Waifu yandere(Collection) - Capítulo 155
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155: Leonardo da Vinci part 7 (fgo) 155: Leonardo da Vinci part 7 (fgo) Advertencia ⚠️ ⚠️ Futuro contenido para mayores 18 leer bajo su propio criterio Advertencia contenido grafico de violencia y Advertencia ⚠️ temas cuestionables y sensibles se sugiere que si no es de su agrado salga de aquí y de paso aclaro que personajes o imágenes no me pertenecen crédito a sus autores.
Agrego personajes no me pertenecen.
Imágenes y personajes no me pertenece crédito a sus autores.
Advertencia este capítulo contiene escenas para mayores y lenguaje bulgar están advertidos.
_________________________________________________________________ Da Vinci estaba roncando suavemente, con el cabello aún húmedo y desordenado por el vapor de la ducha.
Hacía horas que había concluido su experimento, un trabajo agotador y delicado que la dejó al borde del colapso.
Osakabehime ya descansaba en una cama improvisada, respirando con calma, como si todo aquello no hubiera sido más que una mala pesadilla.
La inventora se había visto forzada a crear un cuerpo no servant, orgánico y estable, para lograr lo que se había propuesto.
No era una solución elegante ni definitiva, pero sí un triunfo técnico.
El experimento había dado buenos resultados: el cuerpo respondía a estímulos vitales, aunque todavía requería múltiples ajustes.
Pronto, pensaba, tendría que modificar el código espiritual de Osakabehime para sellar la memoria de la intervención, borrar los rastros más peligrosos.
Quemaría aquellos libros obscenos de Tn que la habían alterado tanto, la dejaría en su cuarto y listo: nadie preguntaría nada, nadie sospecharía.
Ella no recordaría nada.
Pero el verdadero desafío apenas comenzaba: crear un cuerpo 100% orgánico con los escasos recursos de Chaldea.
Ni siquiera con su mente brillante era un proyecto sencillo.
Era un reto que se situaba en el límite entre la ciencia, la alquimia y la herejía.
Y aun así, lo intentaría.
Al terminar de ordenar sus notas y guardarlas bajo llave, se levantó tambaleante.
Una ducha fue suficiente para despejar su mente, aunque no para borrar la fatiga que le pesaba en los hombros.
Se vistió con su bata ligera, suspiró y se encaminó por los pasillos en busca de una presencia conocida, alguien que le diera una pausa en medio de tanto esfuerzo.
Al llegar, tocó suavemente la puerta de la habitación de Tn, pero al no recibir respuesta giró el picaporte.
La puerta cedió y lo primero que vio fue a su mejor amigo, tirado en el suelo con restos de pintura en el rostro, seguramente fruto de alguna travesura improvisada.
A su lado, acurrucados y riendo en susurros, estaban varios Servants infantiles: Jack con sus ojos brillantes como dos lunas traviesas, Nursery Rhyme con un libro abierto sobre las rodillas y Jeanne d’Arc Alter Lily, con la inocencia de quien no conoce el peso de su propia leyenda.
Da Vinci sonrió dulcemente.
La escena, pese a lo caótica, le enterneció el corazón.
Por un instante, se permitió imaginar que todos ellos eran sus hijos, pequeños frutos de un milagro imposible.
¿No sería perfecto?
Un mundo sin batallas, sin guerras, sin experimentos ocultos.
Solo ellos, risas en un cuarto iluminado tenuemente y ella, observando como madre, no como genio condenado a crear.
Se llevó una mano al pecho, suspirando.
Era una ilusión, lo sabía.
Pero aún así, el deseo quedó flotando en su mente como una chispa peligrosa, imposible de apagar.
Da Vinci se paseó lentamente por la habitación, dejando que la suave penumbra acariciara los rincones desordenados.
Rio un poco, en voz baja, murmurando para sí misma,.
—Sigue igual que en Venecia… cuando yo arreglaba tu cuarto porque te quedabas dormido, Tn….
Ninguna de las pequeñas la interrumpió.
Jack, Nursery Rhyme y Jeanne Alter Lily permanecían pegadas al cuerpo del joven, como si fueran guardianas silenciosas, absortas en la simple necesidad de estar a su lado.
Esa devoción infantil, pura en su rareza, era un contraste punzante con las memorias que cruzaban la mente de la inventora.
Caminó hasta los caballetes apoyados contra la pared, deteniéndose ante los cuadros inacabados de Tn.
Había color, deliriros y también heridas abiertas en cada trazo.
Entre ellos, algo captó su atención: una pintura de su querida ciudad, Venecia.
No era la Venecia de los sueños, sino la vencida, la corroída por el paso del tiempo y la guerra.
Tomó el lienzo entre sus manos con delicadeza, como si al sostenerlo pudiera salvar lo que ya había sido perdido.
Y en ese instante, la chispa prendió en su interior.
No solo recuerdos, no solo nostalgia: una idea mejor.Los planos de un cuerpo humano, la teoría incompleta que guardaba en su laboratorio, el poder del Grial… Sí, todo aquello podía converger.
Un murmullo, casi un rezo, escapó de sus labios—¿Por qué no, Leonardo?
¿Por qué no regalarle a Tn aquello que le fue negado?
Aún se culpaba.
No importaba cuántas veces justificara su silencio o su huida, en el fondo sabía que Tn había sido torturado en las catacumbas italianas por la Iglesia porque eligió protegerla.
Nunca delató a otro hombre de ciencia, nunca quebró su espíritu.
Murió creyendo en ella, en la ciencia, en el ideal compartido de que el conocimiento era más grande que cualquier cadena.
Si alguien merecía una segunda oportunidad, era él.
Viajar al pasado con el Grial sería un desastre: ni siquiera Chaldea lo aprobaría, y aun si lo hicieran, aquello no borraría las marcas que ya estaban grabadas en la historia.
Pero crear… crear un lugar nuevo.
Una singularidad, tal vez incluso un Lostbelt, algo sellado al margen de las líneas principales del tiempo.
Un refugio donde nada de lo ocurrido pudiera alcanzarlos, un hogar solo para ella y Tn.
El pensamiento era prohibido, incluso herético, pero Da Vinci sintió cómo su corazón latía con fuerza, como si hubiera encontrado una verdad más poderosa que todas sus fórmulas.
—Un mundo propio… un hogar nuestro —susurró, cerrando los ojos, apretando el cuadro contra su pecho como si fuera un voto.
La sombra de Chaldea se alzó en su mente.
Saber que Ritsuka, Mash o cualquier otro pudiera descubrir un proyecto así era un riesgo enorme.
La institución no toleraría un acto de traición a tal escala.
¿Pero acaso importaba?
Da Vinci levantó la vista, observando a Tn dormido, rodeado de sus “hijas” temporales.
La visión era tan dolorosamente perfecta que la decisión se grabó en piedra.
Sí.
Crearía ese mundo.
Aunque tuviera que desafiar a Chaldea y al mismísimo destino.
.
.
.
Da Vinci comenzó a trazar los planos en secreto, ocultando sus cálculos entre diseños de sistemas de soporte vital y esquemas de armamento que nadie en Chaldea se atrevería a cuestionar.
Usaría como base la singularidad actual: una línea de tiempo fracturada, suficientemente dislocada como para moldearla sin que el orden humano fuera arrasado.
Era un trabajo quirúrgico, casi artístico.
Cada fractura temporal era una tela en blanco sobre la cual podía bordar un mundo nuevo.
La diferencia era que esta vez no buscaba restaurar el tejido, sino tejer algo distinto, propio.
Chaldea sin ella era un cascarón vacío.
Eran buenos recopilando información, enviando Master y Servants, reparando grietas aquí y allá… pero sin Da Vinci, la dirección se perdía, la maquinaria se tambaleaba.
Ella era el engranaje invisible que mantenía todo en movimiento.
—Y si soy la que sostiene al mundo… —murmuró, con un destello sarcástico en sus labios—, ¿por qué no sostener el mío?
El cinismo se mezcló con algo más oscuro: el resentimiento.
El recuerdo de la Iglesia, de sus inquisidores, de los hombres que habían torturado a Tn hasta quebrar su cuerpo en nombre de un dogma podrido.
Sonrió con un filo de sarcasmo y venganza, casi con una dulzura cruel—Podría modificarlo… lo suficiente para que la Santa Iglesia jamás fuera un problema.
Un mundo donde esa maldita orden no tenga poder ni sobre nosotros ni sobre nadie.
Donde los hombres de ciencia puedan florecer sin temor.
Donde yo pueda tenerlo todo….
La idea la embriagaba.
Era la promesa de un paraíso construido con sus manos, un Edén hecho no de fe sino de fórmulas y diseño.
Pero un obstáculo se alzó en medio de su visión: Tn.Él había sido invocado por Chaldea, no por ella.
Incluso con los sellos de comando en sus manos, no estaba segura de que él aceptara seguirla en ese nuevo mundo.
Sí, la llamaba su mejor amiga… pero ese vínculo, ¿era suficiente?
Se inclinó sobre el banco de trabajo, dibujando a toda prisa símbolos de control, líneas de hechicería adaptadas a los sellos de comando.
Si un vínculo natural no era garantía, entonces tendría que reforzarlo.
—Unos cuantos sellos más —murmuró, con voz baja y venenosa—, y un poco de reprogramación mental… eso bastará.
No era crueldad, se decía a sí misma.
Era prevención.
Precaución.
Si Tn despertaba dudas o nostalgia por un pasado que ya no podía recuperar, ese paraíso se desmoronaría antes de nacer.
No podía permitírselo.
Así que dibujó y anotó fórmulas de control del alma, dispositivos para reforzar lazos de obediencia, diagramas de cómo modificar recuerdos sin destruir la esencia.
Todo entrecruzado con las líneas de su nueva singularidad, un mundo hecho a su medida.
Da Vinci se recostó en su silla, observando los bocetos que se multiplicaban como raíces en expansión.
—Egoísta… quizás lo soy —admitió con un suspiro, aunque sus labios todavía sostenían una sonrisa torcida—.
Pero al diablo.
Esta vez, seré egoísta… y seré feliz.
Da Vinci siguió en lo suyo, perdida en sus cálculos y esquemas, mientras otro día en Chaldea avanzaba como si nada hubiera ocurrido.
Tn estaba en la sala común, pincel en mano, pintando con calma.
No necesitaba esfuerzo para atraer compañía: varias de las Servants infantiles se arremolinaban a su alrededor.
Jack reía mientras lo salpicaba con un poco de pintura en la mejilla, Nursery Rhyme se dedicaba a dibujar un enorme libro abierto en la pared, y Jeanne d’Arc Alter Lily trataba de imitar los trazos de Tn aunque terminaba manchando más de lo que pintaba.
Había un don natural en él para convivir con los niños, una serenidad que inspiraba confianza.
A veces, cuando cerraba los ojos, recordaba escenas similares de otros tiempos: pequeños curiosos que se acercaban a escuchar sus historias, a reír con sus gestos, a aprender con él.
Esa nostalgia lo envolvía en un calor extraño, como un eco de una vida que no pertenecía del todo a este mundo.
.
.
.
Mientras tanto, Ritsuka continuaba encerrado en su habitación.
Desde aquel regaño de Da Vinci, el muchacho apenas se atrevía a salir.
El miedo, mezclado con vergüenza, lo mantenía prisionero entre sus propias paredes.
El silencio de su habitación era pesado, y aunque Mash trataba de visitarlo al inicio, las obligaciones crecientes como Demi-Servant la fueron apartando.
Ahora pasaba la mayor parte de sus días entrenando o apoyando en la preparación para las futuras singularidades.
Ritsuka estaba solo, demasiado asustado como para buscar compañía, demasiado abatido como para alzar la voz.
Lejos de la algarabía de los pasillos, en otra ala de Chaldea, Osakabehime abrió los ojos con un gemido débil.
Sentía la cabeza pesada, como si hubiera dormido una eternidad, y un dolor sordo le palpitaba detrás de las sienes.
—Ugh… quizá me desvelé demasiado… —murmuró, con la voz pastosa.
Intentó levantarse, pero todo le daba vueltas.
El olor rancio de su propia habitación le golpeó de inmediato: sudor, envolturas de comida, ropa sucia apilada, papeles tirados por doquier.
El mismo caos de siempre.
Nada parecía diferente.
Sin embargo, una sensación extraña le recorría el cuerpo, como si algo no encajara.
Una punzada en el abdomen, un hormigueo en la piel.
Se abrazó a sí misma, confundida, buscando alguna señal de qué había ocurrido.
Pero su mente era un lienzo en blanco.
Ningún recuerdo reciente se formaba; todo estaba difuso, fragmentado en sombras que se deshacían antes de ser entendidas.
Osakabehime se dejó caer sobre su silla, apoyando la cabeza entre las manos.
—Seguramente fue un maratón de dibujo otra vez… —se convenció en voz baja, aunque el temblor en su respiración la delataba.
Algo estaba mal, pero no lograba saber qué.
En su mesa, los mismos bocetos indecentes estaban desperdigados, esperando ser terminados.
Ella los miró sin entusiasmo.
Por primera vez, ni siquiera esas fantasías le arrancaban una sonrisa nerviosa.
En otro extremo del complejo, Da Vinci suspiró satisfecha mientras revisaba los reportes técnicos que había generado en la madrugada.
Nadie sospechaba nada.
Nadie preguntaba nada.
Y la vida en Chaldea continuaba.
Da Vinci afinando sus planes secretos tenía bastante trabajo, y más porque debía hacerlo casi todo ella sola.
No podía pedir ayuda, de lo contrario se darían cuenta y los Servants podrían interponerse en su camino.
Así que solo confiaba en sí misma, en su ingenio y en esa obsesión que la mantenía despierta durante noches enteras.
Su taller se había convertido en un santuario de planos y cálculos.
Pergaminos, hojas sueltas y pantallas flotantes llenaban cada rincón, proyectando diagramas incomprensibles para cualquier ojo ajeno.
Había bosquejos de estructuras imposibles, símbolos de thaumaturgia combinados con fórmulas matemáticas, y modelos tridimensionales de cuerpos humanos y Servants reconstruidos con precisión quirúrgica.
El Grial descansaba en una cápsula sellada en un rincón, emitiendo un resplandor contenido que bañaba la habitación con destellos dorados.
Da Vinci lo miraba de reojo mientras trazaba líneas sobre un nuevo esquema: un círculo mágico de escala monumental, entrelazado con una red de soporte tecnológico.
Un híbrido entre Singularidad y laboratorio personal.
—Con esto… podría tenerlo todo… —murmuró para sí, su voz cargada de un fervor casi religioso.
Pero no era tan simple.
Sabía que los recursos de Chaldea eran limitados, que cualquier desvío de energía demasiado evidente levantaría sospechas.
Así que calculaba con precisión: lo que podía tomar sin ser notada, los márgenes de error que no llamarían la atención de los sistemas, los movimientos necesarios para que Ritsuka y Mash nunca vieran más que lo que ella quería mostrarles.
Cada fórmula que escribía era un paso más cerca de un mundo diseñado por sus manos.
Uno donde la Iglesia no tendría cabida, donde la ciencia podría florecer sin cadenas, donde Tn no estaría marcado por las cicatrices del tormento ni condenado al sacrificio.
Un mundo donde ella misma podría tener lo que deseaba en lo más profundo de su ser: una familia, hijos, y a su lado al único hombre que consideraba su igual.
Da Vinci respiró hondo, sosteniendo un compás entre sus dedos.
La punta trazó un círculo perfecto sobre el pergamino, y sus labios se curvaron en una sonrisa.—No más recuerdos amargos… solo un futuro que yo misma escribiré.
Un toque en su taller la sacó de sus planes.
Algo desconfiada, Da Vinci abrió apenas un resquicio de la puerta, asomando un ojo curioso.
Frente a ella estaba Ereshkigal, la sirviente divina, con una expresión nerviosa y un aparato extraño en sus manos.
Era una laptop, de esas que varios Servants habían aprendido a usar para sus entretenimientos modernos.
—E-eh… Da Vinci… ¿podrías mirarla?
—preguntó Ereshkigal con timidez, levantando la máquina como si sostuviera una ofrenda—.
Necesito continuar con mis… streams, pero dejó de funcionar.
Da Vinci la miró con un gesto entre severo y cansado.
Recordó de inmediato que algunos Servants habían adquirido costumbres modernas para entretenerse, aunque la calidad de sus usos variaba de lo absurdo a lo vergonzoso.
Estaba, por ejemplo, la detestable Osakabehime, que llenaba su cuarto con montañas de basura y creaba doujinshis indecentes.
También recordaba que Shuten Dōji realizaba “contenido” mucho más obsceno, que vendía en secreto bajo la nariz de Chaldea, aunque era imposible ocultarlo del todo a sus sistemas.
Con un suspiro, Da Vinci meditó un instante.
Aceptó la laptop sin pronunciar palabra, cerrando la puerta con firmeza justo en el rostro de Ereshkigal, dejándola afuera como si no quisiera ni un paso de la diosa dentro de su santuario de secretos.
El silencio reinó unos minutos, roto solo por el golpeteo suave de teclas y el zumbido de los sistemas que ella manipulaba con rapidez.
No tardó demasiado.
Un simple ajuste, una actualización bloqueada en el sistema.
Nada fuera de lo común para alguien de su intelecto.
Cuando volvió a abrir la puerta, la laptop descansaba en sus manos, impecable.
—No era nada —comentó con voz ligera, aunque sus ojos ocultaban un brillo de vigilancia—.
Solo necesitaba una actualización.
Ahora debería funcionar bien.
Ereshkigal suspiró de alivio y esbozó una sonrisa nerviosa, inclinando la cabeza en agradecimiento.—Gracias… de verdad.
Es importante para mí —dijo antes de retirarse con rapidez, como si temiera molestar más de la cuenta.
Da Vinci cerró la puerta despacio, quedando nuevamente sola en su taller.
Suspiró, recargando la espalda en la puerta y sonriendo apenas.
En un lugar como Chaldea, incluso las divinidades buscaban distracciones modernas… y ella, en cambio, conspiraba en secreto para crear un mundo nuevo.
—Todos con sus pasatiempos… y yo con mi obra maestra —murmuró, volviendo hacia sus planos con renovada determinación.
-¡Hola hola soy yo su streamer favorita, Ereshkigal chan!.Les recuerdo suscribirse a mi canal.
Recuerden que los streams se programaron ala seis hora fijo del Andes.
Y asi el stream de la Diosa del inframundo se pudo realizar.
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