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Waifu yandere(Collection) - Capítulo 151

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  4. Capítulo 151 - 151 Kaltsit arknights
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151: Kaltsit arknights 151: Kaltsit arknights Advertencia ⚠️ ⚠️ Futuro contenido para mayores 18 leer bajo su propio criterio Advertencia contenido grafico de violencia y Advertencia ⚠️ temas cuestionables y sensibles se sugiere que si no es de su agrado salga de aquí y de paso aclaro que personajes o imágenes no me pertenecen crédito a sus autores.

Agrego personajes no me pertenecen.

Imágenes y personajes no me pertenece crédito a sus autores.

Advertencia este capítulo contiene escenas para mayores y lenguaje bulgar están advertidos.

________________________________.

El silencio del pasillo metálico del Departamento Médico siempre le resultaba extraño a Tn.

Había aprendido a reconocer cada eco de sus pasos, cada reflejo pálido en las luces estériles del techo.

Casi parecía que el aire allí era distinto, más pesado y frío que en cualquier otra parte de Rhodes Island.

Y aun así, era el único lugar donde se sentía a salvo.

Quizás por costumbre…

o quizás por ella.

Kal’tsit siempre lo reprendía si se alejaba demasiado del área médica, como si el resto de la base fuese un territorio hostil.

Tn lo aceptaba con resignación: no era un operador entrenado, no tenía armas ni artes ostentosas; era un simple humano que servía para reparar lo que se rompía.

Nadie le exigía más de lo que podía dar.

Nadie, excepto ella.

Tn alzó la mano y golpeó suavemente la puerta del consultorio.

Un sonido breve, seco.

Desde dentro, la voz inconfundible de Kal’tsit respondió con un “Pase”.

Al entrar, lo recibió la figura erguida de la felina (Neko), sus ojos brillando tras la pantalla de varias tablets alineadas.

Datos médicos, estadísticas, registros.

Todo en constante movimiento.

Kal’tsit levantó la mirada, parpadeó apenas y, sin mayor preámbulo, señaló la camilla.

-Recuéstate.

Tn suspiró, como quien repite un ritual inevitable.

Se quitó la chaqueta, luego la camiseta, y finalmente se acomodó sobre la superficie fría.

El roce de los instrumentos metálicos contra la bandeja cercana le erizó la piel.

Kal’tsit activó los escáneres, los haces de luz recorriendo su torso con precisión mecánica.

Su voz, neutra, casi desapegada, se coló entre los pitidos de las máquinas.

-¿Has estado alimentándote bien?

-Sí…

-respondió él, con una sonrisa tenue-.

Tres comidas, exactamente como usted dijo.

Todo lleno de esos nutrientes específicos.

Un murmullo de aprobación salió de sus labios, tan bajo que apenas fue un susurro.

La doctora se inclinó, y Tn sintió la mano fría de ella apoyarse justo donde latía su corazón.

El contraste lo hizo estremecerse.

-Ritmo estable -murmuró ella, más para sí misma que para él.

Kal’tsit lo observaba de cerca, cada rasgo, cada respiración.

Hizo algunas preguntas sobre su jornada.

Tn respondió con suavidad, sin entusiasmo: lo mismo de siempre, reparaciones menores, piezas reemplazadas.

Una rutina monótona.

Al menos, sabía que cada semana terminaría allí, bajo su mirada inquisitiva.

No podía quejarse.

En cierto modo, aquel cuidado obsesivo era un consuelo.

Kal’tsit era la única persona con la que podía hablar sin sentirse invisible.

La única mujer que parecía interesarse en él.

Aunque a veces, al ver el brillo en sus ojos, Tn no estaba del todo seguro de si se trataba de interés…

o de vigilancia.

Kal’tsit apagó el escáner y tomó una tableta, revisando los resultados.

No dijo nada por un largo momento, y el silencio lo obligó a revolverse un poco sobre la camilla.

Entonces ella dejó el aparato a un lado, se acercó más de lo habitual, y su voz sonó más baja que antes.

-Te mantienes sano porque sigues mis indicaciones.

No olvides que, allá afuera…

no durarías.

Su mirada se endureció, y aunque las palabras parecían advertencia, en el fondo había algo más: un leve temblor de posesividad, casi como una promesa velada.

Tn tragó saliva y asintió en silencio, sin atreverse a contradecirla.

Tn tomó su ropa para ponérsela mientras la mujer dejaba su table sobre el escritorio, acomodándola con cuidado.

Mencionó, sin levantar demasiado la voz, que tenían que enviar un reporte de mantenimiento.

Tn, ajustándose la camisa, respondió distraído que él podría llevarlo, pero la mujer lo miró directamente a los ojos.

Fue un cruce de miradas breve, pero con un peso que siempre lograba callarlo.

-Ambos lo llevaremos, quedo claro.

Repitió, con un tono sereno pero inapelable, que lo harían ambos.

Tn bajó un poco la cabeza y murmuró un “está bien” apenas audible, antes de seguirla hacia la puerta.

Ambos salieron del consultorio, el sonido metálico del cierre resonó en el pasillo vacío, y mientras caminaban juntos bajo la luz tenue de los corredores, Kal’tsit observó fijamente la espalda de Tn.

Su andar aún tenía algo de torpeza juvenil, pero ya no era el niño indefenso que ella había recogido años atrás.

Un destello suave de orgullo se formó en sus labios: una sonrisa, rara en ella, que escondía más sentimientos de los que jamás se atrevía a mostrar.

En su mente, el recuerdo brotó sin permiso.

Aquella ciudad en ruinas, polvo y humo cubriendo todo, los escombros aún humeantes como cicatrices abiertas.

Entre ellos, un niño delgado, herido más por el abandono que por la guerra misma.

Estaba solo, desprotegido, sin voz, con los ojos vacíos de esperanza.

Ella lo tomó entre sus brazos con la misma resolución clínica con la que trataba a un paciente…

pero algo en su interior se quebró cuando sintió el débil temblor de su respiración.

Ese día decidió llevarlo a la base, darle un refugio que, en el fondo, no estaba segura de poder sostener.

Kal’tsit lo crio como si fuese suyo, pero nunca le inculcó la disciplina del combate.

No porque no supiera luchar -era una experta-, sino porque sabía lo que significaba el camino de las armas en su mundo.

Entrenar a Tn como guerrero habría sido condenarlo a un destino de riesgo, misiones que lo arrojarían al filo de la muerte una y otra vez.

Ella no quería perderlo.

Así que eligió otro sendero: lo mantuvo en una estricta dieta para que estuviera sano, pero no lo bastante fuerte como para destacar.

Un par de drogas inofensibas y ese asma haria lo demas.

Le asignó trabajos seguros, de reparación y mantenimiento, donde sus manos aprendieran precisión pero no violencia.

Incluso, en secreto, ella misma rompía algunas piezas o máquinas menores solo para darle algo con qué entretenerse, para que tuviera un propósito sin nunca tener que arriesgarse demasiado.

El tiempo pasó, y aquel niño se convirtió en el joven que ahora caminaba frente a ella, con los hombros más firmes y la mirada menos apagada.

Kal’tsit lo miraba en silencio, evaluando, recordando y temiendo al mismo tiempo.

Quizás había hecho bien al protegerlo…

o quizás había sido egoísta al querer mantenerlo en una jaula invisible, lejos del filo del mundo real.

Y aun así, mientras avanzaban juntos por el pasillo, ella sonrió suavemente.

Le estaba gustando cómo se formaba ese chico que había traído desde la nada.

Una parte de ella quería creer que, sin importar lo que ocurriera más adelante, él seguiría siendo suyo, aunque el mundo tratara de arrebatárselo.

Llegando casi a la oficina principal para entregar el informe, Tn abrió la puerta con calma, pero el espacio estaba vacío.

La mesa impecable, los papeles ordenados, el ligero aroma a té aún tibio…

pero la jefa no estaba allí.

-Tal vez se fue a descansar -murmuró Kal’tsit, apoyando una mano en el marco de la puerta-.

O alguien la llamó.

Tn dejó el informe sobre la mesa con cuidado, como si temiera alterar el orden del despacho.

Enderezó la espalda y se giró hacia ella.

-De todos modos, ya está aquí…

y casi es hora del almuerzo.

-Hizo una pausa, algo tímido-.

¿Me acompañarías?

Kal’tsit lo miró con esos ojos que rara vez dejaban escapar emoción, pero una leve curvatura en sus labios suavizó su gesto.

-Sí.

Vamos.

Caminaron juntos hacia la cafetería, el silencio del pasillo interrumpido solo por sus pasos acompasados.

Al entrar, la rutina del lugar los envolvió: el murmullo de conversaciones, bandejas metálicas deslizándose, el olor a comida recién preparada.

Tn recibió su ración de comida balanceada, cuidadosamente calculada para los operadores.

Kal’tsit, en cambio, aceptó sin protestar una simple hamburguesa, poco nutritiva, pero suficiente para llenar el estómago.

Se sentaron en una mesa lateral, lejos del bullicio.

Fue entonces cuando Kal’tsit sacó un pequeño frasco de su bolsillo, colocándolo frente a Tn sin ceremonia.

-Tus medicamentos.

Tn los tomó de inmediato, sin cuestionar.

-Gracias, Kal’tsit.

-Se los llevó a la boca, tragándolos con un sorbo de agua, más preocupado en probar el guiso de su bandeja que en mirar qué exactamente acababa de tomar.

Ella lo observó con detenimiento, y por un instante, una sombra de sonrisa cruzó su rostro.

Era otro de sus métodos.

Los analgésicos y concentrados que preparaba mantenían su organismo estable, pero también un poco más débil, más dócil.

No era lo más ético para alguien con su formación médica…

pero ella ya había dejado de creer que la ética importaba cuando se trataba de proteger lo poco que aún le quedaba.

Kal’tsit apoyó el codo en la mesa, fingiendo distraerse con su hamburguesa.

-Has estado adaptandote mejor a tu trabajo.Si quieres podria habalr con la jefa para minimisar tus labores -Su tono era suave, casi burlón.

Tn levantó la vista, sorprendido por el comentario.-Bueno…

supongo que me acostumbré a lo que hay aquí.

No soy exigente.

Me gusta mi trabajo-Levantó los hombros, sonriendo apenas.

-Lo sé.

-Ella lo miró de reojo-.

Siempre fuiste así.

Conforme con lo mínimo.

Ignorando un poco que posiblemente este algo fuera de sus cinco sentidos.

Tn se rascó la nuca, incómodo, y desvió la mirada hacia su plato.

-Quizá…

porque ya tuve demasiado de lo contrario.

Aprendí a no esperar mucho.

El comentario dejó un silencio breve entre ambos, pesado, casi íntimo.

Kal’tsit bajó la mirada hacia su hamburguesa, sin tocarla todavía.

El recuerdo de aquel niño en ruinas volvió a asomar, y apretó el frasco vacío en su bolsillo con disimulo.

Finalmente, habló.

-No tienes que cargar con esas memorias cada vez que comes.

-Su voz, aunque firme, tenía un matiz de calidez extraño en ella-.

Aquí, al menos, nadie te va a arrebatar lo que tienes enfrente.

Tn levantó la vista y la miró un momento, como si intentara leer entre líneas.

Luego sonrió, con esa ingenuidad que a ella tanto le dolía.

-Eso lo dices tú, Kal’tsit…

y yo te creo.

Ella contuvo un suspiro.

Lo miró comer con naturalidad, sin sospechar nada.

Y en silencio, volvió a convencerse de lo mismo: lo estaba protegiendo a su manera, aunque tuviera que manipular su cuerpo para mantenerlo lejos de la guerra.

Nham~.

Kal’tsit empezó a comer su hamburguesa, masticando sin prisa.

Frente a ella, Tn siguió con su comida, sin prestar demasiada atención, concentrado en terminar para volver a su rutina.

Cuando acabó, limpió su bandeja y la dejó a un lado.

-Bueno…

creo que seguiré con mi trabajo -dijo él, poniéndose de pie con una sonrisa educada-.

Gracias por acompañarme, Kal’tsit.

Ella alzó una ceja.

-¿Y tu despedida?

-preguntó, con un tono entre exigente y juguetón.

Tn parpadeó, recordando, y se inclinó un poco hacia ella.

-Cierto…

lo siento.

Extendió una mano y acarició suavemente las orejas de la neko, como si lo hiciera con un gesto ya cotidiano.

Kal’tsit no pudo evitar soltar un leve ronroneo, cerrando los ojos un instante.

-Ahh~…

-susurró casi inaudible, como si se permitiera un respiro íntimo.

Una suave caricia en la oreja izquierda y la mujer sentia que algo de su baba se salia de sus labios.

Apretando un poco los dedos Tn siguio con lo suyo sin notar como la mujer tenia las manos sobre la mesa rasgandola.

Un liquido transparente comenzo a fluir desde el interior de la mujer.

“Ahhh~”.

Tn sonrió, retiró la mano con cuidado y se enderezó.-Nos vemos más tarde.

Él se alejó entre las mesas de la cafetería, dejando a la doctora en su asiento.

jadeando Kal’tsit suspiró, un aire feliz escapando de sus labios.

¿Quién diría que una caricia tan simple en su cabeza y orejas podía estimularla tanto?

Lo había descubierto hacía tiempo, cuando un Tn más joven e infantil había jugado con ellas sin pensar demasiado…

y la dejó sin fuerzas con aquella torpe pero intensa estimulación.

Tantos orgasmos en fila uno tras otro con solo estimular sus orejas.

Desde entonces, había adoptado aquel hábito.

Un secreto pequeño, pero que la mantenía conectada a él.

Era lo mas cercano a tener intimidad on Tn sin quitarle la pureza.

Terminó su hamburguesa con calma, se levantó y salió de la cafetería.

Caminaba sin cuidado, recorriendo los pasillos de la base como siempre, hasta que su cuerpo la llevó de manera natural al ala médica.

Allí era donde pasaba la mayor parte de sus días, esperando pacientes, atendiendo informes…

o citando a Amiya bajo cualquier pretexto.

Mientras avanzaba, un pensamiento le arrancó una ligera sonrisa.

Amiya.

Esa niña de orejas de conejo, dulce y decidida, a la que había visto crecer.

La apreciaba tanto como a Tn.

Y siempre cuidaría de ambos.

-Dos pilares -murmuró para sí, acariciando con la yema de sus dedos el frasco aún guardado en su bolsillo-.

Uno con el corazón fuerte, otro con la voluntad ardiente.

Se detuvo un instante frente a una ventana, mirando el reflejo de su propio rostro en el vidrio.-Aunque…

-su voz bajó a un susurro casi amargo-.

Es una lástima.

Su sonrisa se volvió melancólica.

-No pude hacer con Amiya lo mismo que hice con Tn.

De haber tenido la oportunidad, pensó, la joven estaría igual de dócil, igual de dependiente.

Un tesoro bajo su cuidado absoluto, lejos del campo de batalla, a salvo del dolor.

Se giró y continuó caminando por el pasillo, como si nada pasara.

-Pero aún queda tiempo…

-susurró, la frialdad de su mirada escondida tras aquella serenidad habitual.

Llegó a su consultorio y se sentó a esperar.

El aire estéril del lugar estaba impregnado del característico olor de los desinfectantes, ese aroma que siempre le recordaba que su mundo giraba en torno a la enfermedad, la guerra y la cura imposible.

Encendió la tableta y revisó algunos reportes médicos, pero pronto sus pensamientos comenzaron a flotar más allá de las palabras en la pantalla.

¿Qué más podía hacer en este momento?

Se había alejado de las misiones por orden propia, con la excusa de reorganizar recursos y cuidar del personal.

El Doctor no la había solicitado en días, y eso dejaba un vacío extraño, como si las horas se acumularan sin propósito.

Kal’tsit se recostó un poco más en su silla, los ojos vagando hacia el techo.

Allí, en el silencio, los nombres surgieron como espectros: Patriot.

Skullshatterer.

Misha.

Ecos de batallas, de sacrificios, de vidas que se apagaron demasiado rápido.

El tiempo parecía haberse vuelto líquido, difuso.

¿Cuándo había ocurrido todo aquello?

¿Hace meses?

¿Años?

No estaba segura ya.

Un nudo de frustración le apretó el pecho.

Estaban en una base fortificada, sí, pero ¿qué aseguraba que mañana no volverían a sufrir un ataque?

Las Criaturas Infectadas acechaban en los límites de cualquier ciudad en ruinas, bestias deformadas por el Originium con instintos depredadores y habilidades impredecibles.

A ellas se sumaban los Sarkaz, soldados curtidos que entendían demasiado bien cómo romper las defensas de los vivos.

Las Machinas, frías, implacables, siempre renovándose con nuevos modelos.

Los Drones, vigilantes eternos en el cielo.

Y las aberraciones creadas con artes, simulacros de vida que no deberían existir.

Kal’tsit cerró los ojos, murmurando apenas-Normales, élites, jefes…

nivel tras nivel…

siempre algo más fuerte esperándonos en la siguiente esquina.

Podía enumerar las categorías casi como un mantra: normales, carne de cañón; élites, los que hacían que un simple error costara vidas; jefes, aquellos que podían arrasar a un escuadrón entero.

Y aún más allá, las versiones mejoradas…

Nivel 0, 1, 2.

Una espiral ascendente de dificultad, como si el mundo entero se burlara de ellos.

-Un peligro que no quiero para Tn…

ni para Amiya -susurró, sus dedos apretando la tableta hasta que las articulaciones se le marcaron blancas.

El rostro de ambos apareció en su mente: Tn, frágil, dócil, demasiado humano en un mundo que exigía monstruos para sobrevivir.

Amiya, fuerte de espíritu, pero demasiado joven, demasiado dispuesta a cargar con un peso que tarde o temprano la quebraría.

Kal’tsit abrió los ojos, clavando la mirada en el techo como si pudiera ver más allá del metal, hacia las sombras que acechaban.

-Si no puedo detener el mundo -pensó, con un leve temblor en la voz-, al menos puedo detenerlos a ellos.

Mantenerlos cerca, mantenerlos seguros.

Aunque tenga que arrancarles la libertad.

Un silencio pesado llenó el consultorio.

La idea no era nueva, llevaba tiempo creciendo en su interior como una semilla venenosa.

Pero cada día que pasaba sin ataque, cada hora que Tn caminaba por la base ajeno al peligro, esa semilla echaba raíces más profundas.

Kal’tsit dejó la tableta sobre el escritorio, y apoyó la frente en su mano.

Sus orejas temblaron levemente cuando el recuerdo de la sonrisa ingenua de Tn volvió a su mente, seguido por la determinación inocente de Amiya.

No podía permitir que se apagaran como Patriot o Misha.

No podía.

-No mientras yo aún respire…

-murmuró.

El zumbido lejano de los equipos médicos fue lo único que respondió a su promesa.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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