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Waifu yandere(Collection) - Capítulo 156

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  4. Capítulo 156 - 156 Artoria saber part 4 fgo
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156: Artoria saber part 4 (fgo) 156: Artoria saber part 4 (fgo) Advertencia ⚠️ ⚠️ Futuro contenido para mayores 18 leer bajo su propio criterio Advertencia contenido grafico de violencia y Advertencia ⚠️ temas cuestionables y sensibles se sugiere que si no es de su agrado salga de aquí y de paso aclaro que personajes o imágenes no me pertenecen crédito a sus autores.

Agrego personajes no me pertenecen.

Imágenes y personajes no me pertenece crédito a sus autores.

Advertencia este capítulo contiene escenas para mayores y lenguaje bulgar están advertidos.

Corazón en la Marea.

Sigo en el mar,dejando que la marea me arrastre a cualquier lugar…pero ya no importa.

Pensé que todo estaría mal,que esta maldición sería la única carga en mis hombros.Creí que siempre caminaría sola,condenada a mi propio acero.

Pero juntos encontramos una solución.Años…años de ti dándome consuelo,de tu calor,de tu placer que jamás negó mi ser.

Nunca me juzgaste,ni por mi furia,ni por mi corona rota,ni por el peso que nunca solté.

Por eso, escucha bien:el corazón de este rey caballero siempre será tuyo,aunque la marea me lleve lejos,aunque el mar se trague mi nombre.

Porque en tus brazos incluso un rey maldito puede sentirse humano.

______________________________________ ________________________________________.

Artoria recién despierta se talló los ojos, suspirando un poco, y notó algo raro en su capitán.

Tn, algo nervioso, carraspeó antes de preguntar.

—No… no pasa nada raro, ¿verdad?

Artoria frunció el ceño, su expresión endurecida como si quisiera atravesar su nerviosismo con la mirada.

Murmuró con voz seca.

—Cuando llegué al barco estabas ebrio.

Me atacaste con la espada hasta que caíste en la cubierta como un saco de harina.

Te traje a tu camerino para que no murieras de frío en la noche.

Tn bajó la cabeza, como un niño reprendido, ocultando la vergüenza detrás de un gesto serio.

Al parecer, se había dejado llevar demasiado… otra vez.

—Ya veo… te debo las gracias por eso —dijo en voz baja.

Luego, levantó la mirada, curioso—.

Pero dime… ¿por qué dormiste aquí conmigo?

Artoria se levantó, sacudiéndose un poco el polvo del ropaje arrugado.

Evitó su mirada al responder.

—Fuiste tú quien me sujetó primero.

No me diste opción más que hacerte compañía hasta que te calmaras.

Tn soltó un suspiro largo, mezclado entre alivio y resignación.

Se frotó la nuca con gesto nervioso.

—Sheeeehhsss…..Aun así… te lo agradezco.

Te debo un favor, Artoria.

Ella pasó a su lado con calma, la vaina de su espada chocando apenas contra la pierna del capitán, y murmuró con serenidad.

—No me debes nada.

Eres mi capitán.

Ayudarte forma parte de mi deber como cartógrafa parte de tu tripulacion.

Fue entonces cuando Tn notó el nuevo acero colgando de su cinto.

La vaina, rara pero bien ajustada, brillaba con un filo recién trabajado.

—Vaya… veo que encontraste una espada indicada —comentó con una sonrisa socarrona.

Artoria bajó la mirada hacia su nueva arma.

Con los dedos acarició la empuñadura, pensativa, antes de responder con frialdad.

—Es solo una herramienta.

Algo para protegerme.

Ademas Avalon no podía estar sin una hoja.

Tn soltó una carcajada suave, apoyándose en la mesa de mapas.

—Créeme, sé lo que es tener una herramienta confiable.

Pero tarde o temprano pasaremos por donde vive un sabio en magia.

Podrías reforzar esa hoja, darle algo más de… mordida.

Imagina si pudiera lanzar un rayo o estar maldita HAHAHAHA oh si imaginalo.

Artoria lo miró con extrañeza, ladeando la cabeza, como si tratara de decidir si hablaba en serio o seguía borracho.

—¿Un sabio en magia?

—repitió con un tono incrédulo.Ella conocia a merlin y algun otro mago suelto por Britania.

Tn levantó su propia espada, envainada junto al escritorio.

Le dio unos golpecitos al pomo, orgulloso, y explicó con tono divertido.

—Un hechicero encantó la mía hace tiempo.

Fue después de ganar una apuesta.

Decía que una hoja sin voluntad propia se rompe tan fácil como el orgullo de un hombre borracho.

Le pagué con vino… y desde entonces esta espada nunca me ha fallado.

Artoria miró la espada con detenimiento.

Era raro: cuando luchó contra Tn en su estado ebrio, aquella hoja no le había parecido nada especial.

No irradiaba poder ni mostraba la voluntad que sí tenían las armas divinas.

Además, ella conocía bien la verdadera magia: la de Merlín, tan engañosa como luminosa, y la oscura y visceral de su hermana Morgan.

Entre esas dos experiencias, había aprendido a desconfiar de cualquier otro tipo de hechicería, en especial la magia vulgar o pagana que los hombres comunes solían invocar.

Una espada encantada por un hechicero de taberna no podía compararse ni en sueños con la vaina que colgaba de su cintura, Avalon, capaz de curar cualquier herida y hasta restaurar lo que había sido amputado.

Solo pensar en que alguien con un mínimo de conocimiento arcano pudiera descubrir lo que en verdad era Avalon le tensaba el pecho.

Bajando la voz, murmuró.

—No hace falta.

Tn se rio, como si esperara exactamente esa respuesta, y agitó una mano con desenfado.

—Solo era una sugerencia, muchacho.

Al final, en este barco todos saben blandir un arma, pero lo cierto es que contamos más con la suerte que con otra cosa.

Y hasta ahora… esa suerte nos ha mantenido lejos de piratas y saqueadores.

El capitán habló con ligereza, pero su tono cargaba un dejo de preocupación, como si temiera que ese amparo del destino no durara mucho más.

Luego señaló con el dedo sobre el mapa extendido en la mesa.

—De todos modos, el viaje a Francia no será rápido.

Para cruzar al Mediterráneo tendremos que pegarnos mucho a la península ibérica, seguir su costa hasta bordear y remontar.

No hay otra ruta segura.

Al escuchar esas palabras, Artoria frunció apenas el ceño, un gesto tan leve que pasó desapercibido para Tn.

La península ibérica… aquel territorio había enviado barcos a conquistar Inglaterra no mucho tiempo atrás.

Ella recordaba bien cómo los había repelido con ayuda de sus caballeros, cómo el mar se tiñó de sangre extranjera mientras sus hombres defendían las playas de Britannia.

Casi podía sentir de nuevo el sabor metálico de aquella victoria amarga.

Por un instante, una sonrisa fugaz se dibujó en sus labios, recordando el día en que sostuvo el cuello de un noble ibérico entre sus manos, Excalibur brillando contra su garganta.

Pero el recuerdo se desvaneció tan rápido como vino; parpadeó, volviendo al presente, y su expresión regresó a la fría calma que mostraba frente a la tripulación.

Tn no notó la sombra de esos recuerdos y siguió trazando con su dedo la ruta en el pergamino.

—Si todo sale bien, en unos días estaremos tocando tierra francesa.

Y para entonces espero que hayas terminado el inventario de suministros, cartógrafo.

Artoria asintió con un gesto breve, reprimiendo las memorias que la perseguían como espectros.

Artoria tosió un poco y, sin mirarlo directamente, murmuró que tendría todo listo a tiempo.

Tn soltó una carcajada y, con esa camaradería brusca de los marineros, le dio un golpe ligero en la espalda.

—Pues bien, cuando lleguemos a Francia te invitaré a unas prostitutas.

Como todo hombre necesita de vez en cuando —dijo con tono burlón.

Artoria se tensó, frunció apenas el ceño y negó con la cabeza.

—No tengo interés.

Se dio media vuelta, y mientras se alejaba de la mesa, un dolor punzante le recorrió el bajo vientre, en esa parte de su cuerpo que todavía repudiaba y de la que siempre se estaba quejando.

Cerró los dientes, disimulando, y salió con paso firme aunque el malestar le quemaba por dentro.

Aunque si alguien se fijara notaria el bulto entre sus pantalones.

“D-duele kkkuugghgh esta duro y no puedo caminar”.

Su cabeza ya estaba pensando en alguna forma de calmarse y hecharze agua en la nuca ya no bastaba.

Tn parpadeó, sorprendido.

Lo normal era que cualquier hombre babeara ante la sola mención de una mujer hermosa, o se lanzara sin pensarlo a la oportunidad de tener compañía femenina.

Pero Artoria parecía… distinto.

Más frío, más distante, como esos hombres que dedicaban su vida a la fe.

Tn suspiró y se recargó contra la mesa, jugando con la brújula que descansaba allí.

Podía respetar a los hombres de fe, hasta cierto punto.

Él mismo rezaba de vez en cuando.

No era un creyente devoto ni mucho menos, pero reconocía que había fuerzas más grandes que el hombre, y en más de una ocasión, cuando el mar se embravecía y la tormenta amenazaba con tragar su barco, había murmurando plegarias rápidas, esperando que algún dios misericordioso lo escuchara.

Pero Artoria… él era diferente.

Más firme, más rígido, como si su alma cargara con un juramento que pesaba más que el oro.

Tn lo miró desaparecer por la puerta y se quedó rascándose la nuca, incómodo.

Una idea extraña lo cruzó.

—No… ¿será posible?

—murmuró para sí.

Sudó frío al recordar aquellos cuentos que se escuchaban en las tabernas: monjes cristianos que, para no caer en la tentación de la carne, se castraban voluntariamente y vivían como santos sin deseo.

¿Y si Artoria era uno de esos?

Eso explicaría su negativa tajante a ir con mujeres, su seriedad, su aspecto casi ascético.

Y lo mas raor aun, sabia escribir y leer.

Tn soltó un bufido incrédulo y se frotó el rostro.

—Bah… quién sabe.

Igual y solo es más raro que una serpiente con brazos.

El basilisco era una criatura mitológica descrita en los bestiarios como un monstruoso híbrido de serpiente y gallo, nacido de un huevo incubado por un sapo o una serpiente, y famoso por su mirada mortal y aliento venenoso.

Se dejó caer en la silla, con la brújula rodando sobre la mesa, pero no pudo evitar que la duda siguiera rondándole en la cabeza.

.

.

Artoria caminaba por la cubierta con paso firme, y los marineros la saludaban respetuosamente, algunos con sonrisas cansadas, otros con un gesto rápido de cabeza.

Ella devolvía cada saludo con cortesía, casi con solemnidad, aunque aún se sentía torpe en esas pequeñas costumbres de la vida común.

Apenas se estaba acostumbrando a ser tratada como un ser humano más, como un compañero de trabajo en la travesía, en lugar de un rey perfecto, distante y sin emociones.

Notó cómo el cargamento ya estaba siendo abastecido y su instinto de organización se encendió de inmediato.

Comenzó a contar y catalogar cada fardo, cada caja, cada costal, mientras un muchacho pasaba jadeando con el peso sobre la espalda.

—¿Ya consiguieron todas las provisiones?

—preguntó Artoria con voz firme, aunque sin perder la calma.

—Sí, señor, tenemos vino, agua fresca, arroz, patatas, frutos secos y pescados salados —respondió uno de los marineros, sudando y con la camisa pegada a la piel.

Artoria tomó nota mental, agradeció con un movimiento breve de cabeza y siguió observando con meticulosidad.

Al parecer, todo ya estaba listo para zarpar.

En ese momento, la voz de Tn tronó con energía desde la salida de su camerino:.

—¡Alisten las velas, pronto partiremos con el viento!

Los marineros corearon un “¡sí, capitán!” con entusiasmo, corriendo a sus puestos.

Artoria, sin embargo, soltó un pequeño suspiro, sintiendo cómo el sudor bajaba por su frente.

Trabajar… esa palabra le golpeaba fuerte.

¿Cuándo había sido la última vez que ella misma se había ocupado de tareas tan sencillas y humanas, aparte de dirigir guerras o tomar decisiones de politica importantes?

Desde que tomó la corona, sus ministros y Merlin se encargaron de casi todo lo que no fuese combate o estrategia.

Las finanzas del reino quedaron en manos de los nobles, que sólo buscaban engordar sus arcas.

Ella, el Rey, era apenas un símbolo, un arma, un estandarte viviente.

Ahora, en esta nave y bajo otro nombre, con más silencio alrededor, tenía espacio para recordar… y pensar.

Los recuerdos la atacaron sin piedad.

Merlin, con su sonrisa burlona y ojos cargados de secretos.

Traicionero.

El desgraciado habia preidcho todo y fue quien siempre le murmuro al oido cual era la supuesta mejor opcion.

Lancelot, su amigo más cercano, convertido en un puñal clavado en su espalda.

Maldito traidor.

Ginebra, su esposa, aquella que alguna vez juró fidelidad.

Ramera.Zorra.

Ni para aceptar el maldito pene que Merlin le dio fue buena para encargarse de eso.

Los labios de Artoria se fruncieron en una mueca amarga que apenas logró controlar.

Una punzada de ira la recorrió de pies a cabeza.

En su reinado, ninguno se preocupó por ella.

Ni los ministros, ni los caballeros de la mesa redonda, ni su propio padre, ni su madre Igraine.

Nadie se detuvo a pensar en la niña que fue, en la joven que nunca eligió esa corona.

Nadie se levantó y dijo: “Basta, no usaremos más a este pobre ser vivo como herramienta de poder”.

Un leve vapor salió de su boca en el aire fresco de la mañana, como si la furia se escapara en forma de aliento helado.

Sus manos se crisparon, pero justo en ese momento escuchó la voz de Tn, fuerte y clara, ordenando y motivando a sus hombres, siempre pendiente de que ninguno quedara atrás.

Artoria lo miró de reojo, y su rabia se calmó poco a poco.

Él no sabía quién era ella, ni lo que había cargado en otra vida.

No la miraba como un rey perfecto, ni como una herramienta, ni como un monstruo disfrazado de salvador.

La veía como un compañero, un hombre más en cubierta, alguien digno de confianza.

Delirante.

Y en ese instante, un pensamiento extraño, casi doloroso, se formó en su pecho.

“Sólo él… sólo Tn parece preocuparse realmente por mí.”.

Ese pensamiento rondaba en su cabeza, frívolo, extraño, como un espejismo en mitad del desierto.

Un sentimiento nuevo para alguien que jamás experimentó nada más que deberes y cargas.

Placer, júbilo, orgullo, felicidad, lujuria, ira, tristeza… todos esos matices de la existencia humana le fueron negados.

El destino la esculpió como espada, no como persona.

Y ahora, allí, sobre la cubierta de un barco común, con hombres riendo, cantando y siguiendo a su capitán, Artoria jadeó, sujetando su pecho.

Era dolor, sí, pero no el dolor que la alarma de una herida fatal o de un veneno mortal.

Era un dolor distinto, vibrante, extraño.

Como si algo adormecido en su interior estuviera despertando por primera vez.

Al girar la mirada, lo vio.

Tn sonreía, riendo a carcajadas junto a algunos de sus camaradas, sin miedo, sin dudas.

Y Artoria lo miró bajo otra luz.

¿Era eso acaso un verdadero líder?

No el que se sienta en un trono de piedra, no el que dicta decretos fríos, sino aquel que inspira confianza, que se pone al frente, que no titubea ni se quiebra, y que con solo estar ahí da fuerzas a los demás.

No dudar, no traicionar,no doblegarse, siempre a la vanguardia.

Por un instante, casi sin darse cuenta, extendió la mano hacia él, queriendo alcanzar esa llama delirante.

Esa chispa que jamás conoció, esa fuerza que no provenía de la espada ni del mandato divino.

Pero se detuvo a medio gesto, su brazo tembló y luego cayó lentamente a su lado.

Permaneció de pie, inmóvil, mirando a su capitán desde lejos.

El corazón del dragón rojo latía en su pecho con furia, bombeando mana por sus venas, haciéndola delirar.

Era como si su cuerpo gritara por una respuesta que su mente aún no podía descifrar.

Necesitaba escapar de esas emociones antes de perderse en ellas.

Caminó hasta la proa del barco, donde no había nadie, y alzó la vista al horizonte.

El sol poniente bañaba el mar con tonos dorados y carmesí, y en ese instante algo se quebró dentro de ella.

Primero fue un murmullo extraño en su garganta, luego una carcajada corta, y de pronto… rió.

Rió como nunca creyó posible, una risa que nació desde lo más profundo de su pecho.

Rió hasta que las lágrimas corrieron por sus mejillas, sin vergüenza, sin armadura, sin corona.

¿Acaso eso era libertad?

¿Acaso había alcanzado lo que los monjes llamaban iluminación?

No lo sabía, ni podía saberlo.

Lo único cierto era que, en ese instante, había hallado algo más valioso que un trono vacío o una corona clavada en su cabeza.

Por primera vez en su vida, Artoria no deseaba ser la que guiara a todos, ni cargar con el peso del mundo sobre sus hombros.

No.

Ahora quería algo distinto, algo prohibido para el Rey de Camelot: seguir a alguien más.

Y en su corazón, aunque no lo admitiera ni en sueños, ya sabía a quién.

La risa se detuvo, el pecho jadeando, las manos temblorosas como si dudasen de sí mismas.

El miembro viril que cargaba como maldición no la molestaba en ese instante, y un suspiro largo escapó de sus labios mientras apoyaba el cuerpo contra el marco de madera de la proa.

Seguir a alguien más… repitió en un murmullo casi inaudible.

Eso sonaba mejor, infinitamente mejor, que guiar a todos.

Pensó en el peso que habría evitado si en su vida pasada hubiese tenido la osadía de seguir en lugar de comandar.

Si hubiera tenido a alguien digno a quien confiarle las decisiones, quizás Camelot no habría sido un reino de sacrificios y mentiras.

Artoria dejó que la brisa marina le golpeara el rostro y los recuerdos brotaron como un río oscuro.

Ella dirigía con la voz de otros: los susurros de Merlin, los dictámenes de los nobles, las presiones de la Iglesia.

Y ella escuchaba.

Siempre escuchaba.

No sabía guiar a su gente.

No había tenido tiempo de aprender; fue puesta en el trono como un arma, no como una mujer.

Ahora, con el corazón agitado, se atrevía a recordar lo que había enterrado.

Sí, hubo personas que quisieron hacer cambios.

Hombres apasionados, llenos de ideas.

Pero muchos eran demasiado radicales: visiones de un reino sin reyes, de un pueblo gobernado por sí mismo.

Utopías que no supo comprender y que, por miedo, rechazó.

Otros eran supuestos hombres de ciencia, curiosos, con extrañas máquinas y estudios de los cielos; pero la Iglesia le pidió abandonarlos, acusándolos de herejía.

Y obedeció.

Alguien se quejaba de la corrupcion….hejecutado.

Un noble abusaba de su poder y era delatado…..perdonado.

Hombres robaban por no tener que darle a sus familias….hejecutados.

Cuanto tiempo paso asi.

Cuantos juicios fueron desechos por ella misma solo por no detenerse a pensar.

Los recuerdos dolían más mientras más los desenterraba.

Había consejeros que proponían nuevas políticas, que darían alivio al pueblo pero exigirían sacrificios a la nobleza.

Ella misma firmó los documentos que los rechazaban, temblando, sabiendo que elegía a los poderosos sobre los débiles.

Su pecho se oprimió cuando una imagen resurgió con fuerza: los campesinos que quisieron enseñar un método nuevo de cultivo, para que la tierra diera más trigo en menos tiempo.

Hablaron de rotar los campos, de aprovechar la humedad, de fertilizar con lo que los nobles llamaban inmundicia.

Ella había escuchado en silencio, ilusionada por un instante.

Pero esa ilusión se apagó con la orden seca de los lores: “Eso nos costará oro.

Eso es blasfemia contra las formas antiguas.

Eso es atentar contra la tradición.”.

Dinero.

Dinero.

Dinero.

Acaso todo se movia por el oro.

Y lo que siguió… aún quemaba en su memoria.

Los nobles enviaron soldados.

A los hombres del campo los sacaron de sus aldeas, acusándolos de traición y brujería.

Y ella, el Rey Arturo, firmó los decretos que los condenaban.

Firmó sin levantar la voz, sin defenderlos.

Una parte de ella quiso, gritó, pero el peso del deber la hizo callar.

Ahora, de pie en ese barco, comprendía lo que en ese entonces no se permitió pensar: no fue justicia.

Fue miedo.

Y ese miedo la convirtió en cómplice de asesinatos disfrazados de obediencia.

Por eso su pubelo la concidero un Rey sin emociones.

Un rey que no comprendia a su pueblo.

Un rey alejado de lo humano.

Las lágrimas, todavía secas en sus mejillas por la risa anterior, volvieron a arder en sus ojos.

Se obligó a contenerlas.

Porque Artoria Pendragon no debía llorar, nunca.

Pero su corazón, el del dragón rojo, palpitaba con un ritmo que no podía controlar.

____________________________________________________________________ (bien……ya empezo lo casi yandere jejejejee a ver en retrospectiva considerando lo escoria que eran los nobles, raro no es que la corrupción haya jodido camelot y mas si todos consideraban a artoria algo no humano para empezar y bueno poco a poco le seguire metiendo trama esencial).

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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