia.
—Qué linda… tan posesiva.
Pero dime, ¿de verdad crees que tu maestro inocente puede resistirse si yo… —chascó los dedos y la barrera se llenó de ilusiones de Tn sonriendo, rodeado de distintas servants en escenas de cariño y placer— …le enseño otras “formas de amor”?
Jalter rugió como una fiera, golpeando la pared hasta que su piel se desgarró.
—¡Te voy a arrancar la lengua!
¡Lo juro!
¡Te voy a matar, Kama!
Sucia perra ahghghhghgghhg.
Mas golpes chocaron contra la barrera una y otra vez.
La diosa soltó una carcajada musical, llevándose una mano a los labios.
—Oh, mon cher, lo que más me divierte es que no sabes si estas imágenes son falsas… o si en verdad ya ha ocurrido.
Jalter gritó con tanta fuerza que las piedras del sótano temblaron, jurando venganza entre sollozos de furia.
Kama, satisfecha, desapareció entre una neblina de perfume.
—Sigue odiándome, Jeanne oscura… mientras lo hagas, yo seguiré divirtiéndome con el —susurró en el aire antes de desvanecerse.
Jalter ya estaba perdiendo la cabeza.
Se levantó del muro húmedo del sótano y comenzó a caminar de un lado a otro, sus pasos resonando como cadenas en la penumbra.
El tiempo ya no existía para ella: ¿días?
¿semanas?
Todo se fundía en una misma prisión sofocante.
El encierro le quemaba la mente, y lo único que mantenía su furia encendida era la imagen de Tn… y el veneno constante de Kama.
Mientras tanto, la diosa del amor se reía a solas en los pasillos de Chaldea, recordando con sorna sus intentos de colarse en la habitación del maestro Ritsuka.
Un suspiro teatral escapó de sus labios.—Tch… un desperdicio absoluto.
Todo ese titulo como master, y resulta ser… impotente.
—Sonrió con ironía, llevándose un dedo a los labios—.
Aunque, bueno, molestar a esa Jeanne falsa me trae un placer mucho más exquisito.
Pero su entretenimiento se interrumpió cuando una figura pasó a su lado.
Cú Chulainn Caster, con aire relajado, masticaba una brocheta mientras caminaba por el pasillo.
Sin mirarla siquiera, soltó en tono seco—Ni lo pienses, mujer.
Mantén tus manos y tus “juegos” lejos del chico de Martha.
Kama arqueó una ceja, su sonrisa sensual dibujándose de inmediato.
—Ara, ¿y a qué debo tanta rudeza, perro celta?
¿Acaso tienes algún interés personal en ese niño?
Cú Chulainn se detuvo, clavando sus ojos azules en ella.
No era deseo, no era atracción: era desprecio.—No.
Pero me da cierto asco verte rondarlo.
Me recuerdas demasiado a las brujas que arruinaron vidas en mi tierra.
El aura de alguien que devora corazones, que convierte a los jóvenes en presas.Una perra en toda la palabra.
Por un instante, el gesto de Kama se quebró, su sonrisa se tensó en un tic nervioso.—Bruja, ¿eh?
Qué fea palabra para la diosa del amor… —susurró, pero la sombra de irritación en su mirada la delató.
Cú Chulainn dio un bocado más a su brocheta y añadió con calma mortal—Llámalo como quieras, no me importa.
Pero si llegas a cruzar esa línea con el chico… —sus dedos brillaron con runas azules, la lanza espectral asomándose como un destello de advertencia—.
Te juro que te atravieso aquí mismo.
Kama apretó los dientes suavemente, reprimiendo la risa que quería brotar.—Ara ara… qué protector.
Pero no te confundas, celta.
Si quisiera algo, ya lo habría tomado.
No soy tan torpe como para ensuciarme las manos frente a tantos ojos poderosos en esta “casa”.
El silencio se tensó.
Durante unos segundos, sus miradas chocaron: una mezcla de burla contenida y repudio genuino.
Kama giró sobre sus talones, dejando que el perfume dulce inundara el pasillo.—Tranquilo, perro guardián.
No toco lo que está tan… sobreprotegido.
Pero tarde o temprano, hasta el cachorro más vigilado se aparta de su jaula.
Cú Chulainn gruñó por lo bajo, viendo cómo se alejaba.—Bruja maldita… no me fío de ti ni un segundo.
Viendo a Kama alejarse, Cú suspiró profundamente.
Se frotó la nuca con gesto cansado y volvió la vista hacia el sótano.
Murmurando en gaélico antiguo, lanzó un par de runas que brillaron azul sobre la entrada, sellándola aún más.
—Ya es bastante molesto tener a una loca encerrada ahí abajo… —bufó mientras mascaba el último pedazo de su brocheta—.
Y no podemos matarla todavía.
Todo por ese estúpido trato para quitarle el Grial… y porque ese chico podría seguir arrastrando la influencia de la bruja.
Con una mueca de fastidio, retomó su camino por los pasillos de Chaldea.
Al pasar junto a la biblioteca, se detuvo al ver una escena curiosa.
Martha estaba sentada con Tn, ambos inclinados sobre un libro abierto.
El problema era evidente: Martha fruncía el ceño, incapaz de guiarlo con claridad, y Tn sólo pasaba las páginas con expresión perdida.
—Tch… —Cú chasqueó la lengua, sonriendo con ironía—.
Ninguno de los dos tiene idea de lo que hacen.
Una santa que no sabe leer y un campesino que jamás sostuvo un libro… vaya pareja.
Se acercó, tomó un tomo grueso de la estantería y lo hojeó distraídamente.
Luego, caminó hasta Tn, posó un brazo firme sobre su hombro y soltó con voz grave.
—Escúchame, muchacho.
Un verdadero hombre no se preocupa por dibujitos y garabatos en papel.
Lo que deberías estar haciendo es salir a la nieve, cazar algo, ensuciarte las manos y traer carne fresca.
Eso forja carácter.Luego disfruta de una noche de sexo con una doncella y procrea a tantos hijos como puedas.
Levanto el brazo mientras miraba al techo, como si hubiera resuelto los dilemas de la vida.
Y para un irlandes como el, ese consejo era lo mejor que se podia pedir.
Tn lo miró con sus ojos vacíos, sin comprender del todo, pero un ligero reflejo de atención brilló en él.
Martha apretó los labios y exhaló fuerte, molesta.—Caster, no empieces a enseñarle malos hábitos.
Bastante trabajo tengo con que aprenda a mantenerse en pie sin tropezar, como para que ahora quieras convertirlo en un salvaje.
Cú soltó una risa corta, casi como un gruñido.—¿Malos hábitos?
Eso depende de a quién preguntes, mujer.
La vida real no es rezar ni recitar sermones.
Si quieres que el chico sobreviva, más le vale aprender a blandir un cuchillo antes que una pluma.
Martha se levantó de golpe, señalándolo con un dedo.
—¡No es un soldado!
¡Es un ser humano que necesita recuperar su dignidad!
Y eso empieza con aprender lo que cualquier niño debería: leer, escribir, expresarse.
Cú se encogió de hombros, volviendo a morder el palo vacío de su brocheta.—Haz lo que quieras, santa.
Pero si llega el día en que este mocoso tenga que defenderse, tus oraciones no lo salvarán……Ademas los mocosos en mi tiempo ya sabian pelear.
Martha bufó, regresando a sentarse con Tn, acariciándole suavemente el cabello como para apaciguar la tensión.
El chico, confundido, miró entre ambos, como si no supiera a quién debía imitar.
Cú, viendo la escena, suspiró de nuevo y murmuró para sí—De verdad… me estoy cansando de rodearme de mujeres locas.
.
.
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Una vez solos, Martha se rindió al no saber leer y casi gimió de frustración ante los intentos fallidos.
Entonces tomó a Tn del brazo mientras sonreía suavemente.
—Ven, buscaremos algo más divertido, ¿sí?
—murmuró, arrastrando al muchacho por los pasillos de Chaldea.
Caminaron un buen trecho hasta llegar al cuarto de Da Vinci.
Martha tocó un par de veces antes de abrir la puerta… y se congeló al ver la escena: la genio estaba tirada en el suelo, apenas cubierta, casi desnuda, dormida boca arriba entre montones de papeles y herramientas.
—¡Santo cielo!
—gritó Martha, cubriendo los ojos de Tn con ambas manos—.
¡Da Vinci, ponte algo decente de inmediato!
La Caster abrió lentamente los ojos, despertandoce con un gemido suave.
Miró el reloj de la pared y resopló.
—Ah… me desvelé otra vez con los ajustes del sistema de mana en esa cosa… —se levantó de un salto, bostezando, y se colocó solo unas bragas y encima una bata de laboratorio medio abierta.
Martha la fulminó con la mirada, sonrojada hasta las orejas.
—¡¿Acaso no tienes vergüenza?!
¡Hay un niño aquí!
Da Vinci ladeó la cabeza, entretenida con la reacción.—Oh, vamos.
¿Tú, hablando de modestia?
—su mirada descendió con descaro hacia la túnica de la ex-santa, marcando con burla el ajuste de su vestimenta—.
Francamente, no eres quien para juzgar lo que llevo puesto querida~.
—¡Eso no tiene nada que ver!
—replicó Martha, apretando los dientes mientras seguía cubriendo a Tn—.
¡Solo vine a pedirte ayuda con él!
Da Vinci, con una sonrisa juguetona, dirigió la vista hacia el chico.
—¿Su cuerpo falla otra vez?
¿Debo revisar sus circuitos de mana?
Martha negó con la cabeza rápidamente.—No… no es eso.
Quiero que… le enseñes a leer.
Los ojos de Da Vinci brillaron al instante, y su sonrisa se volvió aún más amplia, como si acabara de recibir un nuevo juguete.
—¿Leer, eh?
Interesante.
Muy interesante….
Se acercó a un estante, rebuscando entre libros, pergaminos y enormes enciclopedias que parecían pesar más que Tn mismo.
—Aunque haya dormido poco estos días reparando los pasillos chamuscados por la querida Jalter… aún tengo tiempo.
Tiempo para educar una mente virgen.
—¡Da Vinci!
—refunfuñó Martha, sonrojándose de nuevo por el tono ambiguo—.
No digas esas cosas frente a él.
La genio rio suavemente mientras acariciaba la tapa de un tomo pesado y lo colocaba sobre la mesa.—Tranquila, tranquila.
Enseñaré con delicadeza… y paciencia.
—le guiñó un ojo al chico—.
Te prometo que en poco tiempo estarás leyendo más rápido que tu querida santa guardiana.
Tn miró los libros enormes sin comprender, inclinando la cabeza como un niño curioso, mientras Martha se acomodaba a su lado, todavía nerviosa pero resignada a aceptar la ayuda de la excéntrica creadora.
Martha soltó a Tn y comenzó a ver los tomos de los libros.
Algo tartamudeó mientras preguntaba—P-pero… ¿podrías enseñarle a Tn nada hereje… o que contradiga la palabra de Dios?
—dijo con seriedad, mientras tomaba un volumen grueso.
Lo abrió con cuidado, pero su rostro palideció al instante: era un libro de dibujos de Da Vinci, ilustraciones anatómicas de cuerpos humanos… aunque algunos parecían tan artísticos y sugerentes que bien podrían pertenecer a una revista para adultos.
Martha dejó caer el libro de inmediato, como si quemara en sus manos, y clavó sus ojos en Da Vinci con una mezcla de horror y reproche.
—¡¿Qué clase de enseñanza es esta?!
Leonardo se encogió de hombros con naturalidad, recogiendo el tomo del suelo y hojeándolo con calma.
—Ese es mi hábito.
Cuando estaba viva, dibujar cuerpos desnudos era un arte.
El arte no es pecado, es conocimiento.
Los ojos de Martha temblaban de indignación y pudor, incapaz de encontrar palabras.
—¡Eso… eso es indecente!
Da Vinci rió suavemente, casi con picardía.—Oh, tranquila, santa.
No le enseñaré nada de ciencia complicada a tu pequeño protegido… aunque es una lástima.
—cerró el libro con un golpe seco y lo dejó a un lado—.
Una mente joven podría apreciar la magnificencia que puedo ofrecer.
Martha respiró hondo, tratando de recuperar la compostura, y lo miró con severidad.—Solo quiero que aprenda a leer.
Nada más.
Da Vinci levantó las manos en señal de rendición, con un suspiro melodramático.—Está bien, está bien.
Haré las cosas a tu manera.
Más tranquila, Martha se volvió hacia Tn, inclinándose para quedar a su altura.
—Tn, Da Vinci cuidará de ti, ¿ok?
El chico la miró con esa inocencia casi infantil que lo caracterizaba ahora.—Está bien… gracias, Martha.
El corazón de la santa se ablandó al instante.
Sonrió, lo rodeó con un abrazo cálido y susurró—Volveré por ti en un par de horas, ¿sí?
No te preocupes… siempre vendré por ti.
Antes de salir, le lanzó a Da Vinci una última mirada seria, como si aún desconfiara de sus métodos.—Iré a la cafetería.
Regresaré en una o tres horas… por favor, compórtate.
Da Vinci, ya hojeando otro libro, solo respondió con un desinteresado—Meh.
Martha suspiró, cerrando la puerta tras de sí, mientras el eco de sus pasos se perdía en el pasillo.
Leonardo se giró hacia Tn, apoyando el codo sobre la mesa y dándole una sonrisa traviesa.
—Bueno, pequeño… parece que quedamos solo tú y yo.
Hora de hacer que esas páginas cobren vida.
Tn ladeó la cabeza, sin entender del todo, pero curioso.
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Martha fue a la cafetería y tomó una bandeja, se sirvió comida y comenzó a comer sin mucho ánimo.
No era raro verla de esa manera: aunque era una santa y su temple debía mantenerse, la carga de cuidar a alguien tan especial como Tn empezaba a pesarle en lo más profundo, aunque jamás lo admitiría.
Alzó la mirada y notó a Boudica en una esquina, la reina pelirroja parecía estar tan deprimida como siempre, hundida en pensamientos que nadie quería interrumpir.
Un poco más allá, el inútil de Emiya estaba siendo prácticamente esclavizado por las Artorias, sirviendo comida con el gesto de resignación pintado en el rostro.
Mientras tanto, Tamamo Cat llevaba platos de curry tan rápido como podía prepararlos, su energía contrastando con el ambiente pesado de la sala.
Fue en ese momento que Martha escuchó una voz suave.
—¿Puedo sentarme aquí?
—dijo Jeanne, colocándose a su lado con una sonrisa tímida.
—Claro, siéntate —respondió Martha devolviendo el saludo, aunque percibió algo extraño en la santa francesa.
Jeanne jugueteaba con sus dedos, los entrelazaba y soltaba nerviosamente, como si buscara el valor para hablar.
Finalmente, con un tono vacilante, preguntó.
—¿Cómo… cómo está Tn?
Martha, sorprendida por lo directo de la pregunta, se tomó un momento para responder mientras movía su cuchara en el plato.
—Está bien.
Ahora mismo está con Da Vinci, aprendiendo a leer.
Las palabras fueron como un golpe inesperado para Jeanne, que casi se cae de la silla.
Su rostro enrojeció de inmediato y desvió la mirada hacia el suelo.
—¿A-aprendiendo a leer…?
—repitió en un murmullo, como si tragara con dificultad.
La santa de Francia bajó la voz aún más, y con una mezcla de vergüenza y frustración confesó—Yo tampoco sé leer….
El silencio entre ambas fue breve, apenas un instante, pero se sintió como si pesara demasiado.
Jeanne, visiblemente avergonzada, se llevó una mano al pecho y agregó.
—Pero es bueno… es bueno que Tn esté en buenas manos….
Martha desvió la mirada, evitando mencionar cualquier detalle sobre las excentricidades de Da Vinci y sus métodos poco convencionales.
Si bien confiaba en el genio italiano, no podía negar que sus hábitos eran… peculiares, y no estaba dispuesta a preocupar más a Jeanne con eso.
La cafetería seguía con su ruido de platos y murmullos, pero entre ambas santas, el aire parecía denso, cargado de cosas no dichas.
Ambos conversaron un poco sin notar que, en otro punto de Chaldea, un joven servant avanzaba con paso tranquilo.
Sieg, clase Caster, sostenía una bandeja de comida que Tamamo Cat le había pedido llevar al sótano, donde tenían retenida a Jalter.
El chico no parecía darle demasiada importancia; al fin y al cabo, sólo estaba haciendo un favor, nada más.
Descendió por los pasillos sombríos del sótano, un lugar en el que el aire era más denso, cargado de la presión de múltiples sellos mágicos y runas protectoras.
Sieg, que en vida no había sido más que un simple homúnculo nacido para luchar en la guerra del Santo Grial de Apocrypha, no comprendía del todo cómo había acabado convertido en un servant.
Ahora, en la clase Caster, su sensibilidad al mana y a las estructuras mágicas era mucho mayor… pero también su torpeza al manipularlas sin cuidado.
Al llegar ante la puerta sellada, colocó la bandeja bajo un brazo y pasó los dedos por las runas.
Estaba seguro de que sólo tenía que tocar la correcta para abrir el acceso, pero su inexperiencia lo traicionó.
Sin saberlo, al desestabilizar el patrón principal también drenó parte del mana que mantenía activa la barrera que sellaba a la Avenger.
—Listo… eso debería bastar —murmuró, con una calma ingenua.
La pesada puerta se abrió con un crujido y Sieg bajó las escaleras, sosteniendo la bandeja con las dos manos.
—He traído la comida —anunció con un tono neutro, sin imaginar el efecto de su acción.
En la oscuridad del sótano, Jalter alzó la cabeza.
Sus manos heridas seguían marcadas por los golpes furiosos que había propinado contra la barrera, pero ahora sus ojos brillaban con una intensidad enfermiza.
Allí, en el muro mágico que la aprisionaba, había algo distinto.
Una pequeña grieta.
Un resquicio de debilidad.
La risa se formó primero en su garganta, áspera y baja, antes de crecer en un murmullo frenético.
“Al fin…” pensó.
“Tantos golpes, tanto dolor, y ahora se quiebra… mis esfuerzos no fueron en vano.
Se está debilitando… se está rompiendo.”.
No sabía, no podía saber, que aquella grieta no había sido producto de sus golpes, sino de la torpeza accidental de Sieg.
Para ella, era la prueba de que su locura y perseverancia estaban dando frutos.
Su respiración se agitó, su corazón golpeaba contra su pecho, y en sus labios se formó una sonrisa torcida.
—Al fin… —susurró Jalter, con los ojos ardiendo de odio y éxtasis.
Sieg, ajeno a todo, avanzó unos pasos y dejó la comida en el suelo.
—Deberías alimentarte.
Eso ayudará a que te recuperes —dijo de manera mecánica, casi con cortesía.
Pero Jalter no lo escuchaba.
Su mente estaba fija en aquella grieta, en la posibilidad de libertad, en el fuego de venganza que ardía más fuerte que nunca.
Jalter estaba harta, harta de escuchar los gemidos de las mujeres y Tn y ver las imágenes de Tn que Kama siempre proyectaba en su mente como un cuchillo retorciéndose en la herida.
El odio le consumía la garganta, y con un rugido bajo, su puño se cargó de fuego negro y mana corrupto.
La energía se expandió con violencia, sacudiendo la celda.
El sello que había dejado Cu chulainn para reforzar el sello crujió y estalló en mil pedazos antes de que el Caster pudiera reaccionar.
El sonido de la barrera resquebrajándose fue como música para sus oídos.
Sieg, con los ojos abiertos de par en par, apenas tuvo tiempo de alzar un gesto defensivo antes de que una lanza de fuego lo atravesara brutalmente, lanzándolo contra el muro de piedra.
El impacto dejó una mancha oscura en la pared, y el joven homúnculo se deslizó hacia el suelo, jadeando con la mirada perdida.
—Estoy harta… —murmuró Jalter entre dientes, la voz impregnada de veneno y furia—.
Harta de este encierro… harta de esa puta… y de todas esas mujersuelas que se arrastran alrededor de Tn como ratas.
Los ojos de la falsa santa ardían con un resplandor enfermizo.
Su respiración era entrecortada, cada inhalación mezclada con un gemido de rabia y un eco de desesperación.
Dio un paso hacia Sieg, que intentaba reunir fuerzas, pero fue en vano: su cuerpo se disolvió en motas de luz, regresando al Trono de los Héroes.
La sonrisa torcida de Jalter duró apenas un segundo.
El ataque la había dejado exhausta.
Jadeaba, con los hombros temblando, y se sostuvo en la pared para no desplomarse.
El poco mana que le llegaba a través de Tn era como una cuerda delgada y frágil: suficiente para mantenerla en pie, pero no para devolverle su verdadero poder.
No podía salir todavía.
No, no en ese estado.
Afuera había demasiados servants de alto rango: Cu Chulainn, El rey Arturo, Gilgamesh, incluso Da Vinci con sus absurdos artefactos.
Si se dejaba ver, la golpearían y la devolverían al sótano.
Reforzarían la maldita barrera hasta que ni siquiera ella pudiera hacerla temblar otra vez.
Pero Jalter no era estúpida.
Había aprendido a esperar.
Se dejó caer contra la pared, su respiración lenta, forzada, su mirada fija en la grieta que aún palpitaba con un tenue resplandor.
Allí, en esa fisura, estaba su esperanza.
“En algún momento, uno de esos idiotas vendrá otra vez… con comida, con agua, con maná fresco.
O quizás la puta de Kama descenderá, riéndose de mí como siempre.”.
Su sonrisa se ensanchó, mostrando los colmillos como una fiera acorralada.
“Y cuando eso pase… les arrancaré el maná de las entrañas.
Me levantaré.
Y entonces, Tn… limpiaré toda esa inmundicia que te han dejado.
Serás mío, sólo mío.”.
El sótano volvió al silencio.
El humo del fuego aún se disipaba en el aire, y Jalter, con los ojos cerrados, se dejó envolver por la oscuridad.
Esperaba, paciente y famélica, como un depredador en la sombra.
El delirio dejo de importar.
Solo……..solo un poco mas.
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