Waifu yandere(Collection) - Capítulo 162
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- Capítulo 162 - 162 Blue diamond part 3
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162: Blue diamond part 3 162: Blue diamond part 3 Advertencia ⚠️ ⚠️ Futuro contenido para mayores 18 leer bajo su propio criterio Advertencia contenido grafico de violencia y Advertencia ⚠️ temas cuestionables y sensibles se sugiere que si no es de su agrado salga de aquí y de paso aclaro que personajes o imágenes no me pertenecen crédito a sus autores.
Agrego personajes no me pertenecen.
Imágenes y personajes no me pertenece crédito a sus autores.
Advertencia este capítulo contiene escenas para mayores y lenguaje bulgar están advertidos.
______________________________________ La llegada al satélite privado de Diamante Azul pasó sin inconvenientes.
Toda gema estaba al máximo de su capacidad para cumplir con las órdenes de su Diamante.
Tal y como ella había pedido, prepararon un terreno terrestre con plantas y vegetación casi idéntica a la de la Tierra.
Azul sostenía a Tn en su mano como si fuese un objeto delicado, aunque sus dedos aún apretaban con la firmeza de quien teme perderlo si afloja demasiado.
Había modificado su tamaño para hacerlo posible, pero al llegar comenzó a encogerse poco a poco.
Sus colosales doce metros se redujeron hasta quedar en torno a cinco, un tamaño más “cercano” a él.
Cuando finalmente lo soltó, Tn cayó sobre el césped húmedo, jadeando con fuerza.
Se incorporó de inmediato, limpiándose el polvo de la ropa, y miró alrededor con ojos abiertos y sudor frío escurriéndole por la frente.
El aire era familiar, el olor de la hierba le recordaba a la Tierra, pero eso mismo lo hizo sentirse aún más incómodo.
Todo aquello estaba demasiado ordenado, demasiado artificial.
—¿Qué… qué es este lugar?
—su voz quebró el silencio con un filo de sospecha—.
¿Por qué me trajiste aquí?
Diamante Azul se giró hacia él.
Su enorme silueta se recortaba contra el cielo artificial del satélite, con una sonrisa triste que no lograba suavizar el peso de su mirada.
—Lo preparé para ti —respondió con un tono casi maternal, mientras avanzaba despacio por el campo—.
Un hábitat deseable… un lugar donde pudieras vivir en paz.
Se agachó para observar unas flores delicadas que crecían a la orilla del camino de piedra.
Su dedo rozó uno de los pétalos, y suspiró.
—La vida orgánica tiene cierta belleza… efímera, pero intensa.
Aquí podrías quedarte.
Serías cuidado, protegido.
—su mirada se elevó hacia él, húmeda, como si una lágrima estuviera a punto de resbalar—.
Y quizá… en algún futuro… podría traerte una compañera de tu especie.
Una hembra humana, como ustedes la llaman.
Tn retrocedió un paso.
—¿Una… qué?
—sus palabras salieron tensas, con incredulidad y rabia contenida.
Azul se detuvo.
Su voz bajó, murmurante, como si meditara cada palabra en un idioma extraño para ella.
—Hijos… o mini humanos.
—la palabra le resultaba extraña, torpe en sus labios de gema—.
Eso hacen los de tu especie, ¿no?
Se unen un masculino y una femenina y… aparecen nuevos humanos.
Sexo seria una palabra adecuada, claro si ella se hubiera interesado en investigar mas.
Hubo un silencio espeso.
Tn apretó los puños, clavando sus uñas contra las palmas.
—Yo… ya tuve una pareja.
—su voz cargaba un peso que partía en dos el aire—.
Ella está muerta.
La enterré cerca de las ruinas.
No pienso… no quiero reemplazarla.
Negacion.
Incluso una diamante como ella sufria eso.
Otro dato compatible con ese humano que hizo a azul sentir algo especial.
Azul lo miró largamente, en silencio, su rostro impenetrable salvo por ese temblor en sus labios.
Finalmente desvió la mirada, sus ojos recorriendo el terreno sin ver realmente las flores.
—Lo sé… lo sentí en tus palabras.
—su voz se quebró apenas, un eco de su don de sentir emociones ajenas—.
Y, aun así… qué cruel destino.
Una especie tan breve, que nace, crece, ama, muere… y desaparece.
—apretó sus manos contra el manto, como si buscara contener algo dentro de sí—.
No vi ningún mini humano a tu lado, así que supuse… que no alcanzaron a dejarte un legado.
Si un humano tiene pareja, debe tener descendencia, si el humano no tiene descendencia entonces este muere solo.
Una logica aceptable para una gema.
El silencio volvió a caer.
Tn la observaba, sin apartar la mirada, con un fuego extraño ardiendo en sus ojos.
Azul, en cambio, se sentía cada vez más atrapada en un conflicto que ni ella misma podía poner en palabras.
Era algo difícil para ella.
De lo poco que había logrado aprender de los humanos en su corta interacción con ellos, sabía que eran una especie orgánica descendiente de otra llamada simios, criaturas sociales que vivían en grupos y que podían crear nuevos humanos con la unión de un masculino y una femenina.
Azul hablaba de eso con un dejo de curiosidad melancólica, como si intentara encontrar algo fascinante en lo efímero de los humanos.
—Son… tan frágiles… y sin embargo, tan capaces de crear vida nueva… simplemente al unirse.
Es… extraño.
Hermoso… y aterrador.
—susurró, su voz suave pero con ese eco pesado de tristeza que siempre la acompañaba.
Tn, algo incómodo por aquellas palabras y por la manera en que ella lo observaba con un brillo contenido en los ojos, trató de apartarse un poco.
Carraspeó, nervioso.
—Mira, yo… no entiendo mucho de lo que me dices.
Pero lo único que quiero es que me regreses a la Tierra.
Por favor.
Estaba tratando de ser amable y razonable……….se le estaba acabando.
Azul, que intentaba acercarse a él con una delicadeza casi maternal, se detuvo en seco.
Sus labios temblaron apenas y por un segundo la máscara de serenidad que llevaba puesta pareció quebrarse.—…No puedo.
La respuesta cayó como un peso sobre el aire.
Tn la miró sorprendido, casi con indignación.—¿Qué?
¿Cómo que no puedes?
Tú me trajiste aquí, ¿no es así?
Entonces puedes devolverme.
Azul bajó la mirada, un rastro de tristeza recorrió su rostro perfecto.
—La Tierra… es un objetivo de Diamante Amarillo.
Su experimento pondrá en riesgo al planeta entero.
Yo… no podía quedarme sin hacer nada.
No después de todo lo que ya he perdido.
Su voz se quebró un poco.
Una lágrima azul rodó por su mejilla cristalina.
El Clúster un arma geológica masiva y latente, formada por millones de fragmentos de gemas que fueron enterradas en la Tierra por el Planeta Madre como un plan para destruirla desde el interior.
—Así que, como última acción buena que podía dejar a Rosa… fue traerte aquí.
Aquí estarás a salvo… conmigo.
Tn quedó aturdido.
Su respiración se aceleró.
El solo pensar en que un planeta entero podía estar en peligro le erizó la piel.
Y lo que más lo perturbaba era que Azul lo decía con tal naturalidad, como si su vida ya hubiera sido decidida sin su opinión.
—¿Qué diablos podría ser tan peligroso… como para poner en riesgo un planeta entero?
—murmuró, con el ceño fruncido.
Normalmente, Tn era alguien coherente, alguien paciente.
Pero en ese instante, con el corazón acelerado y los nervios tensos, la frustración pudo más.
Dio un paso firme hacia ella, extendió la mano y la sujetó por la tela de su majestuosa túnica, empujando un poco su propia altura para estar a su nivel.
A pesar de su diferencia, intentó mirarla directo a los ojos.
—¡Escúchame!
No me importa tus guerras ni tus experimentos.
¡Solo mándame de regreso!
¡Ahora!
El eco de su voz resonó en la gran sala azul.
Diamante Azul lo observó en silencio, parpadeando lentamente, como si no terminara de creer que un humano osara levantarle la voz.
Frunció un poco el ceño, un gesto extraño en ella, mezcla de tristeza y molestia.
—…Eres tan… atrevido.
*Clanck*.
De repente, con un simple movimiento de su brazo, lo apartó.
No parecía un golpe, solo un empujón ligero desde su perspectiva.
Pero para un humano, aquella fuerza fue descomunal.
El cuerpo de Tn salió disparado varios metros hasta chocar contra el suelo cristalino, el aire escapando de sus pulmones en un jadeo ahogado.
El silencio reinó por unos segundos, roto solo por el sonido de la respiración agitada de Tn.
Azul avanzó lentamente hacia él, cada paso resonando con un eco grave.
Lo observaba con una mezcla de ternura y dureza, como una madre que reprende a un niño desobediente.
—No entiendes nada… no tienes idea de lo que hay allá afuera.
No dejaré que arruines esta… paz.
Te guste o no, te quedarás conmigo.
Aquí, nadie podrá tocarte.
Su mirada se suavizó de pronto, volviendo a ese tono dolido, casi suplicante.
—Por favor… no me pidas que te deje ir.
No… después de todo lo que he perdido.
Tn apenas se reponía del golpe, sus costillas dolían con cada respiración y un sabor metálico se mezclaba en su boca.
Se sostuvo con esfuerzo, apoyando una rodilla en el suelo cristalino antes de alzarse con cierta torpeza.
Sus ojos se encontraron con los de Diamante Azul: en otras circunstancias, aquella mujer inmensa y etérea lo hubiera cautivado.
Su belleza era casi irreal, y la emoción en su voz tenía un poder extraño, como un canto fúnebre.
Pero ahora, solo sentía desconfianza.
Quedó en claro que no lo dejaría ir, al menos no en un lapso corto.
Así que Tn suspiró, sacudiendo el polvo inexistente de su ropa, y dio media vuelta.—…No voy a discutir más.
—murmuró con un tono cansado.
Se apartó unos pasos, alejándose de ella, y caminó hacia lo que parecía un río cristalino que recorría la sala, su reflejo distorsionándose en la superficie.
Azul alzó la mano, con la intención de detenerlo, pero no llegó a hacerlo.
En ese instante, su Perla apareció, bajando la cabeza con sumisión.
—Disculpe mi intromisión, mi Diamante… pero Diamante Amarillo solicita su presencia.
Azul se detuvo en seco.
Sus labios se entreabrieron un momento, sorprendida.
—…¿Amarillo… quiere verme?
La Perla asintió, un poco nerviosa.—Sí.
Pide una reunión con usted… personalmente.
Los ojos de Azul parpadearon lentamente.
Hacía demasiado tiempo que Amarillo no solicitaba su compañía.
Una parte de ella, tan vacía y fría desde hace eras, se iluminó con un atisbo de esperanza.
Tal vez su suerte estaba cambiando, tal vez aún había espacio para redimirse ante sus hermanas.
Pero la incomodidad volvió rápido, mezclada con la tristeza amarga de haber visto al humano resistirse a ella.
Su mirada se desvió hacia Tn, que permanecía de pie frente al río, observando su reflejo con expresión abatida.
Un peso le apretó el pecho.
—…No quiso quedarse.
Se resistió… —susurró en voz baja, como si hablase consigo misma.
Perla, notando el tono de su señora, bajó aún más la cabeza, pero se atrevió a responder.—Tal vez… se deba a la naturaleza de su especie orgánica, mi Diamante.
Ellos… suelen comportarse de formas que no siempre podemos comprender.
Puede que sea un reflejo de rechazo… por haber sido separado de su antiguo hogar tan bruscamente.
Azul entrecerró los ojos, pensativa.
Aquella explicación sonaba lógica, aunque también dolorosa.
Las especies orgánicas eran tan complejas, tan caóticas.
Nada en ellas parecía tener sentido a los estandares de las gemas.
Se llevó una mano al corazón, cerrando los ojos con un murmullo apenas audible—…Entonces está… triste.
Triste porque lo traje a un lugar nuevo demasiado rápido.
Porque lo arranqué de lo que conocía….
Sus ojos se humedecieron otra vez, aunque no llegó a llorar.
—¿Es eso lo que sientes, humano?
¿Acaso… me odias por haberte quitado tu mundo?
—preguntó en voz baja, dirigiéndose a Tn, aunque él permanecía en silencio, con la mirada fija en el agua.
Perla tragó saliva, nerviosa.—Mi Diamante… ¿desea que lo acompañe a su reunión con Diamante Amarillo, o…?
Azul no respondió de inmediato.
Solo miraba a Tn, con una mezcla de ternura dolida y posesividad creciente, como si temiera apartarse de él aunque fuera por unos instantes.
Azul meditó en silencio, su mirada recorriendo al humano junto al río y luego posándose en su fiel asistente.
Finalmente, habló con suavidad—Perla… tú deberías quedarte y vigilarlo.
No, más que vigilarlo… deberías cuidarlo.
Si realmente se siente solo por haber perdido su hogar, lo mejor que puedo darle es un acompañante.
Y como aún no tenemos… una humana femenina de la guardería de Rosa, serás tú.
Perla alzó la vista, sorprendida.—Mi Diamante… ¿yo?
¿Qué clase de ayuda podría darle si no soy una humana?
Azul se quedó un instante en silencio, pensativa, con las manos entrelazadas frente a su pecho.
Finalmente murmuró—…Tu apariencia… se asemeja a la de una femenina humana.
Quizá no seas de carne, ni de hueso, ni de instinto, pero podrías intentar… algo humano.
Perla bajó la cabeza, con un brillo extraño en los ojos.
“¿Algo humano?”, repitió para sí misma.
Lo poco que sabían de los terrícolas era fragmentado, a veces distorsionado.
La palabra apareamiento aparecía en sus registros, asociada a la unión entre masculino y femenino que daba origen a nuevos individuos.
Un proceso fascinante, pero para una gema, era un acto imposible, incluso ridículo.
Aún así, se inclinó reverente.
—Si es su deseo, haré lo mejor que pueda para… ser amable con el humano.
Azul esbozó una sonrisa triste, cargada de ternura.—Eso es suficiente, mi Perla.
La mujer se inclinó para acariciar suavemente el cabello azul de su sirvienta, y luego se enderezó.
Su cuerpo empezó a brillar, estirándose hasta recuperar su tamaño colosal.
Su voz llenó la sala como un eco distante.—Debo irme.
Amarillo espera.
Cuídalo… no lo dejes sentir que está solo.
Se dio media vuelta, y con pasos que hacían temblar el suelo, salió del hábitat.
La luz de su gema iluminó por última vez el jardín artificial antes de desvanecerse en la distancia.
El silencio cayó.
Perla permaneció quieta, con el cabello cubriéndole parcialmente el rostro.
Observó el lugar con cierta incomodidad: el cielo simulado, el río, los árboles.
Todo le resultaba irreal, demasiado… vivo.
Finalmente, suspiró.
—…Criaturas orgánicas.
Siempre tan extrañas.
Con un leve movimiento, tocó su gema.
Un destello azul brotó y de él surgió una tableta flotante, con la que comenzó a dibujar.
Era un hábito suyo, uno que había cultivado en los largos viajes acompañando a Azul.
Tenía cientos de registros: mundos desconocidos, paisajes alienígenas, rostros de gemas ilustres, y sobre todo, retratos de su Diamante.
Sus trazos iban desde lo más solemne y artístico hasta imágenes que, para una gema, podían considerarse “candentes”: siluetas adornadas, gestos íntimos, contornos que exploraban la forma de Azul con devoción obsesiva.
Ropa o sin ella, poses normales o sugerentes.
Para ella no era extraño.
Para las gemas, el límite entre arte y veneración siempre había sido difuso.
Un murmullo escapó de sus labios mientras la pluma digital recorría la superficie.
—…Si debo comportarme como una humana… ¿qué hace exactamente una de ellas?
¿Qué esperan de nosotras?
Tn, sentado a unos metros, la observaba con los brazos cruzados.
Su ceño fruncido dejaba clara la incomodidad.Luego de un rato de tranquilizarce viendo su reflejo en el rio.
Observo como la joven parecia mas tranquila escribiendo algo.
—…Me está dibujando, ¿no?
Perla levantó la vista lentamente, sus ojos brillando con un matiz curioso.
—Quizá.
¿Por qué no?
Todo esto… es nuevo.
Y tú eres el centro de ello.
Él gruñó apenas audible, desviando la mirada al agua.—…No me gusta que me miren de esa forma.
Perla inclinó la cabeza, como si tratara de entenderlo.—¿Mmm de que forma?
No.
No es eso… eres un regalo.
El último regalo que Azul decidió conservar para sí misma.
El trazo de la pluma continuó, mientras Perla añadía suavemente—Y yo… debo aprender a tratarte como lo que eres.
Un humano.
Sea lo que eso signifique.
Tn suspiró alejándose un poco mientras observaba todo el paisaje.
Por lo que podía notar, el lugar era tan amplio como un bosque de tamaño medio, con árboles altos que se mecían suavemente bajo la luz artificial del satélite y un río que serpenteaba entre las colinas verdes.
El aire, aunque no era natural, estaba cargado con un aroma fresco que casi lo convencía de que seguía en la Tierra.
Perla siguió dibujando un rato más, sus dedos trazando con elegancia líneas en la tableta flotante, hasta que finalmente la guardó con un gesto delicado.
Se levantó, el vestido semitransparente meciéndose alrededor de sus piernas largas, y se acercó lentamente hacia donde estaba Tn.
Sus pasos no hacían ruido; casi parecía deslizarse sobre la hierba.
—Al parecer todo está tranquilo…—murmuró Tn, más para sí mismo que para ella.
Sus ojos se movieron hacia una zona más apartada, cerca de los árboles, donde el terreno parecía firme y elevado.
Frunció el ceño y pensó en voz baja—:Si estoy obligado a quedarme aquí, entonces lo mejor será construir un refugio.
La idea se sintió extraña en su cabeza, pero también reconfortante.
Recordó lo que sabía: una cabaña de madera no era algo que se levantara en un día.
El tiempo para construirla podía variar desde unos pocos días para algo muy básico, hasta meses para una estructura sólida y cómoda.
Todo dependía del tamaño, de la experiencia… y de los materiales.
Miró a su alrededor.
Tenía lo que parecía madera de los árboles que imitaban especies terrestres.
Lo que no tenía eran herramientas.
Suspiró y se encogió de hombros.
—…Bien, supongo que será a la antigua.
Comenzó a buscar entre los troncos caídos, ramas gruesas y piedras con filo natural que pudiera usar como herramientas improvisadas.
Cada piedra que levantaba, cada pedazo de madera que probaba con las manos, le recordaba lo vulnerable que era en comparación con todo lo que lo rodeaba.
Perla lo observaba en silencio, sus ojos azules brillando con una mezcla de curiosidad y extrañeza.
No entendía bien lo que hacía.
—¿Por qué… buscas entre la suciedad?
—preguntó con voz calmada, casi fría.
Tn la miró de reojo, levantando una piedra triangular.—Porque si voy a vivir aquí, necesito un refugio.
No pienso dormir al aire libre como si fuera un animal.
Perla parpadeó lentamente, inclinando la cabeza hacia un lado.
—Refugio…el ser humano es un animal, más específicamente un mamífero del orden de los primates, y dentro de ellos se considera un simio o gran simio, con una clasificación biológica que lo ubica en la especie Homo sapiens.—repitió la palabra, como si la probara en su boca—.
Los humanos son tan frágiles que necesitan encierros para descansar.
Es fascinante.
Tn soltó un resoplido y volvió a concentrarse en su búsqueda, ignorando el tono analítico de la gema.
A su manera, ella parecía hablar de él como si fuera parte de un informe.
—Llámalo como quieras.
Si voy a estar atrapado aquí, lo haré a mi manera.
El sonido de una rama partiéndose bajo sus manos resonó en el aire.
Perla se cruzó de brazos y lo siguió con la mirada, preguntándose en silencio si esa obstinación era la misma que Rosa había visto alguna vez en los humanos.
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