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Waifu yandere(Collection) - Capítulo 16

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  4. Capítulo 16 - 16 Leonardo da Vinci fgo
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16: Leonardo da Vinci (fgo) 16: Leonardo da Vinci (fgo) Era la época del Renacimiento, y Florencia respiraba el aroma de un mundo nuevo que apenas se atrevía a soñar con lo imposible.

El arte y la ciencia, aún niños bajo la tutela del dogma, comenzaban a hablar en voz baja, como conspiradores bajo las cúpulas de mármol y las sombras de los campanarios.

Leonardo da Vinci, el hombre que decía que el futuro se le aparecía en sueños, caminaba por los adoquines húmedos de la ciudad, envuelto en su capa azulada, con un cuaderno de cuero repleto de símbolos imposibles y números que parecían oraciones dirigidas a un dios desconocido.

Su destino era una casa modesta a las afueras, donde vivía su mejor amigo y colega de investigaciones: Tn, un joven artista de alma luminosa, cuyos pinceles no trazaban vírgenes ni santos, sino constelaciones que danzaban sobre lienzos negros como la noche sin luna.

Tn no era un erudito, pero su comprensión rudimentaria de la ciencia estaba teñida por un raro fervor místico.

Creía que los secretos del universo estaban escritos en el cielo, y que su labor era descifrarlos con cada trazo.

Más que todo, creía en Leonardo, con una fe más firme que la que profesaba por cualquier santo.

Leonardo no era fácil.

Su genio venía acompañado de una actitud extravagante, a veces arrogante, y una indiferencia helada hacia las reglas humanas.

Pero Tn había encontrado la forma de convivir con eso.

Como quien domestica un lobo sabiendo que, bajo ciertas lunas, aún podría morder.

Les encantaba jugar a quién podía catalogar más estrellas en una sola noche, señalándolas con dedos manchados de tinta, riendo entre cálculos y bocetos encriptados con códigos imposibles.

Esos libros, sellados con símbolos crípticos, eran su tesoro compartido, testigos de una amistad tan rara como los eclipses que solían observar desde la colina.

Pero no todo era armonía.

En más de una ocasión, Tn lo confrontó, bajando la voz con respeto, pero firmeza.

—Leo… ¿cuántos cuerpos diseccionaste esta semana?

Leonardo no respondía de inmediato.

Cerraba el cuaderno, y sus ojos, que veían más allá de los siglos, se detenían en el rostro perturbado de su amigo.

—No es por morbo, Tn.

La sangre no me fascina.

Pero si quiero comprender la máquina divina que es el cuerpo humano, necesito ver sus engranajes.

Solo así podré pintar lo que Dios soñó, pero mejorado.

Tn se apartaba entonces, con la misma tristeza de quien ve a un ser querido cruzar un puente del que no hay retorno.

—A veces pienso que tu fe está en la carne, no en el alma —murmuraba—.

Y me asusta lo que podrías hacer cuando ya no haya límites.

Esa noche no hubo juegos de estrellas.

Solo silencio, y el crujido del fuego mientras los libros seguían cerrados, esperando nuevas páginas que contarían no solo descubrimientos… sino también las grietas de una amistad puesta a prueba por la ambición y el conocimiento.

Pero aún entonces, en el fondo de su corazón, Tn no dejaba de creer en Leonardo.

Porque incluso el firmamento más brillante necesita de alguien que mire al cielo sin miedo.

La tarde era pesada, cargada con un aire extraño, como si el cielo mismo supiera que algo terrible había ocurrido.

Leonardo caminaba por las callejuelas de Florencia, con el paso ligero de la costumbre, con un frasco de tinta nueva en su bolso y una idea fresca sobre mecanismos hidráulicos latiendo en su cabeza.

Pero al llegar a la colina, donde solía encontrar a Tn pintando constelaciones sobre viejos pergaminos, la escena lo detuvo en seco.

La puerta de la casa de su amigo había sido arrancada.

Las paredes estaban ennegrecidas, como si el fuego hubiera intentado borrar la historia.

Sus libros yacían abiertos, rasgados, rotos.

Algunos lienzos aún ardían en las esquinas del estudio, y los códigos que antes compartían habían sido convertidos en cenizas, como si el conocimiento mismo hubiese sido condenado a muerte.

Un campesino le informó con voz temblorosa: —La Santa Iglesia lo arrestó.

Dijeron que su ciencia era una ofensa.

Lo llamaron hereje…

Hereje.

Una palabra pequeña, pero tan afilada como un bisturí.

Leonardo sintió un vacío frío recorrerle la columna.

Tn, que creía en la razón, en los astros, en la belleza del cuerpo humano como máquina perfecta…

Tn, que había nacido entre los cánticos de la fe, pero había elegido pensar por sí mismo.

Ese hombre ahora estaba encadenado por haber osado ver más allá de las Escrituras.

Días después, Leonardo logró ingresar al oscuro calabozo bajo una iglesia olvidada, donde mantenían a los “desviados” antes del juicio.

El aire estaba enmohecido, húmedo, y olía a sangre vieja.

El guardia se apartó, en silencio, al reconocerla.

La fama de Da Vinci abría puertas…

pero no siempre al paraíso.

Y allí, entre barro, cadenas y golpes mal curados, estaba Tn.

Su cuerpo mostraba señales del castigo: moratones, cortes, ropas rasgadas.

Pero sus ojos aún brillaban.

Como estrellas que, incluso al borde de la extinción, seguían luchando por ser vistas.

—Tn…

—susurró Leonardo, acercándose a los barrotes con una desesperación que rara vez se permitía mostrar.

Tn alzó la cabeza.

Su sonrisa era débil, dolida…

pero serena.

—Has venido, Leo.

*sangre* Sabía que no me abandonarías.

Ella extendió una mano a través de los barrotes.

La tocó con suavidad, como quien intenta salvar algo frágil sin romperlo aún más.

—Puedo sacarte de aquí.

Tengo contactos, aliados.

El Duque aún me debe favores.

Y si afirmas que tus creencias eran…

errores de juventud, si simplemente dices que pecaste por curiosidad, la Iglesia te absolverá.

Te darán azotes, quizás…

pero vivirás.

Volverás a pintar estrellas conmigo.

El silencio fue espeso.

Tn apoyó la cabeza en el muro y suspiró, como si supiera que estaba a punto de herirla más de lo que deseaba.

—Leonardo…

¿cómo podría retractarme de lo que sé que es cierto?

El mundo no gira en torno a escrituras.

Las estrellas no cantan salmos.

El cuerpo humano no es impuro.

El universo es una sinfonía que no necesita intérpretes divinos.

Sus ojos se encontraron.

—Sé que vas a odiarme por esto…

pero si muero por defender la razón, entonces al menos moriré siendo yo mismo.

Las lágrimas, que Da Vinci siempre consideró inútiles, nublaron por primera vez los márgenes de sus ojos.

—Tn…

no puedes morir por un ideal.

No puedes…

dejarme sola.

Él sonrió, aunque su boca sangraba.

—No estarás sola, Leo.

Porque mientras tú sigas dibujando lo que ves, y no lo que te dicen…

seguiré viviendo en tus obras.

Leonardo no supo qué decir.

Solo apretó su mano un poco más fuerte.

Y mientras salía de esa celda oscura, algo dentro de ella cambió.

Ya no era solo una artista, ni una científica.

Ahora, era una llama que había visto arder a su estrella más brillante.

Y juró…

que alguien pagaría por eso.

Antes de que los guardias lo apartaran, mientras las cadenas tintineaban como campanas fúnebres, Tn alzó la voz una última vez.

—Leo…

—dijo, sin odio, solo con ese tono sereno que a veces dolía más que el grito—.

La Iglesia quería que delatara a otros.

Nombres, rostros, colegas.

Leonardo se detuvo.

El aire se volvió espeso, como si el tiempo se negara a avanzar sin escuchar esa confesión.

—Me dijeron que si cooperaba, me perdonarían.

Pero el primero en la lista…

eras tú.

Un escalofrío le recorrió la espalda.

No por miedo a ser arrestada, sino por lo que significaba que su nombre estuviera ahí.

El sistema quería arrancar el conocimiento de raíz, cortar la cabeza del genio antes de que su luz alcanzara a otros.

Tn sonrió, esa misma sonrisa rota que ya se había tatuado en su memoria.

—Jamás…

entregaría a un colega de ciencia.

Mucho menos a ti.

Leonardo dio un paso adelante, el rostro desencajado por una mezcla de furia y angustia.

Golpeó los barrotes con ambas manos, como si pudiera fundirlos con su desesperación.

—¡Esto no está bien!

¡Tn!

¡No tienes que cargar con esto tú solo!

—Ya lo hice, Leo —susurró él—.

Lo decidí cuando comencé a mirar el cielo no con fe…

sino con razón.

Los guardias lo tomaron.

Da Vinci gritó, forcejeó, intentó arrancar los barrotes con sus propias manos.

Su túnica estaba manchada de tierra y lágrimas.

No recordaba la última vez que había sentido algo tan visceral.

Y sin embargo, lo perdió igual.

Días después, la noticia llegó a través de susurros en la plaza.

“El hereje ha sido ejecutado.” No hubo ceremonia.

No hubo cuerpo entregado.

Solo cenizas.

Solo olvido.

Leonardo no fue a la ejecución.

No por cobardía, sino porque el alma se le había partido en dos.

Y asistir habría sido admitir que su otra mitad ya no estaba.

En cambio, se encerró en su estudio.

Apagó las velas.

Cerró las cortinas.

Y se quedó sentada frente a un solo cuadro.

Un lienzo pequeño, sin firma, pero inconfundible.

Pintado por Tn.

Una constelación imaginaria: estrellas unidas por líneas de tinta plateada, formando un diseño imposible, como si el universo hubiese querido regalarle una despedida.

Se lo había regalado meses antes, cuando aún creían que el mundo podía cambiar con pinceles y cuadernos.

Da Vinci lo contempló durante horas.

No lloró.

No habló.

Solo pensó.

“Ya no puedo mirar al cielo igual.” Mientras tanto, en el lugar donde fue ejecutado, entre la multitud silente, Tn alzó la vista una última vez.

No vio a Leonardo entre la gente.

Y eso estaba bien.

Era mejor así.

Porque si la última imagen que tenía del mundo era la de su amiga, gritando para salvarlo, manchada de tinta y furia…

entonces su alma aún estaba intacta.

Tn cerró los ojos.

Y se fue, no como un mártir…sino como un hombre que eligió morir por una verdad que nadie más se atrevía a nombrar.

Los registros históricos —esos que solo cuentan lo que es cómodo recordar— decían que Leonardo da Vinci murió en Francia, en una habitación tranquila, rodeada de arte y manuscritos.

Decían que vivió sus últimos años en paz.

Pero la verdad era otra.

Desde la pérdida de Tn, Leonardo dejó de ser quien era.

Sus invenciones se volvieron silenciosas.

Sus dibujos, antes vibrantes, se tornaron mecánicos.

Vivía, sí.

Pero como una máquina sin alma.

Y luego, murió.

Pero la muerte, para alguien como Da Vinci, no era el final.

Aquel que deja una marca eterna en la humanidad es absorbido por el Trono de los Héroes.

Una dimensión eterna donde moran aquellos cuyas acciones cambiaron la historia.

Allí fue donde su alma fue llevada, y desde allí fue invocada por Chaldea, como la clase Caster.

Apareció con la misma sonrisa carismática.

La misma voz juguetona.

La misma aura brillante.

—¡Mona-chan, al servicio de la humanidad!O puedes llamarme Da vinci chan~ —solía decir.

Pero era mentira.

Una máscara.

Una carcasa que ocultaba el vacío.

Porque Leonardo ya no quería salvar al mundo.

Ni proteger la historia.

Ni construir nuevas maravillas.

Solo quería encontrarlo.

A su verdadero compañero.

Tn.

Los primeros días en Chaldea fueron confusos.

Había tantos Espíritus Heroicos.

Tantos rostros nuevos, otros familiares.

Cada vez que se cruzaba con un Servant del Renacimiento —Michelangelo, Paracelso, Shakespeare— les preguntaba con cautela.

—¿Conocieron a un hombre llamado Tn…?

Un erudito…

pintaba constelaciones.

Decía que el universo no necesitaba intérpretes divinos…

Pero todos negaban con la cabeza.

Algunos no sabían.

Otros lo olvidaron.

Otros simplemente no quisieron recordar.

Incluso en el trono de los heroes ella lo busco sin encontrarlo incluso cuando se encontro con figuras históricas como Dante o el propio Confusius.

Con los años en el trono, Leonardo comenzó a perder la paciencia.

En cada recreación del Trono, exploraba las grietas.

Zonas donde el flujo de espíritus era más débil, donde las almas olvidadas a veces susurraban cosas que no debían decirse.

Espiaba entre los márgenes, entre aquellos que no fueron grandes reyes, ni temibles guerreros, sino mentes que brillaron en la sombra.

Y sin embargo… nunca lo encontró.

¿Qué si Tn no había sido lo suficientemente relevante para ser guardado?

¿O peor aún…?

¿Qué si él había rechazado el Trono voluntariamente?

Después de todo, un hombre como él, que murió por una verdad silenciosa, tal vez eligió desaparecer antes que volver a un mundo que lo traicionó.

Y así, cada invocación en Chaldea era una interrupción.

Una pausa indeseada en su peregrinaje.Un retraso que la alejaba, cada vez más, de su único propósito.

Incluso Mash y el Protagonista notaban, en momentos de soledad, que Da Vinci a veces hablaba al aire, como si sus palabras no fueran para ellos, sino para una sombra imposible: —Te seguiré buscando, ¿sabes…?

No me importa si pasen mil invocaciones, mil guerras, mil mundos.

Te encontraré, Tn.Aunque tenga que quemar las estrellas una por una.

En su taller, entre las paredes de Chaldea, Da Vinci aún conserva un cuadro sin firmar.

Pequeño.

Lleno de constelaciones imposibles.

Un regalo.

Un recuerdo.

Y cada noche, al terminar su trabajo, lo observa en silencio.Y se pregunta si allá, en algún rincón del Trono…

esa estrella aún brilla.

En una extensión infinita de arena, donde el viento soplaba sin dirección y el sol parecía suspendido en un atardecer eterno, una torre solitaria se alzaba.

Gris, antigua, imposible.

No estaba en ningún mapa, ni tenía nombre.

No pertenecía a ningún rey, ni a ningún reino.

Y sin embargo, allí vivía alguien.

En el piso más alto, donde el techo parecía hecho de cristal líquido y polvo de estrellas, un hombre de mirada suave y manos manchadas de pintura dibujaba en silencio.

Tn.

Había llegado al Trono sin desearlo.

Murió como un hombre de ciencia, rechazado por el mundo, y ese mismo mundo decidió recordar su nombre en secreto, como un susurro entre eruditos y soñadores.

Eso bastó para que el Trono lo atrapara.

No se resistió.

Pero tampoco celebró.

Lo único que pidió fue un lugar donde pudiera pintar.

Y el Trono, en su lógica abstracta y paradójica, le dio una torre.Alta, vacía, sin dueños.

Y Tn la llenó de estrellas.

No estaba completamente solo.

De vez en cuando, figuras extrañas aparecían.

Algunas se quedaban un rato, otras pasaban como el viento.

Una vez lo visitó Francis Drake, bebiendo de una jarra sin fondo y riendo a carcajadas.

—¡Y tú vives aquí, sin barcos ni batallas!

Hombre, debes tener el corazón más tranquilo del Trono.

Nitocris también se acercó, murmurando plegarias a dioses que él nunca entendió.

Arash, el arquero, subió hasta su torre solo para ver el horizonte en silencio.

Y una vez, Elizabeth Bathory —o alguna versión suya— irrumpió gritando—¡¿Dónde está mi escenario?!

¡Esto no es un castillo, es…

es…

una ruina polvorienta!

Tn solo la miró y señaló las estrellas.

—Puedes cantarles, si quieres.

Y ella lo hizo.

Y luego se fue.

Aun así, nadie se quedó.

Y eso estaba bien para él.

Hasta que un día, mientras terminaba un mural con estrellas imposibles, una grieta se abrió en el suelo.

Un torbellino oscuro, lleno de magia densa, se alzó como un susurro de otro mundo.

La voz lo llamó.

—Tú has sido elegido para participar en la Guerra del Santo Grial.

Tn se quedó en silencio, sin dejar de pintar.

Su pincel no se detuvo.

Ni siquiera volteó.

—No —dijo, como si respondiera al aire—.

No quiero ir.

No tengo nada que buscar allá.

La voz insistió, más fuerte.

—Tu sabiduría, tu visión, son valiosas.

El mundo te necesita.

—Ya tuve mi oportunidad —respondió con calma—.

Y el mundo decidió que no me quería.Ahora no me necesita.

Solo me recuerda.

La grieta tembló.

Pero no pudo arrastrarlo.

El Trono respetó su voluntad.

Y el remolino desapareció.

Tn se quedó solo otra vez, en la cima de su torre.

Volvió al mural.

Pintó una constelación nueva.

Una espiral de estrellas en forma de rosa invertida.

Algo que solo una persona más en todo el Trono podría entender.

“Por si acaso me estás buscando, Leo…” “Esta será mi señal.” Y así, con cada pincelada, le hablaba a una amiga que tal vez aún existía.Y aunque no lo supiera, alguien, muy lejos, aún miraba las estrellas buscándolo también.

En las entrañas de Chaldea, la atmósfera era como siempre: cálida, tensa, saturada de misiones, reportes y gritos desesperados de técnicos sobrecalentados.

Da Vinci caminaba entre ellos como un espectro disfrazado de sol.

—¡Vamos, vamos!

¡Ritsuka, ese hechizo era para principiantes!

¡Romani, otra alarma más y me convierto en Lancer para atravesarte con un destornillador!

Sonreía.

Reía.

Se burlaba.

Pero ya no tenía gracia.

Cada conversación era un eco vacío.

Cada mirada cómplice le devolvía el reflejo de un pasado que no podía recuperar.

La frustración la devoraba.

Cansada, se deslizó hacia la cafetería, el lugar donde los héroes de todas las eras iban a comer como simples mortales.

Ese día, ella no fue por curiosidad ni socialización.

Fue por hambre emocional.

Por el deseo irracional de consumir, devorar, sentir algo.

Pidió una bandeja con al menos ocho hamburguesas, papas y un batido de fresa doble con crema.

Se sentó sola.

No saludó.

No bromeó.

No dibujó.

Solo comía.

Mordía como si las hamburguesas fueran obstáculos.

Como si cada mordida fuera una palabra no dicha, un grito ahogado.

Varios Servants la observaron desde lejos.

Mordred la miró de reojo.

Jeanne d’Arc Alter bajó el libro que leía por curiosidad (no sabia leer pero tenia buenos dibujos).

Hasta Mash hizo un amagué de acercarse… pero algo en el aire la detuvo.

Y entonces, ocurrió.

Artoria Pendragon (Saber Alter) —atraída por el aroma de la comida, y por el eterno llamado de las hamburguesas— se acercó con paso lento.

—…Da Vinci.

¿Vas a comer todo eso tú sola?

La Caster no respondió.Seguía masticando.

No levantó la vista.

—Es solo una…

pequeña mordida.

¿Qué daño puede hacer?

Artoria alargó la mano hacia una hamburguesa… Y Da Vinci la detuvo.

Con una precisión quirúrgica, le sostuvo la muñeca en el aire.

Sin levantar la voz.

Sin levantar el rostro.

Cuando al fin lo hizo, lo que Artoria vio no fue Da Vinci.

No fue la sonriente inventora.Fue algo más.

Una mirada hueca, cargada de desesperación contenida.

Un rostro sin rastro de alegría.

Y unos ojos…

que parecían mirar a través de ella, como si mil inviernos hubieran pasado por su alma.

—Déjala.

En.

Paz.

La voz era calmada.

Pero el tono era tan afilado que parecía un cuchillo oculto en seda.

Artoria se quedó paralizada.

Ella, una figura fría y tenaz, se sintió intimidada.

No por poder físico.

Sino por el abismo emocional que vio en esos ojos.

Fue como ver el alma de un Berserker oculto en el cuerpo de un Caster.

La furia de una Vengadora que aún no ha gritado su odio.

Un monstruo contenido por pura fuerza de voluntad.

Artoria retrocedió en silencio.

Y Da Vinci volvió a comer.

Sin mirar a nadie.Sin hablar.

Solo con una bandeja, una mesa vacía… y un corazón desgarrado por dentro.

Desde una esquina, Mash observaba en silencio.

Y por primera vez, pensó que tal vez…la genio más brillante de la humanidad se estaba rompiendo.

Da Vinci dejó la bandeja vacía en la mesa y se marchó sin decir palabra.

Los pasillos de Chaldea estaban iluminados con una luz artificial suave, pero en su mente, todo era sombra.El vacío seguía ahí.La comida no lo había llenado.

Nada lo hacía.

Caminaba en piloto automático, hasta que un estruendo de pasos acelerados retumbó detrás de ella.

—¡Da Vinci!

¡Espera, por todas las musas!

¡Detente!

William Shakespeare venía corriendo, casi tropezando con su propia capa, jadeando como si el aire fuera un lujo.

Da Vinci se giró, cansada.

—¿Qué quieres ahora, bufón?

—¡He oído algo!

¡Algo importante!

—respiraba entrecortado—.

Hay…

alguien.

Aquí en Chaldea.

Una Servant.

Ella dijo que conocía a alguien que pintaba estrellas.

Que su nombre era…

Tn.

El tiempo pareció congelarse.

Los ojos de Da Vinci se abrieron de golpe.

Sus pupilas se contrajeron como si acabara de recibir una descarga eléctrica.

Sin pensarlo, lo tomó del cuello.

Una mano firme, que lo levantó con fuerza inesperada.

—¿Quién?

—preguntó, con una voz que contenía más rabia que mil tragedias—.

¿Quién habló de Tn?

Shakespeare alzó ambas manos, sin resistirse, sudando más por miedo que por esfuerzo físico.

—¡Miyamoto Musashi!

¡Fue ella!

¡La espadachina!

¡La ronin!

¡Ella lo mencionó entre fideos y sake!

Da Vinci lo soltó de golpe.

Shakespeare cayó al suelo, tosiendo y frotándose el cuello.

—Llévame —ordenó ella, con voz baja—.Ahora.

Caminaron rápido.

No hablaron.

Shakespeare se frotaba aún el cuello, murmurando en voz baja versos sobre genios locos y la furia de las deidades disfrazadas.

Llegaron frente a una puerta que no estaba del todo cerrada.Una mezcla de olor a ramen, tinta de caligrafía y sake flotaba en el aire.

Da Vinci empujó la puerta.

El cuarto era un caos.

Katanas desenvainadas sobre estanterías, pergaminos abiertos en el suelo, tazas vacías, ropa colgada en una lámpara, y en el centro, sobre una mesa de madera baja, Musashi, con los pies descalzos y un bol de ramen humeante entre las manos.

Estaba comiendo tranquila.

Como si no hubiera un mundo que salvar.

Como si el caos fuera solo una estética más.

Levantó la vista, con una sonrisa pícara.

—¡Oh!

¡Da Vinci!

¿Quieres ramen?

¡Todavía queda caldo!

Da Vinci ignoró el caos.

Ignoró la mesa, el olor, el ramen, incluso la sonrisa de Musashi.

Dio un paso al frente, seria, con la sombra de una tormenta en sus ojos.

—¿Conoces a Tn?

—¿El pintor de estrellas?

Musashi sorbió un fideo.

No respondió al instante.

Como si considerara si debía hablar… o seguir comiendo.

Shakespeare se tensó.

Da Vinci no pestañeaba.

Finalmente, Musashi bajó el cuenco y dejó los palillos en la mesa.

—Sí.

Lo conocí en un sueño.O en otro mundo.

No estoy segura.

Pero sí…

conocí a alguien que pintaba constelaciones imposibles.

Da Vinci se inclinó hacia ella, como si el universo entero se comprimiera en su siguiente palabra.

—¿Dónde?

Musashi suspiró.

—En una torre.

En medio del desierto.

Y en ese momento, algo dentro de Da Vinci despertó.

Un recuerdo.

Una imagen fugaz.

Un mural.

Una constelación en forma de rosa espiral.

El mismo símbolo que Tn usaba en sus códices secretos.

Lo había soñado antes.Pero lo creyó producto de su culpa.

Ahora sabía que era real.

—Entonces…

dime cómo llegar.

Musashi dejó su bol vacío a un lado, se estiró con un bostezo desinteresado y habló como quien relata un cuento de taberna.

—Viajaba por el Trono, ya sabes… esa cosa rara y enorme que parece no tener fin.

Me estaba muriendo de hambre.

Nada de carne, nada de sake, ni un maldito bol de arroz.

Solo arena, estrellas… y silencio.

Da Vinci la escuchaba con atención.

Cada palabra era como una gota de agua cayendo en un lago congelado.

—Entonces vi una torre en la distancia.

Una estructura altísima, sola en medio del desierto.

Me pareció curioso, así que entré.

¿Qué tenía que perder?

La ronin sonrió, casi divertida por el recuerdo.

—El lugar era silencioso.

Demasiado limpio.

Y olía…

a pan.

¡Pan!

Seguí el olor y ahí estaba él.

Un tipo pintando en el techo mientras preparaba una pizza.

Como si fuera la cosa más normal del mundo.

Da Vinci entrecerró los ojos.

El solo imaginar esa escena le apretó el pecho.

Tn.

Cocinando.

Viviendo.

Pintando.

Sonriendo…

para otra persona.

—Le rogué que me diera un trozo.

Lo juro, Da Vinci, casi me arrodillo.

Y ese tipo…

bueno, era callado, pero amable.

Me ofreció una porción sin decir nada.

Solo asintió, como si ya supiera que yo vendría.

Leonardo no dijo nada.

Su puño se apretó sobre su bata.

Sentía una ira irracional burbujeando en su interior.

Celos.

No por la pizza.Sino por lo que representaba.

Él cocinó para ella.

Le ofreció algo que jamás volvió a compartir con Da Vinci.

Un momento de paz que a ella le fue negado.

Musashi no parecía notar la tensión.

—Conversamos poco.

Él me preguntó por qué deambulaba tanto.

Yo le dije que el mundo me aburría rápido.

Él sonrió, con esa mirada lejana…

como si no perteneciera.

Me habló un poco de las estrellas, de cómo cada una tenía un nombre secreto.

Y luego se despidió.

—¿Desapareció?

—susurró Da Vinci.

—No —respondió Musashi, apoyando la cabeza en su mano—.

Me pidió que no lo visitara de nuevo.

Los ojos de Da Vinci se abrieron lentamente.

—…¿Algo más?

Musashi asintió.

El silencio cayó en la habitación.

Solo se oía el eco lejano de los sistemas de Chaldea zumbando, como si el lugar respirara con dificultad.

Da Vinci entendió entonces.

El Trono de los Héroes no era un simple limbo.

Era un mundo inmenso, demasiado vasto.

Un continente donde todos los espíritus heroicos que fueron convocados deambulaban, vivían, se ocultaban…y a veces, simplemente esperaban.

Por eso nunca pudo encontrarlo.

Porque lo buscó como un genio buscando lógica.

Pero Tn se había escondido como un artista ocultando su obra favorita.

—Él no sabía que yo lo buscaba.

—susurró Da Vinci—Y aun así…

lo perdi.

Musashi ladeó la cabeza.

—¿Tanto te duele?

Da Vinci cerró los ojos.

Sintió cómo algo dentro de ella se resquebrajaba lentamente.

—Tanto que ni siquiera la muerte me lo quitó.

Shakespeare, que había estado en silencio todo este tiempo, se aclaró la garganta con suavidad.

—Entonces…

¿qué harás, Da Vinci?

¿Seguirás buscando en ese laberinto de estrellas?

Ella no respondió al instante.Solo miró al vacío, recordando cada línea, cada pincelada, cada fórmula escrita a escondidas en los márgenes de un libro.

—Sí.

Lo buscaré.

Aunque tenga que destruir el Trono mismo.

(y no, no pondre suculencia porque como dije solo quería yanderes pero como mi método será capítulos para darles desarrollo.

Ejemplo Nitocris ya empezó a mostrar mas dependencia de tn, osea que para el capitulo dos tendremos un avance en su emoción y obsesión.

Esto lo hago porque ya es aburrido ver lo mismo waifu loca yandere que secuestra, abusa y tiene hijas con el prota y fin……..Eso ya cansa asi que pense en este metodo darles sentimientos alocados poco a poco.) Y el que quiera meter fetiche yo que sé patas o muslos, six pack dejen su opinion y vere que sale

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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