Waifu yandere(Collection) - Capítulo 150
- Inicio
- Todas las novelas
- Waifu yandere(Collection)
- Capítulo 150 - 150 Topaz honkai star rail
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo
150: Topaz honkai star rail 150: Topaz honkai star rail Toc toc.
“Abran la puerta”.
Toc toc.
Definitivamente Tn no iba a abrir la puerta que estaba siendo tocada.
La habitación de alquiler en la que se encontraba era modesta, ubicada en algún mundo de categoría media, lo suficientemente barata para pasar desapercibido, pero no tanto como para volverse una trampa.
Sobre la cama tenía sus pocas pertenencias: un comunicador desgastado, su arma de confianza, un par de libros, varios mapas de rutas intergalácticas y una cantimplora medio vacía.
Todo estaba listo para salir en cualquier momento, porque, sinceramente, vivir con deudas en la órbita de la IPC era como dormir con una bomba a tu lado.
El golpeteo insistente contra la puerta se intensificó.—Departamento de Inversiones Estratégicas de la Corporación de Paz Interastral —anunció una voz femenina, clara y firme, que no dejaba espacio para interpretaciones—.
Abra la puerta.
Es un asunto de deuda pendiente.
Tn apenas se acercó al pequeño ojo de la cerradura y se congeló.
Allí estaba ella: una mujer de baja estatura, cabello blanco con un mechón rojo imposible de ignorar, acompañada de al menos tres guardaespaldas corpulentos.
Y junto a ella, un Warp Trotter extraño con moño y adornos dorados que lo hacían parecer ridículamente distinguido.
—Genial… —murmuró Tn entre dientes, apartándose de inmediato.
Ni de broma iba a abrir.
Cogió sus cosas apresuradamente, cargó los mapas en su morral y sin pensarlo dos veces abrió la ventana.
El aire seco de la noche golpeó su rostro y, con la agilidad de alguien acostumbrado a escapar, se deslizó hacia afuera y comenzó a descender.
Detrás, la voz volvió a sonar.
—Última advertencia.
IPC.
Abra la puerta o procederemos.
Un siseo mecánico se escuchó, seguido por el sonido metálico de un autómata desplegándose.
La mujer suspiró con un dejo de fastidio.
—Siempre lo mismo… —musitó.
Luego, con un gesto seco de la mano, dio la orden—Derriben la puerta.
El crujido resonó fuerte.
La puerta cedió como papel bajo el impacto.
Al entrar, los guardaespaldas encontraron la habitación vacía, salvo por la ventana abierta y la cortina ondeando con el viento.
La mujer —Topaz, gerente sénior y cobradora estrella de la IPC— se llevó dos dedos al puente de la nariz, conteniendo su irritación.
—Cobrar deudas nunca es fácil… todos creen que pueden escapar.
Miró a Numby, que chilló alegremente y agitó sus pequeñas alas, señalando hacia abajo.
—Ya lo sé.
Vamos.
Mientras sus subordinados bajaban por las escaleras para interceptar, Topaz misma saltó por la ventana sin dudarlo, cayendo con elegancia.
Al aterrizar, divisó a su objetivo: un hombre corriendo desesperado por la calle oscura, abrazando un morral contra su pecho.
Sacó un archivo digital de su cinturón, y en la pantalla flotante apareció el rostro de Tn junto con las cifras: una deuda de varias decenas de miles de créditos, intereses acumulados y sanciones ridículas.
—Encontrado.
—cerró el archivo y comenzó a correr tras él.
Numby trotaba a su lado, y a una señal de su dueña, abrió la boca y disparó pequeñas bolas de fuego que silbaron en el aire como proyectiles.
—¡¿Estás loca?!
—gritó Tn mientras corría y esquivaba por poco el primer disparo, el cual estalló contra una farola cercana—.
¡Van a matarme antes de cobrarme!
Topaz lo seguía a un ritmo constante, su capa ondeando, su voz proyectándose sin esfuerzo:—Relájate, mientras sigas con vida, la deuda sigue creciendo.
No me conviene matarte… solo mantenerte cerca.
Tn maldijo entre dientes y giró en una esquina, pero en su desesperación pisó mal un adoquín flojo.
Su cuerpo perdió el equilibrio y cayó aparatosamente, rodando hasta quedar boca arriba, jadeante y con un dolor punzante en la pierna.
Las pisadas de botas resonaron en la calle.
Con calma implacable, Topaz se acercó, acompañada de Numby que flotaba felizmente como si la cacería fuera un juego.
Ella se inclinó un poco hacia adelante, con las manos en la cintura, mirándolo fijamente con una sonrisa satisfecha.
—¿En serio pensaste que podías escapar?
—dijo con voz suave pero firme—.
No tan fácil, Tn.
La deuda no desaparece corriendo.
Numby chilló con un tono agudo, casi burlón, como si celebrara la captura.
Tn tragó saliva, arrastrándose un poco hacia atrás mientras levantaba la mano en señal de rendición.
—…Estás demente.
Topaz se encogió de hombros, inclinándose más cerca hasta quedar a pocos centímetros de su rostro.
Sus ojos azul claro brillaban en la penumbra.—No demente.
Persistente.
Y tú… eres mío hasta que pagues hasta el último crédito.
Tn apenas logró incorporarse, tambaleándose, cuando tres de los acompañantes de Topaz lo sujetaron con fuerza.
Uno lo tomó de cada brazo y el tercero le presionó el hombro contra el suelo.
No había escapatoria.
—Tranquilo, no vamos a hacerte daño… al menos no más de lo necesario —dijo uno de los cobradores con una sonrisa burlona.
Topaz, caminando con calma hacia él, ajustó la gargantilla de su cuello y habló en un tono casi amable, como si estuviera ofreciendo un café y no un embargo.
—Lo llevaremos para que declare oficialmente sus deudas, señor Tn.
Ahí veremos qué podemos hacer con usted.
El explorador tragó saliva, nervioso, y entre dientes soltó una broma amarga—Je… supongo que siempre queda la opción de dar un riñón… o un par de órganos, ¿no?
Los guardaespaldas rieron por lo bajo, pero Topaz lo miró directamente a los ojos, seria como un juez.
—Por favor.
Hoy en día es más eficiente fabricar uno sintético que arrancárselo a alguien como tú.
No eres tan valioso biológicamente.
Tn se quedó helado un segundo, con la ofensa clavada en el pecho.
—…Gracias por la ternura.
—masculló.
Topaz lo ignoró por completo y chasqueó los dedos.—Habrá tiempo para hablar de eso en la oficina.
Llévenlo.
-Eh?.
No esperen-.
Lo tomaron mientras lo arrastraron de camino a su sede.
En la oficina de la IPCLa sala de espera era fría, con paredes blancas y un aire estéril.
Tn estaba sentado en una silla metálica, tamborileando nerviosamente los dedos contra el reposabrazos mientras miraba la puerta cerrada.
Intentó calcular en su mente la magnitud de la deuda, pero cada vez que lo hacía, los números solo se volvían más y más imposibles.
Cuando la puerta se abrió, entró Topaz con pasos firmes.
Numby trotaba detrás de ella, lanzando un chillido alegre como si todo aquello fuera una especie de juego.
Ella llevaba una carpeta electrónica y la colocó con cuidado sobre la mesa.
—Bien, empecemos.
—dijo mientras activaba la pantalla flotante—.
Tn, expedicionista independiente, especializado en la búsqueda de rutas y mapas.
Deudas acumuladas: créditos de la IPC, tres préstamos intergalácticos y dos garantías fallidas.
Con un movimiento de su dedo, fue pasando las páginas del registro.
—Expediciones fallidas: 368.—Contratos cancelados: 1456.—Tesoros “adquiridos” que resultaron ser trampas mortales: 967.
Tn hundió la cabeza entre las manos.
—Ay… cuando lo dice en voz alta, suena peor de lo que fue.
Topaz lo miró por encima del archivo, arqueando una ceja.
—Buscar tesoros es, en cierto modo, parte de mi trabajo.
Créame, tengo experiencia evaluando riesgos.
Y debo admitir que usted tiene la peor suerte documentada en esta región del cosmos.
—Oiga, ¡no es que yo quiera caer en cada trampa maldita!
—protestó Tn, levantando la cabeza.
Ella continuó, implacable—Sumemos el equipo perdido en cada viaje: escáneres de última generación, drones de reconocimiento, módulos de navegación… En algún momento, debo confesar que consideré la posibilidad de que estuviera malversando fondos.
Tn abrió la boca indignado, pero la expresión de Topaz cambió de repente a una media sonrisa, casi burlona.
—Aunque, al mirarlo ahora… —lo escaneó de pies a cabeza con sus ojos azul claro—.
Ropa barata, equipo deteriorado, sin residencia estable… Está demasiado arruinado para haber gastado ese dinero en sí mismo.
Tn cerró la boca de golpe.
Había querido protestar, pero la observación era tan directa, tan cruelmente lógica, que lo dejó sin palabras.
Topaz cerró el archivo y lo dejó sobre la mesa, inclinándose hacia él con los codos apoyados.—Así que, querido deudor, parece que no eres un ladrón.
Solo un incompetente con suerte inversa.
Numby chilló otra vez, como si estuviera de acuerdo.
Tn la miró con frustración, mordiéndose la lengua.
Lo último que quería era darle más material para burlarse.
Prefirió guardar silencio, apretando los puños bajo la mesa.
Topaz, al verlo callado, sonrió de medio lado.—¿Qué pasa?
¿Ya no tienes excusas?
Mejor así.
Me gustan los deudores obedientes.
Tn solo suspiró y preguntó, con una mezcla de resignación y miedo, qué harían con él.
La respuesta era casi obvia: no le harían más préstamos para expediciones.
Murmuró en voz baja, con un hilo de voz temblorosa, si acaso lo enviarían a un sistema de esclavos.
Topaz lo miró con un tic en el ojo, su sonrisa amable temblando como si estuviera al borde de soltarle un manotazo.
—Nosotros no hacemos eso —dijo con un tono seco—.
Deja de ser un tonto.
El silencio posterior fue espeso, apenas roto por el rasgueo de la pluma de uno de los acompañantes que revisaba papeles al fondo.
Topaz suspiró con pesadez, como si hablar con Tn fuera más agotador que calcular intereses compuestos en plena resaca.
—Mira… sí, todos tus fracasos y deudas suman una cantidad exorbitante.
—Se inclinó sobre la mesa, dejando que las luces doradas de sus accesorios parpadearan frente a sus ojos cansados—.
Pero aún puede arreglarse.
Solo tienes que firmar un contrato.
Colocó el documento frente a él, con la elegancia de quien pone una trampa bien cebada.
Tn comenzó a leerlo.
Con cada párrafo su expresión se iba derrumbando más: el entusiasmo se convirtió en preocupación, luego en horror, hasta terminar en una mueca de derrota.
Topaz, mientras tanto, hablaba como si todo aquello fuera lo más natural del mundo.
—Ya que eres un fracaso como explorador de tesoros —su tono era cruel, pero extrañamente dulce, casi burlón—, tu habilidad para crear rutas y mapas es bastante excelente.
Tanto, que bien podríamos vender tus mapas y pagar parte de la deuda.
Tn levantó la vista del papel, con los ojos entrecerrados.
Sabía lo que venía después.—No solo venderán mis mapas, ¿verdad?
—murmuró.
Topaz sonrió, aquella sonrisa que mezclaba ternura con pura avaricia.—Correcto.
También tomaremos cada recompensa que puedas ganar encontrando tesoros o rutas nuevas.
Básicamente… serás un empleado de la IPC hasta saldar tu deuda.
El silencio cayó de nuevo, hasta que uno de los acompañantes tosió para no reírse.
—Y para asegurarnos de que no vuelvas a escapar… —Topaz se enderezó, cruzando los brazos con una satisfacción peligrosa—.
Yo misma he sido asignada para acompañarte.
La palabra “acompañarte” sonó demasiado dulce, casi venenosa, como si no hablara de un deber corporativo, sino de una promesa personal.
Tn tragó saliva.
Quiso protestar, gritar que aquello era injusto, que era prácticamente un secuestro con papeleo de por medio.
Pero al ver los ojos brillantes de Topaz, tan seguros, tan decididos, entendió que abrir la boca solo lo hundiría más.
En ese momento, pensó que tal vez vender un riñón habría sido menos doloroso.
Tn solo firmó y le entregó el contrato con una resignación casi teatral, como quien acepta su sentencia.
Topaz lo recibió con una sonrisa serena, esa clase de sonrisa que, si uno no prestaba atención, parecía amable… pero escondía un brillo peligroso.—Muy bien —dijo, guardando el documento en una carpeta con un chasquido preciso—.
Desde ahora trabajaremos juntos.
Se acomodó los guantes y, con un tono profesional, lanzó la pregunta que definiría el inicio de su asociación.
—¿A dónde iremos en el Expreso Astral?
Tenemos que llegar a una base especial, y desde ahí tomar un transporte de viaje.
Tn alzó una ceja.
Sabía perfectamente lo que significaba: largas horas de análisis de estrellas, cuerpos celestes, y toda clase de peligros que podían acechar en el espacio profundo.
Asteroides erráticos, nubes de Oort impredecibles, sistemas con estrellas demasiado inestables… básicamente un menú de catástrofes posibles.
Topaz se levantó de su asiento con elegancia, como si ya todo estuviera bajo control.
—Entonces debemos apresurarnos.
—Sonrió, esa sonrisa que mezclaba negocios y algo que Tn no lograba identificar—.
Cuanto antes lleguemos, antes comenzamos a recuperar lo perdido.
Tn se levantó también, aunque con un gemido interno.
Podía sentir ya el dolor de lo que sería estar bajo la supervisión constante de esa mujer.
Sin embargo, con el contrato firmado y las reglas claras, no había marcha atrás.
Ambos partieron hacia la estación astral.
El bullicio de viajeros, comerciantes y cazadores de tesoros llenaba el lugar, pero la presencia de Topaz imponía respeto: sus acompañantes iban detrás, cargando maletines y documentos, y la gente se apartaba al reconocer el uniforme de la IPC.
Al subir al Expreso, Topaz le explicó con calma, como si fuera lo más lógico del universo—Como yo estaré pagando el viaje, limitaremos los costos a lo estrictamente necesario.
Eso significa… compartir habitación.
Tn se detuvo en seco, parpadeando varias veces.—¿Compartir?
—repitió, como si hubiera escuchado mal—.
¿No le molestará a usted… ya sabe, la incomodidad?
Topaz giró apenas el rostro hacia él, sus ojos brillando con una amenaza silenciosa.
Murmuró despacio, lo suficiente para que solo él la escuchara—Si intentas algo raro… te rompo la mano.
Tn se quedó helado un segundo, y luego soltó una risita nerviosa, rascándose la nuca.
—Ja… bueno, eso lo deja bastante claro.
Ella no sonrió.
Solo lo miró unos segundos más, hasta que volvió a girarse para caminar al vagón que les correspondía.
El ritmo de sus tacones en el suelo metálico sonaba casi como un reloj marcando la cuenta atrás de su nueva vida.
Mientras seguía detrás de ella, Tn pensó con amargura que, en comparación, haberse perdido en una trampa mortal antigua había sido casi relajante.
Los acompañantes dejaron todo en el camerino de Topaz y se retiraron, cerrando la puerta tras ellos.
El silencio que quedó fue extraño: apenas el murmullo constante del Expreso recorriendo el vacío espacial.
Topaz se dejó caer en la cama con un gemido de cansancio, cubriéndose el rostro con una mano.
La formalidad férrea que mostraba ante sus subordinados parecía resquebrajarse un poco en privado, aunque Tn dudaba que fuese algo más que una pose calculada.
Él, en cambio, eligió un sofá en la esquina y se recostó, dejando escapar un suspiro.
Miró el techo unos minutos, como si pudiera hallar en esas placas metálicas alguna salida mágica a su situación.
Finalmente, resignado, sacó su comunicador y un par de mapas holográficos.
Si lograba trazar rutas útiles más rápido, podría pagar parte de la deuda cuanto antes… y librarse de la vigilante más persistente que había tenido en toda su vida.
Topaz, todavía recostada, giró la cabeza para observarlo con ese aire analítico que nunca parecía abandonar sus ojos.
Se incorporó lentamente sobre la cama, sus piernas cruzadas con elegancia, y preguntó.
—¿A qué mundo iremos primero?
Tn, sin apartar la mirada de los hologramas, respondió con tono práctico—Conozco rastros de una civilización antigua.
No es nada confirmado, pero podría haber ruinas… y con suerte, tesoros aún sin reclamar.
—Apretó un par de teclas en el comunicador y mostró la proyección de un planeta rocoso con cinturones irregulares de asteroides—.
Aunque incluso si no hay nada valioso, trazar un mapa seguro de la superficie siempre tiene mercado.
Un mapa fiable paga bien.
Topaz lo estudió unos segundos en silencio, como si evaluara cada palabra, hasta que murmuró—Más te vale no arruinarlo.
Numby, que hasta ese momento había estado rondando por la habitación, se subió a la cama y comenzó a sisear suavemente, como un recordatorio viviente de que Topaz siempre tenía ojos… incluso cuando parecía descansar.
Tn resopló, apoyando la cabeza contra el respaldo del sofá.
—Siempre me gustó trabajar solo —dijo en voz baja, casi para sí mismo—.
Y ahora estoy bajo vigilancia… de la mujer más insufrible que podía tocarme.
Topaz levantó una ceja, sin apartar la vista de él.—¿Dijiste algo?
—su tono fue suave, pero con esa sutil amenaza que lo hizo tragar saliva.
—Nada… nada —respondió Tn de inmediato, agitando la mano como si espantara el aire.
Luego volvió a hundirse en sus mapas, deseando que el universo le concediera un milagro.
Pero lo sabía bien: su vida estaba atada al contrato.
Y a ella.
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com