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Waifu yandere(Collection) - Capítulo 171

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  4. Capítulo 171 - 171 Artoria saber part 5 fgo
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171: Artoria saber part 5 fgo 171: Artoria saber part 5 fgo Advertencia ⚠️ ⚠️ Futuro contenido para mayores 18 leer bajo su propio criterio Advertencia contenido grafico de violencia y Advertencia ⚠️ temas cuestionables y sensibles se sugiere que si no es de su agrado salga de aquí y de paso aclaro que personajes o imágenes no me pertenecen crédito a sus autores.

Agrego personajes no me pertenecen.

Imágenes y personajes no me pertenece crédito a sus autores.

Advertencia este capítulo contiene escenas para mayores y lenguaje bulgar están advertidos.

__________________________ Me descubrieron, me arrancaron del cielo,me amarraron con sogas de hierro y silencio.

Tortura, castigo, dolor sin remedio,y aun así grité tu nombre en cada eco.

“Cúrame”, pedían mis huesos quebrados,“ven, mi médico, ven a salvarme”,pero tus pasos jamás cruzaron la puerta,y la oscuridad me enseñó a callarme.

Creí que me habías abandonado,creí que tu juramento era vacía y traición,hasta que vi, entre visiones rotas,que fue el destino quien cerró el portón.

Ahora, postrada en esta cama fría,ya no maldigo, ya no reclamo,solo me lamento de lo que te hicieron,de cómo la vida nos robó las manos.

Jane Doe, sin nombre, sin rostro,pero con tu recuerdo quemando mi piel,sé que no fue culpa tuya, lo juro,y aun rota, mi corazón late por él.

______________________________________________________________________ Otra noche en alta mar, otro recuerdo más.

Esta vez Artoria abrió los ojos y se encontró en la sala del trono.

Pero era extraño, diferente: no eran los mismos estandartes de Camelot que recordaba, no estaban los tapices dorados ni los caballeros alineados.

Todo parecía más viejo, más rústico, como si fuera un Camelot primigenio.

La gran puerta se abrió lentamente y, a través de ella, entró un hombre alto, con la corona pesada en la frente y una capa carmesí sobre los hombros: Uther Pendragon, el antiguo Rey de Camelot.

Detrás de él caminaba con pasos suaves el mago de la corte, Merlin, con su sonrisa enigmática que nunca se desdibujaba.

Artoria se quedó helada.

Esto no es un recuerdo mío, pensó, pero aun así lo estaba viendo.

Su padre y su mejor consejero.

Uther hablaba con voz grave, cargada de veneno—¿Esto es lo que me diste, Merlin?

—gruñó mientras cerraba el puño—.

¿Tanto sacrificio, tanta sangre derramada, para terminar en esta burla?

Merlin inclinó la cabeza, como si quisiera calmarlo.—Majestad, os ruego mesura.

El destino aún sigue su curso.

Uther golpeó el suelo con la espada que cargaba a un lado, el sonido metálico resonó en toda la sala.—¡No me hables de destino mago empedernido!

—escupió—.

¡Maté al dragón rojo de Gales con mis propias manos!

Arranqué su corazón mientras aún ardía, y lo entregué al infante que me prometiste sería el rey perfecto… ¡un varón, un guerrero, la esperanza de Camelot!

Artoria sintió un estremecimiento recorrerla.

Sus labios temblaron, pero se quedó en silencio, observando desde las sombras.

Merlin alzó una mano, tranquilo, pero con firmeza.—Lo es, Uther.

El niño que criará Camelot derrotará a Vortigern, lo vi con mis propios ojos.

No importa su carne ni su género; lo que lleva dentro es lo que necesita este reino.

Uther giró hacia él, los ojos encendidos por la rabia.—¡Es una niña!

—escupió la palabra como si fuera veneno—.

¿Quieres que Camelot se arrodille ante la risa de sus enemigos?

¿Quieres que la posteridad me recuerde como el rey que entregó su trono a una criatura débil?

¡Una mujer jamás será el heredero que soñé!

El corazón de Artoria se encogió.

Ni siquiera cuando era apenas un bebé me aceptó….

Uther siguió caminando de un lado a otro, gesticulando con furia.

—Todo lo que sacrifiqué… ¡todo para nada!

Merlin respiró profundo.

—No lo comprendéis ahora, pero vuestra hija será más que un rey.

Será la espada que corte la oscuridad.

Si me dais tiempo, yo mismo me encargaré de que nadie dude de su linaje.

—¿Y cómo piensas lograrlo?

—Uther se inclinó hacia él, con la voz más baja pero cargada de veneno—.

¿Vas a engañar a todos?

¿Vas a vestirla como hombre, a llamarla Arturo en lugar de Artoria?

Carajo que buena idea.

El mago no contestó de inmediato.

Su silencio fue suficiente.Si penso en esa idea y le estaba gustando.

Uther rió amargamente.—Entonces será una farsa.

Todo Camelot se alzará sobre una mentira.

Merlin lo miró a los ojos, firme por primera vez.—¿Qué importa, si esa mentira mantiene al reino con vida?

Hubo un silencio pesado.

Finalmente, Uther apartó la mirada y exhaló.

—Entrégala a Sir Ector.

Que su hijo Kay la cuide como hermano.

Y tú, Merlin, ocúpate de que jamás se sepa la verdad hasta que sea tiempo.

El eco de esas palabras golpeó a Artoria como una espada al corazón.

El rechazo, la decepción, la frialdad.

Bajó la mirada, su cabello dorado cubriendo sus ojos.

Por un instante sus dedos rozaron la empuñadura de la espada en su funda.

Podría matarlo ahora mismo, arrancarle el derecho a llamarse padre….

Pero se contuvo.

La rabia le quemaba por dentro, aunque permaneció inmóvil, escuchando cómo su propio destino había sido sellado no con amor, sino con repudio.

Merlin mencionó que haría todo lo posible y cuando volvieron a abrir la puerta, una luz intensa cegó a Artoria.

Parpadeó con fuerza, tratando de recuperar la vista, y cuando lo hizo notó que ya no estaba en la sala del trono.

Ahora estaba en otro plano diferente.

Frente a ella, un reflejo de sí misma.

Su yo del pasado estaba sentado, inmóvil, mientras varias sirvientas la vestían con cuidado.

Le colocaban la capa real, la pequeña corona de oro, la vaina de Avalon ajustada en su cinto y, por último, Excalibur, cuya hoja brillaba bajo la luz de las antorchas.

El lugar era inconfundible: sus aposentos privados.

Y también la fecha lo era.

Artoria recordó de inmediato aquel día… el día en que se preparaba para una cruzada importante, una expedición que buscaba tomar posesión de tierras en la Anglia oriental.

Mientras observaba, la puerta volvió a abrirse y una figura familiar cruzó el umbral.

Morgana Le Fay, su media hermana.

Su belleza era tan peligrosa como la brujería que dominaba, y aún en aquel entonces, cuando era parte de la corte, exudaba un aura de misterio y amenaza.

—Majestad —dijo Morgana inclinando apenas la cabeza, con un tono cargado de falsa cortesía.

Artoria del pasado levantó la vista con frialdad.—¿Qué quieres, Morgana?

—respondió, con esa voz firme y distante que usaba como rey.

La Morgana de la visión sonrió con suavidad, pero sus ojos de un azul unico brillaban con un matiz oculto.

—He venido a solicitarte la custodia de algunos de tus caballeros.

Planeo realizar una expedición a tierras lejanas, en busca de conocimiento… y tesoros que, desde luego, beneficiarían a Camelot.

La Artoria presente, la que observaba desde fuera, sintió cómo sus manos temblaban.

Yo… yo sabía que no quería tratar contigo aquel día.

Y aun así… te los entregué.

La Artoria del pasado suspiró con fastidio, recostándose en su silla mientras las sirvientas terminaban de ajustar su manto.

—No tengo tiempo para tus caprichos, hermana.

Llévate a los que desees, pero no me molestes con tus intrigas.

Morgana inclinó la cabeza, ocultando una sonrisa venenosa.

—Lo agradezco, mi rey.

Tus hombres sabrán servirme bien… muy bien.

Artoria del pasado agitó la mano, con gesto de impaciencia.

—Fuera.

Tengo asuntos más importantes que atender.

La bruja retrocedió, satisfecha, y la puerta se cerró tras ella.

La Artoria espectadora apretó los dientes, sintiendo la culpa hundirse como una daga en su pecho.¡Qué ingenua fui!

Al entregarle hombres le di la oportunidad de seducirlos, de hechizarlos, de torcer su lealtad.

Todo porque no soportaba verla, porque no quise perder tiempo en discutir con ella….

Sin saberlo vendio sus caballero a una bruja que los usaria en su contra.

El reflejo de su yo del pasado permanecía erguido, perfecto, majestuoso, incapaz de mostrar dudas.

Pero la Artoria del presente, la que lo contemplaba todo, sentía el peso de aquel error como una losa.

Artoria frunció el ceño mientras seguía avanzando por los corredores que no parecían tener fin.

La sensación era tan vívida, tan tangible, que por momentos se le antojaba imposible que fuese un sueño.

El eco de sus pasos se mezclaba con un aire solemne, cargado de memorias que no había pedido recordar.

—Si esto es una ilusión —susurró para sí, apretando el puño—, ¿por qué mi corazón duele como si fuera real?

El primer salón que cruzó se llenó de luz, y allí lo vio: Gawain, joven, de rodillas frente a ella, su voz firme pero temblorosa por la emoción.

—Prometo lealtad eterna a mi rey, mientras respire, mientras exista el sol —dijo el muchacho con una pasión que la conmovió incluso ahora, tiempo después.

Artoria se detuvo.

Recordaba ese juramento, la chispa en los ojos de Gawain, el idealismo intacto de su caballero.

Extendió la mano, como si pudiera tocarlo, pero solo encontró vacío.

—Gawain… siempre tan puro, siempre tan leal —murmuró con amargura—.

Y yo, incapaz de corresponder con la misma claridad….

Avanzó otra vez, y el corredor cambió de forma, mostrando un tiempo más avanzado.

Ahora eran muchos caballeros, todos reunidos, uno por uno doblando la rodilla ante ella, jurando fidelidad.

Su figura, majestuosa y rígida, aceptaba sus votos.

El eco de sus voces resonaba, orgullosas, convencidas de su causa.

—Tantos corazones… entregados a un ideal que yo misma no podía sostener —reflexionó Artoria, su mirada perdida—.

¿Acaso no fui yo quien los condenó a cargar con mis propias decisiones?

El pasillo se alargó más, hasta que una última escena se desplegó ante sus ojos.

Esta vez, no era tan lejana: Mordred estaba de pie frente a ella.

El joven caballero se mantenía erguido, su armadura brillando, su rostro determinado.

—¡Padre!

—exclamó Mordred, golpeando el puño contra su pecho con orgullo—.

He venido a reclamar mi derecho.

Soy tu hijo, tu sangre.

Reconóceme como heredero del trono de Britania.

Artoria, al ver su otro yo en la escena, se estremeció.

No era una visión lejana, apenas habían pasado meses desde aquel enfrentamiento.

Recordaba cada palabra, cada gesto.

Mordred la miraba con la misma llama en los ojos que una vez había visto en Gawain… pero distinta, más ardiente, más desesperada.

La Artoria del recuerdo, con expresión dura y fría, respondió—No.

No eres digno.

No importa tu origen ni tu sangre.

No serás mi heredero.

El silencio cayó un instante en la escena, y Artoria —la observadora— sintió un nudo en la garganta.

Pudo ver con más claridad lo que antes había ignorado: la forma en que la sonrisa orgullosa de Mordred se quebró en mil pedazos.

—¿No… digno?

—la voz de Mordred tembló primero, pero enseguida se volvió furia, desbordando resentimiento—.

¡Te arrepentirás, padre!

¡Juro que lamentarás rechazarme!

El eco de aquel grito llenó todo el corredor, reverberando en los muros invisibles del recuerdo.

Artoria, presenciando de nuevo ese instante, cerró los ojos con amargura.

—Mordred… si hubiera mirado más allá de mi deber… si hubiera visto a la persona detrás de la armadura… —sus palabras se quebraron, llenas de un dolor reprimido—.

¿Acaso fui yo quien encendió tu rabia?

Dio un paso hacia adelante, como si quisiera interponerse entre su yo del pasado y Mordred, como si pudiera cambiar aquella sentencia.

Pero al intentar tocar la escena, el recuerdo se disolvió como humo, dejando solo la oscuridad del pasillo.

—¿Qué clase de castigo es este?

—murmuró, llevando una mano a su pecho—.

Ver una y otra vez los errores que me persiguen….

El silencio respondió, implacable, y el corredor volvió a extenderse frente a ella, prometiendo más memorias, más heridas.

*Estruendo*.

El despertar fue abrupto, casi doloroso.

Artoria abrió los ojos jadeando, como si la última imagen de su reino derrumbándose aún ardiera en su mente.

El sudor frío le empapaba la frente y la camisa, pegándole la tela a la piel.

Se quedó quieta un momento, escuchando la respiración acompasada de los marineros dormidos a su alrededor, y comprendió que todo había sido un sueño.

—…Solo un sueño —murmuró, aunque en su pecho sabía que no era así, que había sido un recordatorio, un juicio disfrazado de memoria.

Se incorporó con cuidado, sin despertar a nadie, y salió del dormitorio estrecho hasta la cubierta.

El aire nocturno, salado y fresco, le golpeó el rostro como un bálsamo.

Alzó la vista y vio al capitán, Tn, firme al timón, con la mirada fija en el horizonte nocturno.

Un esbozo de sonrisa le cruzó los labios.

—Liderar… ya no es mi carga —susurró para sí, casi como si quisiera convencerse.

Pero mientras observaba a Tn en silencio, sintió un calor incómodo recorrerle el cuerpo.

Sus mejillas ardieron y, para su desgracia, también lo hicieron los pantalones que llevaba.

—¡Maldito sea…!

—rechistó entre dientes, llevándose la mano al rostro y dándose media vuelta para alejarse con pasos rápidos.

Se refugió en una sección solitaria de la cubierta, apoyando la espalda contra la madera y tratando de respirar profundo, esperando que aquella erección indeseada se calmara.

—¿Cómo… cómo demonios lidian con esto los demás?

—se preguntó, casi con rabia, cerrando los puños.

El recuerdo de lo que escuchaba entre los marineros volvió a su mente: puerto, mujeres fáciles, bebida, risas estruendosas.

Así liberaban la tensión, con cuerpos comprados y olvidados al amanecer.

Artoria bajó la mirada, frustrada.

—Cobardes… no, quizá no.

Quizá… prácticos —admitió a regañadientes.

Pero aún así, en su interior, había dos razones firmes que le ataban.

—Uno: soy rey —susurró, hablando consigo misma—.

No dejaré que mi semilla dé fruto en vientres desconocidos.

No cometeré de nuevo el error de un heredero no deseado.

Su voz se quebró apenas al pensar en Mordred, pero la sofocó enseguida.

—Dos: —continuó, mordiéndose el labio— si alguien descubre… lo que realmente soy… sería el fin.

No puedo arriesgarme.

No ahora… no cuando él… confía en mí.

Se dejó caer sobre una caja de suministros, ocultando el rostro entre las manos.

Por un momento pensó en Merlin, en aquella maldita broma cruel disfrazada de “bendición”.

—Si pudo darme esto… entonces debe haber alguien con poder suficiente para quitármelo —reflexionó en voz baja—.

Quizá un brujo, un hechicero que no se deleite en torturarme como ese viejo embustero.

El simple pensamiento la hizo suspirar, como si viera en ello una posible salvación.

La ereccion seguia doliendo, el aliento de Artoria se contrajo.

Tal vez…..solo por un rato.

Darle algo de consuelo a su cuerpo aliviara el amldito ardor.

Así, empezó, despacio.

No había prisa, estaría sola al menos un par de horas.

Su mano empezó a explorar su polla caliente entre sus pantalones.

Bueno, todo estaba extremadamente caliente, así que no sentía mucho calor, sobre todo por lo acostumbrada que estaba ese cuerpo.

Artoria solto un leve gemido apreto fuerte y contuvo su aliento,luego solto su polla y respiro con normalidad, era tan diferente a como Ginebra lo habia hecho, Aunque claro su esposa solo se recosto en la cama de espaldas mientras Artoria tubo que hacer todo el trabajo y con lo nerviosa que estaba.

No pudo evitar venirse demasiado rapido,entre abrió los ojos observando como salia un liquido viscoso de la punta de su polla mientras jugueteaba lentamente con su polla.

Podía sentirla caliente en la palma de la mano, mientras una de sus manos acariciaba el miembro, frotándolo mientras ella meneaba ligeramente las caderas, y la posición la ayudaba a embestir.

Deja que sus manos exploren su cuerpo; después de todo, es una experiencia completamente nueva.

“¡Aghgh mmmm~, sí…

Dios mío, esto se siente mmmm~…

bien!

¡Aghghg ggg maldicion tengo que b-bajar la voz!” Continúa, dejándose llevar por el placer.

Su figura se estremece cada vez más mientras explora su cuerpo, sus manos acariciando su grueso miembro mientras mueve las caderas arriba y abajo.

“¡Oh, sí, oh, sí!” Sigue gimiendo antes de darse la vuelta.

Apretando las manos con fuerza, aprovechando su lugar posa su cabeza contra la madera mientras sus manos la masturban furiosamente de arriba abajo, Artoria tiene otra idea.

Empieza a follarse las manos como si se estuviera follando un coño estrecho o una boca de zorra.

El hecho de poder cerrar sus ojos le ayuda mucho con esta perspectiva, sus caderas se retiran y luego se empujan hacia adelante, gimiendo fuertemente mientras continúa follándose las manos.

“¡Aghghg ¡Estoy tan cerca!”, casi grita en silencio Artoria mientras sigue meneando las caderas, la excitación la lleva al límite de su lujuria, mordiendose mientras se empuja hasta el borde, gimiendo al finalmente alcanzar el orgasmo.

Y qué orgasmo tan maravilloso.

Artoria empieza a correrse al rojo vivo por todo el suelo, exhalando de placer, sin contener sus deseos en lo más mínimo.

Solo quiere correrse, correrse y no parar de correrse.

Su polla se vuelve roja por las marcas que se estaba dejando al ponerse demasiada fuerza.

Tras cinco minutos de orgasmos ininterrumpidos, cae al suelo, con las caderas hacia arriba mientras sigue meneándolas perezosamente, dejando caer las últimas gotas de semen de su polla en el suelo, con un gemido de felicidad escapando de su boca.

Se levanta, admirando su cuerpo con su mirada puesta en su miembro viril…

y notando que todavía está muy duro como una roca.

“¡Tsk maldicion…

esto no es suficiente para mí!”.

Parece estar odiando y disfrutando tanto de la potencia como del placer.

Tiene tanto que hacer, pero al parecer, no podria irse hasta que haya exprimido todo el semen de sus testículos.

Frunciendo el rostro, Artoria se levanta, lista para la siguiente paja.

Sentada, Artoria sigue moviendo su mano un poco lento mientras la otra se mueve hacia un pecho suyo.

Su pene es un poco más grande.Empieza a gemir su visión borrosa, agarrándose la polla con las manos; su polla necesitaría ambas manos para una buena paja.

Empezó a centrarse lentamente en las partes de su pene más cercanas a los testículos.

Ay, sus testículos.

Artoria por fin se dio cuenta de que también debía prestarles atención.

Incorporándose un poco, admiró las dos protuberancias, mientras sentía cómo producían…

algo.

No sabía cómo funcionaba el semen Merlin jamas le explico nada, y aunque eso le daba un poco de miedo, su mente sumida en la perversión no le permitía concentrarse.

Se frotaba las manos allí, sin sentir mucha excitación eso no la distraía de lo que debería estar haciendo, es decir, masturbarse y correrse.

Ahora, con la concentración recuperada, continúa explorando ese cuerpo.

Lentamente, cerca de la base, sintiendo cómo reacciona.

“Oh, esto no está nada mal…”, dice Artoria mientras empieza a subir; cuanto más alto, más placer siente.

Un poco de…

gotas del semen anterior mezcladas con líquido empiezan a salir de su pene, en cantidades sorprendentemente grandes.

“Ahhh, t-tengo que sacarlo t-todo..

Dios, esto es tan bueno…” Se detiene un momento, necesitando recuperarse para no correrse demasiado pronto.

Quiere disfrutarlo y su deseo reprimido estaba saliendo a flote.Consigue contenerse un poco, antes de continuar hablando consigo misma.

La curiosidad la invade y levantando una mano, tomando un poco del líquido y llevándoselo a la boca.

“Mph Vaya.

Sabe raro…..”.

Las ironías del mundo todavía sorprenden un poco a Artoria, pero eso no significa que no vaya a disfrutar de esta rareza.

Finalmente llega al clímax, sintiendo los dedos de sus pies apretarse.

El placer en sus ojos no solo revela lo bien que se siente, sino que también impulsa a Artoria a seguir adelante.

Quiere probar cosas nuevas y salvajes, sin vergüenza ni límites.

Le encanta sentirse así de bien, le encanta ceder a esos impulsos que nadie debería tener.

Mientras continúa masturbándose, se impulsa hacia arriba, yendo aún más rápido mientras sus manos están cubiertas con el lubricante que su pene bombea.

Desde su lugar, está tumbada en el suelo de madera, mientras sigue bombeando su pene arriba y abajo.

Decidiendo que necesita más ayuda, usa mas fuerza y algo de mana para aumentar su placer.

-¡Oh, sí!

¡Me estoy corriendo!-.

Su voz áspera anuncia otro clímax.

Artoria llega al límite, corriéndose por todo el cuerpo y las manos.

La semilla blanca saliendo a chorros de su punta.

El líquido,le quema un poco debido a lo caliente que era.

No deja de bombear su pene ni siquiera mientras se corre, porque la sola idea de detenerse la ha abandonado.

No, a estas alturas, sabe con certeza que solo se detendrá cuando se desmaye.

Nada menos que eso la hará detenerse.

Artoria se levanta después de todo eso, gimiendo fuertemente mientras su pene parece calmarse un poco.

Su lugar ya es un desastre, y aunque todavía está erecta, esta vez literalmente, incluso después de dos de los orgasmos más poderosos de su vida, eso no significa que no vaya a dejar que se ensucie demasiado.

Sobre todo porque eso supondría un riesgo para ella si su capitán o algún marinero despertaran antes.

Mirando a su alrededor, nerviosa de su trabajo, sintió que su pene se contraía de nuevo, reclamando su atención, deseando ser venerada aún más.

-Tsk maldita sea *suspirar*, solo una vez mas y podre irme a dormir un poco-.

Tras varias horas, cuando al fin el cansancio venció al ardor, Artoria se obligó a ponerse en pie.

Caminó hacia el pequeño espacio asignado para asearse, lavándose el rostro y el cuello con agua fría.

Miró sus propias manos, apretándolas con fuerza.

su polla quedo casi morada luego de tanto manoseo.

—No soy débil… —se dijo, como si quisiera reforzar su voluntad—.

No dejaré que esta… maldición me doblegue.

Una vez recompuesta, tomó los mapas y los instrumentos que le correspondían.

El deber de cartógrafo esperaba, y en ese deber encontró refugio.

Dibujar rutas, calcular corrientes, medir distancias… eso podía hacerlo.

Eso estaba bajo su control.

Aún con el recuerdo de sus sueños y el calor incómodo en el cuerpo, se sentó a trabajar con una determinación renovada.

.

.

El capitán entró al camerino, estirándose como si los huesos le crujieran de tantas horas al timón.

Bostezó sin disimulo y alzó la mano para saludar.

—Buenos días, cartógrafo.

—sonrió, aunque el cansancio se notaba en sus ojos—.

¿Qué tal dormiste?

Artoria se tensó apenas.

Sus párpados pesaban, los ojos enrojecidos y aquellas ojeras delataban su vigilia.

Recordó el tormento de hacía apenas unas horas, el calor sofocante en la cubierta y el peso de su propio cuerpo traicionándola.

Bajó la mirada hacia los mapas esparcidos en la mesa, y murmuró con calma medida—Estuve contando los cargamentos… de nuevo.

Quería asegurarme de que todo esté en orden para cuando atraquemos.

Si alguien notara los trapos faltantes que se usaron para limpiar su desastre sospecharia de ella.

Tn soltó una risa ligera, sincera.

—Otra vez trabajando más de la cuenta, ¿eh?

—se cruzó de brazos, inclinándose contra el marco de la puerta—.

Te lo digo, muchacho, si sigues así terminarás envejeciendo antes que yo.

Pero es bueno tenerte aquí.

De verdad.

Por un instante, Artoria levantó la mirada hacia él.

Ese reconocimiento… no era como el de los caballeros ni como las palabras vacías de los plebeyos al Rey de Camelot.

Era simple, directo, genuino.

Y aun así, le reconfortaba de un modo extraño.

—…Gracias, capitán —respondió con una sonrisa pequeña, contenida, casi tímida.

Ambos se acomodaron en la mesa.

Entre mapas y brújulas, comenzaron a trazar nuevas rutas, corregir líneas, señalar corrientes peligrosas.

El ambiente era ligero, casi familiar.

—Mira esto —dijo Tn, inclinándose sobre el mapa y señalando un borde mal marcado—.

Aquí el viento sopla distinto.

Si hubiéramos seguido esa ruta, habríamos perdido medio día.

Artoria lo observó con atención, sus labios curvándose en algo parecido a una sonrisa más franca.

—Parece que subestimo tus ojos, capitán.

No sólo los usas para vigilar el horizonte.

—¡Ja!

—rió Tn, dándole una palmadita en el hombro—.

Y pensar que creía que eras un monje castrado de convento, todo serio y silencioso.

Pero eres más útil que la mitad de esta tripulación junta.

Artoria parpadeó, sorprendida, antes de soltar una risa baja, discreta.

Era mejor que pensara eso a que era en realidad el ex monarca de camelot.

—No sé si tomar eso como un halago o como una burla.

—Ambas, muchacho, ambas —contestó Tn, con esa sonrisa despreocupada que le caracterizaba.

Trabajaron así durante horas, en una armonía silenciosa interrumpida sólo por chistes ocasionales del capitán o las correcciones meticulosas de Artoria.

Ella, aunque seguía reservada, encontraba una paz extraña en esa compañía.

Había dejado de pensar en coronas y cargas; en ese instante, sólo era una cartógrafa junto a un capitán.

Y aquello… era suficiente.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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