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Waifu yandere(Collection) - Capítulo 175

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  4. Capítulo 175 - Capítulo 175: Mordred part 5 fgo
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Capítulo 175: Mordred part 5 fgo

Advertencia ⚠️ ⚠️ Futuro contenido para mayores 18 leer bajo su propio criterio Advertencia contenido grafico de violencia y Advertencia ⚠️ temas cuestionables y sensibles se sugiere que si no es de su agrado salga de aquí y de paso aclaro que personajes o imágenes no me pertenecen crédito a sus autores.

Agrego personajes no me pertenecen.

Imágenes y personajes no me pertenece crédito a sus autores. Advertencia este capítulo contiene escenas para mayores y lenguaje bulgar están advertidos.

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Al despertarse, Mordred escuchó la voz grave de Gawain llamándola para continuar el camino. Gruñó, apenas incorporándose, y montó en su caballo sin demasiadas ganas. El caballero del Sol ya tenía a la joven Alice acomodada frente a él, sujetándola con firmeza mientras avanzaban.

Los días pasaron, y cada noche, al detenerse para descansar, Mordred buscaba la ocasión de acercarse a Alice. Lo hacía con una mezcla de descaro y falsa ternura, convencida de que lo que movía a la joven eran sus gestos de caballero viril. En verdad, eran las hebras invisibles de la magia de Morgan que rodeaban sus palabras, sus toques, incluso la forma en que sus ojos brillaban a la luz de la hoguera.

La primera vez, Mordred se inclinó sobre ella, el fuego iluminando sus facciones afiladas, y dejó caer una sonrisa torcida.

—¿Demasiado frío, dama? —susurró, acercando su capa para cubrirla—. No sería digno de mí dejarte temblando.

Alice tragó saliva, sus mejillas encendidas, y apartó la mirada.

—No… no es necesario, caballero. Estoy bien….

—¿De veras? —Mordred inclinó aún más su rostro, lo suficiente para que el calor de su aliento rozara la oreja de la muchacha—. No lo parece. Podría jurar que tiemblas… pero no de frío.

Alice se mordió el labio, y un pequeño estremecimiento recorrió sus hombros. Intentó apartarse, pero Mordred dejó que sus dedos rozaran fugazmente la mano de la noble, tan rápido que podría confundirse con un accidente.

La segunda noche, el juego se intensificó. Mientras Gawain inspeccionaba el campamento, Mordred se acercó a Alice con una rama en mano, fingiendo que quería avivar las brasas de la fogata. Su voz fue apenas un murmullo, un hilo cargado de un encanto hipnótico que ella misma no comprendía.

—No deberías mirar siempre al sol, pequeña flor —dijo con una media sonrisa, señalando hacia Gawain—. Brilla demasiado fuerte, pero nunca se acerca… Yo, en cambio, estoy aquí. A tu lado.

Alice lo miró de reojo, los labios temblando por palabras que no se atrevía a pronunciar.—Caballero Mordred… lo que dice… no debería….

Mordred ladeó la cabeza, acercándose más.—¿No debería? ¿Y por qué? ¿Acaso no deseas que alguien te vea de verdad, más allá de ser una hija de noble, una moneda de cambio?

El roce en su cabello fue suficiente para estremecerla, ella olfateo un poco su cabello.

Alice abrió los ojos sorprendida. El corazón le latía con fuerza, luchando entre el deber y ese ardor extraño que se colaba en sus venas. Se apartó apenas, murmurando con voz temblorosa—Yo… debo cumplir con lo que mi familia espera de mí….

—Y aun así —Mordred sonrió, atrevida, atrapando un mechón de su cabello entre los dedos antes de soltarlo con suavidad—, tus ojos me dicen otra cosa.

Cada noche, los avances eran más claros: besos fugaces robados bajo el pretexto de un descuido, palabras ardientes susurradas cuando Gawain no estaba cerca, promesas veladas sobre una relación con un caballero de la Mesa Redonda. Y aunque Alice intentaba resistirse, sus mejillas encendidas y el brillo tembloroso en sus ojos revelaban la grieta en su firmeza.

El defecto humano: la tentación. Y Mordred, sin saberlo, era un arma de su propia madre, jugando con pasiones que ella creía suyas, pero en verdad eran el hechizo de Morgan obrando sobre ambas.

.

.

.

Mordred en sí no tenía necesidad de seducir a Alice. Lo sabía muy bien. Su objetivo era la prometida de Tn; ella era la pieza clave, el premio que debía arrebatar. Alice no era más que una pretendiente más, una moneda de cambio en el juego de Camelot.

Y sin embargo, tener a la muchacha en la palma de su mano le resultaba demasiado tentador. Era una forma de consolidar poder, de preparar un linaje ficticio. Bien podía hacer era embarazaría, que tendría un hijo con sangre noble cuando ascendiera al trono. En su mente, el plan era perfecto.

Sin sospechar que su cuerpo jamas podria proporcionar tal funcion.

Pero no todo en su cabeza era lujuria. El mapa que había recibido del mercader seguía en su bolso, y la idea de la pócima no la abandonaba. Esa maldita medicina, regalo de hadas, podría curar a su hermano. Y cuando lo enfrentara en duelo, lo haría con todas sus fuerzas. Era justo lo que Mordred deseaba: derrotarlo de frente, sin excusas. Aunque, en su fuego interno, dudaba que Tn, siempre enfermo y debilitado, pudiera estar a la altura.

Se recostó junto a su espada, los ojos entrecerrados, y fue entonces cuando escuchó el murmullo tímido de Alice.

—Sir Mordred……..Sir Gawain… ha ido a alimentar a los caballos —dijo la joven, con el rostro encendido—. Tardará un poco en volver.

Mordred ladeó la cabeza hacia ella, mostrando una sonrisa que dejaba entrever sus dientes. Había deseo en sus ojos, pero también habia algo oculto.

—¿Eso dices? —murmuró con voz grave, dejándose llevar hacia adelante—. Entonces tenemos… tiempo suficiente.

Alice apretó las manos sobre su falda, respirando con dificultad.

—Tiempo… ¿para qué, caballero?

Mordred dejó escapar una risa baja, casi un ronroneo que resonó junto al chisporroteo de la hoguera.—Tiempo para lo que los labios callan pero tu entrepierna desea —se inclinó un poco más, dejando que su sombra se mezclara con la de ella—. ¿O acaso me dirás que no lo sientes? Ese ardor cuando estoy cerca… ese temblor en tus manos.

Alice negó con la cabeza, aunque su voz temblaba de contradicción.

—No… no debo. Mi deber es hacia mi familia… hacia el Rey….

Mordred tomó su barbilla con suavidad, obligándola a mirarle a los ojos.

—¿Deber? —rió con desdén—. ¿Eso es todo lo que eres? ¿Un deber? No… tú eres una mujer. Y yo soy un caballero que no sabe retroceder ante un desafío.

El rubor en las mejillas de Alice se intensificó. Intentó apartarse, pero la atracción, mezclada con la magia invisible que rodeaba cada palabra y cada gesto de Mordred, la mantenía anclada en el sitio.

—Si alguien nos viera… —susurró, con la voz quebrada.

—Nadie nos ve —respondió Mordred con una media sonrisa, acercándose lo suficiente para rozar sus labios con los de ella—. Solo la noche… y eso es mas que suficiente.

El silencio del campamento se hizo más profundo. El crujir de la leña fue lo único que acompañó aquel momento en el que Alice cerró los ojos, atrapada entre el deber y el deseo, mientras Mordred se inclinaba para reclamarla como suya, aunque en realidad no podía serlo.

(Suculencia aclaro que la ezquizofrenia de Mordred la hara pensar que el sexo lesbico es sexo Hetero……..jamas vio una pija y lo mas cercano que sabe de relaciones son solo frotarse y seducir sirvientas, asi que si queridos lesctores Mordred cree que los bebes nacen por frotar dos pvssys).

Mordred no se quejó; de hecho, se estaba poniendo tan ansiosa como ella. Agarró la nuca de Alice y la atrajo hacia otro beso profundo. Sus cálidas respiraciones alimentaron el fuego interior de sus cuerpos, revolcándose en el cesped y agarrando todo lo que podían para complacerse mutuamente. Su forcejeo juguetón terminó cuando Mordred se colocó encima la armadura siendo quitada de todo su cuerpo, exponiendo un cuerpo que aunque delgado,tan marcado y atletico, mordiendo suavemente el labio inferior de Alice y retirándolo. Le dedicó una sonrisa antes de incorporarse y comenzar a quitarle el vestido, dejándose desnuda de torso para arriba.

“Ahhh~ t-tiene razón Sir Mordred,… ¡Ahhh~ Estoy segura de que me permitiría darme ese gusto~!”.

Alice se estremeció al pronunciar eso. Mordred por otor lado nada la excitaba más que oír a una mujer referirse a el como «Sir». Había algo emocionante en esa palabra, algo en la forma en que todas las mujeres en su cama la pronunciaban. Fuera lo que fuese, sentía de verdad que podía hacer lo que quisiera. Pero por ahora, lo único que deseaba era que su lujuria se aplacara y se entregara por completo a ella.

Con esas palabras en mente, la chica de abajo empezó a interpretar sus delirios.

La mente lujuriosa de la noble la animó a quitarle todo lo que llevaba puesto. Sus dedos se hundieron en sus prendas y se enredaron en la tela de sus bragas. Tiró de ellas, tirándolas fuera de su lugar y apartándolas con su camiseta.Su amante estaba ahora completamente desnudo y ella se lamió los labios con avidez ante la vista.

Se puso una mano en el estómago, rozando el valle de su perfecta piel, tensa por sus sutiles músculos. Un gemido brotó de la garganta de la noble. El leve roce de sus dedos sobre su cuerpo y la palma presionando su estómago fueron suficientes para hacerla perder el control. Mordred descubrió rápidamente cuáles eran los puntos débiles de la chica y nunca los rehuiría.

Los ojos de Alice estaban casi cerrados con miedo y emocion, a punto de perder la cabeza. Con lo que le quedaba de control antes de dejarse llevar por completo por la pequeña, la rodeó con los brazos y la abrazó con fuerza para animarla. Con eso, sus dedos recorrieron su cuerpo hasta sus caderas. Masajearon su espalda, dejando pequeños rasguños que la excitaban, hasta llegar a la tela. Se los quitó en un instante, junto con las bragas que llevaba debajo.

Mordred pasó de sus labios a su cuello abierto, dándole pequeños besos y mordisqueando suavemente la piel entre las yemas de sus labios. La sujetó por los hombros y la atrajo hacia sí para cubrir toda la piel posible. Alice jadeaba por el tratamiento y dejó escapar un leve gruñido al darse cuenta de que sus labios descendían hacia su pecho.

“Mmm ahhh sí… Lame mi pezón…”.

“…Mmmphf… Jeje…”.

En el momento en que esas palabras escaparon de los labios de la noble, Mordred no pudo contener la risa al escuchar lo que acababa de decir. Se apartó un momento y empezó a reírse a carcajadas. No quería avergonzar a su amante, pero lo que dijo y cómo lo dijo la llevó al límite. Y su risa disimulada captó rápidamente la atención de Alice mientras escapaba lentamente de su abismo de lujuria y recuperaba la consciencia.

“Ohh… ¿Qué…?”, dijo, llevándose una mano a la frente. “¿Qué pasa…?”.

A Mordred le tomó unos minutos procesar la pregunta antes de que se le ocurriera hablar entre risas. “Nada, es solo que… Pfft… Eres adorable, ¿lo sabías?”.

Inocente……y solo suya por este momento, seducirla le costo un poco de esfuerzo.

Soltó una risita y negó con la cabeza. A veces era muy divertido juguetear con eso. Sin embargo, a pesar de todas sus provocaciones, Mordred le concedió su deseo y comenzó a chupar el oscuro bulto. Encajó a la perfección en su boca y se endureció cuanto más lo rodeaba con la lengua. El caballero se aseguró de complacerla, alternando entre el pezón y la areola. Disfrutaba complaciendo a su amante y ese amor se alimentaba de los suaves gemidos que escapaban de sus labios.

Sus ojos color avellana se abrieron de golpe y alzaron la vista para ver a su novia mover la cabeza de un lado a otro. Su rostro deletreaba la dicha que recorría su cuerpo y su mente, implorando que continuara. Una suave sonrisa se dibujó en su rostro mientras succionaba con más fuerza y ​​apretaba con los labios. Sus manos también comenzaron a moverse solas, recorriendo sus muslos hasta su pecho.

Mordred le apretó con fuerza el pecho izquierdo; a Alice no pareció importarle. La noble la empujaba hacia abajo, boca abajo, para que penetrara más profundamente. Sus gemidos se hicieron más frecuentes y su visión se nubló. Sin embargo, la libido que sintió al principio se multiplicó por diez, al sentir la mano libre de la chica subir para masajearle el cuello. No dudó en retirar la cabeza para permitir un mayor acceso.

Sus labios dejaron su oscuro pezón y besaron su vientre. La besaba suavemente, con la punta de la lengua apenas asomando para estimularla aún más. Alice se llevó el pulgar a la boca. Tuvo que mordérselo para conservar la dignidad que le quedaba. No quería avergonzarse más con todas las reacciones que había estado teniendo. Sin embargo, la fuerza de sus dientes en la base de la uña se suavizó al sentir que el cosquilleo en el torso también se disipaba.

Mordred se acercó al rostro de la chica de cabello suave con una sonrisa. Le tocó la nariz y le dio un suave beso. Un gemido propio de una niña salió de la chica que estaba debajo de ella y Mordred solo pudo reír.

Su mente se estaba concentrando poco a poco y frunció el ceño. “¿Disfruta burlándote de mí Sir Mordred…?”.

“¡Sí~!”.

Ella gimió. “Sir Mordred…”.

—No te preocupes —se revolvió el pelo antes de rodear la cintura de Alice con las piernas. Sus ojos esmeralda se abrieron de par en par y se dio la vuelta antes de que pudiera decir una palabra. Ya estaba sobre su amante, quien le dedicó una sonrisa pícara—. ¡Puedes tenerme,Solo dilo!

Todo esto fue tan repentino. Justo cuando estaba a punto de dejar que Mordred se saliera con la suya, la situación cambió y ahora tenía el control. Es más, ¡ni siquiera tomó la decisión de asumir el papel dominante!

Una parte de ella estaba un poco molesta porque su amante se detuvo tan de repente, sobre todo con lo lejos que había llegado. Sin embargo, no podía negar que, estando en esa posición y mirándola bien, se estaba excitando muchísimo. Sus pechos eran difíciles de tocar. Sus abdominales se habían forjado con años de entrenamiento. Sus muslos tonificados pedían a gritos un rostro entre ellos. Mordred era una imagen tan hermosa y se sentía cada vez más afortunada de ser suya.

El hombre perfecto.

“Ahhh. y-yo…hare mi mejor esfuerzo”, dijo Alice, intentando encontrar un tono seductor pero firme.

El Caballero le dedicó una sonrisa burlona antes de echarle la cabeza hacia atrás. Su hermoso cuerpo esperaba las suaves caricias y Alice no tenía intención de decepcionarla. Rápidamente usó su boca y apuntó directamente hacia la suya, encontrando al instante su lengua y obligándola a una lucha resbaladiza. Sus cuerpos estaban igual de activos, con el muslo del Noble apoyado en la entrepierna de Mordred, lo que provocó que la pequeña se frotara contra ella.

Las dos gimieron la una contra la otra, el empalagoso sabor de su saliva se acumuló para saborear el beso. Alice se adentró más, chocando sus pechos. Su piel estaba muy sensible y se esforzaban por sumergirse en su propio éxtasis. Eso fue hasta que Mordred tuvo que levantarse y jadear al sentir una presión particularmente fuerte contra su entrada. Se retorció bajo ella, aferrándose con fuerza a la piel suave de su cintura.

Mordred respiró hondo cuando la chica más alta se apartó y comenzó a besarle el cuello. Recorrió el cuello con la lengua al unísono, mientras sus uñas arañaban suavemente el costado de su cuerpo. Cada centímetro más cerca de su pecho recompensaba a Alice con satisfactorios gemidos de la morena. Era una sensación agradable y quería oír su voz elevarse aún más. Así pues, la noble finalmente bajó hasta uno de sus senos y comenzó a lamer alrededor de la areola.

No sabia el porque ese efecto le parecia curioso, sus ojos parecieron brillar,parpadeando entre la visio de un hombre afeminado y una mujer.

Mordred se estremeció de alegría ante el frío contacto. -Agg Alice…

La chica levantó la vista para ver el rostro complacido de su caballero. Había un consuelo cariñoso en ello; sus ojos brillaban con tanta ternura y la forma en que pronunciaba su nombre era simplemente divina. Alice esbozó una tierna sonrisa y comenzó a chupar su erección rosada y respingona. La rodeó con la lengua y se aseguró de mordisquearla de vez en cuando. También la sujetó por el hombro desnudo y comenzó a masajear su pecho libre para estimularla aún más.

Suspiros prolongados comenzaron a acumularse en Mordred. Empezaba a sentir calor y estaba a punto de empaparse. Por puro instinto, extendió una mano y comenzó a acariciar una de las orejas extendidas de Alice. Un sonido agradable resonó en la cima de su pecho y una sonrisa se vio forzada a usar toda su energía para curvarse hacia arriba. Se movió a lo largo del corto pero suave piel de su lomo, una indicación de su profunda gratitud.

Para Alice, esas caricias eran un punto débil y su libido podría perderse si la acicalaran sola. Era sensible; un solo roce podría debilitarle las rodillas. Sin embargo, por muy bien que se sintiera, quería que Mordred se sintiera mejor que nadie. Con un último beso, se soltó y deslizó la lengua hacia el valle de sus abdominales hasta llegar al borde por encima de su entrepierna.

Con lo cerca que estaba, sus alientos calientes aterrizaban justo en su cráter, dejando una sensación erótica que dejó a Mordred maravillado y complacido. No pronunció ni una sola palabra, pero todo en su cuerpo le decía a Alice lo que quería saber.

Algo estaba mal…..

Algo faltaba.

Que era.

Estaba muy sonrojada y una débil sonrisa se dibujó en sus labios para darle la seguridad que necesitaba. Sus ojos esmeraldas la recorrieron para ver cuán húmeda se estaba poniendo. Alice sabía lo que tenía que hacer y nada en el mundo la detendría.

Se apartó solo para lamerse la raja de arriba abajo. Cada centímetro que su lengua rozaba llenaba su boca de fluido. Alice dejó escapar un gemido por el sabor familiar que cubría sus papilas gustativas, y eso solo la atrajo hacia sí. Su mano se aferró a sus muslos y los acercó a su rostro, preparando el banquete que una gobernante como ella se consideraba merecía. No pasó mucho antes de que Mordred comenzara a sudar a un ritmo acelerado.

-Agggg… Arthuroooo Aggggg.. ¡Lo estás haciendo genial…!-.

Le encantaban esas felaciones.

La caballero soltó un par de jadeos y gemidos al principio. El impacto de una lengua deslizándose por cada centímetro de su sensible piel, el frescor mezclado con sus cálidos gemidos, la estremecieron profundamente. No le dio vergüenza hacérselo saber a su novia e hizo todo lo posible por transmitirlo. A medida que avanzaba, el acto sexual se aceleró y se centró cada vez más en complacerla. La única respuesta que Mordred pudo dar fue gritar aún más fuerte.

Los muslos de Alice se apretaron inconscientemente para replicar el placer de la indulgencia. Estaba tan mojada como Mordred, y su líquido, sin duda, manchaba el suelo.

Su lengua rozaba su clítoris con la punta de los dientes, raspándolo ligeramente desde un lado. Para entonces, Alice respiraba por la nariz, demasiado ocupada succionando su hinchado capullo y lamiendo su entrada hasta dejarla limpia. El néctar de Mordred brotaba a un ritmo similar al de sus gemidos. Maldijo en voz baja, cada vez más desesperada.

-¡Oh, joder…! ¡Vamos Alice… Agggggg mas mas mas mas ahhh ahhhh-.

La chica de cabello rizado tuvo en cuenta sus gemidos al introducir la lengua en su entrada. Esto provocó aún más gemidos en el caballero. Al instante, agarró sus mechones y la atrajo hacia sí, esperando que llegara aún más adentro. Sus paredes palpitaban, apretándose para prácticamente capturar el miembro y lamer cualquier parte que la hiciera gritar. Tenía muchísimas ganas de correrse.

El agarre en el cabello de Alice se hacía más fuerte a cada segundo, pero eso no le impidió absorber todos sus fluidos; de hecho, la animó a ir aún más lejos. Cada caricia hacía que ambas chicas se mojaran más y más. La noble gemía por el sabor acre que constantemente llenaba su interior. Para entonces, ya no se contenía, siendo tan agresiva como quería, y a ambas les encantaba. Esto podría durar toda la noche, por lo que a ellas les importaba.

Sin embargo, con un último empujón de lengua, Mordred finalmente alcanzó el límite que su entrada podía contener. Todas las restricciones de abajo se lanzaron hasta sus dedos y se apretaron con fuerza sobre su cabello. Ahora estaba a merced de su amor. -¡Mierda! ¡Mierda! ¡Me voy a correr, aggggg toma mi semila!-.

Un charco de su esencia se derramó en la boca de su Alice, cubriéndolo todo con el sabor celestial de su amante. Sonrió para sí misma y tragó con orgullo hasta la última gota. Se besó por última vez contra sus labios vaginales para capturar lo que quedaba, y la noble finalmente se apartó para presenciar el desastre que había creado. El cuerpo de Mordred estaba dispuesto a ser acariciado. Su pecho subía y bajaba a un ritmo que casi le marcaba el corazón. Sus piernas, aún separadas, solo podían contraerse ocasionalmente debido al placer que había soportado. El brillo de la flama se proyectaba sobre su hermosa piel pálida, mostrando todos sus rasgos en toda su plenitud.

Alice casi contuvo el aliento al ver lo que tenía debajo. Sin embargo, no pudo evitar sentir lástima por estar en una posición tan vulnerable y vergonzosa. Se agachó, agarró a su amada por la espalda y comenzó a levantarla hasta que estuvo en una especie de posición sentada. Su cuerpo se desplomó sobre el suyo, con la cabeza inclinada sobre su hombro. Todavía temblaba, entre sus brazos. Con sus cuerpos apretados, ambas sintieron cómo el calor de la otra se transfería, creando una calidez reconfortante que ambas compartían.

La chica de piel suave intentó consolarla, pasándole una mano por el cabello dorado y dándole un beso rápido en la mejilla de vez en cuando. Sentía que su corazón se calmaba poco a poco contra su pecho. La respiración de Mordred se calmó y, exhalando por la nariz, finalmente recuperó la consciencia. Al darse la vuelta, miró directamente a los ojos de Alice y se intercambiaron una sonrisa tierna.

—Entonces… —empezó Alice—. ¿L-le gusto mi cervisio?

-Estuviste fantástico.No podría haber pedido nada mejor.

-!S-si!

Las dos volvieron a besarse y Mordred la atrajo hacia sí para frotarse las narices. Ambas estaban satisfechas con lo que habían disfrutado. Sin embargo, aún sentían un calor abrasador que las hacía suspirar. Se miraron a los ojos y un pensamiento similar los atravesó.

A Alice le costó un gran esfuerzo pronunciar otra frace. Mordred rió entre dientes contra los pliegues de Alice, provocando un escalofrío en su columna vertebral al sentir su cálido aliento. Alice movió sus manos hacia la mano de Mordred, apartando la manta. Mordred continuó succionando su clítoris, emitiendo ruidos lascivos. Alice no pudo contener sus gemidos y empezó a balancear sus caderas contra el rostro de Mordred. Mordred, sonriendo con suficiencia, redobló sus esfuerzos y comenzó a lamer agresivamente sus pliegues, provocando un grito para Alice.

—D-Despacio, ngh… mmm —Intentó apartar la cabeza de Mordred, pero fue en vano. Estaba demasiado absorta en el placer como para reunir la fuerza suficiente para apartarla. Un fuerte grito llenó el bosque cuando Alice se corrió. Mordred lamió apresuradamente todos los jugos que salieron del coño de Alice, pero no se detuvo allí; continuó lamiendo vigorosamente incluso después de que Alice se corriera.

Alice se aferró fuertemente a las prendas en el suelo jadeando en busca de aire mientras se reducía a gemidos y gemidos sin aliento mientras su ya muy sensible coño estaba siendo sobreestimulado por su amante.

—Mmmnn… ngh… ja… ¡joder! —Alice se esforzó por pronunciar mientras todo su cuerpo vibraba, pues Mordred seguía sin dar señales de bajar el ritmo. Alice se correría una segunda vez, luego una tercera, y finalmente una cuarta. Su cuerpo se sacudió violentamente; rodó de lado con Mordred aún aferrado a sus piernas.

“Para, para… p-por favor ahhh ahhhh ahhh” exclamó Alicesin aliento. Por suerte, Mordred obedeció esta vez. Retirándose del punto dulce de Alice, Mordred sonrió con suficiencia mientras admiraba su trabajo. El coño de Alice estaba cubierto de saliva, sus labios rosados ​​estaban hinchados y palpitantes. Se limpió el exceso de jugo de la boca con el dorso de la mano. Alice jadeaba fuerte y rápido, sus ojos luchaban por mantenerse abiertos mientras el sueño se apoderaba de ella.

Pero entonces la falta de aliento la atrapó, oleadas químicas y una neblina de oxígeno recorrieron su mente aturdida por la lujuria, intensificando el placer a medida que incluso este nuevo tipo de dolor comenzaba a crecer hasta convertirse en algo intenso Mordred había agarrado a Alice mientras restregaba su vagina con la mas húmeda de la noble.

El agarre de Mordred se aflojó un poco, permitiéndole aspirar algunas bocanadas de aire entrecortadas antes de apretar de nuevo, manteniéndola consciente y al borde mientras sus embestidas se intensificaban, cada una enterrando la sensación en lo más profundo de ella. La confusión y el placer nadaban en su mente, sobrecargada de dolor y sensaciones, y de tantos pensamientos contradictorios que no podía procesar nada, y en su estado, lo único que podía comprender o aceptar plenamente era el placer, y solo el placer.

Cuando se corrió, lo hizo de forma caótica. Había corrido antes, pero nunca la habían excitado tanto, ni había deseado y goteado tanto tiempo. Gritó, recuperando el aliento que le quedaba para sobreponerse a la estrangulación mientras temblaba y levantaba la cadera con la fuerza suficiente para levantar los pies de Mordred un centímetro del suelo, mientras derramaba un líquido transparente directamente. Salpicó el abdomen de Mordred, quien, disfrutando de la intensa y aplastante liberación de su amante, la expresión lasciva y los ruidos ahogados, junto con la incesante estimulación de su punto G, también la remataron.

Ninguna de las dos tenía mucha idea de lo que sucedió inmediatamente después. Las emociones estaban a flor de piel, ambas embriagadas por sus actividades depravadas, y Mordred, en particular, se había vuelto tan absorto y salvaje que ella se encontraba en un mundo completamente diferente. Sin aliento y exhaustas, de alguna manera terminaron una al lado de la otra, tumbadas en el suelo con las prendas a los pies, abrazándose, sin decir nada porque no era necesario. Todo estaba en sus expresiones, que a pesar de las acciones que habían realizado y las marcas de las manos aún impresas en el cuello de Alice, eran tiernas y amorosas, la misma adoración que se habrían mostrado si se hubieran besado tiernamente mientras se tocaban.

Mordred no había tenido tiempo de temerle, pero en retrospectiva, se dio cuenta de que se había convertido en algo más, y que al profundizar en su interior había sacado a la luz cosas oscuras que desconocía que yacían bajo la superficie. Pero allí estaba, mirando a Alice, con todos sus arañazos y mordeduras, y el pelo más despeinado que nunca, y lo único que podía ver era un ángel. Una vez que Mordred bajó de su euforia y se saciaron, pudo volver a ver con claridad, sin haber cambiado como podría haber estado. Todo lo que sentía era amor y el deseo de sentir el cuerpo dormido de Alice contra el suyo, no de ahogarla hasta que se durmiera. Y se alegró, porque por la forma en que Alice la miró, estaba claro que su amante sabía que no había cambiado.

.

.

.

Al terminar, Mordred notó a Alice dormida, apenas cubierta por sus prendas, agotada, con el rostro todavía enrojecido por el ardor de la noche. Mordred apenas suspiró, sintiendo cómo la culpa y la adrenalina se mezclaban con el deseo de no dejar huellas. En verdad esperaba que Gawain no hubiese escuchado nada. Se cubrió rápidamente con la armadura, cada movimiento acompañado de maldiciones entre dientes, y comenzó a limpiar todo lo que pudiera delatarla: cenizas movidas, restos de prendas fuera de lugar, incluso el desorden de las mantas.

—Maldito desastre… puta suerte—murmuraba entre dientes, mientras sus manos temblaban—. Como si no tuviera suficientes problemas.

Sabía que podía ser descarada, pero jamás en la vida querría enfrentarse a un Gawain furioso. Si algo de lo sucedido llegaba a hablarse en Camelot, las consecuencias serían un desastre. las piernas le temblaban y habia dejado su esencia en la chica Suspiró pesadamente al terminar, justo cuando el caballero del sol regresaba.

Gawain dejó a los caballos y caminó hacia la fogata. Sus ojos se posaron un instante en Alice, dormida como una muñeca frágil, y arqueó una ceja.

—¿Se cansó tanto del viaje? —preguntó, con su tono serio habitual.

Mordred, recostada cerca del fuego, fingió no darle demasiada importancia.

—Las nobles no están hechas para cabalgar como nosotros. Seguramente el trote la dejó agotada.

Gawain no pareció sospechar nada. Se sentó con la calma de quien guarda las fuerzas para el día siguiente. Mordred cerró los ojos, disimulando el cansancio que le pesaba en las piernas y el ardor en su cuerpo.

Al amanecer, retomaron el camino. Cuando los muros de Camelot comenzaron a aparecer a lo lejos, Mordred notó el detalle que le heló un poco la sangre: pequeñas marcas en el cuello de Alice, mordidas leves que no pudo ocultar por completo. Mordred apretó la mandíbula.

—Tsk… descuido de idiota… —masculló entre dientes, mirando hacia otro lado.

Alice, sobre la montura de Gawain, intentaba cubrirse con el cabello, pero Mordred supo que el tropiezo estaba ahí, visible como una trampa mal disimulada.

Pronto se encontraron con el resto de los caballeros de la mesa redonda, que escoltaban a otras doncellas nobles. Lancelot cabalgaba con porte elegante, Galahad mantenía la mirada firme hacia adelante, y Tristan parecía distraído, como siempre. Las jóvenes que los acompañaban eran todas de casas reconocidas, cada una vestida con sus mejores galas para impresionar al Rey.

Lancelot fue el primero en notar la llegada de Gawain.

—Así que has vuelto, viejo amigo. Y veo que traes compañía —comentó, mirando de reojo a Alice, que bajó la cabeza con timidez.

Gawain asintió.

—Una candidata de renombre. Espero que sea del agrado de nuestro Rey.

Mordred masculló una risa contenida.

—Oh, sí… seguro que será “muy” del agrado —dijo con un tono ambiguo, lo bastante bajo para que nadie más que Alice lo escuchara.

La noble se sonrojó de inmediato, clavando los ojos en el suelo para evitar miradas acusadoras.

Tristan, curioso, se eprcato del gesto.

—Hm… qué extraño. Parece que vuestra doncella ya carga con pesares antes de llegar a palacio.

El caballero mas triste reconoce la tristesa con solo poder escucharlos.

—Bah, las doncellas siempre se ponen nerviosas al pensar en probelmas que no sean de ser amas de casa—replicó Mordred, encogiéndose de hombros, antes de que el asunto pudiera profundizarse.

Gawain, ajeno a todo, levantó la mano para que el grupo retomara la marcha hacia el castillo. Los muros de Camelot aguardaban, imponentes, mientras los caballeros y sus elegidas se dirigían al destino que sellaría tanto alianzas como traiciones.

.

.

.

-Bluffgggg Ahghhghghg-.

*Salpicar*.

Tn escupió sangre, casi cayendo al suelo. Su pecho subía y bajaba con violencia, apenas había intentado ponerse la ropa cuando volvió a colapsar contra las piedras frías.

En la sala del trono, su padre Artoria lo esperaba para presenciar la entrada de las candidatas a esposa. Su madre, mientras tanto, permanecía en los aposentos privados, ajena a la debilidad de su hijo. Nadie acudió por él.

El príncipe, con la frente perlada de sudor, se arrastró por el suelo sin notar las pequeñas flores de un púrpura venenoso que nacían a su paso, disolviéndose tan pronto como él lograba levantarse. Con un esfuerzo casi sobrehumano, Tn se recompuso y terminó de vestirse. El reflejo en el espejo mostraba un joven pálido, pero firme.

A su cintura llevaba Caliburn, la espada de la selección, que alguna vez había pertenecido a su padre y que fue rota y reparada para serle entregada a él. Una reliquia, un símbolo de sucesión. Suspiró, cerró los ojos y forzó el flujo de mana en su interior, inyectándolo en sus venas como un veneno dulce. Por un instante, su cuerpo respondió: músculos tensos, respiración controlada, energía falsa corriendo por él. Sabía que aquello era un tratamiento temporal, que solo desgastaba aún más sus órganos enfermos, pero no tenía alternativa.

Merlín le había negado la entrega de códigos místicos.

“—El mana no reemplaza sangre ni órganos fallidos —había dicho con una sonrisa cansada—. No es una cura, príncipe, solo un retraso a lo inevitable.”.

Si no fuera porque conocia al mago casi parecia que lo queria muerto.

Pero Tn, ahora mismo, no podía darse el lujo de escuchar razones. Ajustó la vaina, alzó la cabeza y dio pasos firmes hacia la sala principal.

Las puertas se abrieron, y allí estaba Artoria en el trono, con la mirada impasible, observando el desfile de nobles y doncellas que esperaban ser evaluadas. El ambiente era solemne, cargado de expectativas. Los caballeros de la mesa redonda se hallaban a un lado, silenciosos, atentos al más mínimo gesto de su rey.

Tn avanzó, la figura frágil y al mismo tiempo firme, hasta llegar al centro del salón. Los murmullos callaron al verlo.

Artoria lo observó en silencio, sus ojos azules deteniéndose en cada detalle de su hijo: la palidez, el temblor oculto, el aura de mana que lo mantenía en pie. Había tristeza en su mirada, pero también orgullo.

—Hijo mío —dijo con voz solemne que resonó en toda la sala—. Hoy verás desfilar ante ti a las hijas de las casas nobles de Britania y más allá. Debes elegir con sabiduría, pues tu elección será la columna que sostendrá Camelot cuando mi tiempo se apague.

Tn respiró hondo, luchando contra el dolor que quemaba sus entrañas.

—Entiendo, Padre… —respondió con voz grave, aunque quebrada en los bordes—. No fallaré a mi deber.

Un silencio reverente cayó sobre los presentes. Gawain, Lancelot, Mordred y los demás intercambiaron miradas contenidas, cada uno consciente de lo que aquel momento representaba. Alice, junto con las otras candidatas, bajó la cabeza con nerviosismo, sin atreverse a mirar al joven príncipe directamente.

La ceremonia daba inicio, y aunque su cuerpo lo traicionara, Tn se mantendría firme. La máscara del heredero no podía romperse ante nadie.

Cada mujer noble se presentó ante Artoria, inclinándose con gracia, anunciando su nombre y casa como dictaba la tradición. Una a una desfilaron frente al trono.

Mordred apenas evitaba babear un poco ante la gran variedad de bellezas reunidas, cada una distinta, pero todas relucientes como joyas pulidas. Sin embargo, sabía que debía contenerse: mirar con lujuria frente a su “padre” no era digno de un heredero. Si Artoria llegaba a notarlo, todo el peso de su desdén caería sobre ella.

Mientras tanto, Artoria y Tn parecían debatir en voz baja sobre quién sería la candidata más adecuada como esposa. Mordred, viendo aquella escena con frustración y cierta burla contenida, desvió la atención. A unos pasos se encontraban algunos caballeros de la Mesa Redonda, menos renombrados que Lancelot o Galahad, pero respetables: Sir Uwain le Avoutes, Sir Uwain le Fils de Roi Uriens, Sir Villians le Valiant y Sir Wingates. Caballeros con los que, si quería, podía emprender cualquier hazaña sin levantar tantas sospechas.

Se acercó a ellos, saludando con una inclinación ligera pero arrogante.

—Caballeros.

Los hombres la reconocieron de inmediato y devolvieron el saludo con formalidad. Sir Uwain, el de porte más noble y severo, tomó la palabra—Sir Mordred, escuchamos que fue usted quien acompañó a Sir Gawain en su viaje. Decidme, ¿qué os parece la joven noble que trajeron? —preguntó con un dejo de curiosidad.Como ex miembro de la nobleza queria saber si la joven doncella traida por ellos seria un buen partido para su principe.

Mordred permaneció unos segundos en silencio. En su cabeza resonaba la palabra “sexo”, imágenes atrevidas de Alice en la tienda, jadeante bajo su dominio. Pero su boca no traicionó su secreto.

—Una noble mimada… como cualquier otra —respondió al fin, encogiéndose de hombros con desdén.

Uwain bufó con una risa breve, y Villians intervino—No os creo,Sir Mordred. Todos sabemos que hay cierta expectación. El príncipe debe escoger bien. Once damas de familia noble, ¡una docena de posibles reinas de Camelot!

—Y aún más, una docena de alianzas posibles —añadió Wingates, cruzando los brazos.

Mordred aprovechó el flujo de la charla para guiarlo hacia su propio plan.

—Hablando de alianzas, ¿habéis cazado bestias últimamente?

Villians soltó una carcajada áspera.

—Nada fuera de lo común. Jabalíes monstruosos, algún basilisco perdido en los bosques… nada que valga la pena recordar.Aunque los vestigios de criaturas marinas acosaron nuestras playas. Aunque Sir Cardok,Sir Clarrus de Cleremont y Sir Clarrus se encargaron de ellas.

Mordred sacó entonces un pergamino de su capa, desplegando el mapa con gesto teatral.—Pues resulta que un sacerdote —“coofffff mentira”, murmuró en su mente con cinismo— me entregó este mapa. Según él, señala la guarida de un dragón en las montañas del norte.

Los caballeros lo miraron con asombro. Wingates frunció el ceño.

—¿Un dragón? No se ha reportado ninguno en años.

—Y si es cierto… sería una amenaza para todos los pueblos cercanos —añadió Uwain, con gesto grave.

Mordred sonrió, mostrando apenas los dientes.—Justamente. Una amenaza que alguien debe erradicar. ¿No creéis que sería el momento perfecto para una cacería? Una empresa que podría dar gloria a quienes participen… y demostrar quién merece ser llamado verdadero caballero de Camelot.

Hubo un silencio cargado entre ellos. Los caballeros intercambiaron miradas, y Villians murmuró—Hablaréis de gloria, pero también de muerte. Un dragón no es presa para cualquiera. Incluso entre los grandes caballeros una bestia asi es de temer.

Mordred clavó sus ojos verdes en los de cada uno, con esa chispa de arrogancia que siempre la acompañaba.

—Entonces, ¿qué diréis? ¿Os unís a mí en esta cacería… o preferís quedaros aquí, debatiendo sobre qué dama luce más bonita al inclinarse frente al trono?

El reto quedó en el aire como una daga invisible. Y los caballeros, aunque prudentes, sintieron el peso del orgullo picando en su pecho.

_________________________________________.

(Ufffff nada como el buen yuri para abrirse paso, y sip…diran oye y el yandere, descuiden que estoy cocinando, como creen que se pondria una marimacho con percepcion de hombre al saber que en realidad…..era mujer, eso mis lectores lo sabran cuando todo se ponga de cabeza,Mordred no es la mejor planeando pero hay quienes si lo son, y ya tenemos dentro del tablero a los jugadores.).

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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