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Waifu yandere(Collection) - Capítulo 163

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  4. Capítulo 163 - 163 Ruby Rose part 7 rwby
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163: Ruby Rose part 7 rwby 163: Ruby Rose part 7 rwby Ruby rose parte 7 rwby Advertencia ⚠️ ⚠️ Futuro contenido para mayores 18 leer bajo su propio criterio Advertencia contenido grafico de violencia y Advertencia ⚠️ temas cuestionables y sensibles se sugiere que si no es de su agrado salga de aquí y de paso aclaro que personajes o imágenes no me pertenecen crédito a sus autores.

Agrego personajes no me pertenecen.

Imágenes y personajes no me pertenece crédito a sus autores.

Advertencia este capítulo contiene escenas para mayores y lenguaje bulgar están advertidos.

______________________________________ Tn estaba solo, sentado en lo que parecía una sala de interrogatorio.

Una mesa metálica en el centro, una silla incómoda, y al otro lado de un cristal blindado, el reflejo distorsionado de la luz hacía evidente que lo estaban vigilando.

Sus manos descansaban sobre la mesa, inmóviles.

La cabeza gacha.

Apenas se movía, salvo por el leve giro de sus orejas de lobo, atentas a todo, y el suave vaivén de su cola, que golpeaba el aire con calma inquietante.

No era la primera vez que lo trataban como un problema a contener.

Lo irónico era que esta vez había salvado a alguien.

Ruby.

Glynda Goodwitch lo observaba con los brazos cruzados, su mirada fija en aquel fauno.

Era consciente de la discreción necesaria: la policía local había sido llamada por protocolo, pero Beacon no podía darse el lujo de un escándalo público.

Había mucho en juego: la reputación de la academia, los donadores, la prensa… y sobre todo, Howard, el misterioso benefactor que había recomendado personalmente a Tn.

La profesora suspiró.

—Si fueran otras circunstancias —murmuró para sí misma, sin apartar la vista del cristal—, quizás hasta reconocería su ingenio en combate.

Ser ciego y aun así medirse conmigo… pocos lo harían.

Pero la realidad era otra.

Dos estudiantes estaban en estado crítico.

Jaune Arc y Cardin Winchester no volverían a blandir un arma.

En una academia diseñada para forjar cazadores, esa era una sentencia de muerte para sus carreras.

Y todo recaía en las manos de ese muchacho que, al parecer, nunca había mostrado demasiado interés por ser cazador.

Glynda frunció el ceño.

Ruby había sido encontrada en una sección abandonada de la academia.

Atada.

Golpeada.

Eso era un secuestro, y el responsable era evidente.

Tn la había salvado, sí, pero la brutalidad de su respuesta oscurecía el heroísmo de la acción.

Del otro lado del cristal, Tn levantó apenas el rostro.

Sus ojos sin pupilas reflejaban la luz, vacíos, como espejos opacos.

—¿Cuánto tiempo más…?

—dijo en voz baja, casi como un gruñido dirigido al aire.

Glynda se irguió, tomando el comunicador de la sala de observación.

Presionó un botón y su voz resonó en la habitación.

—Hasta que el director llegue.

Tn ladeó la cabeza hacia donde percibía el sonido.

Su cola se movió con un golpe seco contra la silla.

—¿Y mientras tanto?

¿Solo esperan a que me pudra aquí?

—No seas dramático —replicó Glynda con frialdad—.

Estás aquí para garantizar que no causes más daños.

Tn dejó escapar una risa seca, sin humor.

—No soy yo quien empezó.

Glynda apretó los labios.

—Tampoco eras tú quien debía terminarlo de esa manera.

El fauno alzó una ceja, aún sin mirar en ninguna dirección específica.

—Entonces… ¿debí dejarlos con vida para que intentaran otra vez?

¿O para que terminara Ruby en una tumba?

Hubo un silencio pesado en la sala de observación.

Glynda, por primera vez, dudó en responder.

Sus dedos tamborilearon contra la base del comunicador, hasta que finalmente dijo.

—No es tan simple.

Aquí no solo está en juego tu visión de justicia… sino el futuro de toda la academia.

Tn se recargó en la silla, cruzando los brazos, su cola azotando ahora con más fuerza el suelo.

—Entonces lo que importa no es Ruby.

Ni siquiera lo que hicieron.

Lo único que importa… es la reputación de Beacon.

Glynda cerró los ojos por un instante, conteniendo la punzada de incomodidad que sus palabras le generaron.

No podía admitirlo.

No frente a él.

—El director decidirá —dijo finalmente, cortando la comunicación.

Dentro de la sala, Tn quedó en silencio, inmóvil otra vez, como un animal salvaje que espera, con paciencia, la próxima apertura de la jaula.

Ozpin salió de la sala donde había conversado con Yang y Ruby.

Se llevó la mano al rostro, frotándose los ojos bajo las gafas.

El peso de lo que había escuchado lo aplastaba.

—Cardin y Jaune… —murmuró en voz baja, casi con amargura—.

¿En qué estaban pensando…?

Lo que Ruby relató no dejaba lugar a dudas: habían planeado retenerla, usarla como carnada para quebrar a Tn, y luego acabar con él.

Una insensatez, un crimen.

Y ahora, todo había escalado más allá de lo que Beacon podía controlar.

Con un suspiro cansado, Ozpin entregó el informe a los oficiales de la policía que habían acudido.

Uno de ellos hojeó las páginas rápidamente.

—Tendremos que notificar a los padres de todos los involucrados —dijo el agente con tono severo.

—Ya lo hemos hecho —respondió Ozpin, tratando de mantener la compostura.

—¿Y?

—preguntó otro oficial, levantando una ceja.

El director apretó su bastón con fuerza.

—Los padres de Jaune y Cardin fueron notificados.

La familia de Ruby y Yang… —hizo una pausa breve, molesta—.

Ni siquiera respondieron las llamadas.

Los oficiales intercambiaron miradas.

El silencio se alargó hasta que uno de ellos se atrevió a preguntar:.

—¿Y el tutor del estudiante fauno?

Ozpin tragó saliva.

Su voz tembló apenas, algo imperceptible para cualquiera que no lo conociera, pero suficiente para que Glynda, que estaba cerca, se girara con el ceño fruncido.

—También fue notificado… —respondió.

Un murmullo recorrió a los oficiales, notando el nerviosismo del director.

No tuvieron tiempo de presionarlo porque, en ese instante, uno de los comunicadores de la policía vibró con insistencia.

El oficial que lo tomó leyó el mensaje y su expresión cambió al instante.

—Director Ozpin… —dijo con voz controlada, pero con ojos que brillaban de sorpresa—.

Los altos cargos de Vale han emitido una orden directa.

Ozpin arqueó las cejas.

—¿Qué orden?

—Que el estudiante Tn no será puesto en custodia.

Los murmullos se convirtieron en un murmullo más fuerte.

—¿Qué?

—soltó un oficial incrédulo—.

¿Cómo que no será puesto en custodia?

¡Ha dejado a dos estudiantes incapacitados de por vida!

El portador del mensaje levantó la mano.

—No son palabras mías.

La orden viene directamente del Primer Fiscal y el Ministro.

El silencio que cayó después fue aún más pesado.

Ozpin desvió la mirada, sintiendo un frío recorrerle la espalda.

“Howard…”, pensó para sí.

No había duda.

Esa sombra detrás de Tn movía los hilos incluso más de lo que él temía.

Uno de los oficiales golpeó la mesa con el puño.

—Esto es corrupción.

Clarísima.

—O buenas influencias —corrigió Ozpin con voz amarga, mientras ajustaba sus gafas y dejaba escapar un suspiro derrotado—.

Pero no es momento de cuestionar al Consejo de Vale.

El director guardó silencio unos segundos.

Luego, más serio, dijo.

—Tendré que ir primero a hablar con Tn.

Necesito entender su situación antes de que esto escale más de lo que ya lo ha hecho.

Lo que Ozpin no sabía era que la tormenta ya había comenzado.

Afuera, en las calles de Vale, en todas partes, los pergaminos se iluminaban con la misma noticia.

“Escándalo en Beacon: estudiante brutaliza a dos compañeros y es atacado por profesora.”.

“¿Discriminación?

El estudiante involucrado es un fauno.”.

Las imágenes mostraban fragmentos grabados con los pergaminos: Tn cubierto de sangre, Glynda lanzando poder telequinético, estudiantes gritando.

El contexto era inexistente, y la opinión pública estaba ardiendo.

Las comunidades fauno lo vieron como un acto de injusticia, una prueba más de discriminación sistemática.

Sus foros y reuniones comenzaron a llenarse de mensajes.

—¡Queremos justicia!

—se escuchaba en las transmisiones.

—¡Un fauno defendiendo a una humana y aún así lo tratan como a un criminal!

Pero, del otro lado, las voces radicales no tardaron en alzarse.

—¡Ese monstruo debe ir a prisión!

—¡Si atacó a sus propios compañeros, imaginen lo que hará en las calles!

—¡Faunos como él no deberían estar en academias de cazadores!

Beacon estaba en el ojo del huracán, y Ozpin lo sabía.

La imagen de la academia pendía de un hilo, y la figura de Tn, en medio de todo, se había convertido en el centro de una guerra política y social que apenas comenzaba.

.

.

—Vaya mierda… —gruñó Qrow, bajando del cuervo y regresando a su forma humana.

Apenas había llegado a Beacon tras enterarse del escándalo, y ya sentía la presión en el aire.

Su sobrina había estado en peligro, y eso lo carcomía por dentro.

Era un tío ausente e irresponsable, un desastre de hombre, pero Ruby era lo único que todavía lo mantenía en pie.

Cardin y Jaune… si esos dos idiotas hubieran hecho algo más a su sobrina, Qrow mismo los habría dejado tirados en una cama de hospital, sin necesidad de que Tn se ensuciara las manos.

Mientras subía las escaleras hacia la entrada principal de la academia, un sonido suave interrumpió su paso.

El rechinar de frenos.

Un auto elegante, negro como la noche, se detuvo frente a Beacon.

Qrow entrecerró los ojos.

La primera cosa que emergió del vehículo fue la punta de un bastón, pulido, de obsidiana.

Luego, como si la sombra misma se materializara, una presencia inquietante comenzó a descender.

Qrow automáticamente se puso en guardia.

Su mano se deslizó hacia la empuñadura de su espada, el instinto de cazador alertando a cada fibra de su cuerpo.

Del coche bajó un hombre joven, tal vez en sus veintes.

Cabello negro, ojos verdes brillantes como gemas envenenadas.

Llevaba bufanda y un traje negro impecable, que contrastaba con el aura pesada que lo envolvía.

Al ponerse de pie, con un gesto elegante, se acomodó el cabello hacia atrás y sonrió, mostrando una hilera perfecta de dientes blancos.

Qrow lo reconoció en un instante.

Y con ello, un escalofrío recorrió su espina dorsal.

Howard.

La sonrisa del joven se amplió apenas un poco, como si disfrutara de la reacción de Qrow.

—Señor Branwen —dijo con voz suave, casi musical, pero impregnada de un filo que erizaba la piel—.

¿Sería tan amable de mostrarme el camino hacia el despacho del director Ozpin?

Qrow sintió cómo su corazón martillaba en el pecho.

Frente a él no estaba un simple hombre.

Era peor que un Grimm, peor que cualquier cosa que hubiera enfrentado en el campo de batalla.

Su aura gritaba como un huracán invisible, presionando contra el suyo, sofocante.

—¿Tú…?

—Qrow apretó los dientes, con un tono cargado de hostilidad—.

¿Qué demonios haces aquí?

Howard avanzó con calma, su andar tan ligero que parecía flotar sobre los escalones.

Antes de moverse más, se detuvo frente a Qrow y, con una naturalidad aterradora, posó su mano sobre el hombro del cazador.

Qrow tensó los músculos.

La sensación era helada, pesada, como si cada gota de sangre en su cuerpo se hubiera congelado.

Howard inclinó apenas la cabeza, su sonrisa nunca desapareciendo.

—Debo admitir —susurró—, fue irritante tenerlo rondando alrededor de mi persona.

Qrow entrecerró los ojos, un mal presentimiento arrastrándose en su pecho.

—¿Qué…?

Howard sonrió un poco más, mostrando un brillo inquietante en los dientes.

—Sí, Branwen.

Tu pequeño truco… —su tono se volvió venenoso, cada palabra como un golpe en el estómago—.

Transformarte en un cuervo para espiarme.

Muy creativo… pero ineficaz.

La mano sobre su hombro apretó apenas un poco.

No fue dolor, fue peor: un recordatorio de que, en ese instante, Howard podía reducirlo a polvo si lo deseaba.

Qrow tragó saliva, manteniendo la mirada fija en esos ojos verdes que parecían mirarlo a través del alma.

—Así que lo sabías… —escupió, con voz ronca.

Howard inclinó el rostro más cerca, casi como un depredador jugando con su presa.

—Lo sabía desde el primer aleteo.

—Hizo una pausa, deleitándose en cada palabra—.

Y lo toleré.

Porque soy paciente.

Pero ahora… —retiró la mano, acomodándose el abrigo con la misma calma aristocrática con la que había salido del auto—, ahora las cosas han cambiado.

Se giró hacia la entrada de Beacon, como si Qrow ya no existiera.

—Lléveme con Ozpin.

No me gusta hacer esperar a mis socios.

Qrow apretó la mandíbula, un sudor frío resbalando por su frente.

Estaba seguro: lo que tenía delante no era un simple benefactor.

Era un monstruo con un rostro humano.

Ambos caminaron por los pasillos en silencio.

La academia entera estaba en un estado extraño, un toque de queda impuesto: ningún estudiante saldría de sus habitaciones esa noche.

Las luces parecían más frías, el eco de las pisadas retumbaba demasiado fuerte.

Qrow, incapaz de contenerse, lanzó una pregunta, con el ceño fruncido.

—Si sabías que te estaba vigilando… ¿por qué nunca hiciste nada?

Howard ni siquiera lo miró.

Ajustó la bufanda en su cuello con la calma de alguien que nunca estaba apresurado por nada.

—Porque no me interesa lo que hagas, Branwen.

—Su tono era suave, casi aburrido—.

Mientras no interfieras en mis asuntos, puedes revolotear como un cuervo todo lo que quieras.

Qrow apretó los dientes, sintiendo de nuevo ese cosquilleo de peligro en el aire.

Pero no replicó.

Llegaron finalmente al pasillo donde se encontraba la sala de interrogatorios.

Tras un cristal blindado, podían ver a Ozpin sentado frente a Tn, acompañado por un oficial de la policía de Vale.

Tn estaba encorvado en la mesa, orejas caídas, respiración pesada.

Parecía más un animal atrapado que un estudiante.

Howard se detuvo frente al cristal.

Su mirada se endureció por un instante, apenas un gesto mínimo, y apretó los labios como si contuviera un comentario.

Dentro de la sala de observación, Glynda levantó la vista y notó la presencia de Qrow y del desconocido.

Su ceño se frunció de inmediato.

—¿Quién…?

—su mirada se clavó en Howard con desconfianza—.

¿Qué hace un civil aquí?

Howard suspiró, como si la pregunta fuera un mosquito molesto.

Dio un paso al frente, dispuesto a entrar en la sala donde estaba Tn.

Pero Glynda se interpuso.

—No puede entrar.

—Su voz fue firme, con la misma autoridad que imponía a cualquier estudiante—.

Esto es un procedimiento oficial, y usted no tiene ningún derecho aquí.

Howard giró la cabeza hacia ella.

Sus ojos verdes se encontraron con los de Glynda, y durante un segundo, la profesora sintió un escalofrío subirle por la columna, aunque mantuvo la postura.

—Voy a hablar con él —dijo Howard, con calma.

—¿Y por qué debería dejarlo?

—replicó Glynda, cruzándose de brazos.

La respuesta de Howard fue tan simple como devastadora.

—Porque soy el tutor del chico.

Hubo un silencio tenso.

Glynda entreabrió los labios, como si buscara una réplica, pero no encontró ninguna.

Aun así, negó con la cabeza.

—No.

Aunque sea su tutor, no puede irrumpir en un interrogatorio oficial.

Howard bajó la mirada un segundo, como si intentara contener algo dentro de sí.

Por primera vez, Qrow vio cómo el joven exhalaba más fuerte de lo normal, y comprendió que estaba perdiendo la paciencia.

Pero antes de que esa tensión explotara, una voz desde el interior del cuarto rompió el aire.

Era Tn.

—No se… no se llevaron a Ruby muy lejos… —murmuraba, con voz ronca—.

Puedo oler todavía su rastro en los pasillos.

No se fue por su cuenta….

Ozpin lo observaba con calma, aunque el brillo en sus ojos mostraba un peso distinto.

El oficial a su lado tomaba notas frenéticamente.

Howard, aún al otro lado del cristal, se inclinó ligeramente hacia adelante.

Escuchaba con atención cada palabra, como si nada más en el mundo importara.

Glynda lo notó y volvió a interponerse.

—¿Qué piensa hacer escuchando esto?

—preguntó, seria.

Howard la miró con una sonrisa tenue, peligrosa.

—Ver qué tan sincero es mi alumno.

—Su voz bajó hasta sonar como un filo—.

Y decidir qué hacer con los que lo arrastraron a este desastre.

Qrow entrecerró los ojos, quedándose inmóvil, sin decidirse a intervenir.

Sabía que si Howard cruzaba esa puerta, nada lo detendría.

Glynda seguía insistiendo con firmeza—No puede entrar aquí, señor, esto es un asunto de la academia y del consejo de seguridad….

Pero entonces, la voz de Tn comenzó a llenar la habitación.

Su tono era bajo, quebrado en ocasiones, pero cargado de una sinceridad brutal.

—Desde que entré aquí… —murmuró el chico, con los ojos fijos en un punto del vacío— fui marginado.

Por ser fauno.

Por ser ciego.

A veces eran burlas… a veces eran golpes.

Cardin y su grupo nunca se detenían.

El oficial que escribía bajó la mirada, incómodo, mientras su pluma temblaba al seguir el ritmo del relato.

Tn respiró hondo y continuó.

—Los profesores… la mayoría… ignoraban las cosas.

Miraban hacia otro lado.

Ruby fue la única que me habló de verdad.

La única que me trató como un igual.

Poco a poco se volvió mi amiga… —su voz se quebró y se llevó la mano a la frente.

Ozpin se removió en su asiento.

Lo que escuchaba no era nuevo: coincidía casi palabra por palabra con el informe que Ruby les había entregado momentos antes.

Pero escucharlo salir directamente de Tn le pesaba en el alma.

El chico se tensó, apretando los puños sobre sus rodillas.

—Jaune… y Cardin… sabían que no podían contra mí en una pelea justa.

Así que hicieron lo que hicieron.

El silencio se volvió sepulcral.

El oficial dejó de escribir.

Ozpin soltó un suspiro cansado, como si la verdad le golpeara con un peso insoportable.

Entonces, sin previo aviso, la puerta se abrió con un golpe seco.

Howard entró.

Glynda se volvió de inmediato, indignada.—¡Le dije que no podía pasar!

El oficial levantó la mirada, sorprendido al ver al recién llegado.

Se le notaba inquieto, porque conocía ese nombre, esa figura, y sobre todo, el peso del respaldo político que lo acompañaba.

El fiscal mismo había autorizado que Howard se encargara de Tn.

Ozpin lo miró con gravedad, enderezándose en su asiento.

—Howard.

-Anciano de mierda.

El hombre sonrió apenas, mostrando aquellos dientes blancos que tanto incomodaban devolvio el saludo.

—Debería dejar las formalidades, Oz.

Ambos sabemos que no sirven de nada entre nosotros.

Ozpin apretó los puños bajo el escritorio.

Podía sentirlo, lo mismo que Qrow: aquella presencia era una tormenta contenida, un monstruo que caminaba vestido de traje.

Howard dio un paso adelante, directo al centro de la habitación.

—Quiero hablar con Tn.

A solas.

Ozpin intercambió miradas con Glynda y el oficial.

El primero no estaba dispuesto, la segunda estaba al borde de bloquearle el paso con su propio semblante, pero el oficial… el oficial ya había bajado la mirada.

Nadie quería cargar con la responsabilidad de frenar a alguien como Howard.

Finalmente, Ozpin exhaló.

—Está bien.

—Se levantó, dirigiéndose a la puerta con el oficial—.

Pero no tardes.

Cuando ambos salieron, solo quedaron Howard y Tn.

El silencio se volvió pesado.

El chico alzó la cabeza, la sombra de un miedo cruzando por su rostro.

—¿Está… decepcionado de mí?

—preguntó en voz baja—.

¿Se arrepiente… de haber adoptado a un fauno callejero?

Howard lo observó por un largo instante sin responder.

Luego caminó hasta la silla frente a él y se sentó con calma.

Se acomodó la bufanda, como si tuviera todo el tiempo del mundo, y finalmente habló.

—¿Decepcionado?

—repitió, casi con un dejo de burla en la voz—.

No, chico.

No confundas mi silencio con debilidad.

Tn tragó saliva.—Pero… los maté….

-Nah estab vivos…….Por otor aldo yo si los matare.

Howard lo interrumpió, inclinándose apenas hacia adelante.—Te defendiste.

Eso es todo.

Si alguien te arrincona como a un animal, no esperes que me enoje porque muerdas.

Siddarta nunca le dijo a la serpiente el no mostrar sus dientes para defenderse.

Los labios de Tn temblaron.

—Entonces… ¿no se arrepiente de haberme sacado de la calle?

Howard lo miró directo a los ojos ciegos, como si atravesara con su mirada el alma misma del chico.

—Tn… te adopté sabiendo exactamente quién eras.

No eras basura entonces, y no lo eres ahora.

Lo que hiciste hoy… solo demostró que el mundo no puede permitirse seguir ignorándote.

Tn apretó los dientes, bajando la cabeza con fuerza.—Pero todos me ven como un monstruo.

Howard sonrió, esa sonrisa que helaba la sangre.—Entonces déjalos.

Un monstruo bajo mi tutela es mucho más seguro que un cordero suelto entre lobos.

El silencio volvió a caer, pesado, denso.

Pero en esa frase, Tn sintió algo que no había sentido en toda la academia: respaldo absoluto.

Hambre……..

Hambre.

Delirante.

“En la noche callada, el hambre me agita,un aullido en mi garganta, mi alma solicita.La luna me es testigo, mi aliento es aliento helado,buscando entre las sombras un festín anhelado”.

Tn tragó saliva, su voz baja, temblorosa.

Alejando esa voz.

—¿Me… expulsarán?

¿Y qué… qué pasó con Jaune y Cardin?

Howard suspiró, apoyando el bastón negro contra la mesa antes de responder.

—Expulsarte sería lo fácil… y lo inútil.

Gracias a un par de esfuerzos —y aquí sonrió con malicia— y a cierto dinero invertido en los lugares correctos, seguirás en Beacon como si nada.

Tn levantó lentamente la cabeza.—¿Cómo…?

—Y ahora que sé del acoso —continuó Howard, enderezándose en la silla— puedo hacer que Ozpin doble las rodillas, bese el suelo si hace falta, y mejore la seguridad de esta academia de juguete.

—Su voz se endureció—.

No dejaré que mi alumno sea tratado como basura otra vez.

Tn apretó los labios.—¿Y los estudiantes?

Howard sonrió de lado, mostrando los dientes blancos.

—Vivos… e incapacitados.

Lo suficiente para que recuerden por el resto de sus vidas quién los quebró.

—Lo miró fijo—.

Y si tú no hubieras actuado, créeme, yo mismo habría hecho algo.

El chico sintió un estremecimiento en la espalda.

Alzó la mirada, y por un instante, la silueta de Howard parecía brillar.

Su aura siempre le había parecido extraña: una mezcla de colores que cambiaban sin cesar, como si nunca estuviera de acuerdo consigo mismo.

Tn pensó que quizá era algún tipo de bipolaridad… o algo peor.

De pronto, sus labios se movieron sin pensarlo.—¿Y Ruby…?

¿Cómo está Ruby?

Howard parpadeó, sorprendido por la pregunta.

Se recostó en la silla, cruzando las manos sobre el bastón.

—No lo sé.

No he visto nada de la mocosa.

Pero si quieres, puedo llevarte a casa por un par de días.

Dejar que todo se calme mientras tanto.

Tn dudó.—No sé….

—¿Quieres verla?

—Howard lo presionó con la mirada.

El chico bajó la cabeza, el pulso acelerado.

Finalmente, murmuró:—Sí… quiero ir a estar con Ruby.

Howard giró la cabeza hacia el cristal blindado, donde sabía que Ozpin y los demás escuchaban.

Su voz salió clara, proyectada—Entonces, Director.

¿Nos da permiso?

Hubo un silencio breve, pesado, hasta que la voz de Ozpin sonó en la sala.

—Está bien.

Podrá quedarse con la señorita Rose… pero deberá estar vigilado en todo momento.

—Director Ozpin… —Glynda lo miró, incrédula, apretando los labios—.

¿De verdad se doblegará tan fácilmente ante este hombre?

Ozpin cerró los ojos y respondió con calma, aunque en su interior hervía la impotencia.

—Howard tiene dinero y fuerza.

Y con esas dos cosas… el sistema obedece.

Glynda frunció el ceño, impotente.

Qrow, por su parte, gruñó en voz baja, incómodo con la idea.

No le gustaba nada que ese chico, tan violento y peligroso, se acercara a su sobrina.

Su instinto le gritaba que aquello no terminaría bien.

Dentro de la sala, Tn bajó la cabeza.

Sus manos temblaban, y sin que nadie lo notara, sus uñas se extendieron, afilándose como garras.

No pensaba en expulsión, ni en castigo, ni en Jaune o Cardin.

Solo había una cosa en su mente: Ruby.

Una caperucita roja en medio de todo el caos.

La única luz que había sentido en ese infierno.

Una obsesión.

Un hambre.

Un vacío que ardía dentro de él.

Howard lo notó.

Sintió ese cosquilleo oscuro en el aire, un estremecimiento que le recorrió la piel.

Sus ojos verdes brillaron apenas, reconociendo esa emoción.

Pero decidió ignorarlo.

“Mi piel es de escarcha, mi alma es de furia,un eco que se pierde en la vasta penuria.

Las hojas secas susurran, mi paso es un lamento,un lobo solitario, preso del tormento.

Mi instinto me guía, por la presa que espero,cada músculo tenso, en este desespero.La nieve es mi manto, el viento mi lamento,y el hambre que me quema, en este frío momento.

He de cazar o perecer, mi ley es la más dura,una danza salvaje, mi única ventura.Que retumbe en la noche mi gélido clamor,un lobo hambriento busca su salvador.”.

Acaso me saciara…….acaso tendre lo que de verdad deseo.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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