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Waifu yandere(Collection) - Capítulo 149

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  4. Capítulo 149 - 149 Sienna Kahn rwby
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149: Sienna Kahn rwby 149: Sienna Kahn rwby Estaba mal… obviamente estaba muy mal.

Tn se encontraba amordazado, con las muñecas atadas a la espalda y el cuerpo sacudido por los baches de un vehículo blindado.

Apenas podía respirar con aquella mordaza improvisada, y aunque intentaba mantener la calma, el miedo comenzaba a perforar su pecho.

No sabía a dónde lo llevaban, pero sí reconocía esas máscaras blancas con cuernos y marcas negras que lo observaban de vez en cuando… máscaras inspiradas en los Grimm.

El Colmillo Blanco.

¿Quién más se atrevería a secuestrar a un Schnee en pleno Atlas?

El recuerdo de la noche anterior lo golpeó como otra herida abierta.

Todo había sido culpa de Whitley… como siempre.

.

.

.

La fiesta en la mansión había empezado como todas: risas falsas, sonrisas ensayadas, y el peso de su apellido oprimiéndole los hombros.

Jacques lo había obligado a asistir, igual que a Weiss, que debía cantar durante la velada, y a Whitley, que se limitó a pararse en un rincón con su copa en mano, mirando con desdén a los camareros.

Tn suspiraba mientras deambulaba por el lugar, intercambiando saludos vacíos.

El aburrimiento era sofocante.

Hasta que llegó la explosión.

Un destello azul y rojo desgarró el salón.

El estruendo del Dust comprimido sacudió las paredes, las lámparas cayeron y los invitados gritaron como animales asustados.

—¡Todos al suelo!

—gritó alguien, justo antes de que otro estallido hiciera temblar el techo.

Tn reaccionó por instinto.

Saltó hacia el escenario, empujando a Weiss hacia abajo del entablado y cubriéndola con su propio cuerpo.

—¡Quédate aquí!

—le ordenó con firmeza, tomándola de los hombros—.

No salgas hasta que todo se calme, ¿me oyes?

—¡Tn, espera!

—suplicó Weiss, con los ojos abiertos de par en par.

Pero él ya se había incorporado.

El siguiente nombre que pensó fue el de Whitley.

Lo encontró en la esquina, con el rostro blanco por el miedo.

—¡Whitley, muévete idiota!

¡Ven conmigo!

El menor de los Schnee lo miró con terror.Entonces el segundo estallido sacudió el salón.

Una viga del techo se desplomó y golpeó de lleno a Tn, aplastando su espalda contra el suelo.

-AGHGHHGH.

M-m-mierda.

El aire le abandonó los pulmones.

Escupió sangre mientras extendía la mano hacia su hermano.

—¡Whitley…!

El chico lo vio.

Y corrió en la dirección contraria.

Tn no pudo creerlo.

Con la visión nublada, lo observó perderse entre la multitud desesperada.

Quiso gritar, pero un dolor agudo le partió el pecho.

Y en ese instante, varias manos lo levantaron bruscamente.

—¡Aquí hay uno!

¡Uno de los Schnee!

—rugió una voz masculina.

Eran faunos.

Varios.

Máscaras blancas cubriendo sus rostros.

Lo sujetaron de brazos y piernas como si fuera una presa.

Un golpe seco en el estómago lo dejó sin aire, con la conciencia deslizándose fuera de su alcance.

—¿La chica Schnee?

—preguntó un fauno de voz áspera.

—¡Negativo!

—respondió otro, enfurecido—.

¡La maldita desapareció!

—¿Y el menor?

—Escapó.

Un silencio pesado cayó sobre el grupo, roto solo por el gruñido del que parecía ser el líder.

—Tsk… maldición.

El plan era capturar a tres de los cuatro hijos para aplastar a Jacques.

Y solo tenemos a uno….

Una risa amarga resonó detrás de la máscara.

—Entonces cuidaremos bien de este.

Que el mundo vea cómo un Schnee se arrodilla.

La conciencia de Tn se desmoronó entre aquellas palabras.

Lo último que sintió fue que lo arrastraban por el suelo, antes de que la oscuridad lo tragara por completo.

.

.

.

Despertó dentro de aquel vehículo, atado, amordazado, sin rumbo ni salida.

Un fauno lo miraba fijamente, los ojos amarillos brillando detrás de la máscara.

—Disfruta el viaje, ricachón.

—Su voz destilaba veneno—.

Cuando lleguemos, verás que tu apellido no significa nada.

Otro se rió.

—Con suerte, nuestra líder se encargará de ti.

Y si no… siempre podemos soltarte a los demás para que se diviertan.

Las risas llenaron el interior del vehículo como cuchillos afilados.

Tn cerró los ojos, intentando no temblar.

No sabía qué era peor: morir a manos de sus captores, o convertirse en algo peor que un prisionero.

.

.

.

El caos reinaba en la mansión Schnee.

Los ecos de los gritos aún retumbaban en las paredes destrozadas, los candelabros yacían como cadáveres de cristal en el suelo, y el polvo se mezclaba con el humo de Dust que todavía chisporroteaba en las vigas rotas.A lo lejos, las sirenas de la policía de Atlas cortaban la noche como cuchillas.

Mientras tanto, el vehículo blindado del Colmillo Blanco se alejaba a toda velocidad por las calles laterales de Atlas.

El motor rugía con fuerza, y las luces de la ciudad se reflejaban sobre la carrocería ennegrecida.

Tn forcejeaba con las ataduras, la desesperación subiendo como un nudo en la garganta.

Un fauno sentado frente a él soltó un gruñido amenazante.

Sin previo aviso, hundió su espada corta en el muslo de Tn.

El dolor fue como un fuego que le atravesó la pierna.

—¡Te quedas quieto, escoria!

—espetó, con un destello asesino en los ojos—.

Intenta moverte otra vez y te llevaremos en pedazos.

El aire se escapó de los pulmones de Tn en un gemido ahogado bajo la mordaza.

La sangre tibia corría por su pierna, manchando el asiento metálico.

Sintió cómo su aura trataba de cerrarle la herida, pero estaba débil, casi inexistente.

Apenas sabía manipularla.

No era un combatiente.

Nunca lo había sido.

Y la culpa, como siempre, recaía en su padre.

Jacques había prohibido a sus hijos entrenarse en serio con el aura.

Para él, las armas y las habilidades de cazador eran innecesarias para “herederos de negocios”.

Lo máximo que Tn había conseguido desarrollar era un control débil sobre sus glifos, y aún así, sin entrenamiento real.

Ahora, bajo el filo de una espada y con el cuerpo maltrecho por aquella viga caída, no tenía nada con qué defenderse.

—¡Vamos, rápido!

—gritó el conductor, con las manos firmes sobre el volante—.

El transporte aéreo nos espera a las afueras.

Si nos alcanzan las patrullas, estamos muertos.

Los demás faunos rieron, tensos, como hienas excitadas.

Uno le dio un manotazo a Tn en la cara.

—Mírenlo… ¿ven ese miedo en sus ojos?

Tanto apellido, tanto dinero, ¿y ahora?

No eres más que un trofeo.

Otro replicó.

—No, no es un trofeo.

Es un mensaje.

Atlas va a aprender lo que significa ignorarnos.

El vehículo dobló por un callejón oscuro, las llantas rechinando.

A lo lejos, los reflectores de las naves de la policía empezaban a rastrear el cielo.

.

.

.

De vuelta en la mansión, el panorama era de ruinas.

Los agentes de Atlas entraban a paso firme, ayudando a los civiles heridos y sacando cuerpos de entre los escombros.

Bajo el escenario semidestruido, Weiss fue encontrada por dos oficiales.

Estaba cubierta de polvo, las manos aferradas a su falda rasgada, con lágrimas corriendo por su rostro.

—Tn… —sollozaba una y otra vez, con la voz quebrada.

Uno de los policías se arrodilló para cubrirla con una manta térmica.

—Tranquila, señorita Schnee.

Está a salvo ahora.

Pero Weiss negó con la cabeza, su llanto empeorando.

Sabía que no estaba a salvo.

Que su hermano no estaba allí.

A unos metros, Whitley permanecía sentado en la parte trasera de una patrulla.

Tenía otra manta sobre los hombros, pero sus manos temblaban, rígidas, incapaces de cerrarse en puños.

Miraba al suelo, negándose a cruzar palabra con nadie.

Ni siquiera se había atrevido a pronunciar el nombre de Tn desde que escapó.

Los oficiales intercambiaron miradas tensas mientras la información llegaba por radio.

—Confirmado, múltiples bajas entre los invitados.

Explosiones de Dust en la planta baja y principal.

—¿Los responsables?

—El Colmillo Blanco, señor.

Todo apunta a ellos.

La noticia empezó a propagarse como un incendio en la fría noche de Atlas.

Un atentado del Colmillo Blanco había cobrado la vida de civiles de clase alta… y un miembro de la familia Schnee había sido secuestrado.

-Carajo *biip* Aqui el oficial Thomson, solicito apoyo urgentemente, *biipt* .Tenemos decenas de heridos y al parecer los prepertadores secuestraron un rehen-.Rápidamente, el oficial a cargo pidió más refuerzos y envió un comunicado a los transportes aéreos de Atlas.

Nadie debía abandonar la ciudad.

La presión política era brutal: un miembro de la familia Schnee desaparecido, un atentado terrorista en pleno corazón de Atlas, y múltiples explosiones en un evento de clase alta.

Vaya que tenían trabajo por delante.Otro oficial, con el auricular apretado contra la oreja, notificaba a los cazadores cercanos en busca de apoyo.

Pero, como siempre, los “carroñeros” que se hacían llamar protectores pedían dinero por adelantado.

—Nada gratis, oficial.

Si quieren que nos movamos, que paguen como se debe.

-Hijos de-……

El agente suspiró pesadamente, frotándose los ojos con cansancio.

Estaba harto de lidiar con esa clase de buitres que lucraban con la desgracia ajena.

.

.

.

Mientras tanto, el vehículo que transportaba a Tn llegó a las afueras de la ciudad, donde una nave camuflada los esperaba en una pista improvisada entre hangares abandonados.

Los faunos abrieron las puertas de golpe y lo arrastraron hacia el interior de la aeronave.

Su pierna sangraba profusamente, dejando un rastro carmesí en el suelo metálico.

Uno de ellos, maldiciendo entre dientes, arrancó un trozo de la camisa de Tn y lo utilizó como vendaje improvisado.

—Será un Schnee —gruñó el fauno, atando con fuerza la tela—, pero lo necesitamos vivo.

La líder lo querrá de una sola pieza.

Otro lo empujó contra la pared de la nave, asegurándose de que las ataduras estuvieran firmes.

El rugido de los motores llenó el hangar.

El suelo tembló bajo sus pies cuando la aeronave levantó vuelo, alejándose a gran velocidad de Atlas.

Dentro, el ambiente cambió.

Uno por uno, los faunos comenzaron a quitarse sus máscaras blancas, revelando sus rostros tensos y sonrientes.

Algunos tenían cicatrices profundas, otros ojos brillantes con pupilas animales, orejas felinas, cuernos o colas que se agitaban por la adrenalina.

Sonreían con satisfacción.

—Lo logramos… —dijo uno, con una risa amarga—.

¡Golpeamos a las élites de Atlas en su propio nido!

—El Colmillo Blanco jamás había dado un golpe tan certero —añadió otro, mirando a Tn con desprecio—.

Ahora todos sabrán que nuestra causa es real.

Que no se nos puede ignorar.

Los demás rieron, como lobos celebrando la caza.

—Al fin nuestros hermanos esclavizados tendrán justicia —murmuró un fauno de mirada cansada, pero con un brillo de orgullo en los ojos.

El ambiente se llenó de gritos, bromas y discusiones sobre lo que harían con su “trofeo”.

Algunos sugerían transmitir un mensaje grabado con el Schnee arrodillado, otros hablaban de pedir un rescate imposible.

Pero todos coincidían en algo: esa noche habían cambiado la historia.

Tn, con la pierna herida y la cabeza recargada contra el metal frío de la nave, los escuchaba.

Cada palabra se clavaba como un cuchillo en su mente.

No era más que un nombre para ellos, un apellido maldito que simbolizaba todo lo que odiaban.

Pero en el fondo, muy en el fondo, sentía que lo peor aún estaba por venir.

Porque, aunque esos faunos se creían dueños de su destino, todavía no habían visto a ella.La verdadera líder del Colmillo Blanco.

Sienna Khan.

La aeronave tardaría todavía un buen tiempo en llegar a Menagerie, la isla fauno, así que varios de los pasajeros aprovecharon para encender sus pergaminos.

Las pantallas iluminaron sus rostros mientras navegaban entre transmisiones en vivo y noticieros de Atlas.

Al principio, todos sonrieron con orgullo cuando escucharon el nombre de su organización: Colmillo Blanco.

Habían sido reconocidos, mencionados a nivel mundial.

Pero la satisfacción se quebró en segundos.

“Última hora: fuentes oficiales confirman que el atentado en Atlas fue llevado a cabo por el grupo extremista Colmillo Blanco.

Un ataque desalmado que acabó con la vida de múltiples civiles inocentes, sembrando el terror en la élite de la ciudad.

El consejo de Atlas ya debate nuevas sanciones contra la población fauno residente dentro del reino…”.

Las sonrisas se borraron.

Un fauno de orejas lupinas gruñó, cerrando de golpe su pergamino.

—¡¿Inocentes?!

¡No lo eran!

—escupió, con el pelaje erizado en el cuello—.

Solo queríamos respeto para los nuestros, ¿y qué hace Atlas?

Van a castigar a nuestros hermanos, los que trabajan en sus fábricas, los que apenas sobreviven en sus barrios.

Otro, más joven, golpeó con el puño el asiento metálico.

—¡Están torciendo todo!

¡Lo que hicimos fue justo!

Esos civiles eran la élite podrida de Atlas, parásitos que se alimentan del trabajo esclavo.

No eran inocentes….

Las voces comenzaron a elevarse dentro de la nave.

—¡Pero así nos ven!

—replicó un fauno de piel oscura y mirada amarga—.

Terroristas, asesinos.

Y ahora… con lo del Schnee desaparecido, nos van a cazar como animales.

El ambiente se cargó de tensión.

Algunos asentían, otros bufaban indignados.

Todos sabían lo mismo: podían celebrar su victoria, pero afuera, el mundo los estaba pintando como monstruos.

La transmisión continuó, cada palabra siendo otra piedra en su orgullo.

“Uno de los hijos de Jacques Schnee se encuentra desaparecido tras el atentado.

Fuentes preliminares apuntan a que ha sido tomado como rehén por el Colmillo Blanco.

El consejo militar de Atlas asegura que no descansará hasta encontrarlo.

Operativos ya se extienden por toda la ciudad y reinos cercanos…”.

Las miradas se clavaron en Tn, acorralado en la parte trasera de la aeronave.

Aun atado, aun herido, el peso de su apellido lo envolvía como un manto venenoso.

Algunos lo miraban con odio.

Otros, con un brillo de duda en los ojos.

Pero todos coincidían en algo: él era la causa de que el mundo entero hablara de ellos ahora.

El silencio se hizo pesado, roto solo por una risa amarga.

—Sea como sea… —murmuró uno, acariciando el filo de su arma—.

Ahora eres el rostro de nuestra lucha, Schnee.

Apagaron sus pergaminos, no esperaban ese resultado, pero todo mejoraría cuando llegaran ante su líder.

Los faunos se decían entre sí que no podían dejar que la voz de Atlas definiera lo que eran, que la llegada a Menagerie marcaría un punto de partida.

Sus rostros cansados reflejaban la mezcla de ira y esperanza, la incertidumbre de lo que vendría, pero también el deseo de que, al menos allá, alguien escuchara sus voces.

El zumbido constante de la aeronave era el único sonido que unía sus pensamientos, cargados de dudas y rabia contenida.

Mientras tanto, en Atlas, Weiss se encontraba bajo el cuidado de la comisaría local.

Sus ojos estaban hinchados de tanto llorar, incapaces de borrar la última imagen que guardaba en su memoria: la de Tn desapareciendo entre la confusión del atentado.

Whitley estaba allí, impecable en postura, aunque con una frialdad que lo mantenía en silencio, sin mirar del todo a su hermana.

La puerta se abrió con brusquedad y Winter, vestida aún con el uniforme del ejército de Atlas, entró casi corriendo.

Apenas alcanzó a ver a Weiss, se inclinó hacia ella y la envolvió en un fuerte abrazo.

—¿Estás bien?

—preguntó con voz urgente, su semblante duro quebrándose apenas por la preocupación.

Weiss, entre sollozos, apenas logró articular palabras—Tn…

él…

él desapareció…

—su voz se quebró más—.

Él me protegió, Winter…

siempre me protegió…

El abrazo de Winter se hizo más firme, acariciándole el cabello como cuando eran niñas.

Susurró palabras tranquilizadoras, mentiras suaves destinadas a mantener la calma de su hermana, aunque ella misma no tenía respuestas.

Whitley, en cambio, permaneció rígido en silencio, sus manos cruzadas detrás de la espalda, sin intención de consolar ni un gesto de apoyo.

No dijo nada sobre lo ocurrido.

No mencionaría que, en el momento del caos, él había dejado a Tn a su suerte.

Lo había hecho sin remordimientos, impulsado por una mezcla de miedo y celos que siempre cargó contra su propio hermano.

Celos porque Tn, siendo apenas un poco mayor que Weiss y menor que Winter, había demostrado desde pequeño un espíritu noble y protector que Jacques nunca reconoció en él ni en Whitley.

Mientras Winter trataba de calmar a Weiss, Whitley desvió la mirada.

Dentro de él crecía un pensamiento venenoso: ¿por qué todos valoraban tanto a Tn?

Para él, no era más que una sombra incómoda, un recordatorio de lo que él mismo no podía ser.

—¿Madre sabe del atentado?

—preguntó Weiss con voz temblorosa, alzando el rostro aún húmedo de lágrimas.

Winter suspiró, apretando la mandíbula.

—No estoy segura…

Pero cuando escuché la noticia vine tan rápido como pude.

Si madre lo supo…

es posible que aún no lo digiera.

—Guardó silencio, evitando decir en voz alta lo que temía: que su madre, encerrada en su propia apatía y sumida en la bebida, quizá no reaccionara como Weiss esperaba.

El ambiente quedó denso, cargado de tensiones familiares no resueltas y la sombra de la desaparición de Tn, que se cernía como una herida abierta sobre todos ellos.

Locacion: Barrio rico de Atlas.

Mientras que en la finca Schnee, Willow estaba tirada en su cama, rodeada de varias botellas vacías desparramadas por el suelo.

Había dejado música suave sonando en su pergamino, una melodía que solía ayudarla a ignorar la soledad y la carga de sus recuerdos, pero aquella paz artificial se interrumpió de golpe cuando entró la transmisión de las noticias.

Al principio apenas les prestó atención, dispuesta a apagar el aparato con fastidio.

Sin embargo, cuando escuchó las palabras “un miembro de la familia Schnee desaparecido”, su corazón se detuvo por un segundo.

El alcohol pareció evaporarse de su sistema en un instante.

Su respiración se aceleró y la botella que tenía entre las manos cayó al suelo, rodando lentamente hasta chocar contra la pata de la cama.

El noticiero continuó con el mensaje completo, mencionando la desaparición y conectándola con el atentado en Atlas.

Willow permaneció inmóvil en la penumbra de su habitación, la mirada fija en nada, con la garganta seca y los dedos temblorosos.

La incredulidad inicial dio paso a un terror visceral: ¿quién?

¿cuál de ellos?

Con esfuerzo, como si cada músculo le pesara toneladas, se levantó de la cama.

Se vistió con lo primero que encontró, un vestido algo arrugado y una chaqueta que no combinaba, pero no le importó.

Apenas podía mantenerse en pie, trastabillando a cada paso, pero su instinto materno superaba a su debilidad.

Tenía que saber.

Se aferró al marco de la puerta, respirando con dificultad, y avanzó tambaleante por los pasillos silenciosos de la finca.

Sus tacones golpeaban contra el suelo de mármol en un eco irregular que denunciaba su falta de equilibrio.

El personal doméstico se apartó discretamente, demasiado acostumbrado a su estado para ofrecer ayuda, aunque sus miradas reflejaban cierta lástima contenida.

Al llegar al hangar donde se guardaban los vehículos, su voz sonó rota pero firme al dirigirse al chofer.—Llévame a la comisaría…

rápido.

El hombre, sorprendido por verla con tanta determinación, asintió sin cuestionar y puso en marcha el transporte.

Willow se dejó caer en el asiento trasero, con el pecho subiendo y bajando de manera agitada.

La mirada desenfocada buscaba fijarse en algún punto, pero solo veía imágenes fragmentadas: Weiss de niña abrazándola, Winter marchando firme hacia el ejército, y Tn… siempre protegiendo a Weiss como si fuera su propio guardián.

Un nudo amargo se formó en su garganta.

Jadeaba como si hubiera corrido, como si cada pensamiento la desgarrara por dentro.

Mis hijos…

necesito verlos.

Necesito saber si están vivos.

Su expresión se endureció por un instante.

Entre sus pensamientos, un juicio silencioso se filtró:—Whitley…

—susurró, apenas audible—.

Ese pequeño desgraciado… es igual a Jacques.

Seguro él está bien.

Seguro él ni se inmutó.

El vehículo aceleró rumbo a Atlas, mientras Willow Schnee, por primera vez en años, parecía recuperar un atisbo de la madre que alguna vez había sido, decidida a enfrentarse a la realidad aunque el miedo la estuviera consumiendo por dentro.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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