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Waifu yandere(Collection) - Capítulo 160

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160: Vivian part 2 (zzz) 160: Vivian part 2 (zzz) Advertencia ⚠️ ⚠️ Futuro contenido para mayores 18 leer bajo su propio criterio Advertencia contenido grafico de violencia y Advertencia ⚠️ temas cuestionables y sensibles se sugiere que si no es de su agrado salga de aquí y de paso aclaro que personajes o imágenes no me pertenecen crédito a sus autores.

Agrego personajes no me pertenecen.

Imágenes y personajes no me pertenece crédito a sus autores.

Advertencia este capítulo contiene escenas para mayores y lenguaje bulgar están advertidos.

_______________________________________________________________________ Apenas amaneció y Vivian despertaba abrazada a las almohadas de los hermanos Proxy, con un hilo de baba resbalando sobre la funda de Belle.

Medio adormilada, se incorporó lentamente y se talló los ojos.

La habitación, iluminada por un resplandor anaranjado que se colaba entre las cortinas, estaba saturada de recuerdos: pósters, peluches modificados, tazas con impresiones de Wise y Belle, una especie de santuario personal donde lo único que existía eran ellos y ella.

Suspiró, un sonido áspero que se mezcló con un deje de cansancio.

Vivian no tenía una especie definida, pero muchos la relacionaban con el folclore de una Banshee, por su inquietante capacidad de prever desgracias futuras a través de sus lágrimas.

Sin embargo, los registros oficiales la clasificaban como una Thiren, una especie humanoide con características animales variables.

Su “pluma de flor”, ese extraño adorno vivo que sobresalía de su cabello, era prueba de ello.

Y con ella también venían las visiones.

Por eso se empeñaba en acercarse a los Proxy.

No era simple devoción, o al menos no únicamente: sus lágrimas le habían mostrado que algo malo les aguardaba.

Un destino enredado de calamidad, “Dictador Sangriento” fue lo primero que venía a su mente.

Y la sola idea de perderlos la sofocaba.

Tenía que estar allí, tenía que protegerlos, aunque ellos no lo quisieran, aunque la apartaran una y otra vez.

Mientras se levantaba de la cama, sus pies descalzos crujieron sobre papeles arrugados y restos de bolsas de sangre hospitalaria.

Al agacharse para recogerlos, una sonrisa nerviosa se le escapó.

Qué curioso era todo.

No siempre había sido así.

Durante un tiempo, ella solo había llorado, gritado y esperado.

Pero luego vino Landon, con sus experimentos y juegos crueles, y allí algo cambió.

Algo dentro de ella se quebró y se retorció en direcciones inesperadas.

Desde entonces, había adquirido aquel extraño gusto por la sangre.

No era alimento obligatorio para sobrevivir, como los vampiros de las viejas leyendas… pero para Vivian era otra cosa.

Un lujo prohibido.

La primera vez había sido casualidad.

La segunda, un error.

Pero pronto comprendió que consumirla era un placer adictivo, casi erótico, que rozaba la delicia.

La calidez metálica, el cosquilleo eléctrico bajo la lengua, el latido que sentía en su garganta al tragar… cada sorbo la dejaba más débil en su moral y más fuerte en su deseo.

Vivian tomó una bolsa de sangre del refrigerador portátil junto a su cama, la perforó con un colmillo y bebió un largo trago.

Su cuerpo se estremeció y dejó escapar un gemido ahogado, mientras la sangre escurría por su barbilla.

—Mmm… sí… demasiado buena para dejarla… —susurró, dejando caer la bolsa a medio vaciar sobre la mesa de noche.

Pero no era lo mismo.

Jamás era lo mismo.

Por más que probara, ninguna igualaba la sensación de la “sangre dorada” que había encontrado en Tn.

Vivian se dejó caer sobre la cama, abrazando de nuevo la almohada de Belle.

Sus labios rozaron la tela empapada por la baba de la noche anterior y sus ojos se encendieron de obsesión.

—Los protegeré… aunque no me quieran.

Y mientras tanto… —una sonrisa torcida curvó sus labios— siempre tendré a mi pequeño tesoro de sangre para aliviarme.

Aunque claro, Vivian justificaba todo.

Incluso había tomado el teléfono para llamar directamente a la agencia, con la idea de confirmar si existían contratos más extensos.

La voz de la oficinista respondió con tono neutro, mecánico, hasta que Vivian planteó su pregunta.

—Estoy interesada en… prolongar los servicios del producto Tn.

¿Es posible adquirirlo?

¿Comprar al chico en su totalidad?

Hubo un silencio incómodo al otro lado de la línea.

El teclado sonó unos segundos y, finalmente, la oficinista contestó con voz seca.

—Contratar no equivale a vender, señorita Banshee.

Le recuerdo que nosotros vendemos servicios, no personas.

No se equivoque.

Vivian frunció el ceño, sus dedos apretando con fuerza la sombrilla cerrada que sostenía como si fuese un báculo.

La respuesta no era la que quería escuchar.

—Entonces… —respiró hondo, modulando su tono en un murmullo casi seductor— ¿es posible extender el contrato?

Que sea privado.

Exclusivo.

Solo mío.

El tecleo volvió a sonar.

La oficinista, más fría aún, respondió.

—No con sus fondos actuales.

Sus ingresos son buenos, señorita Vivian, pero la exclusividad exige un nivel de solvencia que usted no cumple.

Vivian suspiró, conteniendo la rabia.

Era cierto: su trabajo como espía y traficante de información le daba un buen capital, pero no al nivel de los grandes coleccionistas de “productos humanos” de Nueva Eridu.

Sin embargo, rendirse no estaba en su vocabulario.

—¿Y si… trabajara para ustedes?

—preguntó en voz baja, dejando entrever el filo en su sonrisa—.

Puedo ofrecer algo más que dinero.

Robar información, filtrar datos, desaparecer archivos.

Eso, y mucho más.

Si el Diablo te ofreciera un trato demasiado bueno para ser verdad, pero no puede mentir, ¿lo aceptarías?

El silencio al otro lado duró un poco más de lo normal.

Luego, la mecanografía volvió a sonar.

—Podríamos… considerar un acuerdo mutuo —dijo finalmente la oficinista—.

Si cumple ciertos encargos para la organización, podríamos garantizarle prioridad en las solicitudes del producto Tn.

La línea se cortó poco después.

Vivian dejó caer el teléfono sobre la cama y se dejó caer junto a él, mirando al techo.

No es que sintiera algo en particular por Tn.

Ella no “amaba” a ese chico.

Pero siendo el único portador de aquella sangre dorada, no podía dejarlo escapar.

No podía darse el lujo de perder ese recurso.

—No es por ti… —murmuró, sonriendo con un deje de tristeza mientras rozaba con el dedo la pantalla apagada del celular—.

Es por ellos.

Por mi señor Faetón.

Por Belle.

Por Wise.

Sus pensamientos se enredaban en su propia lógica torcida, hasta que se convenció del todo: si quería proteger a los Proxy, necesitaba mantenerse en control.

Y para eso, necesitaba a Tn.

Vivian bajó a su comedor.

No tenía hambre.

En realidad, pocas veces la tenía.

Estar sola se había vuelto una rutina monótona: robaba archivos cuando había trabajo, o se plantaba en la tienda de Belle y Wise solo para que la echaran poco después.

El hermano mayor no parecía aprobar su presencia constante, decía que espantaba a los compradores.

Pero no era su culpa.

¿Cómo podía tolerar que otros se acercaran a sus queridos Proxy?

Cada cliente que hablaba demasiado con Belle, cada desconocido que sonreía de más en dirección a Wise… todo era una provocación.

Peor aún eran las “liebres Autistas”, esas mujeres que, según Vivian, se creían irresistibles.

Nicole Demara era la peor espina en su costado: seductora, endeudada, siempre dispuesta a vender un pedazo de su dignidad por pagar sus cuentas.

Vivian la detestaba.

La sola idea de que esa mujer osara rondar cerca de Belle o Wise hacía que le rechinaran los dientes.

—Zorra barata… —masculló mientras exhalaba un suspiro irritado, caminando con desgana por la estancia.

Solía salir a dar paseos espontáneos, sí, pero incluso esos paseos no eran más que excusas.

En realidad, no tenía lo que cualquiera llamaría “vida propia”.

Su existencia se resumía en ellos.

Solo los Proxy.

Solo su señor Faetón.

Todo lo demás era ruido.

Cuando quiso darse cuenta, ya tenía otra bolsa de sangre en la mano.

La perforó con un colmillo y bebió sin pensar, caminando por su hogar mientras la calidez del líquido bajaba por su garganta.

El sabor metálico era ya tan cotidiano como el agua.

Al dar la vuelta a la mesa, sus pasos se detuvieron.

Un cuadro viejo, apoyado torcido contra la pared, captó su atención.

El marco estaba astillado, la pintura ennegrecida por la humedad, y en él se distinguía la figura de un hombre con traje formal blanco, rodeado de cadenas que parecían brotar como raíces vivas.

Líneas carmesí atravesaban la tela como venas abiertas, y el rostro estaba casi borrado, reducido a un manchón irreconocible.

Vivian frunció el ceño, ladeando la cabeza.

No recordaba haberlo comprado.

Tampoco haberlo robado.

Y, sin embargo, estaba allí, en su comedor, como si siempre hubiese pertenecido al lugar.

—…Meh.

No me importa.

Luego pongo otra cosa.

—murmuró, restándole importancia mientras se alejaba con la bolsa aún a medio vaciar colgando de su mano.

Pero en la penumbra de la sala, cuando ella dio la espalda, el retrato parecía respirar.

El carmesí brillaba apenas, como una herida fresca, y las cadenas pintadas crujieron con un eco que nadie debería haber oído.

Luego de una ducha y un cambio rápido de ropa, estaba lista para irse de paseo.

Si quería mantener su estilo de vida, la mejor forma era seguir con su trabajo: robar información de seguridad pública, un poco de las empresas de Nueva Eridu, incluso de Ocean Industries.

Aunque Vivian podría necesitar ayuda, ella murmuró con cierto desdén.

—Escuché de un joven que robó la espada sagrada del templo Yunkui… lástima que no lo conozco del todo….

Había recolectado apenas unas piezas de información.

El chico, por lo que sabía, era estudiante de Yixuan, la Gran Maestra, pero debido a ciertos problemas —y a una invasión de Hollows— desapareció por completo del radar.

Vivian suspiró, mordiéndose el labio.

—Un talento desperdiciado… esa información le habría encantado a la agencia….

Con un movimiento elegante, abrió su sombrilla y salió a las calles iluminadas por carteles de neón y luces holográficas que llenaban el aire de un brillo artificial.

Caminó con calma, como si no tuviera ninguna prisa, aunque su mente siempre trabajaba más rápido que sus pasos.

Al llegar frente al edificio de Seguridad Pública, Vivian se detuvo.

El lugar era imponente, de cristal endurecido y acero reforzado.

Los drones sobrevolaban los alrededores y los guardias uniformados revisaban cada acceso.

Aun así, ella esbozó una sonrisa torcida.

—Un castillo de juguete… y yo soy el lobo soplando la puerta… —susurró en voz baja.

Giró la sombrilla, observando su reflejo en el vidrio tintado de la entrada.

Su propia imagen la devolvía, impecable y elegante, y sin embargo, algo dentro de ella se crispó.

—Ni siquiera me gusto… ¿a quién quiero engañar?

—murmuró con amargura—.

Todo lo que soy… es una sombra robando migajas de los demás.

Se tocó los labios, una costumbre nerviosa, y bajó la voz.

—Y aun así… no puedo dejar de obsesionarme.

Miyabi, Yixuan, ese chico del templo… necesito saber más, necesito tenerlos atados a mis hilos… —rió entrecortado, un sonido que más parecía un sollozo contenido—.

Si no los controlo, si no los poseo en mis pensamientos… me siento vacía.

Se obligó a enderezarse, acomodando su sombrilla como si nada hubiera pasado.

Su mirada se dirigió al edificio nuevamente.

—Planos de contingencia, secretos sucios, información personal de los agentes… —enumeró en un susurro—.

Quizás hasta confirmar si la capitana Miyabi tiene realmente esquizofrenia… oh, sería delicioso….

Con ese pensamiento venenoso como único consuelo, se escabulló entre la multitud, como una sombra vestida de elegancia.

Entró en las oficinas donde había algunas personas dando reportes o denuncias; otros agentes, con rostros cansados y tensos, arrastraban presos que se negaban a entrar en las celdas.

Para Vivian, robar era un arte.

No era simple hurto ni espionaje: era danza, era teatro, y ella era la actriz principal.

Jamás recurría a la seducción, eso lo consideraba vulgar, indigno.

—No… debo mantenerme pura… pura para mis proxy’s… —murmuró para sí misma con una sonrisa quebrada.

Fue entonces cuando sus ojos, tan afilados como bisturís, detectaron a una oficial común que caminaba sola hacia un pasillo lateral.

Un blanco perfecto.

Vivian se deslizó entre los pasillos como si fuese humo, esquivando el ángulo de las cámaras con movimientos calculados, como si supiera de memoria dónde mirarían.

Cuando estuvo detrás de la oficial, un golpe seco y preciso en el cuello fue suficiente.

La joven cayó como una marioneta sin hilos.

Vivian la sostuvo antes de que hiciera ruido contra el suelo, inclinándose con cierta ternura malsana:.

—Lo siento, pequeña… —susurró mientras la arrastraba hacia un rincón oscuro.

Con frialdad y medio excitacion, comenzó a desvestirla, doblando con cuidado cada prenda para no arrugarla demasiado.

El uniforme era sencillo, pero funcional.

Una vez que lo tuvo, se lo puso sobre su propio cuerpo, ajustando botones y cinturón.

El momento final llegó cuando se acomodó el cabello bajo el sombrero oficial y se miró en un espejo cercano: impecable, casi indistinguible.

—Perfecta… ahora soy una de ellas —dijo con un dejo de burla, al tiempo que adoptaba una postura firme y profesional.

Con paso firme, Vivian avanzó por los pasillos.

La rutina de los agentes estaba marcada por el cansancio y la monotonía; nadie le prestó demasiada atención.

Abrió varias puertas, fingiendo estar en su ruta de trabajo, hasta encontrar una sala con monitores parpadeantes.

Ahí, el verdadero espectáculo comenzó.

Se sentó frente a una de las terminales, sus dedos recorriendo el teclado como pianista que toca su melodía favorita.

Archivos tras archivos comenzaron a desfilar ante sus ojos:.

—Veamos… planos de contingencia… —susurró mientras descargaba—.

Horarios de rondas, ubicaciones de drones… deliciosa.

Saltó al siguiente archivo.

—Nombres de mafiosos capturados… agentes encubiertos… oh, qué tentador sería vender esto al mejor postor.Mmmm~ Jane Doe~ vaya se a quien le gustara esta informacion.

La pantalla se llenó de listados interminables.

Vivian sonrió, mordiéndose suavemente el dedo índice con gesto excitado.

—Cada nombre… cada secreto… es como si fueran míos ahora.

¿No lo entiendes?

—le susurró a la computadora como si hablara con alguien vivo—.

Soy su dueña.

El zumbido de los ventiladores de la máquina y el sonido de pasos lejanos eran los únicos testigos de su robo.

Guardó copias en un dispositivo oculto dentro de su sombrilla, uno de sus trucos favoritos.

Por un instante, mientras veía desfilar las fotos de agentes y mafiosos, su reflejo apareció en el monitor.

Y volvió ese vacío que nunca podía ahogar del todo.

—Y sin embargo… sigo estando sola.

Sola con mis obsesiones.

Robando lo que otros valoran, porque lo único que quiero… es sentir que me pertenecen.

La terminal parpadeó, advirtiendo que alguien más había iniciado sesión en otro extremo.

Vivian chasqueó la lengua, cerrando ventanas rápidamente.

—Hora de retirarse… antes de que este escenario se derrumbe.

Se levantó con calma, ajustó el sombrero y, con la misma firmeza con la que había entrado, salió de la sala dejando tras de sí una máquina vacía y un archivo corrompido, como si nada hubiera pasado.

___________________.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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